jueves, 11 de abril de 2013

Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 2)

Segunda parte de la grandiosa charla que tuvimos con Florencia Ruiz. Aquí nos cuenta de sus viajes por Japón, su maternidad, las canciones propias y ajenas, la labor fundamental de un maestro y el gran objetivo de este 2013: tocar y tocar su último disco, Luz de la noche.

Tan buena como la primera parte (o mejor).

Texto: Tucho
Fotos: Victoria Schwindt

JAPÓN, UN HOGAR ARTÍSTICO

¿Cómo te reciben en Japón? Hace muchos años que vas.
Hace cinco años que empecé a viajar. Tengo mis amigos y también tengo mi grupo allá, un grupo estable que armó y dirige Tomohiro Yahiro. El año que viene vamos a volver para allá.

¿Te acostumbraste a esas giras y a ese mundo, esa vida tan distinta?
Ahora que leí el plan de gira del año que viene… ¡estoy cansada desde hoy! (risas). Pienso dormir y acumular horas de sueño porque son seis shows por semana, creo que descansamos los lunes nomás. Y en realidad, no te olvides que ese día que no tocamos, viajamos, es viaje seguro.
Me encanta Japón, y además ahora voy a ir con mi hijo; no quise ir este año porque él es muy bebé y no le encontraba mucho sentido. Sobre todo para que a él le quede en la memoria que fue a Japón, que esté ahí, aprenda y pueda generar recuerdos de eso. Va a ser cuidado por las señoras de allá, que son lo más...
Conozco mucha gente y además soy re amiguera, entonces donde voy, ciudad que no puede ser, tengo un amigo. Una amiga que trabaja en la embajada argentina me dice “yo no puedo creer que vos tengas una amiga en Obihiro”. Es como si ella viniera acá y tuviera amigos en un pueblo a 50 kilómetros de Resistencia, que vos decís “¿quién va a tener un amigo allá?”. Y bueno, así es.

¿Y cómo te comunicás? ¿Aprendiste algo de japonés?
No, no sé nada de japonés y no aprendí nada allá. Es inaccesible y a ellos les encanta que sea inaccesible, aunque algo te enseñan. Pero en los dos viajes largos que hice y hablándolo con Hugo [Fattoruso], entendí que es imposible. Él va hace muchos años a Japón, estudia e intenta aprender, intenta e intenta... ¡Y no sabe nada! (risas). A mí me gusta el idioma pero tenés que dedicarle mucho tiempo y yo no tengo tiempo ni para tocar la guitarra, imaginate para aprender japonés.





















MADRE, MAESTRA, COMPOSITORA, ESCUCHA

¿Por qué no tenés tiempo para tocar la guitarra? ¿Por el niño?
Sí, ¡porque tengo un niño! Estoy tocando prácticamente con la guitarra eléctrica desenchufada para poder escucharlo. Si llora, si se despierta…

¿Y cómo estás laburando, entonces, la composición del nuevo disco? ¿Tenés canciones del baúl?
No, no, no (insiste). Son todas canciones de ahora. No creo mucho en la canción del baúl porque me produce mucha alegría el momento de componer algo nuevo, necesito físicamente esa adrenalina de no saber qué notas y que palabras van a venir.

Esa necesidad, por lo que estuve leyendo, la tuviste desde chica.
Sí, me pasa desde siempre. Mirá: mi abuelo tocaba el bandoneón arriba, en un cuarto que tenía para tocar donde había pilas de partituras; y él solo ahí adentro, como preso. El tipo se pasaba todo el día, yo subía y le decía “abuelo tocá esto, abuelo tocá aquello”, buscando la melodía. Y no era nada de eso. Después me regalaron un disco de Charly [García, claro], y es medio por acá pero no, tampoco. Y no era. Las primeras canciones que hice eran una freakeada que no puede ser, tengo grabaciones de eso en un casetito. Grabaciones de rec-play a los diez u once años, muy graciosas, ¡con letra y todo!
Empecé tocando el bandoneón, pero después por diferencias ideológicas con mi abuelo tuve que dejar. Él había aprendido en los años ’30... Digamos: por eso yo también soy maestra de esto.

¿Seguís dando clases?
Sigo dando clases de música en jardín, y además doy cursos de armonía, uno acá en casa y el otro en Estudio Urbano (soy de la primera camada). Lo sigo haciendo porque me da bronca haber conocido muchos chicos, amigos y compañeros de música, que han dejado de tocar porque tuvieron maestros malos, esos que no aman su profesión y te frustran. Y yo soy bastante de creer que pasa mucho por nosotros -los maestros- el tema. Mirá: yo le doy clases formalmente a dos hijas de amigos. Una es la hija de Ariel [Minimal] y la otra es la hija de Rosario Bléfari, a quien más le di clases en mi vida. Cuando ella vino acá tenía ocho años, ahora tiene casi doce. Y hacía unos temas... no buenos, buenísimos. Ella toca la guitarra y canta... ¡y me dio una responsabilidad! Yo pensaba, “¿cómo hago para incentivarla y no meterle mi influencia?”.

Enseñarle sin que pierda la naturalidad que ella tenía.
Que ella siga su camino, su rumbo, y que yo como maestra enriquezca ese camino, que le diga “fijate tal cosa”. Había días en los que me quedaba pensando si estaba haciendo las cosas bien o no; por suerte como Rosario es mi amiga lo charlaba con ella. Creo que recién el año pasado encontramos bien en qué la podía ayudar yo perfectamente.
Igual es buenísimo cómo uno ve en el otro, en el chico, en qué puede ayudar.

¿Te interesa particularmente trabajar con chicos?
No, me interesa bastante también ayudar a otros que hacen canciones porque les ahorrás mucho tiempo. Yo no tuve eso, fui a la educación formal, que no contempla nada de eso y va para adelante, pum-pum-pum. Y en el Conservatorio siempre fui como el bicho raro, empecé a los dieciséis años y cuando me preguntaban yo decía que quería hacer canciones, pero necesitaba tocar bien el instrumento y aprender. Los maestros me miraban como diciendo “para qué venís acá”.
Yo tenía que laburar, no me podía dar el lujo de no trabajar y empecé a laburar cuando terminé el secundario.

Digamos que entraste en el Conservatorio pensando en ser profesora, con esa idea de asegurarte el trabajo.
Sí, totalmente, porque no iba a poder hacer nada, ni comprarme una guitarra ni nada. Y esto me abrió un mundo alucinante. Yo empecé dando clases en el campo, donde termina La Matanza, en Virrey del Pino. Y siempre pensé en la composición, a mí siempre me costó mucho tocar canciones de otros, nunca sentí la necesidad ni me interesó.

¿Es cierto que escuchás muy poca música?
Sí, ¡es un defecto grande no tener curiosidad! Me llegan discos y me alucino. Ahora me mandó su disco Edgardo Cardozo, 6 de copas. ¡Y está buenísimo, no puede más, es precioso! Pero quizá hasta junio sólo escucho eso porque no tengo tanta capacidad de asimilar. Hay gente que sí, que puede disociar... y no es que tenga temor a que me influencien, al contrario: me encantaría influenciarme con algo. Pero mi relación con la música es de necesidad, de estar en otra dimensión.
Recuerdo cuando nació Julián. Es muy agotador ser mamá los primeros días, y yo en vez de dormir agarraba la guitarra. Compuse mucho por esto que te digo: el bebé necesita atención de la mamá, comer y todo eso. Y él siempre durmió joya, perfecto, pero yo en vez de dormir siempre estaba con el tema de que este era mi descanso: entrar en otra dimensión.

Vos te nutrís sola.
Muchas veces los músicos se nutren de lo que escuchan. Para mí, en cierto sentido, la música no tiene tanto misterio: conozco los acordes, ya sé cuando va a venir un estribillo, pero no porque sea una genia sino porque llevo años de analizar y de laburar de eso. El oficio, ¿no? Villavicencio le regaló a Julián El clave bien temperado, y vos decís “ah, es acá”. Suena un poco creído decir algo así, pero es quizá la música que a vos te puede dar paz. A otro le pasará con los Sex Pistols.

¿Necesitás eso, que la música te dé paz?
Y... en cierto sentido sí. O que me sorprenda. Por ejemplo, el otro día me dio su nuevo disco Franquito Salvador. Y estaba acá haciendo la comida, lo puse y me sorprendió cómo está tocando la viola, pensé “¡qué bueno!”. Y es algo que no tiene ninguna relación con lo que te decía de Cardozo, pero yo me hago fan igual. Me puedo copar con todo, pero no puedo salir a buscar. Nunca bajé un disco.

¡Debes ser una de las pocas personas en el mundo que nunca bajó un disco! (Risas).
Claro, me dicen “buscalo en internet”... ¡y no sé cómo se busca, viste! (Más risas). No estoy muy interesada en la tecnología, mirá el celular que tengo, y lo tengo desde que soy madre, sino tampoco lo tendría. Voy a Japón y no miro nada de tecnología, recién ahora entendí lo del Guitar hero y todo eso, cuando salió yo estaba ahí y no tenía idea. Nadie me pide que le traiga cosas porque saben que soy re momia y que no voy a llevar nada, es la verdad.
Soy muy poco consumista y esa situación no es una virtud, no es que te digo “qué bueno ser así”. Entre las dos cosas, creo que seguramente es mejor bajarse cien discos y estar conectado, en sintonía con tu profesión.

Lo decís sólo en lo referido a tu profesión, imagino, al “estar informado”.
Sí, lo digo en ese sentido. Por ahí voy a un bar y está Fulanito de Tal, ¡y yo no sé quién es! Me ha pasado con gente que no podés creer...

¿Por ejemplo?
No, no voy a decir... (Risas).

Ah, ¡son ejemplos muy famosos!
¡Son ejemplos extremos! (Más risas). Yo les decía “ah, ¡¿sos vos?! ¡No lo puedo creer, qué bueno!” (Muchas risas). Por eso Villa siempre me carga y me dice “vos, con tu simpatía arrolladora” porque, claro, como yo no tengo muchas caras y no retengo datos que se suponen importantes... El mundo de la música es un mundo de egos, viste: “yo soy Zutanito, no sé cuánto” y aunque me dé vergüenza no saber, no puedo andar googleando, más ahora que estoy haciendo el duelo de la paz y la tranquilidad. Porque yo llegaba a mi casa y estaba sola, en silencio, callada: eso no me pasa más. Y desde que sé leer, yo leía dos horas por día y eso tampoco existe más. Tu hijo una sola vez va a tener tres meses, un año... Los discos y los libros pueden esperar, y ya los haré.





















EL OBJETIVO DEL AÑO

Aparte las canciones te brotan...
Sí, aunque quizá un día no surjan más, y ahí es donde quizá sí sea el momento de tocar canciones de otro.
Lo que yo estoy tratando de conseguir –vamos a decir esa palabra– es que la gente nos venga a ver, porque creo que la banda está sonando y están sonando todos los arreglos y dirige Villavicencio que hace que todo tenga otra dimensión... Logra sacar lo mejor de cada músico.
Pienso que todavía estamos en una etapa medio prejuiciosa como público, en general.

¿En qué sentido?
En todos los sentidos, desde que tu disco no se puede publicar hasta que es una música rara o difícil; te puedo llegar a decir que hasta hay machismo muchas veces. Y tengo fe que eso sea una cosa que llegue hasta mi generación, que las chicas de veinte años ya no lo sufran más. Igual, es un cambio nuestro, como mujeres y como mamás: educar a nuestros hijos con otra mentalidad. Muchas veces pasa que las mujeres arman bandas sólo de mujeres, creyendo que “nosotras también podemos”.    

Y en realidad se están etiquetando así.
¡Claro! Yo no te distingo hombre, mujer o lo que sea; si toca, toca, vale. Creo que el tema de la Presidenta suma mucho, sobre todo en los niños que nacen y tienen una presidenta mujer, algo que cuando yo era chica era impensado. Y pienso que a Cristina también le dan más porque es mujer, si fuera hombre no la criticarían tanto; significa que todavía nos cuesta más, y eso no puede pasar.
Y también sucede una cosa re loca: capaz viene alguien de afuera y la gente va a verlo, y a mí me conoce la gente pero no me va a ver, porque estoy acá en Boedo y se supone que la semana que viene vuelvo a tocar.

La gente mira lo de afuera con otros ojos, pasa eso.
Por eso lo veo como un desafío, es el desafío que tengo este año. Quiero desarrollar Luz de la noche, aunque ya tenga muchas canciones nuevas para trabajar. Es dar un paso, no importa si son estas canciones, aquellas o las otras; ahora son las de Luz de la noche porque muchas –la gran mayoría– nunca fueron tocadas en vivo. Y siento que no lo puedo dejar así, sería un egoísmo con la música que no me gusta tener. A otros les puede funcionar lo de sacar discos seguido y no parar, y me parece genial.

Al mismo Ariel, quizá...
¡Ariel es una aplanadora! (Risas). Escucha mucho, toca mucho, graba mucho, ¡es tremendo! Está enchufado y tiene mucha energía; yo también tengo mucha energía, pero es otra cosa. Me encanta tener amigos así y por eso me encantó hacer el disco con él y la pasamos re bien. Quizá surja hacer algo de nuevo, siempre lo hablamos, pero ahora estoy con esto y él está tocando mucho con Flopa y va a sacar el disco con Pez, que lo hicieron en tres días.

¡Vos nunca podrías! (Risas).
Me encantaría llegar a ese momento, lo que pasa es que yo disfruto mucho el momento. Es como que te llegue un helado buenísimo, hacer ¡arghh!” y comértelo entero. Creo que es interesante acompasarse con el alma, porque sino (te lo repito) son intentos de uno, porque ¿quién te apura? A mí ciertas cuestiones de los sellos de afuera, por ejemplo, me apuran. Como estoy comprometida con ellos, hago algo si debo hacerlo.
Además de que siempre fui mucho más tranquila que el resto, ahora soy mamá, entonces tengo que saber poner los puntos sobre las íes. A veces digo “bueno, tengo que hacer tal cosa” y después pienso “pero tengo que llevar a Julián a la plaza...”.

Y gana la opción dos.
Y... me pongo las zapatillas y vamos a la plaza. Siento que es la manera de estar en equilibrio con la naturaleza, porque es difícil parir. Es raro, vos estás embarazada y un día te dicen que va a nacer tu hijo... Fui al médico a revisarme, estaba acá con Facu Guevara y Tomo, arreglando para hacer unos ravioles a la noche y Tomohiro me tuvo que preparar el bolso, porque de golpe iba a nacer Julián.

¡¿Tomohiro te hizo el bolso?!
¡Sí! (Risas). Los tiempos de la naturaleza no son tus tiempos, ni los tiempos de la medicina. Y yo siento que hay que volver un poco a eso: a los amigos, a brindarse. Sino la cuestión cibernética te consume totalmente y no tuviste un minuto de decir “mirá el cielo”; y no soporto perder el tiempo, me desespera.
Por algo soy música: porque quiero tener una vida distinta a lo que se impone, o a lo que le hubiese gustado a mis parientes; que tuviera un consultorio de algo... Me empecé a plantear eso: cómo estar en la de uno.

viernes, 5 de abril de 2013

Charlas con músicos: Florencia Ruiz (pt. 1)


Entrar en el universo de Florencia Ruiz es ingresar en lo profundo de lo íntimo, en la esencia natural que a veces se nos esconde (o preferimos no mirar). Así sucede cuando escuchamos su música etérea, magnífica, luminosa, y así sucedió cuando tuvimos la suerte de visitarla en su hogar. 

Si tocás el timbre de una casa y te abre la puerta alguien que admirás y que no esperás ni de casualidad ahí –el percusionista japonés Tomohiro Yahiro, mitad de Dos Orientales, dúo que comparte con el maestro Hugo Fattoruso–, esa morada probablemente sea un lugar digno de visitar. La sospecha se hizo realidad y así siguió su curso nuestra visita: más de una hora hablando de música, de vida, de lugares, de naturaleza, de hijos, de discos. Florencia: su soltura, su simpleza y su bondad me dejaron encantado.
Nos sacamos el calzado y allí vamos en esta primera parte de una charla que todavía me flashea: hacia la luz de la noche. Disfrútenla la mitad de lo que lo hice yo. Es una orden.

Texto: Tucho
Fotos: Victoria Schwindt

LUZ DE LA NOCHE: CÓMO SE HIZO, CÓMO SE HACE

Pasaron casi dos años desde que salió Luz de la noche, ¿qué sucedió en ese período, para que recién ahora sea la presentación más formal del disco?
Sí, pasaron casi dos años porque el disco salió en julio de 2011. Es un disco muy grande en muchos aspectos y por eso no quería presentarlo de una, apenas lo terminamos de hacer. Armarlo y todo fue un trabajo muy importante y lo quería hacer bien porque, ¿quién me corre? No es que tengo diez compañías que me dicen “ya hay que tocarlo”.
Lo que sucedió fue que apenas salió el disco –antes de que saliera en Argentina– yo viajé a Japón a tocar y estuve como cuarenta días allá. Volví pensando que iba a encarar esto pero quedé embarazada... Y pasó que cuando volví de Japón hice un concierto con el Mono Fontana en Ciudad Emergente, a dúo; entonces pensé que el disco se podía bancar un tiempo sin ser presentado para vivir la experiencia de tocar casi un año con el Mono.

Querías disfrutar de eso…
Sí, se dio, a veces los encuentros en la vida no son como uno los planea. Desde que tengo 10 años que quiero tocar con el Mono, siendo fan de discos de Spinetta de los ’80 como Téster [de violencia] en los que él toca. Y entonces, cuando me di cuenta de que podía estar un tiempo tocando con él, aprendiendo y disfrutando mucho, lo hice. Es un tipo genial a todo nivel: es muy gracioso, terriblemente divertido, así que no podés creer... Y bueno, formamos la banda con el Mono y dos amigos: Facundo Guevara y Mintcho Garrammone. Nos juntamos un día y armamos algunas canciones para tocar, como para que no quede sin ser tocado el disco en ese año. Y después seguí tocando con el Mono, solos, hasta que nació Julián: dejé de tocar y al mes nació.
Después de que nació Julián, llegó desde New York un amigo mío de siempre, Marcelo Lupis, y me propuso armar los arreglos del disco, que tampoco es fácil ver con quién vas a hacer ese laburo porque es un disco que está pensado como de música popular pero está realizado como un disco de música... (Piensa).

Es muy sofisticado, digamos. 
Claro, es un disco sofisticado para tocar, no es que le paso la hoja a uno y ya está. Hay muchos matices, muchas cosas, hay que tocarlo y no lo puede tocar cualquiera. Ahí fue que empezamos a buscar músicos para armar una banda estable y después sumarle invitados. Primero vino el tecladista, Edu González… Los teclados del disco los toca [Carlos] Villavicencio, y hay un solo piano que lo toca Hugo [Fattoruso].

Invitados fuertes, ahí no podía tocar cualquiera…
¿Cómo hacés para reemplazarlos? Tiene que saber tocar el que esté. Y apareció Edu que es un súper pianista y aparte muy buena onda; después Julián Semprini, el baterista, que toca con Pedro Aznar y con otros tantos músicos... Son todos amigos nuestros –los dos mejores amigos de Lupis son ellos–, no es que los fuimos a buscar a Hong Kong (risas). Y completa el grupo el contrabajista con el que ya había tocado y también tengo muy buena onda y cariño, Juan Fracci.
Probamos la banda con un par de conciertos el año pasado, para ver si era posible, y le arrimamos bastante el bochín...





















¿Carlos los vio?
No... (Silencio cómplice y risas). Pero ahora está dirigiendo a la banda, entonces muchas canciones son con las pistas y él dirige; vino a los ensayos, es un músico más que está acá y hace un laburo buenísimo. Aprendemos un montonazo, es súper exigente pero bien. Estamos ensayando bastante y es una alegría haber encontrado músicos con ganas de superarse, porque a veces pasa que un músico se quiere quedar ahí, no porque sea cómodo sino porque quizá encontró lo que quería tocar. Y no es el caso de estos pibes: siempre quieren más, y eso es buenísimo.

Se lo tomaron como un desafío.
Claro. Para mí es radicalmente opuesto a lo que venía haciendo. En el vivo, cuando tengo que tocar, de un lado suena el clic y del otro lado suena la música [se refiere a los auriculares que usan los músicos como 'retorno', uno con el sonido de la banda y el otro con el metrónomo].
Por eso el disco se hizo esperar, pero como tardamos tanto en hacerlo valía presentarlo bien...

Claro, porque entre la composición y la edición pasaron varios años.
Lo compusimos en 2009. Los arreglos te diré que llevaron más tiempo de composición que la canción en sí... En 2010 lo grabamos y en 2011 salió. También se atrasó mucho porque es un disco muy caro presupuestariamente.

La idea era no poner plata de tu bolsillo, ¿se logró?
En buena parte podemos decir que sí. Lo que pasa es que cuando querés hacer una cosa así, tan bien hecha y tan a contramano de la industria... Fuimos al mejor estudio, trabajamos sin apuro, tranquilos... Pero no contábamos con tanto dinero. Entonces cuando conseguíamos una fecha en el estudio capaz teníamos que grabar a cinco músicos.
Hay un trabajo de producción muy grande ahí, que por supuesto es de Villavicencio, no mío. Creo que yo no hablé con ningún músico... Yo me encargué de Ariel [Minimal].

Que era el más indomable, quizá...
No es que sea más indomable, él tiene sus modos y me parece que los demás músicos que participan están más duchos para participar en cosas así. Es otra cosa, eso te lo da tu hábitat, quizá te va condicionando más. Yo creo más en pedirle al músico lo que me puede dar, no estar pidiéndole lo que no me puede dar.
Por ejemplo: a Ariel no le vamos a dar una partitura porque me va a decir “¿y esto qué es?”; y hay músicos como Pablo Agri o todos los que tocan cuerdas, que están acostumbrados a grabar con partes... Pero si les decís “acá improvisá”, los matás. Y Ariel no, está acostumbrado a eso. Entonces me parece que ahí hubo un buen laburo de comunicación, de qué es lo que iba a hacer cada músico que viniera a tocar.

Eso funcionó bien.
Sí, después no sé... El futuro, flor estaba arreglado para big band y estuvimos cerca de hacerlo, pero después entendí que era un delirio, imposible de hacer. Imposible de pagar: necesitaba mucha plata para grabar un solo tema, y no me siento mal por no haberlo hecho. Al contrario, siento que tengo una cosa más por hacer.
Los temas se fueron adaptando a la realidad, no solamente económica. Por ejemplo, cuando vino a grabar Hugo en Todo dolor –a partir del disco fue que me hice muy amiga porque él estaba contentísimo y quería tocar en todos los temas–, le mostramos una cuerda de tambores sampleada, algo que hizo Villa en esa canción. Carlos le comentó que quería reemplazar el sampler por una cuerda verdadera, y Hugo le dijo “¡ni se te ocurra!” y al final quedó eso, se adaptó a eso.
Si escuchás el demo del disco es casi igual, sin determinados aportes que están buenísimos. Lo que hizo Hugo es impresionante.

¿Y de las versiones primeras tuyas, que eran más crudas?
Hay temas que no cambiaron tanto, y hay otros que se dieron vuelta. Alumbraremos, el tema que abre el disco, es un tema que a nivel compositivo no existe, tiene dos acordes. Vos lo escuchás y es muy austero, lo que quiere pintar es una realidad, una foto. Le expliqué a Villa que la canción habla de la inundación en Tartagal, le hablé de eso y él se imaginó toda una cosa... Cuando fuimos a Japón, Tomohiro –que había recibido Luz de la noche en un CD-R– me pedía que  le toque ese tema y yo le decía “no, no lo toco porque te arruino la ilusión” (risas). Me insistió y cuando se lo toqué... “Esto qué es”. Me pareció alucinante lo que hizo Carlos.
Y creo que en general, está muy respetada mi personalidad en el disco. Algunas cosas fueron modificadas para bien y yo lo tomé, te digo la verdad, como una clase magistral.

¿Aceptabas todo lo que Villavicencio proponía?
Todo. Si pienso y digo “esta persona va a hacer tal cosa”, ya está, estoy entregada. Después puedo sacar muchas conclusiones, en el momento ni lo pienso. Puedo hablarte de Luz de la noche y decirte que me encanta todo, pero si no me gustara algo lo podría decir ahora, no cuando lo hice. Me entregué a que era así.
Y siento que está medio desdibujado el rol de productor / arreglador, muchas veces dicen “me lo produjo Fulanito” y es porque se supone que conviene que esté el nombre de Fulanito en tu disco. En este caso, para mí era la oportunidad de aprender, estar ahí con las notas, con las cosas... Si podía preguntar algo aprovechaba, si no daba para preguntar no lo hacía, y chau.
Y tocar con músicos buena onda, estar en otro lugar. A mí me sorprendía mucho eso: que llegaban los músicos y yo les daba la mano y chau, no hablaba más. Eso me resulto re interesante.

¿Tener un contacto más profesional, quizá más frío?
Ni frío ni profesional, sino otro. Otra cosa. Una súper amiga mía, Elizabeth Ridolfi, vino a grabar la viola de Alumbraremos. Y con ella yo ni hablaba, en un momento me empezó a hablar de no sé qué y de golpe se dio vuelta, “se acabó la conversación acá”.

Había un estado de concentración.
Claro, y lo lindo es que todos se sorprendían de escuchar algo así; y músicos de tan distintas músicas, que viene uno de tango, uno de rock, y todos con alegría y cariño de que la cosa salga bien, para adelante.
Lo otro increíble fue que me cruzaba con gente en un concierto cualquiera y cuando les contaba que estaba haciendo el disco me decían “quiero tocar”. Fue algo interesante y que me costó años de terapia: entender que la gente quería venir porque le gustaban las canciones, lo que los convocaba no era que estuviera Fulano o Mengano de productor o de invitado.

¿Por qué te costo años de terapia, no te gustaban tus canciones?
No, a uno le parece eso, que están porque está tal. Después, hablando con Jaques Morelenbaum, él me decía “yo toco porque me gustan las canciones, me encantan y no me importa nada, quiero tocar”. Los músicos ven que están en un proyecto que está hecho con amor, con mucho cariño y con una dedicación ridícula (risas).

¿Tanto como ridícula?
Y... es un poco ridícula por lo que significa el disco ahora, ¿entendés?

La gente no se da cuenta a veces de todo lo que contiene un disco.
No es sólo eso... yo tampoco me doy cuenta de las investigaciones que se hacen sobre la caspa, qué sé yo (risas). Uno capaz lo ve como una propaganda de champú y no, hay gente que está estudiando porque quizá el que tiene caspa también tiene problemas de riñón, ¡no sé! (más risas). No sé si lo veo de ese modo, lo veo desde un lugar más íntimo.
Lo que sí me gustaría y creo que estaría bueno, es que el disco llegara a sumar un granito de arena, de “no nos dividamos: hagamos una música”; no entrar en eso de “si yo escucho esto no puedo escuchar aquello”, o entro en esto y en lo otro no. A mí me pasa que, como estudié, en vez de ser una virtud o un valor es como “no…”.

En el rock es despectivo, es un “No… vos sabés”. 
¡Claro! Incluso en las notas me pasa que me ponen como una estampita, como si leer o escribir fuera una virtud en sí. Yo rescato de estudiar y aprender esa cosa de superarse, de decir “bueno, no puedo volver a hacer esa misma canción”, porque uno se da cuenta cuando está haciendo la misma canción que hizo en el disco pasado; entonces como te das cuenta, como la ves, decís “voy a hacer otra cosa”. Ahora estamos trabajando un disco nuevo...

¿Con Carlos también?
Sí. Y no tiene que ver con Luz de la noche. A la vez va a tener que ver, inevitablemente va a haber una continuación de eso, pero es otra cosa.
Pienso que ser exigente no es solamente una condición del que estudió, a la vez es querer hacer algo copado y que sorprenda desde el mejor de los lugares. No es que voy a agarrar a un trompetista para que haga ti-ti-ti, no: llegando al corazón, al alma de la gente. Es pensar “bueno, ¿cómo hacemos para darle una vuelta de tuerca a la canción?”. Humildemente, es lo que me pasa.
A veces sobreestimamos la simpleza. La simpleza no es solamente la guitarra criolla medio desafinada. Podés tener una casa hermosa con tres sillas nada más, y otra casa con tres sillas puede ser horrenda. Yo estoy contenta del lugar en el que estoy ahora: me fui a Japón, me hice una súper gira, conseguí que el disco se editara afuera...
Creo que mi música es para todos, tiene mucha inclusión. Una canción linda no importa de dónde viene, hay que intentar conectarse... La música es lo máximo, tenemos que intentar ir por otro lado y ponernos en sintonía con eso.

* Florencia Ruiz presenta Luz de la noche hoy viernes 5 de abril a las 21 horas en el Club Atlético Fernández Fierro (Sánchez de Bustamante 764, CABA). Entradas anticipadas $50, en Musetta Café (Billinghurst 894) a partir de las 11 horas; o enviando un mail a reservas@caff.com.ar. En puerta, $70.

sábado, 30 de marzo de 2013

6


La Música es del Aire empieza primer grado.

Nunca sospeché que esto iba a durar tanto... y en verdad el mérito no está específicamente en durar, sino en saber que gracias a este medio conocí mucha gente que me hubiera perdido, entre ellos, músicos geniales que admiré y admiro de años y me abrieron las puertas de su casa; compañeros "virtuales" que luego conocí, desde periodistas hasta fotógrafos o sencillos visitantes, gente buenísima que ama y vive la música como yo. También están los que leen, comentan, se acercan, tiran buena onda y alientan. Son fundamentales aunque muchos observen en silencio.

Es un gusto y un laburo hacer esto, pero las satisfacciones fueron muchas más de las que esperaba y siento que recién estamos empezando. Gracias a todos los que leen, a los que vienen de hace tiempo y a los que se suman; a los músicos -muchos, para mi sorpresa- que me pasan sus discos para que los comente aquí (algo que nunca imaginé y me parece un gesto hermoso, y que además le da un valor que ni yo le doy a este espacio a veces).

Para festejar, y hablando de músicos admirables, necesarios y lo suficientemente humildes como para abrirnos las puertas de su casa, en unos días tendrán por aquí la palabra sabia de dos maestros de la música argentina, Florencia Ruiz y Pablo Vidal.

Salud y gracias de vuelta.


miércoles, 27 de marzo de 2013

Miguel, el Padre de los Abuelos

Este extenso texto fue escrito hace unos años... Ayer no lo pude subir pero creo que la demora de un día no cambia nada. A 25 años de la partida física de Miguel Abuelo, un repaso por su historia previo a la fama de los '80:


OYE, NIÑO
Miguel Ángel Peralta nació el 21 de marzo de 1946, en la localidad de Munro, Buenos Aires. De familia humilde, el niño Miguel nunca conoció a su padre, e ingresó a la escuela a los cinco años. No duró mucho: fue expulsado en cuarto grado por malos comportamientos. Su hermana Norma lo levaba a la escuela y él prefería escaparse por ahí hasta que le sacaron la roja por pegarle a una maestra (Miguelito afirmaba que ella “había pegado primero”).
A pesar de no haber terminado el colegio, Peralta tuvo desde chico un fuerte apego a los libros y se convirtió en admirador, con el correr del tiempo y las lecturas, de autores de diversa índole, como Leopoldo Marechal o Antonin Artaud. Debido a la ausencia paterna y la pobreza de su familia, debió trabajar desde chico: repartía leche con un carro tirado por caballos y junto a unos amigos botelleros, compraba sandías en Colegiales para venderlas luego en La Lucila.

Siempre tuvo ese espíritu busca. En una entrevista con Tom Lupo, muchos años después, diría lo siguiente: “A una persona básicamente hay que darle alimentos y educación. Y estas cosas a esta altura son como decir darles vida. Nadie se hace delincuente porque sí. Yo tuve una infancia difícil y zafé por mi trabajo, y ahora que soy un artista integral me debo... no sé como decirlo... A la justicia social, una misión que no solo es patrimonio de los partidos políticos que a veces quieren adueñarse de eso, por razones bastantes conocidas. Además me parece que nos salvamos todos o nos hundimos todos”.

Norma, la hermana que lo llevaba al colegio, lo introdujo en el mundo de la música. Ella, prestigiosa cantante de folklore, comenzó a ser acompañada por su hermanito en reuniones familiares y con amigos. Alguna vez, años más tarde, Miguel recordaría un viaje fugaz en el que sintió que su acercamiento a ese mundo iba a ser definitivo: “Una vez me escapé de mi casa y me fui hasta Salta, tendría unos trece años... me junté con unos salteñitos que cantaban y tocaban. Canté un poquito con ellos y allí comencé a sentir la música parte de mí”.
Por supuesto, el joven causó una instantánea buena impresión en quienes lo escuchaban por la expresividad de su voz, además de un amplio registro. Todos los amigos de Norma, por si fuera poco, estaban ligados a alguna forma de arte, por lo que desde estas épocas Miguel vivió ese entorno.

AQUELLOS DOS LUGARES
Miguel tenía, ya de joven, fuerte espíritu aventurero, quizá por aquello de trabajar cuando niño. En su adolescencia solía escaparse y viajar adonde fuera, donde el destino lo llamara. Así como en Salta tuvo la revelación del canto, en un viaje de regreso de la Costa, conoció a uno de sus grandes amigos. Así lo contó en el libro Tanguito, la verdadera historia, de Víctor Pintos: “A los 18 años yo estaba mezclándome en muchos mundos, con la confusión normal y con la fuerza natural de una persona que tiene capacidad de salir de las situaciones adversas. De esos viajes tengo una historia buenísima. Un día, en un viaje a Mar del Plata, me encontré en la carretera, a las seis de la mañana, haciendo dedo. Yo primero en la ruta, un poquito alejado del cruce de Alpargatas, a unos 200 metros, para que pudiese parar algún auto con tranquilidad. A eso de las seis y media vino un tipo y se puso unos cien metros de donde estaba yo, pero primero, antes que yo. A mí me dio bronca, le hice algunos gestos bastante groseros para que saliera. Salí, salí, le dije, porque sino la cosa se va a poner mal. El tipo no me dio importancia y entonces me acerqué y le dije: 'Mirá, nene, si no te vas de ahí la vas a pasar mal, mejor que te vayas'. Entonces el tipo achicó y me dijo: 'No, disculpá, no pasa nada'. (...) Bueno, el tipo se fue atrás de mí. Y enorme fue mi sorpresa cuando un auto que a mí no me paró, le paró a él. Entonces yo empecé a patear el piso como un perro. Efectivamente, el tipo entró al coche, que me acuerdo que era un cupé buenísimo, y yo me dije: 'Mirá en el coche que se va éste'. Y el coche arrancó y yo lo miraba… pero paró. Se abrió la puerta y el tipo, el mochilero, me hizo un gesto para que viniera rápido, para que subiera. Agarré mis petates y rúmbala, rúmbala, rúmbala. Llegué. ¡Punga! Entré al coche, le dije gracias, todavía confundido, porque el tipo había estado bien, y empezamos el viaje. El chofer era un tipo muy simpático, tenía muy buena música clásica, y me sentí en un buen ambiente. Conversamos sobre poesía, hicimos un viaje cortísimo conversando de poesía a toda máquina y pelando cosas muy interiores. En las Armas yo me bajé, porque el tipo del auto iba a Villa Gesell, y mi amigo siguió con él. Pero antes me dio su dirección, sus datos. Era el conocido, célebre, Pipo Lernoud, brillante periodista, poeta, sangre de lo que hoy se llama música pop nacional”.

Al tiempo, Miguel sumaría al canto -además de cantar en peñas y reuniones con su hermana, formó parte de un grupo folklórico llamado Los Aquí- otra rama artística: la actuación. Comenzó a desarrollar ese aspecto en una obra infantil gestada por -sí, otra vez- su hermana Norma. Además, llegaría por esos días el momento de escribir sus primeras poesías, por si algo faltaba. Con lo poco que sabía de guitarra, les agregaba a esos escritos algún acorde y melodías.
Sin querer, o al menos sin darse cuenta del todo, el joven Peralta ya era un artista integral.

A mediados de los sesenta, por si hiciera falta el último golpe, llegó La Cueva. Aquí se reencontró con Pipo Lernoud; con el ambiente del rock se vio por primera vez. Miguel se instaló al tiempo en la Pensión Norte -ubicada en Carlos Pellegrini y Libertador- que se transformaría en el otro lugar clave para su vuelco a la música. En dicha pensión se hospedaba Mauricio Birabent, Moris, junto a Pajarito Zaguri, ambos miembros de los Beatniks, personajes que también pasaban sus noches entre La Cueva y, luego, La Perla. Tiempo después de ir a visitar a su amigo Miguel, Pipo también decidió dejar su casa y hospedarse allí cuanto fuera necesario.

La dueña de la pensión, solía no cobrarle a Miguel su estadía: nunca tenía guita. Sin embargo, no lo echaba. Había un pequeño inconveniente: Peralta pasaba por una profunda crisis de alcoholismo en aquellos días. Lo contó graciosamente muchos años más tarde, ya repuesto de aquellos dramas, claro: “(En la Pensión Norte) había borrachos, había de todo. Ahí empezó mi relación con La Cueva de Pueyrredón. En esa época, mi vida era muy desordenada. (...) Era chico y vivía dedicado al alcohol. No sé qué pensaba, que era la última etapa de mi vida, no sé. Quería escribir un libro que se llamase Historia universal de la realidad y empujaba el libro con botellas de vino. Vivía con un jonca de vino al lado y me sacaban hecho una basura, me llevaban al hospital, era un drama. Y me encantaba la parte del drama. Yo siempre gocé de una enorme salud, toda mi vida, y entonces era como que jugaba con eso. Supongo que buscaba afecto de alguna manera”. Certifica lo dicho por Miguel, su amigo Lernoud: “Yo empecé a ir seguido a la Pensión Norte porque ahí vivía Miguel, que en esa época estaba borrachísimo, tomaba vino sin parar y veía alucinaciones. Miguel venía del folklore, igual que su hermana. En la Pensión Norte se enamoró de la mujer de Antonio Pérez Estévez, el de Los Beatniks, y por ese lado se copó con el rock. Después yo también me fui a vivir ahí, y empezamos a hacer temas, los que después fueron los primeros de Los Abuelos de la Nada. Y así Miguel empezó a dejar el vino y agarró la mano del rock”.

Lo que no cuenta Lernoud son algunos entretelones: él abandonó la pensión luego de un tiempo de establecerse allí -por falta de dinero para solventar los gastos- y retornó a su hogar. A los días del regreso, fue en busca de su amigo Miguel: le contó a su madre el duro momento que atravesaba sel hombre amigo y, sin dudarlo, lo llevaron a su casa. El futuro abuelo aceptó gustoso la idea: los primigenios Abuelos de la Nada estaban al caer. Miguel viviría por cuatro años en la casa de su gran amigo Pipo, amparado por el cariño de aquella madre que aceptó su llegada.


LOS PRIMEROS ABUELOS
Los primeros Abuelos de la Nada surgieron casi por casualidad. La historia es conocida: un día, Miguel acompañó a su amigo Pipo a la editorial Fermata, de Ben Molar. Lernoud debía arreglar cuestiones contractuales de algunos de sus escritos-canciones, como Ayer nomás, compuesta junto a Moris y, dijo alguna vez Miguel, su amigo y Molar estaban tan compenetrados que él quedó casi escondido en un rincón de la oficina hasta que, de la nada, el “señor Brenner” -el nombre verdadero de Molar era Moisés Smolarchik Brenner- le preguntó qué hacía, y si tenía un grupo. Peralta, rápido de reflejos, contestó que sí. El nombre le brotó en el momento, gracias a una frase de la novela El banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal. De un protagonista a otro, salía la frase “padre de los piojos, abuelo de la nada”.
Al instante, Molar le ofreció horas de grabación al aún ficticio grupo, que por ahora tenía en Miguel a su único integrante. Les dijo que volvieran en unos meses, que Jacko Zeller se iba a encargar de la producción. Lernoud se encargó de anotar todos los datos ante la pasividad (para nada casual) de un Miguel sorprendido, que, de hecho, siquiera tuvo que entonar una estrofa o rasguear una guitarra para convencer a Molar; cuando salieron de la reunión, le comentó a Pipo: “¿Te das cuenta en la que nos metimos?”, y Lernoud lo tranquilizó porque en esa época era tarea sencilla encontrar instrumentistas. Claro, se juntaban todos en el mismo lugar. “Vamos ya mismo a la plaza y encontramos a todos los músicos”. Fueron a la plaza, Plaza Francia, lugar de encuentro de las juventudes hippies, a buscar a los futuros Abuelos.

En aquel entonces, Los Gatos ya gozaban del reconocimiento popular. Los Abuelos aparecieron al rato, por lo que fueron contemporáneos a ellos; y anteriores por meses, a Almendra y Manal.
El primer rejunte de Abuelos congregó a un tal Pomo, otro muchacho que estaba a la búsqueda de un grupo y le decían Pappo, y el único sin apodo, Claudio Gabis... Un seleccionado de futuros héroes del rock argentino. Miguel lo cuenta con más gracia: “Fuimos con Pipo y nos encontramos con Pomo y con Norberto Napolitano, Pappo, que por entonces no tocaba en ningún grupo y tenía ganas de comprarse una guitarra eléctrica. Y había más gente pululando como Claudio Gabis y Javier Martínez. Conseguimos un organista, Mayoneso le pusimos, no recuerdo su nombre, era tan simpático, y completamos la formación con los hermanos Lara, que tocaban guitarra rítmica y bajo. Les contamos de la operación, yo tenía unos temas ya compuestos, y en cosa de 15 días estábamos ensayando con equipos Robertone, que funcionaban por poco a pedal, y así nacieron Los Abuelos de la Nada. Y me encanta decir que de una mentira. Digamos que la mentira fue la plataforma para una verdad, porque Los Abuelos de la Nada somos gente de trabajo y también de creatividad”.

Editaron un simple al tiempo de formados, en marzo de 1968, con los temas Diana divaga y Tema en flu sobre el planeta. A pesar de que Pappo no tocó en estos temas, aparecía en la foto de portada del vinilo. Quien ejecutó las seis cuerdas fue Gabis, en lo que fue su presentación y despedida de la banda, ya que formaría Manal al poco tiempo. Según palabras de Abuelo, el disco pegó tanto que empezaron a tocar enseguida. Al tiempo, grabaron Pipo, la serpiente y Lloverá, ahora sí con Napolitano en guitarra. Pero estas gemas vieron la luz recién a comienzos de los noventa, quedaron archivadas entonces.

No pasó mucho más con estos Abuelos, porque Miguel terminó cediendo al deseo de Pappo de tocar blues... y abandonó la banda. Los demás siguieron por un tiempo, con la edición incluida del single En la estación, cantado y compuesto por el mismo Carpo. Los problemas entre Peralta y Napolitano, se encargaron de aclarar con el paso del tiempo, eran sólo de índole musical. Pappo, con su habitual verborrea, recordó alguna vez que “como amigo era un cago de risa, pero musicalmente éramos polos opuestos. No coincidíamos en el género musical”. Miguel fue más explicativo con su decisión: “‘¿Blues?... No bebé’, le dije. “Qué venís con blues, a mí no me va el blues, tengo una coctelera en la cabeza que no me banco, viste, una cantidad de circuitos funcionando a tope, y vos me querés meter la cabeza dentro del cajón del blues. Yo no lo soporto, me creo con capacidad y necesidad para hacer una cosa diferente...”. Más claro, imposible: el errante empezaba un nuevo camino.

MANDIOCA Y EL SOLISTA, DE LA MANO
Tras la partida de los Abuelos, Miguel comenzó su carrera solista, dejándose el apellido adoptado por el grupo; casi al unísono, Jorge Álvarez y Pedro Pujó lanzaron el hoy histórico sello Mandioca y se conectaron con algunos grupos nacientes. Así fue que los primeros discos que editó Mandioca fueron los de Cristina Plate, Manal y el propio Abuelo, en un sencillo que incluía la poética Oye niño y la delirante ¿Nunca te miró una vaca de frente? Estos artistas dieron el puntapié al sello, no sólo con las canciones, sino también con un show que ofició de presentación el 12 de noviembre de 1968, en el Teatro Apolo.

En 1969, llegado el invierno, Mandioca alquiló un sótano en Mar del Plata para que tocaran los grupos del sello y otros que luego se sumarían. Allí también estuvo Abuelo. Poco después se editó un disco llamado Mandioca underground -editado en CD por primera vez recientemente-, que incluía simples de diversos grupos y solistas de la época: Manal (No pibe); Vox Dei (Azúcar amargo) y los propios Abuelos de la Nada de Pappo con la citada En la estación. Dos perlas de la autoría de Peralta quedaron registradas en el disco, grabadas en vivo durante aquella presentación del sello: las bellísimas Mariposas de madera y Levemente o triste.
Al año siguiente se editó otro simple, del tema Hoy seremos campesinos -hecho para Tanguito- junto a una versión alternativa de Mariposas... como lado B. Eran grabaciones del año anterior, inconclusas, que fueron retocadas por Rodolfo Alchourrón, famoso arreglador que ya había colaborado en otras ocasiones con Miguel.

En 1970, conjuntamente, proyectó un grupo que al final tuvo corta vida por sus vaivenes personales. Junto a Pomo Lorenzo en batería y Carlos Cutaia en teclados, El Huevo -tal era el nombre de la agrupación- no prosperó: Miguel se abrió del proyecto a fin de año.
A comienzos de 1971, se presentó en los carnavales veraniegos y en mayo partió hacia Europa, invitado por la madre de Pipo Lernoud, a esta altura una madre para él también. Inicialmente fueron a España, pero el viaje de Miguel tomaría diferentes formas y destinos a cada paso: deambularía por todo el Viejo Continente en busca de nuevos horizontes, llevado por su personalidad bohemia y viajante, primero; y por su arte, luego.


AÑOS EUROPEOS
Miguel Abuelo abandonó momentáneamente la música cuando partió rumbo a Europa. Creyó que iba a sufrir allí los mismos embates que lo habían hartado en la Argentina y, de alguna manera, le habían hecho partir. Es decir, la persecución policial, con esa rutina que significaba caer preso casi diariamente. Por ello, sus primeros años europeos los dedicó a recorrer ciudades, trabajando en cada parada. Viajó y trabajó por España -su lugar era Ibiza, donde conoció a Krisha Bogdan, con quien saldría por un tiempo-, Francia, Suiza e Inglaterra.
En Londres, nació su hijo Gato Azul y con ese acontecimiento retornaron sus ganas de hacer música. Compró una guitarra, volvió a componer luego de mucho tiempo y empezó a tocar en pequeños pubs londinenses, hasta que por un viaje laboral a París, se encontró con Edgardo Cantón, un músico argentino residente en la capital francesa, que quedó impresionado por la manera de cantar de su compatriota. Cantón conocía a un reconocido productor -estaba trabajando para él, de hecho- y le propuso a Miguel hacer algo juntos. El productor era Moshe Naim, que quedó aún más impresionado que Cantón por el estilo único de esa expresiva y peculiar voz. Tardó casi lo mismo que Ben Molar en ofrecerle grabar. Abuelo aceptó y comenzó la búsqueda de músicos. Su compadre musical en un comienzo fue Daniel Sbarra, afamado guitarrista platense por quien Miguel decidió que el proyecto solista fuera banda, de nuevo. Reclutaron a músicos exiliados de Argentina y Chile y comenzaron a grabar.
La banda, que fue bautizada en un principio Hijos de Nada para luego ser simplemente Nada, era, entonces: Miguel en voz y guitarra rítmica; Sbarra en guitarra líder; Carlos Beyris en violoncello; Pinfo Garrigo en bajo; Diego Rodríguez en batería; y Juan Dalera en quena. Ellos, más las colaboraciones ocasionales de algunos músicos invitados, como Gustavo Kerestesachi en mini-moog; Luis Montero en batería; Teca y Verónica en los coros; y Cantón en efectos electrónicos. Corría 1973, y el grupo comenzó a grabar
.
Al año siguiente, realizaron una gira por la costa francesa, con el disco ya grabado pero demorado, por inconvenientes en su mezcla final. Según Abuelo, para la gira contaban “con camiones tremendos, con generadores eléctricos y todo”. Las críticas de la prensa fueron altamente elogiosas respecto del espectáculo, aunque la afluencia de público no fue tanta como la algarabía de los críticos especializados. Para colmo, las ideas musicales de Sbarra eran otras: al igual que Pappo en su momento, Daniel le exigía a Miguel que el sonido de la banda siguiera una línea más pesada, cercana a los grandes grupos surgidos a fines de los sesenta y principios de los setenta, como Deep Purple y Led Zeppelin. Ya durante la grabación del disco habían tenido problemas, que se fueron acrecentando durante las presentaciones. El desgaste fue tal que terminó en separación, con un disco ya hecho... pero inédito.
Volvían las correrías para Miguel, que retornó a España.

IR Y VOLVER ABUELO
Después de un tiempo deambulando, Miguel se encontró con un reconocido músico argentino que se había ido del país, harto de la persecución como él. Enseguida hicieron buenas migas y comenzaron a tocar juntos, como dúo y a la gorra. Hablamos de otro Miguel, Cantilo, con quien Abuelo se haría compinche y compañero musical por el resto de su estadía europea; con intermitencias.
El destino lo hizo regresar a Francia, desde donde le llegaron noticias poco agradables: Moshe Naim había editado el disco grabado por Nada, luego de pedirle autorización a Daniel Sbarra. El detalle: el nombre con que salió el vinilo fue Miguel Abuelo et Nada, para hacerlo más identificable a una persona. O sea él, que se enteró de la edición gracias a una carta enviada por el productor, quien además quería reincidir en su intento de un Miguel solista.


El registro es una de las joyas ocultas del rock argentino, un remolino de psicodelia pop, rock pesado y folk, modernísimo para la época en cualquier parte del mundo (y casi inconseguible en Argentina, aunque su edición en vinilo se ve más seguido por las disquerías especializadas últimamente). Por el lanzamiento, Miguel estuvo un tiempo en París, tocando en solitario y comenzó a proyectar y grabar un segundo disco, que finalmente quedó inconcluso. Por ello volvió a España, no sin antes andar por Londres un tiempo. Luego fue a Bruselas y Ámsterdam y, ahí sí, paró en Barcelona y luego en Ibiza. Se reencontró con Cantilo, y al dúo que habían formado antes de la partida a Francia, se agregó otro integrante: Kubero Díaz. Corría 1977, y los tres argentinos andaban las calles con diversa suerte. ¿Qué nombre se pusieron? Sí, ése: Miguel formó unos nuevos Abuelos de la Nada.

En Ibiza, también, conoció a Cachorro López, pero se desencontraron pronto porque López se sumó a un grupo de reggae londinense y dejó España. Aunque el desencuentro no fue sinónimo de incomunicación en este caso, porque siguieron en contacto con la idea de formar unos nuevos Abuelos, una banda moderna que mezclara el rock con la música bailable y el reggae, que gozara de una desfachatez propia de la década que estaba al caer, los ochenta, pero no de la que se iba. Estaban un paso adelante.
Primero planearon armar la banda en Europa, pero luego Cachorro creyó interesante hacerlo en Argentina, regresar al país. Abuelo dudó, pero ante el retorno de Cachorro a Argentina... él vino detrás. Ya era 1980 y nacían los nuevos Abuelos de la Nada, la formación que finalmente quedó inmortalizada.

Cuando se habla de “los Abuelos” no son ni los de los ’60, ni los comandados por Pappo sin Miguel, ni los españoles: “Queremos ser bailables, contagiosos. Hacer pensar sin dar tiempo a pensar. Sin hacerle el coco a nadie. Este país ha sido pisoteado, negado, marginado. Pero yo estoy vivo y dispuesto a vivir. Por esa energía de vida es que abrimos un campo musical de alegría”. Esta fue la presentación que dio Miguel de la formación definitiva, pero es una historia que ya fue contada. Aquí tratamos de destacar su increíble vida más allá de la fama, que llegó tardíamente.
Bailable, contagiosa, pensante, enérgica, alegre. Como sus Abuelos de los ’80, así fue siempre.

jueves, 14 de marzo de 2013

Al aire, peces


-Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana. 
-No veo ninguno -dijo Sybil. 
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. 
Muy curiosas.
(J. D. Sallinger).
***

Ya repetí hasta el hartazgo -a riesgo de tornarme pesado-, que el rock argentino de los garajes, las cuevas, los bares y las trastiendas está en un grandioso momento. Y lamento tener que repetirlo, pero mes a mes llegan a mis oídos nuevos lanzamientos discográficos/virtuales que me obligan a insistir al respecto.

Esta vez, las buenas nuevas llegan con acento cordobés, pues la provincia de De la Sota (?) no sólo vive del cuarteto que nos provee el querido Carlitos Jiménez. Así lo demuestra el éxito creciente del power trío Eruca Sativa y el sorprendente hit (al menos para mí) de Sol Pereyra con su álbum Comunmixta. Un poquito más abajo, viene asomando la cabeza el entusiasta sello Ringo Discos, que congrega en sus filas grupos ascendentes de la región como Anticasper, Benigno Lunar y Lautremont.
Desde Ringo nos llega el lanzamiento de (chequeen el link literario en el nombre) Un día perfecto para el pez banana con Suba, su larga duración debut. Los UDPPEPB parecen -por lo que uno escucha y sospecha- decididos a establecerse como una referencia ineludible del rock independiente, fronteras afuera de su provincia inclusive. ¿Por qué me atrevo a semejante apuesta? Hay un par de razones...

La primera de ellas se aparece extramusical: el grupo sobrevivió a una deserción durante las sesiones de grabación del álbum (se desligó de la banda Noelia Pantano, una de las dos cantantes) y sin embargo logró reponerse y continuar, acomodando una estructura vocal conformada para dos voces. Quizá el inconveniente se convirtió en una revelación: la voz de Lucila Escalante tiene un peso propio y un encanto suficientes para bancarse sola las canciones. Su manera de cantar -tan peculiar, tan flexible, tan aniñada por momentos- requiere un par de escuchas para comprender que en verdad es irresistible y fundamental para comandar las melodías que el grupo dibuja en garabatos irregulares.


¿Por qué? (Y aquí va el segundo motivo). Porque la linealidad no es precisamente una cualidad de este quinteto cordobés. Hay en cada canción un clima de constante sorpresa -melódica; también rítmica y dinámica- que termina generando vaivenes, llama la atención y obliga a aguzar el oído para percibir mejor detalles, silencios, tensiones. Si buscan algo de fácil acceso… Éste no es el lugar.

Son varios los ejemplos (por no decir todos los tracks de Suba) en los que el desarrollo de las canciones toma caminos inesperados; detalles atrapantes como el silencio de 5 segundos que hay apenas comenzado el álbum, antes de llegar al minuto de Fantasma.
La canción ineludible es México, que será el hit más entrecortado y tramposo de la temporada: parece que todo se endereza hacia un estribillo pero éste nunca llega; hay pasajes instrumentales, estructuras que aparecen y no vuelven a repetirse, coros prolijos... Hasta que un solo de guitarra lleva al grupo al pico del tema y con él, el final.

El ensamble grupal alcanza momentos notables. ¿Ejemplos? Bolsillo (“Antes de dudar, guardame en tu bolsillo”); Macana; las climáticas Caja muda (no se la pierdan) y Bien. Es remarcable a su vez el laburo textural de las guitarras y el sonido global del disco, bien arreglado pero con un sonido de banda, donde todo aporte individual suma y mucho; se escucha. Que el productor asociado del disco sea Mariano Esaín no es un detalle menor; es otro acierto del grupo trabajar bajo la mirada de un músico con tanta experiencia en el rubro. (Quizá la era de los discos lo-fi de las bandas nuevas haya terminado, y está muy bien).

No se pierdan este debut. Salinger estaría orgulloso del enigma sonoro que presentan estos cinco niños cordobeses (y el final es mucho más feliz que el de su pez banana...).
Súbanse a la ola y lo verán mejor.

miércoles, 27 de febrero de 2013

La Garganta Poderosa


Bestial.
No es para nada ingenioso el calificativo aplicable a la voz de Brittany Howard, pero es; no hay otro término que pueda arrimarse mejor a lo que suena. Alabama Shakes, el grupo de Athens que se nos reveló el año pasado es su refugio, o mejor dicho su ventana al mundo.

Impacta desde el primer instante escuchar Boys and girls, el debut de estos yanquis puristas, como Black Keys o Jack White, las dos referencias más abordables -y mejor acabadas- del rock actual a la hora de buscar colegas que les sean compatibles. El grupo suena a aquellas décadas de oro, traídas a nuestros oídos una y otra vez -sí, vamos de nuevo, y en este caso está bárbaro-: los ’60s y los ‘70s. Se puede apreciar la densidad de Led Zeppelin, es inevitable no pensar en Janis Joplin ante el caudal vocal de la imponente Howard; hay soul y baladas que podrían tener 50 años de antigüedad pero se firmaron en 2012 (la canción que da título al disco, un pequeño respiro).

¿Qué hay de nuevo en Alabama Shakes, entonces? La pregunta debería ser otra a esta altura, y no sólo en este caso: ¿qué tiene que haber de “nuevo” en los nuevos grupos? Los AS no parecen preocuparse por renovar una escena en particular, sino que se ocupan en sonar demoledores cuando es necesario (la impresionante Be mine, los momentos poderosos del hit Hold on), en tener groove y buen tino para no sobrecargar su estilo, sabiendo que para acompañar debidamente a una garganta así de privilegiada los arreglos deben ser sutiles y es necesario saber trabajar con los silencios. O, romper todo cuando el alarido sube.


La operación es simple: un disco con once hits no necesita ser nuevo en su sonido o su ideología/poesía/palabra (díganle como gusten). El punk rock sonó renovador en el año ’77, cuando era un back to basics en respuesta a los moños progresivo-sinfónicos, los Rolling Stones suenan frescos cuando pelan un rocanrol de guitarras estridentes, sea 1962 o 2013; Jack White y los Black Keys (sí, los vuelvo a mencionar) se codean entre lo mejor de la especie rockera retomando sonidos de antaño y Alabama Shakes volantea hacia esa misma ruta. Quizá ser “nuevo” signifique ser “bueno”. Digo: se ha escuchado demasiado rock en el mundo en los últimos 45 años, el suficiente como para creer(nos) que hacer un buen rock de cuatro minutos es una pavada, un simple ejercicio acumulatorio de clichés, la ejecución de tres acordes mayores distorsionados en una Gibson SG, un baterista pegándole fuerte y un pelilargo drogado meneando sus partes íntimas a la multitud, preferentemente drogado y fingido decadente (cliché).

Ahí está el truco, en la ejecución: ¿o acaso a un futbolista le pedimos que invente algo nuevo? Nos gustan los lujos, sí, pero sencillamente queremos que hagan goles (lindos si se puede, sí) los unos y que los evite el otro, ese ingrato que se viste distinto a la decena restante. Eso es ser virtuoso en el fútbol, y lo mismo que pasa en el deporte más popular del mundo sucede en el rock and roll: cuando parece estar todo dicho, te aparecen unos Alabama Shakes con un gol al oído. De mitad de cancha.

Entonces, eso debe ser lo que se nos hace siempre nuevo: el virtuosismo para arrollar los sentidos con elementos y formas que parecen añosos pero son añejos (espero se note la diferencia), reencontrarnos con algo que creemos conocer pero puede ir siempre un poco más allá; ese límite que, como en la magnífica voz de Brittany Howard, termina por desaparecer.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Charlas con músicos: Rodolfo García (parte 3)


Última vuelta de nuestra extensa e interesantísima charla con el maestro Rodolfo García. Para no ser menos que las rondas anteriores (pueden leerlas acá y acá), charlamos de las idas y vueltas de Aquelarre y de un último retorno que se truncó; recordamos más de Spinetta, y enumeramos proyectos de aquí al futuro. La charla termina con una bomba a punto de activarse, por lo que les recomiendo leer de punta a punta, no tiene despercio.
Disfrútenlo.

AQUELARRE: LA RE-REUNIÓN QUE NO FUE

Con Aquelarre sacaron un box-set hace 5 años. ¿Por qué no hubo reunión del grupo en aquel momento?
Porque necesitábamos algún tipo de apoyo para hacer eso. Era una movida importante y, por empezar, teníamos que juntarnos de nuevo a ensayar todo ese material que es un moño, te lleva un tiempo hacerlo. Y bueno, no queríamos dedicarle una cantidad de tiempo a ensayar y todo ese tipo de cosas para después ver si podíamos juntar plata para poder pagar el alquiler de un teatro, publicidad y todo eso. Es una historia...

¿La caja la habían sacado con Acqua Records, cierto?
Sí, pero el material es todo nuestro, Acqua tiene la licencia para publicarlo. Y bueno, en un momento tuvimos conversaciones con el área de Cultura de la actual gestión del gobierno de la Ciudad y no pudimos llegar a ningún acuerdo. Los sponsors privados en general, no apoyan este tipo de música...

¿La idea era hacer un show gratuito, algo así?
Lo que fuera, podía ser gratuito o con entrada paga. Si tenés un sponsor poder hacer todo más accesible, cobrando una entrada barata. Si todo tiene que salir de la boletería, hacés una cosa con entrada muy cara, que no era la idea. De repente, llegó un momento en el que dijimos de ponernos un plazo: “si en tal fecha no cerramos nada, listo”.
Inclusive, se hacía el BAFIM en el Centro Municipal de Exposiciones y nos ofrecimos –mirá lo que te digo– a tocar media hora, hacer una presentación de cuatro o cinco temas. Gratis, es decir que los tipos no nos tenían que pagar nada. Gratis para la gente (aunque no recuerdo si la gente entraba gratis, pero por el show en sí no tenían que pagar) porque ahí tenía un stand Acqua, entonces aprovechábamos un poco para difundir. Primero quedaron en contestarnos, después me llamó un tipo y me dijo “les damos un miércoles a las cinco de la tarde”. Le digo “mirá, me parece que no da; el día es lo de menos pero el horario tiene que ser como mínimo 8 y media porque tenemos mucho público de tipos grandes, gente que labura ese día y que al menos tiene que tener tiempo para salir del laburo y llegar; a las cinco de la tarde no les va a servir a ustedes ni nos va a servir a nosotros”. Y me contesta “ah, tenés razón, no lo habíamos pensado a ese detalle; bueno, llamo y averiguo”. Nunca más me llamaron... Empecé a llamar yo hasta que me atendió una mina y me dijo “la grilla de programación ya está cerrada”.

Increíble, hay gente que no entiende nada. Entonces ni llegaron a ensayar.
No, quedó ahí, ni empezó. Te digo: para mí ya está, es una etapa que concluyó.
Cuando nos juntamos en el ’98 era una buena posibilidad para hacer el disco en vivo,  porque en Aquelarre era muy importante el vivo y no teníamos un disco que lo registre, entonces eso me generaba un entusiasmo especial. Pero ya está, qué sé yo, hicimos un montón de discos, hicimos esa caja que tiene todo ahí, ¿qué más vamos a hacer?

La motivación sería que los viera gente joven, que no los pudo ver en su momento.
Sí, sí, pero… Es un laburazo, te digo. Cada cual se está dedicando a otras cosas, entonces es mucho. Para hacerlo bien, si no lo vas a hacerlo bien más vale dejarlo ahí.
Ahora en Facebook hay un grupo que se armó para que nos juntemos. Me mandan cosas todo el tiempo, cada vez se juntan más... Me preguntan a mí y yo les digo que les agradezco el entusiasmo que ponen en eso, pero no tengo ganas. Para mí se terminó, ya está, hay etapas, cosas que nacen y terminan. Y para mí ya terminó: escucho lo que hicimos y me parece que está bárbaro. Dejémoslo ahí.


A veces es difícil que la gente comprenda eso, que ya está bien.
Algo te tiene que gratificar –por ahí no es la mejor palabra– sobre todo en el tema artístico. Cuando escucho el disco Corazones del lado del fuego [el álbum en vivo que grabaron en su reunión de 1998] me parece que es insuperable. Escucho eso y pienso que para volver a tocar así como está tocado ese disco nos tenemos que internar, dejar todo lo que estemos haciendo e irnos unos meses a vivir juntos a una quinta. Olvidarnos de todo y sólo dedicarnos a eso, ni familia ni nada.

Abandonarse del mundo para volver y que supere aquella vez.
Claro, ¿entendés lo que te digo? En un esfuerzo increíble para jugar al empate, no para superarlo.

Quizá uno como público no piensa estas cosas. Yo a veces pienso: “Manal se tendría que juntar, que se dejen de joder…”.
Claro. Y no es tan fácil, dejando de lado las cuestiones personales. Ponele, vos decís Manal: uno de ellos vive en Madrid, por ejemplo. Ojo, yo te digo esto y si se juntara Manal estaría en la primera fila, no tengas ninguna duda. Ahí ya te hablo como público, de los demás soy un fan así que ahí me cambia la cabeza (risas). Entonces, Aquelarre ya es una etapa cerrada para mí.

REEDICIONES, PROYECTOS Y UNA SORPRESA...

¿Qué proyectos venideros hay? Sé que se reedita el disco de La Barraca, el grupo que tuviste a comienzos de los ’90.
Cierto, pronto sale la reedición del disco de La Barraca, Caballo rojo, con dos temas de bonus tracks que son de un espectáculo que hicimos hace muchos años junto un grupo de música celta, Xeito Novo. Tocábamos primero una banda y después la otra, y cerrábamos tocando juntas. De ahí grabamos los temas que van a ser los bonus.

¿Acá en el ECuNHi ya hay algo planeado? ¿Y el concurso de bandas de La Perla?
En el ECuNHi ya tenemos cerrado un festival de música contemporánea –una música electroacústica, totalmente experimental– que se llama Nuevas Músicas por la Memoria. Van a ser cuatro días de marzo, del miércoles 13 al sábado 16. La curaduría del festival es de Jorge Sad, un músico muy conocido dentro de ese ámbito. Está realmente interesante porque es música hecha con osciladores, computadoras y demás, va a haber proyecciones también; y no es algo que sea habitual de ver en otros lados. Yo no me lo pierdo, vengo y me siento a ver, es muy interesante.
Y lo del concurso de bandas nuevas en La Perla depende de los dueños del lugar, ahora están de vacaciones. El año pasado a esta altura ya habíamos comenzado, ya estaban participando varias bandas. De hacerse este año va a ser más breve, por lo que tengo mis dudas de que se haga, al menos en el formato anterior.


¿Qué te pareció la muestra de Spinetta que se hizo en la Biblioteca Nacional?
Muy buena, fue un gran laburo. Me pareció bien que estuviera Dylan [Eduardo Dylan Martí, fotógrafo histórico de Spinetta] al frente de eso, porque es un tipo re amigo, del Flaco y de todos nosotros; con un criterio de lo estético, además. Estuvo lindo hacerlo, en ese momento y en la Biblioteca Nacional. Fue muy importante porque no es hacer una muestra en cualquier lado: que la Biblioteca Nacional te dé un espacio para hacer eso habla muy bien de ellos, fue un acto de mutua realimentación porque a la Biblioteca le hace bien tener una muestra de Spinetta y está bárbaro que esté ahí la figura de él.

¿Cómo te pega que ya haya pasado un año de su muerte? 
Para mí sigue estando presente, muchas veces cuando cuento una anécdota o algo referido al Flaco hablo en tiempo presente. No me doy cuenta y digo “el Flaco dice tal cosa”. Alguien me lo hace notar... Es bravo, sí.

Te leí en un par de notas contar acerca de un proyecto de trío que tuviste en los últimos años con Spinetta, que inicialmente fue junto a Emilio del Guercio en el bajo y luego con Daniel Ferrón. ¿Es cierto que quedaron grabados varios temas de eso, ya cuando tocaban con Daniel?
Sí, es verdad y de eso va a salir un disco. Estaba pendiente una charla con la familia del Flaco, con los hijos, estaba muy cercano todo. En realidad, juntarme a charlar bien-bien todavía no lo hice porque Dante está mucho de viaje, girando [con Illya Kuryaki, claro]. Ahora están refaccionando La Diosa Salvaje –el estudio del Flaco–, lo están haciendo todo a nuevo y el primer laburo que se va a hacer cuando se termine la refacción es la mezcla de ese disco.
Pensé que iba a salir este año que pasó, pero los chicos empezaron a pintar el estudio y de repente se encontraron con partes de los cables que ya tenían unos años... Cuando te ponés en obra decís “acá revoco un poquito y le doy una mano de pintura”, y después empezás a ver detalles: “¿Y la puerta ésta? Ya la cambiaría, tiene varios años y no cierra muy bien... Y bueno, cambiemos la puerta”. Y cuando te quisiste acordar, gastaste tres veces más guita, tardaste tres veces más tiempo, es así.
El disco son siete temas, creo, no es un disco completo, digamos.

Estaba planeado armar algo y sacarlo.
Sí, en su momento íbamos grabando, no teníamos la presión de decir “tenemos que sacar un disco para tal fecha”. Sólo era decir “estos temas tenemos que grabarlos”. Lo llamábamos al técnico y grabábamos.

¿Las versiones de los temas están bien cerradas, terminadas?
Los temas están grabados profesionalmente, sí. Nos grabó Mariano López [el técnico que grabó los discos de Spinetta desde los ’80 en adelante] así que están muy bien grabados. Por supuesto que eran voces que le ponía él... Siempre que grabás así, aunque no se diga, se sobreentiende que llegado el momento de sacar un disco, escuchás la grabación de vuelta y las voces las regrabás. Empezás a buscarle el defectito y qué sé yo. Pero no son voces de referencia, están muy bien.

¿Cómo surgieron las composiciones, en grupo o son temas de Spinetta?
Son todos temas de él, por supuesto que laburamos todos en los temas como hicimos siempre. Inclusive hay un par de temas que son instrumentales, medio jazzísticos, que arrancaron siendo zapadas. Siempre que nos encontrábamos, arrancábamos así: zapábamos, y después eso tomaba forma y terminaban siendo temas. En esos casos la composición es relativa porque hay aportes de todos. Es re lindo.

¿Te das cuenta de que estás generando una expectativa enorme?
Y sí... ¡yo estoy expectante, así que imaginate! (Risas finales).


[Fotos por Victoria Schwindt]

lunes, 11 de febrero de 2013

Charlas con músicos: Rodolfo García (segunda parte)


Después de unas necesarias y merecidas vacaciones, volvemos al ruedo publicando para ustedes la segunda parte de la extensa charla que tuvimos con el maestro Rodolfo García.
En esta vuelta, hacemos un resumen histórico de sus tareas como productor; hablamos sobre las dificultades que le impiden retomar su oficio de músico con un nuevo proyecto; y cerramos el recorrido viajando en el tiempo, más allá y más acá: revisitamos su participación en Artaud -a 40 años de la publicación de esta obra clave-, y en dos grandes shows de los últimos años: los festejos del Bicentenario y el show Spinetta y las Bandas Eternas en la cancha de Vélez. Disfruten esta segunda parte, que no será la última.

MANJARES DE LA PRODUCCIÓN

Llevás muchos años como productor de eventos, ¿cuál de todos los que organizaste te produce mayor orgullo?
En realidad fueron varios. Un evento donde yo sentí que se dieron un montón de cuestiones para que salga todo redondo fue el último Festival de Jazz que se hizo en la gestión anterior del Gobierno de la Ciudad, desde la Dirección de Música y con un extraordinario equipo de producción. Se llamó Buenos Aires Jazz y Otras Músicas, como los cinco anteriores. Lo hicimos en El Dorrego, un predio muy grande, prácticamente una manzana; con tres escenarios, artistas nacionales de los más notables, la franja intermedia, los nuevos valores... Y los artistas internacionales: vino César Camargo Mariano, que fue productor y director musical de Elis Regina, un músico fantástico; vino el pianista norteamericano Kenny Barron; también Anthony Braxton, que es uno de los capos del free-jazz mundial y no había venido nunca –no solo a Argentina sino a Sudamérica–; y también vino Chucho Valdés con su quinteto. Ahí creo que se dieron un montón de factores para que saliera todo impresionante.

Has producido muchos festivales de bandas nuevas también.
Sí, cosas que son muy importantes aunque no tengan tanta visibilidad: lo que hicimos en La Perla y también acá en el ECuNHi, con Escenario Rock. Todas esas bandas se inscribieron (señala una hoja pegada en la pared con una lista interminable de grupos). El padrino fue León [Gieco], que vino a la apertura a tocar... Fueron más de 190 bandas.
Anteriormente habíamos hecho para Cultura de la Ciudad de Buenos Aires un festival que se llamó Aguante Buenos Aires; y anterior a ése uno para Cultura de la Provincia de Buenos Aires que se llamo El Rocanrolazo. La provincia está dividida en 135 municipios y subdividida en 16 regiones culturales. Primero elegíamos la mejor banda de cada municipio, después la mejor de cada región; luego la final, donde se eligió a la mejor banda, se hizo en el Teatro Auditorium de Mar del Plata.

¿Eso cuánto duró, todo un año? 
¡Claro, todos los fines de semana nos íbamos a algún lugar del interior! Un laburo tremendo pero hermoso, ves un montón de bandas lindas.

¿Y ahora en el concurso que hicieron, viste algo interesante?
Sí, la banda que ganó es fantástica, son realmente muy muy buenos. Mustafunk se llaman. Todos los grupos que ganaron cada mes son fantásticos y ahora va a salir un compilado con esas diez bandas; del grupo ganador sale un disco.

¿Cambió mucho la forma de producir ahora respecto de años atrás?
En mi laburo, los criterios con los que me manejo son los mismos de cuando empecé. Por supuesto que sobre la marcha vas aprendiendo... De hecho ahora se aprende, hay un montón de lugares donde se dictan cursos de gestión cultural pero con lo que aprendés ahí, organizás algo por primera vez y te das un porrazo extraordinario. Una cosa es leer y que te expliquen cómo se hace y otra cosa es lidiar con los tipos. Los músicos, artistas y qué sé yo también tenemos nuestras historias... (Risas). Hay que manejar eso, no es fácil: no es que das una orden o un horario y se cumple.

¿Y termina siendo una ventaja que seas músico, o puede que tus colegas piensen “bueno, él también es músico y nos va a comprender...”?
En mi caso sí, porque yo me cuido de muchas cosas también. Por ejemplo, no mezclo el laburo de producción con el laburo de músico. Ni compito con nadie: si veo a un músico que es extraordinario digo “¡qué músico extraordinario!”, se los digo a todos para que lo escuchen. No entra una cosa así...

De celos.
Claro, no me sale decir “sí, no está mal, pero… Bueno, hay algunas cosas...”, porque se supone que es un tipo groso que está en paridad con vos y entonces aprovechás la pregunta para sembrar alguna duda, alguna cosa. No me importa nada eso, si un tipo es groso digo “qué bueno es, qué bárbaro”, y lo pongo en Facebook recomendando que no se lo pierdan. Y no lo hago para enganchar a la gente a que venga y pague, sino porque lo pienso.
Y después, no me programo a mí mismo. Hace dos años y pico que estamos ahí, tocó todo el mundo y yo no toqué. Si viene Alejandro del Prado y me dice “che, traete el cajón y hacemos algo”, quizá ahí traigo el cajón y toco.

Y porque tocaste con él en su momento, sólo en casos así...
Yo levanto el teléfono y armo un trío o un cuarteto en un rato, de tipos amigos. Hacemos un ensayo, decimos “¿qué tocamos?” y pasamos y tocamos. Con un ensayo. Y me podría programar una fecha por mes si quisiera, ¿quién me va a decir algo si el que programa soy yo? Entonces es así: acá estoy programando, punto.
Recibo un montón de propuestas de tipos que a mi juicio todavía no están para tocar en La Perla: es un lugar en el que entran 150 personas. Si estás para convocar 15, empezá por un lugar más chico. Es una evaluación que hago y me puedo equivocar, pero soy el responsable: tengo cinco personas laburando en la cocina, tres personas en la barra, cinco mozos... No puedo hacer algo para sacarme el gusto, que toque alguien que a mí me gusta y vengan 10 personas.

¿Y te llegan muchas ofertas?
Sí, la gente quiere tocar en La Perla, mucha gente. Sin ir más lejos los mismos grupos que tocaron en el concurso vienen y preguntan si hay posibilidad de tocar fuera del concurso y les tengo que explicar que no, pero lo entienden.
Capaz vienen y te dicen “toqué en tal lugar y vinieron 500 personas”; después lo buscás en internet y el tipo toca en un lugar a la gorra. Pero si yo le digo “mirá, entendé esto: yo mismo no toqué nunca en La Perla, ¿te queda claro?”, ahí comprenden.


EL MÚSICO, DESCANSANDO

Recién decías que levantás el teléfono, llamás a tres amigos y armás algo. ¿Cuándo va a suceder eso?
(Se ríe). ¡Una vez sucedió! Tenía programada una cantante, la fecha estaba cerrada y una semana antes, o menos, me llama el manager. Me hizo toda una historia, me dijo que yo no había reconfirmado, una cosa muy rara. En realidad, la fecha tenía muy pocas reservas... Y era complicado llamar a otro artista para que toque en esa fecha porque no le das tiempo de nada. Además, en las postales que hacemos ya está el nombre de otro, y capaz el día de la función viene un tipo que vio la programación y se queja porque le cambiaste la fecha: o entra a regañadientes porque no está el artista que vino a ver; o directamente se va. Entonces, esa vez llamé a tres o cuatro amigos: Alambre González, Gady Pampillón, Machy Madco y Héctor Starc, y armamos como una especie de súper banda.

Qué amigos, ¡así cualquiera! (Risas).
Entonces hicimos lo que te dije antes, nos juntamos un día a ensayar e hicimos una lista de temas clásicos del rock argentino: Adónde está la libertad, Rutas argentinas... Así como fuimos anotando los temas, vinimos ese viernes y los tocamos. Y salió bárbaro.

¿Y no te da ganas de volver a tocar?
Sí, me da muchas ganas de tocar, lo que pasa es que estoy demasiado enquilombado con los tiempos. Acá [en el ECuNHi] trabajo de lunes a viernes, el viernes me voy de acá a las ocho, tomo un taxi a La Perla porque si no, no llego, y estoy toda la noche ahí. El sábado tengo nuevamente La Perla; y el año pasado también tenía los domingos con el concurso. ¡Y al otro día de vuelta a laburar acá!
Además, armar la programación es un quilombo: si el mes tiene cuatro fines de semana, tenés ocho artistas que armar en una sola semana, y que el tipo llame a los músicos para ver si pueden todos o tienen algún problema... Pueden ser cinco fines de semana en el mes, o sea, diez artistas. Y con las bandas del concurso, eran tres grupos por domingo, doce si son cuatro fines de semana, quince si son cinco; quince más doce... ¡Un quilombo! (Risas).

Y sí, eso insume demasiado tiempo.
Y no es tiempo de llenar una planilla, es tiempo de llamar gente, arreglar, enrocar fechas si un músico no puede para cambiar la fecha con otro. Después hay tipos que son complicados, que los llamás y no acostumbran devolverte los mensajes rápido. Te volvés loco, les mandás mail, les mandás mensajes de texto, los llamás al teléfono de línea y al celular. Entonces cuando al final se cierra está todo bien, ¡pero capaz el tipo te tiene de garpe diez días y no sabés qué hacer!

¿Pero te das un tiempo para tocar?
Sí, toco, pero como te digo, por ahora como invitado y cosas así.

Me refiero igual al ejercicio de tocar en tu casa, ¿lo hacés?
Sí, claro, eso lo hago; pero también hago cosas como invitado, Litto Nebbia me llama bastante seguido y siempre trabajo con amigos. No me gusta el laburo de sesionista, me gusta grabar si son tipos copados, que tienen un proyecto lindo que disfrutás, y eso. Si me llaman diciéndome “¿querés hacer una grabación?, tal día a tal hora” ni pregunto cuánto me van a pagar; agradezco, digo que estoy muy ocupado... No les digo “no, gracias, esa música de merda no quiero tocar…” (Risas).
Hace poco me llamo Peteco Carabajal, me invitó a un show en el Teatro del Viejo Mercado y fue impresionante: toqué, canté y lo disfruté como loco porque es un tipo que tiene un talento extraordinario y es un placer tocar con él. También me llamó Daniel Homer, hacía un show solo y fui porque es un músico tremendo. Siempre con alguien que conozca y de invitado. Pero tengo ganas de armar algo más estable.

El problema es que para eso deberías largar alguno de los dos laburos...
Algo debería hacer, inventar alguna cosa, porque si no siempre condicionás a los demás, se tienen que adaptar a tus horarios y no va eso. Podés tener problemas un día, pero si decís “los fines de semana no, los días de semana tampoco…”.

¿Cuándo tocamos? (Risas).
Claro. Ser la figurita difícil tampoco va.


DE ARTAUD AL ESPÍRITU DE LOS 70, DEL BICENTENARIO A LAS BANDAS ETERNAS

No sé si te percataste pero se cumplen 40 años de la salida de Artaud. ¿Qué recordás de las grabaciones?
Me acuerdo cómo se grabó, cómo pasamos los temas. Se hizo todo con poquísimo ensayo, una pasada en el mismo estudio. Y lo tocamos como si fuese en vivo, con un criterio... Como si estuviésemos en un escenario y nos juntáramos espontáneamente a tocar, conociendo el tema pero hasta ahí. Sin embargo salió, está bárbaro cómo quedó grabado y no tiene casi regrabaciones, yo agregué un cencerro en el estribillo de "Las habladurías del mundo", nada más, el resto está todo sin retocar.

Fue una cuasi reunión de Almendra, faltó Edelmiro nomás.
Fue muy lindo y hacía un montón que no tocábamos con el Flaco. Estábamos con Emilio [del Guercio] y Gustavo Spinetta, el hermano del Flaco. Aunque el disco salió con el nombre de Pescado Rabioso porque le debían un disco a la compañía.

¿Y qué te pasa cuando lo escuchás hoy? Se sigue considerando a Artaud como la obra maestra del rock argentino.
Me parece que está bárbaro y sí, es una obra maestra. No sé si es la más grande pero es uno de los puntos más altos, ni hablar, artísticamente es impresionante.

¿Ves en perspectiva algo que tenga cierto espíritu de aquella época?
Hay un montón de grupos, tal vez no muy conocidos. Pez es un grupo que recupera mucho del rock de aquella época. Sobre todo tienen un criterio muy grupal con el que se manejan, son muy grupo ellos. Hay otros que parece que están pensando todo el tiempo cuándo va a ser cada uno solista, acá los veo distinto: a Ariel [Minimal] lo conozco bastante y tiene ese criterio, la han hecho muy de abajo, está bárbaro y funciona. Y llevan un montón de gente.
Después hay muchos grupos, algunos que también salieron de concursos que estuve organizando. Lucio Mantel, que ahora está como solista, era el cantante y compositor de un grupo que se llamaba Que, que ganó un Aguante Buenos Aires. Nikita Nipone está muy bueno, Chinelas Persas también... Yendo a más conocidos, Gonzalo Aloras me parece un tipo groso, muy interesante. Con él he tocado también, tocó en La Perla y tocamos con Litto en los festejos del Bicentenario.

¿Cómo fue ver eso desde arriba? 
Ufff... Impresionante, im-presio-nante (lo dice así, sílaba por sílaba). Mirabas al fondo y no sabías dónde terminaba, iba desapareciendo... Digo, desaparecía de la mirada pero veías Constitución y seguía habiendo gente. Una energía increíble.

¿Fue lo más fuerte que viviste en un escenario?
Sí, lo más fuerte. Eso y lo de Vélez. Nos parecía imposible. Todos decían que era imposible, por empezar los tipos que manejan esos estadios, las grandes productoras, Fénix y todo eso. Decían que Spinetta no podía llevar tanta gente ni con entrada gratis. Eso decían.

Cómo pifiaron...
Pifiaron mal. (Piensa). Pero el hecho del concierto, todo, fue increíble.

¿Se dieron cuenta de que sonaron increíble o los nervios lo impedían?
Había cierta tensión pero el placer también de compartir eso. Aparte, tantos, tantos músicos, tipos que te encontrás sueltos... ¡pero encontrártelos todos juntos! (risas). Como los de Pescado Rabioso, que nosotros compartíamos escenario hace 40 años. Y la cosa ya venía de antes, de los ensayos: nos juntábamos a ensayar en un lugar enorme, mucho más que el doble de éste [su oficina es una habitación de buenas dimensiones]. Y te encontrabas con los tipos de vuelta, tantos años después, con los Invisible, por ejemplo... Parecía una cosa irrealizable, una proeza.

¿Y cantar Muchacha (ojos de papel) cómo fue? Les salió igualita.
Sí... ¡Yo creo que por ahí hasta salió mejor que en la época que la cantábamos seguido!

Y valió la pena.
Uh, sí, todo valió la pena. Además, cuando tocás en un festival para 40 mil personas elegís el repertorio, un repertorio más polenta, que mueva a la gente. Hay temas que requieren de cierto intimismo para que lleguen mejor. Y hubo temas en el show que eran para tocar en un lugar distinto y cuando el Flaco los cantó ahí no volaba una mosca, había un silencio... Fue algo impresionante.


[Fotos por Victoria Schwindt]

domingo, 27 de enero de 2013

Charlas con músicos: hoy, Rodolfo García

Qué mejor que salir de la fiaca veraniega compartiendo con ustedes, queridos lectores, la primera parte de una charla que tuve con el maestro Rodolfo García a fines del año pasado. Gran músico argentino, baterista y cantor, García es parte importante de la historia toda del rock vernáculo: coequiper de Spinetta en Almendra –además, compañero del Flaco en otros discos, entre ellos Artaud–, parte importante de los magníficos y trasnacionales Aquelarre, base de Tantor junto a Machi Rufino, líder de La Barraca a comienzos de los '90... Todos estos proyectos y otras tantas participaciones le alcanzan a cualquiera para ser un nombre destacado del rock argentino. Pero Rodolfo no se queda atrás y en la actualidad, su actividad en la música se da desde una faceta no tan conocida por el público (aunque García la lleve a cabo hace muchísimos años): la producción de espectáculos.

En esta primera parte, entonces, discurrimos sobre su rol de productor en el renacimiento de La Perla del Once, lugar fundacional del rock nacional; y en el ECuNHi, el espacio cultural que conducen las Madres de Plaza de Mayo, situado donde otrora estuviera la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Disfruten de la candidez de Rodolfo, que bancó nuestra presencia dos veces –una en cada uno de estos espacios–, para charlar largo y tendido.
Se va la primera.



PRODUCIR: DE LA PERLA AL ECUNHI

¿Cómo se dio tu arribo a La Perla como productor?
Simple: yo conocía a la persona que estaba haciendo el trabajo de prensa en la empresa que es dueña de este local, entre otros. Los dueños me habían contado que tenían la idea de transformar el lugar en un local de música en vivo –básica y esencialmente de rock– y me propusieron a mí, si me interesaba, hacer la producción. Por supuesto que me pareció un buen desafío, me interesó la idea y así arrancamos.

Que la programación fuera toda de músicos de la primera época del rock nacional, ¿surgió de tu parte, o fue idea de ellos?
La programación no está circunscrita a eso, la idea es que sea lo más amplia posible. Lo que pasa es que a mí me pareció que de entrada, de movida, era muy importante que la gente que tenía este mismo lugar como punto de encuentro en los ’60, fuese la que primero esté programada. Por eso, el primer artista que actuó fue Javier Martínez y después tocaron Alejandro Medina, Pajarito Zaguri y el propio Litto Nebbia, gente que en aquel momento era habitué.
Yo conocí La Perla, alguna vez había venido a tomar café, pero no era un lugar al que viniera habitualmente. No era mi lugar…

Los Almendra no venían tanto, ¿no?
Claro, no. Es que cada grupo se movía por su barrio. Este lugar se caracterizaba por estar abierto las 24 horas del día (todavía quedan algunos lugares así). Acá venía la bohemia, que en aquel momento era más fuerte que ahora: escritores, poetas, algún cineasta, periodistas, qué sé yo... Por un lado eso y por otro los pasajeros del ferrocarril, porque está la estación Once enfrente y por ahí hacían tiempo hasta que volviera a salir el tren a la madrugada; y los estudiantes, tipos que prefieren ir a un bar, tomarse un café y preparar una materia así, no encerrados en su casa. Así que era una mezcla de todo eso, que era algo que ocurría en ese tipo de bares.

Si bien me decís que la programación no está circunscrita a aquellos artistas de la primera época, la gran mayoría de los shows son de músicos de los ’70.
Lo que ocurrió es que la gente interpretó eso. Mi primera idea de convocar a estos músicos era justamente por la ligazón con el lugar, y la gente interpretó eso dándole una vuelta de tuerca más: tiene un atractivo extra estar presente en un espectáculo de los tipos que están en las fotos de las paredes. Pero he programado también a artistas de otras generaciones, acá tocaron Leo García, Gonzalo Aloras, Pablo Dacal, artistas así...

También hubo un ciclo de bandas nuevas.
Sí, fue un concurso que hicimos todos los domingos del año pasado. El público de La Perla, hasta ahora, responde preponderantemente a eso y se corre mucho la bola porque hay un newsletter, a la gente le llega la programación y se la pasan entre ellos (el público más fiel). No llega a ser un público cautivo pero le gusta eso, venir y estar cerca de un artista que admiró toda su vida, traerle el disco para que se lo firme, llevarse de recuerdo en el celular un tema grabado. Cosas que en otro momento no podían hacer.


¿Y al ECuNHi cómo llegaste? Trae aparejado algo fuerte el trabajar en un lugar con esa historia.
Claro que sí... La directora del ECuNHi es Teresa Parodi, y con Teresa nos conocemos como colegas de hace un montón de años. Además yo trabajé durante muchos años haciendo producción para la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en una de esas etapas ella fue la directora, entonces veníamos de conocernos en el trabajo, además de nuestras cuestiones profesionales. Y bueno, quedé desligado de la Ciudad cuando entró la nueva gestión en el Ministerio de Cultura, y entonces ella me llamó para que me sume al equipo del ECuNHi.
Es un gran placer por mil razones: primero, por volver a trabajar con Teresa; luego por trabajar en un lugar que es de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes admiré desde siempre por su tenacidad, su lucha y lo que significaron y significan para este país; y además porque ya había algunos ex compañeros de Cultura de la Ciudad que estaban trabajando ahí, entonces era volver a trabajar entre amigos, en un ambiente en el que podemos hacer cosas piolas. Y en eso estamos.

Leí que te daba miedo salir de noche del ECuNHi, ¿te sigue sucediendo?
Es bastante fuerte, no sé si llamarle miedo. Al ECuNHi entré por primera vez cuando ni pensaba que iba a trabajar ahí, hicieron un acto todo de León [Gieco] –no recuerdo bien si era por el 24 de marzo– y cuando pasé el portón fue muy fuerte. Estuve ahí, vi el concierto... Adentro se te pasa porque ya estás con la cabeza en lo que está pasando, pero es un lugar que tiene una carga muy fuerte por conocer uno todo lo que ha pasado ahí adentro, sustraerte a eso es muy difícil. Es más, todavía cuesta un poco de trabajo convocar gente, hay gente que tiene cierta resistencia. El que ya entró lo supera pero hay otros que te dicen “me da no sé qué”.

Llevará unos años revertir eso, que no sea más la “ex ESMA”.
La idea es transformar eso, que sea lo que es: un lugar de creación, de vida; no de muerte.

Bueno, ahí está la ficha que meten los medios al seguir diciéndole al lugar “la ex ESMA”.
Y no dicen “la ex ESMA”, dicen “la ESMA”. Clarín dice “la ESMA”. Los tipos que brindaban con Videla son los que te dicen qué tenés que hacer, ¡es lo único que falta! [la primera parte de la entrevista se dio en días de polémica por un asado de fin de año que hubo en el ECuNHi]
Cada quince días, en el ECuNHi se inaugura una muestra de plástica y hay una mesita disponible con sanguchitos, con vino y con Coca-Cola para que te tomes una copita, como en cualquier galería de arte del planeta ¿Y cuál es, no lo podés hacer? Hebe de Bonafini dio un curso durante años que se llama Cocinando Política, ella era una cocinera, un ama de casa –hasta que le pasó lo que le pasó– y por eso daba este curso de cocina. ¿Qué me vas a decir, que le está faltando el respeto a sus hijos porque cocina? ¿Qué clase de locura es esa? Es una cosa de locos... Y más que la gente se prenda con lo que dicen los medios, porque la gente se prende.



LA LEY DE LA MÚSICA

¿Qué opinás de la Ley de la Música que se sancionó recientemente? Imagino que tu posición es favorable.
Sí, por supuesto. Me parece que es un paso muy importante, recontra positivo. Ahora la pelota está del lado nuestro, del lado de los músicos: depende de nosotros qué hacemos con esa ley, porque hay que instrumentarla y tiene que tomar forma. Por mi parte voy a estar atento a todo lo que se haga, opinando como opinará cualquier otro músico.
Pero ahora ya no podemos echarle más la culpa ni a los políticos ni a nadie, esa ley va a resultar en la medida que nosotros hagamos las cosas como se tienen que hacer; y va a ser inocua si no sabemos utilizarla.

Se tienen que poner la camiseta ustedes.
Totalmente. Sin amiguismos ni nada, tienen que estar las cosas re claras. Como cualquier ley… La ley tiene una letra y tiene un espíritu: hay que respetar el espíritu, que es que la música tenga mayores posibilidades para llegar a diferentes puntos del país, para que se puedan editar más discos, para que pueda haber más actuaciones. Si eso se hace mal, va a servir de poco.


[Fotos por Victoria Schwindt]