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jueves, 10 de marzo de 2016

Pez, sagrado tesoro

*Advertencia al lector: este texto repite el concepto rock nacional en reiteradas oportunidades.

Facebook está lleno de páginas, amigos, desconocidos, solicitudes y desde hace unos días, iconos para describir tu sentimiento más exacto hacia el mundo. Entre tanto bombardeo hay uno improcedente, no tan lógico y detectable como los otros: el de los llamados "Grupos". Pueden agregarte a un grupo sin que te enteres y de golpe lloverán notificaciones de esos congresos de idiotas donde se comparten fotos graciosas, se debaten pavadas sobre los partidos de Racing o se descifran (mal) los acordes imposibles de Spinetta.

Pero hay un grupo al que, no sé por qué, de vez en cuando entro. Se llama Pez Apesta y en él, fanáticos desquiciados del otra vez cuarteto comparten sentimientos y postales sobre la banda de Ariel Minimal, Franco Salvador y Fósforo García (más quien se sume a esa columna vertebral, hoy el gran Juan Ravioli, jugador de toda la cancha). Desde ahí avisaron hace un par de semanas que Pez estaba en la Rock and Pop y, entre los comentarios, uno citaba a Minimal: "el disco nuevo ya está en internet si se lo busca". Así era, nomás: el grupo dijo que subiría la novedad el viernes 26 de febrero y en su sitio, pero el día anterior, Jetong.xyz albergaba el supuesto enlace a la felicidad. Un par de clics y allí el acceso a Rock Nacional. Lo encontré antes de que lo pusieran en Pez Apesta.

(Párrafo aparte: se armó un debate picante al respecto, entre allegados al grupo y el público impaciente que no supo esperar unas horas la versión más fiel del álbum; al otro día se bajó el disco en mejor calidad desde el link oficial).

El título debe asustar a unos cuantos fans radicales (duplico) que ven en la apuesta cancionera de Sanzo y los suyos una amenaza al progresivismo que Pez tan bien exhibió aquí y allá en veintipico de años de álbumes notables. ¿Rock nacional? Cancioncitas, bah. Si es rock nacional no va a ser tan distorsionado, supongo que se piensa. La oreja nos dirige hacía una tímbrica, un volumen, una vaga idea de canción que se nos hace propia y que trascendió décadas, desde fines de los 60 hasta hoy. Es una marca, no los culpo. Recuerdo a mi amigo el Mono señalando una canción del disco By the way -"On Mercury"- y diciéndome "¡suena a rock nacional!". Sin ser un erudito, algo de razón tenía.

Los links son instantáneos si buscamos primos dentro de la vasta discografía de Pez. Rock Nacional es altamente emparentable a Hoy o aquel sol detrás de otro sol: contemplación ("Lo nuevo" es casi para meditar), canciones brillantes y limpias, santanismos (la plegaria de "Más música", que ya habían adelantado y venían tocando, una delicia), pulsos cercanos al candombe y más percusión que nunca (algo parecido a la clave 3:2 en "Cuidate, Monito"). Cuando un grupo tiene tantos discos, lo primero que se hace es buscar los parecidos y los diferentes, ¿cierto?

Hay más voces cantantes, también, como en la preciosa coda de "Disparado". Ravioli se hace notar con sus teclas y su garganta, en aportes esporádicos y distintivos dentro de un grupo poco acostumbrado a los coros.

Pero volvamos al concepto. Rock Nacional no es un disco sino un lugar de refugio. Desde su portada -recuerda la de Instituciones de Sui Generis, aunque es todavía más apocalíptica- y su enunciado se autodelata. Nos mete de cabeza en la historia del rock argentino: un intento de salvataje del estado de ánimo ante la evidencia de lo que presagia el canto. ¿Qué se presagia? Tiempos difíciles. ¿Cuándo? Hoy, mañana. ¿Por qué? Lo que estaba no está más (estúpida y sensual pérdida). ¿Alguna vez el rock nacional dejó de ser ese ente salvador? Quizá un rato durante el kirchnerismo.

Desde sus orígenes, o con la dictadura atroz que vino luego, o en los 90 de Menem, incluso en el destapado retorno a la democracia, el rock vernáculo siempre estuvo atento al gesto político. Llámese Charly García o Los Violadores, Fito Paez o La Renga, ya fuera rozando las boletas o metiendo la cuchara hasta el fondo. Indudablemente, para el rock local este no es un ítem que se pueda pasar por alto, aunque todavía queden gansos que desde su rol de artistas no quieran, porque no deben, descender a la arena política.

Y si la política hiende, de la euforia a la poca memoria hay un solo paso, todo pasa rápido y concluye al fin, ahí está (el) Rock Nacional. Setentista desde la evocación hasta el sonido, de ese rock nacional es este RN. Pero también de los otros: es evidente el parecido -agárrense, talibanes- entre el pasaje de cierre de "Tan deprisa ya" y la introducción de "Loco un poco" de Turf, por caso. Leído en la red de redes: Minimal dijo que esa canción le sonaba a Man Ray.

En el fondo, y aunque siga fuera de la etiqueta, posiblemente porque para ello hay que contar con una mayor legitimación popular, como Las Pastillas del Abuelo o No Te Va Gustar -¡uruguayos que suenan en la Mega!-, Pez siempre usó con orgullo esta remera: más allá de las citas a Miguel Mateos o a la revista Pelo, esa presencia está en su música. Pez no es rock nacional desde Rock Nacional, mucho menos por apropiarse de una frase del exlider de Zas. Es lo que es por derecho propio, por historia, por hermandad sonora.

***

¿Más música? Vaya si es necesaria, mucha, otra vez compañía ante la desesperación y la soledad (¿qué se puede hacer salvo escuchar Rock Nacional?). Canciones tan llanas como "Cerezas" o la mencionada "Tan deprisa ya" son eso, algo así como mensajes humanistas bajados por la antena del imparable cantor quemero. En la vida Pez llegó a estos niveles de desnudez, por lo que habrá varios horrorizados que miren con mejores ojos al Minimal místico y guerrero que vocifera en "De la vieja escuela del amor".

El cierre del disco es una canción noble y breve, "Calabacita", que venía sonando en los shows. La festejada aquí es nada menos que Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de la Nación. Difícil encontrar tanto afecto, explícito, desde el rock y para un político. Se canta:

Me dicen que te vas, no lo puedo creer
Postales de lo que vendrá y el miedo a no poder
Seguir acá sin vos, saber que los otros ni dan
Todo lo que pasó no desaparecerá, ya lo vas a ver

Me dicen que te vas, no lo quiero creer 
Y no soy el único que espera que vuelvas por acá

En el video que la banda subió a YouTube, sobre el final se proyecta una Cristina radiante, triunfal, saludando a la multitud. Se entendía sin la foto, pero este pez por la boca no pensaba morir; Pablo Dacal diría que es superficial porque "no esconde nada" (la postal de lo que vendrá está en la tapa).

De Pez al pueblo, en la cara.
Al fan: No tengas miedo/ sólo es lo nuevo.
Al novel:  Te doy la bienvenida.

Si entienden los dos, vamos a volver.

martes, 25 de noviembre de 2014

Nuevos discos, nuevas drogas

Es hermoso seguir leyendo en 2014 que no hay música nueva, que hace rato "no pasa nada". Ese tipo de sentencia suele hablar más de quien la dice (muchas veces periodistas prestigiosos; otras tantas, ¡los mismísimos músicos hablando de sus colegas!) que de lo que sucede en las márgenes de la industria. Lo que pasa, pasa siempre, y bien sabemos que esto de escuchar música es un ejercicio trabajoso que unos cuantos no están dispuestos a llevar a cabo...

Hace un par de semanas creé una carpeta en el escritorio de mi PC que se llama 2014 y tiene más de ochenta discos nacionales editados este año. De a poco, entonces, trataré de que hacer justicia con este año tan fructífero (mucho de lo que hay en la carpeta está buenísimo). Esta vuelta, vamos con cuatro novedades solistas:


Juan Irio - El ideal de lo común: En lo que va del año hubo tres bandas platenses y bellas que anunciaron su despedida: Orquesta de Perros, Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete y Thes Siniestros. Juan Irio, cantor de estos últimos, se encarga en su debut solista de tocar casi todo, acompañado por un desertor de las otras dos bandas que dijeron chau por estos días, el joven y talentoso guitarrista Lautaro Barceló. El ideal de lo común tiende un puente sonoro con la melancolía de Dorado y eterno (último y gran disco de los Siniestros), aunque profundice en los climas más reposados y las canciones de duraciones larrrgas, casi de responso (La derrota, Canción para Carola, Nuestro error) y tristeza que acaricia (Este tiempo no fue hecho para nosotros, Los ídolos). La naturaleza anuncia soledad (El pinar) y futuro (Trepar el ciruelo) y las letras levantan la vara del rock argentino del último lustro: poéticas, milimétricas. Advertencia: no lo dejen pasar.


Gastón Massenzio - Otra luz: Si hay un sello que dio en la tecla en 2014, ése es Fuego Amigo Discos: todo lo que escuché bajo su etiqueta es original y de buena factura (irán cayendo aquí de a poco). Otra luz parece, de buenas a primeras, una celebración de la amistad, la distensión y la simpleza en la que el también platense -aunque radicado en Capital- Massenzio se rodea de amigos/invitados para colorear canciones sencillas y cálidas (Sol distante) y otras más bien taciturnas tirando a oscuras (Lago congelado; la psicodelia acústica de Incógnita (cuatro años luz), ¿será para Cerati?). Con las escuchas nos vamos dando cuenta de que triunfa el costado más introspectivo: cuando Massenzio se sienta al piano en La última noche -balada dark- y Alma sin voz -beat de trip-hop + voz femenina fantasmagórica, cortesía de Mene Savasta- remite a los Thom Yorkes y Fionnas Apples del mundo... y sale muy bien parado.


Juan Ravioli - Allá voy / Bajo la sombra: Celebramos que tras cuatro años de silencio discográfico haya vuelto Juan Ravioli. Es un retorno particular: sólo dos canciones en casi veinte minutos. Más que un simple, aquí bien puede hablarse de un extended play; pero esos resultan meros detalles técnicos, porque Allá voy y Bajo la sombra son ante todo batallas ganadas a los estándares de la canción pop, un desafío duracional al encorsetamiento capitalista (!), y lo justo y necesario de todo el universo sonoro de Juan compactado en dos piezas extensas. La una, Allá voy, entre el western y la contemplación spinetteana; la otra, Bajo la sombra, de impronta prog-pop y leves gestos folclórico/jazzísticos... aunque en el cierre vire a melodrama casi metalero. La soledad se torna eje temático: "Todas las voces que alguna vez hicieron eco en mi interior, se van" o Esto Debe Ser La Soledad Más Absoluta. Aunque el sonido tremendo del final lo diga aún mejor.


Leopo - Puñal 2: Debería ser pecado mortal escribir sobre un disco que se erige como "2" -o sea, la secuela de otra cosa-, sin conocer la parte "1". El lugar del puñal fue el uno... pero empecé sin lugar y quedé encantado igual. Leopo de Sarro (Surales) pela un disco lúdico al borde del ludopatismo, ese juego que también les sale a sus colegas Botis Cromático y Sofía Viola. En este caso, casi lo-fi (¡o casi hi-fi!) y casero, como si el hombre quisiera que hasta se escuche la madera de su guitarra criolla, compañera exclusiva en la aventura. De Sarro sabe que para jugar el juego hay que saber las reglas (Para resolver las cuentas/ es mejor saber las tablas./ La guitarra en sobremesa/ mejor suena) y las tiene clarísimas: ¡cómo toca la viola! Puede ser un rasgueador compulsivo o apelar a su técnica para reproducir cosas intocables (chequeen El amor en la tierra, la intro de Azucena y la breve e intensa Lagrimita, sino). Telúrico y hermoso. Y eso que no hablé de su voz aterciopelada.