lunes, 5 de septiembre de 2011

Dos canciones: hoy, el cineasta Bochatón

Para no dar por muertas las secciones de este blog -¡sí, tenía secciones!- retomamos una de ellas, Dos canciones, con la excusa de hablar un poco de Francisco Bochatón, ése compositor personal y algo excéntrico que me gusta más en su fase cancionera que en clave deforme gorriona. Las dos canciones de las que hablaré provienen de un mismo álbum (en verdad, un EP), tan breve como bello: Píntame los labios, editado en el año 2001 como una secuela de su primera obra solista, Cazuela. Aquí vamos, entonces.





Pinamar: Típico caso de canción desoladora pero terriblemente bella. Antes de darle play, lo digo: creo que el mayor mérito del tema es el cambio armónico que hay entre los versos y el estribillo.
Pero empecemos por el principio, porque la introducción te sumerge en ése clima que nombro, con una línea de guitarra simplísima pero efectiva, tan indie que asusta y sin embargo, con un beat de batería y un teclado más bien de canción pop clásica. Los primeros versos pasan demasiado rápido y se produce el citado cruce mágico de armonías.
El detalle podría ser menor pero, aunque a veces no nos demos cuenta, cuando en una canción cambia el plano de los instrumentos puede ser clave para su estructura. En Pinamar, además del cambio armónico, en el quiebre que se da entre versos-estribo, se pasa de las teclas como protagonistas a un arrebato de guitarras (exacto, distorsionado pero no tanto) que acompaña a una letra perfecta. Casualidad o no, en los versos -parte de teclados, digamos- Bochatón canta frases más bien contemplativas, taciturnas -“reflejadas en agua contemplo las estrellas”-, y en el estribillo, en cambio, lo que aparece es “un huracán que la tormenta abrió”, en el paisaje “un resto fiel de la verdad”. Definitivamente, los buenos músicos son buenos cineastas (no estoy hablando de Fito Páez).

Todo va derechito en Pinamar. A primera escucha parece ser una canción redonda pero a la vez tiene ese algo incómodo: Bochatón parece lograr siempre una sensación de deformidad auditiva (?) y para eso ayuda su eterno desgano a la hora de cantar. Por supuesto, las imágenes de la letra y la sensación de separación -¿de una dama?, ¿de qué?- aportan el dramatismo suficiente para que la belleza de la melodía quede embarrada por un halo tristón.
Impecable canción.


Reflejadas en agua contemplo las estrellas
una mente continua mantiene la incoherencia
yo no quería encontrarte de pie, tirando piedras
el espigón, la gente, me mira como siempre
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y a la luz de la luna vi el cartel de Pinamar
una sola ventana que cerró
el viento que quería que te quedes
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y en el paisaje un resto fiel de la verdad
cualquier cosa que diga no es real
sabiendo que no quiero que te quedes
el hacedor de ideas se estrella en su carrera
la dirección del tiempo es frágil y se tienta
mi corazón de enero traduce los deseos
razón, dame una ayuda
tu luz es la que alumbra
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y a la luz de la luna vi el cartel de Pinamar
cualquier cosa que diga no es real
sabiendo que no quiero que te quedes.







22:33:
También dramática, veintidós y treintaitrés exhibe en su música y letra una lánguida depresión, algo así como lo que les sucede a los animales domésticos y a los desocupados crónicos ("?" Nº 2). Imperativa al comienzo, la voz del platense susurra órdenes -¿o las recibe?- durante toda la primera estrofa. “Píntame los labios”, “hazme sonreír”, “bésame en la boca”: cada orden expresa un rito pasajero hasta que el protagonista pide que lo lleven al desierto. Exactamente ahí, la canción pasa de ser un folkito de armonía mayor superclásica a ser menor, es decir, más triste. La languidez la conserva, pero lo que sonaba amigable en un comienzo, deja de serlo. Y los acordes menores de la segunda estrofa hacen que todo suene más arrastrado.
En ese quiebre, se acaban las órdenes y comienza una ligera descripción espacio-temporal: “condición física sin deformidades, falla cardíaca, son las 22 y 33”. Pero la parte menor acaba rápido, como el tema, que concluye en la misma sintonía que comienza, con campanitas de fondo y una leve épica alegre. Todo en un minuto y medio.
El enigma de la falla cardíaca queda varado, pero al desierto de Bochatón nos gustaría ser invitados alguna vez. Ahí, las canciones se ven.

Píntame los labios
hazme sonreír
bésame en la boca
pasa un año junto a mí
llévame al desierto
llévame, llévame
que debes estar ahí
condición física
sin deformidades
falla cardíaca
son las 22 y 33
llévame al desierto
llévame, llévame
que debes estar ahí
Ahí...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los tiempos están cambiando (en la música también)

Mientras Roger Waters vende entradas como panchos para sus shows de River en marzo de 2012 -el mío sin mostaza, por favor- y Obras vuelve a abrir (gracias a dios), hoy se acordó en Reunión Plenaria de Comisiones del Senado que el 28 del corriente se tratará en el recinto el Proyecto de la Ley Nacional de la Música. El proyecto tiene como base la creación del INAMU (Instituto Nacional de la Música) y el financiamiento a las diversas actividades musicales, entre otros muchos detalles que pueden consultar acá, acá y acá.

Si querés leer la ley, pasá por acá.

jueves, 25 de agosto de 2011

Moris e hijo, quizá el disco del año


"Quiénes fueron estas dos personas
y por qué se juntan justo ahora
en este cruce de asfalto y de ignorancia".

(Thomas y Lacroze)





El retorno de Birabent padre acompañado de su hijo ya posa para ser una de las vedettes de este 2011 no muy poblado de novedades en el vapuleado rock local. La frase de arriba, ese cruce de "avenidas" -Thomas y Lacroze se llama el tema que la contiene-, es en verdad o al menos para mí, una frase-homenaje de Antonio a su viejo. Papá es el asfalto, la calle, y él un aprendiz que no sabe nada (la ignorancia, claro).

Dieciséis añitos pasaron hasta que don Mauricio -el Maurice bueno che, Moris, no confundan por favor- se dignó a grabar. En verdad, buena parte del mérito lo tiene Antonio, la única persona que pudo convencer al autor de El oso para que muestre canciones que hasta ayer eran papeles amarillentos guardados en un cajón. Y no recuerdo otro proyecto conjunto de padre e hijo, menos en el rock local (a ver si me ayudan).

Familia canción
, el disco que ha parido el dúo Birabent, muestra la inefable e indiscutible lapicera porteña de Moris, su espíritu por siempre tanguero, con esa poesía arrabalera que no se olvida de ningún barrio del Conurbano, y la inspiración de Antonio para componer temas que podrían ser de su padre (todo un mérito teniendo en cuenta que siempre ha sido un cantautor indie sin demasiada trascendencia, a decir verdad).

En los 35 minutos que dura Familia canción, pasan como ráfaga diez canciones bellísimas, con aires de tango, estribillos épicos y, claro, Buenos Aires atravesándolo todo. Moris conserva la misma voz que hace 33 años, quizá la última vez que fue escuchado con atención (Fiebre de vivir, el famoso disco español: de allí en adelante su sombra se lo devoró). Antonio canta de manera más melódica y menos seca. Donde su voz da belleza la de su padre certifica o endurece, y recita con su eterno dylanismo folk, ése que dice la verdad y sólo la verdad. Y ese contraste, sin lugar a dudas, agranda las canciones.




¿Canciones? Es difícil destacar una sola: Vedette falopa arranca folk, se sube a un tren funk y vuelve a mutar a canción, es una nueva visión descarnada de personajes patéticos, como Pato trabaja en una carnicería. Barrio pobre se sostiene en su perfección humilde y acústica que se completa cuando entra papá Moris, recita y deja correr... el silbido inicial y los que quedan de fondo después son un lindo detalle. Brasilero y guaraní, con sus camioneros y repiqueteos, es un tango modernizado con una batería que intenta no dejarlo ser (claramente, no lo logra). Con Parado en una esquina sucede algo similar: como inicialmente no sabe si ser tango o bossa nova, se resuelve como mejor les sale: siendo una bella canción pop. Eso sí, la letra no puede ser más tanguera.

El último tema suena a redención y agradecimiento de parte de Moris (no importa si lo compuso él o Antonio, no lo sabemos). Se llama El poeta de Varela y tal vez abra una puerta para lo que vendrá, con esa frase que cierra un disco impecable: "cuando quieras te canto mis temas".





Gracias por volver a hacerlo, maestro.

martes, 16 de agosto de 2011

The Leisure Society, una forma de pasar el invierno


No creo que haya músicas para una determinada época del año. Debo hacer esta necesaria aclaración antes de usar el invierno como estación-excusa para recomendar buena música. Sí, se que me estoy contradiciendo, pero son necesarias las excusas para acercarles nuevos descubrimientos (decoran más la cosa, le dan un envoltorio a algo que no lo tiene).
De todas maneras, uno puede afirmar que Nick Drake es para escuchar en otoño, Radiohead para el invierno, Locomía (?) para el verano y Avril Lavigne (!) para la primavera; pero en verdad, la música con atributos perdura y se deja escuchar en cualquier momento. Quizá exista en muchas personas -a mí no me sucede pero quizá a alguno de ustedes sí- la necesidad de escuchar cierto tipo de música según su momento personal.

En fin, la introducción de arriba es, repito, el pretexto para hablar de un grupo que me hipnotizó: hace dos semanas escucho diariamente (un domingo por la noche le di play por primera vez) la colorida música de The Leisure Society, un octeto inglés -en su myspace aparecen mencionados ocho integrantes, en las fotos son siete: preferí sumar antes que restar- autor de dos discos de notable factura, que podrían enmarcarse dentro del mundillo indie-folk, aunque sus arrebatos pop y su sonido tan hi-fi quizá juegue en contra de ambas etiquetas. Lo que más me gustó de entrada fueron los colores de su música, pero literalmente: antes de bajar los discos, me gustaron sus tapas-portadas-caras (y cuando te gustan las tapas ya es un buen comienzo).



Luego, fui por los colores de sus canciones, simples de esqueleto pero muy -muy, insisto- bien vestidas: flautas, violines, glockenspiels, cellos, mandolinas, pianos... todo trabaja de manera sutil para conformar al unísono un entramado amigable, consecuencia de esa polifonía de sonidos dulces y cálidos en el que reposa un trabajo vocal por parte del grupo que, no por similar, sino por bien puesto, me recuerda a los también apreciados (por mí, al menos) Fleet Foxes.

Por ahora, La Sociedad del Ocio (digámoslo, hasta el nombre está genial) lleva publicados dos discos bajo el ala del humilde sello Wilkommen Records. El primero, The sleeper, es una joyita que he escuchado diariamente desde aquel domingo de revelaciones. Un disco despojado, quizá más pequeño en sus intenciones si lo comparamos con Into the murky water, el sucesor en el que TLS redobla la apuesta dándole un poco más de vigor y oscuridad a una música inevitablemente luminosa y onírica. Están todos invitados.

jueves, 11 de agosto de 2011

Sueño stereo

Su último disco se llama Fuerza natural, y no queda más que pedir eso para él en este extraño cumpleaños.
Me entristece su situación, ese sueño en el que está inmerso y parece no poder salir. A la vez, el sueño de muchos admiradores de su música, es que se recupere milagrosamente.

A esta altura… que pase lo que tenga que pasar, Gustavo.





Convoy

Te encontré en un tren
dejando atrás toda la locura
Nos miramos bien
Buscando nuestro punto de fuga.
Tantas ganas de explorarnos
Todo salió como lo planeamos
Se soltó el vagón
Y volamos al espacio exterior.

Próxima estación
Mucho más allá del sol
Convoy espacial
¿Qué tan lejos nos llevará?

Oímos la galaxia explotar
Cabalgamos otros planetas
Dormimos en nubes de gas
y en playas de relojes de arena
En cada noche, una nueva luna
Hicimos el amor en algunas...
Cuerpos a contraluz
Guiados por la Cruz del Sur
(Dentro de un volcán ardimos de pasión mineral)
Nadie supo que nos pasó
Y ahora somos polvo cósmico.

Próxima estación
Mucho más allá del sol
Convoy espacial
¿Qué tan lejos nos llevará?

lunes, 1 de agosto de 2011

Tanto hacer el bien y no se acuerda nadie, George...

Qué bronca te daría si estuvieras vivo.
Vos, que con Ravi Shankar te mandaste el primer festival musical benéfico del mainstream.
Vos, que juntaste en un mismo escenario a Eric Clapton, tu amigo Ringo, Bob Dylan -en el único show del que participó en no sé cuántos años, antes y después-, Klaus Voorman, Leon Russell, Jim Keltner. Además de vos mismo, claro, que no habías hecho un show propio desde la separación beatle.
Vos, que recaudaste lo que pudiste para que lo administre la bondadosa UNICEF... y de paso te mandaste un discazo que ganó el Grammy y llamaste a Phil Spector para que lo produjera.

¿Todo para qué? Para que nadie se acuerde 40 años después.


Así es que, al menos, La Música es del Aire decide rememorar aquél show con una graciosa y simpática anécdota (y un aviso al final). Aquí la anécdota: "el concierto comienza con un recital de música india a manos de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan, introducido previamente por Harrison y con unas palabras del maestro hindú explicando la duración de la sección india. Al cabo de un tiempo, ambos músicos procedieron a afinar los instrumentos durante al menos 90 segundos. La audiencia respondió con un entusiasta aplauso, al cual Ravi Shankar respondió: 'Gracias. Si habéis apreciado tanto la afinación, espero que disfrutéis de la interpretación aún más'".

En el sitio web del histórico concierto se puede ver entera la película (calculen por los 6 minutos y medio la anécdota de arriba, je). Prueben aquí para ver The Concert...


viernes, 29 de julio de 2011

Para ir


Los compañeros Lestani Florencia y Minimal Ariel se presentarán en el Ultra Bar de la ciudad de Buenos Aires (San Martín 678; si no son kircheristas pueden ir igual, por supuesto) todos los jueves de agosto, es decir, 4, 11, 18 y 25, a las 21 horas.
Las entradas se consiguen anticipadas a $30 en Ultra y Anthology (Santa Fe 1670 - Galería Bond Street, local 7). En puerta salen $40.

Flopa y Minimal presentarán (imagino) el repertorio de sus discos solistas y del trabajo conjunto Flopa Manza Minimal, además de las cuatro nuevas canciones correspondientes a Reducción de daños, el EP que regalan en sus webs como adelanto de un futuro álbum (si no lo bajaste, fijate acá).

LMEDA estará allí.

martes, 19 de julio de 2011

El mejor disco del rock nacional, el rock nacional en sí. Y el baterista olvidado


Ya van más de seis meses que no puedo dejar de escuchar Seremos amigos, de Los Gatos, y aún ronda en mi mente esa idea exagerada e inabarcable que se sucede cada vez que algo magnífico, bello, inesperado y luminoso nos roza: sentir que esto es la perfección. Los gustos y las ideas van mutando casi diariamente, por lo cual no sé por cuánto tiempo más lo sentiré, pero como ahora es hoy y hoy este disco de Los Gatos me enfervoriza más a cada escucha, no puedo dejar de condecorarlo y de rendirme ante él como el mejor disco del rock nacional. Esta sentencia / apreciación personal encierra variados detalles, entre ellos, que odio la definición rock nacional, por lo tanto estaría diciendo que Los Gatos son los máximos referentes -los autores de la mejor obra- de ese movimiento (que, sonoramente, lo es) cuando lo que quiero pensar es que estas canciones son demasiado bellas para sólo considerarse como parte de ese lugar, lo trascienden (y me estoy encerrando solo, porque ese lugar lo cree yo mentalmente, aunque creo que comprenden hacia dónde me dirijo).

Lo que quiero explicar es que no creo que rock nacional sea cualquier grupo que enchufe sus guitarras, se distorsione y suene. Ni siquiera ése es un mandato fundamental. Rock nacional, o lo que al menos podría un obtuso como yo llegar a comprender como ello, es cancionero y melódico, rock nacional puede ser distorsionado pero hasta ahí, no necesita de un alimento enérgico más fuerte que la propia melodía de una canción. Rock nacional nunca sería heavy metal, y ya lo dijo Iorio alguna vez con su habitual sutileza, que él no formaba parte del rock nacional, "Fito Páez, Fabiana Cantilo y toda esa mersada". Pappo, si no hubiera compuesto Desconfío, estaría un poco más afuera de ser rock nacional (haber sido parte de los inicios también lo ayuda, también haber muerto aunque suene horrible). Él, que categorizaba magistralmente quién era y quién no rock, hablaba de "dos tarados que con la guitarrita y la flautita vinieron a ablandar la milanesa". Y Sui Generis, sin dudas, fue uno de los primeros fenómenos de lo que aún hoy se considera rock nacional.


En fin, creo que se entiende -o no y a esta altura no importa porque estoy escribiendo esto de corrido y a base de la nada misma, más que algún pensamiento perdido- a dónde voy con esto de rock nacional. Y el propio Litto Nebbia, inicialmente máximo ícono de esa entelequia, seguramente hoy esté fuera de cualquier discusión genérica, aunque la chapa quede. En Seremos amigos, su tercer elepé, Los Gatos concibieron su criatura más perfecta, digna de comparación, incluso, con obras contemporáneas del primer mundo beat.

Pero hay que acostumbrarse desde hoy, 43 años pasados de su edición, a un disco tan ingenuo -Sólo seremos amigos, amigos y nada más / y nadie nos molestará- como original. El grupo muestra su consolidación después de dos bonitos discos iniciales e iniciáticos, encontrando sonidos psicodélicos a los que nunca había llegado en Cuando llegue el año 2000, que ya llegó; grabando (dice el mito, habría que buscar, lo cierto es que Kay Gailfi distorsionó con un grabadorcito Geloso y se pudrió todo) el primer tema con guitarras distorsionadas del rock nacional, La chica del paraguas, una pieza que no ha tenido la suerte de superclásico que merece; y llevando a cabo su canción más producida, otra gema pop que debería llenar de dinero a su autor y que lleva la huella evocativa que atraviesa toda la carrera del mismo: Mañana, donde un Nebbia de ¡20 años! se pregunta qué esperar del porvenir, amor o soledad.


Quizá lo que me inspiró a escribir estas líneas fue un hecho que me hizo un poco de ruido en estos días: ver que en varios medios especializados (?) en rock (!) nos recordaban que se cumplieron cinco años desde la muerte de Syd Barrett, olvidando, omitiendo o despreciando, elija usted, que cuatro días después del adiós de Syd falleció una gran personalidad del rock de acá, quizá el mejor baterista en la historia del género. Hablo de Oscar Moro, por supuesto. De Moro quizá parezca que no hay mucho por decir, todos los que gustamos de estas músicas sabemos que tocó en Serú y también en Los Gatos (y siguen las firmas). Pero lo importante es escucharlo: apretar play y apreciar la potencia que le impone a Cuatro meses, el desparramo que hace en cada cuerpo de su batería en la perfecta Esperando a Dios -¡hay que volver a esos coros, señores!- y el laburo más silencioso pero importante para la esencia psicodélica del citado Cuando llegue el año 2000, por dar algunos ejemplos que me sumergen en una conclusión harto repetida pero inevitable: el baterista es el puesto más ingrato en un conjunto, como el arquero en el fútbol. Por eso quería escribir de Moro, más allá del divague inicial. Ésta era la cuestión.

Un lustro sin Moro, qué pena. A quién le importa qué es y qué deja de ser el rock nacional.


(Nota: este texto fue escrito hace varios días, y por la velocidad con que fue hecho me salteé algunas aclaraciones:
1- El disco, por supuesto, permanece descatalogado, por ese don apropiador de las compañías discográficas.
2- Que esto salga justo antes de día del amigo -digo, por el nombre del disco- es una casualidad. Pero igual queda bien.
3- Olvidé mencionar la despedida hablada de Litto: debe ser lo más tierno que escuché en un disco, o anda por ahí).

lunes, 11 de julio de 2011

Algie, el chanchito valiente

En diciembre de 1976, la grabación y mezcla de Animals estaban terminadas, y empezó el trabajo para hacer la portada del álbum. Hipgnosis había presentado tres ideas y, por una vez, ninguna nos pareció atractiva. Así que, al final, la portada surgió de un concepto de Roger, llevado a cabo por Storm, centrado en la central eléctrica Battersea -arriba en la foto-, una extraña visión futurista en las riberas del Támesis, que estaba acercándose al final de su servicio activo. La construcción inicial se completó a principios de la década de 1930, y fue diseñada por Giles Gilbert Scott –el diseñador de la simbólica imagen de Gran Bretaña de las cabinas telefónicas rojas, hoy también desbancada–; el edificio, de hecho consistía en dos centrales eléctricas unidas; fue la segunda de éstas, construida en 1953, la que proporcionó el perfil de Londres con sus cuatro imponentes chimeneas. Por entonces Roger vivía en Broxash Road, justo al lado de Clapham Common, por lo que conducía atravesando Londres para llegar a los estudios en Islington prácticamente a diario, haciendo una ruta que le obligaba a pasar delante de las amenazadoras chimeneas de la central eléctrica, lo cual le proporcionó la semilla de la idea utilizada para la portada (aquí debajo).

Andrew Saunders hizo la maqueta del cerdo hinchable –con la ayuda de Jeffrey Shaw– y luego una empresa alemana nos fabricó el objeto real. Ballon Fabrik había ganado destreza construyendo los zeppelines originales, pero, posteriormente, en una buena muestra de reciclaje de materiales bélicos, fabricaron varios globos para nosotros. Acabamos a principios de diciembre en la central eléctrica abandonada con un gigantesco globo con forma de porcino (al que por alguna razón llamamos Algie) –de unos nueve metros de largo, lleno de helio y muy truculento–, sin dejar de tirar de sus amarres. Como precaución adicional teníamos a un tirador entrenado a punto en caso de que Algie se diera a la fuga.
La sesión fotográfica estaba programada para el 2 de diciembre, pero el tiempo era inclemente; también teníamos algunos problemas con los aparejos, por lo que decidimos dejarlo para el día siguiente. Desgraciadamente, aunque el tiempo había mejorado a la mañana siguiente, el tirador aún no había llegado y no estaba en su lugar a la hora del lanzamiento. Hubo una ráfaga de viento repentina, el calabrote de acero se rompió, y Algie se soltó, ascendiendo a los cielos a unos sesenta metros por segundo, mucho más rápido de lo que puedo hacerlo el helicóptero de la policía para interceptarlo. No se trataba de un montaje deliberado y todos éramos bien conscientes de que aparte de perder una maqueta muy cara podíamos provocar un grave desastre de aviación. Se convocó a los abogados, se pensó en planes de emergencia y se propusieron chivos expiatorios.

Storm Thorgerson, genio creativo de Hipgnosis, el colectivo artístico que ha realizado geniales portadas de álbumes de rock.

Uno de mis recuerdos favoritos de todo el incidente es la reunión con nuestro abogado Bernard Sheridan, al que Linda Stanbury, nuestra asistente personal entonces, le adoctrinó en las cuestiones del papeleo de la gira; cuando Sheridan se enteró de la noticia de que el cerdo se estaba dirigiendo hacia Alemania refunfuñó: “Pero si no tiene pasaporte…”.
Afortunadamente, el cerdo descendió espontáneamente, y lo recuperó un granjero de Kent sin haber causado ningún daño. Hubo una anécdota de un piloto de una compañía aérea que detectó un cerdo errante al ir a aterrizar en Heathrow, pero tuvo miedo de contarlo por si acaso los controladores de vuelo pensaban que había estado bebiendo. Desgraciadamente, me temo que esto es tan sólo una leyenda. La terrible verdad es que la imagen del cerdo fue añadida en la portada final más tarde, ya que la mejor imagen de la central eléctrica, en un ambiente de nubosidad variable, se había tomado en un día de reconocimiento anterior, cuando Algie estaba ausente.

(Extracto del excelente libro Inside Out: A Personal History of Pink Floyd, de Nick Mason).

Algie se eleva por encima de la Battersea Power Station en diciembre de 1976, mientras el tirador toma puntería.

martes, 5 de julio de 2011

Novedades en formato de single

Aquí venimos con pequeñas novedades del mundo discográfico (¡sí, todavía existe, piratas!). Dos de nuestras bandas favoritas -hablo por todos- han lanzado respectivos singles como adelanto de sus futuros discos. Hablo de Wilco, de allá, y Valle de Muñecas, de más aquí.

Los muchachos de Chicago -otra vez se rumorea que andarán yirando por la Argentina, crucen los dedos- se han despachado con un temita simpático pero, debo decir, algo insulso, titulado I might. Quizá le falte algo de power, a pesar de tener una base que se carga todo. A ese tema, le suman como lado B una bonita versión de I love my label de Nick Lowe: veremos si sale también en el álbum, que se va a llamar The whole love y verá la luz el 27 de septiembre con, por suerte, la primavera como estación acompañante. Pueden escuchar ambos temas aquí. Y cabe aclarar que, aunque el adelanto no parezca gran cosa, de ellos siempre esperamos mucho.




Más acá, el amigo Manza Esaín nos entrega novedades después de un buen tiempo. Folk fue la última producción de Valle de Muñecas hace ya cuatro años, y La autopista corre del océano hasta el amanecer -¡gran nombre!- va a ser su sucesor. ¿Por qué tardaron tanto? Las razones, sospechamos, pueden ser dos: Esaín produce incansablemente cantidad de discos del under argentino; y para colmo se ha juntado el último año con sus amigos Flopa y Minimal para recrear aquel grandioso disco que grabaran hace ocho años.
Sus adelantos, virtuales, también son dos: La soledad no es una herida -que contiene la frase que da nombre al disco-, con el fraseo habitual de esa voz tan especial y un bajo que -tal el caso de Wilco- pasa al frente para arrasar con todo; y la cara B llamada Cuentos para no dormir jamás, menos agónica en apariencia, pero con tres palabras -"todo acaba siempre"- que forman la frase insignia de una letra desoladora.


(Nota: de paso, avisamos que Valle de Muñecas estará presentándose próximamente en el auditorio de Radio Nacional el martes 12 de julio, en tanto que el jueves 21, también de este mes, la cita será en el Salón Pueyrredón).