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lunes, 17 de octubre de 2016

Dos noches inolvidables con Wilco


Esta nota puede llevar cualquier título ridículo  y cursi como el de arriba, sí. Pero nunca podrá explicar lo que Wilco hizo en escena el sábado 15 de octubre en el Arena Heineken de Tecnópolis. Tampoco lo vivido la noche anterior.

Disculpen si la mano viene demasiado en primera persona pero es inevitable. Tras el anuncio del debut sudamericano del grupo, el entusiasmo fue tal que decidí embarcarme en la mitad de la gira y ver los shows que Wilco daría en Montevideo y Buenos Aires. Comprar entradas, sacar pasajes, reservar hotel. El plan era infalible tras dos años sin vacaciones: un paseo de fin de semana con mi novia y nuestra música preferida como banda sonora en un auditorio ideal. El show se presentaba como An evening with Wilco. Era la noche. Era. De tan infalible, falló. Cancelación en Uruguay, por cuestiones de logística que nunca se terminaron de comprender del todo. Resignación, angustia y puteadas. No quedó otra que pasear por el país vecino, pero sin Wilco (estuvo divertido igual, claro). Quedaría el show de Buenos Aires como revancha.

Pero la vuelta trajo sorpresas. Una charla con el amigo -desde ahora, amigo y genio y figura- Lautaro Barceló, guitarrista y cantante de El Estrellero, y la bendición definitiva. A sabiendas de su fanatismo por Wilco y luego de hablar de otros temas, le pregunté a Lautaro cómo se sentía previo al show en el Festival BUE, donde compartiría cartel con su banda favorita. Me contó que tenía la posibilidad de conocer a los músicos pero no sabía qué hacer. No se animaba. Les había escrito una carta con recomendaciones para pasear por Buenos Aires -a pedido de la producción del festival- y ellos habían devuelto el favor con una invitación: vos recomendás, vos venís con nosotros. Le insistí para que fuera (si yo fuera vos...). Esa charla sucedió el miércoles, y al otro día, Lautaro rechazó una invitación para cenar con Wilco. Pero el viernes sí se animó, y me lo contó. No resistí la autoinvitación, un poco en chiste y otro poco para ver qué me decía, por supuesto. Al final de la charla me dijo “nos vemos a la noche”.

Y nos vimos a la noche, en la Catedral del Tango. Éramos pocos: Lautaro, Juan Irio -cantante y bajista de El Estrellero-, Lisandro Capdevila, María, una amiga de Lautaro, el hermano de Barceló, mi novia y yo. 

Y John Stirratt, el bajista de esa banda que fuimos a ver a Uruguay.


Había comprendido el temor de Lautaro por conocer a un músico admirado, pero John -quizá sin sospechar que estaba rodeado de gente que ama su música- resultó ser un tipo de lo más amable y copado. Ahora sí, nada podía fallar. Tomamos vino, lo atacamos a preguntas sobre el show, la gira, su familia. Le contamos que la gente los esperaba con ansiedad (la gente: los que estábamos en la mesa). Hablamos del Premio Nobel Bob Dylan, de El Estrellero, de Big Star, de la Selección argentina, de tango, de la ciudad... fue un momento genial e inesperado. Estábamos todos muy contentos y él se mostraba atento, curioso y charlador, también. Al rato llegó Pat Sansone -el hombre que le saca música a una mandarina- con su mujer y la charla prosiguió. Brindamos, les contamos que habíamos ido a Uruguay, pidieron disculpas y las aceptamos porque ¡eran dos Wilco pidiéndonos disculpas! 

Hasta que en un momento fue hora de irse para ellos, saludaron y dijeron adiós. Y nosotros, apenas salieron, marchamos también, entre abrazos de emoción incrédula. No nos sacamos una foto pero qué importa: el momento está grabado. Después de esa noche, si el show estaba más o menos bien, seríamos felices.

Y el show fue el mejor que muchos de los presentes vimos en nuestras vidas.


Lo dicho a parte del grupo la noche anterior -aquello sobre la ansiedad de la gente- resultó extensivo a miles de personas que colmaron el fantástico microestadio que se erige en el predio de Villa Martelli (uno de los tantos despilfarros del kirchnerismo, je). Algo así como un Luna Park pero que suena bien, y donde un rato antes que Wilco, Juana Molina peló su propuesta inquietante y abrasiva: es difícil no quedar hipnotizado ante la disposición visual y la retroalimentación sonora de Juana.

Pero Wilco. Había cosas que ya sabíamos de ellos: su discografía es más bien notable y está llena de grandes canciones, sí. Cualquier lista de temas se iba a quedar corta teniendo en cuenta dicha amplitud de repertorio y su consabida heterogeneidad. Ahora, ¿cómo se explica el sonido que resultó de esos seis tipos? ¿Es posible que seis humanos logren perfeccionar y mejorar el audio de un disco con semejante facilidad? 

Por un lado, es innegable que el escenario, un estadio cerrado, ayudó. Aunque es probable que Wilco suene muy bien en un espacio abierto, los escenarios indoor en el BUE sonaron mejor que el escenario principal. Por suerte les tocó adentro.

La suspensión del show uruguayo, según argumentó Gaucho Producciones, sucedió por “imprevistos de logística en relación al transporte regional de su (enorme) carga (...). Se hace imposible que pase por Montevideo en tiempo y forma”. Ver cómo los tres guitarristas -Jeff Tweedy, el demencial Nels Cline y el comodín de comodines Pat Sansone- cambian su instrumento casi canción tras canción explica un poco cómo la preocupación por el sonido es total, al nivel de un disco. Producción en vivo (y mucho trabajo y ensamble, porque se hace en cuestión de segundos).

La carga es enorme.


Si el disco es la obra estática, el vivo va a ser la obra extática: la banda es enérgica y sutil y desde la presentación del show introduce los climas por donde va a viajar. En solo cuatro canciones deja boquiabierto y desnucado al público: “Random Name Generator” es la apertura, con las guitarras insinuando lo que vendrá, “I Am Trying to Break Your Heart” y su sensibilidad nerviosa y noise demuestra que cuando bajan las revoluciones pueden ser inquietantes, para “Art of Almost” ya te están volando la cabeza y “Misunderstood” es pura dulzura acústica (Stirratt se calza la guitarra de doce cuerdas, Cline la lap-steel guitar, todo está en su lugar: armonía pura). 

Luego mostrarán aun más facetas, como en la jazzy “Hummingbird”, una sorpresa que les sentó sensacional para probarse como banda de bar (una banda de bar que te volaría la peluca, por supuesto); o el repaso por su primer disco, A.M., y la canción americana derecho viejo “Box full of letters”. Son los mismos seis tipos, mutando de un instante a otro, siempre al servicio de la música. No hay mucho circo ni boludeo, y Tweedy es un frontman más bien parco que esta vez parece estar de excelente humor y algo sorprendido por la respuesta y los coros de la gente. Bueno, al menos a los argentinos (!) nos encanta creernos esto: estaban contentos.

(La lista de temas fue toda una atención para con el público. Siendo esta la primera vez del grupo en el país, Wilco basó su repertorio en tres discos apreciados por los fanáticos -Yankee Hotel Foxtrot, A ghost is born y Being there- y eso se notó. Ojo, los temas de Schmilco y el único de Stars wars no desentonaron para nada con el resto).


Más allá del lugar, más allá de la logística, más allá del ensayo, el oficio y los stages. Hay una explicación que es la más elemental de todas y la única que cabe para comprender semejante nivel de excelencia. Primero, lo ya dicho: las de Wilco son grandes canciones, y en ellas se rescata una enorme y diversa paleta sonora. La lista de influencias y reminiscencias es interminable y va desde Neil Young y Lennon hasta Big Star, pasando por Television, Sonic Youth, The Band y un etcétera interminable. Wilco es una antena, sí, pero retransmite con frecuencia propia.

Otra: esta formación parece ser el seleccionado perfecto para ejecutar una colección tan vasta y ecléctica. A estas alturas, es la alineación más perdurable en la historia del grupo y resulta lógico: se escuchan todos, cada elemento está donde tiene que estar y porque tiene que estar. Parece sencillo pero es complejo manejar los silencios, los arreglos, los detalles, y eso no deja de sorprender en todo el show. La capacidad de Glenn Kotche para aporrear su batería -con un set de platos preparados que aporta sonidos poco usuales- como un demente, o repetir un beat preciso y dejar que destaquen las guitarras y las teclas. La ductilidad de Sansone para ser un violero de arreglos o guitarrazos, o sentarse a los teclados, o empuñar una acústica, o tocar una maraca que da pequeñísimas pinceladas (pero tiene que estar ahí), o el glockenspiel que lleva la melodía en “I’m always in love”. El tipo es un camaleón: cuando toca la guitarra tiene pose de guitar hero, tras los teclados se retrae. Y así con todos: John Stirratt toca y canta con una facilidad pasmosa, se planta como el ladero de Tweedy -son los únicos miembros originales- pero siempre cerca de Kotche.

¿Alcanza para explicar semejante demostración?

Sigue siendo difícil narrar momentos como “Via Chicago”, donde se superponen dos planos: el de la canción estoica y simple que sostienen a dos voces Stirratt y Tweedy, mientras detrás de ese halo de belleza, Cline y Kotche producen lo otro, un océano de ruido desquiciado que, sin embargo, no parece perturbar a los cantores. Caos y lullaby.

Fue tal la euforia del cierre con “Spiders (Kidsmoke)” y “I’m a wheel” -un binomio que funciona por oposición: misterio compulsivo contra arenga rocanrolera- que seguir escuchando música era casi ridículo. La leyenda ya estaba escrita.


Igual se hizo el intento: Flaming Lips palideció ante lo hecho por Wilco y brindó un show muy preocupado por la purpurina y poco por la música, con más baches que la luna -demasiado tiempo perdido- y que nos echó del escenario principal al instante. Había que cerrar el círculo y El Estrellero tocaba a las diez en punto. Vamos para allá a escuchar ese puñado de canciones fantásticas.

Y vaya si el círculo se cerró: cuando entramos al escenario Music Box, la banda recién empezaba y entre el público pudimos divisar a uno de los músicos que nos había dejado sin palabras minutos atrás: John Stirratt escuchaba con atención a sus acompañantes de aquel inolvidable viernes por la noche. Terminó el show de los platenses -en media hora es difícil calentar, pero tuvieron la astucia de enganchar las canciones para ganar tiempo- y ya era suficiente. Nada iba a empardar esas casi dos horas de magia, por lo cual emprendimos la marcha mientras nos cruzábamos a infinidad de amigos que, como nosotros, se agarraban la cabeza y preguntaban “¿cómo hicieron lo que hicieron?”.

Ya podíamos asegurar que aquella Evening with Wilco se convirtió en dos noches inolvidables. En Schmilco hay una canción, “Happiness”, que dice “Happiness depends on who you blame”.

Fue culpa de Wilco.


[Fotos por Victoria Schwindt]

lunes, 16 de mayo de 2016

Una chica llamada Theresa Stern


Hay nombres que para el mundo son desconocidos pero para una pequeña porción de gente resultan salvadores. Richard Meyers y Tom Miller deben entrar en esa categoría de tipos al rescate de semejantes. Uno nacido en Kentucky, el otro en New Jersey, se conocieron en la Sanford School de Delaware hacia 1966, durante el único año en que Meyers asistió a esa escuela. Su buena química los llevó a ratearse y hacer dedo hasta llegar a Alabama, donde tras semanas de fuga llevaron a cabo su primera obra conjunta: incendiar un campo. Cayeron presos bajo la carátula de “incendio y vandalismo”. ¿Las excusas? Tom dijo que lo hicieron para no tomar frío, Richard que quería ver cómo ardía en llamas. La policía los devolvió a sus familias, es decir, cada uno a su estado de origen.

Al tiempo volverían a hacer de las suyas y a la larga llegarían a la misma ciudad, New York. Meyers ni terminó la secundaria: se mudó  allí para comenzar su carrera de poeta. Fue entonces cuando conoció al también poeta David Giannini, con quien empezó a publicar revistas y libros. En 1971, Richard creó su propia editorial, Dot Books; ese mismo año, junto a su reencontrado amigo de la secundaria, publicó un libro de poesía bajo el seudónimo de Theresa Stern. La poeta apócrifa puso la cara en la portada de Wanna go out?, tal el nombre de la obra: un rostro de aspecto extraño, borroneado, andrógino, anguloso y sombrío. Theresa surgió de la conjunción de fotos de los dos autores disfrazados de mujer, superpuestos y desenfocados.

Al año siguiente, M&M irrumpieron en la música y formaron The Neon Boys junto al baterista Billy Ficca. Miller tocaba la guitarra, Meyers el bajo, y ambos cantaban y componían el repertorio en partes iguales. La formación fue el precedente de lo que a partir de 1974 -ya con el guitarrista Richard Lloyd- se llamó Television. La primera reseña periodística del grupo la firmó una tal Patti Smith, que al poco tiempo sería amiga inseparable y otra de las animadoras de una escena musical incipiente, esa que tuvo su punto de partida cuando Television, en 1974, inauguró un tugurio que devendría célebre: el CBGB. Ellos mismos ayudaron a construir el escenario.

Pero hacía rato que Meyers y Miller habían cambiado sus apellidos. Ya eran Richard Hell (según él mismo, el apellido describía su condición) y Tom Verlaine (en homenaje al poeta simbolista Paul).

***

El romance entre ambos acabó en el ’75: Hell dejó Television porque Verlaine había tomado el control y privilegiaba sus canciones por sobre las del amigo. Sólo aceptaba tocar una pieza ajena: “Blank generation”. En medio de un demo producido por Brian Eno, Hell dijo chau. Jerry Nolan y Johnny Thunders aprovecharon la movida y lo convocaron -tras renunciar a New York Dolls- para formar The Heartbreakers, otro bastión del movedizo punk neoyorkino, en su vertiente más glam y bardera. El amor también duró poco, quizá como en aquella vieja canción de Richard donde viene de a chorros. Fueron ocho meses. Mientras tanto, Television siguió su camino con un bajista que, según el propio Verlaine, se adecuaba más a la idea del grupo. Dijo Tom: “nuestro bajista, ante la popularidad que teníamos y sus ganas de ser famoso, decidió abandonarnos, lo que me pareció estupendo, pues pudimos reemplazarlo con un músico afín a lo que deseaba hacer: Fred Smith. Eso nos pulió”. Versiones cruzadas.

¿Cómo siguió Meyers? Con Richard Hell and the Voidoids. Cabeza de ratón. Bautizó al grupo con su nombre y el de su primer libro.

1977 sería el año para estas dos leyendas errantes. Con Marquee moon y Blank generation, Verlaine y Hell se alzaron a sí mismos hacia la cumbre del punk de ambos lados del Atlántico: pocos álbumes son, al día de hoy, tan influyentes como aquellos dos y tan díscolos para con la etiqueta. Trascienden el género. Ambos son los primeros registros de sus vidas y, desde las tapas, revelan una frescura que todavía hiela la sangre. Miren si no a los cuatro Television retratados por Robert Mapplethorpe, sobrehumanos, casi aliens, pétreos y bellos. Hell, a pesar de haber conformado un grupo notable -con dos guitarristas que delinean todo, Ivan Julian y Robert Quine, y el registro de Marc Bell, mejor conocido como Marky Ramone, en batería- sale solito en la portada. Hay dos carátulas: la original, con Meyers mostrando su pecho al aire. En él lleva escrita una frase incompleta: “You make me ___”. La toma dos lo tiene a RH con su camisa a lunares toda rota, gafas oscuras y labios que parecen pintados. Su imagen fue, dicen que dicen, inspiradora para la iconografía que luego fabricó Malcolm McLaren con los Sex Pistols. A Hell le salió naturalmente.

***

Marquee moon y Blank generation son discos complementarios. Si se abona a la teoría de Verlaine, lo de Television es más preciso, poético y apabullante; lo de los Voidoids es más sucio, urgente y nervioso, aunque cuenten un par de valses preciosos. Los cantantes lo hacen bastante parecido -Tom más ajado y menos gritón que Richard; ambos conforman una trinidad vocal que bien puede cerrar su amiga Smith-; las duplas de guitarras se sacan chispas y llevan más allá las canciones. Hay baladas notables y letras desafiantes: se cae en los brazos de la Venus de Milo; se pertenece a una generación vacía, pero vacía porque en el lugar vacante va otro ___ para completar a gusto, como el de la tapa. Por todo esto, podrían ser dos discos de una misma banda que atraviesa su etapa del germen al orden, del lo-fi al sonido más pulido (exagerando un poco, porque ni unos son tan prolijos ni otros tan desquiciados). Hasta podría ser el mejor disco doble de la historia del rock. Algo así como el Álbum Blanco de los Beatles sin “Ob-La-Di Ob-La-Da” y ese par de temas de relleno, espantosos.

Estas obras marcan un comienzo y un final. Pienso en algunos artistas malditos del rock argentino de la primera época. Aquellos que no pudieron, no quisieron o no supieron salir del laberinto que les tendió su propia genialidad juvenil. Javier Martínez atrapado en el mito del debut de Manal, quizá el mejor disco de todo el rock de acá. Puede que a Hell y Verlaine les pase lo mismo. O simplemente, que el mundo no quiere saber más de ellos que eso.

Léase: cuando Television hizo una audición en los estudios de Atlantic Records -el sello de Ahmet Ertegun-, Richard Lloyd escuchó de pasada una charla entre el Jefe y el productor Jerry Wexler. Ertegun le decía a Wexler que no podía fichar a esa banda en Atlantic porque esa no era “música del Planeta Tierra”. Para ellos fue todo un cumplido, aunque el disco finalmente salió por intermedio de Elektra. El crítico John Piccarella fue igual de terminante respecto de Blank generation. En las liner notes de la reedición en CD, asegura que “no es sólo la música de otros tiempos, sino el sonido y el lenguaje de otro mundo”. Piccarella debe haberlo escrito sin saber lo dicho por Ertegun: no es otra coincidencia, es una realidad.


Y es difícil rehuir de esas sentencias. Por eso cuando se habla de ellos siempre se vuelve ahí, aunque hicieron más, mucho más. Anoten: Hell sacó otro álbum con los Voidoids; un disco solista en 1984; otro ya en los ’90 con Dim Stars (grupo que formó con sus discípulos Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth). Actuó en varias películas bajo presupuesto -Smithereens, Geek Maggot Bingo, What About Me?, etcétera-; se casó con Patty Smith, la cantante de Scandal (no Patti). Pero básicamente se dedicó a escribir y publicó más de quince libros entre poesía, novelas, ensayos, dibujos y su autobiografía. Dejó la música porque odiaba salir de gira y pasarse “los días en la carretera”.

Verlaine fue más constante con el rock and roll, aunque tampoco se puede decir que haya sido un workaholic. Publicó dos discos más con Television, igual de reos y preciosos (Adventure, de 1978, Television, de 1992). Tiene diez álbumes solistas pero desde 2006 no hay material nuevo con su firma (aquella vez había sido un doblete, Songs and other things y Around). Entre sus fans están David Bowie, que versionó su canción “Kingdom come” en Scary monsters, y Jeff Tweedy de Wilco. En Argentina también hay hinchada: Richard Coleman nombró a Fricción así por “Friction”, el guitarrazo heroico de Marquee moon. Figuras tan disímiles como Skay Beilinson y Charly García los han citado como referencias. Charly hizo, en su reaparición postpalito, una versión de “Venus” que pueden pasar por alto sin temor de perderse nada (igual te queremos, García).

“Me inventaron una imagen de músico de culto o algo así con la que no estoy de acuerdo. Soy nada más que un laburante, ¿se entiende?”, dijo Tom Verlaine en una entrevista reciente. Quizá su mito y el de Richard Hell sea tan borroso e impreciso como la foto de aquella mujer que llegó después del fuego.

Pero algún día el mundo hará justicia con esa chica llamada Theresa Stern.


[Escrito para el fanzine Rimbombante #4. Se lee entero acá.]

viernes, 12 de junio de 2015

Dom La Nena: soy de cualquier lugar






















"Cuanto más viajo, menos sé". ¿Era Harrison el que dijo la frase? Bueno, no importa, lo importante es la frase y no el autor; en este caso y siempre. Pero viene bien si hablamos de Dom La Nena, seudónimo de Dominique Pinto, música de origen brasileño que anduvo de aquí para allá toda su vida, repartida entre viajes y estadías en su país natal, Francia y Argentina, principalmente.

No haré un racconto de su travesía por este mundo (para eso hay unas cuantas entrevistas dando vueltas, mucho más interesantes que una enumeración aquí) pero algo es innegable: la música de Dom refleja su condición de dama errante e inquieta. Como asevera aquel clásico de Los Gatos, es de cualquier lugar y va a cualquier lugar. Su disco Ela (2013) es un primer paso encantador: atraviesa universos dignos de una artista de mundo (poco tiene que ver esto con el pop marketinero global, ojo) que chupa influencias de aquí y allá, y a la vez es tan transparente que cautiva a los segundos de darle play (sospecho que no fui el único que compró al instante).

¿Qué hay en Ela? ¿Qué hay en Soyo, su disco-continuación publicado hace meses? Una cantante suave e hipnótica, una trama que la envuelve sin tapar ese susurro que horada de a poco, con sus respiraciones y su pronunciación delicada. "O vento" es un ejemplo letal de esa amalgama: cuerdas-tornado interviniendo precisas, exactas, descriptivas. Porque si se escucha con atención, el sonido puede describir más que las palabras, mucho más. "El silencio" es otra muestra de un rotundo triunfo tímbrico: los instrumentos no se meten porque sí, porque queden lindos. Esa comunión resulta clave para estas canciones construidas desde la pequeñez y la ¿melancolía?

***

Charly inmortalizó para siempre aquello de que "la alegría no es solo brasilera". OK, pero la melancolía tampoco lleva la etiqueta made in Argentina. Es notorio en ambos discos de Dom (y en el caramelo editado entre ambos, el EP Golondrina) ese tono casi de despedida en versión Indio Solari: dolor dulce. Como si el desarraigo, en el caso de Dominique una elección que reafirma a cada paso y cada melodía (entonces... ¿es desarraigo?) se impregnara en la canción, convirtiéndola en el soundtrack ideal para cualquier película de viajes, abrazos de bienvenida, partidas a un nuevo destino, arribos, salidas, nuevos amigos y así, en un continuum que para La Nena ya cuenta 25 años.

Ni siquiera es necesario comprender lo que dice para tener esa sensación (Pinto canta en portugués, español y francés). Hasta en los temas con huella más brasuca ella imprime un misticismo entre amable y tímido; que no es lo mismo que ingenuo. Aunque el desparpajo de ser una niña se le note ("Sambinha", "La nena soy yo").

Ahí se entrevé lo de artista de mundo: a la manera de Daniel Melingo, pongámosle, que puede ser tanguero reo, hi-fi, cosmopolita y parisino, Dom abre su álbum de viaje y en una página está la samba, en la otra la chanson, etcétera. Todo con aires de y no en el compartimento esperando quien busque con seguridad algo predeterminado o estático. A contramano del borramiento de matices regionales que la industria musical imprime a sus grandes actos, Dominique bebe de aquí y allá, siendo ella misma quien dibuja y desdibuja sus referencias para que salga lo que sale: cuando empezó a componer, lo ha dicho, no esperaba que le salieran estas canciones. Porque ni siquiera esperaba que le salieran canciones.

Hay quienes aseguran que esta es la era del mestizaje, y puede que tengan razón. Pero para eso es menester ir y volver e ir. Ella, además de hacerlo bien lo hace a conciencia (canta, despreocupada, "no tengo casa"). Desea parecerse a las golondrinas y allá va: dando vueltas al mundo y buscándose. Ojalá que no se encuentre nunca, así está bien.


[DOM LA NENA presenta SOYO hoy viernes 12 de junio a las 21 horas en SANTOS4040 (Santos Dumont 4040, Capital Federal). Entradas en Alternativa Teatral.
El sábado 13 hará lo propio en Ciudad Vieja (17 y 71, La Plata). Las entradas anticipadas se consiguen en La Disquería (54 casi esquina 8). 
En tanto, el domingo 14, a las 19 horas, Dom cierra su gira argentina nada menos que en el Centro Cultural Kirchner (Sarmiento 151, Capital Federal) y con entrada gratuita (se retira 2 horas antes del concierto)]

viernes, 16 de enero de 2015

Para ir: Trombone de Frutas en el Matienzo


Por esas cosas de las redes sociales y las amistades virtuales, me llegó la data de que el grupo brasileño Trombone de Futas está de gira veraniega por nuestro país. El sexteto, formado en 2010 en la ciudad de Curitiba, viene a la Argentina a presentar su único disco de estudio a la fecha, el multigenéro Chanti, charango?, que puede escucharse en el Bandcamp del grupo y fue editado en julio de 2014 gracias a la colaboración de su público, mediante la vía del financiamiento colectivo o crowdfunding (la plataforma Catarse les permitió recaudar nada menos que 28 mil reales para hacer el disco en los estudios Toca do Bandido de Río de Janeiro).

Ellos mismos definen su música como "una investigación sólida para caminar y ser caminado por el rock, el jazz, el samba y una multitud de sentimientos". Y aunque el eclecticismo a veces resulte un arma de doble filo, lo que logra Trombone de Frutas en su debut es una identidad multicolor que no pierde forma en la variedad: su fusión de folclores brasileños (la bossa y el samba) con jazz y rock -arrebatos que incluyen citas a I want you (she's so heavy) de los Beatles- los acerca a esa doble faceta que llevan también (tan bien) otros grupos internacionales como los mismísimos Calexico. Es decir, lejos del pastiche efectista, con la justeza para no excederse y que tanto termine resultando nada.

"El disco está lleno de latinidades, texturas coloridas, convenciones y acuerdos dudosos. Banda sonora para la vida", dicen los curitibanos de su hijo único Chanti, charango? Habrá que ir a verlos en vivo y comprobar si la sentencia es exagerada o les calza perfecto.

*Trombone de Frutas se presenta mañana, sábado 17 de enero, en el Centro Cultural Matienzo (Pringles 1249, Capital). Entrada $50). Además, tocan hoy viernes 16 en Casa Frida (Ituzaingó); el domingo 18 en Ensamble del Sol (Morón); y los días 22 y 23 de enero en Rosario (una fecha en Kika Art Bar, la otra en Downtown).

lunes, 8 de septiembre de 2014

Jake Bugg, el hombre de la calle


El Nuevo Bob Dylan. Otro más. O el tercer hermano de la Dinastía Gallagher. Estas dos y más analogías-comparaciones se soltaron en el aire junto con el debut discográfico de un niño que recién cumple sus 20: Jake Bugg, el pibe que vino a devorarse el mundo a fuerza de guitarrazos. Hace poco más de un año y medio, su aparición impactó no sólo por la frescura y la potencia de las canciones: quedamos boquiabiertos al enterarnos que el autor de las mismas tenía 18 años.

Y a los dieciocho, como si fuera un tipo que ya la vivió, Bugg cantaba que... ¡bebía para recordar y fumaba para olvidar! Gracias a Two fingers, el gran hit del primer álbum -que lleva su nombre, y ya- aprendimos que el fuck you en Inglaterra es válido también enseñando dos dedos: el del medio, pero además el índice. Acá, mostrando esos dos levemente abiertos, somos compañeros peronistas; allá, casi con lo mismo, te están haciendo un fuck you gigante. Sabelo. Bugg, como Dylan, le hace ese fuck you gigante al ayer. Y al dolor. ¿Por qué? Porque “algo está cambiando”. No hace falta que les diga quién dijo eso hace cincuenta años. Y no hace falta que diga que sí, que a partir de este tema de estribillo candente y letra pícara -ex-ce-len-te-, la vida de Jake Bugg cambió. Luego lo dirá él mismo.

Quizá la primera impresión acerca de su música nos haga pensar que este inglesito de Nottingham está vendiendo demasiado cuán joven es. Lo primero que deja rastro en la memoria auditiva es la urgencia de sus canciones, que parecen de un yanqui y no de un inglés. Esa prisa country-punk traducida a guitarras aporreadas -la influencia de los dylanes y youngs más electrificados, o del Paul Weller que tenía más o menos la misma edad que Bugg cuando rompía todo con los primeros discos de The Jam-, sumada a la voz de pendejo canchero que se las sabe todas. Algo queda claro a primera vista sobre Jake Bugg: la calle es su lugar.

Aunque con el correr de las escuchas y tras una lectura más atenta de las letras -sí, aunque muchas de ellas cuenten historias típicas de adolescentes, porros, noche, amores y amigos-, nos encontramos con las canciones de un sabio. Pareciera que todo hombre sabio tiene una consciencia distinta de la vida ya cuando teen. Acá en Argentina, tipos como Nebbia o Spinetta lo exhibían en sus canciones con Gatos y Almendra: reflexión y evocación, primero. Afuera, además del sabio de Minnesota, otros cerebros -atención: podrán ser rockeros, podrán ser reventados, pero primero son cerebros- tuvieron esa sensibilidad desde púberes. Algunos tenían tal consciencia que se murieron demasiado rápido y nos dejaron con ganas de más (pregunten en la recepción por Nick Drake).


Cuando arribamos al costado más folk de Bugg, ése en el que la música baja un cambio, podemos notar que el autor se pone reflexivo y entre rasguidos y arpegios de acústica también sale triunfante. Simple as this es el mejor ejemplo de esta faceta íntima: una hermosa canción de amor en la que el protagonista encuentra la cura a su bajón después de una búsqueda espiritual y supercherística poco exitosa. Cuando se acelera en la noche, en cambio, JB es capaz de asegurar que ya “lo ha visto todo y nada más puede impresionarlo”. Lo dice con tal actitud que no sólo parece hablar de la noche en que se clavó un par de éxtasis, sino de la vida toda.

***

A fines del año pasado, con los ojos de la prensa británica ya posados sobre él y nada menos que Rick Rubin como productor, Jake Bugg sacó su segundo disco, Shangri La. Cualquiera habría esperado un tiempo más, pero la inspiración de Bugg parece ir de la mano con la urgencia de sus canciones más punzantes. Rubin le deja menos lugar al cancionista folk e, inicialmente, el disco parece una repetición del primero sin tanto momento slow. Pero, tras un par de escuchas, notamos con alegría que no es así, que las canciones están y las influencias se han ampliado (¿Tom Petty? ¿R.E.M.? Escuchen).

El mérito de Rick Rubin en Shangri La es haberle dado más profundidad en el sonido a canciones que tenían una simpleza desde lo estructural pero un contenido notoriamente hondo. All the reasons y Simple pleasures son muestras perfectas de ello, por su tempo y su duración. Hay más aire.

En Me and you llega la pronta reflexión sobre la fama y el mencionado “cambio de vida”: de la tranquilidad del pueblo y los amigos al asedio permanente de fans y prensa; el tipo se queja porque no puede estar tranquilo con su novia y está rodeado de guardias y paparazzis. O sea: si Me and you no fuera un temazo, podríamos decir que Bugg es un pendejo engreído. Probablemente lo sea. Pero parece que el niño está listo para llenarnos de buenas canciones. Entonces, haz lo que yo digo pero no lo que yo hago: con Jake Bugg, todavía tenemos mucho por ver.


[Publicado en Revista Domo en marzo de 2014, antes de ver a Bugg en el festival Lollapalooza y enamorarnos definitivamente.]

martes, 22 de julio de 2014

La remera de los marcianos


Tengo muchas remeras rockeras con las que me encariñé. Muchas que uso hace años, y otras que tuve y fui desechando (por ser de grupos que ahora no me gustan, más que nada: todas me quedarían si las tuviera, a lo sumo un poco más chicas, como para usar de entrecasa).

Si tengo que elegir una y sólo una me quedo con la que tiene la foto de portada de Marquee moon, de Television. Además de ser uno de mis discos favoritos -sino el más-, esa imagen tomada por Robert Mapplethorpe siempre me pareció hipnótica: no son cuatro seres humanos que hacen rock, sino que parecen extraterrestres congelados en un instante de máxima concentración. De Tom Verlaine siempre lo pensé -por su voz, por su manera de tocar la guitarra y por sus letras- pero los demás podrían haber sido tipos comunes si no fuera por esa foto. Para la remera que mandé hacer -es difícil conseguir remeras de Television, no son ni los Ramones ni los Stones- invertí los colores de la tapa: la remera blanca, las letras negras y la foto en el medio.

Elijo esta prenda porque ese disco de TV es un clásico algo oculto y todo aquel que lo conoce me lo hace saber cuando llevo la camiseta puesta: me pasó después de tocar en un bar, que el tipo de la barra agitara su puño desde lejos, mirándome, en señal de aprobación. Creí que le había gustado la música… pero cuando me acerqué descubrí que su alegría era por esa foto. Me contó que tenía el disco en vinilo y CD, y que también era uno de sus favoritos. Otro saludo de este tipo sucedió en un show de… ¡Onda Vaga! (probablemente el último show en el que imaginaría encontrar no un fan, siquiera un conocedor de la obra de Verlaine y Cía.). El flaco en cuestión fue casi tan entusiasta como el de la barra del bar y equiparó a Marquee moon con el debut de Velvet Underground, la vaca sagrada del rock alternativo.

Después hubo otros tantos saludos, cerveza ofrecida en cantidades en un show de los New York Dolls, cortesía de tres pibes emocionados que me daban toda la birra que tenían al grito de “¡Aguante Verláin!”, y pulgares para arriba por la calle (contados, no llegan a los dedos de las manos, ojo). Pero lo más gracioso sucedió cuando entrevisté a Walas para La música es del aire. Debo confesarlo: llevé la remera sabiendo que era probable que me dijera algo al respecto. En realidad, deseaba que lo hiciera. La nota se hizo en la previa de un show de Massacre en San Miguel, adentro de la camioneta de la banda, totalmente a oscuras. No bien me vio, Walas miró la remera y lanzó una de esos preguntas entre bizarras y lúcidas que suele tirar en los shows: “Ese disco… ¿es genial o es una mierda?”. Sonreí por dentro, había funcionado. Por supuesto, Walas me contó que tenía el disco, que le gustaba pero a la vez le parecía negativo que no tuviera hits comparado con otros álbumes de grupos de la época (creo que mencionó a Blondie y Ramones entre ellos; lo “negativo” lo interpreté así yo, creo).  Nuestros primeros minutos de charla a oscuras fueron sobre Marquee moon, y al final del debate me preguntó “¿pero a vos te gusta el disco?” y, claro, le respondí que era mi disco favorito.

En fin. A veces las remeras pueden funcionar como un código que entienden pocos, y en este caso esa foto genial estampada en una remera blanca me trajo varias anécdotas graciosas. Creo que se merecía ser ella la destacada y, aunque menos, la sigo usando de vez en cuando. Una cerveza no se le niega a nadie…

[Publicado en Arte Zeta el 4 de abril de este año, invitado a la sección Remeras rockeras.]

martes, 8 de abril de 2014

Yo también fui al Lollapalooza: día 2


Después de un primer día agitado y con muy buenos shows -obviemos a Julian Casablancas, por favor-, la segunda jornada del Lollapalooza argentino nos movilizaba más temprano que el día anterior, feriado fatídico y triste del 2 de abril mediante. La oferta del día parecía en la previa más jugosa en cuanto a clásicos de la alternatividad (y no tanto): a lo largo de la fecha se presentaban Johnny Marr, Pixies, Soundgarden y Red Hot Chili Peppers, gente de amplia y reconocida trayectoria.

Llegamos al hipódromo de San Isidro a las dos menos diez de la tarde, para atender al único grupo argentino que veríamos en ambos días: los platenses El Mató a un Policía Motorizado. A la misma hora tocaba Savages, un grupo de -claro- salvajes jovenzuelas que me recuerda al Patti Smith Group + PJ Harvey: estuve tentado de repartirme entre el Main Stage 2, donde tocaba El Mató, y el escenario Alternative, pero finalmente ganó la potencia nacional de los de Santiago Motorizado. El Chango se bancó estoicamente la presentación y debió cantar buena parte del show sentado: se rompió el tendón de Aquiles jugando al fútbol (¡rock chabón!).

Por momentos, al cantante le costaba contenerse y se paraba. Cuando pidió disculpas por estar tocando en esas condiciones -“me rompí todo”-, se ganó la ovación del numeroso público que contaba a los miembros de Pez entre sus presentes. (Graciosísimo Ariel Minimal cantando El día del huracán junto a su pequeña hija, probablemente motivado por su amor futbolero).

El show estuvo basado en Día de los muertos y La dinastía Scorpio, los dos últimos discos del grupo. Pero fue Chica rutera, desde Un millón de euros, la que encendió la chispa: por la polvareda y el estruendo que levantó debería llamarse Seis palabras son suficientes a la hora de rockear. Mi próximo movimiento ya es un hit del underground y significó el cierre, ovación mediante.


Pasados El Mató y Savages, la oferta en escena era más bien poca. Tan solo la presencia de Jovanotti más algún DJquenonosinteresaba en el Perry Stage. Ese momento vino bien para comer -otro de los grandes momentos del festival: una bondiola que valió cada centavo- pero al rato hubo oferta doble, nuevamente confrontando propuestas de aquí y allá: en un escenario Pez, en el otro Johnny Marr.

Resulta polémico, siendo buenos, que se deje un vacío de una hora sin contraponer shows convocantes para que luego se crucen dos grupos que mucha gente quiere ver, en un caso comparable -en menor escala- a lo que pasó en la primera fecha con las presentaciones de NIN y New Order. Lamentamos perdernos el show de nuestros queridos Pez: lo que era un acto de justicia (su merecida presencia en la grilla de un festival convocante) devino en desazón para muchos, supongo que empezando por ellos mismos (ponerlos en simultáneo con un histórico que toca en el país por primera vez se asemejó bastante a un chiste de mal gusto). Deberían haber sido la contraoferta en la hora al pedo de Jovanotti.

Y sí, nos inclinamos por Johnny Marr: el pendeviejo más cool del planeta la rompió. Y hay varias observaciones para hacer respecto de su presencia en el festival: a) Parece mucho, pero mucho más joven de lo que es; b) Canta los temas de los Smiths igual (o casi) que Morrissey. Estamos ante otro caso de sincronía vocal (John-Paul; Spinetta-Del Guercio; Calamaro-Roth; Beilinson-Solari), esos en los que uno nota que los músicos amigos, o quienes lo fueron alguna vez, hablan parecido y cantan igual; c) Es diez veces más simpático que Morrissey: agradece constantemente al público (“good-looking people”), intercala Smiths con más ganas que Mozz y le dedica una canción a Agüero, su ídolo del City; d) Toca un cover encendido de I fought the law y cierra con soberbias versiones de How son is now? y There is a light that never goes out, uno de los grandes momentos de todo el festival. Tanto, que mientras hace corear a la gente la coda del tema, del cielo totalmente nublado asoma un insólito rayo de sol; e) Tiene el peor corte de pelo de la historia del rock. Johnny Villano.
Gracias por todo, crack.


Después de Marr, llegó el momento de sentarse sobre el pasto mojado del predio. Era el turno de la hermosa Ellie Goulding y su chicle pop dietético. Sí, es muy linda, por momentos la agita tocando la percusión, canta bien y es noble. Pero no pasa mucho más que eso, excepto cuando queda casi desnuda. Que su show transcurriera luego del de Marr en la grilla no motivó la devolución del dinero a los espectadores por parte de Fénix, la empresa organizadora. Al menos descansamos un rato.

Cuando inició el show de Vampire Weekend, era notable el incremento de público comparado a la fecha anterior. No daban las seis y el predio ya empezaba a colmarse, mientras la gente se agolpaba frente al escenario donde el cuarteto neoyorkino daría un show que no cumplió ni de cerca las expectativas: la banda pechofrío del festival. Todo demasiado prolijito y delicado, al límite de lo exasperante.

La sofisticación de los discos es harto sofisticada en el vivo, y hace aparecer baches enormes en el intercambio instrumental. Es cierto que en sus álbumes no hay mucho relleno, tan cierto como que en el vivo deberían sumar músicos que engrosen su propuesta escueta: música sin proteínas. De paso, a los músicos invitados podrían sumarles enfermeros que le inyecten un poco de sangre en las venas a Ezra Koenig, un artista de lo inmóvil.
Decepcionante show. Tanto que nos fuimos a pasear por el predio para encontrar amigos perdidos, mientras AFI versionaba a The Cure (Just like Heaven) en el escenario alternativo.

Y vinieron los Pixies, en esta remozada versión con la compatriota -aunque dicen que apenas si recuerda algunas palabras en castellano- Paz Lenchantin en lugar de la histórica Kim Deal. La primera impresión no bien arrancado el set se corroboró a lo largo del show: Lenchantin se la recontra bancó, le puso sonrisa y onda a un escenario de rostros y acordes distorsionados. El Diego, Messi, El Papa, Máxima y Paz Lenchantin. En tu cara, brasileño.

La evolución del show fue del sonido más podrido del grupo, el afamado, imitado y caótico suave-fuerte-suave -que desató una ráfaga de 10 temas uno tras otro en sólo media hora-, a la cara más amigable de Black Francis y los suyos, sin tanto noise y de esencia cancionera. Entre Wave of mutilation y Monkey gone to Heaven -con las soberbias e inenarrables Hey y Caribou en el medio; gracias gordo- está el background sonoro de la banda, que va de las guitarras ultranoise de Joey Santiago a las acústicas de Francis. Todo suena y se resuelve con esa naturalidad mugrienta. El de Pixies debe haber sido de los shows con el sonido más ajustado a las necesidades de las canciones, inclusive las nuevitas (Greens and blues, Magdalena), que pasaron con dignidad el test.

Sólo una cosa les vamos a reprochar, mis queridos: el show venía rumbeado perfecto para cerrar con Here comes your man. Sé que es un capricho y que no les importan los hits (bueno, es lo único que tienen parecido a eso) pero tenían que tocarlo.


Se acercaba el final y las alternativas eran dos: Soundgarden o el crédito local, Illya Kuryaki and the Valderramas. Otra vez, y teniendo en cuenta que a los yanquis no los iría a ver si vinieran solos, me concentré en el show de los de Cornell y descarté al dúo Horvilleur-Spinetta (apreciado en otras oportunidades). El me concentré es un decir: tras el final de Pixies, el reencuentro en un punto intermedio con mis compañías nos dejó a todos bastante lejos del escenario. Mal perfilados y con el sonido algo difuso por la ubicación.

Si a esto le sumamos la decisión de Soundgarden de tocar Black hole sun y Spoonman al comienzo del set y nuestro cansancio acumulado, la resultante es obvia: reculamos los pasos que nos acercaban al tablado para descansar. No juzgaré severamente lo que hicieron los de Seattle, aunque a lo lejos sonaba monótono y creo que me hubiera divertido más con IKV. (Ojo, el show fue muy elogiado por los que pudieron verlo y escucharlo mejor).

***

Queremos a los Chili Peppers. En Argentina juegan de locales hace muchos años, y se nota. El marco es muy superior al del día anterior y no hay espacio para moverse mucho. Los turistas se mezclan entre la multitud de gente que muestra una mescolanza más nacional & popular que el martes (tampoco para tanto).

Tenía 15 cuando los vi en el estadio de Vélez, un día de lluvia despiadada del verano de 2001. Famosos por su desprolijidad en vivo, aquella vez llegaban con Californication a cuestas y con su formación más clásica. Ahora, todos mis acompañantes ansiaban verlos y yo estaba más para irme. Los cargué toda la tarde con el “yo ya los vi, y los vi con el genio de Frusciante”, “ahora ya están viejos” y demás chicanas exageradas. Porque a la hora de enumerar shows favoritos, ése, con el paso de los años, no asomaba en mi lista de memorables ni por casualidad.

Pero los Red Hot Chili Peppers me demostraron que estaba equivocado, desde el comienzo. Sonaron como Gran Grupo de Estadios y desplegaron una energía en escena que ninguna banda del festival peló, amparados por un complemento visual y lumínico notable. Los cuatro monos bailarines de siempre.

Bah, los cuatro monos de siempre no: los ojos del soberano miraron con desconfianza al “nuevo”, Josh Klinghoffer. Y Klinghoffer pasó el examen con solvencia, sin ser un guitar hero chispeante ni un émulo de John Frusciante. Logra complementarse perfecto al sonido de la banda, a la base de Chad Smith y Flea, que esta vez sonó descomunal. Muchísimo mejor que doce años atrás.


La lista comenzó con un viejazo -¡The power of e-qua-li-ty!- y fue adentrándose en distintas épocas del grupo: impresiona la cantidad de canciones híperconocidas que tienen, muchas que había olvidado por no escucharlos en años. Además, se dieron el gusto de enganchar algún cover juguetón en el que el bajista pasó a la voz por un rato (Why don’t you love me, de Hank Williams).

Los temas de I’m with you y Stadium arcadium (a mi gusto, su disco más flojo) se acoplaron perfecto con perlas de antaño como Otherside o la siempre conmovedora Under the bridge. En ambas piezas, el canto del público casi tapa al por siempre joven Anthony Kiedis. El consenso absoluto se las dejó picando a los Red Hot, que zaparon entre tema y tema, improvisando separadores que derivaban luego en la siguiente canción de la lista. Leí varias quejas al respecto de gente que prefería “más canciones en vez de esas cosas en el medio”...

El show completo se me hizo tan placentero que sentí que, como todo lo bueno (cualquier libro de Nick Hornby, un gol de Vietto, los fines de semana largos, Marquee moon, una cerveza fresca en verano), se esfumaba demasiado rápido. Tras If you have to ask y Give it away, los muchachos saludaron medio apurados y agradecieron con la emoción demagoga de siempre (ojo, estos vinieron en 2002 cuando no venía ni Locomía). En especial Flea, que llevó hasta las últimas consecuencias su castellano querible y expresó algo así como que “No alcanzaban las palabras”.
Esta vez se redimieron de las desprolijidades pasadas.

Yo, que los vi con el pecho de Frusciante, les digo que esta vuelta fue mejor. Y ahora los quiero de nuevo.

***

A modo de conclusión: esta primera edición del Lollapalooza es, probablemente, el festival mejor realizado en el país a la fecha, al menos de los últimos diez años en que proliferaron los festivales de rock esponsoreados por grandes marcas. Es menester que sea rock aclarar que en la Argentina los festivales siempre se organizaron dándole la espalda al público, cagándose en la seguridad y el disfrute de la gente, con poca plata invertida en luces, sonido e infraestructura en general. No era tarea difícil igualar y superar lo previo, tampoco.

Y aún quedan cosas por corregir -la salida del segundo día fue algo más caótica; las bandas argentinas fueron puestas al mismo horario que números estelares del extranjero o muy temprano; el agua debió tener un precio más accesible, en Chile se da gratis- pero, con todo eso a cuestas, hay que decir que lo pasamos muy bien. Si quieren volver el año que viene con Wilco, Belle and Sebastian, The Decemberists, Fleet Foxes, Alabama Shakes, Black Keys y Dirty Projectors, están invitados.

[Todas las fotos gentileza de Anabella Nolasco; excepto Black Francis (Pixies) por Tomás Correa Arce].

sábado, 5 de abril de 2014

Yo también fui al Lollapalooza: día 1


Y sí. Mucho se habló del festival de rock independiente e itinerante más grande del mundo (?). A los argentinos nos resultaba extraño que otros países de la región, en teoría sin tanto rock encima como nosotros (bueno, no disimulemos: estamos hablando de Chile) tuvieran su edición del festival y aquí se lo mirara de lejos, como si nunca pudiéramos organizar algo de manera decente. Es que, de veras, en lo que a grandes festivales se refiere, parecía que en Argentina nunca estaban dadas las condiciones para hacer un evento como el que se llevó a cabo el 1º y el 2 de abril en el Hipódromo de San Isidro. Era cuestión de poner unos mangos más, queridos empresarios.

Yendo a lo organizativo, el lugar resultó ideal para desarrollar un festejo de estas características. Cuatro escenarios, infinidad de puestos de comida (los precios no eran taaan exorbitantes, digámoslo, a excepción del agua a 30 pesos: muchachos, en jornadas de festival que duran doce horas tienen que ponerla a 10 pesos, no jodan) y el infaltable ecologismo chic. Sin olvidarnos del no muy concurrido espacio para niños Kidzapalooza y la peluquería (supongo que gratuita) que generó una cola de gente superior incluso a la que se formaba en varios de los emprendimientos gastronómicos. Pregunta para los organizadores: ¿por qué no había un puesto en el que se vendieran discos? ¿Por qué no el agua gratuita que sí repartieron en Chile?

Si la lluvia hubiese concretado, lo de lugar ideal pasaría a ser una afirmación más discutible: al ser un espacio verde, el hipódromo presentaba su campo algo embarrado por una lluvia de días atrás. A la vez, resulta complejo pensar un lugar alternativo a éste para semejante montaje escénico: en ese sentido les doy el OK.

En cuanto al público, es hora de reconocerlo: cierto rock, o bien ciertos eventos-a-los-que-no-se-puede-faltar, son a esta altura exclusividad de la clase media-alta. Aunque inicialmente los abonos al festival no eran tan costosos -más si tenemos en cuenta la cantidad de grupos que tocaban-, parece que hay eventos hechos para los que tienen mayor poder adquisitivo: la clase media-baja tiene, virtualmente, las puertas cerradas. El desfile de damas y caballeros sobreproducidos, algunos ridículos al extremo de disfrazarse de hippies, era un poco gracioso y otro poco patético. Pero aunque este formato de festival multitudinario haya mutado en esos "eventos a los que hay que ir", en Lollapalooza primó la música.

DÍA 1: PROMESAS CUMPLIDAS, BOCHORNO Y TRANSICIÓN

Tras la entrega de una pulsera que en principio debía acreditar el abono para los dos días del festival pero en verdad no tenía validez (había que llevar la entrada ambos días, aunque el ticket nunca fue cortado por los organizadores; vamos a ser buenos y no especular al respecto) y luego de una extensa caminata por las calles del hipódromo, llegamos con el tiempo justo para el primer show que generaba gran expectativa, al menos para mí: el del niño Jake Bugg.

Cuatro en punto salió a escena y un poco que nos miramos entre todos: ¡¿esa pulga vestida enteramente de negro es el que canta así en los discos?! Parecía un Justin Bieber cualquiera y para colmo contaba con un grupo de fanáticas chillonas como el otro JB. Pero se colgó la guitarra -arrancó con la acústica y luego se pasó a las eléctricas-, peló su arsenal de hits y, de pronto, le vimos bien las ojeras de noche larga, la cara de pillo y las uñas de guitarrero. (¡Cómo toca el pendejo! De hecho ni necesita otro guitarrista, se abastece solo). Entre Noel Gallagher y Alex Turner, Bugg resulta un frontman que con pocos gestos hace gritar a todas, solea con una solvencia de viejo y un gran sonido y terminás pensando que es un pesado, en el sentido más saludablemente rockero de la palabra. Estimo, en unos 7 u 8 años saldrá su cara en los periódicos con la noticia de que asesinó a su novia.

Primer show, primer gran show: este pendejo es la gran esperanza del rock and roll. No tiene una sola canción mala y en vivo se mete a la gente en el bolsillo tras un rato; puede pasar de baladas folk a arrebatos cuasi sabbathianos, todo con la misma expresión de “qué me importa”. Aplauso cerrado.


Del escenario alternativo nos movilizamos al principal -que estaba al lado-, para ver el que sería sin lugar a dudas el peor show del festival, y uno de los peores que podés ver en tu vida, joven argentino y del mundo: el de un pomelístico e inentendible Julian Casablancas. Lo peor de todo -sepan disculpar que la palabra peor se repita tanto en el párrafo- es que Julian y su banda buscaron, claramente, sonar así de mal: todo a un nivel de saturación insoportable, empezando por la voz del cantor. Sabemos de su gusto por cantar procesado, pero entre el enmascaramiento de My Bloody Valentine y que parezcas el Pato Donald borracho hay un abismo. Su "show" fue una exageración de hard rock y volumen que derivó en la nada misma: mejor vayamos a recorrer el predio porque este muchacho está sacado y dando lástima.

Cuando ya estábamos a kilómetros del escenario, escuchamos Reptilia (sí, claro, la de los Strokes) pero no valía la pena meter marcha atrás a un show que ni así tenía retorno. En las primeros dos presentaciones, entonces: de lo mejor y lo más flojo.

El siguiente show tenía que desempatar y entre Imagine Dragons y Lorde elegimos a la niña neozelandesa. Con un solo disco y diecisiete años a cuestas, como Jake Bugg, cuenta con su coro de ángeles púber que, tema tras tema, chilla y ovaciona. Impresiona lo claro que tiene su lugar en escena una piba tan joven: casi que sola -acompañada por un baterista y un teclista idéntico al Fito Páez de los ’80 que, por lógica instrumental no se mueven de sus respectivos lugares-, se encarga de pintar de negro como su vestido volador (el viento comenzaba a bailar más fuerte) a las canciones frías y oscuras que componen su álbum debut, Pure heroine.

En sus gestos combina el costado más creepie de Björk con la dulzura de Regina Spektor, y por lo menos a mí me compra sobremanera. El hit Royals termina de avivar el fuego de un show que inclina la balanza hacia El Eje del Bien: hasta nos bancamos casi 10 minutos de parloteo en los que Lorde explicó una canción. Aprobadísima.

Y si Lorde pasó la prueba con creces, lo de Phoenix fue la (mi) gran revelación del festival y uno de los shows del año. La previa me hacía pensar en un combo inclinado al electropop insulso, pero mis prejuicios fueron completamente derribados desde el comienzo: onda, potencia (¡esos bajos directo al pecho, ese dúo percusivo salvaje!) y un frontman, Thomas Mars, que se devoró el escenario y se compró a la gente al toque.

Los parisinos aportaron una paleta de sonidos multicolores y un factor sorpresa en cada canción, lo que renovó la energía del show constantemente. Nunca aburrieron. Al momento no escuché ninguno de sus discos enteros, ahora acudiré voraz y arrepentido, por todo. Mientras los disfrutaba de principio a fin, una pregunta rondó mi cabeza: ¿por qué, si leí tantas crónicas elogiosas en su momento, nunca descargué Wolfgang Amadeus Phoenix?


Las 8 y media de la noche era el horario de la disyuntiva mayor: ¿Nine Inch Nails o New Order? Mi idea inicial era ver el comienzo de los de Reznor y el final de los ingleses, pero los hits y las ganas de escuchar temas de Joy Division inclinaron la balanza para lo que fue un show desparejo de los mancunianos. En el debe: la lista de temas con los hits mal intercalados; algunos momentos soporíferos, demasiado extensos (586 en especial); y una insólita puesta visual. ¡Apuesto que esos videos son los mismos que usaban hace 30 años! Sino no se puede creer la pobreza estética de lo proyectado, irrisorio para una banda con semejante trayectoria. El que lo vio, podrá comprender esta mención especial a un aspecto extra musical: parecían videos de cumpleaños de 15.

A favor, debo decir que New Order logró una potencia que no esperaba de ellos. Además, los hits mencionados no dejan de ser inapelables; y las revisiones de Joy Division dieron la talla por completo: primero Isolation y para los bises, mientras el 80 por ciento del público se iba (¡ilusos!), grandes versiones de Atmosphere (tétrica y hermosa, de las mejores piezas en toda la noche) y la infaltable Love will tear us apart.
Llegaba el cierre con Arcade Fire. Les tenía toda la fe más allá de que su último disco, Reflektor, aún no me satisface del todo. No sé si es un disco de lenta digestión o sencillamente no lo tragaré nunca; además de que se aleja del dramatismo que presentan los otros tres álbumes.

Y me quedé un poquito con las ganas, nomás: el show estuvo bien hasta ahí. Quizá el problema fue justamente ése, que Reflektor se erigió como el eje de la noche y sentí que el ejercicio tribal del disco, ese costado afrolatino que reemplaza la épica de los álbumes anteriores, aún no llegó a calentar el motor del todo. Recién en Here comes the night time -el anteúltimo tema de la lista- pareció que la polenta rítmica levantaba vuelo, que el bajo tenía otra consistencia y la cosa se encendía; antes, los percusionistas fueron más un elemento decorativo y coreográfico que otra cosa, con poca presencia en el sonido global del grupo, que además fue poco potente en líneas generales.

El trabajo vocal sí me resultó bien explotado, y ahí más que Win Butler -un frontman raro, bastante parco- la estrella de la noche fue la dama, Régine Chassagne. Dieron ganas de escucharla cantar In the back seat. Será la próxima.


Las dos canciones de Neon bible, el disco que menos exploraron, fueron de lo mejor de la noche: quizá allí estuvo el costado más de estadio de una banda que está haciendo la transición de una música teatral y sofisticada al rock de masas. Keep the car running y, en especial, No cars go mostraron un grupo más suelto y fuerte. Si Neighboorhood #3 levantó y rockeó el comienzo del show, The suburbs (la canción) fue una pena, por el bajo volumen y la interpretación excesivamente lánguida y lenta, sin la candidez de pub de la original.

El final con la bowieana Wake up, tan anunciado como emotivo, redimió algunos de los momentos desparejos. Una belleza que parece compuesta para ser cantada por millones de voces. El saludo general y la despedida pedían otro bis, pero a lo largo del festival comprobaríamos que los horarios en el Lollapalooza se cumplen a rajatabla. Los bises no se extenderían siquiera en las bandas que cerraban cada fecha.
Dio ternura el saludo final del Will Butler, el hermano de Win, agradeciendo en reiteradas ocasiones a un público que no pareció tan encendido como para recibir semejante demostración de alegría.

En fin: puede que los hayamos agarrado a mitad de camino. Pero los espero pronto, para ver cómo sigue la trama. Iremos por la revancha: aquí, a lo sumo, ganaron por puntos.

[Fotos: salida de la gente por Fede Cabral; Jake Bugg por Diego Fioravanti; Thomas Mars (Phoenix) por Anabella Nolasco; y Arcade Fire por Tomás Correa Arce].

lunes, 24 de junio de 2013

Nothomb, Radiohead y el ruido de los disparos


La escritora japo-belga-francesa Amélie Nothomb publicó en 2006 una novela corta que les recomiendo y devoré en unas pocas horas. Diario de Golondrina (Journal d'Hirondelle, en Argentina fue editada por Anagrama) cuenta en primera persona la historia de un tipo totalmente miserable que se convierte en asesino a sueldo, para ser breves y no tan spoilers (?).

Uno de los detalles del relato es que incluye su propia banda sonora: el protagonista se vuelve fan de la música de Radiohead posnoventas. O sea: Kid A, Amnesiac y Hail to the Thief, los discos que editó el grupo de Thom Yorke hasta salido el libro, son la música favorita del asesino. Nothomb describe a la perfección lo que muchos -no creo ser el único- pensamos de la música del grupo inglés a partir de la década '00. Pero dejo de hablar yo, para que lean ustedes algunos extractos de Diario de Golondrina acerca de Radiohead. Aquí van:

"Todo empezó hace ocho meses. Acababa de vivir una decepción amorosa tan estúpida que ni siquiera merece la pena hablar de ello. A mi sufrimiento había que sumarle la vergüenza del propio sufrimiento. (…) Entonces decidí matar mis sensaciones. Me bastó con encontrar el conmutador interior y oscilar en el mundo del ni frío ni calor. Fue un suicidio sensorial, el comienzo de una nueva existencia.

La música que antes me conmovía ya no me provocaba reacción alguna, incluso las sensaciones básicas, como comer, beber, darme un baño, me dejaban indiferente. Estaba castrado por todas partes. (…)
Lo que activó el mecanismo fue un disco de Radiohead. Se llamaba Amnesiac. El título le iba bien a mi destino, que resultaba ser una forma de amnesia sensorial. Lo compré. Lo escuché y no experimenté nada. Aquél era el efecto que, en adelante, me producía cualquier música. Ya empezaba a encogerme de hombros ante la idea de haberme procurado sesenta minutos suplementarios de nada cuando llegó la tercera canción, cuyo título hacía referencia a una puerta giratoria. Consistía en una sucesión de sonidos desconocidos, distribuidos con una sospechosa parsimonia. El título de la melodía le venía como anillo al dedo, ya que reconstruía la absurda atracción que siente el niño por las puertas giratorias, incapaz, si se había aventurado, de salirse de su ciclo. A priori, no había nada conmovedor en ello, pero descubrí, situada en la comisura del ojo, una lágrima.

¿Acaso era porque hacía semanas que no había sentido nada? La reacción me pareció excesiva. El resto del disco no me provocó más que un vago asombro causado por cualquier primera audición. Cuando terminó, volví a programar el track tres: todos mis miembros comenzaron a temblar. Loco de reconocimiento, mi cuerpo se inclinaba hacia aquella escuálida música como si de una ópera italiana se tratara, tan profunda era su gratitud por, finalmente, haber salido de la nevera. Presioné la tecla repeat con el fin de verificar aquella magia ad libitum.

(…) Después comprendí: lo que en adelante me conmovía era lo que no se correspondía con nada común. Si una emoción evocaba la alegría, la tristeza, el amor, la nostalgia, la cólera, etc., me dejaba indiferente. Mi sensibilidad sólo se abría a sensaciones sin precedentes, aquellas que no podían clasificarse entre las malas o las buenas.


(…) En el pasado, cuando quería liberarme de una chica que me poseía, recurría a un método temible: estudiarla de memoria. (…) Las únicas chicas que inspiran un amor incurable son aquellas que han conservado la increíble complejidad de lo real. Existen en una proporción de una entre un millón.
Liberarse de una música resulta igualmente difícil. Aquí, una vez más, lo saludable pasa por la mnemotecnia. ¡Pero a ver quién se aprende de memoria aunque sólo sean los solos de bajo de Radiohead, que apenas constituyen una capa de misterio! Con los auriculares puestos, me aislaba en una especie de arcón sensorial en el que escuchaba una y otra vez los discos Amnesiac, Kid A y Hail to the Thief. Aquello actuaba como una jeringa que me inoculaba sin solución de continuidad la droga más placentera. Cuando me quitaba los auriculares para ir a matar, mi juke-box cerebral no cambiaba de programa.
No era un sonido de fondo, era la mismísima acción. Asesinaba en perfecta armonía con ella.

(…) Algunos son bastante desafortunados a la hora de encontrar el amor de su vida, el escritor de su vida, el filósofo de su vida, etc. Sabemos en qué clase de viejos chochos no tardan en convertirse.
Me había ocurrido algo peor: había encontrado la música de mi vida. Por sofisticados que fueran sus discos, Radiohead me embrutecía todavía más que las patologías antes citadas. Me horroriza la música ambiental, en primer lugar porque no existe nada más vulgar, y en segundo lugar porque las más hermosas melodías pueden parasitar la cabeza hasta el punto de convertirse en sierras. No existe amor ambiental, literatura ambiental, pensamiento ambiental: existe el sonido de fondo, esa estridencia, ese veneno. Sólo el ruido de los disparos subsistía en mi prisión acústica".

jueves, 9 de mayo de 2013

Gustavo Suárez: Cuerdas del Conurbano


Gustavo Suárez dedica su vida a la música. Es uruguayo, pero se vino a vivir a la Argentina en 1974: cayó en la ciudad donde vivo, San Miguel, después de una breve estadía por Capital.
Desde entonces no para de tocar y proyectar cosas, lo puedo decir porque lo conozco hace diez años y nunca paró de gestionar eventos para que la cultura local, esa que a veces no se ve tanto, se mueva.

En su país natal, Gustavo era vecino del barrio Buceo y en la casa de al lado vivía un tal... Eduardo Mateo. Su familia tenía un kiosco y, como Mateo solía deber, a veces trocaba productos: "tuve una guitarra de él", me cuenta Suárez muy suelto de cuerpo. Para que le crea, me muestra una foto con el instrumento, mientras recuerda que a la casa de Mateo iban a ensayar el Negro Rada, Jaime Roos y los hermanos Fattoruso. Supongo que miraría atento aquellos movimientos, ya que toca la viola desde los seis: "sacaba sillas a la calle y tocaba en la vereda".

Ya en Argentina, formó un grupo con un compañero de la secundaria:"hacíamos jodas como cambiarle la letra a canciones de KISS, es muy de murga uruguaya eso". Cuando comenzó a estudiar más seriamente, dice, empezó a hacer música instrumental; él prefiere llamar a lo que hace Música Popular Instrumental, para que no quepan dudas de que la música sin cantante también es y puede ser popular.

Cuando terminó el secundario, Gustavo comenzó a dar clases particulares a la vez que colaboraba con la Academia de Música de Ricardo Pellican. Al tiempo, Pellican lo llamó para integrar su grupo Hot Club 4 junto a Héctor López Furst y Raúl Barrientos. El grupo surgió de la separación de Swing 39, conjunto mítico del jazz de acá en el que tocaba también Walter Malosetti. Los HC4 grabaron un disco homónimo en 1989, en realidad... ¡un casete!

En paralelo a todo esto, Gustavo continuó con su actividad difusora de los músicos del Conurbano -esa zona periférica a la Capital pintada por lo medios de comunicación como un lugar violento, selvático e inseguro-, brindando conciertos en el barrio Trujui Fondo de San Miguel. Primero eran ciclos en la casa de su madre, a los que iba la gente del barrio; luego la cosa fue creciendo y se transformó en el ciclo Cuerdas del Conurbano, en el Gustavo presenta a sus alumnos: el ciclo se sucede hace casi 25 años.

Suárez afirma que esto fue el germen para La Caldera, un centro cultural que armó con Jorge Paladino -un médico y dramaturgo amigo- y Pedro y Alejandro Szadursky, ambos actores. En el rubro música, pasaron por el escenario de La Caldera varias estrellas de la música popular argentina: desde Lito Epumer al Mono Fontana, pasando por Raúl Carnota y los Malosetti, Walter y Javier. También Beto Satragni, Cacho Tejera, Armando Alonso y Willy González.

A fines de los '90, en tanto, nació Che Botija, el dúo argento-uruguayo que conforma con el eximio guitarrista porteño Hernán Alizieri, que grabó en 2000 un hermoso disco homónimo, clase de guitarra para cualquier aprendiz de candombe, música brasilera e improvisación a dos voces. Una delicia que por suerte, veo, se puede escuchar por internet.


Por esa época también, Gustavo comenzó a dar clases en la Universidad Nacional de General Sarmiento, donde dictó cursos de armonía y ritmo musical, entre 1999 y 2010. Tuvo un plan ambicioso que, lamentablemente, por ahora está frenado: "Armé el Ciclo de Formación en Música Popular proyectando la idea de crear una Escuela de Música Popular en San Miguel: junté firmas y se declaró al proyecto de interés municipal. Mi idea era hacerla en la Universidad, pero por los egoísmos de algunas personas quedó ahí, en stand-by".

Entre abril de 2005 y julio de 2006 grabó su primer disco solista, tan solista que toca todos los instrumentos él. Todos instrumentos de cuerda: además de guitarras, se anima con el banjo, el charango, el guitarrón y el busuki. Se llama Aloído / Juegus y es doble: Aloído de composiciones propias, Juegus de visiones sobre temas ajenos (Beatles, Spinetta y demás).

Su fama en la zona llevó a que lo convoque la cantante Adriana Nano, con la que grabó de canto y guitarra solos el disco Cebollas en aceite en el año 2008, nominado a los Premios Gardel. En 2010, tuvieron la suerte de girar por Europa y Gustavo aprovechó para presentar también su disco solista y el libro de análisis e investigación armónica De música, laburo que -me consta- le llevó años de estudio. De música salió a mediados de ese año, acompañado de un CD con bases para aplicar las escalas y ejercicios que presenta.
Para el disco que Nano editó en 2011, Casualidades, Gustavo hizo la pre-producción y los primeros arreglos.

Pero ahí no termina la cosa: hace seis años que, junto a su colega Daniel Mamani, Gustavo organiza el Festival de Tango y Jazz en San Miguel, y lo que llaman Ciclos de Música: festivales de lo más diversos para difundir la cultura musical del Conurbano.
Además, sigue dando clases particulares y está dictando por segunda vez un curso con anclaje en la música de cuatro fabulosos, Enarmonía con Los Beatles. El curso, de diez clases, hace un recorrido por diversas cuestiones armónicas (Gustavo maneja el tema con sabiduría y soltura, le sobra) con la música de los Fab Four como eje y ejemplo: al fin y al cabo, me dice que él es músico porque existió antes un tipo llamado John Lennon.

En los próximos meses, también, verán la luz un nuevo disco de Che Botija, Garabatos, y otro disco propio, Ensusiyaensayasolo, con composiciones propias y ajenas. Este sábado se manda una de las suyas, vale la pena darse una vuelta:

martes, 30 de abril de 2013

Television, Johnston y el nudo


La semana pasada tuve la suerte de presenciar dos shows magníficos en la ciudad de Buenos Aires. A uno lo esperé con ansias desde su anuncio, el otro me cayó del cielo días antes de suceder. Television, el martes 23 en el Teatro Vorterix (El Teatro de Colegiales, bah) y Daniel Johnston, el miércoles 24 en Niceto Club.
Vamos por partes, entonces:

La llegada de Television al país comenzó a ser un rumor fuerte este verano, justo el día de mi cumpleaños; a los días se confirmó. Era, teniendo en cuenta que Marquee moon es mi disco favorito, uno de los grupos extranjeros que más ansiaba ver. Más si sabemos que en la actualidad, el cuarteto neoyorkino es un grupo inestable, que se presenta en vivo cuando le place a Tom Verlaine. Por las entrevistas que dieron sus miembros antes de girar por Latinoamérica, concluimos en que, por ejemplo, su nuevo disco no sale porque Verlaine no quiere: dicen que faltan sólo las voces de Tom para que la grabación llegue a su fin.

Entonces, la expectativa era mucha y TV, un grupo amado por la crítica y sus colegas de aquí, allá y todas partes, colmó El Teatro de periodistas y músicos (hasta el maestro Diego Capusotto fue a verlos). Esa expectativa por verlos se conjugaba con la incógnita de saber cómo estaban, tantos años después y con guitarrista (no tan) nuevo, el bonaerense por adopción Jimmy Rip, en lugar del histórico Richard Lloyd.

Cuando dejaron de sonar unas campanas dignas de AC/DC y apareció Television, ellos mismos se encargaron de alimentar la incógnita con una entrada instrumental algo endeble, vaga, que luego derivó en Prove it, la primera bomba de la noche. La gente chamuyaba el estribillo y la guitarra de Verlaine ya mostraba que iba a ser la gran protagonista del show. Le pegaron al tema de Marquee moon la inquietante 1880 or so y la soberbia y dramática The fire, de sus otros dos discos (el homónimo de 1992 y Adventure de 1978). Notamos con alivio que Rip, además de respetar bastante los arreglos originales de las canciones, la tenía clara a la hora de jugar con la gente y alternarse con Verlaine: ambas interpretaciones fueron magníficas, la primera comenzó lánguida y fue in crescendo; la segunda muy emotiva y estridente, con duelos de guitarras que levantaron al público.

Llegarían otras gemas de los ’70, ninguna de su disco insignia de 1977: primero sonó Glory, también de Adventure, y luego Little Johnny Jewel, simple de 1975 que fue incluido en 2003 como bonus de la edición CD de Marquee moon. La segunda pieza les salió mejor, quizá por ese condimento enigmático que tiene, que juega a favor de la misteriosa y ajada voz de Verlaine.
Verlaine: apenas si decía “thanks” entre tema y tema. Es el mismo señor de siempre, algo más calvo, igualmente parco y huidizo, uno de los cráneos más extraños del rock and roll de aquella época. Y de hoy también.

Los TV eran algo así como los beatniks del punk rock y al verlos en vivo uno comprueba lo lejos que estaban de la escena punk más pura, en realidad. Lo suyo fue más que nada una coincidencia geográfica y temporal con gente que luego seguiría caminos más llanos, uniformes (aunque en la movida de New York había variedad, hay que decirlo). En ese rato de show, se notó que lo de Television era otra cosa, algo que en realidad sabemos desde siempre. Su sonido romántico y reo –la voz de Verlaine–; puntos de contacto con el blues en cuanto a atmósfera, y con el jazz en cuanto a improvisación; la frialdad de una música cruel; algunos guitarrazos; mucha densidad; longitud; expansión: eso es Television.


Una parte del público prefirió dedicarse a la charla en vez de escuchar lo que vino después: varios temas nuevos, de aquel disco que no sabemos si sacarán algún día. Choppy chunga fue el menos interesante y ni el agite de Jimmy Rip para que lo cantemos alcanzó (¡en realidad no te entendimos el coro, Jimmy querido!), pero luego se despacharon con la monocorde y climática Persia, más de diez minutos con rasgos de Within you, without you y ribetes árabes; y The drag, otro tema muy climático. Casi mantras rockeros en los que mostraron la influencia pocas veces mencionada de Lou Reed en su música.

Cuando tocaron Venus volvieron a levantar al público, que tarareó y gritó no bien comenzada la melodía de la introducción. El bajista Fred Smith –sobrio laburo de la dupla que conforma junto a Billy Ficca– se reía, contento de escuchar la réplica de un público que, al finalizar la canción, ovacionó sostenidamente a la banda como si hubiera escuchado Like a rolling stone por primera vez. “¡Aguanten los Redondos!” se escuchó desde atrás, para graficar el momento épico con un toque de humor, justo cuando estaba arribando el nudo a la garganta...
Empezaba a faltar menos para el final.

Después de la caricia, salieron con otro tema nuevo, larguísimo y denso –según FM, se llama The sea– para luego dar el golpe final: el tercer y último tema de Marquee moon fue nada menos que la gema que da título al disco. Como en Venus, apenas comenzaron a sonar las guitarras, la gente aulló. Fue una tremenda y extendida versión, con Verlaine mágico en la viola y el público cantando la parte de guitarra que oficia de estribillo, además del solo ascendente del final: un coro afinadísimo a la par de la gran guitarra de Tom. Parecía que el tema no terminaba nunca, porque amagaban y seguían. Todos mirando a Verlaine, por supuesto.

Se fueron y volvieron para el bis inesperado: un cover de Count Five –Psychotic reaction– que la gente recibió con euforia a pesar de esperar, supongo, otra de Marquee moon. Luego del bis, saludaron con la alegría que les sale mostrar (en especial el marciano Verlaine, cuyo único gesto de alegría durante el show fue un gracioso paso de mimo a lo John Lennon en el Rock and roll circus) y Billy Ficca emitió palabras que no se llegaron a entender.

La leyenda está bien conservada y nos dejaron a todos con ganas de más temas, aplaudiendo hasta media hora después de finalizado el show en busca de un retorno que nunca sucedió (volvieron las campanas del comienzo para cerrar todo). Igual, quedamos contentos y nos sacamos la espina de ver a semejante banda brindando un gran recital, en el que se dieron el lujo de mostrar mucho de lo nuevo, confirmar que las guitarras en el rock and roll las pone Television, y el corazón oscuro lo entrega ese señor alto, frío, distante y misterioso llamado Tom Verlaine. Nadie más.


Y si lo de Television resultaba una incógnita que por suerte se despejó con creces, el show de Daniel Johnston era directamente la entrada a un laberinto: el del propio Daniel, del que no sabíamos si podríamos salir. O si él podría salir.
Mi novia me regaló la entrada y, para qué mentir, fui como un espectador que desconocía cabalmente la obra de Johnston: días antes del show me puse a escuchar algunas cosas como para reconocer durante el recital. Sí conocía de su historia, aquella de dibujos infantiles, problemas psiquiátricos, remeras de Kurt Cobain, casetes grabados entre la euforia y la nada e influencia alternativa.

Digámoslo: la expectativa era también el temor por el bochorno, días después del triste espectáculo de Chuck Berry en el Luna Park. La posibilidad de que sucediera algo que coartara la normalidad del recital estaba latente.

Amenizaron la espera en Niceto Club los músicos argentinos que, en una acertadísima decisión, fueron luego la backing band de Johnston. Las canciones folk y aboleradas de Shaman Herrera y Maxi Prietto fueron una buena entrada antes del plato principal. Luego de su aplaudido show y de un rato de espera con música programada por el DJ Nekro, se abrió el telón y allí estaba la banda, en la antesala acústica y ahora de rock. Bien de rock. De repente entró Johnston por detrás y la gente, lógicamente, lo ovacionó.
Comenzaba la incógnita.

Johnston estaba rodeado por atriles con las letras de los temas y una caja con botellitas de agua y Coca-Cola que consumió casi sin parar a lo largo del show. Agarró el micrófono enfocadísimo en lo suyo; las manos le temblaban y casi no sacaba sus ojos de esas hojas salvadoras. Por momentos se adelantaba en las estrofas, pero el grupo local lo seguía bien y sonaba aún mejor: el día anterior –hubo dos fechas de Johnston en Buenos Aires– el comienzo había sido con Daniel solo con su guitarra, errático e inseguro. El cambio de la segunda fecha lo encontró mejor parado, cantando varios hits de su repertorio. El careta que escribe (?), contento porque identificaba las canciones y, por ahora, la cosa venía bastante bien: Casper the friendly ghost, Speeding motorcycle, y un Johnston que conmovía en su entrega.
Estático, concentrado, ese tipo de cincuenta y pico de años estaba dando todo lo que tenía.

Cuando se acababan los temas que entraban en las dos páginas visibles por Johnston, (un tipo que luego supimos era) su hermano se acercaba a pasar a la siguiente página de las letras. Esa necesidad del otro, esa fragilidad, no hacían más que agrandar mi admiración reciente por su figura. El pibe que hizo la crónica para Rolling Stone prefirió hablar de obesidad y lástima: un tipo que lleva su enfermedad sacando todo para afuera, entregándose, de mínima merece el aplauso. Y así siguió Daniel, dándose por entero, vociferando Love not dead, rompiéndola en la ovacionada Funeral home. Antes de tocarla pidió, suelto al fin, que levantemos la mano aquellos del público que creyéramos que íbamos a morir. Ante la unanimidad, tiró un “Yo también lo creo, ¡y no puedo esperar!”.

Los músicos de la banda (Tulio Simeoni de La Patrulla Espacial, en batería; Tomas Vilche, también de La Patrulla, en bajo; Pipe Quintans de Go-Neko!, en teclados; Eduardo Morote de Sr. Tomate, en mandolina; El Toro Salvaje en coros y sonajas; Federico Terranova de Fútbol, en violín; y los mencionados Maxi Prietto y Shaman Herrera, a cargo de las guitarras) estaban aún más contentos que el público y arengaban a la gente para que cante el “Olé olé olé olé, Daniel, Daniel”, al que el protagonista respondía con un nervioso “alright!”.


Y lo dejaron solito, nomás. La banda se fue y quedó Daniel mano a mano con el piano para el momento más íntimo de la noche, que llegó con Love enchanted: con sus habituales pifias y desafinadas –parte de su estilo y su encanto, en vivo y en los discos– se mandó con una versión conmovedora del tema incluido en Fear yourself.
Luego Daniel se fue, pero avisó que volvía con la banda y lo hizo con Walking the cow. Don’t let the sun go down on your grievances fue otro momento caliente del show, con Johnston a viva voz. El apoyo del público a lo largo del show fue total y pareció sentarle muy bien al estadounidense.

A esta altura, sabíamos que quedaba poco: arremetieron con la declaración de Johnston acerca de su salvación, Rock 'n roll / EGA, en una potentísima versión con un cantor acelerado, compenetrado más que nunca en ese cuasi hardcore en el que agradece la aparición de los Beatles para salvar su vida. Pero el broche de oro lo darían las últimas dos canciones, el nudo de su vida atormentada, mil por ciento arte, tristeza, amor y redención: Life in vain y True love will find you in the end cerraron el show apenas pasada una hora.

Para el primer tema, apareció sobre el escenario un bastidor inmaculado, y tras él subió Liniers para dibujar a Johnston mientras éste cantaba esa desoladora canción en la que se pregunta “¿dónde estoy yendo?” a cada rato. La versión fue fantástica y creo que a todos nos dejó quebrados: funcionó como un símbolo de la vida de Daniel, de su lucha constante, de sus incapacidades y su amor a flor de piel por lo que hace, lo que lo salva, lo que lo lleva por el mundo, desnudo, mostrándose tal cual es ante todos. Probablemente, Life in vain sea uno de los momentos más emocionantes que vayamos a ver sobre un escenario, este año y los próximos. Siempre.

En la previa del show, Nekro había puesto una canción del álbum conjunto de Okkervil River y otro héroe atormentado del rock, Roky Erickson. Cuando Johnston se fue del escenario –quería seguir tocando pero ya no quedaban temas del que fue el show más extenso de su gira: tuvimos mucha suerte– recordé esa canción del comienzo, pero lo que se me vino a la mente disparado fue el título de aquel disco en colaboración: El amor verdadero aleja todo mal.
Y así es, Daniel. Al final, ese amor te va a encontrar.


[Fotos de Television por Victoria Schwindt.
Fotos de Daniel Johnston por Madi Elorza.]