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viernes, 30 de marzo de 2018

El Perrodiablo: “La banda nos salva la vida”


Es jueves 24 de agosto y ya son casi las dos de la mañana (OK, técnicamente es viernes). Desde las 9 de la noche, Doma, Fran y Chaume hablan de su amor por el rock and roll y los sacrificios que debieron sobrellevar en 11 años de banda. Ellos tres, Jose y Lean son El Perrodiablo, la expresión más feroz de esa música en la República Argentina. Y hablan en serio, con convencimiento y pasión por lo que hacen, rock, pero siempre con roll. Se enojan, putean, se ríen de su suerte -“en Cosquín Rock se cortó la transmisión cuando estábamos tocando nosotros”, dice Fran- y rememoran con alegría genuina su paso por el festival cordobés, amparados nada menos que por Andrés Calamaro, un fan sorpresivo del Perro:

Doma: La fecha la armó él, su exigencia era tocar cubierto por una fecha donde tuviese algún vínculo con las bandas. De hecho, en su show agradeció a todos. Dijo "es mi primer Cosquín, y lo hice acompañado por amigos, como Babasonicos...". Fue nombrando una por una a las bandas -Guasones, La Beriso, los Decadentes- y toda la gente estallaba. "Mi primo español, Leiva". Y de repente dijo El Perrodiablo y nosotros estábamos ahí: hubo unos aplausos perdidos, como que nadie junaba (risas). Encima viajamos con Pez, era parte del arreglo que a nosotros nos llevaran ellos. Y estuvo buenísimo, fuimos en el micro mirando unos DVDs de KISS. Hablamos de los Cadillacs, le preguntábamos a Ariel [Sanzo] si estaba cuando grabaron con Debbie Harry. Nos dijo, lamentándose, "me lo perdí, me perdí la mejor época de los Cadillacs". Debe ser un flash, ¿no? Ese debe ser el momento en el que el músico, tan profesional, vuelve a ser un poco amateur.

¿Ustedes desde dónde se paran ahí? Parece que disfrutaran mucho esas cosas.
D: Nosotros somos marcianos. Para nosotros esas cosas siguen siendo como un deslumbramiento, porque siempre hemos tratado de resguardar la alquimia del rock and roll inicial. Sabemos que todo es un basurero alrededor, pero tratamos de resguardar la parte que nos encanta de eso. Entonces, cuando pasan cosas así, como lo de Cosquín, o la primera vez que se subió Andrea Álvarez a tocar con nosotros, todo eso tuvo un significado muy importante. Porque tenía que ver con el encanto que resguardamos a las sorpresas que te puede deparar el rock and roll. En cambio, creo que para músicos más consagrados es difícil.

¿Las veces que se rozaron con ese ambiente más “profesional” vieron eso?
Chaume: Las ambiciones están en todos los niveles. A veces, hasta se comprende un poco más al nivel máximo del “negocio”. Pero con bandas chiquitas o gente del entorno, es una picardía que intenten replicar un modelo y se olviden de que estamos acá. Nosotros cinco nos juntamos a hacer la música que nos gusta. No sé si es lo que hoy se escucha, es lo que nos gusta. Juntarse en un garage, en una sala, hacer quilombo y pelar temas lo mejor posible y sin tanto objetivo... sí, nos encanta progresar y todo, pero cuando te ponés un objetivo que te hace torcer todo lo otro...
Fran: No especulamos musicalmente y tampoco con los contactos. No hay especulación en El Perrodiablo.
D: Y probablemente, los principales damnificados de no especular somos nosotros. Porque todas las bandas lo hacen; y comparto al 101% lo que dice él: o sea, yo estoy seguro que es mucho más entendible eso al nivel mainstream, donde los tipos se juegan construirse un nuevo departamento en Nordelta, que al nivel nuestro que ¿qué te jugás, llenar La Tangente? No lo vamos a hacer, no tenemos la fuerza para llenar un lugar de esos. No somos una banda convocante, somos una banda respetada, que es otra cosa. Y quizá, a la hora de criticarnos por cómo nos manejamos, es factible que recibamos muchas críticas en cuanto a no haber potenciado ese apoyo de ciertos lugares, qué sé yo, el apoyo de Andrés. Pero para nosotros, el vínculo con él excede lo musical, fue más rico en cosas que quedan para nosotros que en cosas que tengan que ver con "no, pero puta, no pudimos entrar en PopArt o no nos abrió la puerta a su discográfica". Nunca se lo pedimos, y cuando de él surgió algo siempre fue "sí, pero nosotros vamos a seguir siendo esto".
C: No nos acercamos para obtener algo, qué sé yo. Fue una cosa sincera, que se dio.

¿Siguen laburando solos, sin manager?
C: Todavía no encontramos a la persona indicada. Así que recibimos propuestas, estamos esperando que nos acerquen carpetas para analizar currículums (risas).

***

De repente, surgen en la charla los nombres de las dos bandas argentinas que están por pegar el salto, en plena transición del circuito indie al gran público. Por supuesto, hablamos de Él Mató a un Policía Motorizado y Los Espíritus. Dice Doma:

-Lo de Él Mató es admirable. Pantro [guitarrista de Él Mató] grabó el primer disco con nosotros, los primeros recis son con él, viajamos al interior de la provincia de Buenos Aires. Con Chango y los chicos nos conocemos hace un montón. En Argentina, para mí, el éxito de las bandas se determina porque justo ese limbo entre lo under y lo mainstream necesita una banda con determinadas características y alguien ocupa ese lugar. En su momento se necesitaba una banda que no viniese de un indie refinado, elitista, y fueron ellos. Ahora pasa con Los Espíritus. Y ese limbo empieza a ser codiciado, eso genera que las bandas pretendan alcanzar ese lugar.

¿Creen que acá eso funciona un poco por persistencia? Da la sensación de que si aguantás tocando 15 años, en algún momento se te da.
C: Yo, desde mi lugar, no lo pienso como que tenemos que aguantar o esperar. Ni pensamos en el éxito. Sí es cierto que hay casos que estuvieron mucho tiempo y tuvieron un salto de crecimiento.
F: Pasa que pocas bandas duran 15 años sin dar el salto. O sea: se separan antes. Por eso, retomando el tema del manager, es difícil explicarle a un tipo que no estamos buscando llenar Groove, no sé.
D: El tipo llega, nos ve, dice "uy, estos trajeron 100". Pero la siguiente vez "uh, trajeron 50 hoy". Y después vamos a Burzaco y dice "pero hoy acá vinieron 30".
C: Y lo siguiente que piensa es "¿cómo hago para que vengan 300?".
D: Y es una rueda, porque "¿cómo hago para que vengan 300?". Entonces, empezás a ver qué hacen las otras bandas para meter 300 tipos. Y ahí empieza: “cambiá un poco la imagen, cambiá un poco la música”. Y bueno, después el que fuiste vos, que se juntaba a tocar porque le gustaban los discos de los Stooges empieza a decir "no, esto es muy Stooges, no lo hagamos". Y ahí ya violentás la idea inicial, con la que yo descubro el rock, que es la libertad. Poder encontrar un lugar donde vos sos vos y no tenés que explicarle a nadie nada más que eso, que estás siendo vos mismo sin ataduras en ese momento, porque el rock and roll nació para eso, para mí. Si lo que hago es ir encorsetando la idea a las reglas establecidas para que esas reglas establecidas me digan "bueno, ya las obedecí todas, ¿dónde está el resultado?", ahí la búsqueda musical queda postergada.
C: Eso sí lo perseguimos con obsesión. Hay tipos que están mirando los números y la forma de hacer todo eso, nosotros nos centramos en no olvidarnos de por qué nos metimos y qué nos gusta de la música y del rock. Entonces es abrir mentes, y entrar a un lugar y tal vez no ser bienvenido. Pero tiene que pasar algo, sobre todo cuando tocamos en vivo, no es pasar una lista de temas y listo, nos vamos.


¿Les molesta que todavía haya lugares donde tocan que no entienden esa dinámica de la banda, o que Doma baje del escenario a cantar con el público?
D: Cuando tocamos en vivo es una liberación, un estallido, y todo estallido genera esquirlas. La ilusión siempre es que la esquirla sea la que te conmueve, pero hay gente a la que le asusta ver un vivo con semejante nivel de libertad. Y no entiende y se traba. Y es bastante hinchapelotas que después de tantos años de tocar haya gente que todavía no entienda eso y no entienda ciertos límites. Me parece que muchas veces son errores de producción. Y no hablo solamente del productor, sino del lugar que aloja la fecha. Los sonidistas que laburan ese día tienen que tener un mínimo de idea sobre lo que va a suceder porque hoy tenés información al alcance de la mano por donde lo mires. Y me parece que ese nivel amateur o semiprofesional que muchas veces hay en la producción a bandas como nosotros les sigue saliendo caro. Porque te quieren bajar el sonido, o te quieren tocar los retornos, o te quieren hacer salir de una manera en la que vos no te sentís cómodo. Piensan que les vas a romper todo.
C: Por eso, en los lugares donde organizamos las fechas nosotros, nuestras Ceremonias, sabemos que es gente que entiende más o menos de qué va la música que hacemos. Lamentablemente, somos bichos raros, por más que hace un montón que tocamos. Por eso rancheamos en Pura Vida, en La Plata, y en Club V acá en Capital, porque conocemos quiénes están del otro lado y ellos nos conocen. Nos sentimos respetados y es mutuo. A veces está la confusión como que entramos a cagarnos en todo, en el laburo de ese tipo que puso un bar. Y no, muy por el contrario, respetamos, vamos, hacemos la nuestra... pero no todos lo entienden así. Por eso está lleno de bares que te ponen cualquier cosa.

Además, ustedes no rompen nada.
D: No, pero ponele que algún día se puede romper. La idea no es romper, yo tampoco quiero romperme cuando toco. Y sin embargo, cada dos por tres aparezco con cortes que no sé de dónde vinieron. Me rompí una rodilla cantando... nadie salió ileso de la banda, en muchos sentidos.
C: El otro día fui a guardar la guitarra y tenía un hachazo, se le voló un pedazo de la parte de atrás del diapasón, no sé cómo pasó. Se puede seguir tocando, pero se perdió una parte no sé en qué momento: son cosas que suceden.
D: A mí me gusta ver fotos de recitales porque en ese momento estoy pensando en otra cosa. Estoy en un torbellino donde no me detengo a pensar "bueno, no, esta es la parte del show en donde yo saco una armónica del bolsillo". Es fantástico, porque vos ves que la rueda vuelve a pasar por el mismo punto. Porque nos pusimos como convicción que el rock and roll es libertad: si eso es que un tema dure 45 minutos, va a durar 45 minutos; y si es irnos de un escenario bardeando al lugar en el que fuimos a tocar, lo vamos a hacer. Y soy el primero en saber que son más las puertas que se cierran que las que se abren siendo así. Pero aun cuando nos vayan a ver 25 personas siendo así, para mí es un elogio, porque quiere decir que no le dimos la mano a lo que no queríamos. Por eso tenemos una banda. Y por eso la banda nos salva la vida, nos da un sentido. Yo vivo en una situación de incomodidad permanente con el mundo en el que vivo, tengo una sensibilidad en la que todo me rompe soberanamente las bolas y no me puedo hacer encerrar, no soy un emo. Entonces salgo como puedo, mi manera es ser un cinturón de explosivos. Y me parece que el éxito, nosotros nunca... no vamos a tener éxito (se ríe).

O su éxito es este.
D: La supervivencia. Haciendo esto pudimos sostener 11 años de una banda que hizo una música con la que muchas veces nos corrieron por izquierda y por derecha. Por derecha, porque era "demasiado exagerado, demasiado crudo, que no se entiende". Y por izquierda nos corrían por el género, porque nosotros nunca nos atamos a eso: nos abrimos y nos mezclamos con todos. Entonces nos decían "pero no son del género este". Y llevamos un rock que acá han hecho contadas bandas a lugares donde no llegaba, a gente que ni sabe quiénes son los New York Dolls. Y esto no lo inventé, esto me lo dijo un tipo que vino: "a mí me gustan los Redondos, pero ustedes hacen un rock and roll que está muy bueno, no lo conocía". Todo lo que hicimos se generó de tocar, tocar y tocar. Somos agradecidos, pero fue duro. Yo me pongo reloco cuando digo esto que voy a decir, y ¿sabes qué? Estoy contento de ponerme reloco. Pero la música que nosotros hacemos cuesta un montón hacerla, es mucho más fácil encerrarte en un grupo de diez personas y tocarse las pijas festejando la misma música entre los diez. En cambio, nosotros fuimos y nos paramos en escenarios donde esta música era completamente ajena. Hicimos la del Yeti. ¿Sabés cómo es la del Yeti?

A ver, contame.
D: Es como si un alpinista sube a un monte, no sé, al Everest. El alpinista sube a hacer cumbre y bajar. Y un día sube y se le aparece el Hombre de las Nieves, el Yeti. Y cuando baja dice: "fui a hacer lo que hacemos siempre, a subir la montaña, y se me apareció el Yeti. Yo creía que no existía, pero está ahí arriba. Ahí arriba hay algo". (Sus compañeros ríen). Así es El Perrodiablo, fuimos a lugares donde esta música no estaba, o estaba en el quinto renglón. Y la música que nosotros quisimos hacer no la encerramos en un gueto, entonces la llevamos a lugares donde nos vieron y les pasó como al alpinista. Por eso nos cortan el sonido en los shows, porque dicen "¿ves? Esta mierda existía, yo pensaba que esta mierda la habíamos extinguido, pero está viva. Mátenlos. Mátenlos". Por eso digo, con el corazón: valoramos a todos los que nos dieron lugar. Ahora, los primeros en recibir las palmadas y en recibir los balazos siempre fuimos nosotros.
C: Esos lugares donde nos cortan el sonido y nos echan del escenario a patadas es porque estamos haciendo las cosas bien. Porque de esos lugares hay que irse así, no había otra manera.
D: Elegimos mantener la banda en este estado de combustión constante aunque a veces se acerque gente y se queme. Lo que pasa con el rock and roll es que fue generando nuevos brazos. Uno es el marketing, otro la distribución de la música, o las redes sociales. Y es legítimo y necesario aprender a manejar esas herramientas. El problema es que cuando vos pensás que el rock and roll es solo el marketing o es solo la red social, no... el rock and roll es la raíz a partir de la cual esas ramas se extienden. No podés pensar que el árbol son las ramas. El rock and roll es el árbol y la rama sin el árbol no es nada. ¿Sabés que es? Leña para el fuego.


El último disco aún no salió en físico, ¿va a salir?
D: Tomamos una decisión a partir de cosas que vimos en la escena del hip hop norteamericano y del inglés, que tienen una especie de hip hop que le llaman rhyme. Vimos cosas que encajan con el momento que nosotros queríamos encuadrar. No es ningún invento revolucionario pero básicamente, ante este tiempo transcurrido, decidimos que sacar discos físicos pagados por nosotros es un abuso de guita. Y no hay un público de 2 mil o 3 mil personas que esté esperando. Entonces es mucho mejor que nos volquemos hacia otro modo de producción: poder grabar más, poder hacer cosas de calidad y estar subiendo dos o tres veces al año simples con lado A y lado B.
F: Aparte eso de sacar un disco cada dos años es algo inventado por la industria como para poder sacarle guita al producto, le dan tiempo. Si fuera por eso... KISS sacaba dos discos por año. Pero nosotros no pertenecemos a la industria.
D: También pensamos en hacer mixtapes, recopilaciones de temas que han quedado de distintas etapas y meterlos ahí. Eso también lo tomamos de la cultura del hip hop. Estamos conectados permanentemente en cuanto a cómo hacer para que la banda mantenga una vigencia, porque a los 20 años salir a tocar y estar fresco no es un mérito, es una obligación. A los 40, como tenemos nosotros, que tu banda sea fresca es un mérito de la concha de la lora. ¿Sabes la cantidad de músicos retirados que vimos en el camino?
F: Y no es que no podés hacer las dos cosas, podés hacerlas. José es médico, él (señala a Doma) es periodista, él (Chaume) es diseñador gráfico.
D: Lo que pasa es que la música duele a veces, también. Porque hay otras cosas donde vos no comprometés una sensibilidad, y en la música vos ponés una sensibilidad muy grande. Y cuando eso recibe algunas cachetadas, es denostado o malinterpretado -y no necesariamente por la crítica-, duele. Siempre digo lo mismo: nosotros somos músicos... aunque no me gusta decir músico, porque es muy artista. Somos rockeros.

Pero sos músico también, no le dejes la música a los demás.
D: Es cierto. Somos músicos de rock and roll, y lo somos las 24 horas del día. Las otras cosas las aprendimos a hacer para esa otra parte de la vida, de sobrevivir en base al dinero y tratar de sufrir lo menos posible. Las hicimos para poder conservar el fuego y la esencia de ser músico de rock and roll. Entonces, el que lo lee al revés malinterpetó, leyó mal. Nosotros no somos como Bruno Díaz, que es todo el día Bruno Díaz pero para pelear se viste de Batman. Nosotros somos como Superman, que todo el día es Superman y para poder sobrevivir en la tierra se viste de Clark Kent. No es que somos todos oficinistas y nos juntamos y decimos "eh, dale, un poco de rock". El que lea eso tiene mala leche o mala interpretación. En mi trabajo hay gente que se quiere matar porque quiere comprarse el auto. Y a mí no me interesa, porque prefiero grabar un disco. Volviendo a eso, necesitábamos reencarar para adentro cómo íbamos a sacar discos o temas. Porque el disco, para afuera, se carga de un dramatismo que no tiene. Son nueve canciones que captan el momento de la banda ahí.

Y lanzar de a tres canciones le quita todo ese dramatismo, ¿lo sienten así?
C: Sí, además estás más cercano, porque siempre se da como un desfasaje. Cuando salís a presentar un disco, vos lo compusiste hace mucho y lo grabaste hace bastante. Entonces ya estás haciendo cosas nuevas. Y con este método sería más lo que está pasando en la banda ahí, en el momento.
F: Cuando tuvimos listo este disco, La otra dimensión, medio que nos dimos cuenta de que estábamos realmente solos. Fue decir "¿qué, nos vamos a quemar la cabeza para editar un disco?". Siempre lo digo, pero de El espíritu, que fue el disco que más repercusión tuvo, tengo un placard lleno en mi casa (risas).
D: Mucha gente dice "no, porque el primer disco, el de la calavera..." ¡Era el tercero! (Risas).
F: Ahora no es un placard igual, bajó un poco. Como yo manejo la feria, la guardo en mi casa, la llevo. Y de ese fui recargando al bolso, así que fue bajando. Pero hubo fechas donde lo pusimos a 10 pesos.
D: Llevamos diez Espíritus a 10 pesos y se fueron. En eso subyace una de las células terroristas más latentes de la banda. Es como él dice, ¿para qué vamos a seguir los pasos de la industria si nosotros nos cagamos en la industria?. De eso nos burlamos, por eso ponemos los discos a 10 pesos. Los últimos años no solamente por burlarse de la industria, sino también por entender el lugar y el momento en el que estamos más allá de lo declamatorio. Y nosotros sufrimos eso de verdad: en los cortes de entradas, en no poder sacar un disco (porque veníamos editando todos). Lo sentimos en cómo tenemos que movernos para ir a otras provincias... estamos yendo por el Paty y la Coca. Y vamos recontentos, ¿eh? Porque es como un viaje de egresados, nunca nos vas a ver volviendo de un viaje diciendo "no, qué mal, no pudimos traernos seis lucas". Pero lo hicimos porque esa gente lo agradece cuando vos vas. Entonces, desde los hechos, sufrimos este momento del país pero además respondimos. Y empezamos a hacer recitales gratis. Es nuestra manera de decir "muchachos, no tenemos que replicar el mainstream. Hagamos lo que se nos canta el culo, si esta es una dimensión aparte. ¿Para qué vamos a ser iguales al mainstream?". Ojo, ahora apareció ese afiche falso del Lollapalooza... (risas). Y no somos boludos, sabemos que tenemos un perfil para ese festival, sabemos que lo que falta es que ese lugarcito les quede vacío y uno diga "che, está esta banda, viste...". No me voy a vestir de falsa modestia: nosotros somos una banda a la altura. En Cosquín, los dos jefes de escenario vinieron y les dijeron a los chicos "los felicito, yo pensaba que esta clase de rock no se hacía más". No es que decimos "este rock tiene que ser consumido por las 10 personas que conocen todos los simples de los Stooges", no. Este rock hay que ponérselo a la gente en la cara y decirle "¿conocen al Yeti? Acá está".
F: Me encanta la metáfora del Yeti (risas).
D: Es que para mí es eso. Ese es un poco el lugar de la banda, y a mucha honra. La banda nunca se planteó grandes cambios estilísticos, lo que quiere hacer es canciones de rock and roll. Algunas tandas serán más de una manera, otras, más de otra...

¿Y cómo se hace para refrescar eso? Porque con las bandas que tienen un estilo tan marcado, la respuesta suele ser "es lo mismo de siempre".
D: Es mucho más fácil y está mucho más instalado a nivel periodístico pegarle a una banda de rock and roll que a una banda de pop por hacer todos discos iguales. A mí me encantan los Smiths, me encanta Morrissey y me parece un crack Johnny Marr como solista. Pero si me pongo la discografía de los tres (enfatiza): son-todos-iguales. No hay diferencia con la discografía de AC/DC, se repitieron a cagar.

En el caso de ustedes, tu forma de cantar cambió notoriamente respecto de los primeros discos.
D: Sí, a mí el vivo me dio muchas herramientas. Pero es como pedirle a [Dave] Mustaine que haga un disco de hip hop. Hay que tener herramientas para meterse adentro de lo que es el rock and roll y desglosarlo. Y saber que T-Rex no es igual a los Dolls, y que los Dolls no es igual a MC5, ni MC5 a Iggy Pop.
F: Para mí hay cambios notorios entre disco y disco. Lo que pasa es que los que nos acusan de eso no escucharon todos los discos. Si esperan que les peguemos un reggae... no va a pasar. Nosotros no inventamos nada pero tenemos una identidad, escuchás y sabés que es El Perrodiablo. Entonces, pedirle a una banda que logró tener una identidad -que no todas las bandas la tienen- que esté cambiando constantemente es al pedo, porque no lo va a hacer.
C: Meternos en eso es muy complejo. Nosotros somos músicos, para nosotros es un mundo que tiene un montón de diferencias y matices. No somos músicos de conservatorio, somos músicos de oído y tocamos de oído. Escuchamos discos y ya te digo, reconocemos a Chuck Berry de Little Richard, sabemos quién es quién. Si los demás no se dan cuenta, que investiguen.

¿Se pasan mucha música entre ustedes?
D: Desde siempre. Pero hará tres años, hicimos hincapié en una palabra que pertenece a una música que vos decís "sí, pero ustedes no tienen nada que ver con eso", que es el groove. Se lo tiene más ligado al funk, al soul, pero nosotros entendimos que dentro de un rock rabioso y cabeza y que pasa como una podadora, vos podés tener un groove. Y podés tener un elemento rítmico, casi te diría bailable, dentro de esa motosierra. Y lo re exploramos, y lo hacemos yendo a las raíces, escuchando a Otis Redding, a War, escuchando hip hop, y escuchando Brant Bjork. Otros músicos que hacían rock y tomaban esos elementos.
F: Capaz lo escuchás, te lo muestro y no tiene un pedo que ver. Pero algo hay.
D: Y vos me decís "¿cómo va a venir de Otis Redding si esto va volando?". Pero va volando y te estoy llevando. No te estoy llevando solamente a patadas en el culo. Para mí esa es la virtud de la banda, nosotros no llevamos a nadie al estado de euforia y catarsis que son los recitales nuestros a patadas en el culo. Lo llevamos grooveando, aprendimos que a la furia se le podía meter el matiz de mucha música negra que nosotros escuchamos, un montón y desde siempre. Cacería tiene un groove de blues duro que La bomba sucia no tenía. Y La bomba... tiene una cosa descarnada y caótica, que también está bueno. Son cosas que se han ido complementando. En los primeros discos tratamos de traer la llama de la furia inicial, el caos, porque a nosotros el caos nos recabe. La clave es traer lo que sirve de cualquier música a la tuya, no reproducirla igual. Nosotros no creemos en la reproducción por imitación, no nos atrae. Por eso también fue más largo el camino, porque no encajamos en una góndola premeditada.

¿Cómo se llevan con su ciudad? Hay una visión idílica de La Plata que muchos músicos de allá se encargaron de desbaratar.
D: Yo creo que durante muchos años, en La Plata, a alguna gente se le metió una cultura bastante elitista, que decía que todas las bandas tenían que tener un determinado perfil. Y de nosotros se dijo que éramos una respuesta al indie, cuando nunca fue así, al contrario. Fue circunstancial, apareció el indie y aparecimos nosotros. Surgimos en 2006, haciendo consciente algo inconsciente, como una respuesta a esa cosa elitista, conservadora y curada de La Plata como expresión musical. Los productos de la ciudad tenían que salir con determinados matices... y salimos nosotros, que ¿sabés qué somos nosotros? En una ciudad donde el principal empleo es ser empleado del Estado, el obrero de Manchester en La Plata es el empleado estatal. Y nosotros somos ese obrero, que reaccionó haciendo una música que dice "todo es una mierda y merece ser destruido". Y encima: vamos a destruirlo y en el medio nos vamos a divertir, porque esa es la parte. Nosotros decimos "todo es una mierda", pero mientras esto arda nosotros vamos a estar como vikingos, bailando. Y fornicando en el medio del fuego (risas). Igual, ahora conseguimos reconocimiento de otros lugares. Desde Pura Vida y los puravidenses, desde Casa Unclan, desde muchas emisoras radiales que se fueron haciendo su lugar. Y en algún punto, con todo el respeto por la clase obrera, como buen peronista, nosotros como empleados públicos somos un poco el obrero de la ciudad industrial. Lea es empleado del correo, Chaume y yo somos de la universidad, Fran trabaja en la imprenta del gobierno de la provincia, donde hacen los carnets de conducir...

¿Y notan una diferencia entre el público de Capital y de allá? ¿Pasa lo que en Capital, que el público deja un hueco enorme adelante del escenario?
D: Hay algo que me resulta relindo y me gusta, y marca el lugar que siempre tienen las mujeres y los pibes en la sociedad: las que muchas veces vencen esa cosa del hueco en los shows son las pibas. Y si es de día, los niños. Para nosotros es contención desde un lugar que si vos lo ves, decís "no, pero es reajeno, porque es un rock muy masculino". Nada que ver. Son los primeros que te pierden el miedo y saben que vos no vas a denigrar ni hacer cualquiera. Eso lo vimos hace varios años y nos pareció sarpado, porque sabemos que al rock and roll se lo emparenta con una cosa muy masculina solamente por la fuerza y la cosa potente. Hay una foto buenísima, de Cata Moncal, en el Teatro Argentino de La Plata, en la que una nena se me acerca y viene a chocarme la mano. Y es loco y lindo que ese hueco lo rompan las mujeres y los chicos. En general son los que mejor entienden las cosas.

***

Hacia el final de la charla, Doma agrega un dato que desconocíamos a toda su verborragia:

-Yo nací en Costa Rica, soy hijo de exiliados. Mis viejos se fueron con la dictadura y volví en el 83, cuando se terminó. Así que vine con seis años, a hacer la primaria. Tengo muchos recuerdos y durante mucho tiempo pensé que eso no me había afectado. Y es inevitable, cambia un montón tu visión de las cosas y es muy duro. Porque no podés dejar de pensar que de alguna manera había un futuro para vos en otro lugar también. Es reloco, volví este año a Costa Rica y la flasheé. Creo que es la primera vez que lo pienso, la primera vez que lo saco para afuera. Había un futuro alternativo, como cuando las películas vienen con dos finales. No es que me pesa, pero está la mosca zumbando.

¿Mirá si terminabas tocando otra música?
D: Estaría tocando las tumbadoras con una camisa floreada. Yo estoy feliz acá, pero sé que en algún punto el porqué me lo dio música: nos conocimos con el Chaume en tercer grado de la Escuela 102, fue empezar a escuchar discos desde los 11 años. Y a partir de ahí toda esta historia de ir metiéndonos en la música.

Entonces, cómo no creerle al Perrodiablo cuando hablan del rock and roll como aquello que es: lo que les salva la vida.



[Publicado en indieHearts el 7 de septiembre de 2017. Fotos por Martín Santoro]

jueves, 10 de marzo de 2016

Pez, sagrado tesoro

*Advertencia al lector: este texto repite el concepto rock nacional en reiteradas oportunidades.

Facebook está lleno de páginas, amigos, desconocidos, solicitudes y desde hace unos días, iconos para describir tu sentimiento más exacto hacia el mundo. Entre tanto bombardeo hay uno improcedente, no tan lógico y detectable como los otros: el de los llamados "Grupos". Pueden agregarte a un grupo sin que te enteres y de golpe lloverán notificaciones de esos congresos de idiotas donde se comparten fotos graciosas, se debaten pavadas sobre los partidos de Racing o se descifran (mal) los acordes imposibles de Spinetta.

Pero hay un grupo al que, no sé por qué, de vez en cuando entro. Se llama Pez Apesta y en él, fanáticos desquiciados del otra vez cuarteto comparten sentimientos y postales sobre la banda de Ariel Minimal, Franco Salvador y Fósforo García (más quien se sume a esa columna vertebral, hoy el gran Juan Ravioli, jugador de toda la cancha). Desde ahí avisaron hace un par de semanas que Pez estaba en la Rock and Pop y, entre los comentarios, uno citaba a Minimal: "el disco nuevo ya está en internet si se lo busca". Así era, nomás: el grupo dijo que subiría la novedad el viernes 26 de febrero y en su sitio, pero el día anterior, Jetong.xyz albergaba el supuesto enlace a la felicidad. Un par de clics y allí el acceso a Rock Nacional. Lo encontré antes de que lo pusieran en Pez Apesta.

(Párrafo aparte: se armó un debate picante al respecto, entre allegados al grupo y el público impaciente que no supo esperar unas horas la versión más fiel del álbum; al otro día se bajó el disco en mejor calidad desde el link oficial).

El título debe asustar a unos cuantos fans radicales (duplico) que ven en la apuesta cancionera de Sanzo y los suyos una amenaza al progresivismo que Pez tan bien exhibió aquí y allá en veintipico de años de álbumes notables. ¿Rock nacional? Cancioncitas, bah. Si es rock nacional no va a ser tan distorsionado, supongo que se piensa. La oreja nos dirige hacía una tímbrica, un volumen, una vaga idea de canción que se nos hace propia y que trascendió décadas, desde fines de los 60 hasta hoy. Es una marca, no los culpo. Recuerdo a mi amigo el Mono señalando una canción del disco By the way -"On Mercury"- y diciéndome "¡suena a rock nacional!". Sin ser un erudito, algo de razón tenía.

Los links son instantáneos si buscamos primos dentro de la vasta discografía de Pez. Rock Nacional es altamente emparentable a Hoy o aquel sol detrás de otro sol: contemplación ("Lo nuevo" es casi para meditar), canciones brillantes y limpias, santanismos (la plegaria de "Más música", que ya habían adelantado y venían tocando, una delicia), pulsos cercanos al candombe y más percusión que nunca (algo parecido a la clave 3:2 en "Cuidate, Monito"). Cuando un grupo tiene tantos discos, lo primero que se hace es buscar los parecidos y los diferentes, ¿cierto?

Hay más voces cantantes, también, como en la preciosa coda de "Disparado". Ravioli se hace notar con sus teclas y su garganta, en aportes esporádicos y distintivos dentro de un grupo poco acostumbrado a los coros.

Pero volvamos al concepto. Rock Nacional no es un disco sino un lugar de refugio. Desde su portada -recuerda la de Instituciones de Sui Generis, aunque es todavía más apocalíptica- y su enunciado se autodelata. Nos mete de cabeza en la historia del rock argentino: un intento de salvataje del estado de ánimo ante la evidencia de lo que presagia el canto. ¿Qué se presagia? Tiempos difíciles. ¿Cuándo? Hoy, mañana. ¿Por qué? Lo que estaba no está más (estúpida y sensual pérdida). ¿Alguna vez el rock nacional dejó de ser ese ente salvador? Quizá un rato durante el kirchnerismo.

Desde sus orígenes, o con la dictadura atroz que vino luego, o en los 90 de Menem, incluso en el destapado retorno a la democracia, el rock vernáculo siempre estuvo atento al gesto político. Llámese Charly García o Los Violadores, Fito Paez o La Renga, ya fuera rozando las boletas o metiendo la cuchara hasta el fondo. Indudablemente, para el rock local este no es un ítem que se pueda pasar por alto, aunque todavía queden gansos que desde su rol de artistas no quieran, porque no deben, descender a la arena política.

Y si la política hiende, de la euforia a la poca memoria hay un solo paso, todo pasa rápido y concluye al fin, ahí está (el) Rock Nacional. Setentista desde la evocación hasta el sonido, de ese rock nacional es este RN. Pero también de los otros: es evidente el parecido -agárrense, talibanes- entre el pasaje de cierre de "Tan deprisa ya" y la introducción de "Loco un poco" de Turf, por caso. Leído en la red de redes: Minimal dijo que esa canción le sonaba a Man Ray.

En el fondo, y aunque siga fuera de la etiqueta, posiblemente porque para ello hay que contar con una mayor legitimación popular, como Las Pastillas del Abuelo o No Te Va Gustar -¡uruguayos que suenan en la Mega!-, Pez siempre usó con orgullo esta remera: más allá de las citas a Miguel Mateos o a la revista Pelo, esa presencia está en su música. Pez no es rock nacional desde Rock Nacional, mucho menos por apropiarse de una frase del exlider de Zas. Es lo que es por derecho propio, por historia, por hermandad sonora.

***

¿Más música? Vaya si es necesaria, mucha, otra vez compañía ante la desesperación y la soledad (¿qué se puede hacer salvo escuchar Rock Nacional?). Canciones tan llanas como "Cerezas" o la mencionada "Tan deprisa ya" son eso, algo así como mensajes humanistas bajados por la antena del imparable cantor quemero. En la vida Pez llegó a estos niveles de desnudez, por lo que habrá varios horrorizados que miren con mejores ojos al Minimal místico y guerrero que vocifera en "De la vieja escuela del amor".

El cierre del disco es una canción noble y breve, "Calabacita", que venía sonando en los shows. La festejada aquí es nada menos que Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de la Nación. Difícil encontrar tanto afecto, explícito, desde el rock y para un político. Se canta:

Me dicen que te vas, no lo puedo creer
Postales de lo que vendrá y el miedo a no poder
Seguir acá sin vos, saber que los otros ni dan
Todo lo que pasó no desaparecerá, ya lo vas a ver

Me dicen que te vas, no lo quiero creer 
Y no soy el único que espera que vuelvas por acá

En el video que la banda subió a YouTube, sobre el final se proyecta una Cristina radiante, triunfal, saludando a la multitud. Se entendía sin la foto, pero este pez por la boca no pensaba morir; Pablo Dacal diría que es superficial porque "no esconde nada" (la postal de lo que vendrá está en la tapa).

De Pez al pueblo, en la cara.
Al fan: No tengas miedo/ sólo es lo nuevo.
Al novel:  Te doy la bienvenida.

Si entienden los dos, vamos a volver.

viernes, 20 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #6, Pez


Por José Miccio
Crítico de cine y música, docente

El rock argentino del siglo XXI se llama Pez. Trece discos en quince años. De Frágilinvencible a El manto eléctrico. Y un montón de canciones para guardar en el cajón que más importa: el de las cosas que nos sacuden el alma y nos ayudan a entender o dejar de entender por fin lo que nos pasa.

El universo de Pez tiene una extraordinaria densidad rockera. Salvo el reviente (desterrado ya en su primer disco) no hay relato del rock que no tenga su lugar. La independencia económica y artística, la habitación adolescente, la huida de casa, la inquietud existencial, la fortaleza anímica, la contracultura, la ecología, la tecnofobia, el existencialismo, el romanticismo lumpen, la ciudad que ahoga y fascina, la mística oriental, la nena. Todo tiene en Pez un eco, una tradición. En “La gota” está “Canción para mi muerte”. En “Maldición”, “Dale gracias”. En “Y las antenas comunican la paranoia como hormigas”, “Contra todos los males de este mundo”. En el librito del doble en vivo - “2 CDS, 29 canciones, ningún hit”- Minimal dice que “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar” es Pez jugando a Crazy Horse, y que “Sus alas no vuelan, ya no pueden volar” es Pez jugando a Floyd. En “Cassette” la adolescencia está contenida en los Crass y en TSOL. En “Los lados B” la infancia está en la palabra Kiss. Y así con todo o casi todo. Porque no hay en Pez sino folklore, en el sentido -“raíz ancha”- que le da a la palabra “Por siempre”, la maravillosa canción que abre su disco de 2004 (Folklore, justamente).

Pero -evitemos confusiones- la discografía de Pez está muy lejos de ser un mero catálogo o un refrito de lugares comunes destinados a la identificación simple. El rock no es para Pez (sólo) repertorio, teatro e institución: es un código de límites indetectables para la educación estética y sentimental de los espíritus inquietos. En otras palabras: una música para las almas sensibles. Es obvio, pero recordarlo no está mal: la importancia de los discos no se mide en unidades contables. Se necesitan medidas de intensidad. Todos lo sabemos: hay discos-experiencia. Misiles que te meten en la pieza, que te llevan al garaje, que te sacan de casa para siempre. Pez habla de esto a cada rato, pero nunca con tanta claridad como en el díptico “Roma”-“Refugio”, de El porvenir. En “Roma” la canción verdadera no es la que pauta la radio (el lenguaje es anacrónico) sino la que estalla en la pieza. En “Refugio” el alma sensible realiza dos movimientos. Primero se encierra en su habitación para escuchar música e imaginar mundos imposibles (gran detalle de la letra: es en un momento instrumental que eso sucede, no cuando la canción dice sino cuando deja de decir). Después abandona el hogar donde gritan Tomás y Raquel (otro gran detalle, esta vez cotidiano, como el “Verónica ríe” de Cantilo en “El bolsón de los cerros”), listo para formar una banda de rock. Tal vez una como Pez, que trata temas complicados.

Alguien sufre, se ata a eso que lo lastima, canta la angustia impiadosamente, se da ánimo. El existencialismo rocker de Minimal viene de lejos. Es feroz y luminoso, porque el rock lo quiere así. Sucede desde siempre: los discos más oscuros (con las excepciones del caso) no nos ponen frente a nuestros propios tormentos sin ofrecernos a la vez un escudo insuperable con el que enfrentarlos. Andá (vení) que vas a volver, nos dicen. El riesgo es la sensibilidad, no la vida. Este drama es permanente en Pez, y adopta cientos de formas. El título más categórico al respecto es Frágilinvencible. En el conceptual y apocalíptico Volviendo a las cavernas la humanidad se inmola en el vino envenenado que toma con tanto gusto pero el mundo aparece otra vez en plenitud para la familia que en el sobre interno mira desde la cueva, lista para empezar otra vez. Si de imágenes se trata, hay una especialmente atractiva. El dibujo de tapa de Folklore (obra de Alejandro Leonelli) se llama “Lo que crece y se mueve progresivamente es derretido por el caos que baja y se abre camino sin armonía”. Pues bien, a esta amenaza Pez no deja de oponerle un movimiento de sentido contrario, cuyo dibujo podría llamarse: “Lo que baja y se abre camino sin armonía es detenido por lo que crece y se mueve progresivamente (o mejor a los saltos)”.

Toda la discografía de Pez es un escenario para el enfrentamiento de estas fuerzas. En “Todo lo que ya fue” gana lo que baja, en “Phamton Power” gana lo que crece. Pero el reparto no es parejo (y no hay empates, por supuesto, aunque sí fotos de la lucha indecisa, como “Rey, verdugo y esclavo”). Esto es rock, y en el rock triunfa lo que va para adelante, incluso (sobre todo) cuando las imágenes más poderosas no resultan las de la salvación sino las de aquello que nos acosa y lastima. A los rockeros les gusta Burroughs, pero al rock le gustan los clásicos, el romanticismo y los cuentos de hadas. El patito feo con una guitarra puede ser Pete Townshend. El adolescente sensible pasa de maricón a jinete en la tormenta. Es bien sabido: hace falta un príncipe que termine con el villano, pero sin villano no hay interés, ni drama verdadero, ni catarsis. Pez hace canciones como conjuros y exorcismos: hay que traer al demonio para espantarlo.

La mejor reflexión de Pez sobre esta disputa entre lo que oprime y el espíritu que da pelea es “Maldición”. La canción (segunda de Folklore) presenta la angustia con una pregunta-ruego (“¿Cuándo va a parar?”), recorre sus manifestaciones en frases límpidas, de dominio público (la falta de respuestas, la almohada que te abraza, las piernas flojas, la fórmula de rendición “todo es una mierda”) y finalmente hace entrar en escena a su antagonista (la resistencia anímica, el príncipe), luminoso y herido: “Pero un guerrero siempre avanza/ y en la punta de su lanza/ brilla el sol mientras no deja de pensar en:/ ¿cuándo va a parar?”. Es el optimismo del desesperado, incluido en una estructura circular que lo condena (que lo invita) a luchar sin vencer. Sísifo en versión Camus: hay que imaginar al guerrero feliz. “Saber que perdimos nos hace ganar”, canta Minimal en “20 días sin dormir”. Y en “Bettie al desierto”: “Ahora que ya es tarde/ Bettie vuelve a empezar”. En la tapa de El porvenir hay un viejo. Título para estas aventuras del alma rocker: “Haciendo real el sueño imposible”.

Hay otros pares en Pez, además del que forman lo que te detiene y lo que te empuja a continuar. Por ejemplo, persistencia y fluidez (un valor absoluto, asociado siempre a la calma y al mar). O este otro, afín pero no equivalente: identidad y devenir. Algunas canciones hablan de ser uno mismo, otras de perder la conciencia (nunca por medio de drogas), emanciparse de la física, fundirse con la naturaleza. De un lado: esto soy, esto hago, esto sé. Del otro: muto, me abrevio, me vuelvo inconsistente. En otras palabras: hay en Pez voluntad y mística. Autoafirmación y arrebato. Dos de sus covers: “I’m Not Down” de los Clash y “Parvas” de Almendra.

Todo esto sucede fundamentalmente en el lenguaje. Pero en una canción el lenguaje no depende de sí mismo. Minimal no escribe poemas (igual que Spinetta, igual que Solari). Un equívoco literaturista impide pensar en “Que me pisen” a la hora de identificar grandes letras de rock en castellano. O en “Juana de Arco”, esa maravilla de los Ratones Paranoicos. Pero lo cierto es que hay más arte en el “La-la-lala-la” de Juanse que en las profundidades a las que aspiran unos cuantos. No se trata -más vale- de que las letras no importen: se trata de que su poder depende casi todo de la música que lo hace posible. Una canción de rock dice antes que nada: Yo no digo, yo sueno. Y luego sí, una vez atrapados por el sonido, las palabras pueden resultarnos poéticas, volverse consigna o tatuaje, llegar a nosotros con una plenitud que parece provenir solo de ellas. Es inútil desestimar su energía. Copiamos pedazos (de letras) de canciones en la carpeta del colegio, en la agenda, en las remeras, en la pared, en el placar, en los libros, en las tarjetas que acompañan los regalos de amor. Pero es la música que subyace al recuerdo de la letra lo que determina su fuerza emocional. ¡¿Escuchaste lo que dice?! viene después de ¡Escuchá eso! En Pez abundan las frases de fácil transcripción. Y momentos asombrosos como la oración con frase adjunta con la que empieza “Por siempre” (“Se van -el tiempo apremia y tienen que partir- las almas”). Como las canciones están a la altura de lo que pretenden no hay riesgo de fatuidad. Pero a veces algo se pierde en estos éxitos: esas iluminaciones de la palabra que no existen más que en el sonido, que no envían señales cuando leemos las letras en el sobre del CD o en la página del grupo, y cuya maravilla no se puede comunicar sino poniendo play y diciendo: ¡ahí! En el sauna eléctrico de Pez, por ejemplo, “Árbol, dame asilo” es un momento más bello y más poderoso que declaraciones que parecen funcionar por fuera de la música como “Sin justicia no hay luz/ sin furia, libertad”, por recordar dos canciones del maravilloso El sol detrás del sol (“Desde el viento…” y “Tristezas del sur”).

Difícilmente alguien copie en su carpeta ese instante de gloria, cuya emoción inmensa se sostiene toda en el sonido. Pero es lógico: nadie nunca prefirió llevar encima “Luna loba dedo cal” en lugar de “Mañana es mejor”. Lo que importa es otra cosa: el hecho de que lo que nos hace anotar las palabras no está todo en las palabras sino en eso que no podemos anotar (la música tiene una escritura, por supuesto, pero el tema es otro). En el caso de Pez, que cambia y cambia, que se hace folk en Hoy, que se hace hard en Volviendo a las cavernas, que se hace progresivo en Folklore, que se hace punk en Pez, que se hace folk, hard, progresivo y punk en cualquier momento, incluso en una misma canción, en el caso de Pez, decía, lo que importa antes que nada es la brillante combinación de (presuntos) opuestos que conforma su sonido y el talento compositivo y vocal de Minimal. La voz decide buena parte de la fortuna de una canción: es el espacio en el que la letra y el sonido se vinculan y discuten. Se trata de un arte difícil, imposible de evaluar en términos de afinación. (Palo canta mejor que Aznar. Aznar es incapaz de pifiar una nota). La voz delicada de Minimal le hace bien a sus letras tremendas. O mejor dicho: hace a sus letras tremendas. Es como si Baglietto fuera punk y escribiera en plan Rimbaud.

Se puede decir: Pez toca sinfónico con fiereza punk y punk (en su fenomenal disco homónimo de 2010, por ejemplo) con profundidad sinfónica. Y también: si no fuera una banda genial sería una banda horrible. No una bandita más. No una de esas que: Sí, está bien, tienen lindas cosas. De ese límite delicado que separa a veces lo excepcional de lo insufrible (de ese riesgo mayúsculo) deriva buena parte de su excelencia. Las canciones más inflamadas de Minimal son la prueba mayor. No hay nada más conmovedor que el aliento épico de “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”, “Espíritu inquieto” y “Al espacio”, tres canciones de pura intensidad. Si fracasaran, serían ridículas. Triunfantes, detienen el tiempo, como Neil Young en “Caballo loco”, el homenaje de Pez al líder de Crazy Horse. Himnos místicos y existenciales, van bien adentro. No al inconsciente: al corazón. Uno los canta como poseído, con los ojos y los puños cerrados, doblándose, haciendo muecas. El que mira de afuera al que se sacude así no ve más que payasadas. Desde adentro se siente como un arrebato, como si la canción te transportara y te dejara otra vez quieto, el mismo y otro, perdido y encontrado.

Señalé tres canciones memorables. Pero hay muchas más. “Y las hormigas…”, “Cassette”, “Los orfebres”, “Y cuando ya no quede ni un hombre en este lugar”, “¡Vamos!,  “El viaje”, “Después de todo somos eso que ya no se puede ver”, “Faltan miles de años más”, “Sol, un fantasma en la ciudad”, la brillantísima “El manto eléctrico”. Debería añadir: sin olvidar las mencionadas previamente (“Maldición”, “Por siempre”). Y también: etcétera. Qué alegría. Pez tiene un montón de canciones que merecen un lugar en Escuchá esto si querés saber lo que me pasa y en Pfff, qué viaje, los dos clubes más selectos del rock. No hay en Argentina muchas bandas que se puedan jactar de semejante logro.


[Foto de Pez por Victoria Schwindt]

viernes, 21 de noviembre de 2014

Pez en Ushuaia: Desde el cielo sólo baja un viento que azota

TEXTO: Lau Larrea
FOTOS: Cecilia Bellotti


Mientras empiezo a escribir esta crónica en Buenos Aires, suena de fondo El manto eléctrico -el nuevo disco de Pez- y la emoción perdura desde el domingo pasado en Ushuaia. Pez cerró allá su primera gira patagónica.

El primer recital que recuerdo haber visto de ellos fue en Costanera Sur -durante las vacaciones de verano del ´99- junto a Cienfuegos y Los Fabulosos Cadillacs. Fui porque en Ushuaia había escuchado hablar de la banda. Al volver, mi hermana me grabo un TDK con Pez (1998) y algunos temas de Quemado.

"Buenos Aires es tan cruel/ la nostalgia es corazón en este estúpido lugar" decía un bloc de notas en el que mi hermana había dibujado una muchacha mirando un horizonte montañoso. Ese bloc de notas me acompañó desde que me mudé de Ushuaia a Buenos Aires en el año 2000, cada vez que anotaba o buscaba algo lo veía; la nostalgia era un sentimiento recurrente por esas épocas.
Gracias a ella fui a ver Pez en el Club del Vino presentando Convivencia sagrada, también recuerdo haber ido a la facultad de Ciencias Económicas con ella. Y por un par de años, hasta el 2006, no fui a verlos en vivo.

En 2007 les escribí para preguntarles por lo invernal y sureño que notaba en las últimas canciones de sus últimos discos, Hoy (de Hoy) y Existencialismo (de Los orfebres). Ambos me parecían temas muy fueguinos. Fósforo García, el bajista, me respondió que no había una razón específica, que era casualidad, sin embargo me contó que siempre quisieron ir a tocar a Ushuaia, que para ellos era una suerte de "tierra prometida" y que siempre les escribían mucho desde allá; pero que era difícil por las distancias y los costos.

Empecé a soñar lo que sería ver a Pez en Ushuaia, y repasé mentalmente toda la gente que conocía de allá que realmente disfrutaba de Pez, era mucha gente. Recuerdo una clase de la facultad en la que me paré delante de todos mis compañeros y les espeté que Pez era "mucho muy grande" en Ushuaia; gracias a ese fervor gané un amigo de la clase.

Este año Pez anunció su primera gira por el Sur y les volví a escribir para confirmarlo ya que quería ir. Alguien contestó desde el Facebook que el 9 de noviembre tenían fecha para tocar en Ushuaia. Era septiembre. Invité a una amiga fanática de Pez y sacamos los pasajes.

Noviembre suele ser un mes hermoso en la Patagonia. Los días empiezan a ser más largos, el sol radiante descongela la nieve de las montañas y los árboles se ven con un verde frondoso. El paisaje se compone de distintas tonalidades de azules de cielos abiertos, lagos y mares; los verdes de Ñires, Lengas, Pinos y Colihues, el gris del ripio que une una ciudad con otra, todos componen una imagen de cuento de Tolkien. El viento completa la pincelada  como marco a tan imponente belleza.
Aunque en Ushuaia nevó los últimos días de octubre y en las montañas permanecía la nieve. La lluvia fue permanente y la temperatura no fue superior a los 7 grados. Hacía frío y el viento frío se siente más duro aún. Se leía por las redes sociales que los muchachos de Pez estaban girando en la Patagonia Austral.


Ese domingo 9 salimos al mediodía y al parar en el mirador del Paso Garibaldi (un mirador en la cima de la montaña, desde donde se cruza la Cordillera de los Andes, que da al Lago Escondido) nos bajamos a sacar fotos. A los pocos minutos una camioneta frenó al pie del mirador y bajaron Fósforo García, Ariel Sanzo, Franco Salvador, Checho Marcos, Mauro Taranto y Mario Burgueño: los tres peces, su asistente, su sonidista y su manager. Pasaron a nuestro lado riéndose y  sorprendidos con las montañas. Mi amiga no se contuvo y los saludó, ellos respondieron cordialmente. Los saludé y les dije que viajábamos desde Buenos Aires para verlos, se sonrieron sorprendidos y nos agradecieron; nos preguntaron si habíamos estado la noche anterior en Río Grande ya que había sido un show hermoso y muy intenso. Nos contaron que estaban de viaje desde Río Grande a Ushuaia. Mi amiga preguntó si les podía sacar una foto, ellos subidos sobre la muralla con la cordillera y el lago de fondo. Los saludamos y seguimos. Me reproché no haber hablado más. Tenía una idea de lo que quería preguntarles. Nos despedimos hasta la noche.

En lugares tan inhóspitos, tan chicos, tan lejanos, no pasan muchas cosas. El tiempo es distinto al de la ciudad. El tiempo y los días son distintos. La noche es luminosa. El tiempo en todas sus expresiones: las horas transcurren más lentas o de acuerdo a un tiempo ¿biológico?; el tiempo climático es caprichoso, en un mismo día puede llover, salir un sol radiante, nevar y estar nublado. Cuanto más al sur se va, en primavera/verano anochece más tarde y amanece más temprano.

A las nueve de la noche y bajo una lluvia torrencial poco común, con frío y viento, los Pez estaban (músicos, sonidista, apoyo logístico y manager) en la vereda del local, charlando con los que íbamos llegando, refugiados bajo el techo del lugar. Se los notaba con cara de contentos y cansados, se mostraban felices de estar ahí y de haber logrado la gira que, contaron, se bancaron ellos mismos y hacía muchísimo tiempo querían hacer. Ni Franco ni Fósforo habían estado en Ushuaia antes, Ariel recordó haber estado con los Cadillacs a fines de los ’90.

Todo el equipo habló de la gira dividida en dos partes. Calafate fue el parte aguas de esta gira. Parece que allí pudieron parar varios días en un alojamiento copado y hasta grabaron algunas cosas. También visitaron el Glaciar Perito Moreno. Hubo un antes y un después del Calafate (que les robo el corazón).

Ariel y Mauro estaban contentos con el frío, en cambio Franco no. De hecho, intentó pasear por el centro pero la lluvia y el frío lo desanimaron pronto. Fósforo fue el único que estuvo apartado del grupo hablando con alguien que parecía conocer de mucho tiempo atrás. Me hubiera gustado preguntarles por los públicos de la Patagonia, o por la lista de temas. Sólo atine a pedirle a Checho si por favor podía guardarme la lista para quedármela de recuerdo.

Al rato de esperar, todos fuimos entrando. Ariel y Mario se pusieron en una mesa a vender discos y remeras. Ariel, con muy buena onda, firmó cada disco que vendió. Se sacaron fotos con todos los que las pidieron, y charlaron con aquellos que se acercaban. Nosotras no fuimos la excepción.


Pasadas las diez empezó la banda local que los teloneó, Simón Radowitzky. El cantante presentó a la banda como "todos de San Vicente de Paul", un barrio histórico que se sitúa en la zona fabril, rodeado de galpones, depósitos y fábricas. Esta aclaración fortaleció lo que se escuchó después, letras con una mirada crítica sobre la sociedad fueguina y con mucha referencia a lo local. La banda tocaba un rock grunge, con mezclas de rap/hip-hop. A la formación básica de batería-bajo-guitarra se sumaban samplers, loops y efectos varios. Contaron que en pocos días salía su primer disco y saludaron tras poco más de 40 minutos de show para un público que arengó y cantó todas las canciones.

Un rato después Pez abría su primer show en Ushuaia con Barro (Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar). Ariel agradeció ese primer mail que le enviaron desde Ushuaia en el ’97 y comentó que esperaba "que no pasaran tantos años para volver". El público extasiado bailaba y pedía canciones, así fue que se coló Campos de inconsciencia; Minimal aclaró que El alma de Ana no sonaría porque era un tema para una ex y su mujer lo mataba si se enteraba de que lo habían tocado (todo en tono relajado y jocoso). La voz de Ariel no se notaba cansada, se los veía sonrientes y acalorados: más de 200 personas saltando en ese pequeño lugar emanaban mucho calor, por lo que pidieron que se abran las puertas... aunque para ese momento Franco ya tocaba sin remera. De repente y ante la mirada atónita de los presentes comenzó a sonar Ushuaia. A pesar de que ellos habían aclarado que no tocarían la canción ni en Tilcara ni en Ushuaia, sabíamos por las redes sociales que había sonado en El Calafate. Fue un momento de intensa emoción.

(Una particularidad del show en Ushuaia: salvo mi amiga y alguien del local que filmaba todo, no había fotógrafos. Fue como volver a un show de rock de hace 20 años, un lugar chico, todos amuchados y sin fotógrafos).

Casi 2 horas después de comenzado el show, terminó con el público enardecido cantando Malambo. Checho cumplió y mientras desarmaba todo, nos acercó dos listas de temas.


Al salir les preguntamos dónde paraban y hasta cuándo se quedaban. Nos contaron que volvían al otro día -al mediodía- y que, si llegaban, harían la excursión en Catamarán. Estaban cansados y ya tenían ganas de volver a casa.  Les había escrito para hacer una entrevista allá en Ushuaia, para hablar de la gira y del disco nuevo. Fósforo contestó que sí, que no habría problemas. Pero el momento post show no era el indicado para hacer la nota, así que pensé en escribirles para hacerla al regreso. Mientras tanto, escribo esto para no olvidar lo que fue Pez en Ushuaia (¡como si eso fuera posible!) y para compartir con quienes me preguntaron por el recital: Pez en Ushuaia fue un sueño cumplido y como dijeron ellos, ahora habrá que pensar... qué otro sueño queda por cumplir.

martes, 8 de abril de 2014

Yo también fui al Lollapalooza: día 2


Después de un primer día agitado y con muy buenos shows -obviemos a Julian Casablancas, por favor-, la segunda jornada del Lollapalooza argentino nos movilizaba más temprano que el día anterior, feriado fatídico y triste del 2 de abril mediante. La oferta del día parecía en la previa más jugosa en cuanto a clásicos de la alternatividad (y no tanto): a lo largo de la fecha se presentaban Johnny Marr, Pixies, Soundgarden y Red Hot Chili Peppers, gente de amplia y reconocida trayectoria.

Llegamos al hipódromo de San Isidro a las dos menos diez de la tarde, para atender al único grupo argentino que veríamos en ambos días: los platenses El Mató a un Policía Motorizado. A la misma hora tocaba Savages, un grupo de -claro- salvajes jovenzuelas que me recuerda al Patti Smith Group + PJ Harvey: estuve tentado de repartirme entre el Main Stage 2, donde tocaba El Mató, y el escenario Alternative, pero finalmente ganó la potencia nacional de los de Santiago Motorizado. El Chango se bancó estoicamente la presentación y debió cantar buena parte del show sentado: se rompió el tendón de Aquiles jugando al fútbol (¡rock chabón!).

Por momentos, al cantante le costaba contenerse y se paraba. Cuando pidió disculpas por estar tocando en esas condiciones -“me rompí todo”-, se ganó la ovación del numeroso público que contaba a los miembros de Pez entre sus presentes. (Graciosísimo Ariel Minimal cantando El día del huracán junto a su pequeña hija, probablemente motivado por su amor futbolero).

El show estuvo basado en Día de los muertos y La dinastía Scorpio, los dos últimos discos del grupo. Pero fue Chica rutera, desde Un millón de euros, la que encendió la chispa: por la polvareda y el estruendo que levantó debería llamarse Seis palabras son suficientes a la hora de rockear. Mi próximo movimiento ya es un hit del underground y significó el cierre, ovación mediante.


Pasados El Mató y Savages, la oferta en escena era más bien poca. Tan solo la presencia de Jovanotti más algún DJquenonosinteresaba en el Perry Stage. Ese momento vino bien para comer -otro de los grandes momentos del festival: una bondiola que valió cada centavo- pero al rato hubo oferta doble, nuevamente confrontando propuestas de aquí y allá: en un escenario Pez, en el otro Johnny Marr.

Resulta polémico, siendo buenos, que se deje un vacío de una hora sin contraponer shows convocantes para que luego se crucen dos grupos que mucha gente quiere ver, en un caso comparable -en menor escala- a lo que pasó en la primera fecha con las presentaciones de NIN y New Order. Lamentamos perdernos el show de nuestros queridos Pez: lo que era un acto de justicia (su merecida presencia en la grilla de un festival convocante) devino en desazón para muchos, supongo que empezando por ellos mismos (ponerlos en simultáneo con un histórico que toca en el país por primera vez se asemejó bastante a un chiste de mal gusto). Deberían haber sido la contraoferta en la hora al pedo de Jovanotti.

Y sí, nos inclinamos por Johnny Marr: el pendeviejo más cool del planeta la rompió. Y hay varias observaciones para hacer respecto de su presencia en el festival: a) Parece mucho, pero mucho más joven de lo que es; b) Canta los temas de los Smiths igual (o casi) que Morrissey. Estamos ante otro caso de sincronía vocal (John-Paul; Spinetta-Del Guercio; Calamaro-Roth; Beilinson-Solari), esos en los que uno nota que los músicos amigos, o quienes lo fueron alguna vez, hablan parecido y cantan igual; c) Es diez veces más simpático que Morrissey: agradece constantemente al público (“good-looking people”), intercala Smiths con más ganas que Mozz y le dedica una canción a Agüero, su ídolo del City; d) Toca un cover encendido de I fought the law y cierra con soberbias versiones de How son is now? y There is a light that never goes out, uno de los grandes momentos de todo el festival. Tanto, que mientras hace corear a la gente la coda del tema, del cielo totalmente nublado asoma un insólito rayo de sol; e) Tiene el peor corte de pelo de la historia del rock. Johnny Villano.
Gracias por todo, crack.


Después de Marr, llegó el momento de sentarse sobre el pasto mojado del predio. Era el turno de la hermosa Ellie Goulding y su chicle pop dietético. Sí, es muy linda, por momentos la agita tocando la percusión, canta bien y es noble. Pero no pasa mucho más que eso, excepto cuando queda casi desnuda. Que su show transcurriera luego del de Marr en la grilla no motivó la devolución del dinero a los espectadores por parte de Fénix, la empresa organizadora. Al menos descansamos un rato.

Cuando inició el show de Vampire Weekend, era notable el incremento de público comparado a la fecha anterior. No daban las seis y el predio ya empezaba a colmarse, mientras la gente se agolpaba frente al escenario donde el cuarteto neoyorkino daría un show que no cumplió ni de cerca las expectativas: la banda pechofrío del festival. Todo demasiado prolijito y delicado, al límite de lo exasperante.

La sofisticación de los discos es harto sofisticada en el vivo, y hace aparecer baches enormes en el intercambio instrumental. Es cierto que en sus álbumes no hay mucho relleno, tan cierto como que en el vivo deberían sumar músicos que engrosen su propuesta escueta: música sin proteínas. De paso, a los músicos invitados podrían sumarles enfermeros que le inyecten un poco de sangre en las venas a Ezra Koenig, un artista de lo inmóvil.
Decepcionante show. Tanto que nos fuimos a pasear por el predio para encontrar amigos perdidos, mientras AFI versionaba a The Cure (Just like Heaven) en el escenario alternativo.

Y vinieron los Pixies, en esta remozada versión con la compatriota -aunque dicen que apenas si recuerda algunas palabras en castellano- Paz Lenchantin en lugar de la histórica Kim Deal. La primera impresión no bien arrancado el set se corroboró a lo largo del show: Lenchantin se la recontra bancó, le puso sonrisa y onda a un escenario de rostros y acordes distorsionados. El Diego, Messi, El Papa, Máxima y Paz Lenchantin. En tu cara, brasileño.

La evolución del show fue del sonido más podrido del grupo, el afamado, imitado y caótico suave-fuerte-suave -que desató una ráfaga de 10 temas uno tras otro en sólo media hora-, a la cara más amigable de Black Francis y los suyos, sin tanto noise y de esencia cancionera. Entre Wave of mutilation y Monkey gone to Heaven -con las soberbias e inenarrables Hey y Caribou en el medio; gracias gordo- está el background sonoro de la banda, que va de las guitarras ultranoise de Joey Santiago a las acústicas de Francis. Todo suena y se resuelve con esa naturalidad mugrienta. El de Pixies debe haber sido de los shows con el sonido más ajustado a las necesidades de las canciones, inclusive las nuevitas (Greens and blues, Magdalena), que pasaron con dignidad el test.

Sólo una cosa les vamos a reprochar, mis queridos: el show venía rumbeado perfecto para cerrar con Here comes your man. Sé que es un capricho y que no les importan los hits (bueno, es lo único que tienen parecido a eso) pero tenían que tocarlo.


Se acercaba el final y las alternativas eran dos: Soundgarden o el crédito local, Illya Kuryaki and the Valderramas. Otra vez, y teniendo en cuenta que a los yanquis no los iría a ver si vinieran solos, me concentré en el show de los de Cornell y descarté al dúo Horvilleur-Spinetta (apreciado en otras oportunidades). El me concentré es un decir: tras el final de Pixies, el reencuentro en un punto intermedio con mis compañías nos dejó a todos bastante lejos del escenario. Mal perfilados y con el sonido algo difuso por la ubicación.

Si a esto le sumamos la decisión de Soundgarden de tocar Black hole sun y Spoonman al comienzo del set y nuestro cansancio acumulado, la resultante es obvia: reculamos los pasos que nos acercaban al tablado para descansar. No juzgaré severamente lo que hicieron los de Seattle, aunque a lo lejos sonaba monótono y creo que me hubiera divertido más con IKV. (Ojo, el show fue muy elogiado por los que pudieron verlo y escucharlo mejor).

***

Queremos a los Chili Peppers. En Argentina juegan de locales hace muchos años, y se nota. El marco es muy superior al del día anterior y no hay espacio para moverse mucho. Los turistas se mezclan entre la multitud de gente que muestra una mescolanza más nacional & popular que el martes (tampoco para tanto).

Tenía 15 cuando los vi en el estadio de Vélez, un día de lluvia despiadada del verano de 2001. Famosos por su desprolijidad en vivo, aquella vez llegaban con Californication a cuestas y con su formación más clásica. Ahora, todos mis acompañantes ansiaban verlos y yo estaba más para irme. Los cargué toda la tarde con el “yo ya los vi, y los vi con el genio de Frusciante”, “ahora ya están viejos” y demás chicanas exageradas. Porque a la hora de enumerar shows favoritos, ése, con el paso de los años, no asomaba en mi lista de memorables ni por casualidad.

Pero los Red Hot Chili Peppers me demostraron que estaba equivocado, desde el comienzo. Sonaron como Gran Grupo de Estadios y desplegaron una energía en escena que ninguna banda del festival peló, amparados por un complemento visual y lumínico notable. Los cuatro monos bailarines de siempre.

Bah, los cuatro monos de siempre no: los ojos del soberano miraron con desconfianza al “nuevo”, Josh Klinghoffer. Y Klinghoffer pasó el examen con solvencia, sin ser un guitar hero chispeante ni un émulo de John Frusciante. Logra complementarse perfecto al sonido de la banda, a la base de Chad Smith y Flea, que esta vez sonó descomunal. Muchísimo mejor que doce años atrás.


La lista comenzó con un viejazo -¡The power of e-qua-li-ty!- y fue adentrándose en distintas épocas del grupo: impresiona la cantidad de canciones híperconocidas que tienen, muchas que había olvidado por no escucharlos en años. Además, se dieron el gusto de enganchar algún cover juguetón en el que el bajista pasó a la voz por un rato (Why don’t you love me, de Hank Williams).

Los temas de I’m with you y Stadium arcadium (a mi gusto, su disco más flojo) se acoplaron perfecto con perlas de antaño como Otherside o la siempre conmovedora Under the bridge. En ambas piezas, el canto del público casi tapa al por siempre joven Anthony Kiedis. El consenso absoluto se las dejó picando a los Red Hot, que zaparon entre tema y tema, improvisando separadores que derivaban luego en la siguiente canción de la lista. Leí varias quejas al respecto de gente que prefería “más canciones en vez de esas cosas en el medio”...

El show completo se me hizo tan placentero que sentí que, como todo lo bueno (cualquier libro de Nick Hornby, un gol de Vietto, los fines de semana largos, Marquee moon, una cerveza fresca en verano), se esfumaba demasiado rápido. Tras If you have to ask y Give it away, los muchachos saludaron medio apurados y agradecieron con la emoción demagoga de siempre (ojo, estos vinieron en 2002 cuando no venía ni Locomía). En especial Flea, que llevó hasta las últimas consecuencias su castellano querible y expresó algo así como que “No alcanzaban las palabras”.
Esta vez se redimieron de las desprolijidades pasadas.

Yo, que los vi con el pecho de Frusciante, les digo que esta vuelta fue mejor. Y ahora los quiero de nuevo.

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A modo de conclusión: esta primera edición del Lollapalooza es, probablemente, el festival mejor realizado en el país a la fecha, al menos de los últimos diez años en que proliferaron los festivales de rock esponsoreados por grandes marcas. Es menester que sea rock aclarar que en la Argentina los festivales siempre se organizaron dándole la espalda al público, cagándose en la seguridad y el disfrute de la gente, con poca plata invertida en luces, sonido e infraestructura en general. No era tarea difícil igualar y superar lo previo, tampoco.

Y aún quedan cosas por corregir -la salida del segundo día fue algo más caótica; las bandas argentinas fueron puestas al mismo horario que números estelares del extranjero o muy temprano; el agua debió tener un precio más accesible, en Chile se da gratis- pero, con todo eso a cuestas, hay que decir que lo pasamos muy bien. Si quieren volver el año que viene con Wilco, Belle and Sebastian, The Decemberists, Fleet Foxes, Alabama Shakes, Black Keys y Dirty Projectors, están invitados.

[Todas las fotos gentileza de Anabella Nolasco; excepto Black Francis (Pixies) por Tomás Correa Arce].

jueves, 30 de mayo de 2013

Charlas con músicos: Franco y Fósforo, de Pez (pt. 2)


Se demoró pero aquí va, finalmente, la segunda parte de la charla que tuvimos con Franco Salvador y Fósforo García, dos tercios de Pez. En esta vuelta, hablamos de los festivales de rock en Argentina; Franco nos cuenta algunos detalles de La cruda realidad, el disco que editó el año pasado; Fósforo se explaya sobre su laburo en el CONICET (y su necesidad de descansar...); y cerramos despejando algunas dudas de la participación activa de Pez en las redes sociales. Ahí vamos.

Texto: Tucho
Fotos: Vicky Schwindt

PEZ Y LOS FESTIVALES

¿Hace cuánto que no los llaman para festivales? Ustedes habían tocado en los primeros Cosquines y después no estuvieron más...
Franco Salvador: No, es que básicamente no nos llaman. Al festival de Cosquín lo hacían dos productores: [José] Palazzo y el Perro [Héctor Emaides]. El Perro, que era nuestro amigo, era el que nos llamaba para tocar, pero esa sociedad se rompió y quedó el otro muchacho, que imagino no le gusta Pez; y entonces no nos llamaron más. Por otro lado, estéticamente, hoy por hoy no nos gustaría tocar en lo que es el Cosquín.

¿Si los llamaran dirían que no?
FS: No nos van a llamar. Y si nos llamaran nos tendrían que dar algo que nos agrade mucho... La verdad que no están buenos los Cosquines, estéticamente no tienen nada que ver con lo que eran antes, que había más variedad, más mezcla: ahora es como un palo muy definido, que no tiene mucho que ver con lo que hacemos. Si nos llamaran nos tendrían que garpar bien y ponernos en un buen horario... Cosas que no van a hacer (risas). Y encima, seguramente sería polémico para nosotros tocar en un estilo de festival que no nos cierra.

¿Y los de la gaseosa y la cerveza?
FS: Pasa un poco lo mismo, laburan con las bandas que labura Pop Art o los sellos que arman esos festivales. Y nosotros no estamos con ninguno de esos sellos.

A la vez, ustedes están llevando cada vez más gente...
FS: Sí, pero no sé si les interesa eso a los que arman los festivales; les interesa más hacer laburar a las bandas con las que ellos ganan plata. De nosotros no van a sacar un mango y no permitiríamos que lo saquen, entonces es lógico también que no les interese: si vos tenés tu empresa y tu grupo para vender, no vas a llamar a uno que no labura con vos. Es así. Y sino te llaman y te dicen “a las cuatro de la tarde tenés que tocar”. Y no, andá a la mierda...

Bueno, en el último Pepsi hubo bandas que tocaron para nadie, aún estaban las puertas cerradas y los hicieron empezar a tocar igual...
FS: Yo fui al show de Pearl Jam y realmente era una vergüenza, loco, en el predio no se podía caminar, estábamos embarrados hasta las rodillas. Y no es que la gente pagó una entrada popular, te rompían el orto con las entradas... ¡Poné un piso como en las canchas! ¡Protegé a la gente, que no se caiga, que no se embarre! Son esas cosas de mierda que tienen los festivales acá, les chupa un huevo poner esa carpeta porque seguramente les salga guita y no está bueno poner guita por los demás. Te ponen el escenario, el sonido y ya está, arreglate. También la gente vuelve a ir...

Tiene que ver también con las bandas que traen, que quizás no vienen tan seguido o creés que nunca van a volver.
FS: Sí, igual imagino que si al próximo festival que organice esa marca fuera menos gente, se sentarían a pensar un poquito qué están haciendo. Yo me fui enojado y dije “loco, no vuelvo nunca más a uno de estos festivales de mierda, por más que vengan los Beatles con John Lennon” (risas). Pero bueno, pasa también lo que vos decís: te traen a Black Sabbath y bueno... “la concha de tu madre, voy” (más risas).

En Chile hacen Lollapalooza y acá no, y uno puede suponer que en Argentina hay más público de rock...
FS: Bueno, acá no lo hicieron por una cuestión de infraestructura. Creo que la movida fue que vinieron, vieron cómo era la historia y dijeron “no, así en estas condiciones no lo hacemos”. Los lugares que proponían no estaban a la altura de las condiciones que imponen esos festivales.


FRANCO Y LA CRUDA REALIDAD

Franco, sacaste un nuevo disco solista recientemente. ¿Cómo surgió y cómo se hizo?
FS: Este disco, a diferencia del anterior, lo laburé como una banda. El primer disco [Hago lo que quiero y quiero lo que hago, 2008] lo grabé solo: me grababa la batería pensando en la canción y después le grababa alguna guitarra arriba, y así lo fui armando. En este caso tenía una banda armada, entonces lo pude laburar un poco más, demearlo, escucharlo. Con La cruda realidad pude escuchar cómo sonaban los temas antes de grabarlo, en el anterior los escuché completos cuando ya quedaron ahí.

¿Y con las fechas cómo hacés? Pez toca mucho...
FS: Estoy tratando de meter aunque sea una fecha por mes, antes tocaba por ahí dos veces al año. Estamos organizados, el manager nos dice “en junio tengo este fin de semana libre”, entonces metemos algún show, o Flopa con Ariel o yo con Los Crudos. Si eventualmente pinta una fecha que está buena, la cantás: “che, el 4 de junio tengo una fecha”, entonces avisás vos primero.

¿Cómo te sentís cantando y tocando la viola? Tenés que estar parado adelante...
FS: Me siento bien, bien... Quizás tendría que acostumbrarme un poquito más todavía, pero me parece que es un laburo que da la experiencia de ir presentándose en vivo. Debería estar un poco más suelto, lograr esa soltura que tengo cuando me siento a tocar la bata; tengo más seguridad tocando la bata que cantando y tocando la guitarra, pero está rebueno. Con la batería puedo tocar, cantar y mascar chicle al mismo tiempo, es algo natural; con la guitarra no, me demanda más concentración, pero día a día lo voy laburando. Aparte no toco mucho la guitarra en casa, pero bueno, vamos de a poquito y show tras show va saliendo mejor.
Ahora estamos ensayando más seguido porque tocamos seguido también, eso te da otra seguridad y otra fuerza.

Ensayás casi diariamente, supongo.
FS: Sí, todos los días, de lunes a viernes. A veces los viernes no, pero si no ensayo es porque tocamos en algún lado, los sábados también. Menos los domingos... Aunque tampoco es seguro que descanse porque capaz estamos volviendo de algún lugar. Llegamos, y al otro día a ensayar de vuelta… Estamos dedicados a esto.

¿Y, ya se odian? (Risas).
FS: Sí, nos odiamos desde siempre (más risas). Nos odiamos, nos amamos y nos queremos, está todo bien, es un poco ese el sentimiento de seguir estando juntos: poder pelearte y mandar a la mierda al otro en el momento en que tenés que mandarlo y después seguir adelante. Por ahora funcionó.


UN FÓSFORO EN EL CONICET

Fósforo, me sorprendió el trabajo que tenés. ¿Seguís estando en el CONICET?
Fósforo García: Sí, sigo, aunque estoy arreglando en estos días para ver si laburo un poco (bastante) menos ahí. Por la banda, no me da más el cuero... Es un quilombo y está todo bien en el laburo, cuando nos vamos de gira lo puedo manejar, pero en general es una quemazón de cabeza. Ensayamos tres veces por semana y me doy cuenta de que los días que ensayo y trabajo quedo de cama, ¿entendés? Y los fines de semana de mi trabajo de lunes a viernes tocamos, viajamos; y en realidad no tengo ni un solo día para desconectarme de las obligaciones. Eso te liquida...

Aparte a ustedes les está yendo cada vez mejor. Aunque quizás te guste lo que hacés en tu laburo... ¿Qué es exactamente lo que hacés?
FG: Por suerte sí, nos está yendo bien con la banda. Y en este laburo estoy hace como seis años, manejo un archivo digital de lenguas indígenas, un archivo de consulta para lingüistas sobre todo, pero también antropólogos y ese tipo de cosas. Con mucho material de campo... También asesoro a los investigadores en cuanto a cosas técnicas, de cómo llevar, cómo procesar el material de ellos. Ese tipo de cosas.

Es un laburo que no podés hacer así nomás.
FG: Mirá, ya lo tengo bastante calculado, puedo hacerlo bien... Pero bueno, vamos a ver qué sucede.

Sos el único de los tres que no tiene o tuvo algún proyecto paralelo...
FG: Bueno, se explica bastante por lo que venimos hablando. Todo el tiempo estoy boludeando, haciendo cosas, aunque en general me parece que son una poronga y terminan en la nada (risas). Pero sí, tengo ganas de hacer algo.

La falta de tiempo te boicotea.
FG: Tiene que ver con la energía, no es solamente el tiempo: es tiempo y energía, porque hay días en que podés ponerte a hacer algo un par de horas, pero realmente estás tan limado que no pasás de la hamaca paraguaya y la tele... o internet. Hay momentos en que necesitás cierto parate, a mí me pasa eso.
En general, las pocas composiciones propias que tengo con Pez son de períodos de vacaciones. Compongo ahí porque es donde puedo dedicarme a hacer lo que tengo ganas.

¿Componés con viola?
FG: Sí, a veces con viola, aunque ahora hace rato tengo uno de los bajos en casa, uno acústico, y por lo general me mando con eso. Letras no escribo, compongo sólo música.
Tengo ganas de armar algo con un guitarrista amigo, ojalá pueda solucionar pronto el tema de mis días de laburo para arrancar con eso, porque aparte lo vengo cajoneando hace unos meses. Quiero juntarme con este amigo para hacer metal satánico (risas).

Bueno, los últimos discos de Pez son más pesados que lo que hicieron a mediados de la década pasada.
FG: Sí, son pesados... ¡pero quiero hacer cosas más afuera del universo! (Más risas).


PECES EN LA REDES

¿Cuánto creen que les sirve el contacto con la gente a través de las redes sociales? No hace falta decir quién maneja el Facebook de Pez, creo que se nota...
FS: No es sólo Ariel... Hay veces que la gente se engancha a pelear con alguien pensando que es Ariel, ¡y no es así!

¿Lo manejan los tres? Estaba seguro de que sólo era Ariel.
FS: No te puedo decir igual, somos varios... (Risas). Gente de la banda, y gentes que no son músicos de la banda también. Pero saben que tienen la libertad para tirar bombas, entonces es medio esquizofrénico. Porque incluso entre nosotros nos contestamos sin saber quién te está escribiendo, entonces a veces le escribo desde mi Facebook a Pez y es como que le escribís a un ente. ¡No sabés quién te contestó ni a quién mandar a la mierda! (Muchas risas).

Me imagino que después hay una investigación...
FS: No, no, no, hay un código: no se sabe quién te contesta, listo, ya está. No se pregunta. Y un poco pasa con la gente también: la última semana de furia saltó toda la movida y lo puteaban a Ariel y él se había dado de baja de Facebook porque le había agarrado el chifle (risas). Y todos seguían pensando que era él, pero en Facebook no estaba más. En síntesis: no, no siempre es él...

Nos quedamos en el misterio (risas). ¿Pero les sirve o no ese contacto?
FS: Yo creo que nos sirve, todo lo que genera polémica de algún modo sirve, además es divertido. A veces no puedo creer que haya gente que se lo tome tan a pecho y me digo “la puta madre, fijate un poco lo que está pasando, no te podés poner así o angustiarte por esto”. Hay gente que se engancha en la joda y otros que se enroscan en algo muy personal y muy emotivo, ¡hay que relajarse un poco más!

¿Y la política de subir los discos colabora también?
FS: También, todo lo que vamos haciendo son pequeños granitos de arena que hacen que vayas sumando. Todo es laburo: eso, ir a tocar a los lugares, dar entrevistas, subir los discos, poner los videos que andan dando vueltas por YouTube y que filma la gente... Es el aparato que tenemos armado, de algún modo, y evidentemente funciona. De a poquito, pero funciona. Al no tener una compañía que te ponga dieciocho veces por día sonando en la radio, o que te rote un tema en los canales feos de música que hay, o que te meta en todos los putos festivales para que te vean todo el tiempo 20 mil tipos, la que nos queda es esta. Y evidentemente funciona porque todos los shows, año tras año, la convocatoria aumenta y eso debe ser fruto de todo lo que hablábamos recién.

¿Dónde se ven en unos años?
FS: No sé... En un escenario, tocando. Eso seguro. Es lo que hacemos y, salvo que ocurra algo muy difícil de sobrellevar, estaremos tocando y haciendo rocanrol.


* Pez sigue presentando Vieja era, nuevas mañas. El viernes 7 y el sábado 8 de junio, estarán tocando en el Santana Bar (Pte. Perón 414, Ramos Mejía). Anticipadas con descuento en Locuras (Morón) y Smile (Ramos Mejía).
A su vez, Franco Salvador continúa presentando La cruda realidad, esta vez junto a Laissez Faire y Sólo en Cines en el marco de La Fiesta Azul. ¿Cuándo es la cita? Este sábado 1 de junio en el Zaguán Sur: Moreno 2328, Boedo.
Además, desde su Facebook, Pez confirma algunos proyectos que comentaron en la primera parte de nuestra charla: “-El Boxset del viejécimo aniversario (gracias Estudio Gogo Goch por el empuje)...
-Un par de temas nuevos (que tal vez integren el ítem de acá arriba)...
-Un Split Salvaje con nuestros ídolos de FUTBOL”.