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martes, 4 de septiembre de 2018

Los Mundos Posibles: A dos voces

 Los Mundos Posibles por Eugenia Kais.

En 1986, Luis Alberto Spinetta y Fito Paez grabaron en conjunto Lalala. Aquel puede ser señalado como el primer gran encuentro entre maestro y alumno del que se tenga memoria en el rock argentino: dos artistas de distintas generaciones, uno muy influenciado por el otro, trabajando codo a codo más allá de edades y carteles. Los ejemplos se multiplican si liberamos las fronteras. En 2010, el grupo texano Okkervil River rescató del ostracismo a uno de sus ídolos, Roky Erickson -otrora líder de una de las bandas claves de la psicodelia, 13th Floor Elevators- para crear en conjunto un disco tan bello como desconocido, True love cast out all evil. Ese mismo año, nada menos que Elton John hizo lo propio: buscó y encontró a Leon Russell, ídolo de su adolescencia -aunque aquí la brecha generacional sea menor- para hacer juntos un álbum que llevó el lógico título The Union.
En el amanecer de 2018, nos desayunamos con otra dupla. La maestra, esta vez, es Rosario Bléfari. El alumno, Julián Perla. La ¿ex? cantante de Suárez y el líder de Mi pequeña muerte unieron fuerzas pero, a diferencia de los ejemplos de arriba, bautizaron el proyecto. Aquí están Los Mundos Posibles.

La primera pregunta es obvia pero inevitable: ¿recuerdan cuándo se conocieron?
Julián Perla: Yo la conocí no personalmente en mi adolescencia, como espectador, una noche en el Teatro del Plata hace algunos años, donde tocaban con Suárez detrás de un telón de papel que iban cortando mientras subía el ruido y la emoción. ¡Era futurismo barrial! Me pareció de otro planeta. Hoy como amigo y colega me sigue pareciendo de otro planeta, la admiro y es una referencia para mí.
Rosario Bléfari: Yo lo conocí, mejor dicho entré en contacto con su banda, un día en el Centro Cultural San Martín en la enorme sala AB, donde tocaba con mi banda solista de la época del disco Estaciones (2004). Ellos me alcanzaron un disco de Mi pequeña muerte, el primero, Hospital [también de 2004]. Creo que me lo dio el hermano, Germán, que toca la batería en la banda. Lo escuché y me gustó, me cayó simpática esa oscuridad que tenía ya desde el nombre del disco y algo misterioso en la música también; por un lado oscuro pero muy vital, en una lírica que vuelve sobre el batallar en contra de lo que tira para abajo, pero asumiéndolo, permitiéndose también el hundimiento.

Es curioso, pero ambos responden (y recuerdan) cuándo conocieron o se impactaron con la música del otro, y no cuándo intercambiaron saludos y charlaron por primera vez, algo que hoy hacen con la naturalidad de cualquier amigo. Rosario no esquivó aquel impacto: diez años después del primer encuentro, rebautizaría al grupo de aquellos chicos que se acercaron a darle un disco como La Vida Gigante. ¿El objetivo? Ser su banda de apoyo durante 2014, antes de que llegara la aventura de Sue Mon Mont y el efímero retorno de Suárez, ya como leyenda del indie nacional y a caballo de la película Entre dos luces (dirigida por Fernando Blanco, además guitarrista de Valle de Muñecas). La respuesta de amigos y público sobre Bléfari + La Vida Gigante no tardó en llegar: esas dos voces quedan bien juntas.

-JP: Cuando tocamos con La Vida Gigante, descubrimos que nuestras voces se acoplaban muy bien, con naturalidad. Cantamos las mismas melodías en diferentes octavas sin ningún esfuerzo. Y nos encantaba como quedaban. Así que solo nos faltaba una excusa para hacerlo y el disco fue la perfecta.

En esta oportunidad, quien barajó la propuesta fue el alumno. Así lo cuenta Perla: “Yo tenía un grupo de canciones que contaban una historia, había empezado a tocarlas y arreglarlas con Javi [Javier Diz, coproductor del disco y tercera pata de la banda] porque quería que fuesen en un registro mucho más suave que lo que hago habitualmente con Mi pequeña muerte. Siempre jodíamos con la fantasía  de hacer un disco de baladas al piano, como el primero de Tom Waits [se refiere a Closing time], clásico, sin distorsiones y con la voz al frente. Con esa idea empezamos a armar esos temas”. Pero a esos temas les faltaba algo: “En algún momento empecé a sentir que a la historia le faltaba una voz narrativa para completarla y se lo propuse a Rosario, era la excusa que teníamos para por fin cantar juntos. Y empezamos a trabajar en esa segunda tanda de canciones, Rosario me las pasaba por teléfono y con Javi armábamos las bases. Y después todos juntos cerrábamos en el estudio”. Bléfari afirma lo dicho por su compañero: “Así es. Julián me contó de estas canciones, veníamos con ganas de cantar juntos y yo tenía temas disponibles para entrar en diálogo con los de él, en la temática incluso que se planteó: esa historia de amor que se libera de un imaginario dramático y doloroso, o basado en lo imposible”.

***

Bléfari introduce el tema de Pintura de guerra: el amor en su versión despojada, sin el derroche de fatalidad (cuando va mal) o brillantina (cuando funciona) que se le suele asignar en el imaginario pop (ni hablar si pensamos en, por ejemplo, las trágicas líricas tangueras; sin desdicha no habría tango). Vale repasar las letras de estas siete canciones -qué rápido se pasan los 22 minutos del disco- para comprobarlo. Algunas citas: “He tratado de dormir, repasé mil veces nuestra historia (...) Van a quedar algunos sueños por cumplir” (“La guerra del Japón”); “No creo que el amor sea igual a una historia trágica/ que estaremos unidos para siempre, pero mal/ mirando los jardines cuando había que sembrar” (“Condenados”). Las muestras sirven para aclarar más el panorama: Rosario y Julián tratan el tópico de manera más concisa y menos utópica que de costumbre, y eso mismo hace que la tragedia sea desterrada automáticamente. Si dejamos de pensar en el amor para toda la vida, ese donde se sigue por seguir y se termina sufriendo de más, es probable que encontremos la ilación de estas canciones (puede hacerse un link con el disco que Lea Franov, cantante de Las Edades, editó el año pasado, El espacio interior). La forma de cantar de ambos y la instrumentación, delicada, tenue, como los últimos rayos de sol en la caída de un cielo naranja, ayuda a cerrar el concepto. Todo es directo y sutil, levemente raro, desde la poética simple y preciosa hasta las suaves pinceladas de teclados y guitarras acústicas. Cristalino y boscoso. Fílmico. El final de “Donde ruge” es, quizá, el momento de mejor interacción entre las voces, que se funden entre coros para una coda flotante. Otro segmento notable: la electricidad de la frase “Tal vez mi magia pueda más que tu temor”, que por supuesto no está en la sola lectura del verso, sino que se encuentra al escuchar la encendida interpretación de ambos. Como si en esos segundos sellaran la idea global de Pintura de guerra a viva voz (la frase está en la quinta canción del disco, otra pieza mansa y espaciosa titulada “En otra dimensión”).
Sorprende, por la cohesión que logran a la hora de abordar la temática, que no haya canciones firmadas por los dos: “Las canciones (letra y melodía de voz) las compusimos por separado, todo lo demás fue trabajo en equipo”, dice Julián.


¿Persiguieron un concepto sonoro que se emparentara a las letras? ¿Cuántas canciones se mostraron?
JP: Nos mostramos muchas canciones, pero lo que queríamos contar estaba en estas siete. La idea inicial era hacer un disco despojado, directo y lento. Las composiciones de Rosario nos  permitieron jugar más con los climas y aparecieron otros paisajes, desde el vamos sus canciones tenían más espacio. Ahora lo escucho y es lo que más me gusta de Pintura de guerra, el carácter narrativo del sonido de las voces, un sonido para cada una, el equilibrio entre lo directo y lo volado.

Al cantar los dos y teniendo en cuenta la temática, ¿no temieron que, a pesar de ir en un sentido contrario, igual se diera el efecto pareja melodramática de algunos grupos pop? (Viene a la cabeza Pimpinela, pero hay varios más).
JP: Nunca lo pensé, la dualidad que tiene el disco no responde -para mí- a lo melodramático, ni tampoco pensamos estéticamente al grupo como dueto heterosexual clásico.
RB: Son voces, no personajes definidos, que tratan el tema del amor pero se fugan de la problemática clásica del problema amoroso, de la pelea y el regodeo en ella, del reclamo, de la posesión. Justamente las canciones hablan de renunciar a todo eso. Creo que hasta las de Pimpinela ya empiezan a alejarse de sus primeras réplicas. La diferencia -no tiene que ver con desmerecer a Pimpinela, que merecen mi respeto- es una diferencia también formal porque en nuestro caso dialogan las canciones, dos tipos de letra y melodía, dos maneras de componer, más que dialogar dos personajes dentro de una canción.

¿Cómo se llevan a nivel gustos? ¿Comparten músicas y lecturas, por ejemplo?
JP: Somos de hablar mucho cuando estamos juntos, así que pasamos de la recomendación de un libro a cualquier tema de interés general en minutos.
RB: Hablamos mucho, nos reímos mucho y cuando íbamos de viaje con Mi pequeña muerte escuchábamos mucha música todos en el auto. Creo que ahí se gestó el acuerdo del tipo de producción que podía tener un disco donde cantáramos juntos: señalábamos cosas, “qué bueno eso, esa claridad, esa simpleza, esa disposición de los elementos”.

***

Definido el concepto temático y sonoro del disco, la dupla encontró cobijo en Plastilina Récords, el sello peruano-español que se encargará de editar el disco en vinilo. “Yo escucho música en las plataformas. No compro vinilos porque no tengo equipo. Pero me gustan y soy de la época anterior, tuve vinilos y escuché música así en mi infancia y primera juventud, así que me encantan”, dice Bléfari. Perla se hace cargo de ser el nexo con Plastilina: “Empecé a trabajar con ellos para subir los discos de Mi pequeña muerte a las plataformas digitales. Un día les mostré lo que estábamos grabando, les gustó y nos propusieron editarlo”. Para los fetichistas, más allá de la -debatible- cuestión del sonido, el formato permitirá apreciar hasta el mínimo detalle de la hermosa portada del disco, cortesía de Marina Fages.

-JP: Fue una propuesta de Rosario. La obra de Marina que tenemos el gusto de tener en tapa me parece hermosa. Llena de misterios, interminable.
RB: Una obra de Marina Fages era lo más indicado para este disco, si tenía que ser una pintura. Se lo comenté, ella escuchó el disco y me mandó algunas obras. Nos enamoramos de la que quedó, parecía perfecta para la historia que de alguna manera se sugiere. La pareja es bastante andrógina, pueden ser chicos, chicas o un chico y una chica. Eso también me gustaba para tratar el tema del amor, porque ya que queríamos descolocarlo de su imaginario habitual, era ideal que sugiriera una pareja universal.

-¿Por qué decidieron editar el disco en pleno verano?
JP: No hubo una decisión premeditada de salir en verano, ¡el disco terminó saliendo cuando quiso!
RB: Exacto, fue una hermosa casualidad, porque recién hace poco nos dimos cuenta que las canciones mencionaban incluso estos meses de enero y febrero [se refiere a la ya citada “La guerra del Japón”, que dice “además es 2 de enero/ además no hay fútbol ni boxeo”; y a “La ciudad más austral del mundo”, donde Rosario canta “vas a dejar esta ciudad en febrero”].

Aún hay un detalle por resolver en la breve historia de Los Mundos Posibles: cómo se reproducirán las siete canciones del disco en vivo. La naturaleza del proyecto parece ir de la mano con el sonido logrado, taciturno y fluido. Ni Rosario ni Julián tienen claro todavía cómo se despejará la ecuación. Mucho menos cuál será el futuro en la vida del grupo. Algo sí nos queda claro en un futuro no tan lejano: es muy probable que Pintura de guerra aparezca en casi todas las listas de lo mejor del año cuando estemos cerca del fin de este 2018.

-¿Ya pensaron cómo reproducir el disco en vivo o no es la idea llevar ese mismo sonido a las presentaciones que vayan a hacer?
JP: Estamos pensando en eso recién ahora, con mucha felicidad de empezar algo desde cero y con amigos, y relajados.
RB: Eso es, recién estamos pensando en el vivo. Sabemos que vamos a concentrarnos al cien por ciento en las voces, por ejemplo.

¿Qué proyectan para Los Mundos Posibles? ¿Es un recreo dentro de sus otros proyectos y trabajos, o piensan continuarlo en el tiempo?
JP: Todos nuestros proyectos son recreos, ¡por suerte! (Risas). Escolarmente hablando, claro. Nos auguro un futuro unidos y pensamos estirarlo en el tiempo hasta que el tiempo quiera.
RB: Vamos a ir viviendo lo que se nos presente, no sabemos este camino adónde va. Ambos seguimos nuestras cosas todas con el mismo amor e interés, y con la misma soltura. Dispuestos a sorprendernos.

[Publicado en Rock Salta 28, marzo de 2018]

jueves, 9 de marzo de 2017

Atrás Hay Truenos: el futuro ya llegó


En un momento de la charla con Roberto Aleandri, cantante, guitarrista y compositor de Atrás Hay Truenos, el hombre vislumbró el papel diminuto con algunas anotaciones que quien escribe había llevado. Fue hacia el final, cuando el grabador yacía apagado en la mesa del bar. Pero la curiosidad de Roberto pudo más: quiso saber qué había quedado escrito y sin ser mencionado. Su discurso entusiasta hizo el resto y nos llevó a encender el aparato nuevamente.

Con ese fragmento del final -el descubrimiento de Neu!, fantástico grupo alemán que resultó un espejo en el que aquellos adolescentes neuquinos supieron mirarse; y la cita a una película de nombre curiosamente parecido al del grupo- empieza esta segunda y última parte de un diálogo rico en anécdotas y pensamientos (acá está la primera). Sobre la música propia y el arte ajeno (así dijo siempre Aleandri, el arte). Sobre el desarrollo continuo de las canciones y la producción de un disco. Sobre los sintetizadores, el instrumento estrella de su álbum Bronce. Sobre lo que vendrá, empapado por la ambivalencia entusiasmo por el presente artístico-desencanto político total. Y una probable salida que Simon Reynolds tacharía de pospunk: romper todo para empezar de nuevo.

LA SALVACIÓN SE LLAMÓ NEU!
“Conocerlos fue definir que uno podía hacer música. Y querer tomarse el atrevimiento de salir a tocar a un lugar o grabar un disco”, empieza Roberto cuando el grabador se reenciende. Y sigue.

¿Cuándo fue ese encuentro, te acordás?
Con Tito [Héctor Zúñiga, el baterista del grupo] tocamos desde 2003, más o menos. Esto fue en esa época, incluso antes de que fuéramos los Truenos. Ensayábamos con él y otro chico más, Maxi, un amigo que tocaba los teclados. Yo me vine a Buenos Aires a visitar a otro amigo -el Pato Rodríguez, vamos a darle el mérito- que vivía acá con varios neuquinos que no conocía. Y él tenía en su computadora 10 gigabytes de música bajados de internet, perfectamente catalogados. En ese momento era un montón para una computadora. Entonces me volví para Neuquén con varios CDs de mp3, entre ellos, Neu! y otros discos de Alemania de los 70; un montón de música. Y se los llevé a los pibes. Nosotros nos juntábamos a ensayar y siempre escuchábamos música, eran horas charlando y escuchando, como una terapia eterna. Y cuando llegamos a Neu! flasheamos, no lo podíamos creer. Fue decir “ah, boludo, tenemos una banda, estamos haciendo música”. Hizo que todo eso tuviera un sentido, le dio forma a algo que ni nosotros identificábamos que estábamos haciendo. Lo puso en un lugar en el que ya le podíamos decir a alguien qué hacíamos.

Podían citar una influencia.
Sí, y ni siquiera es que éramos parecidos a Neu! ni nada, no sé. Pero era la misma visión de la música y el arte, media hora tocando una nota y entrando en ese mundo sensible, digamos.

Esto no tiene nada que ver con Neu! pero lo anoté como una curiosidad. ¿Sabías que hay una película costarricense que se llama Atrás Hay Relámpagos?
¡No, ni idea! ¡Ya quiero contactar al director! ¿Atrás Hay Relámpagos, en serio? No, man, ¡ya hay que mandarles música! (Risas). Qué loco esto... me gusta porque siempre pensé que el nombre era medio enroscado, a mí nunca me gustó.

Pero ¿quién lo puso?
Entre todos, en una charla. Íbamos a tocar por primera vez y no teníamos nombre, y los organizadores querían hacer un afiche para promocionar la fecha. Era la gente de Domingos de Terciopelo, un ciclo de Neuquén hermosísimo, el más viejo que hay allá (tiene como 15 años). Se organiza con pacientes de salud mental del hospital y un domingo por mes tocan bandas: una onda bellísima, es lo mejor que hay en Neuquén.

¿Abierto al público o sólo para los pacientes?
No, abierto al público y autogestivo, no lo banca nadie. Pero bueno, volviendo al nombre, ahora mismo me pasa que no me gusta. Yo tuve algo que ver, no me acuerdo bien quién lo tiró. Fue así: siempre ensayábamos y grabábamos el ensayo con un aparato que le habían regalado a mi hermanito para su cumpleaños, un juguete que era como un gatito grabador. Tenía dos micrófonos, casetera, y grababa. Lo colgábamos de un ventilador en la habitación donde ensayábamos, grabábamos con eso, y después nos íbamos a la plaza a escuchar las tres horas de ensayo. Ni nos acordábamos de lo que habíamos tocado porque era todo sin parar. Y ahí pasó que una vez hubo una tormenta muy grosa, y en la plaza había toda una alameda gigante, muy vieja. Y bueno, nosotros habíamos fumado, estábamos sensitivos, flasheando, porque era una imagen impresionante... vino de eso, de una cuestión pictórica. Después, la primera fecha fue mágica. Nosotros pensábamos que nos iban a odiar por nuestra música de mierda, que nos iban a sacar cagando (risas). Teníamos sólo cuatro canciones, tocamos y nos hicieron repetir todo el set.

¿Duplicaron el show?
Hicimos dos veces la lista de canciones porque a la gente le pareció hermoso. Hay registro en video de ese primer recital, lo veo y todavía no lo puedo creer. Y bueno, a partir de ahí nos enamoramos de tocar en vivo y ya quedó el nombre. Aunque nos han llamado de mil maneras... Atrás Hay Trenes (risas). Ahora que veo que hay una película de nombre similar me gusta, significa que alguien más pudo haber pensado como nosotros y tiene un poco más de sentido.


LA CANCIÓN NUNCA ES LA MISMA
Aquí retomamos la charla al punto en que había quedado en su primera parte: el disco de reversiones de Bronce y las nuevas formas que toman las canciones con el tiempo, a riesgo de parecer... interminables. Roberto lo explica mucho mejor: “En el disco va a estar la versión cantada de Interminable, que ahora salió instrumental. Es una canción que ya tiene sus versiones -está en un Compipulenta-, pero para mí se sigue transformando y la sigo escribiendo. Quiero ver si logro llegar a la versión definitiva. Me gustaría sacarme esa canción de la cabeza y que quede registrada en el disco, como parte del Bronce”.

¿Eso pasa con las canciones de este disco o con anteriores también?
También pasa con “Luna vieja”, de Encanto. La versión que tocamos en vivo es extendida, tiene todo un final nuevo con otra estrofa que me parece increíble y me hubiera encantado que esté en el disco. Quizá alguna versión en vivo pueda quedar o grabarse. Creo que ahora tengo más consciencia sobre una canción, cantar y decir algo, e ir a grabarlo. Justamente por eso, porque no es normal que pase que vos grabes una canción y la sigas extendiendo. Entonces, me gustaría tomarme más tiempo para la composición. Digo, más tiempo antes de grabar un disco que en el momento de grabarlo. Pero es algo que te digo y después no sé si lo voy a hacer (risas).

Ahora fue al revés el proceso.
Sí, fue totalmente inverso. Teníamos una idea cuando fuimos a grabar, para nosotros las canciones ya estaban desarrolladas y tenían principio y fin. Pero en todo el proceso, las canciones tomaron otro volumen, se expandieron. Y fue más difícil, por una cuestión de tiempo, de fricción, de todo, desarrollar eso durante la grabación. A mí se me hizo más difícil por los contextos: todo sale dinero y no podés estar probando tanto. A la vez, los estudios de grabación son hermosos porque son lugares para ponerle imaginación al trabajo, no tanto lo técnico.

Y con Bronce fueron a ION y se fascinaron.
ION es un lugar increíble, yo me enamoré profundamente. Nunca había estado en un estudio de esa magnitud, son lugares que están preparados para la música, para la imaginación, para la libertad. Fue una experiencia reveladora.

¿Lo próximo que graben va a ser ahí?
No sabemos todavía. Pero va a ser difícil no ir. Me intriga mucho cuál sería la próxima obra nuestra. Ahora, además del disco de remezclas, estamos viendo de hacer un disco de covers, un pequeño EP de canciones que nos gustan: tenemos una canción de Primal Scream, una de Suárez, una de los Perdedores Pop y otra de Lemonheads. Van a ser cinco o seis, y las queremos ir a registrar en vivo a algún estudio. Hay que darle forma a la idea, ese sería nuestro próximo disco. Lo de las remezclas sale seguro porque no requiere de ir a grabar. Y esto lo vamos a hacer con Willy [Ruiz, alias Doctora Muerte], el batero de El Mató. Escuchó el disco y nos dijo “quiero grabarlos”.

Les gusta trabajar con productores, ¿no?
El productor es una figura importantísima, porque realmente te da una visión que vos no vas a tener. Y es así, por más que vos tengas mil visiones. Para mí la producción tiene más que ver con lo artístico, no con lo técnico, eso se resuelve yendo a un buen estudio. El tema es la visión sobre el arte y sobre quiénes son los músicos, cómo se captura eso. El productor tiene que saber cómo son las personas y entender lo que uno quiere hacer. Ese aura, el alma, no sé cómo decirlo, es algo humano y también algo medio espiritual que hay que lograr que quede registrado. Es mucha tensión y no es un trabajo que pueda hacer cualquier persona. A mí me interesa que el productor sea músico, que toque en el disco y sea un integrante más de la banda. En este disco lo logramos, con Juan Cruz [Palacios] a lo último ya estábamos tocando, prácticamente. De hecho, tocó los sintetizadores en un par de shows nuestros. Para mí es así: no puedo ver al productor como alguien que dice sí o no. Hay que ver quién será el próximo.

¿Les gustaría alguien en particular?
Juan Cruz y Félix [Cristiani] son dos chabones que hacen discos hermosos. Pero bueno, con ellos ya trabajamos. Me gusta [Ezequiel] Araujo, me parece que es un genio. No lo conozco, pero la otra vez vi una entrevista que le hicieron en un blog y me sentí en la misma línea de esto que hablamos. Y bueno, [Daniel] Melero me parece una bestia.

HOLA, SINTETIZADORES
Bronce es un disco meleriano, empezando por el desplazamiento sonoro que hicieron, de la guitarra al sintetizador.
Yo había usado siempre los sintetizadores de la compu. Y bueno, Félix fue productor de Melero. Es un animal, tiene una mente impresionante y sensible, y él toca mucho sintetizadores.Y de ir a su casa a tocar y grabar, me enamoré perdidamente del instrumento, que es fascinante. Eso quedó plasmado en el disco (se ríe).

¿Fue una idea de él?
En realidad no fue una idea de nadie, fue producto de estar ahí haciendo. Prender el sintetizador, probarlo en una canción, que pase algo y empezar a meterse. Teníamos la nave armada de sintetizadores, que también nos permitía grabar -sin ir a un estudio- al nivel de lo que teníamos de ION. Esto lo podíamos hacer cualquier día y a cualquier hora, porque manejás el volumen y no necesitás un equipo prendido al palo, como puede pasar con una guitarra.

Y ¿ves su uso como algo que va camino a convertirse en un patrón?
No te lo sabría decir. De hecho, ahora estamos tocando el disco con el formato de la banda más un nuevo integrante, Marto, Martín Villulla. Él toca los samples y sintes del disco, y obviamente, si lo próximo se compone con alguien que está tocando sintetizadores, el instrumento va a estar.

Pero por ahora la participación de él tiene que ver con el sonido de Bronce.
Sí, porque estamos presentando el disco. Aunque el deseo nuestro es que se quede, porque es un sol y es un músico increíble, toca muy bien. ¡Es la primera que tenemos un músico en la banda! (Se ríe).

¿Te referís a un músico con estudios más formales?
Que estudió, claro, que sabe muchísimo. Nosotros somos todos autodidactas. Y Marto estudió, hizo conservatorio, sabe muchísimo de teoría musical, de composición. De la academia. Lo mágico es que él se complementa a nuestro lenguaje mononota (risas). Fue un encuentro bellísimo, desde el primer día que ensayamos hasta hoy sigue siendo sorprendente. Entonces la idea es que se quede. Para el disco de remixes, él va a participar en la producción de “Interminable”. Le propuse que reinstrumentara un poco la canción, es sutil: sobre lo que tenemos grabado, agregar un sintetizador que toca en vivo y que acompaña mucho a la voz. Sería la única grabación que haríamos, y va a estar formando parte de la creación musical. Ahora, si me preguntás cómo va a estar instrumentada la próxima obra nuestra, es un misterio.


¿CRISIS? ¿QUÉ CRISIS?
El debate de al menos el último lustro de rock argentino gira en torno a una supuesta crisis. ¿Crees que es así? Y de ser así, ¿no es necesario para el rock estar siempre en crisis?
Me fascina la crisis en el arte, el arte es una situación de crisis. Estamos en un gran momento, la crisis es a nivel difusión-mercado. En lo que está llegando a la masividad sí hay una crisis artística horrible, no hay ningún mensaje nuevo para el mundo. Pero hay todo un movimiento de artistas nuevos, no solamente en el rock. Hay una manera nueva de hacer las cosas, de crear el arte, de mostrarlo, de llevarlo a cabo, de presentarlo ante otras personas. Tiene que ver con la autogestión, y me parece que es algo que no pasaba hace muchos años. También es un momento de superinformación para todo, no se puede terminar de abarcar qué es lo que está pasando porque hay demasiado y muy bello. Ojalá dentro de un par de años -o lo más pronto posible- eso pueda llegar a más personas, porque sé que es algo que se retroalimentaría, generaría más artistas. Siento al mundo de las artes menos hermético y más abierto. Por ejemplo, ahora se hacen recitales de poesía, hay miles. Cuando yo era más joven había muy pocos, y tenías que ser un iluminado o un estudioso, no sabías cómo llegar ahí. Lo mismo con la cultura del rock, es más transparente. Me parece que puede cambiar radicalmente las cosas.

Y ¿qué es lo que falla? ¿La responsabilidad es de los medios de comunicación, de los músicos, de quién?
Es una transición y hay muchas cosas que tienen que ver. El Estado es un factor importante en la medida en que fomente la difusión de artistas y brinde espacios. Porque es difícil organizar una fecha, todo cuesta, tenés más trabas que buena onda. Si diera una mano y regulara ciertas cuestiones, ya sería un paso hacia delante. Y creo que el mercado está regulado por algo viejo, está perdido. En la medida en la que entre músicos y artistas empiece a haber más lugares y más comunión, también se va a ir cambiando el mercado y la manera de consumir el arte. Va a llevar tiempo...

Uno ve algunas puntas de lanza. El éxito creciente de El Mató a un Policía Motorizado suele ser el primer ejemplo dentro del rock.
Ellos son una bandera, un estandarte de ese cambio. Para mí representan a la perfección esto que te estoy diciendo: cambiaron la forma de hacer las cosas, de transmitirlas. Y eso da esperanza, me lo imagino llevado a todo, no sólo en la música... en el mundo editorial, qué sé yo. No sé si uno la va a ver, ojalá, sería mi sueño vivir en un mundo como el que describimos. Quizá suceda dentro de 60 años. Y en este momento de la historia creo que puede ocurrir cualquier cosa. Yo no puedo creer que esta persona gobierne un país, no lo quiero ni nombrar. Entiendo que la corrupción existe y es estructural, pero están legalizando el robo en nuestra cara. Acá la gente tiene hambre, no hay laburo, es real: cierran los negocios, están cerrando comercios.

Bueno, recién hablabas de la importancia del Estado...
Es un paso para atrás gigante, yo venía sintiendo una evolución. De la cultura, del papel del Estado en la cultura. Hubo muchos espacios nuevos, pasaron cosas que no habían sucedido nunca. Por eso digo que en este momento puede pasar cualquier cosa, a veces cuesta ser optimista y uno termina pensando en la destrucción total. Que se pudra todo para empezar de vuelta.


*Atrás Hay Truenos sigue su ruta del bronce con dos fechas imperdibles este marzo. El viernes 10 se presentan en la Fiesta Hacele Caso a tu Espíritu, Volumen 7 y 1/2 junto a, por supuesto, Los Espíritus. El festejo tendrá lugar en Niceto Club (Niceto Vega 5510, CABA) a partir de las 23.59 (!). En tanto, el jueves 16 de marzo, desde las 21 horas, tendrá lugar la Noche Solar. Allí, los neuquinos animarán la jornada junto a Mi Amigo Invencible. ¿Dónde? En el Club Cultural Matienzo (Pringles 1249, CABA).

[Fotos de Atrás Hay Truenos por Medusa Azul]

viernes, 17 de febrero de 2017

Atrás Hay Truenos: poner el cuerpo y el bocho en acción


En septiembre de 2016 vio la luz Bronce, el disco más enigmático, profundo y logrado en la trayectoria de Atrás Hay Truenos, grupo de músicos neuquinos que se asentó en la Capital Federal hace ya varios años. Bronce es además un álbum maduro y pensado, insinuante y elusivo, épico desde la sumersión. Desde la primera vez que lo escuchamos nos dibujó un gesto de sorpresa y admiración, y su calidad se mantiene mientras los meses se suceden: parece ser una obra de esas que atravesarán el tiempo sabiéndose perennes, invencibles.

Por eso esta charla con Roberto Aleandri, cantor, guitarrista y compositor del cuarteto que expandió su universo luego de casi tres años de experimentación, trabajo intensivo -al borde de la obsesión- en el estudio y resultados lógicos para con esa búsqueda maniática. Por si hace falta repetirlo, la siembra dio sus frutos.

Fue lógico, entonces, encontrar en Roberto a un tipo lúcido con quien hablar tres horas de corrido de un universo tan amplio, siempre en torno de la música de los Truenos: los procesos de un disco, la recepción del público, las colaboraciones externas, la entrega del cuerpo en pos de la obra, la idea de construir un circuito de música alternativa en todo el país. Ideas, buenas ideas. Y lo mejor: que se proyectan, pero también se llevan a cabo.

Aquí, la primera entrega de esa charla estimulante:

ZONA DE PROMESAS
Recién vuelven de una gira por el sur del país. ¿Cómo los tratan cuando vuelven a Neuquén, su ciudad de origen?
Neuquén está clavada culturalmente, es un desastre. Es la ciudad más grande de la Patagonia, pero no hay por parte del municipio de la ciudad ni por parte de Cultura de la provincia ninguna intención de fomentar la cultura ni de generar espacios. Todo lo contrario, cierran lugares. Nos costó muchísimo organizar la fecha para tocar allá, fue la última que confirmamos.

¿Tenían toda la gira por el Sur menos la fecha en su ciudad?
No había lugares: los teatros que hay en la ciudad estaban cerrados por todo enero. No sé por qué, es el momento en que más gente hay. Es realmente triste, porque no es así en las otras ciudades. Por ejemplo, en General Roca, ya hace dos o tres años que vienen haciendo el Rock al Río. También está el festival de San Martín de Los Andes, El Primer Color; el Prisma en Bariloche; y el Mucho Gustok en Meliquina, una localidad entre Bariloche y San Martín de los Andes.

Claro, hay un circuito de festivales ya.
En Bariloche no tocamos en el festival Prisma, pero nos organizaron una fecha los chicos de Mapache Records, que son varias bandas de allá. Hay una movida de rock impresionante. Las fechas estuvieron increíbles, hubo una onda... gente, predisposición, el arte cuidado. Y en Neuquén fue lo opuesto. Lo hicimos nosotros en un boliche, fue el único lugar que conseguimos y, como no pasa nada en la ciudad, mucha gente arrancó y se fue para los festivales. Nos fueron a ver a Roca porque era gratis, al aire libre, a la tardecita, al lado del río, con un supersonido...

Era más tentador el festival.
Claro. Nosotros buscamos la manera de generar algo en la ciudad que se una a todo lo demás, porque están pasando cosas increíbles en todas las ciudades del país, festivales que unen a bandas de todas las provincias. En diciembre tocamos en Santa Fe, en el festival Creciente Magnética: bandas de Rosario, de Córdoba, nosotros. Y está pasando porque hay gente joven con una visión, que quiere cambiar el mundo. Pero bueno, nuestra ciudad está atrasada 25 años.

¿Cuál es la razón por la que pasa eso?
Es la idiosincrasia del petróleo. Mucha gente vive del petróleo: hay mucho dinero para algunos y poco para muchos. Entonces hay una idiosincrasia del dinero, es bien oscura la onda. Y la cultura está relegada, obviamente. El estado provincial está concentrado en Vaca Muerta [el mayor yacimiento petrolífero de Argentina]. Cualquier cosa que se haga tiene ver con eso, para robarse todo y destruir todo. Viene sucediendo hace años. Hablamos con músicos de allá para forjar algo, decir “bueno, man, empecemos un pequeño festival, una vez al año”.

Y ¿hay un movimiento de bandas para poder hacerlo?
Sí, sí. La ciudad está creciendo mucho pero sigue siendo algo chico, igual. Tiene sus pequeños circuitos: hay muchas bandas de punk y de heavy metal. También una movida alternativa, más reducida, que es en la que nosotros entraríamos. Está el sello Jungla Discos, que empezaron hace poco. Ellos son los que están activando ese costado alternativo, por ponerle alguna etiqueta. Y con ellos es que queremos armar un circuito y llevar cosas de afuera también, para nutrir a la ciudad de cosas nuevas. Cuando yo era chico, cada vez que iba una banda de Buenos Aires era decir “vamos”, no importaba quien toque. Porque también, vos vivís en Neuquén, tocás tres meses y ya está: fueron tus amigos, alguno que otro más y se acabó. Es acotado el circuito, no es tan fácil.

No podés hacer tres shows por mes, por ejemplo.
Olvidate, una sola fecha y ya es bastante. Es mucho más difícil en ese sentido, por eso es importante nutrir a la ciudad de cosas nuevas. Para sumarse a la región, darle un contexto más grande. La misma banda puede tocar sola, después con una banda de otra ciudad... es fundamental.

Y a ustedes en particular, ¿les jugó a favor irse? ¿Los va a ver más gente cuando vuelven o no?
Ahora estuvo re tranqui, no fue mucha gente. Pasó lo que decía, que fue gente a San Martín y a otras ciudades. Pero antes de venirnos a vivir a Buenos Aires, nosotros tuvimos dos años fuertes. Habíamos tomado un teatro... no tomado ilegalmente (risas), sino que teníamos un lugar fijo, muy buena onda con el dueño, que era un muchacho del mundo del teatro, copado total. Y nos había dado bandera blanca para que hiciéramos lo que quisiéramos en un teatro hermoso. En esos dos años, 2006 y 2007, fue que llevamos a Él Mató, ahí nos invitaron al sello [se refiere a Laptra Discos]. Y en ese momento empezaron a ocurrir un montón de cosas cada vez que tocábamos: fiestas donde invitábamos gente a pasar música, bandas que traíamos de Buenos Aires (lo que también nos sirvió a nosotros de link para venir a tocar acá). Nos tomamos el laburo de empapelar la ciudad con afiches, toda una movida. Fue una pequeña ebullición que hubo en la ciudad, y el mejor momento nuestro allá. Recién después de eso nos invitaron de Mamushka Dog Records a participar del sello, del netlabel.

¿Ahora los miran de reojo?
Hay como un recelo. Como es tan chico todo, la gente imagina cosas raras. Por ejemplo: te ve que tocás acá en Buenos Aires y se piensa que vas a ir al programa de Susana Giménez (risas). Reniegan de algo que no existe, es un garrón. Por eso a nosotros nos cuesta un huevo ir a tocar a Neuquén ahora, es rejodido hacer una fecha. Porque son pasajes, un montón de dinero que hay que cubrir... e iba más gente cuando estábamos allá que estando acá, que sacamos los discos. ¡Estando allá no teníamos ni un disco! No sé, quizá cambie con el tiempo. Tal vez, con esta idea de unir todo, aunque sea desde acá empezar a formar algo allá. Porque es increíble, hay bandas impresionantes en todas las provincias, están todos viajando para todos lados, intercambiando, y allá no está sucediendo. Y es una pena porque se pierde lo que está pasando, porque hay grupos, está GiroAngular, que es una banda impresionante de electropop, o Vidafuego, ambas del sello Jungla. Y estaría buenísimo que ellos puedan venir acá porque allá no hay espacios, es acotado, y tampoco se puede cubrir que vaya alguien a tocar. La idea, entonces, es empezar por ahí, y presentar algo a Cultura del municipio o de la provincia para que apoye un poco. Sobre todo ahora, que Neuquén, Catamarca y Godoy Cruz (Mendoza) fueron declaradas ciudades culturales de este año por Nación.

Significa que el gobierno nacional les baja una plata extra para organizar eventos culturales.
Recibieron fondos, sí. En Neuquén ahora se hace la Fiesta de la Confluencia y va a tocar Kevin Johansen, no sé. Toda una lista de artistas [Turf, Airbag, Miranda!, Los Pericos] que pagaron con ese dinero, una fiesta millonaria. Es gratuita y la gente va, pero no es un espacio para la nueva cultura en absoluto. La cultura de la ciudad queda relegada por competo.

Esa idea está muy arraigada con la ideología de este gobierno, sobre “lo que funciona” y lo que va a pérdida.
Sí, y el gobierno neuquino está ligadísimo al gobierno nacional, con Vaca Muerta... firmaron unos convenios y van a destruir todo. Pero bueno, la idea es generar otra cosa, algo que pueda perdurar con los años para que las bandas -no nosotros en particular, cualquiera- puedan ir y venir. Que Neuquén entre en el circuito de la cultura nacional, que está hermoso: Córdoba, Santa Fe, Rosario, Mendoza, Mar del Plata, Tucumán, Formosa, Misiones... todos. ¡Somos la única provincia que está aislada!


PENSAR EL ARTE PROPIO DESDE LO AJENO
La tapa de Bronce es una obra de Ariel Mora, Variables. ¿De quién surgió la idea de incluirla?
Ariel es un artista plástico de Neuquén que está acá en Buenos Aires hace un par de años. Nos conocemos de allá, era la única persona que bailaba en nuestros primeros recitales en Neuquén (risas). El único que, creíamos nosotros, entendía nuestra música. Después nos cruzamos acá y se me ocurrió -durante el proceso de grabación del disco- sumar a alguien de afuera para eso. Los artes de los discos anteriores los había trabajado más Tito [Héctor Zuniga, el baterista]. Es diseñador y con su novia y su cuñada tienen armado un grupo de artistas plásticos. Pero la idea fue agrandar un poco más el universo de la obra, así como hay invitados que tocan otros instrumentos y hay más productores. Y pensé en Ariel. Se lo dijimos hace como dos años y enseguida se copó. Le habíamos mandado los demos, ni siquiera los temas del disco.

Y ¿qué eran los demos respecto de lo que salió del disco?
Unas versiones... (se ríe). Algunas canciones similares a lo que salió y otras, muy distintas. Pero bueno, quedó todo en stand-by dos años y nos juntamos antes de que saliera el disco. Hicimos unas reuniones con él para charlar, para pensar. Queríamos hacer algo simple, por idea de él, que es un artista de la cultura pop y maneja la simpleza. Pensábamos en algo que quedara, que lo ves y no necesitas que diga nada.

Bueno, es simple pero tiene un componente enigmático...
Sí, justamente, no hay nada que te cierre. Y como somos muy fanáticos de la obra de él y la conocemos, le propusimos que directamente fuera una obra lo que esté en la tapa, más allá de pensar algo. Nos trajo varias para elegir e hicimos las sesiones de fotos buscando, y la que quedó era una foto de prueba. Hicimos como 600 fotos sobre tres obras de él y ésa es la primera o la segunda que sacaron para ver la luz. Siempre es un momento crucial el del arte de tapa.

Y ¿le encontraron alguna relación a la tapa respecto de la música?
Yo lo pienso así: me parece bastante gráfico y muy correspondiente con la construcción sonora que tiene el disco, que es de capas. También tiene mucho que ver con nuestra primera grabación, aquel EP muy viejo que era medio gráfico y geométrico. Siento que las tapas están relacionadas: se une el principio y lo más reciente, lo que hasta ahora es el final.

¿Eso les pareció a todos o es una impresión tuya?
No, es más un flasheo mío, posterior a la salida del disco. No es que lo vimos desde antes ni fue una idea para decidir si era la tapa del disco o no. La decisión de la tapa, viendo el material que teníamos y todo, fue elegir lo que nos pareciera más bello y que no tuviera una unión tan sentimental o lógica con la música. Incluso con la misma música pasa eso.

REVISIONAR
¿Van mutando también las apreciaciones sobre la música?
Sí, totalmente. A mí me duele mucho escuchar la música que hago.

¿Te duele?
Sí, me resulta una tarea durísima escuchar mi voz. Pasa más por no gustarse. Yo no me considero ni un gran artista ni un gran cantante, más bien tengo una visión artística sobre mí... de fracasado. Lo veo más por ese lado, pero no lo digo por falsa modestia ni para generar lástima en nadie, yo me veo así y busco, quiero más todo el tiempo.

A la larga, ese inconformismo termina siendo el motor para crear.
Me cuesta la tarea de escuchar la música grabada que ya está en un disco, pero también lo hago porque me gusta revisionar lo que hice. Estoy constantemente escuchando demos o los mismos discos. Bah, no constantemente, pero les voy dando su lugar y pienso cosas. Me lleva de vuelta a lugares, a decisiones, a ambiciones que tuve en ese momento para que eso esté ahí. A veces se refuerza y a veces no y te quebrás, también: “podría haber cambiado algo”.

Bronce es un disco que contiene un universo amplio, encima...
Me pasa en este disco, pero menos. Porque me di el gusto, justamente por esta tarea de revisionar y estar atento a lo que hice antes. Para que no sea algo que ya está, que lo hacés y no importa más. No, lo hiciste y eso te va a seguir toda tu vida, o sea: vos grabás un disco y es para toda tu vida. Y para Bronce, tenía la decisión en mi corazón y en mi mente de darlo todo, tomar el tiempo que fuera necesario. Grabar la cantidad de veces que quisiera la misma guitarra, la misma voz. Cueste lo que cueste, no me importaba. Entonces eso de “se podría haber hecho esto así” sigue estando, porque llega un momento en el que decís “esto tiene que salir, se termina acá”.

En particular este disco, que les tomó casi tres años.
Sí, dos años y medio de actividad intensa. Y bueno, es como que costó también, pero pasó en menor medida y en otros aspectos. Creo que ahora tengo más consciencia sobre la composición de la música a la hora de ir a grabarla, algo que siempre fue más inconsciente. Son experiencias muy distintas, pero...

Pero respecto de lo técnico imagino que no tenés objeciones. ¿O sí?
Y... sí, porque tampoco sabés todo, vas aprendiendo. En este disco hicimos cosas que por ahí las veo y digo “uy, convendría haber esperado para esto”. Fuimos a premezclar a El Pie, un estudio hermosísimo pero bueno, es caro. Y tal vez era una tarea para bancarla un poco. Nosotros pensábamos que nos íbamos con el disco de ahí y no. Faltaba un montón. Pero por impaciencia... me hubiera gustado hacer eso al final del disco, mezclarlo en una consola, bien. Es difícil, es una gran película un disco.


BUSCAR EL SONIDO, PONER EL CUERPO
Encontré un dicho de Tito, en una nota vieja. Te lo cito: "solemos tenerle miedo al estudio, pensamos que cuando todo está tan organizado para hacer una determinada cosa, ésta no sale naturalmente como nosotros queremos". ¿Esa noción no cambió después de encerrarse en el estudio tanto tiempo?
¡Es una buena apreciación, sigue vigente! No cambió en absoluto. Antes pensaba que era como autoboicot o algo así, pero tiene que ver con nuestra naturaleza. Como conjunto funcionamos así, es necesario que las cosas fluyan de manera natural. Y en este disco, más allá de que tardó tres años, fueron tres años de esa búsqueda. Por eso también se tardó lo que se tardó, porque tuvimos un montón de sesiones de estudio donde por estar buscando un ángel que pasara en ese momento... no dijimos “hoy vamos a grabar este arreglo”. No. Fuimos, llevamos las guitarras y buscamos el sonido ahí. Buscando una sorpresa de la música, esa cuestión natural que es la que te enamora. Porque cuando vos escuchás un disco de alguien, o la música que te llega, esa música te sorprende, te cambia, te atrapa.

Bueno, acabás de decir que es “una gran película hacer un disco”.
A mí se me ocurre pensar en la grabación de un disco como en la filmación de una película, digamos. Porque es algo más profundo que ir a grabar un día... o no, hay discos que pueden grabarse en un día y ser mágicos. Es difícil saber cuándo una cosa puede ser de una manera u otra. Creo que la manera de saberlo es que la naturaleza lo presente así, estando en el momento, haciéndolo. Todo lo va dictando, si te gusta y te interesa, esa cuestión artística de que no sea algo... te di el ejemplo de las películas porque existen las maneras y los formatos de hacer un disco o una película. Desde lo técnico, desde lo artístico, hay diferentes maneras de hacer, y es difícil saber cuál es la tuya para un disco particular. Porque no va a ser lo mismo al grabar el próximo. O sí: no lo sabés hasta que estás ahí haciéndolo y estás atento a la naturaleza de los sonidos, al lado salvaje de eso, a lo inesperado.

¿Hubo mucho de inesperado esta vez? ¿De momentos reveladores?
Hubo muchos momentos reveladores que nos fueron llevando hacia lo que es Bronce. Como sacar una batería completa: tomar la decisión de decir “esta batería no va más”. Y de golpe, tener una canción que estaba completamente terminada y que vuelva a estar por la mitad.

Y ¿Tito que decía ahí?
Tito, el dueño de la frase, aceptó. Fueron tres años, entonces hubo varios momentos así. Y lo que hizo que el disco se terminara también fue llegar a un límite físico, mental. Y de sonoridades, de decir “bueno, el disco es así, ya está”. aceptar que esa era la obra. Teníamos ganas de pasar a otra obra para tener otra chance más. Porque te podés morir, es real eso: la música -o cualquier arte- mata gente.

¿Llegaron a un nivel de tensión complicado?
Yo sí, personalmente lo viví con mucha intensidad. Con todos los discos me pasa, siempre viví las grabaciones de discos así.

Bueno, te he leído decir que “en los discos se la pasa mal”.
(Se ríe). No quiero que sea tan... es así, es algo intenso hacer un disco. Entonces, las cosas intensas son muy bellas y a veces... no son tan bellas. Hay muchos días malos en la grabación de un disco.

No podés escapar de la cotidianidad de la vida.
Claro, y sobre todo cuando estás más tiempo. Es la primera vez que nos tomamos tanto tiempo para hacer un disco, así que experimentamos esto por primera vez. Llegó un momento en el que estaba volviéndome un poco loco. Siempre me había vuelto loco pero en este caso, mi cuerpo, más allá de lo mental, ya pedía. Porque no dormía, o me despertaba con las sesiones en la cabeza. Me sé todos los canales del disco de memoria.

O sea, escuchás el disco y podés ubicar todo.
Absolutamente todo, conozco absolutamente todo el disco. De hecho, ya empecé a laburar en un disco de remixes. La idea es que esté para este año, de cada canción una versión distinta. Sería remezclas y versiones, porque hay versiones también. Hubo un período que lo trabajamos con Juan Cruz Palacios oficiando de productor, fue todo un año que laburamos mucho nosotros dos. Nos juntábamos todos los días: armamos una nave con sintetizadores y un par de aparatos más, y estábamos internadísimos, no nos sacaban de ahí ni con la policía (risas). Era prácticamente todos los días de la semana. Y bueno, ya en ese momento lo visualicé, porque veníamos transformando todas las canciones y dejando versiones atrás. Se lo comenté a Juan y me dijo “por favor”.

El disco les dio material de sobra.
Hay aproximadamente 150 gigas de sesiones de grabación, lo cual es una barbaridad.

Y eso, ¿cuánto significa en canciones? ¿Entre 10 y 15 versiones de cada una?
Mirá, ponele que son las nueve canciones. En una sesión organizada y normal, donde tuvieras los archivos específicos de cada canción, tenés algo así. Un poco menos, entre ocho y 10 versiones o instrumentaciones distintas por cada canción. Hay que revisar el material, lo quiero hacer con tiempo.

¿No te pasa lo contrario, de querer sacarlo rápido después de trabajar todo este tiempo?
No me voy a enroscar tanto, la idea es que salga este año pero hacerlo respetuosamente, porque son tres años de trabajo. Buscar esa misma sensibilidad que se buscó en el disco, ese cuidado. Hay mucho material muy hermoso, que costó vida y cuerpo, que merece ser escuchado. Es algo que se puede compartir.

*Atrás Hay Truenos continúa presentando Bronce este sábado en Xirgu Espacio Untref (Chacabuco 875, CABA, más información acá). Sobre el show -que abrirán el ruso Julián Desbats y la excelente banda rosarina Mi Nave- Roberto cuenta: “es una presentación especial y queremos hacer varias así durante el año. Estará invitada Rosario Bléfari y la banda está extendida a una versión con percusionista y con más músicos”. 

[Fotos de Atrás Hay Truenos por Carlos Castel y Maron Barberis (en vivo)]

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Gastón Massenzio: de nuevo otra voz


Esta charla con Gastón Massenzio sucedió hace algunos meses en un recreo laboral de ambos, y tras casi un año de intercambio. La mano arrancó en pleno verano de 2016, en otro receso con encuentro y charla que no fue grabada. Hubo revancha, lógico, porque Gastón tenía mucho por contar y nosotros queríamos registrar todo aquello que no está dicho en la música (aunque los procesos de un músico sugieran bastante).

Seis años de búsqueda en el mundo de la canción, en distintas vertientes -él mismo se define como noventista en sus inicios y algo más cercano al folclore argentino en La presencia, su disco más reciente, editado hace exactamente un año-, siempre con buenos resultados. Y una palabra que puede haber pasado por alto en la primera oración de este párrafo pero es cierta: búsqueda. De un sonido distinto, de la palabra en su idioma, de una voz que, descubrió, puede ir más allá de lo que creía. Del estudio como laboratorio sonoro, de los colegas como fuente de inspiración, de los maestros y los alumnos.

Sí, había bastante para hablar.

EL REPOSO PREVIO AL SALTO
Venís editando un disco por año desde 2010. ¿Éste va a ser el primero sin nada?
Este año me propuse aguantarme las ganas de sacar un disco, fue al revés. Saqué el Tributo a Elliott Smith en 2010, al otro año un EP [Las formas], al otro, otro EP [Lyd]. Ya en 2013 el primer álbum [Lapsus] y en 2014 y 2015 los siguientes [Otra luz y La presencia]. Y dije “bueno, ahora me voy a tomar un respiro”. Sobre todo por un tema económico, porque sabía que si me embarcaba en esa movida después iba a tener que estar a la altura de las circunstancias. Vengo mezclando y masterizando los discos bien, sacando discos bien producidos, entonces sabía que iba a tener que esperar un poco.

Además, los últimos vinieron con muchos invitados.
Siempre son amigos, gente que admiro y con los que compartimos fechas y tenemos un vínculo de amistad. Pero claro, eso también te lleva toda una movida y se hace una cosa más grande. Entonces, lo que voy a intentar para esto nuevo es cerrar un poquito la fila y hacerlo como un proyecto solista pero de banda. La banda, con la que toqué en el Festival Ciudad Emergente, la integran Juan Irusta en bajo -con él toqué mucho este año-, Sebastián Briganti en percusión y Mariano Poc en cello. La idea es grabar en el verano de 2017, muy probablemente en Kimono Studio de Claudio Lafalce. Tenía la idea de hacer un disco al estilo power trío, pero al final va a ser un disco folk, experimental y con la sonoridad propia de esta formación, investigando en distintas afinaciones y patterns rítimicos y yendo hacia nuevos rumbos. Estamos muy entusiasmados y no sé en qué decantará... ellos van a tocar en el show del 4 en Café Vinilo también, claro.

¿Ya tenés todas las canciones?
Sí, tengo muchas. Quiero que tenga una idea conceptual, no juntar canciones sueltas. Estoy viendo cómo darle una ilación y una continuidad estética y que a la vez haya un cambio con lo anterior. Lo que se hizo ya se hizo, quiero ir para otros lugares. El primer disco fue casi todo en inglés y con un sonido más noventas, o algo así. Y al segundo y el tercero, si bien los veo muy distintos, tienen cierta continuidad en cuanto a que aparece una personalidad más marcada.

¿Puede ser que eso tenga que ver con que empezaste a escribir todo en español?
Sí, empecé a darle forma a todo lo que yo escribía en mi casa y antes no ponía en canciones. Quedaba en un lugar de relato, poesía o sueños anotados. Hice un taller literario que era muy lindo, y ese trabajo me llevó a reconciliar la canción con mis letras, como una especie de encuentro. Me amigué con el idioma. Ya cuando saqué el primer disco me sentía muy ajeno a eso, me quedaba viejo. Y lo que me pasa ahora es que hay un intermedio en este último disco que es el cambio de registro en mi voz. Algo que yo empecé a llevar también al laburo en el estudio, utilizar otro registro de voz de cabeza, más alto, y ahora estoy usando mucho eso para mis canciones. Va a haber un cambio notorio.

Y ¿lo llevás a lo viejo a la hora de tocar?
Lo viejo está en un modo, entonces no lo puedo correr tanto. Ahora estoy escuchando mucho Queen, Jeff Buckley o Rufus Wainwright, entonces estoy tratando de que esas influencias que tengo estén mucho más presentes en la música que hago. Ojo, no quiero ni estoy haciendo algo pretencioso, pero sí voy a utilizar un registro que tengo y no solía usar. Y esos nortes artísticos para tener presentes... porque yo venía por otro lado, la influencia de Elliott Smith o Nick Drake, tonos muy susurrados. Eso se reflejó un poco en los primeros discos, pero ahora está cambiando y yendo por otro lado.

¿Lleva trabajo o sentís que sale con cierta naturalidad?
Está dentro de mis registros, aunque también tomé algunas clases con Paula Maffia y ella me ayudó mucho a tomar consciencia de eso. No quiero que suene como algo pretencioso, que parezca que ahora voy a cantar como Jeff Buckey (risas). Lo que quiero decir es que en el proceso de grabación de La presencia con Lucy [Patané] y también en esas clases con Paula, tomé consciencia de que tenía un registro del que no estaba haciendo uso. Entonces, eso está presente en el encare de las nuevas composiciones.

¿Lo probaste en distintas formaciones? Porque una cosa es en la vertiente acústica y otra en banda, que quizá cuesta más.
Lo probé con la banda y me es más fácil llegar a lugares dinámicos más altos. Y el otro día tuve un acústico en Duncan y todo se fue a un lugar minimalista. También tiene que ver desde dónde se construye la canción, si estás en el living de tu casa tocando, o parado en la pieza con el amplificador enchufado. Genera hasta ergonómicamente distintas cosas, no es lo mismo cuando me siento en el piano que cuando estoy tocando la criolla en la cocina, o si estoy con la guitarra y los pedales.

Pero esas situaciones son en soledad. ¿Qué pasa cuando le presentás una canción a la banda?
A mí me pasó con los temas de Otra luz, que los tuve que mover más de un tono y pico arriba. Empecé a trasponer todos los temas. Uno siempre piensa que todo va a ser mucho más lineal de lo que termina siendo pero no, no siempre pasa.


OTRAS VOCES
¿La grabación del nuevo disco te la planteás con tiempo, o rápido?
El grueso queremos que sea en pocas sesiones, dos o tres días. Después, los detalles de sobregrabación, la voz...

¿La voz no la grabarías en vivo?
No estaría mal, pero... me re gustaría. Puede llegar a quedar mucho más crudo. Los chicos son grandes músicos, así que confío en que se puede hacer rápido. Yo cuando voy a grabar y pongo rec me pongo nervioso, un poco, pero después se pasa. Son nervios constructivos, no paralizantes. La cuestión es cambiar, que sea un disco que vaya por distintos lugares, temas que sean en piano, bajo y batería... y después temas con guitarra solo, no sé. Toda una cosa que me gustaría englobar, pero hay un margen de desconocimiento cuando uno se embarca a grabar. Desde que grabé Lapsus, que lo hicimos con Hernán De Micheli, un artista al que yo admiro mucho, tenía ideas armadas pero había disparadores y cosas nuevas que iban para acá y para allá. Tiene que estar esa confianza mutua con el productor. Pero te enriquece mucho, y yo voy con esa idea. De decir “sí, pero...”, abierto a que puedan aparecer cosas nuevas.

Vos siempre trabajaste con productores, ¿te gusta tener esa opinión ajena?
Me gusta poder anclar en una opinión, porque uno pierde objetividad para bien o para mal (nunca es para bien). Podés creer que algo está mucho mejor de lo que realmente está. Así como fue con Hernán, lo mismo me pasó con Lucy: compartimos una visión estética enorme y entonces uno se retroalimenta, uno tiene una idea de un arreglo y se enriquece con el otro. Me gustó todo lo que hicimos con Hernán y también esta etapa nueva con Lucy. Hablamos con ella incluso, hay que ver cómo viene su agenda y sus tiempos pero me encantaría que produjera lo nuevo. Además, hizo de todo, desde mi disco hasta el último de Los Rusos Hijos de Puta, que es tremendo el sonido que tiene. Hay productores que pasan todo por un filtro Instagram propio (risas), entonces está bueno cuando se respeta la identidad de la banda. Y quiero que el disco sea representativo de esta etapa, porque si no, te queda viejo.

¿Te pasó eso en algún momento?
Me pasó más con el primero [se refiere a Lapsus], quizá, que traés composiciones de un tiempo atrás, sumado a que después dejé de cantar en inglés. Con los demás no, ahora los escucho y... no quiero poner que me encantan mis discos pero... (risas). Trato de no escucharlos mucho, igual, pero estoy en una etapa de madurez nueva, aceptando todas las cosas que hice. Creo que en mis discos no hubo azar, o cosas hechas a las apuradas, lo que se hizo está bien pensado. No hubo apuro, siempre se demoraron las ideas y todo fue más lento de lo que yo pensaba que iba a ser, aunque haya salido un disco por año.

¿Eso obedece a que sos muy prolífico, o tratás de ejercitar la composición?
Un poco de todo. Capaz se me ocurre una frase acá en el bar y la anoto. Y cuando estoy en casa, si no estoy haciendo lo que fuere con una guitarra encima, estoy sentado en el piano, es una cosa para la que no busco un momento. Si buscase un momento de paz y un lugar zen para ponerme a tocar, no podría tocar nunca. Entonces, discurre mi día, de una manera u otra, con el instrumento a mano. Pero no digo “ahora me voy a componer”. Casi que no puedo estar sin un instrumento. Lo que suelo hacer es levantarme y tocar, cuando empiezo el día. Antes de salir, mientras desayuno, es un reflejo que tengo desde siempre.


EL ESTUDIO Y LA DISCIPLINA
¿Seguís estudiando guitarra?
Sí, sigo estudiando. Por ejemplo, ahora quiero aprender un poco de técnica de guitarra española y de, no sé, folclore, tango. Yeites que nunca usé: digitación, arpegios, técnica de dedos. Me gusta mucho escuchar [Atahualpa] Yupanqui, el Dúo Salteño, Carlos Moscardini, mucha música de proyección folclórica, cosas que quizá en mi primera época no se evidenciaban porque venía de un lugar más indie americano. Después se van repercutiendo las influencias de mi casa de chico, más los gustos propios. Porque yo escucho tango instrumental o de guitarras de la primera mitad del siglo XX y me encanta. También me encanta el folclore de guitarras...

Y ¿seguís al tanto de esas movidas?
No demasiado. Pero sí, escucho, Juan Quintero me gusta, Aca Seca Trío. Estoy con eso y también tocando con el Ensamble de Guitarras de Coghlan, todos los sábados son repertorios que van de Tchaikovsky, Paganini, algunas cosas de Bach. Entonces ahí es técnica y repertorio, eso te corre del lugar de la canción y te enriquece mutuamente, no es que va enfrentado.

En el rock a veces está mal visto estudiar y pasarse con la técnica, ¿puede ser?
Yo creo que es la manera en la que cada persona se toma el estudio. No sé, siempre fui de estudiar con maestros, pasé poco tiempo por escuelas, siempre me costó. Estudié muchos años con Fernando Kabusacki, entonces hice todo un approach al sonido, a la técnica, a la guitarra, a la posición, que me ayudó para todo. También estudié jazz con Patricio Carpossi, pero en ningún momento... ojo, soy de los que creen que cuando el estudio formal es todo el acercamiento a la música puede llegar a cerrarte. Pero así como hay gente que estudia en un conservatorio, está todo el tiempo con la partitura y no toca nunca afuera -que es el gran defecto-, también está el otro ejemplo: la persona que tiene una formación académica y a su vez está participando de un montón de ensambles, y compone.

Vos preferís esa alternativa, la de salir.
Sí, porque es un lugar en el que se genera un feedback que te lleva a seguir creando. Cada uno tiene su lugar, hay gente que va a pasar su trayecto como músico analizando obras y tocando música académica, ojalá que siga existiendo eso porque me parece indispensable. Me gustaría tener un poco esa personalidad. Ahora voy a empezar a hacer un taller de ensamble y grupal, tengo muchas ganas. Es de lo que me gustaría vivir, viviría dando clases, porque es algo que me encanta.

Además de los estudios que contás, vos participaste de cursos con Robert Fripp.
Puff... hice dos cursos de esos y en el último tocamos con él y con el ensamble. Esos retiros, esa manera de desarrollar una relación con el instrumento, con la música y con uno mismo es... eran jornadas con una dedicación y trabajo bastante extenuante. O sea, muy placentero, pero levantarse muy temprano y hacer muchas cosas, no sólo tocar la guitarra, sino encargarse de la limpieza del lugar donde uno está. Una cuestión de disciplina. Y hacer esa traslación a la música es muy enriquecedor.



*Gastón Massenzio despide el año con amigos el viernes 4 de noviembre en Café Vinilo (Gorriti 3780, entre Salguero y Bulnes). Entradas: $100 (reservas en Alternativa Teatral). Dice Gastón: “va a ser el cierre de La presencia, manteniendo y respetando el formato acústico del disco. Uno lo escuchó mil veces y lo tocó, pero por ahí trata de que la gente que no escuchó el disco más o menos esté dentro de la estética. Para que no lleguen a la remake”.

[Fotos de Gastón por Nat Motorizada. 
Afiche del show por Pedro Mancini]

miércoles, 5 de octubre de 2016

Ruiz-Fontana: Tengo un cielo para vos

Prosigue la charla con Florencia Ruiz y Mono Fontana. En el medio pasó un concierto fantástico, donde su disco Parte sonó completo y en orden. El dúo, además, trajo al presente (bueno, las canciones siempre son presente) un puñado de piezas de Luis Alberto Spinetta. Y hablando de eso empieza esta segunda parte: el repertorio, la escucha -como músico y como oyente-, Lennon, Spinetta, el canto.

Y más aún. El estudio de ambos lados del mostrador: siendo docentes y alumnos. La notación musical (un capítulo que podría titularse "Cómo hacen estos extraterrestres para anotar eso que tocan"). El tango, los planes, los músicos amigos. Y cómo sigue el viaje.

Si se perdieron la primera parte, aquí está. Retomen y terminen acá. Y vayan a verlos, no se encuentra todos los días una propuesta así de convincente y emotiva en la cartelera:

MÁS DE PARTE, LENNON Y SPINETTA
¿Cómo fue la elección del repertorio en Parte?
Mono Fontana: Es lo que venimos tocando, ¿no?
Florencia Ruiz: Sí, es lo que venimos tocando. Con las nuevas estaba medio perdida pero después traté de equilibrar un poco. Yo no tengo mucho ritmo, por eso quise que hubiera alguna canción con un poco más de beats, qué sé yo. No componerla especialmente, sino elegir de las que ya tenía compuestas, para que escuches el disco y no sea siempre lo mismo (porque a la larga somos siempre nosotros dos). Por suerte, él siempre va cambiando, y el piano le aportó una cosa terrible.

¿Ésa fue una decisión de estudio, la de incluir pianos?
FR: Les dijimos “por las dudas afinen, ténganlo pronto por si sale algo”.
MF: Sí, en “Los peces” y “A través de ti”, en esos dos temas me parecía que quedaba bien. Los otros también se podían hacer así, pero esos, como eran temas nuevos y Florencia no los había tocado nunca, capaz les podíamos aportar un color distinto.

¿Qué les sorprende cuando vuelven a escuchar el disco?
MF: Yo lo tengo que escuchar más. Lo escuché con auriculares y no soy de escuchar la música muy fuerte, me debo todavía una escucha muy fuerte, que eso tiene otro efecto. Yo toco así y escucho así (junta los dedos índice y pulgar de su mano para indicar que escucha a un volumen bajo). Pero súper. Y me ayuda a afilar la oreja, porque me hace esforzar más. Entonces, después, tengo un tiempo ganado ahí. La primera vez que escuché el disco entero me pareció que estaba bien parejo y que dentro de lo parejo tenía mucho degradé en los colores. Por ahí me quedó alguna duda con una entrebanda, que sentí o dije “uy, este tendría que haber durado dos segundos más de entrebanda mía”. Por ahí lo escucho otro día y no, pero bueno, estando ahí terminaste y sale el otro tema y el otro y el otro... uno tiene que tener la pausa que a veces no se puede.

Es el riesgo de grabar en una toma, lo que queda, queda.
FR: No se regrabó nada. La única cosa rara que pasó fue en “Susurro”, que tuvimos que cortar una nota porque entre los dos micrófonos hacían no sé qué. En tres cuartos de la canción, más o menos, pero después es todo lo que se tocó.

Y ¿por qué decías lo del volumen, Mono, de escucharlo bien fuerte? No parece ser una música que pida potencia.
MF: Bueno, pero hay música así, acústica que... salvando distancias y todo, yo escuchaba ponele, los Lost tapes de Lennon, que son grabaciones que él hacía con el grabador de la casa, así, y suena más que cualquier disco que yo ponga después. Eso solo, un tipo cantando y tocando, por cómo suena, es una cosa como gigante. En algunas escuchas le decía a Florencia que la voz, conociendo cómo canta, tenía que cubrir más, la escuchaba como que salía muy de ahí y me parece que ella tiene eso. Y eso después, a volumen, es como ver una peli en una pantalla así y en otra así (dibuja con las manos un tamaño chico y uno grande).

Mencionaste a Lennon, y al final de “Viviré” hay una cita a “Mind games”. ¿Cómo surgió incluirla?
MF: Una vez lo hicimos y quedó para siempre. Salió y yo después lo usé, siempre me gustó.
FR: Bueno, hablábamos de emocionarse... eso no hay modo que a mí no me haga llorar. No lo consigo, y mirá que yo sabía que iba a venir eso en algún momento. Me mata, no puedo evitarlo.

¿Esa coda se te apareció en un show, Mono?
MF: Sí, me pasó varias veces. En el show de Luis [Spinetta] de las Bandas Eternas hay un tema que se llama “Las cosas tienen movimiento”, de Fito [Páez]. Entonces bueno, sabía las partes que venían: la primera vez que viene el puente, toco lo que venía. Y hay un momento, cuando va a empezar de nuevo, que justo la cámara me enfoca y se me viene a la cabeza meter un tema de los Beatles. Y dije “a ver...”. Se ve eso, porque yo sé lo que me pasaba a mí. Y toqué “And your bird can sing”, atrás de (tararea las primeras notas del estribillo de “Las cosas tienene movimiento”: “Una voz/ como un sentimiento”- y luego la introducción del tema de los Beatles). Lo que hacen esas dos violas que hay, el final lo sanateé [en el video, a los 3:25, se escucha lo que cuenta el Mono]. Como esto de “Mind games”, a veces es una cosa que no tiene nada que ver, algo de [Alfred] Hitchcock, cualquier cosa. Si me viene y creo que tiene que ver y suena, lo mando de una.

Y ¿desde la primera vez les gustó?
MF: A mí me encanta, me parece que queda lindo y aparte Lennon y los Beatles son algo que abarca todo.
FR: No sé si alguna vez lo pensaste, pero la canción habla de que en el fondo estás en el aire, ¿viste? Muchas veces me pregunto por la muerte. Obviamente que cuando una persona se va, uno tiene como esa extrañeza de no ver más el cuerpo. Al final está en el aire. Y Lennon, te digo la verdad... yo no sabía que tenía un cariño tan grande hacia Lennon.

Te cayó la ficha ahí.
FR: Ahora, con los años, no sabía. Me parece que Lennon está en todo, es medio como Hugo [Fattoruso], también. Vos decís “no tengo nada que ver con Hugo” y al final todos tenemos algo que ver con él, es la música con la que crecimos. Habrá quien ni se dé cuenta y gente que al revés, lo note.
MF: Es algo del patrimonio universal. No es que metí algo de Radiohead, no sé, entra en otro lugar.

¿Escuchás Radiohead?
MF: Más o menos, escucho a veces, pero no es que necesito escuchar a Radiohead así. A veces digo “uh, a ver, por dónde andan”.

¿Tu caso es como el de Florencia, que suele decir que es más la música que estudió o compuso que la que escuchó?  
MF: Yo escucho música, lo que pasa es que necesito meterme un poco más, no puedo con el mp3 y las discografías y toda esa bola. Escucho, sí, pero trato de, mínimamente, escuchar... porque si no, es como leer un libro, hacer así (simula pasar páginas velozmente) y decir “lo leí”.
FR: Si escucho un disco, lo re escucho. Me sé qué tema viene después, me acuerdo del orden, de todo. Una vez fuimos de vacaciones con familias amigas y llevaron como mil discos en el mp3. Terminado el viaje les dije “a ver quién de todos me dice qué disco sonó”. Y nadie respondió. “Bueno, no hinchen más, escuchemos los pájaros” (risas). Me pasa con Luis que me sé todos los temas de sus discos. Rara vez cuando hacemos los shows me decís una canción y no la tengo mucho. Tengo todos.

¿Cuándo cantan una canción de Spinetta también surge ahí?
FR: No sé, la otra vez tocamos “200 años”, que nunca la habíamos tocado [fue parte de la lista de temas en la presentación de Parte]. Justo era 9 de julio, eran 200 años, qué sé yo. Salió y la hicimos.
MF: Nos ponemos de acuerdo, “cuál querés hacer, éste o éste? ¿Probamos aquel?”. A los dos nos gusta cualquiera.
FR: El Mono organiza una juntada por año con los temas de Luis y en mi caso yo estudio un montón, que no sé si estudio así mis temas. Me siento a estudiar. Fue un lugar nuevo al que él me invitó, de cantante, porque ahí no toco nada. No es que no me considerara cantante, siempre me consideré cantante pero es como una cosa más...

Desde afuera te veo como una cantante tremenda.
FR: Pero por ejemplo, yo empecé a estudiar canto hace dos años. Empecé porque tenía que hacer las giras esas en Japón que eran terribles, y tenía miedo de quedarme disfónica o que me pasaran cosas de no estar a la altura. Había entrado en un plan medio profesional y eso no me podía pasar.

Y ¿seguís yendo?
FR: Sí, sigo, es complejo pero sigo. Porque es un entrenamiento, no cantás nada para que la voz esté más fuerte.


ESTUDIAR, ENSEÑAR... Y ANOTAR
Los dos son estudiosos y dan clases. ¿En qué creen que les sirve la docencia?
FR: Mirá, yo siempre pienso esto: “che, yo me voy a drogar, ustedes no se droguen”, una cosa así (risas). Porque yo les explico a los pibes cómo armar una canción o cómo alguien hizo una, qué grado puso, qué acorde puso... y yo nunca en mi vida sé qué acorde usé. Si tengo que cifrar un tema mío no tengo ni idea, yo hago la partitura.

Bueno, pero de alguna manera los escribís.
FR: Sí, pero no es lo mismo, no sé cómo explicarte... es como si yo no entendiera mi propia música. Muchas veces me pasa eso, que me preguntan y tengo que andar mirando. Yo estudié eso y realmente lo puedo comprender, pero si vos me decís “armate todos los no sé cuánto semis”, yo no sé cómo es la posición en la guitarra. Como si tuviera un rechazo a entrar en eso porque para mí componer es estar en otro estado. Estoy ahí, viene la música y no pienso en nada. No estoy pensando, no le pongo mucho pensamiento.

¿Es pura intuición?
FR: Claro, hay otros que piensan más, que dicen “si hice esto, ahora voy a hacer aquello”. No sé, toda mi primera música no conoce estribillos, no me importaba. Me acuerdo que el maestro de composición siempre me decía “es raro porque puede terminar en cualquier lado”. Me han llegado a echar de clases, un maestro que daba “Dos palomitas”, ¿se acuerdan de esa canción? (Tararea la melodía). Había que hacerla para coro y yo la hacía... y él me decía “bueno, vení acá, armame un coro”. Yo llamaba a mis compañeros y todos cantaban lo que yo había escrito. Y claro, es verdad, no tenía ningún acorde perfecto, ¡pero a mí me sonaba así! Yo era chica, tendría diecisiete años, y el tipo me decía “andate a tu casa porque no te aguanto” (risas).

Y ¿en tu caso, Mono, que sos autodidacta? ¿Cómo hacés para anotar todo eso que hacés?
MF: Me anoto todo de una forma muy extraña en una libretita. Tengo unas notaciones que más o menos me hacen acordar, pero si yo se lo doy a alguien, no entiende nada. Es un sistema propio, el Sistema Oscar (risas). Es rarísimo pero lo fui desarrollando precisamente por no saber y tener que anotar las cosas de alguna manera. Es una traba eso, pero bueno, hay otras cosas comunes que sí las anotás. Por lo general, entre mis alumnos hay músicos que tienen un buen oído, con ellos se hace más sencillo que para el que no tiene esa parte. Y bueno, las clases sirven para el alumno y para el maestro, a los dos nos sirven.

¿Por qué pensás que es así? Además vos no das clases de piano o sintetizador, son clases más generales.
MF: Viene de todo, cantantes, bandoneonistas. Si viene alguien que toca bandoneón, posiblemente le pases algo distinto porque por ahí el maestro de bandoneón le enseña más repertorio, entonces ahí tiro otras ideas. Siempre trato de dar ejemplos, vos después profundizás y lo llevás a lo que necesites. No es que le enseñás algo y le decís “esto pasa acá y solamente acá”, no. Porque así, al alumno le hacés ver chiquito.

Tratás de expandir un poco más. Eso es lo que a veces espanta de los conservatorios, que no se te permite correrte un centímetro de ciertos parámetros, lo que contabas recién del profesor que te echaba.
FR: Sí, pero también depende de tu personalidad, no sé, a mí nunca me hizo daño que me echara. Después me puso un siete, que fue la peor nota que tuve. El tipo estaba loco pero tenía cosas copadas. Por ejemplo, él ponía un disco para mostrar un ejemplo -era práctica coral de conjunto- y decía “esto está desafinado”. Y cambiaba el equipo cien veces. Y uno no puede creer que cambiando el equipo cambie la afinación, y sí, cambiaba la afinación. Era milimétrico pero cambiaba. Entonces, vos sos chico y estás al lado de esos locos y también entrás en esas locuras. Yo en el mundo de los chiflados siempre me manejé rebien (risas). De verdad te digo, me cuesta más en el mundo cotidiano.

LOS PLANES
¿Se sienten medio outsiders dentro del mundo de la música o no es para tanto?
MF: Yo me sentiría outsider si todo pasara por la alfombra roja, cuando entran cosas que no tienen nada que ver con la música. En ese caso sí, creo que no tengo nada que ver con lo que quiere una compañía, lo que espera.
FR: Ayer pensaba una cosa que está buena, de coincidencia entre nosotros. Fui a ver a Hugo con Mavi Díaz, y también había otros músicos que nada que ver. Eso de no diferenciar, ¿no? Que podés tener un amigo músico folclorista y uno re punkie, no sé, y otro que toca el bandoneón. No estar cuadrados. Ésa me parece una característica que tenemos en común, que nunca me había dado cuenta y está copada. Ahora, con el disco, me escribieron un montón de músicos diciéndome “quiero el disco, quiero ir”, y te puedo asegurar que el abanico es terrible. No sé, desde Machi hasta [Quique] Sinesi, gente que decís “nada que ver” pero a la vez sí, porque somos todos músicos y es una sola la música. Yo no me veo componiendo vidalas, pero en un momento puede pasar.

Aunque has cantado algún tango.
FR: Sí, eso es un tema familiar, de familia y de abuelos tangueros, esa conexión. Pero veía a todos los que agradezco en el disco y está Liliana [Herrero] que me ayudó y me llamaba, me decía “fijate esto, fijate lo otro”, o Tweety [González] que nos prestó el estudio para remezclar una cosa, que no es mi amigo y no tengo ninguna relación pero por cosas del estudio y calculo que cosas con el Mono y con Villa...
MF: Sí, claro, yo lo conozco, ¡yo le puse Tweety, también!
FR: Por eso, yo no participo de eso. Después, todos los que entraban, Hugo mismo que me decía “dale, yo te voy a acompañar a mezclar”. ¡Sacado! (Risas). Y bueno, el abanico de gente distinta que entre comillas encierra esta música me parece que también es la riqueza, de no estar con eso de “acá tengo que poner este sonido”. Que se le ocurre y lo pone y no está preocupado por si va a vender o no, o si va a gustar o no. Qué sé yo, ojalá que le guste a todo el mundo pero no hay nada pensado para agradar, ¿viste?

Sale así, básicamente.
FR: Creo que esta es una era pensada para agradar, todo está hecho así, todo lindo y... no es todo lindo. A veces pasan cosas que no están tan lindas. A mí me pasa que Villa me dice “che, ¿cuándo vas a hacer una canción pum para arriba?” (Risas). ¡Nunca! No sé si me va a salir. Cuando hice “Helados”, él me dijo que era la mejor canción que había hecho en mi vida. Estaba Julián [su hijo] en la sillita y yo empecé a molestarlo. Le hago el personaje Mamá Tanguera, que lo odia (risas), todo es con tango: “veníiii” (estira la I con sentimiento). Ahí salió esa canción y así como quedó la grabé, él estaba contento porque dice su nombre, era chiquito. Y a Carlos le parecía que estaba buena esa canción porque tenía cierta luminosidad. Porque bueno, nosotros nos reímos mucho, yo soy bastante... me río, me gusta divertirme.

Muchos músicos dicen que componen a partir del sufrimiento o de los malos momentos.
FR: No sé... yo agarro la guitarra y ya me sale ñeee (hace un sonido retorcido), no me sale un Do. En “Los peces” lo puse, era exactamente igual la canción, sólo que arrancaba con otro acorde. Y dije “lo voy a sacar y voy a poner un Do”. Me pareció que estaba el Do y yo no lo veía, a veces pasa eso. Hay cosas de uno que no tienen explicación, ¿por qué a él desde los 13 años le gusta escuchar los fondos? Es su esencia, qué sé yo, ser otra persona me parece una pérdida de energía.

Y no te lleva a ninguna parte.
FR: A mí me parece que no, a otros sí porque ganan plata o prestigio y les parece que está bien. Pero a mí me parece una pérdida de tiempo terrible, no tengo voluntad.

¿Cómo sigue esto? ¿Hay planes?
FR: Sí, nos vamos a Córdoba, que eso es terrible, vamos a ver cómo nos va.
MF: Vamos a mostrar el disco, a tocar en los lugares que se pueda. Ya nos llamaron de Azul y de otros lugares también, y eso a veces genera un movimiento, por ahí te llaman de otro lado “vi que tocaron acá, ¿no quieren venir?”. Porque somos dos, no hay que trasladar una banda. Hoy en día, muchos artistas hacen así, van solos o con la mitad de la banda a los viajes. Y gente que tiene música pum para arriba, ¿eh? Así y todo... así que lo nuestro es esto, es lo que es y podemos movernos un poco mejor.

Después no se sabe qué deparará. Nunca se planeó tanto, ¿o sí?
FR: Creo que nosotros nunca nos planteamos mucho nada, ¿no? De verdad.
MF: Me invitó al show, “Che, ¿podés?”. “Dale, sí”. Nada más.
FR: Me parece que eso es lo que...

Lo que hace que la cosa funcione.
FR: Sí, el otro día me preguntaban “che, pero vos tenés un plan”. Yo nunca tuve ningún plan, a pesar de que soy mujer y las mujeres somos más de planificar. Digo, tengo planes a full: “a las once voy a hacer la cama”, ¿entendés? “A tal hora voy a buscar a mi hijo”, “voy a tratar de tocar a tal hora”. Organizar el día, cosas así. Ojo, no es que con la música no hay trabajo, ahora fue llevar el disco aquí y allá, hacer notas...

Pero ni siquiera se pensó un futuro disco. A veces los grupos sacan un disco y ya quieren lanzarse a hacer otro.
FR: Me lo decís y ni se me había ocurrido. Hacer un disco con él siempre era un sueño que tenía ahí pero... terrible. Cuando llegó el disco y lo vi, dije “no...”. Estaba nerviosa porque no sabía si lo ponías y escuchabas uno de Los Parchís (risas), esas cosas que suelen pasar. No sé quién me dijo que a Luis le pasó.
MF: Sí, y con un disco de Nito [Mestre] donde tocaba yo. Fue con Artaud, con la primera edición: el lado A estaba bien y en el lado B empezaba tocando yo (risas). Increíble, habían hecho, no sé, dos mil discos de esos.
FR: Y de Privé yo tengo una edición fallada, en la que “La pelicana y el androide” estaba toda shh (imita ruido blanco). ¡Al oeste llegó esa versión! El mundo de las cosas que pueden pasar siempre es muy grande.

*Florencia Ruiz y Mono Fontana siguen presentando Parte. Este viernes 7 de octubre se presentan en Cocina de Culturas (Julio A. Roca 491, Córdoba).

El 22 de octubre tocarán en Estación Provincial (17 y 71, La Plata), el 17 de noviembre en Kirie Music Club (CABA). el 15 de diciembre en Azul y el 16 de diciembre en Tandil (Para más información sobre estas fechas, ingresar a la página de Florencia Ruiz en Facebook).

[Fotos por Federico Caruso]