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lunes, 17 de octubre de 2016

Dos noches inolvidables con Wilco


Esta nota puede llevar cualquier título ridículo  y cursi como el de arriba, sí. Pero nunca podrá explicar lo que Wilco hizo en escena el sábado 15 de octubre en el Arena Heineken de Tecnópolis. Tampoco lo vivido la noche anterior.

Disculpen si la mano viene demasiado en primera persona pero es inevitable. Tras el anuncio del debut sudamericano del grupo, el entusiasmo fue tal que decidí embarcarme en la mitad de la gira y ver los shows que Wilco daría en Montevideo y Buenos Aires. Comprar entradas, sacar pasajes, reservar hotel. El plan era infalible tras dos años sin vacaciones: un paseo de fin de semana con mi novia y nuestra música preferida como banda sonora en un auditorio ideal. El show se presentaba como An evening with Wilco. Era la noche. Era. De tan infalible, falló. Cancelación en Uruguay, por cuestiones de logística que nunca se terminaron de comprender del todo. Resignación, angustia y puteadas. No quedó otra que pasear por el país vecino, pero sin Wilco (estuvo divertido igual, claro). Quedaría el show de Buenos Aires como revancha.

Pero la vuelta trajo sorpresas. Una charla con el amigo -desde ahora, amigo y genio y figura- Lautaro Barceló, guitarrista y cantante de El Estrellero, y la bendición definitiva. A sabiendas de su fanatismo por Wilco y luego de hablar de otros temas, le pregunté a Lautaro cómo se sentía previo al show en el Festival BUE, donde compartiría cartel con su banda favorita. Me contó que tenía la posibilidad de conocer a los músicos pero no sabía qué hacer. No se animaba. Les había escrito una carta con recomendaciones para pasear por Buenos Aires -a pedido de la producción del festival- y ellos habían devuelto el favor con una invitación: vos recomendás, vos venís con nosotros. Le insistí para que fuera (si yo fuera vos...). Esa charla sucedió el miércoles, y al otro día, Lautaro rechazó una invitación para cenar con Wilco. Pero el viernes sí se animó, y me lo contó. No resistí la autoinvitación, un poco en chiste y otro poco para ver qué me decía, por supuesto. Al final de la charla me dijo “nos vemos a la noche”.

Y nos vimos a la noche, en la Catedral del Tango. Éramos pocos: Lautaro, Juan Irio -cantante y bajista de El Estrellero-, Lisandro Capdevila, María, una amiga de Lautaro, el hermano de Barceló, mi novia y yo. 

Y John Stirratt, el bajista de esa banda que fuimos a ver a Uruguay.


Había comprendido el temor de Lautaro por conocer a un músico admirado, pero John -quizá sin sospechar que estaba rodeado de gente que ama su música- resultó ser un tipo de lo más amable y copado. Ahora sí, nada podía fallar. Tomamos vino, lo atacamos a preguntas sobre el show, la gira, su familia. Le contamos que la gente los esperaba con ansiedad (la gente: los que estábamos en la mesa). Hablamos del Premio Nobel Bob Dylan, de El Estrellero, de Big Star, de la Selección argentina, de tango, de la ciudad... fue un momento genial e inesperado. Estábamos todos muy contentos y él se mostraba atento, curioso y charlador, también. Al rato llegó Pat Sansone -el hombre que le saca música a una mandarina- con su mujer y la charla prosiguió. Brindamos, les contamos que habíamos ido a Uruguay, pidieron disculpas y las aceptamos porque ¡eran dos Wilco pidiéndonos disculpas! 

Hasta que en un momento fue hora de irse para ellos, saludaron y dijeron adiós. Y nosotros, apenas salieron, marchamos también, entre abrazos de emoción incrédula. No nos sacamos una foto pero qué importa: el momento está grabado. Después de esa noche, si el show estaba más o menos bien, seríamos felices.

Y el show fue el mejor que muchos de los presentes vimos en nuestras vidas.


Lo dicho a parte del grupo la noche anterior -aquello sobre la ansiedad de la gente- resultó extensivo a miles de personas que colmaron el fantástico microestadio que se erige en el predio de Villa Martelli (uno de los tantos despilfarros del kirchnerismo, je). Algo así como un Luna Park pero que suena bien, y donde un rato antes que Wilco, Juana Molina peló su propuesta inquietante y abrasiva: es difícil no quedar hipnotizado ante la disposición visual y la retroalimentación sonora de Juana.

Pero Wilco. Había cosas que ya sabíamos de ellos: su discografía es más bien notable y está llena de grandes canciones, sí. Cualquier lista de temas se iba a quedar corta teniendo en cuenta dicha amplitud de repertorio y su consabida heterogeneidad. Ahora, ¿cómo se explica el sonido que resultó de esos seis tipos? ¿Es posible que seis humanos logren perfeccionar y mejorar el audio de un disco con semejante facilidad? 

Por un lado, es innegable que el escenario, un estadio cerrado, ayudó. Aunque es probable que Wilco suene muy bien en un espacio abierto, los escenarios indoor en el BUE sonaron mejor que el escenario principal. Por suerte les tocó adentro.

La suspensión del show uruguayo, según argumentó Gaucho Producciones, sucedió por “imprevistos de logística en relación al transporte regional de su (enorme) carga (...). Se hace imposible que pase por Montevideo en tiempo y forma”. Ver cómo los tres guitarristas -Jeff Tweedy, el demencial Nels Cline y el comodín de comodines Pat Sansone- cambian su instrumento casi canción tras canción explica un poco cómo la preocupación por el sonido es total, al nivel de un disco. Producción en vivo (y mucho trabajo y ensamble, porque se hace en cuestión de segundos).

La carga es enorme.


Si el disco es la obra estática, el vivo va a ser la obra extática: la banda es enérgica y sutil y desde la presentación del show introduce los climas por donde va a viajar. En solo cuatro canciones deja boquiabierto y desnucado al público: “Random Name Generator” es la apertura, con las guitarras insinuando lo que vendrá, “I Am Trying to Break Your Heart” y su sensibilidad nerviosa y noise demuestra que cuando bajan las revoluciones pueden ser inquietantes, para “Art of Almost” ya te están volando la cabeza y “Misunderstood” es pura dulzura acústica (Stirratt se calza la guitarra de doce cuerdas, Cline la lap-steel guitar, todo está en su lugar: armonía pura). 

Luego mostrarán aun más facetas, como en la jazzy “Hummingbird”, una sorpresa que les sentó sensacional para probarse como banda de bar (una banda de bar que te volaría la peluca, por supuesto); o el repaso por su primer disco, A.M., y la canción americana derecho viejo “Box full of letters”. Son los mismos seis tipos, mutando de un instante a otro, siempre al servicio de la música. No hay mucho circo ni boludeo, y Tweedy es un frontman más bien parco que esta vez parece estar de excelente humor y algo sorprendido por la respuesta y los coros de la gente. Bueno, al menos a los argentinos (!) nos encanta creernos esto: estaban contentos.

(La lista de temas fue toda una atención para con el público. Siendo esta la primera vez del grupo en el país, Wilco basó su repertorio en tres discos apreciados por los fanáticos -Yankee Hotel Foxtrot, A ghost is born y Being there- y eso se notó. Ojo, los temas de Schmilco y el único de Stars wars no desentonaron para nada con el resto).


Más allá del lugar, más allá de la logística, más allá del ensayo, el oficio y los stages. Hay una explicación que es la más elemental de todas y la única que cabe para comprender semejante nivel de excelencia. Primero, lo ya dicho: las de Wilco son grandes canciones, y en ellas se rescata una enorme y diversa paleta sonora. La lista de influencias y reminiscencias es interminable y va desde Neil Young y Lennon hasta Big Star, pasando por Television, Sonic Youth, The Band y un etcétera interminable. Wilco es una antena, sí, pero retransmite con frecuencia propia.

Otra: esta formación parece ser el seleccionado perfecto para ejecutar una colección tan vasta y ecléctica. A estas alturas, es la alineación más perdurable en la historia del grupo y resulta lógico: se escuchan todos, cada elemento está donde tiene que estar y porque tiene que estar. Parece sencillo pero es complejo manejar los silencios, los arreglos, los detalles, y eso no deja de sorprender en todo el show. La capacidad de Glenn Kotche para aporrear su batería -con un set de platos preparados que aporta sonidos poco usuales- como un demente, o repetir un beat preciso y dejar que destaquen las guitarras y las teclas. La ductilidad de Sansone para ser un violero de arreglos o guitarrazos, o sentarse a los teclados, o empuñar una acústica, o tocar una maraca que da pequeñísimas pinceladas (pero tiene que estar ahí), o el glockenspiel que lleva la melodía en “I’m always in love”. El tipo es un camaleón: cuando toca la guitarra tiene pose de guitar hero, tras los teclados se retrae. Y así con todos: John Stirratt toca y canta con una facilidad pasmosa, se planta como el ladero de Tweedy -son los únicos miembros originales- pero siempre cerca de Kotche.

¿Alcanza para explicar semejante demostración?

Sigue siendo difícil narrar momentos como “Via Chicago”, donde se superponen dos planos: el de la canción estoica y simple que sostienen a dos voces Stirratt y Tweedy, mientras detrás de ese halo de belleza, Cline y Kotche producen lo otro, un océano de ruido desquiciado que, sin embargo, no parece perturbar a los cantores. Caos y lullaby.

Fue tal la euforia del cierre con “Spiders (Kidsmoke)” y “I’m a wheel” -un binomio que funciona por oposición: misterio compulsivo contra arenga rocanrolera- que seguir escuchando música era casi ridículo. La leyenda ya estaba escrita.


Igual se hizo el intento: Flaming Lips palideció ante lo hecho por Wilco y brindó un show muy preocupado por la purpurina y poco por la música, con más baches que la luna -demasiado tiempo perdido- y que nos echó del escenario principal al instante. Había que cerrar el círculo y El Estrellero tocaba a las diez en punto. Vamos para allá a escuchar ese puñado de canciones fantásticas.

Y vaya si el círculo se cerró: cuando entramos al escenario Music Box, la banda recién empezaba y entre el público pudimos divisar a uno de los músicos que nos había dejado sin palabras minutos atrás: John Stirratt escuchaba con atención a sus acompañantes de aquel inolvidable viernes por la noche. Terminó el show de los platenses -en media hora es difícil calentar, pero tuvieron la astucia de enganchar las canciones para ganar tiempo- y ya era suficiente. Nada iba a empardar esas casi dos horas de magia, por lo cual emprendimos la marcha mientras nos cruzábamos a infinidad de amigos que, como nosotros, se agarraban la cabeza y preguntaban “¿cómo hicieron lo que hicieron?”.

Ya podíamos asegurar que aquella Evening with Wilco se convirtió en dos noches inolvidables. En Schmilco hay una canción, “Happiness”, que dice “Happiness depends on who you blame”.

Fue culpa de Wilco.


[Fotos por Victoria Schwindt]

lunes, 29 de agosto de 2016

Este cielo de estrellas caerá


Era lógico y esperable, pero sorprendió igual: El Estrellero publicó Drama, uno de los grandes discos del año para el rock argentino.

¿Por qué lógico y esperable? Pues bien, El Estrellero es el grupo en que Juan Irio y Lautaro Barceló continúan una sociedad que nació en 2014, cuando Irio firmó a su nombre un disco de honda tristeza y poética oscura, El ideal de lo común, y convidó a Barceló para que acompañase con su guitarra las canciones más apesadumbradas que hizo hasta el día de hoy.

¿Y esos dos quiénes son?, podría seguir el cuestionario. Juan Irio fue, como en El Estrellero, el bajo y la voz de Thes Siniestros, uno de los grupos más huidizos a las etiquetas en la última década. Lautaro Barceló fue tan huidizo, él, que más o menos por los mismos años integró Orquesta de Perros, Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, Canto el Cuerpo Eléctrico y Campamento; además grabó algún disco solista que puede encontrarse buceando Bandcamp. El año pasado subió allí una sola canción que vale lo que un disco: “Los meses”, cantada a dúo con Jorge Serrano. Como en El Estrellero, poniéndole voz y guitarra a la causa.

Con todo ese bagaje -no esta data fría transcrita para explicar que hay un antes, sino las canciones que hay detrás-, la expectativa era: un álbum de esta dupla tiene que dar la talla. Lo que no sabíamos era que Drama iba a ser el mejor disco, quizá, casi seguro, por qué no, debe ser, que hicieron Irio y Barceló hasta hoy.

Pero a esta altura es injusto hablar sólo de ellos dos. Y más después de haber visto El Estrellero en vivo. El grupo realza las bondades más primitivas de la canción: la melodía reluce, las letras ganan cuerpo -más aún cuando todos cantan- y el resultante es una obra precisa, robusta y sofisticada. Gregorio Jáuregui (de Muerte al Tío Cosa) en batería, Alejo Klimavicius (de Fus Delei) en guitarra y coros, y Juan Baro Latrubesse (de Pájaro Escultor) en teclados completan el quinteto y aportan fuerza y juventud, floritura y atmósfera.

¿El disco? Al fin, vamos a Drama. Pónganse los auriculares. Escuchen esos primeros 45 segundos. Stop. Suspenso y ascensión: así construye El Estrellero desde el vamos. Capa tras capa resulta una textura vaporosa, quizá en consonancia con lo primero que se dice, entre ecos: “Suena ya la música de oriente, mágica, luciferal”. Stop otra vez.

Luciferal: De Lucifer, príncipe de los ángeles rebelados, y -al.1. adj. desus. Soberbio, maligno.

Mística y sombría, así es “La fórmula”, la canción que abre y, más que abrir el disco, envuelve. El tintineo de guitarras y teclas, el susurro del narrador, la fuerza coral del estribillo, el amor “que nunca tiene nada”; y el desborde de la guitarra hacia el final, entre ohohohs que se desinflan.

Qué decir de “Rima”, que lleva la épica pop un paso más allá. Menos oscura -bueno, el “hemos venido a morir, ¿no te diste cuenta?” puede llegar a contradecir esto- y más elegante, se impone a los guitarrazos -detalles deliciosos cortesía de Barceló y Klimavicius- una historia de (des)amor montada en una melodía que llega a su Everest en el estribillo, adherente y triunfal. A Daniel Grinbank le debe haber bastado con esta canción para programar al grupo en el Festival BUE el mismo día que Wilco: lógica pura.

“Pobre corazón” es lo único compuesto a dúo por Irio y Barceló y tiene un desarrollo similar -no se asusten por la comparación, es una mera cuestión formal- a “A day in the life”: el comienzo del tema, difícil de catalogar como estrofa sabiendo lo que sucede después, es lo primero que canta Barceló en Drama. De golpe se arriba a un microestribillo, arrebatado por un torbellino de guitarras que quiebra al medio el tempo y lo lleva todo a un pulso andante, ahora con la voz de Irio. En la parte de Barceló el corazón sufre, en la de Irio ya “no late”.

La historia, fragmentada, bien podría sintetizarse como el final, la muerte de, ay, otra vez, un amor. Aunque el segmento Irio culmine su galope estoico casi con una conclusión: “Breve historia de los átomos de luz”. De aquella estrofa + estribillo de Barceló no tendremos más noticias, como si se hubiera desintegrado y hecho perlas. De haber continuado así, también habría sido una canción grandiosa… pero como si la luz y sus latidos se apagaran, la intensidad deviene calma para que las guitarras reconstruyan desde el poco pulso que queda. Imaginemos: el corazón resiste hasta que explota, lejos de arrullar pero también de la muerte súbita. El minuto final narra el desenlace: aceleración, reposo, liberación, reverberación y… no queda más. Una canción elástica e impecable, con el toque de los dos autores bien marcado. Que se repita.

Después de semejante laberinto, “Deja que te guarde” asoma su nariz como la pieza más sencilla -no por eso menos amable-, justa y necesaria previo a la siguiente excursión de subibaja, otra gema: “Es mejor”. Qué apenado suena ése “Llueve dentro del sol”, más allá del pulso irrefrenable. Casi tanto como el estribillo de “Los traidores” (¿inspirado por cierta coyuntura política?): “Deberás saber algo que yo sé: los traidores no mienten cuando están detrás”. Para “Medicamentos”, Barceló se pone el traje de perdedor y vuelve a sentarle bien: un hipocondríaco necesitado de amor y con la autoestima por el piso.

Hecha la recopilación de tristezas y neurosis, el lector podría creer que el disco es un liso y llano bajón. Encima se llama Drama. Pero no se asuste, amigo: si usted escuchó canciones sabe que muchas veces, casi todas, funciona mejor así. La paradoja es contar la tristeza entre melodías indelebles y canciones que se sacan la mufa de encima (no olvide: llueve dentro del sol). O mejor, como dice “Llegará”: Necesito vivir más de la cuenta yo también /para saber por qué duele vivir así… / No sé.

Duele, pero hay que seguir para saber por qué y encontrar la solución. Ya estamos en el baile. ¿Baile? “Fiesta de lobos” sale a la pista con, otra vez, aroma a desencanto amarillento (“Vienen asomando ráfagas de miedo”; “Lo que de día nos hace reír/ llega la noche y nos asusta tanto”). Se baila pero, recordemos, duele.

“Preámbulo a la vigilia” debe ser el momento definitivo de contemplación, quizá por eso el cierre. Una resolución tan poética como aquel inicio incandescente, donde El Estrellero retoma la paradoja y la melancolía, hasta que un recurso bastante utilizado en el género canción -se silencia la banda y el cantor queda solo acompañado por su guitarra- nos da el último susurro previo a una coda que se detiene de repente, grotesca:

Allí abajo resonó su frágil voz,
el único lugar donde podría ser escuchado el tiempo que durara el eco.
Sólo aquella vez, logró hallar la luz y encontró la paz tapado de lodo,
bella aurora austral, una hoz cortando las estrellas.

“Una hoz cortando las estrellas”. Quizá se explique el nombre en ese gesto, tan precioso como este Drama. Estrellas, caigan en forma de canción.

[Publicado el 25 de julio en ArteZeta]

martes, 25 de noviembre de 2014

Nuevos discos, nuevas drogas

Es hermoso seguir leyendo en 2014 que no hay música nueva, que hace rato "no pasa nada". Ese tipo de sentencia suele hablar más de quien la dice (muchas veces periodistas prestigiosos; otras tantas, ¡los mismísimos músicos hablando de sus colegas!) que de lo que sucede en las márgenes de la industria. Lo que pasa, pasa siempre, y bien sabemos que esto de escuchar música es un ejercicio trabajoso que unos cuantos no están dispuestos a llevar a cabo...

Hace un par de semanas creé una carpeta en el escritorio de mi PC que se llama 2014 y tiene más de ochenta discos nacionales editados este año. De a poco, entonces, trataré de que hacer justicia con este año tan fructífero (mucho de lo que hay en la carpeta está buenísimo). Esta vuelta, vamos con cuatro novedades solistas:


Juan Irio - El ideal de lo común: En lo que va del año hubo tres bandas platenses y bellas que anunciaron su despedida: Orquesta de Perros, Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete y Thes Siniestros. Juan Irio, cantor de estos últimos, se encarga en su debut solista de tocar casi todo, acompañado por un desertor de las otras dos bandas que dijeron chau por estos días, el joven y talentoso guitarrista Lautaro Barceló. El ideal de lo común tiende un puente sonoro con la melancolía de Dorado y eterno (último y gran disco de los Siniestros), aunque profundice en los climas más reposados y las canciones de duraciones larrrgas, casi de responso (La derrota, Canción para Carola, Nuestro error) y tristeza que acaricia (Este tiempo no fue hecho para nosotros, Los ídolos). La naturaleza anuncia soledad (El pinar) y futuro (Trepar el ciruelo) y las letras levantan la vara del rock argentino del último lustro: poéticas, milimétricas. Advertencia: no lo dejen pasar.


Gastón Massenzio - Otra luz: Si hay un sello que dio en la tecla en 2014, ése es Fuego Amigo Discos: todo lo que escuché bajo su etiqueta es original y de buena factura (irán cayendo aquí de a poco). Otra luz parece, de buenas a primeras, una celebración de la amistad, la distensión y la simpleza en la que el también platense -aunque radicado en Capital- Massenzio se rodea de amigos/invitados para colorear canciones sencillas y cálidas (Sol distante) y otras más bien taciturnas tirando a oscuras (Lago congelado; la psicodelia acústica de Incógnita (cuatro años luz), ¿será para Cerati?). Con las escuchas nos vamos dando cuenta de que triunfa el costado más introspectivo: cuando Massenzio se sienta al piano en La última noche -balada dark- y Alma sin voz -beat de trip-hop + voz femenina fantasmagórica, cortesía de Mene Savasta- remite a los Thom Yorkes y Fionnas Apples del mundo... y sale muy bien parado.


Juan Ravioli - Allá voy / Bajo la sombra: Celebramos que tras cuatro años de silencio discográfico haya vuelto Juan Ravioli. Es un retorno particular: sólo dos canciones en casi veinte minutos. Más que un simple, aquí bien puede hablarse de un extended play; pero esos resultan meros detalles técnicos, porque Allá voy y Bajo la sombra son ante todo batallas ganadas a los estándares de la canción pop, un desafío duracional al encorsetamiento capitalista (!), y lo justo y necesario de todo el universo sonoro de Juan compactado en dos piezas extensas. La una, Allá voy, entre el western y la contemplación spinetteana; la otra, Bajo la sombra, de impronta prog-pop y leves gestos folclórico/jazzísticos... aunque en el cierre vire a melodrama casi metalero. La soledad se torna eje temático: "Todas las voces que alguna vez hicieron eco en mi interior, se van" o Esto Debe Ser La Soledad Más Absoluta. Aunque el sonido tremendo del final lo diga aún mejor.


Leopo - Puñal 2: Debería ser pecado mortal escribir sobre un disco que se erige como "2" -o sea, la secuela de otra cosa-, sin conocer la parte "1". El lugar del puñal fue el uno... pero empecé sin lugar y quedé encantado igual. Leopo de Sarro (Surales) pela un disco lúdico al borde del ludopatismo, ese juego que también les sale a sus colegas Botis Cromático y Sofía Viola. En este caso, casi lo-fi (¡o casi hi-fi!) y casero, como si el hombre quisiera que hasta se escuche la madera de su guitarra criolla, compañera exclusiva en la aventura. De Sarro sabe que para jugar el juego hay que saber las reglas (Para resolver las cuentas/ es mejor saber las tablas./ La guitarra en sobremesa/ mejor suena) y las tiene clarísimas: ¡cómo toca la viola! Puede ser un rasgueador compulsivo o apelar a su técnica para reproducir cosas intocables (chequeen El amor en la tierra, la intro de Azucena y la breve e intensa Lagrimita, sino). Telúrico y hermoso. Y eso que no hablé de su voz aterciopelada.