lunes, 14 de mayo de 2012

Flopa, Minimal y una charla agradable



La música es del aire es, definitivamente, un espacio que no para de darse gustos. Esta vez, tuvimos el agrado de reunirnos con (los siempre presentes en este sitio) Flopa Lestani y Ariel Minimal. Su novísimo disco La piedra en el aire fue la excusa fundamental de esta charla que les presento, que se dio en la relajada previa de su show en el bar Ultra el pasado jueves (parte de un ciclo que se repite todos los jueves que quedan de mayo, o sea, el 17, el 24 y el 31). Pudimos comprobar que la naturalidad de su música es también la cualidad primordial que tienen como personas: se rieron y nos hicieron reír bastante, recordando detalles de la composición y grabación del disco, así como proyectos varios; truncos y futuros.
Aquí les va.

Texto: Tucho
Fotos: Madi Elorza (primeras dos) y Javier López Uriburu (últimas dos).

LA PIEDRA EN EL AIRE: LA VAQUITA

¿De quién de los dos fue la idea de hacer el disco?
Flopa: De él obviamente. Yo, para hacer un disco... me tienen que poner una pistola en la cabeza.
Minimal: No lo digas dos veces, eh... (Risas).

¿Por qué te cuesta grabar?
F: Porque soy un poco fóbica, qué sé yo, no sé. Él tiene pocas pulgas, viene y me dice “vamos a grabar” y vamos a grabar, sí.

¿Pero la fobia a qué es, al estudio?
F: ¡Bueno, no vamos a hacer una sesión de terapia tampoco! (Risas). La respuesta corta era ésa. La idea fue de Ariel.

¿Y el tema de hacer la "vaca", cómo surgió?
M: Eso lo charlamos, no surgió de ninguno en especial. Existe el crowd-funding como método y tenemos un amigo que conoce al dueño de una página bastante importante del tema, que se llama Idea.me y que quería hacer algo con nosotros. Y no es por desconfiados ni nada pero nosotros preferimos hacerlo directamente por la nuestra, en una escala más pequeña, no que pueda poner plata cualquier persona del mundo en una cuenta de banco sino que “vení y dame los cien mangos”. Nos pareció que nosotros mismos lo podíamos hacer y manejar. Dicho y hecho.

Y en el “show vaquero” recibieron el dinero ustedes, directamente.
M: Exacto, recibimos el dinero nosotros. Nosotros hicimos el disco, lo llevamos a la fábrica y la gente después lo fue a buscar adonde les dijimos. No queríamos que quede nada suelto en el medio y de este modo funcionó.
F: Igual hay un montón de cosas libradas al azar... (Risas).

¿Y se esperaban esa respuesta, tan rápida?
F: Pensábamos que sí, que íbamos a poder hacerlo. Pero no tan rápido, explotó todo en un par de días y estuvo bueno: terminaron siendo más de 100 (nota: el número de personas que pedían para que financie el disco) y menos de 200.
M: Número exacto: 168 personas. Juntamos 16800 pesos.

¿Se fueron de viaje con el resto? (Risas)
M: ¡De putas nos fuimos! (Más risas). No, nos gastamos alrededor de 11 lucas, un poco más te diría...
F: Más, porque de ahí pagamos diseño y técnica, no sobro mucha plata al final.
M: ¿Tenemos el número exacto, o no? Yo te hago la rendición financiera como productor del corazón... ¿Cinco lucas sobraron?
F: No, ¡menos! Tres lucas sobraron.
M: Bueno, eso. Tres lucas que las tenemos ahí guardadas y ya se está juntando con la plata que hacemos ahora vendiendo el disco. Todo eso va a servir para que ella fabrique un disco suyo y yo uno mío.

¿Reeditarán algún disco de los que ya sacaron?
M: Sí, creo que sí. No sé, estoy viendo si capaz saco algo nuevo, voy a ver. El año pasado subí cuatro jarcóres a Facebook y ahora voy a ver si subo algo más, cuando junte veinte capaz que los meto en un disco.


LA PIEDRA EN EL AIRE: COMPONER, GRABAR

¿Lo de grabar La piedra en el aire sólo acompañándose de sus guitarras se da por una búsqueda de espontaneidad, o simplemente porque ustedes cuando se presentan en vivo tocan así?
M: No había que darle espontaneidad en realidad, somos espontáneos y el disco era espontáneo desde el vamos. Las canciones fueron compuestas en un rato, lo grabamos en otro rato y dijimos “pidámosle plata a estos" en otro rato. Salió todo así, no es que teníamos que darle el toque espontáneo casual, era realmente lo que pasaba. La idea fue de la vida, es así y tocamos siempre así.
F: Coqueteamos con la idea de meterle más cosas, que por ahí lo hagamos en algunos temas en vivo, de meterle banda (bajo y batería). Hay temas que lo piden y estaría bueno hacerlo. Pero bueno, si bien hay cositas en algunos temas que agregan colores, queríamos mantener la idea de dúo, las canciones como las hicimos nosotros dos.

Además, quizá a la hora de tocarlas no siempre se puede contar con tanta gente para que las lleve al vivo.
M: Y no nos interesaba. El vivo nos interesa mantenerlo así. Viene el Checho (Marcos) que es amigo y está por acá y toca la armónica. Pero no queríamos generar un despliegue: al contrario, queríamos mantener la unidad básica.

¿Y el tema de componer juntos cómo fue? Porque nunca habían hecho temas juntos, en Flopa Manza Minimal hay cuatro temas de cada uno.
M: Habíamos hecho la letra de La canción del tren con ella y con Gabo para uno de mis discos solistas, pero canción-canción nada más. Y ahora fue como un ejercicio realmente, de decir “bueno, hagamos una canción de la nada” y empezar a tocar y a escribir un poquito cada uno. Así fue como salió el 80 por ciento del disco, sacando un par de temas que son de ella, uno que es mío y otros dos que son con Manza, los más viejos.

Todo lo demás es a dos manos, no es que uno llego con una letra comenzada y el otro la completó.
M: No, se componía en el momento, nadie traía algo de la casa.
F: El único así fue Es invierno, que a mí me faltaba un pedacito y él lo completó...
M: Sí, y lo terminamos firmando los dos aunque básicamente es un tema de ella. Después, todos los otros temas firmados por los dos realmente salieron por los dos en el momento, nadie traía una idea dando vueltas de la semana, o de estar coqueteando con unos acordes; ni en pedo: terminábamos el ensayo y salía algo. Y las compusimos en un par de meses.

Grabar fue un paso rápido, ¿no?
M: Se grabó muy rápido, en un día...
F: En realidad fuimos tres veces, tres noches: una noche grabamos las guitarras, otra las voces y la otra el resto de los detalles que se escuchan.
M: Y los temas que habíamos subido del EP (Reducción de daños) son las mismas versiones. Yo particularmente no quería grabar más de vuelta, me gustaba respetar esas versiones. Para grabar una versión con la misma tónica, con ésas estaba perfecto, no es que estábamos grabando una versión con orquesta. No quería toquetearlas, por más que el audio fuera diferente o lo que sea, prefería que queden esas que estaban bien.

¿La letra de Las ruedas que te llevan tiene algo de declaración de principios respecto de lo que ustedes hacen? Eso de no perseguir lo que va rápido...
F: La verdad, creo que las letras tienen bastante poca intención de carga. La rapidez con la que hicimos las cosas les da esa inmediatez, eso de que muchas veces ni sabemos de qué estamos hablando y por ahí después nos fueron cayendo fichas y las vamos interpretando.
M: Y el hecho de escribir en sociedad también te lleva a una cosa poco dirigida porque no es que charlábamos sobre qué queríamos escribir: escribíamos. Entonces uno tiraba una frase, el otro tiraba otra y las cosas iban para lados distintos, se iba torciendo la canción, no tenía una cosa apuntalada.
F: Teníamos frases que nos daba vergüenza decir, y el otro capaz te decía “largalo”.
M: Las letras son casualidades, accidentes hermosos, porque ninguno de los dos podría haberlas hecho solo. Eso es lo lindo del proyecto y lo hace único, es hasta único de ese momento porque no podríamos hacer otro disco igual ahora.
F: ¡Tocaríamos mejor los temas ahora! (Risas).
M: No, en serio, estamos tocando mejor las canciones ahora que cuando los grabamos, porque en ese momento estaban muy frescas.
F: Incluso, las primeras veces, lo bueno era el vértigo de que no sabíamos ni cómo se llamaban los temas.
M: Yo hasta que no empiezo a cantar no sé cuál es cada tema, recién ahora vamos aprendiendo los nombres. Realmente fue todo muy casual. Lo que teníamos -o por lo menos yo tenía- era una férrea determinación de seguir adelante el proyecto, incluso a costa de pelearme con Flopa (cosa que ocurrió). La única certeza que tenía era que había que hacer el disco, que iba a estar bueno. En el medio discutimos, pasaron millones de cosas pero no teníamos nada cierto, todo estaba por verse y negociarse: las palabras, los acordes, ¿entendés?

¿Ahí se pelearon, componiendo?
F: No, componiendo no, en lo musical no.
M: Fue un virus de estudio. ¿Viste las infecciones intrahospitalarias? Bueno, acá fue un problema que pasa en los estudios.

¿De la señora o de los dos?
M: No, de los dos, es un problema entre los dos. Yo soy muy impulsivo.
F: Y yo soy muy meditabunda... y armamos el ring. Pero acá estamos.
M: Una semana titiló el disco, tuvimos un enrosque en el medio de la grabación.
F: ¡Yo sólo te dije “no me hables por un rato”! (Risas).
M: ¿Pero el rato cuánto duró? ¡Una semana! (Más risas).
F: No, tres días. Bueno, che...
M: Pero pelea de pareja fue, ¡así! “No me hablés por un rato vossss” (poné tono de ofendido).

¿Y no respondías llamados, nada?
F: Él comprende, si le digo “no me hables por un rato”, no me habla por un rato.
M: Para qué la iba a llamar, olvidate. Pero bueno, salió eso y el disco es muy de los dos. O ni siquiera de los dos: es de... “esa cosa” (Risas).


PASADO Y FUTURO

¿Cómo se conocieron?
M: Alejandro Lingenti, un amigo en común, me pasó una grabación de ella del año 2000.
F: Grabados en una sala, eran como veinte temas, ponele.
M: Y bueno, yo lo escuché mucho eso, así conocí su música. Conseguí el teléfono de algún lado y la invitamos a tocar. Manza me había invitado a tocar a mí primero y ahí la invitamos a ella también, a esta piba. Y así nos conocimos, estuvo bueno... Todo lo que ocurre es porque pasa, acá no están Pinky y Cerebro queriendo dominar el mundo. Ahora sabemos que podemos hacer las cosas juntos y está bueno, puede ser que a la gente le guste y eso pero sigue siendo algo casual de algún modo, no hay un plan determinado atrás.
F: Aparte, cuando planeamos algo se va para cualquier otro lado, termina siendo otra cosa.

Digamos que, como “proyecto”, no se sabe qué futuro puede tener.
F: Qué sé yo... hacer cosas mientras nos divirtamos y listo. No sé si lo vamos a estar haciendo constantemente.
M: No es que estamos haciendo una “carrera”, que la tenemos que defender y aunque no nos guste tenemos que ir igual. Sinceramente, esto que pasa es así, mientras sigan saliendo cosas bellas seguirá.

¿Y qué lugar creés que ocupan dentro de la escena under? Por lo que dicen de esa espontaneidad y demás, siendo ustedes músicos muy escuchados por colegas, por ejemplo.
M: ¿Qué lugar? Fila 8, asiento 14 (Risas). No sé, el de Tan Biónica debe tener más gente que lo escucha y debe ser influencia para más gente. O no, eso no lo sé. Hablo de Tan Biónica por hablar de algo completamente detestable, que no me gusta. Pobres pibes, no los conozco, deben ser buenos pibes...
F: Yo prefiero tocarle el corazón a cien tipos y no el pelo a un millón.
M: Yo prefiero tocarle el culo a un par de chicas antes que conocer a cien tipos. Son decisiones (Risas).

Flopa, vos venís tocando canciones que no están editadas hace muchos años...
M: ¡Debe tener un par de discos! ¿Tenés un veinte así guardado?
F: Sí, tengo.
M: Yo le dije mil veces que le armaba bandas para grabar discos con lo que ella quiera.
F: (Ofendida) ¡Ya las voy a grabar!

No la presionemos...
M: No la presiono, pero a mí también me desespera eso. Tiene temazos, temas que a todos nos gustan desde antes de grabarlos.
F: ¡¿Sabés los años que tiene Mi cámara?!
M: Es una cámara vieja, ¡una polaroid!
F: Pero bueno, me pasa eso, soy medio guardona y también me encanta que hay un tema que tiene quince años y yo lo muestro hoy y es como si fuera de ahora. Tengo muchos temas guardados, qué sé yo... el martes lo hablo en terapia y veo.
M: ¡Te puedo armar un par de bandas! ¡Un disco doble!
F: Yo nunca tuve problemas para rodearme de gente y hacer las cosas, el tema es que tengo que tomar la decisión de hacerlo, en algún momento lo voy a hacer.

La otra vez que hablamos, me habías contado de un proyecto con Litto Nebbia, Emilio del Guercio y otra gente, que los incluía a ustedes dos. ¿Qué pasó con eso?
F: Sí, con Gabo, Roque Narvaja... No paso nada con eso, al final.
M: Se diluyó. Hubo unas reuniones en las que se grabaron algunos temas, uno salió ahora en un disco triple de Litto el año pasado, un tema que estamos con Litto y Emilio cantando. Eso fue de una única reunión que hubo, pero no se hizo. Fue un lindo deseo pero no pudo ser.
F: Fue buenísima la reunión esa, al menos.
M: ¡Y qué groso, tengo un tema grabado con Emilio del Guercio y Litto Nebbia!

¡Ya no te queda tocar con nadie!
M: Sí, cómo que no, con tantos... Sandra Mihanovich por ejemplo. Queríamos que cante en La máquina de hacer todo mal, Flopa se contactó por mail y hubo buena onda pero después no concretamos el acercamiento por nuestra prisa...
F: Sí, tuvo buena onda y me dijo “yo escucho lo que quieran”, pero quedó ahí.
M: Tenemos la fantasía de invitarla a que cante La máquina de hacer todo mal y hacer juntos el tema ese Me contaron que bajo el asfalto. En algún momento lo vamos a hacer; está bueno tener fantasías por cumplir.

Aparte, La máquina… es un tema que parece hecho para ella.
M: Impresionante. Es melodramático, como El almaherida.

¿Y vos, Ariel? ¿Tenés proyectado grabar próximamente?
M: Hay que grabar, te sentás un día y grabás. No es tan difícil, me parece. Es algo que yo pensaba desde mi propia experiencia de algún modo, y después lo certifiqué cuando toqué con Litto. Si lo podés hacer, si tenés tus cosas, vas y grabás. Lo tomo de ese modo, no me parece nada extraordinario, es natural. Un panadero hace todos los días tres tandas de medialunas: a la mañana, a la media mañana y a la tarde. Y yo hago eso, no es más extraordinario que eso. De ninguna canción mía yo digo (pone voz de canchero): “Con esta canción he unido parejas, ha habido orgasmos y hubo paz en el mundo”. Es una estupidez.
F: Son canciones, está bien...
M: No les tengo miedo o respeto a las canciones.

¿Y grabás todos los días?
M: No, no, ahora por ejemplo no. Pero lo hago cuando tengo ganas. A lo que voy: no es algo loable, qué sé yo. Vos escribís en tu blog, te sentás una vez por semana…

Sí, más o menos...
M: Y si no lo hacés una vez por semana replantéate el blog... ¡Ponele garra sino, viejo! (Risas).
F: ¡Dejalo tranquilo! ¡Que escriba cuando se le cante el culo! (Más risas). ¡Si es una vez por mes o cada tres meses, que haga lo que quiera!
M: ¡Hay que cambiar el blog, loco! (Risas). Pero bueno, la pregunta era si iba a grabar algo nuevo: no (Risas). Voy a subir a Facebook lo que queda de esos temas solistas, que es rock al palo con el amigo Fernando Minimal.
F: Igual, eso te lo dice hoy y en la semana ya cambió de opinión.
M: Pez no tiene planes de grabar este año. La idea es tocar, tengo ganas de tocar en vivo. Me parece que estoy cada vez más viejo y hay muchos lugares donde no toqué y quiero tocar. No sé, quiero tocar en Ushuaia, que nunca toqué.


¿La idea es salir a tocar el disco adonde se pueda?
M: Sí, sí, queremos mostrar el disco. Esto es como un capricho -en un punto mío- que se lo quiero contagiar a ella porque a mí a veces me da bronca que con Pez no puedo viajar todo lo que me gustaría, por el hecho de que somos muchos y una estructura más grande es más difícil de llevar. Pero me parece que nosotros dos con la guitarra podemos ir a cualquier lado y quiero tocar estas canciones en cualquier lado. Entonces está la idea de salir a tocar, de agosto en adelante. Cantar estas canciones en vivo está bueno... me parece que podemos salvar al mundo.

¿Tienen armada una gira ya?
M: Vamos a volver a todos los lugares donde ya hemos tocado antes de que salga el disco. Y con el disco en la mano, trataremos de sumar algunos más. Cuando sale un disco se genera un ruido -en este momento más o menos- que vamos a tratar de aprovechar para extender la mano a algunos lugares que nunca fuimos.
F: Lo que pasa es que hay mucha gente, con el tema de internet ahora tenés una circulación muy amplia. Hoy subimos el disco a la página y ya con eso estás en todos lados. Y bueno, queremos llegar a esos lugares porque hay gente que te escucha en todas partes y nosotros estamos un poco acotados a lo que es Buenos Aires, nos tratan de...
M: ¡Porteños culiaos! (Risas).
F: “Unitarios”, nos dijeron.
M: Sí, es cierto, nos dijeron que éramos unitarios. Porque la propuesta de la vaca nosotros la acotamos sólo a la gente que se pudiera acercar tal día, a tal hora, a un lugar de Capital que nosotros dijéramos. Entonces nos decían “pero yo estoy en tal lado…”. Y bueno, no sé, les respondíamos “Te agradezco”. No era mala onda de nuestra parte, nos hubiera encantado agarrar euros de gente que está en España... En fin, el disco es lindo y el show es otra cosa que no tiene nada que ver con el disco y por eso queremos llegar a muchos lugares a mostrar cómo tocamos. Porque en el show tocamos otras canciones también y pasa lo que nos pasa siempre, que es cualquier cosa, que el show tiene vida propia y se nos puede ir de las manos en cualquier momento.
F: Es una montaña rusa de emociones.
M: Para nosotros es así, no sé si le llega a la gente algo de eso. Sinceramente, me parece que lo que hacemos nosotros, no es que no lo hace nadie pero de algún modo no se estila, Y no hablo del tipo de música que hacemos, hablo de cómo nos presentamos ante los demás. Tanto ella cuando toca sola como yo con Pez o lo que sea somos muy transparentes, no hay un personaje que se sube al escenario, no es Sandro-Roberto Sánchez.
F: Somos los dos salames que se suben al escenario.
M: Nuestra vida es esto, realmente nos interesa esto.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Bob Dylan en el Gran Rex: el Brujo y el Tiempo



[Texto: Tucho
Fotos:
gentileza de Eduardo Fabregat (las primeras tres, las celestes) y Willy Villalobos (las siguientes tres, las dark). La última, del grupo saludando, la tomé prestada de  Micropsia].

 

“Me encandilan, dilan-dilan-dilan-dilan… Bob Dylan”.
Onda Vaga.

La suerte así lo quiso y, otra vez, tuvimos la suerte de presenciar en vivo y en directo a Bob Dylan. A veces uno trata de reservarse algunos comentarios de fanático, de esos que vienen poblados de lugares comunes, pero a su vez es muy difícil resistirse a hacerlos: está más que claro -detractores aparte- que cuando uno ve a Dylan está contemplando a uno de los artistas vivos más influyentes (sino el más) de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos de este siglo XXI. Un tipo que atraviesa 5 décadas (discográficamente hablando, ya exactas) y que ostenta el récord (?) de haber publicado en cada uno de esos períodos de 10 años, al menos una masterpiece.
Quienes vamos a verlo sabemos (creo) todo esto y, además, tenemos encima nuestro todos esos años de información, mitos y verdades de lo que Dylan fue, es y será: es difícil distraerse al respecto, al menos quien esto escribe lleva esa carga de manera inconsciente; no pienso todo el día que ese señor que asoma a las 21:30 puntual, como decía el ticket, es el mismo joven al que le gritaron Judas; ni siquiera es el mismo que más adelante se cambió de religión; tampoco es el tipo al que ya tuve la suerte de ver en un contexto totalmente distinto, cuatro años atrás en la cancha de Vélez, a una distancia sideral comparada con la de esta cueva acogedora y acústicamente muchísimo más preparada (hablo del magnífico teatro Gran Rex, claro).
La cuestión es que Bob Dylan se presentó en Buenos Aires cuatro noches (26, 27, 28 y 30 de abril) y pude estar presente en dos de las funciones, el primer par. Intentaré narrarles lo acontecido durante esas mágicas veladas.


Dylan en vivo es un misterio. Es otra de las cuestiones sabidas de antemano: sus canciones son reformuladas, nunca son exactamente las mismas, lo que fue grabado hace décadas es sometido a una deconstrucción que, más que renovar, modifica casi totalmente a las canciones; lo que fue hecho hace menos años mantiene ciertas formas pero también puede ser objeto de variación, al menos en sutiles detalles.
Lo que sí sabemos es que, si las entradas dicen que el show va a arrancar puntualmente, hay que estar a horario porque así va a suceder. Y el primer día, mucha gente pareció no saberlo porque empezó a arribar al teatro cuando el show ya había comenzado, con un clásico de clásicos que oficia de apertura en casi todos los últimos shows de Bob, Leopard-skin pill-box hat, la introducción de lo que vendrá: una banda que puede alternar las sutilezas con la mugre y que sabe moverse y removerse para hacer de la música de Dylan tierra yanqui, pureza country-folk-blusera y jazzera. Y entre todos esos elementos, que también emerja una sustancia pop, como sucede en la segunda pieza del recital, otro gran clásico rearropado: It ain’t me, que asoma de entre las arenas de esa garganta acuchillada como un suspiro y nos adelanta uno de los grandes cambios respecto de aquel show en Vélez, hace tiempo: hoy el cantor va a estar de pie, mucho. Y va a tocar la guitarra a su manera, esa manera que aplica también cuando canta y cuando ejecuta su legendaria armónica. Dylan busca la nota en el diapasón de su guitarra y, mientras la busca, se encuentra con otras notas-obstáculo: puede decirse, sí, que es un guitarrista horroroso técnicamente, pero él parece saber bien qué hace mal y qué no, y es claro que nunca le interesó ser Joe Satriani (¡no!). Luego de encontrar la nota que quería, juega con una frase que va repitiendo en los silencios vocales.
He allí la otra polémica de toda su carrera, uno de los grandes íconos sonoros de la historia del rock and roll: esa voz ronca, que sabe desafinar y en estos shows se debate entre el eterno desgano, el juego al límite, la narración melodiosa y, a veces, de vez en cuando, cantar. Dylan es y canta así y quien venga a decirnos que canta mal, está oyendo peor. Por sus dos grandes interpretaciones (de voz y guitarra) y esa banda que suena tan prolija y certera, la de It ain’t me es una gran versión, la primera de tantas que vendrán.
La sigue Things have changed, un tema reciente que sin embargo sufre las estocadas del pintor y se vuelve una obra nueva, un western que pierde el pop original y gana swing por otro costado (así, podría ser incluida en cualquiera de sus últimos discos). Y llega uno de los momentos que íbamos a ver, el de la belleza suspendida, el recuerdo instantáneo y la importancia de saber que estamos escuchando a BD cantar un tema de Blood on the tracks, con todo lo que eso significa. Si ese tema se llama Tangled up in blue, la emoción es mayor y se nota en la ovación final de la gente.


Beyond here lies nothing continúa la senda del Oeste. La maravillosa banda merece ser mencionada aparte, no sólo por su sonido (ésa es la clave) sino también por su look cowboy. Faltaba sobre el escenario una puerta de taberna de Texas, de esas que vemos en las películas, que se abren de par en par cuando entran los malosos listos para armar quilombo y ser ajusticiados por esos cinco tipos que tocan a la perfección, casi sin moverse de sus lugares. La zapada (otra vez con Mr. D en la guitarra) deriva en una suerte de homenaje a I feel good de James Brown y a esta altura podemos sospechar que las improvisaciones son momentos fundamentales del show, porque de ellas derivan figuras melódicas que la banda aplica luego a la estructura básica de los versos y estribillos que la prosiguen. Es algo que va a suceder constantemente en el show y que le da un condimento novedoso a cada tema.
Tryin’ to get to Heaven es la primera que suena de Time out of mind, y suena de lujo: emotiva y sensible, preciosa. Otro detalle que a esta altura es innegable es el silencio del público, mudo durante la ejecución de las canciones y fervoroso a cada final. No pasa por si conocen o no las canciones: las quieren escuchar bien, no sólo para redescubrirlas sino para apreciarlas como se debe. El Maestro impone respeto.

Al momento sensible de Tryin’... le sigue un bloque de tres gemas blues-jazzeras de cosecha reciente: High water (for Charley Patton), Spirit on the water y The levee’s gonna break. Por su similitud estilística, en el momento en que comenzó a sonar la tercera de ellas me pareció algo repetitiva la selección de este segmento de show. Pero fueron tan notables las versiones que mi parecer inicial se esfumo como las sombras de los músicos en el telón que hacía las veces de escenografía. En Spirit on the water -espero no estar equivocándome- el Jefe (todo bien, pero no me vengan con Springsteen, el Jefe es éste) detiene una de sus improvisaciones organísticas para contemplar a su banda sumergiéndose en la jam; parece hacerlo a manera de aprobación, aunque con Dylan uno nunca podría saber por qué hace o deja de hacer. Lo que sí queda claro es que su mano derecha rige el mundo, sólo con moverla un poco indica a la banda los pasos a seguir: si detenerse, si darle paso a su armónica, si volver a la base de versos para que el cante, cuándo culminar el tema... lo llamativo es que los gestos son mínimos y la adecuación a cada pedido por parte del grupo parece ser siempre precisa, exacta. En la gloriosa versión de The levee... queda de manifiesto, el tema va y viene guiado por esa mano, la que escribió los mejores versos del rock y la que hoy toca de a ratos pero manda siempre. Más de 10 minutos de tema, atención al máximo por parte del público y una ovación final que aprobó semejante demostración de elasticidad.
(Pensamiento al instante: este viejo hijo de puta con casi 71 años la tiene más clara que todos los pendejos de nuestra generación, por eso nos sigue mirando desde la cima: no hay quien pueda superarlo).


Después, para colmo, arremete con A hard’s rain a-gonna fall, vestida con las mismas ropas que It ain’t me, por lo cual es también una chica linda. La resistencia del autor a cantar los estribillos como son en el original es casi un paso de comedia; donde deberían ir las palabras va el silencio y viceversa: público dylaniano, no intente cantarle las canciones encima al Maestro. Como dice Juan Carlos Pelotudo, esh imposhible.
Highway 61 revisited y Love sick conforman una dupla de sonido espeso previa al combo final de cinco canciones que se repetirá a lo largo de las cuatro noches en el Rex. Parecen salidas del mismo disco pero hay entre ellas más de 30 años de distancia. No importa, la tradición dylaniana es así: bola de heno, rock and roll, ira y densidad. Dos joyas más.
Y ese combo final del que les hablo comienza con Thunder on the mountain, la tercera que suena en la noche desde Modern times, otro momento de zapada intempestiva y ovación generosa; la previa a los clásicos posta. El primero en caer, atronador, es Ballad of a thin man. Vaya sorpresa, para el caso la gema de Highway 61 se mantiene casi imperturbable respecto de su versión original. Dylan se nos pone de pie, de frente al mic: este es su tema, lo canta con el mismo tono desafiante que hace casi 50 años; la banda replica el riff y Bob pela su armónica para zapar (ya lo había hecho antes, pero este es el momento patente, si quieren, clave). De esto no me olvido más: su mano derecha avisa que se viene la zapada y a la vez suspende a la banda, que queda varios compases a la espera. Después de cuatro o cinco amagues con su boca, BD finalmente se manda a soplar y la banda suena brutal, más rockera que nunca. (Si tuviera que robarle un músico a este grupo, me llevaría al baterista George Recile: el pulso perfecto, el tipo que toca lo justo y necesario o, mejor, los golpes más perfectos). Después de la improvisación de Bob en armónica, el tema se va y la cueva explota en aplausos.
Sabemos que ya falta poco.


Me llama la atención pero la gente tarda en reconocer a la canción madre del pop, aquella que moldeó una manera de hacer, Like a rolling stone. Eso que los golpes de la batería están donde estaban, pienso. Igual el público duda. Cuando entiende los primeros versos, la gente aplaude con aprobación (esto pasará las dos noches). Ver este tema en vivo para mí es comparable con pocas situaciones, diría que no puedo cotejarlo con ninguna otra; en fin. Para el caso, el grupo vuelve a aquel truco que les mencioné de zapar y tomar una figura melódica surgida en la improvisación para incluirla en el tema luego. Claramente, no soy el único que se siente conmovido con la madre porque el festejo del final es, también, notorio.
Antes de All along the watchtower, Dylan practica lo más parecido a un agradecimiento e introduce a cada miembro de la banda. Es tan zorro que dice rápido, casi no se le entiende y prosigue con el clásico de John Wesley Harding en una galopante versión que se me pasa rápido aunque incluya zapada.
Terminado el tema, Dylan y la banda se nos ponen de frente y con los brazos cruzados, cada uno desde su lugar. Es su manera de decir “vamos, aplaudan, saben que somos superiores a ustedes”. También parecen ser la familia Soprano, intimidan un poco. Ese es su saludo. Y se van.
Pero sabemos que vuelven y la vuelta es para el bis final, el tema que no falta casi nunca en las listas, Blowin’ in the wind. Escuchar en vivo canciones con tanta historia, ver a ese tipo (que nos ha hecho creer que es) tan inalcanzable allí, moviéndose en el escenario como si fuera su hogar, es motivo para sacarse el sombrero. Otra vez empuña la armónica y es como si Maradona se pusiera a hacer jueguitos con una pelotita de golf, o mejor y más emotivo aún, como si volviera a hacerles el gol a los ingleses. Con la mano. Cuando (Bob) termina la bella y country revisión de Blowin’ (no pude evitar pensar en esto) el Gran Rex todo se extiende en una standing ovation merecidísima. Los cowboys del infierno vuelven a cruzarse de brazos y se van. Aplaudimos, aplaudimos y seguimos aplaudiendo, pero el milagro de que toque(n) otro tema ya sucedió hace cuatro años. Hoy se marchan como fantasmas y nosotros quedamos tan contentos como shockeados, sin saber muy bien qué pasó en esas dos horas que acaban de concluir.
Lo mejor de todo es: ¡volvemos mañana!


La segunda función se toma como la prueba final. Nunca había hecho esto de ir dos veces seguidas a fechas de un mismo artista y, al menos en este caso, fue algo infinitamente oportuno. La idea -además de ver por tercera vez en vivo a uno de mis artistas más amados, claro- era comprobar cuánto de cierto había en aquello de que los temas nunca son iguales; también sabíamos que BD cambia bastante las setlists entre una fecha y otra.
Los acomodadores del Rex nos hicieron un gran favor al equivocarse y ubicarnos en la segunda bandeja, confundiendo nuestras entradas Pullman con las Super pullman del piso inferior. Gracias chicos, nos dejaron de frente al escenario, con una vista superior y un sonido aún más potente y claro. Le dicen buena suerte, para nosotros fue justicia divina: nadie reclamó esos asientos, por lo que hubieran quedado vacíos.

El desarrollo del show fue similar, pero los cambios en la lista fueron sustanciales. También comenzó con Leopard... pero para la segunda canción hubo un cambio hermoso. Reviví mi ingreso al mundo Dylan, me recordé escuchando The freewheelin’ Bob Dylan solo, encerrado en mi cuarto, enamorándome de ese disco y el siguiente, The times they are a-changin’, antes de los discos eléctricos (que no me habían gustado al principio). Porque Bob me tocó mi canción iniciática, la que me unió a su música para siempre, Girl from the North Country. El tratamiento que recibió fue similar al de It ain’t me, lo mismo aconteció en casi todos los demás cambios: hubo cambio de temas pero no se tocaron las formas o, para decirlo mejor, el reemplazo se dio entre canciones parecidas, incluso en época. Hubo un par de reubicaciones en la lista -Beyond here lies nothin’ llegó antes y sí, la zapada fue totalmente distinta; Things have changed voló- y aparecieron un par de clásicos que vistieron de gloria la velada: la inadjetivable Desolation row hizo su entrada estelar con una versión también inexplicable, con Dylan cantando las palabras como un baterista. De la banda no hay mucho más que decir, no sé si alguna vez el cantor tuvo mejor compañía y miren que las hubo...
Make you feel my love reemplazó a Tryin’ to get to Heaven y fue profunda y sutil, tanto que hasta superó la emotividad del día anterior. La frutilla del postre fue la inclusión, promediando el final, de Simple twist of fate, la sensible tonada de Blood on the tracks que llegó antes del Bloque de los Cinco, que se mantuvo tan resistente como potente.
En cuanto a las zapadas cabe decir que sí, varian entre show y show. Pero hay motivos que se repiten, incluyendo algunas de esas frases que se reutilizan como base para los versos. La aparición de un tema raro en el repertorio -Cry a while, de “Love and theft”- no supuso dispersión ni nada parecido: la calidad de la interpretación significó, además de uno de los grandes momentos del show, una de las mayores ovaciones de la noche.


El público activó reacciones similares: respeto, silencio, aplausos bien fuertes tras cada tema, pedido de retorno tras el final (y abucheos quejosos tras el encendido de las luces del recinto).
Lo que no sabemos es cuando volverá ese fantasma que se para con las piernas bien abiertas y hasta se da el lujo de reír más de una vez, casi mostrándose feliz. Queda claro que puede suceder cualquier día, o nunca más. Y no porque al hombre le quede poco sino porque los carteles luminosos de la calle Corrientes todavía no lo saben; nosotros sonrientes a la salida tampoco; sus mismos músicos lo ignoran y quizá el resto de su cuerpo también: hay que esperar a que su mano derecha decida apuntar el dedo hacia esta zona del mapa para que el mundo vuelva a hechizarnos.
Y ojalá sea pronto, querido Bob.

[Bob Dylan escribe largo y así quedó este texto también. Los felicito y les agradezco si llegaron hasta el final].

lunes, 23 de abril de 2012

Alvy, Nacho y Rubin, jugadores de lo ajeno


“Debe ser raro que te ovacionen así por canciones que no son tuyas”.

Ése fue uno de los primeros pensamientos que me invadió cuando la gente que llenó La Trastienda el jueves 12 del corriente aplaudió a rabiar la interpretación de No me quiero olvidar de vos por parte de Los Campos Magnéticos (o, como ponen en los discos, Alvy, Nacho y Rubin). Por supuesto, yo me ubicaba cómodamente entre el público.

Vamos a explicarlo bien porque, como dice Mirtha Legrand (!), el público se renueva y todavía debe haber gente que no escuchó hablar de ellos: Alvy, Nacho y Rubin son tres músicos de la siempre desbordante escena underground porteña y cada uno tiene su proyecto más allá de esta unión. Alvy encabeza su propia Big Band y junto a Nacho despunta el vicio con éxito en Onda Vaga y Los Caracoles -el segundo, además, acaba de reunir a ese genial grupo llamado Doris-; Rubin hace lo propio con Los Subtitulados, a la vez que recrea y comenta canciones e historias de grandes grupos en una amena sección del programa radial Gente sexy. Los tres son fanáticos de la obra del grupo yanqui The Magnetic Fields y, hace unos años, comenzaron a versionar las canciones de Stephin Merritt moldeándolas en un entramado pop irresistible. Con traducciones al español, por supuesto.

Todo comenzó como un hobbie, un juego. Se descubrieron uno al otro como fervientes admiradores de las composiciones de Merritt, esas torturadas e ingeniosas viñetas del amor. Comenzaron a hacer pequeños shows y terminaron publicando dos discos -ANyR interpretan a Los Campos Magnéticos, Volumen I y II- de reciente reedición conjunta (salieron por separado pero ambos se agotaron; el show de La Trastienda fue la excusa para celebrar esta reedición en tiempos de vacas flacas). No es un detalle menor que todo el proceso de adaptación de los temas contó con el aval y la colaboración de los mismísimos Campos originales.
Y claro, pasaron los temas al castellano, el castellano más argentino que pudieron ubicar en las métricas. Y en ese pasaje está uno de los grandes secretos del micro-suceso en el que se convirtieron: The luckiest guy on the Lower East Side se transformó en El galán de La Paternal, North Carolina es Argentina y New York City es... ¡Clorinda!
Entonces, el cambio de locación familiariza al público con las canciones. Más que efectista es efectivo y tiene que ver con lo que el trío logró: adueñarse de melodías y versos ajenos, apropiar sin miedos. Ese localismo, además, trastoca otros momentos de las canciones para que suenen a nuestros oídos aún más criollas: la aparición del Rivotril como solución antidepresiva en la citada No me quiero olvidar de vos (y que, en vez de leer Camus, la opción sea escuchar The Cure); que Absolutelly Cuckoo pase a ser Loco de atar; que el protagonista de El galán... pasé del got wheels a tener un Renó... y así. La traducción de las canciones es simplemente impecable y vale mencionar que corrió por cuenta del trío, con la colaboración de Federico Novick.

Pero la adaptación de las letras no fue el único campo en el que ANyR salieron airosos. Musicalmente, realizaron un trabajo loable, tomando el costado más pop del grupo neoyorkino y dejando de lado la densidad de algunas composiciones para endulzarlas con una instrumentación acústica -cuerdas, ukeleles, guitarras criollas- que recubre de calidez a cada una de las simples y bellas piezas que recompusieron. El trío realiza un encomiable trabajo vocal, sin grandes ornamentaciones pero con buen gusto y especial atención a la hora de elegir al cantante principal de cada tema: cada canción parece un traje hecho a medida para quien la encara. La colaboración vocal de Eugenia Brusa, de Les Mentettes, con sus agudos y su encanto femenino (en especial en vivo, donde a su bella voz la acompaña su encandilante presencia) ayuda a redondear las bondades de algunas versiones (la imprescindible revisión de Sí, oh sí; el góspel de Bésame con ganas; la sutileza de Volvé de San Francisco). Otros invitados que refuerzan la noción de grupo en algunos pasajes son Faca Flores (batería), Pablo Font (glockenspiel, metalofón), Facu Cruz (sitar) y Alfonso Barbieri (acordeón), tanto en estudio como en vivo.

Entonces, mi sentencia del comienzo, a pesar de mantener su verdad (es un dato tan frío como innegable que las canciones son de Merritt) se tranforma como las canciones de los Magnetic Fields reconstruidas por Los Campos Magnéticos: hubiera sido raro que esa Trastienda colmada y contenta no los ovacione por semejante rescate, con tan soberbios resultados. Por eso, yo también me puse de pie al final del show.
Porque saber jugar también es hacer arte del bueno.
Oh sí
.


(Pueden escuchar a Alvy, Nacho y Rubin en su Bandcamp.
Tanto la tapa del disco como la foto interna son obra de Lula Bauer).

lunes, 9 de abril de 2012

Las increíbles andanzas del Capitán Bayaspirina en el Quilmes Rock


No tenía pensado pisar el estadio de River Plate la semana pasada. Sabía que se iba a llevar a cabo el festival Quilmes Rock pero los precios eran asquerosamente discriminatorios para con mi bolsillo y el de cualquier argentino de a pie. Dos de las tres fechas del festival las cerraba la misma banda, los apreciables Foo Fighters de David Grohl; pero el precio del campo me parecía una cargada: casi 600 pesos, una barbaridad para mi billetera, más después de haber pagado 200 y monedas por el inasible e indescriptible show de Roger Waters y su muro.
En fin, todo estaba dado para que mi ausencia se hiciera presente (?), pero el destino y mis ganas de estar allí pudieron más: el miércoles 4, día de la segunda función del grupo estadounidense (junto a Arctic Monkeys y otros valores) me lancé a la aventura junto a tres compañeros más. La negociación fue ardua pero logramos ingresar luego de una hora -en la cual se desató un cuasi tornado en la ciudad de Buenos Aires-, mediante entradas de favor de los querídisimos barrabravas riverplatenses.
¿A quién prefiere pagarle usted: a un empresario que quiere llenarse los bolsillos de nuestros sueldos, que nos toma el pelo cobrando más de 500 mangos por una entrada a un show de rock al que se le pone poco dinero encima; o a un barrabrava ruin que merodea el estadio buscando pichones a los que cobrarle unos pesitos por hacerlos pasar, millonario amigable que por 440 pesos hace ingresar a cuatro personas? Por supuesto, yo y mis tres acompañantes valoramos y agradecemos el accionar del afable muchacho que nos permitió el ingreso a $110 per capita. Qué me van a hablar de moral.
No jodan.

Decía, en Buenos Aires se desató una tormenta memorable (en el sentido más negativo del término) y cuando entramos, acompañados de unos quince pibes más que estaban en la misma que nosotros, los Arctic Monkeys se iban del escenario y el mundo caía sobre nosotros. Eso no era una sucesión de gotas, eran volquetes cargados de aguas cayendo encima de cada una de las cabezas que arriesgaba su vida a la caída de un rayo en la cancha gallina. Pero ya estábamos ahí: el show debía seguir.

Salieron los Foo Fighters. Se les ocurrió venir en el que, para mí, es el momento más intrascendente de su carrera, después de dos discos que no me significaron casi nada -Echoes, patience y blablá y Wasting light- al lado de, por ejemplo, sus tres primeros álbumes. Las ganas de verlos en vivo se amparaban en su fama sobre las tablas y en la fuerza de sus canciones (inclusive las de esos discos que me aburren). Repito, salieron los Foo Fighters. Y hacía un frío de cagarse, llovía a baldazos, el sonido era una basura, las luces de un estadio para 65 mil personas en el que había como muuucho 45 mil estaban todas encendidas y el escenario estaba bajo incluso para un tipo de un metro ochenta y algo. “Qué suerte que entramos pagando 100 mangos, si no me mataba”, pensé. La cosa parecía difícil de remontar, pero ese quinteto con un músico invitado que en realidad son dos tipos (en un rato lo explico peor) supo hacer de la desgracia un momento para aprovechar.

¿Cómo zafaron nuestros amigos músicos sobre el escenario? Fácil. Cuentan con la ventaja de que su cantante, guitarrista y frontman es uno de los mejores actores del rock mundial. Así, “actor”. Porque Dave Grohl, además de ser un gritón incurable, es un tipo lleno de gracia (de la humorística y de la otra) y logra manejar por casi tres horas a un público empapado pero sediento. Nos explica que tuvieron que dejar las luces del estadio encendidas porque el vendaval arrasó con varias de las que estaban dispuestas en el escenario que, nos dice, se inundó y se rompió. Igual, asegura que van a tocar canciones que no tocan hace mucho y que la lluvia va a hacer que esta noche desastrosa sea genial. Y le creemos.

Porque lo logra: mucho humor, versiones extendidas de los temas, un cover muy oportuno (In the flesh de Pink Floyd), una lista repleta de hits, Grohl tocando la batería en Cold day in the sun a pedido del pueblo y muchas canciones (¡por suerte!) de sus tres primeros álbumes, permiten que Foo Fighters despierte de a poco a un público algo anestesiado por la lógica del desastre: rock con luces prendidas no es rock, rock sin sonido potente no es rock. A la primera situación nos acostumbramos; la segunda apenas mejora pero no queda otra que bancársela.
FF basa su presencia escénica en esa bestia llamada Taylor Hawkins, el baterista estrella que marca el sonido de la banda; y en el monstruo simpático que es Dave. Los otros tres podrían no estar -en especial Pat Smear, pobrecito, parecía perdido- y al tecladista invitado casi que lo aplaudimos de lástima. Pero el show avanza y entre los clásicos adorables (Learn to fly, Enough space, Monkey wrench, Big me) se cuelan temas que no venían tocando, como Generator y For all the cows, rarezas que se agradecen. Best of you fue el momento del show: la gente haciendo coros y cantando con fuerza, Grohl gritando como nunca (y miren que grita) y el sonido arreglado momentáneamente. Magia.
La maldición de la lluvia no pudo jodernos del todo, tuvo razón DG. Eso sí: él se fue seco al hotel y a mí la ropa se me secó recién el viernes. Y el resfrío todavía me acecha pero puedo resistirlo.

Por si fuera poco y para completar la faena, en la semana cayó de regalo un mega descuento de la página Let’s Bonus, esos sitios para clase media-alta con tarjeta de crédito que te ofrecen bonificaciones por alguna compra en particular. Debido al irritante precio de las entradas, ninguna de las tres fechas del alicaído y bochornoso festival agotó sus localidades. Los empresarios insisten en chorear con los precios pero la novedad es casi nula, la organización es mediocre y el público detestable.
Pero ver por $25 a Las Pelotas, Fito Páez y Charly García era un buen plan de sábado. De última, si nos aburría nos íbamos al rato. Por 25 monedas (?) casi que no se puede hacer nada en esta puta ciudad (¡!).
Vamos.

Fuimos, vimos un rato a Las Pelotas y nos cansó un poco el Daffunchio viejo protestón. La banda suena prolija como siempre y la ausencia de -como dice Barreda- el elemento disyuntor Sokol sigue siendo un problema sin solución, aunque ya hayan pasado años de su partida del grupo: les quita onda y movilidad en el escenario. No dejan de estar bien, pero algo falta.
Después salió Fito. Ladren lo que ladren los demás, Fito la tiene atada: su setlist es un entramado de hits imbatibles, piezas infaltables del cancionero popular de los últimos 25 años de la música de nuestro país. Y la gente acusa recibo, se recopa y canta cada una de las canciones, desde el niño más niño hasta el lumpen más lumpen. Algunos, como las chicas fumadas de 45 que tenía adelante -parecen salidas de la tira Graduados-, se exceden un poco en alegría.
Al rosarino le alcanza con una hora y pico para dejar a todos contentos. La banda suena impecable y sólo con mover su mano Fito hace gritar a todos. La única novedad que presenta su set es un lindo tema dedicado a Spinetta, del que se proyecta la letra.


Pero vamos a Charly. Nuestra ecuación a despejar era García y su estado actual, la paradoja de toda una carrera bardera en el hoy, una señora sedada que no solo ya no rompe guitarras, sino que hasta intenta seguir las letras y dirige a una mini orquesta.
Y Charly lo logró una vez más y Charly nos pone contentos y Charly va a vivir más que cualquiera de nosotros y Charly resucitó.
Charly está de vuelta, de a poco pero de vuelta, señores.

Entró en limousine rememorando sus pateticidades aristócratas de antaño, pero durante toda su presentación vi signos de un tipo que vuelve a ser, movimientos más naturales, alguien que vuelve a tocar y se escucha a sí mismo. Está claro que no es el García de, supongamos, 1984. Pero tampoco lo era en 2008, cuando ocurrió la catástrofe.
La banda, exceptuando los primeros temas -donde la viola del Negro García López casi no existió- suena ajustada y él se encarga de la dirección: mueve las manos para aquí y para allá, hace gestos, señala lo que se viene. Ese no es el tipo que estaba en pleno tratamiento y nos daba compasión, es el que siempre conocimos.

Cuando canta Yendo de la cama al living, canta. Puede ser un milagro pero su voz, rasposa desde hace años, está algo más limpia y le da el swing necesario al tema (incluso en el interludio scatteado). Los invitados aportaron a la causa: Aznar acompañó bien en Perro andaluz, una belleza circa Serú que sonó impecable; Juanse en versión clean hizo lo propio en La sal no sala (y le gritaron "Pomelo, Pomelo" otra vez). Pero lo mejor de la noche y del festival fue el dueto con Fito Páez, que volvió a las tablas para una conmovedora versión de Desarma y sangra: el alumno Páez al piano, el trío de cuerdas dando el clima exacto para el interludio y, otra vez... ¡Charly cantando! El milagro parecía imposible pero, con lo que le queda de voz, García se bancó aceptablemente el show y esta canción fue un momento inolvidable que erizó la piel.

“Ya no quiero vivir así repitiendo las agonías del pasado”, dice la maravillosa Canción de dos por tres, que también sonó en la noche del sábado. Y las cosas ya no son como las solíamos ver, ese tipo de movimientos lentos y figura esbelta -Charly está algo más flaco- quiere recuperar lo que perdió durante años: el amor propio, su música, su ser, su pasión, su voz. Todo parece ir en una misma dirección y de a poco, el paisaje va aclarando. Como del miércoles al domingo, pasamos del vendaval a un calor ideal y creo que zafamos de la gripe.
Que así sea, Charly.


[Textos: Tucho
Fotos de Charly y Fito: Javier López Uriburu
Foto de Dave Grohl y Walas: Facebook Oficial de Massacre]

miércoles, 4 de abril de 2012

Sinfonías para catedrales vivas: el homenaje a Litto Nebbia

Suele suceder que los discos homenaje son un compendio descolgado de artistas que poco tienen que ver entre sí, homenajeando a un artista al que desconocen; dando como resultado un todo que no tiene más concepto que el de agradecer al colega. Nada de lo enumerado está decididamente mal, pero trae como consecuencia que no haya cohesión sonora en los discos de este tipo.
Ésta es una situación que no acontece en el nuevo homenaje a Litto Nebbia, producido por Fabián Spampinato, director de la FM D-rock! (89.7 en Mar del Plata, disponible en la web). El hombre ya llevó a cabo la noble tarea de reconocer a Luis Alberto Spinetta mediante el álbum triple Al Flaco… dale gracias (2007, disco al que se sumó en 2010 Sola en su cuarto); y a León Gieco en 2009, con el doble Guardado en la memoria. Todo esto, producido con un objetivo: ayudar al comedor Fueguitos de Mar del Plata, la ciudad donde vive Spampinato.

Con la excusa de la reciente edición del bello (en contendido y packaging) Sinfonías para catedrales vivas, les hice algunas consultas a homenajeado y homenajeador y, por suerte, ambos se prendieron a contar un par de detalles. Lo primero que se encargó de aclararme Spampinato fue la diferencia entre tributo y homenaje: “Para mí homenaje y tributo se diferencian, un tributo es pagar un impuesto. Lo que estamos haciendo es homenajear a un artista, no tributándolo. No le estamos pagando nada, al revés: le estamos devolviendo a él, con cariño y un poco de arte”. Y para que no (me) queden dudas acerca de la diferencia entre ambos términos, Fabián me afirma que además, “la palabra homenaje suena más fresca, más transparente y más lumínica”.

Spampinato atravesó diversos problemas durante la realización del álbum triple, inconvenientes que demoraron su salida y convirtieron al proyecto en el más arduo de los tres realizados por él hasta el momento. Entre dificultades de salud, económicas y cotidianas (se le inundó la casa en marzo de 2010, en julio del mismo año un rayo quemó todos sus electrodomésticos; todo eso derivó en un pico de estrés a comienzos de 2011), la culminación de Sinfonías... tardó en llegar: “La convocatoria de músicos y demás se hizo entre fines de 2010 y todo el 2011, fue un año y pico de laburo. Cuando estaba saliendo del estrés, recibo la noticia de que Ricardo Mollo decidía bajarse del disco. Nunca dijo exactamente por qué”. Sin embargo, el productor supone que todo tiene que ver con una gacetilla enviada a los medios por el Vasco Urionagüena -baterista y productor de La balsa, el tema que ya había grabado Mollo- con fotos del líder de Divididos cantando. “Eso me parece que no le gustó a Ricardo, que se diera a difusión aquellas imágenes previo a que él firmase el acuerdo. Por eso lo terminó cantando Litto, y él mismo llamó a Soulé”. En la nueva versión del tema iniciático del rock nacional, participan además Ciro Fogliatta, Fernando Blanco, Lucrecia López Sanz, Gonzalo Aloras y Brian Ray, el guitarrista de Paul McCartney que se encarga de ejecutar el solo.



En tanto, Litto me cuenta que recibir este homenaje es un gran orgullo: “Sentimentalmente te gusta todo, no dejás de pensar en que alguien se ha dispuesto a cantar una canción tuya de alguna época”. El homenajeado se encarga de destacar las buenas interpretaciones en general, lo que quizá reafirme aquella homogeneidad sonora que se comentaba al principio de este texto: “Los discos me parecen parejos en interpretaciones y, justamente, lo que los hace interesantes es que cada quien ha proyectado sobre su ideal personal”.
Cabe destacar la cantidad y calidad de artistas que participan en los tres álbumes: desde bandas y solistas noveles como Leandro Kalén, Excursiones Polares, La Perla Irregular y Micaela Vita, hasta reconocidos músicos del rock argentino (Skay Beilinson, León Gieco, Miguel Cantilo, Gustavo Santaolalla, el mencionado Soulé); rarezas como Zambayonny, nuevos valores del jazz y el folklore (Andrés Beeuwsaert, Alan Plachta, Pipi Piazzolla) y el aporte del mismísimo Nebbia regalando un inédito, La aventura, a modo de agradecimiento.

Fabián Spampinato se dio un gusto, como broche de oro del álbum triple: “Hay un homenaje a mi familia en el álbum: el último tema de los 64 es Madre, escúchame, cantada por mis tres hermanos; yo toco el bajo, teclados y guitarras, y además están mi hijo y mi sobrino. Hay referencias a los Beatles y a Amor de primavera, un tema que le gustaba mucho a mi vieja”.
A su vez, el director de FM D-rock! regresa en el tiempo para rememorar sus primeros momentos con la música de Litto: “En casa, cuando vivía en Mataderos, fui de los primeros en escuchar a Los Gatos. Uno de mis tres hermanos tocaba la guitarra y la batería, y siempre tocaba temas de los Beatles, Los Gatos y Almendra. Toda la discografía de Litto hasta que se fue del país, es fundamental para mí conformación artística. Después, entre comillas por culpa de él -que edita 4 o 5 discos por año-, es imposible seguirle toda la carrera y alguna placa se pierde en el camino”.

Para finalizar, el homenajeado se anima a destacar algunas de las versiones que le agradaron, aclarando previamente que “haciendo una lista de ‘preferidos’, para nada son los mejores, son sólo algunos que me impactaron de entrada por diversas razones”. Acto seguido, enumera las siguientes participaciones: Madre, escúchame (Gustavo Santaolalla); Muerte en la catedral (Andrés Ruiz, Andrés Ravioli y Defórmica); Nino y la invitada (Armani Cuarteto); Ellos, los mares (Nath Ottaviano); Deja que conozca el mundo de hoy (Leo García); El Cielo Protector (Gonzalo Aloras); Esperando un milagro (Andrés Beeuwsaert); Cadenas y moneda (ReddLand con Emilio del Guercio y Rodolfo García); Necesito saber (La Minú Band); Tatuaje desnudo (Cabrío) y Restaurant del diablo (Salomar)”.

* Para los que deseen, el álbum Sinfonías para catedrales vivas se canjea en Mar del Plata por alimentos para el comedor Fueguitos (Uruguay 137, Mar del Plata). Otra manera de convenir su entrega es mandando un mail a fabispampinato@yahoo.com.ar. Aprovéchenlo: es una buena manera de ayudar y, a la vez, disfrutar de buena música.

viernes, 30 de marzo de 2012

Cinco años en el aire

¿Cómo se hace para explicar que un simple blog puede transformarse en el medio para conocer tantísima gente interesante, entre ellos, gente que admirás profundamente y nunca imaginabas que podías tener cara a cara?
¿Cómo se hace para contabilizar la cantidad de cosas que cambiaron desde que esto comenzó?
¿Cómo se hace para explicar todo lo que me sirvió y ayudó el intercambio con los visitantes, la buena onda de ustedes, el intercambio de conocimientos (y desconocimientos también, je)?
¿Cómo se hace para explicar que esto comenzó cinco años atrás y sin embargo no me cansa (es una de las pocas cosas que hice por éste tiempo sin ser obligado por nadie)?
¿Cómo se hace para agradecer a todos los muchos que visitan este humilde espacio?

No lo sé muy bien.
Pero igual, gracias a todos ustedes, amigos virtuales y reales, músicos y público (los que comentan y los que prefieren el silencio) por estos 5 años de La música es del aire. Sin nadie del otro lado, no hubiera sido posible.

martes, 20 de marzo de 2012

Devotos de Howard: ¡volvió Magazine!

En el rock and roll, bien podría decirse en la música (y siendo más amplios aún, en el vasto mundo del arte) suele darse una lógica de la no lógica (?) en la cual un artista X tiene la suerte de ser terriblemente exitoso, mientras que otro colega con cualidades similares -y en reiteradas ocasiones, incluso más competente- sufre el descrédito de la ignorancia popular. A aquellos artistas admirados por sus cófrades y por un público selecto mas no por la gran masa, se los suele reconocer y agrupar como “artistas de culto”.
El éxito y el fracaso suelen darse por diversas razones y, sabemos, hay grupos (y gentes) nacidos para ganar y otros decididamente losers: a veces suma el hype, a veces te juega en contra; podés hacerlo todo para progresar mientras que otro hace la mitad y la pega con una canción… y así podríamos continuar nuestro camino hacia el infinito de la nada misma.
Pero vamos a quedarnos con un caso puntual: Howard Devoto, ícono de la cultura punk. Bien puede afirmarse que el querido Howard... es un artistazo de culto.

Integrante de los primigenios Buzzcocks, se fue del grupo sin sentir en carne propia el éxito de su álbum debut (editado en pleno auge punk, Another music in a different kitchen llegó al puesto 15 en los charts del Reino Unido y, claro, no contaba con su presencia). Devoto decidió hacer la suya y formó Magazine, un grupo que no llegó a durar siquiera un lustro pero dejó cuatro discos que contienen los sonidos más logrados del post-punk, en especial en lo que refiere al nivel de las composiciones y el ensamble instrumental, prolijamente frío y denso.

En fin, Devoto decidió irse del grupo que él mismo había fundado y antes de la salida del último disco (Magic, murder and the weather) de la que fuera la primera etapa de Magazine, se rajó para hacer la suya. Por supuesto, fracasó como solista y con Luxuria, el proyecto que lo tuvo como cara visible entre finales de los '80 y comienzos de los '90.
Ni siquiera logró acaparar demasiada atención la conformación de un dúo con su ex compañero Pete Shelley en los comienzos de la década 00, pero...

Pero, más de treinta años después, la música le da revancha: Devoto reunió a Magazine en 2008, giró tocando aquél viejo álbum debut Real life y el público acusó recibo agotando las localidades. A fines de 2011, entonces, Magazine retornó al disco con No thyself, otra áspera y delicada representación de la oscuridad, con la voz fantasmagórica del cantor como eje y los teclados como textura predominante: Magazine es el grupo punk que más y mejor utilizó las teclas, que comparten protagonismo con las guitarras y a veces destacan incluso por sobre ellas (¡herejes!).

En fin, quería recordarlos por si alguno de ustedes todavía no se avivó: pueden ser devotos de alguien sin que les falle, y aquí se los presento si no lo conocían (están perdonados). A los que no estaban enterados de la vuelta, ya saben... No thyself es un gran disco.
Disfrútenlo.

martes, 6 de marzo de 2012

Flopa, Minimal, las buenas ideas y las nuevas formas

Queridos amigos presidentes de compañías discográficas, dueños de las productoras y del mercado, lo que ustedes llaman “la industria de la música”: ya no los necesitamos. Les agradecemos los servicios prestados, pero ya somos muchos los que, hace años, prescindimos de ustedes, los primeros piratas de una cadena cuasi prostituyente que se encarga de robarle su dinero y su catálogo a los músicos y, aplicando una lógica cínica y macabra, nos trata de piratas a nosotros, los propios consumidores de la música que les da sus casas lujosas y sus manjares diarios.
Todo este párrafo primero lo podemos decir muchos de los oyentes apasionados de música, los que hace años sentimos que, de veras, esa gente nunca supo reformularse –no le interesa- y llora porque la vaca ya no da más leche. Ellos lo lograron y ellos, los mismísimos dueños de la industria, son los que auguran el final del disco (CD) como formato, los que por un lado lloran para ver si queda algo por raspar de ese tarro, mientras apoyan leyes insólitas y lagrimean mentiras tratando de convencer a algún usuariao; a su vez que -con la anuencia de muchos músicos, lamentablemente- se inmiscuyen en nuevos negocios para salvar la ropa: ahora que no venden discos les gerencian los shows a los muchachos de la guitarrita.
Ellos, los que auguran el final de la era del disco, sabemos, lo hacen sólo porque no les da más (tanta) ganancia y sí, probablemente, en algún momento dejarán de fabricarlos (tal vez sea una eterna falsa alarma). Lo que simulan ignorar es que millones de músicos –o cientos, o miles, o cientos de miles, como quieran- del mundo entero hace años que los desecharon como puente para llegar a vivir de lo que aman: tocar, girar y editar discos.
Sí, editar discos, mis queridos amigos del primer párrafo.

Es aquí donde llegamos a esos montones de grupos que realizan su tarea de manera independiente, o asociados a los tantos sellos independientes, muchas veces gestionados por otros músicos -sino, por gente que de veras ama lo que hace y no estafa a alguien que merece ganar lo justo por lo trabajado- que pululan en la Argentina y los demás países de nuestro querido universo (?).
Y aquí es donde nos ocuparemos de los protagonistas de esta nota, Ariel Minimal y Florencia Lestani, abonados a ser mencionados en este blog (a quien no le guste: jódase) por mérito y canciones propias. Batalladores del under porteño hace añares, fichados en la label creada por el propio Minimal -Azione Artigianale, el sello que edita los discos de Pez y varios grupos más-, decidieron llevar a cabo un novedoso método de financiamiento colectivo conocido como crowd funding (similar al aplicado por Panza para la edición de su último disco triple, La madre de todos los picantes) para que su álbum La piedra en el aire, de edición próxima, vea la luz: que su propio público, la gente que los va a ver y los escucha, aporte el dinero para que el proyecto vea la luz.

Sacaron el cálculo, simple: hacer un disco (grabarlo, fabricarlo, pagarle a toda la gente que colabora para su realización) sale 10 mil pesos. Con 100 personas que aporten 100 pesos, el disco sale. Tiraron la idea en las redes sociales, dejaron de señuelo su página oficial -con un texto explicativo para informarse más al respecto- y todo funcionó en cuestión de días: la gente reaccionó, encantada con la propuesta de entregarle en mano el dinero a los músicos y recibir el disco no bien esté listo, sin intermediarios; con el agregado de un show exclusivo en el que se presentarían las 13 canciones del álbum a los cien “productores del corazón” (así bautizaron los músicos al público bancador).
Flopa y Minimal juntaron el dinero el mismo día del show vaquero, que tuvo carácter cuasi clandestino en el centro más centro de la Capital Federal, con el público y los músicos rebosantes de alegría por haber llevado a cabo algo tan simple como confiar en el otro y saber que, como ellos mismos dicen, así se trabaja. Un ambiente relajado, (mucho, muchísimo) calor de subsuelo, los 13 temas que integrarán La piedra en el aire más otros de sus carreras paralelas (de los discos solistas de Flopa, de Pez) y una versión bella, divertida (con Lestani imitando muy bien a Bob Marley), sorprendente y casi improvisada de Redemption song. Todo entre chistes, risas y un ambiente descontracturado, donde se notaba la felicidad del dúo por la respuesta del público que, además, superó el número inicial de 100 personas. Nadie se hubiera quejado de que les quede un mango de ganancia a los músicos, quienes se encargaron de aclarar y avisar que, de todas maneras, el dinero sobrante será usado para reeditar discos de ambos que se encuentran agotados (Emoción homicida de Flopa y alguno de los dos de Minimal como solista).

Una verdadera lección de lo que se viene. Amén.


(Las fotos nos llegan por cortesía del amigo Gonzza Iglesias).

viernes, 2 de marzo de 2012

Una sola cosa

Como no me puedo sacar de la cabeza a Spinetta, la sigo con él (prometo retomar pronto el ritmo que el blog tenía antes de que esto sucediera). Pero en esta vuelta vamos a ser breves y a hacernos una pequeña pregunta: siendo Spinetta un tipo que le cantaba tanto a la vida, ¿era el gris el color indicado para la portada de la Rolling Stone edición argentina?

Una pregunta de hinchapelotas, nomás. De todas maneras, la foto es bellísima.

viernes, 10 de febrero de 2012

Spinetta: siempre estarás en mí


“¿Acaso no son el verde y el amarillo cada uno de los colores opuestos de la muerte, el verde para la resurrección y el amarillo para la descomposición, la decadencia?”.
Antonin Artaud.

***

Todavía no caigo.
Pasó un día y otras horas, pero nunca voy a caer. No pasaba ni cerca de mi imaginación la idea de que Spinetta se fuera así, de manera tan repentina, tres semanas después de escribir un texto deseándole buena salud, creyendo que a él no le iba a pasar, porque era Spinetta. Es.

Ayer fue el mensaje de mi novia, y buscar en internet sin suerte. Prender la tele antes de rajar del laburo -es largo de explicar- y encontrar a Valeria Lynch hablando de él, sorprendida en un homenaje que era para ella. Y la confirmación. Y no caer.

Viajar en el Urquiza -paradoja, Spinetta vivía en Villa Urquiza- escuchando las radios que se dejaban escuchar, y todos conmocionados, escuchando a otros: la gente que llamaba, los músicos que apenas lo conocieron pero lo amaban.

Y pensar en cualquier cosa, recordar momentos con él, así: con él, junto a él, acompañados por un artista que nos cantaba al oído cosas maravillosas, nos hacía creer en un lugar mejor, era nuestro refugio, un mundo aparte, su mundo que se convertía en una guía, nosotros escuchándolo con atención ante cada aparición pública, ante cada disco nuevo, ante cada descubrimiento de una vieja perla.

Pensé en mi novia, que venía viajando conmigo, los dos mudos. En el verano del año pasado, me regaló para mi cumpleaños el tesoro más preciado, Spinetta y las Bandas Eternas (puedo decir que fui insistente al respecto…). Pensé en ese show y la suerte de haber estado allí: ya había sacado mi ticket para ver la que fue la última visita al país de AC/DC y, de golpe, al Flaco se le ocurría juntar a todos sus grupos, los que yo amaba y amo, el mismo día que tocaba el grupo de Angus Young. Hice lo que pude, busqué alternativas para poder estar en la noche eterna de Vélez, y la suerte me acompañó: logré el cometido de cambiar la entrada de AC/DC para otro día y me emocioné con las cinco horas y monedas de la música más linda del universo.


Pensé en mi amiga Florencia que lo ama y en su primo Facu, un tipo al que me cruzo siempre en la calle y de lo primero que hablamos es de él; cuando se enteró de que me habían regalado el cofre, me mando un mensaje de texto como si me hubieran comprado una casa. Pensé en mi hermana Aldi que justo se había puesto a escuchar el Unplugged, y en los mensajes de mis viejos y mi otra hermana, Ana, cuando se enteraron. Pensé en Fede, mi amigo que no pudo cambiar la entrada de AC/DC y se perdió el show de Vélez. En Luqui, mi primo, que me decía que El jardín de los presentes era el mejor de Invisible hasta que, le insistí, escuché con mayor atención el primero, y me dio la razón. En Pablo de La Perla Irregular, que me contó de cuando le fue a llevar los discos de la banda a esa casa que ahora vemos en los noticieros: la primera vez lo atendió una chica y recibió los CDs, la segunda vuelta, una voz mágica y nada misteriosa –digo, le sonaba a Pablo muy familiar, tan familiar que era- le comentó desde el otro lado de la puerta que “todavía no los pude escuchar bien”.

Pensé en el último show que vi de él, en el teatro Coliseo, con mi novia, Fede, Facu y su novia, una chica (muy) uruguaya que, creo, conoció por Facebook gracias a… sí, por supuesto. El show fue rarísimo, indescifrable, el show más antihitero que vi en mi vida -nota: vi varios shows de Spinetta-, algo así como la antítesis del show de Vélez, donde nos regaló lo que daba en migajas: los temas que se aman, se añoran, o se querían volver a escuchar en su voz.

Spinetta no tocaba esos temas porque le gustaba su presente. Y sí, algo de razón tenía: los demás eran los que vivían atados a su pasado, a su juventud -las nuevas generaciones, donde entraría yo, atadas a lo que no vimos o vivimos en su momento-, a la eterna necesidad de valorar lo hecho tiempo atrás, la melancolía tanguera del argentino. y él siempre es presente; siempre miraba hacia adelante, representaba el hoy de un arte inimitable, trabajado, poblado de sutilezas, amor, imaginación y búsqueda; la constancia de un tipo que parecía invencible.

Pensé, como muchos, en Charly García. ¡Quién hubiera dicho que iba a sobrevivir a Spinetta! Las apuestas no garpaban nada. Y también pensé, en la nebulosa, en el milagro que sería que Gustavo Cerati despertase. Y lo horrible que sería que el tipo vuelva a ser quien era y le comuniquen la noticia; durante tu sueño se murió Spinetta. Es terrible, pero lo pensé: Cerati, que sin Spinetta no sería Cerati, sumido en la ensoñación mientras su máximo ídolo muere.

Pensé varias estupideces más. “Bueno, ahora a todo el mundo le va a gustar Spinetta”, algo que imaginé como positivo y negativo a la vez (positivo porque el arte supremo de LAS debería ser apreciado por mucha más gente, aunque seamos muchísimos; negativo por el celo de secta, nosotros, los que lo sentimos casi como una deidad, ante la banalidad de cualquier ganso que te dice “me gusta Spinetta” como te dice “amo a los Beatles” y conoce cinco temas de la Beatlemanía y punto).
Otra fue “Ahora van a reeditar todos los discos, hasta Only love can sustain, el único que nunca escuché. Voy a poder tener Kamikaze, que está descatalogado”. “Se viene el libro de Sergio Marchi”. “Todos los diarios van a decir ‘el poeta’ e idioteces del estilo”. Y así.

Lo que pensé después de un rato largo fue de lo poco potable que brotó entre mis ideas, algo lógico y nada brillante, pero que me calmó por un rato. Un tipo como él no merecía sufrir: al menos sufrió poco y murió reconocido y acompañado por su familia, en su hogar.

De todas formas, no lo merecía. Un tipo con esa gracia, con un don tan maravilloso, con la altitud de pocos seres humanos, el que detenía al tiempo y el espacio con sus melodías y abrumaba con la densidad de sus silencios, sus armonías de otro planeta y su voz, que jugaba a ser tenue pero era increíblemente poderosa. El consuelo y, sí, el antídoto contra todos los males de este mundo.

Pensé, y sigo pensando, que le debo algo. Pensé que nunca voy a poder llevar a cabo esa charla que soñaba, para este blog; para mí. Pensé que, algún día, tengo que terminar de sacar con la viola Cantata de puentes amarillos. Que es casi imposible, pero Spinetta me enseñó que hay acordes que parecen imposibles pero los puedo sacar y hacer (y luego, quedar exhausto y contento).

Y siento que nos quedaba mucho por recibir de él, eso es lo más triste. De un artista con presente siempre llegan iluminaciones. Su obra, inmensa en contenido, ancha en el tiempo y poblada de variedades seguía proveyéndonos de materiales preciosos. Spinetta era una mina de oro que siempre seguía dando.

Pensé en su influencia, que va desde sus hijos artísiticos -Fito, Cerati- hasta sus compañeros generacionales -Litto, Charly, Moris, Javier Martínez, Miguel Cantilo-, pasando por cantidades industriales de músicos del under rockero, artistas que se dedican a otros géneros (desde Liliana Herrero y Mercedes Sosa, a Rodolfo Mederos, Hugo Fattoruso y Piazzolla, que una vez lo invitó a tocar). Y aquellos fans insólitos como Juanse, que para muchos personifica a Pomelo, el rockero idiota que inventó Capusotto y para Spinetta era un artista digno de ser versionado (y lo hizo). O Iorio, el metalero que se supone -y muchas veces da razones para ello- facho, el que cantó en su disco solista -bajo los efectos de la evidente emoción- Durazno sangrando y Toma el tren hacia el sur.

Pensé en la desgracia ensañada estos últimos tiempos con el universo spinetteano, tomando forma en la ignorada muerte de Diego Rapoport, el brillante teclista que acompañara al Flaco en Kamikaze y durante un período de Spinetta Jade; en el fallecimiento de Sartén Asaresi, otro colega que lo acompañó con su guitarra y ayudó a Luis para que “saque” –sí, leen bien- nuevamente sus canciones, sus acordes multifónicos, para el concierto de las Bandas Eternas.


Así podría continuar. Escribir y no dormir recordando cosas, releyendo y reinterpretando sus letras, como la de Post crucifixión, el mejor hard rock de la vida, que dice:

Abrázame,
Madre del dolor
Nunca estuve tan lejos
De mi cuerpo.
Abrázame
De la vida yo ya estoy repuesto.

Y en esta quietud que ronda a mi muerte
Siento presagios de lo que vendrá.

O la letra entera de Sinfín, compuesta a medias con Roberto Mouro (léanla acá).

Recordé cuando compré por internet el disco doble de Los Socios del Desierto, descatalogado. Me lo mandaron con otros muchos discos por correo; los otros fueron una excusa para conseguir ése, la figurita difícil. También -para esto me ayudó mi amigo Hernán, que siempre me pide que toque Bajan y me recordó el dato entre risas hace poco- me reí por dentro cuando volví un par de años para atrás. Tocábamos con la banda en un bar metalero de San Miguel y, en un fragmento del “show”, quedé yo solo con la guitarra acústica haciendo un par de temas. En un bar metalero. Y toqué Plegaria para un niño dormido. Y pensé que tengo que volver a hacer música. En fin.

Era lo que no queríamos que suceda, jamás. El “Flaco, no te mueras nunca” que le gritaban en los shows, al que respondía con su genial humor, signo infaltable de un ser maravilloso.
Estamos empezando a extrañar lo que ya no va a ser, lo que no veremos más, las canciones que nos vamos a perder. Pero en su refugio todavía tenemos lugar, la eternidad imaginaria guarda su espacio en los surcos de un disco, en un reproductor de mp3 y en el aire. Como dice la frase de arriba: “toda la música que cuelga, suena por ti”.


Ahora cuenten ustedes, me voy a dormir.
Ya caeré.

(Sepan disculpar algunas desprolijidades del texto, va lo que salió y sin corregir).