miércoles, 10 de octubre de 2012

Charlas con músicos: otra vuelta con Litto, el maestro


Texto: Santiago Segura
Fotos: Victoria Schwindt

Ya se ha vuelto para mí una sana costumbre esto de ir a Melopea, ese increíble espacio de Villa Urquiza que es, antes que nada, un parque de diversiones para los amantes de la música y un paseo ineludible para la historia de la música vernácula. Por ese lugar -más precisamente por ese Estudio del Nuevo Mundo- pasaron miles de músicos (y no exagero) de los históricos y de los desconocidos, tangueros y jazzeros, gordos y flacos. La sede de Melopea debería ser declarada un espacio de interés cultural nacional (no sé si ese título honorífico existe) y sin embargo es un hogar donde Litto Nebbia y los suyos te reciben como si te conocieran de toda la vida. A estas alturas, es difícil hablar de Nebbia sólo como músico: la humildad de su trato es de por sí un honor para quienes hacemos esto. ¿Lo demás? Ya se sabe hace casi 50 años y lo viene sosteniendo él...

En fin, lo interesante es que Litto siempre tiene algo nuevo por decir y en este caso me acerqué a su búnker para que les cuente a ustedes de sus últimos pasos: la edición de un nuevo disco, Aire fresco, junto a Daniel Homer y Juan Ingaramo; la aparición de un disco perdido que grabara junto a Facundo Cabral hace 10 años, junto con la reedición de varios álbumes que nunca habían tenido su forma en CD. Además, nos explayamos acerca de los discos que planea con los Andreses -Calamaro y Ruiz-; su show en el Teatro SHA dentro de dos viernes; esa canción eterna que se llama La balsa; y su participación en varios álbumes de grupos noveles de la escena local.

Pero vamos por partes. En este caso, las novedades discográficas propias y ajenas; la difusión televisiva; el proyecto inarrancable a dúo con Andrés Calamaro y el disco de Andrés Ruiz en el que Nebbia está colaborando.


DE REEDICIONES Y NOVEDADES: AIRE FRESCO

Para empezar, vamos por partes: dentro de todo lo que editás en estos días, hay varias reediciones de discos que nunca habían salido en CD, ¿cierto?
Mirá: hay unos cuantos discos míos en vinilo que todavía no los pudimos editar en compact. Llega un momento en que son tantos discos que si saco los que falta reeditar más los nuevos que hago, son demasiados. Entonces, este año le pusimos las fichas a dos discos que yo quiero mucho y fueron vinilo originalmente. Son Buscando en el bolsillo del alma, que es del año ’88, y el siguiente que ya es del ’90 y se llama Nostalgias del Harlem Español: esos dos los hicimos compact, con sus fotos y cositas, súper masterizados. Y nos quedarían pocos discos por editar en CD, que los editaríamos para el año que viene: Tres noches en La Trastienda, que es un disco del ’80; el que hice en Brasil, En Brasil aquí y ahora; y dos o tres más. Pero bueno, vamos de a poco.
Y junto con esto, sacamos la edición nuestra del disco que hice en España en el año 2009, Soñando barcos. La diferencia que tiene éste es que la tapa es una foto que hizo un amigo mío, Ricardo Murad, que ya la había hecho para la edición de España pero el tipo que lo sacó allá decidió a último momento hacer otra portada. Y además el disco tiene -a diferencia de la edición de allá- seis bonus tracks de temas que sobraron y otras tomas, y un compact de regalo con actuaciones en vivo del mismo año que lo fui a grabar, que toqué en un poco por España -en Barcelona-, en Ploërmel y en Londres [nota: también hay temas en Buenos Aires]. Por supuesto, el disco en vivo es totalmente desparejo en cuanto a sonido porque son las grabaciones que agarré en cada lugar, es más que nada puesto para mostrar la dinámica de lo que pasa emocionalmente en los lugares que tocás. De pronto, en Londres estoy tocando en una iglesia, porque allá hay iglesias que las alquilan para cosas así, para que se mantengan.

Me habías contado esto de la iglesia creo. Debe ser raro tocar ahí...
Bueno, toqué en una iglesia en la que el mes anterior había tocado Mark Knopfler, un violero divino. Y te ponen sonido, ¡pero la gente está sentada ahí en la iglesia, es insólito! (risas). Tienen piano de cola y todo. Y bueno, de pronto está la gente cantando La balsa en una iglesia, ridículo (más risas). Lo puse en el disco como anécdota; también puse otra cosa de un boliche que se me ocurrió en el momento, que una parte del público haga un coro y la otra parte le conteste... Cosas que cuando grabás un disco y tenés todo más arreglado, no hacés.


Ésas serían las reediciones. ¿Y los discos nuevos?
Son un par. Ahora sale un disco inédito a dúo con Facundo Cabral, que lo hicimos en el año 2002 y quedó ahí porque estaba pensado para hacer una gira y no la hicimos: él se fue y yo no fui, él vino y yo salí... Yo no lo quise sacar nunca y mucho menos en el momento en que ocurrió su asesinato. El otro día estuve leyendo que lo agarraron al tipo, es una locura eso... En fin, de golpe aparece su mujer, que yo no la veía hace cien años...

Y te pidió que saques el disco.
Vino y me contó que Facundo siempre le decía: “vieras qué lindo el disco que hicimos con Litto...”. Y me dijo, “¿por qué no lo sacamos?”. Así que lo vamos a sacar, se llama En medio de los hombres.

¿Habían compuesto especialmente para el disco, o eran temas clásicos de ambos?
Sí, habíamos compuesto, hay como diez canciones que yo le puse música a sus letras, y lo grabamos tocando en trío con César Franov en bajo y Quintino Cinalli en batería (toca también el Gordo Fernández). Es un disco bien compartido, hay canciones que canta él, otras que canto yo y otras a dúo. Hay temas que quedan lindos porque el nunca perdió esa cosa que tenía de orador, de narrador, de contador de historias.

Y completa las novedades Aire fresco, ¿cierto?
Sí, Aire fresco sería el disco nuevo-nuevo. Es un trío que se me ocurrió armar con Daniel Homer en guitarra y Juan Ingaramo en percusiones. Lo llamé a Homer porque me encanta cómo toca y habíamos hecho el disco Bazar de los milagros en el ’76, nada más. Entonces lo llamé para que hiciéramos un disco de guitarra y piano, improvisando. Pero después empezamos a divagar, y él empezó: “acá le pongo el bajo” -porque lo toca muy bien-, y yo dije “acá le pongo percusión” y traje los tambores africanos que uso. Empezamos a meter una cosa, otra cosa, y lo terminamos llamando a Juan y después a un flautista, Leopoldo Deza... y se armó este quilombo que es como una agrupación (risas). Y me gusta porque yo quería armar un grupo donde solucionemos todo el tema de la polenta y la acordística sin tener bajo ni batería completa. Eso no hay: yo toco piano y órgano, Juan toca elementos de percusión y Daniel las guitarras. Pero no es un trío acústico, hay improvisaciones, rítmica.

¿Lograron que suene poderoso?
Sí, suena lindo, estamos muy contentos. El disco tiene un subtítulo que dice “Un álbum con amor a la bossa-nova y la comedia musical”, porque hay muchas canciones que parecen de esas que hay de narrativa en la comedia musical antigua. Y bueno, bossa-nova porque hay bossa-nova, claro.
Salvo cuatro temas que son viejos y los hacemos al estilo del grupo, todos los demás temas son nuevos. Estamos contentos con el disco y en marzo ya vamos a empezar a grabar otro.

Surgió mucha música, quedó el grupo armado.
Sí, quedamos con ganas, nos dimos cuenta de que encontramos un tipo de sonido lindo tocando entre los tres. De ahí surgió un “che, algún día tendríamos que grabar esto y lo otro”, y al final ya hay como media docena de temas para un próximo disco que vamos a grabar en marzo, Aire fresco 2 o como se llame.

Además de lanzamientos a tu nombre, hay otros, ¿cierto?
Sí, sale el tercer disco de los Mersey Mustards y además un DVD del concierto que hicieron el año pasado en Córdoba, muy lindo. Y también va a salir el DVD de 11 (vidas), que tiene fragmentos de los lugares donde tocamos esa música, que fueron una vez el Boris Club y la otra Notorius; y tiene tres o cuatro clips que hizo mi hija Miranda. Todo esto sale en un mes.
Y para culminar sale el disco de Giorgia Fumanti, que hace este estilo que le dicen classical-crossover y lo estamos terminando ahora, y otro disco que nos dio para que saquemos antes de que salga éste que va a ser su disco en español, un álbum previo en el que está Pavarotti y ella canta los temas más clásicos de su onda.


COMPLEJIDADES DE LA DIFUSIÓN...

¿Para difundir un poco la obra previa de ella?
(Piensa). Es muy difícil difundir una cosa nueva, de quien sea: de alguien famoso allá, como ella, o de un grupo nuevo acá. Es como que todo está muy saturado pero a su vez está siempre tapado nada más que por las campañas publicitarias. Entonces, vos podés tener diez cosas nuevas, ¿y dónde las presentás? Es muy difícil, viste. Tenés algunos tipos interesados, de pronto aparece algún programita de cable, de televisión...

Te vi en el programa de Tarantini en Canal 9, En estéreo.
Sí, sí... Eso lo hice un día que me llamaron, estaban haciendo un programa piloto, tenían un piano que sonaba bien y fui, estuvo bien. Pero programas musicales casi no hay, es muy difícil. Ahora por ejemplo queríamos ir a algunos lugares a apoyar esto que vamos a tocar el 19 en el Teatro SHA y mirá los tres lugares que tengo para ir a tocar en la televisión: el programa de Mex, Pura química; después 678 y también podés ir al de Tognetti, Duro de domar. Pero no hay más programas musicales, ¡son todos de chismes y de boludeces! 

Y en realidad... ¡ninguno de esos tres programas es musical!
No, ¡esos tampoco son musicales! (Risas). Sin embargo, fijate una cosa: hay un par de programas de la cumbiamba de cinco o seis horas...

Antes se acostumbraba ir a presentar los discos a la televisión, en Badía y otros programas, incluso afuera.
Ahora es una locura, si encontrás un tipo que te deja tocar tres temas, ya es mucho.

A mí me sorprende positivamente que en Pura química dejen tocar los temas enteros, sin cortes.
Sí, es cierto. Pero eso es porque Mex es músico, creo yo. Menos mal que le va bien con el programa, porque viste que los programas ahora cuando empiezan a tener éxito... Si el tipo en una semana bajó, ya te echan a la mierda, es una locura.

MÁS NOVEDADES: ANDRÉS Y ANDRÉS

A todas estas novedades se suma el disco que estás armando con Andrés. ¿Eso está proyectado más a futuro?
Mirá: eso depende de cómo esté él, su tiempo y su vida personal. Viste cómo es... de pronto me manda un mail y me dice “tenemos que hacer esto” y al otro día desaparece. A los días leés los diarios y te enterás que tuvo un quilombo no sé dónde. Como yo lo conozco no le rompo las bolas, le digo “hacé lo que quieras, el día que quieras me llamás, como hicimos el otro disco”. Porque en el otro disco que hicimos, él se puso firme y dijimos “se graba tal y tal día, a tal hora”. Y lo hicimos.

¿A qué disco te referís?
El palacio de las flores.

Ah, pero yo te preguntaba por el disco que estás haciendo con Andrés... ¡Ruiz! (Risas). No sabía que lo de Calamaro estaba en marcha.
¡Ahhhh! (Más risas). Porque vamos a hacer uno con Andrés Calamaro también, perdón.


Bueno, contame entonces del disco con Andrés Calamaro y después del de Andrés Ruiz.
El quería hacer un disco a dúo-dúo, y cuando terminamos El palacio de las flores le dije “no, qué dúo: yo te produzco, toco, hago los arreglos, pero vos tenés que hacer tu disco”. Y así quedó.
Entonces arreglamos que un día íbamos a hacer ese disco a dúo; suponte que sería un disco de los dos cantando, sólo con piano o guitarra, seis temas de cada uno. Un disco de dos tipos cantando sus canciones, digamos. Y de pronto me manda un mail: “anoche estuve pensando...”. Pero no es que decís “bueno, quedamos para el lunes”, porque yo tengo un cohete en el orto, viste como soy: vos me decís una cosa y ya empiezo a proyectar.

Y él es más impredecible, quizá.
No, él labura mucho también pero depende de un montón de cosas a las que tiene que responder, de su estructura. Así que cuando esté tranquilo me escribirá, lo espero.

Saldrá con el tiempo. ¿Y lo de Andrés Ruiz?
A Andrés Ruiz lo conozco desde que me invito a cantar en un tema de su disco anterior [nota: Litto participa del tema El bosque de los años, del disco Ruiseñor, reseñado aquí], y luego yo lo invité a tocar la batería en tres temas de mi disco La canción del mundo. Me cayó bien, es un pibe bárbaro. En fin, pasó el tiempo y un día me mandó un mail diciéndome que no sabía cómo producir un disco que estaba pensando: si hacerlo acústico, corto, largo, con baterías o sin baterías; pero que sí tenía en claro por las canciones una idea de estética sonora. Me preguntó si le daba una mano y por supuesto le dije que sí, que me explique más o menos qué quería. Nos pusimos al servicio de eso y fue bueno porque creo que, en dos mañanas, nosotros dos solos grabamos las bases de guitarras, piano y batería. Entonces me decía “este tema me gustaría que suene así, aquel de esta forma”, fuimos buscando... y lo que encontramos era lo que él quería, ahora vamos a empezar a vestirlo. Vino Homer y grabó algunas guitarras, también.

¿Son todos temas de él?
Sí, todos menos uno que yo le di una música y él puso su letra. Y además de Homer va a haber algún invitado cantando, yo le sugerí que fuera Leo García y a Andrés le pareció bien. Pero bueno, para encontrarlo a Leo hay que ser del FBI (risas). Te pasan los teléfonos y ya el teléfono suena viejo, “ring, ring” (hace con la voz un sonido lejano), como que no te va a atender nadie (más risas). Después me lo encuentro y al final aparece... Así que seguramente él cante una canción; y después Andrés va a meter en dos o tres temas a un cuarteto de cuerdas de amigos y a otro guitarrista amigo de él. Pero básicamente el disco está, ya grabamos mucho.

¿El disco va a ser de él o es de la dupla Ruiz-Nebbia?
¡No, es un disco de él! Esas cosas hay que entenderlas así, porque hay gente que cree que porque un tipo está con otro tipo más conocido... esto no es Tom y Jerry, no es un dúo, ¿entendés? (risas). Yo lo ayudo porque me gusta lo que hace, y listo. Metí cosas a mi criterio pero todo consensuado con él, lo ayudé en el sentido de cerrar. Estaba indeciso y quedó contento con el sonido que se hizo acá. Pero ni sé qué va a hacer con el disco, si es un disco que va a salir por Melopea o no, será lo que el quiera.
A mí me gusta hacer eso, meterme en otro terreno, tocar en otro lado. Me gusta el ejercicio de hacer arreglos y demás, tengo la suerte de que aún cosas que agarro como laburo, son cosas que las elijo. Y no es así la vida profesional de nadie, conozco músicos buenos que a veces tienen que grabar cosas muy horrendas. Yo toco en lugares donde a mí me gusta: las cosas que hago las puedo mostrar con tranquilidad.


(En unos días, la segunda y última parte. Si les interesa conseguir alguna de las novedades discográficas de Melopea, contáctense acá: melopea@melopeadiscos.com.ar).

viernes, 5 de octubre de 2012

50


Se cumple medio siglo de Beatles y aunque suene tonto y obvio decirlo, es raro imaginar un mundo sin ellos, ¿cierto? Y no me refiero a un mundo sin ellos como personalidades destacadas de la cultura o el espectáculo. Digo, un mundo que no sepa o haya sabido quién es el Rebelde John Winston Lennon, un mundo sin el Diplomático y Multifacético Señor Paul McCartney, sin el Tímido Harrison ni el Eternamente Joven y Simpático Ringo Starr... podría haber existido. Lo que suena inconcebible es un mundo sin su música, sola e intangible, simple pero imposible, perla perfecta.

Sus canciones, imperecederas, generaron tal revolución -sí, otra palabra que describa mejor lo que los sucedió no hay- que parecen haber estado allí siempre, en nuestros oídos, nuestro inconsciente, nuestra memoria. Para mi generación en particular siempre estuvieron literalmente ahí, pues existimos después de ellos y nunca sabremos del todo qué pasó con su llegada, el arribo al mundo de esos cuatro marcianos con casco y traje. (Siempre llegamos tarde).

El arribo beatle a los oídos del mundo se dio con Love me do: los tres acordes mayores de una escala en su versión más llana, esos que están en toda canción pop de fuerza (uno-cuatro-cinco); a los que suman -exageremos- una letra simplona que repite y repite la palabra más mencionada en la historia de la música popular cantada en el siglo XX y lo que va del XXI: amor. Algo así como una muestra gratis de lo que vendría: con los elementos que venían explotando otros colegas, ellos dinamitaron un mundo que se pintaba bastante gris. Y fue la primera patada de muchas (no hace falta contarles las medallas a esta altura).

Agradezcamos, entonces, haberles pasado de cerca: hay gentes, cosas, momentos, lugares, que no vuelven a pasar más y a la vez quedan para siempre. La música de los Beatles es una de esas magias, seguro.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Seba Rubin: lo mejor es el final (pt. 3)



Hermos llegado al final de la extensa charla con el subtitulado-magnético Sebastián Rubin. Para el final de nuestro diálogo quedaron tópicos más que interesantes por tocar: sus días en la facultad de economía como estudiante y fundador de la agrupación TNT -con compañeros que hoy ocupan un lugar de importancia en la política nacional-; el comando de un bar en el que se iniciaron varios grupos del under capitalino; un breve memorial de Grand Prix, su bonito conjunto anterior; y la sorpresa que aún le genera el éxito de Los Campos Magnéticos, su proyecto grupal más reciente.
Lean y disfruten de esta charla nutritiva (y si se perdieron las primeras rondas, acá tienen la pt. 1, y acá la pt. 2):


RUBIN, EL ESTUDIANTE

Vos estudiaste economía, una carrera que no parece ser muy compatible con la música. ¿En qué te ayudó?
La facultad te enseña a estudiar y aprender, te da herramientas que encontrás en otro lugar. La cantidad de matemática que vi en la facultad, o el leer libros sofisticados, papers y cosas que requieren de mucho trabajo, te ayuda. Por ejemplo, poder resolver un sistema de ecuaciones complejas, sin lugar a dudas desarrolló algún tipo de herramienta que me permite entender varias cosas al mismo tiempo: si puedo hacer eso, seguramente mi cabeza funciona de cierta manera y no me asusto ante varios problemas simultáneos. Y cuando producís un disco eso pasa, ¡una canción tiene problemas simultáneos!

Te ayuda a resolver como productor y arreglador, por caso...
En el punto de vista de lo racional de la música, que tiene mucha matemática, sirve mucho. Tardás mucho tiempo con eso; la multiplicidad de planos e instrumentos que puede tener una canción... y la armonía. La armonía es matemática, en un punto te permite no asustarte tener esas herramientas. La facultad te da un método de estudio que sirve para aproximarse a cualquier tema que te interese, incluso aunque sea algo totalmente inconsciente.
Y aparte, para grabar un disco hay que hacer números, no es fácil ver de dónde sacás la plata y cómo la ponés (risas).

¡Sos el que maneja las finanzas de Los Subtitulados! (Risas).
Sí, y de Los Campos también. Son cuestiones muy básicas de todas maneras, tampoco es un problema. Pero a veces creo que sería mejor desconocer esas cosas, ser un poco más inconsciente: si fuera realmente racional y tomara decisiones conscientes respecto de sacar un disco, no lo sacaría. Porque la posibilidad de ganar es bastante baja: todos jugamos a recuperar, es como una rueda de la fortuna. Por eso lo encaramos desde lo emocional y desde el placer que significa hacer los discos, sacar esas canciones que tenemos.

Vos fundaste la agrupación TNT junto a Axel Kicillof, ¿cierto? Ése es un aspecto poco conocido tuyo.
Sí, la fundamos con Axel y varios chicos más. Teníamos la sensación de que ninguna de las agrupaciones que estaba en ese momento representaba los intereses de los alumnos de mejorar su estadía en la facultad, y queríamos que las condiciones de estudio sean mejores. Bastante sindical la mentalidad, digamos. Se generó un compromiso con la educación pública, con la información que se maneja en la facultad y con la forma de hacer política; con sistemas perversos de negocios internos en la facultad... Una vez que metimos la pata se abrió un océano de cosas, tomamos todo con mucha responsabilidad. TNT llegó a ganar el centro de estudiantes, le ganamos a Franja Morada que era el oficialismo.

¿Cuál era tu función dentro de TNT?
Yo era el responsable de la difusión, me dedicaba a hacer los volantes -en joda, porque el humor era muy importante en la agrupación- con otros chicos. Era una parte importante del proyecto, mi militancia era más artística... ¡y era el disc-jockey de las fiestas! (risas). A la vez, claro, confiaba en Axel y los demás que se encargaban de otros detalles.
Fue una época muy linda. Yo terminé la facultad y seguí un tiempo más relacionado con TNT, después me desligué. Sería muy interesante que alguien contara la historia de la agrupación; la prueba está, de gente que salió de ahí adentro y llegó a lugares de importancia.

¿Seguís siendo amigo de Axel? ¿Qué te pasa cuando lo ves ahí?
Sí, sigo siendo amigo y Axel es una de las personas más brillantes que conocí en mi vida. Pero más allá de eso, conociéndolo a él y a su grupo de trabajo, ojalá los dejen trabajar de la manera que nosotros pregonábamos porque son gente que tiene una capacidad y una formación impecables. En la política a grandes niveles hay muchos intereses, por lo que deseo que trabajen libres de presiones: le haría muy bien a todos, los resultados se verán después.

Esto es algo que deduje atando cabos: ¿puede ser que junto a Axel y Lucas Bergman hayas tenido un bar?
Sí, claro, se llamaba Espero Infinito y lo tuvimos por dos años. Fue un bar en el que empezaron muchas bandas, todos los jueves había un recital. La historia de Grand Prix está muy relacionada a Espero Infinito, la de Pablo Dacal también... o Mataplantas, Jaime Sin Tierra, Rosal, se había generado una escena muy linda en el segundo año del bar, pero 2001 fue un año complicado.
Con Grand Prix presentamos el primer disco ahí y tocábamos mucho. Y sí, éramos cuatro o cinco socios, todos amigos de la facultad. Era un momento difícil para tener un negocio y lo vendimos, también por cuestiones profesionales, porque varios de los chicos se fueron a estudiar afuera. Pero terminamos con la mejor onda y si hoy estuviese abierto sería un lugar referente; era de esos lugares a los que la que gente va sin saber quién toca. Eso era muy lindo, y casi todos los músicos que tocaron en el bar lo recuerdan con cariño.

¿No te da ganas de retomar un proyecto así?
No, te acostás muy tarde... (Risas). Sabiendo lo que sé, sería mucho más fácil ahora, pero es un trabajo muy esclavo. Estuvo bien en su momento y lo disfrutamos, pero ya está: puedo decir que he sido un gastronómico (risas).


GRAND PRIX, PRIMER AMOR

¿Con Grand Prix te quedó la espina de algo inconcluso?
Tuvimos la mala suerte de sacar el primer disco en octubre del 2000, cuando todo el mundo te decía “guardalo un año más”... como si la cosa fuera a mejorar.

¡Por suerte no hicieron caso! (risas).
Por suerte no. Y después de eso, nos tocó vivir la peor crisis de la historia argentina. Realmente, tuvimos nuestra pequeña ventanita de oportunidad en el peor momento. Pero yo pienso que el segundo disco de Grand Prix, Lejos, está injustamente pasado por alto: hablaba de lo que nos pasaba a los chicos de veintialgo en el año 2001, hay canciones que tratan específicamente eso. Y es la razón por la que muchos colegas-amigos lo quieren tanto también y vinieron sin dudar cuando presentamos en 2007 la edición argentina. En un punto, éramos casi la única banda que estaba haciendo un disco en ese año, y se nos habían ido el bajista y el baterista...

¿Es cierto que el baterista se fue a tocar con Los Sultanes?
Sí, Guido... estuvo muy poco tiempo con nosotros. Le salió un laburo en Los Sultanes, ¡qué sé yo! (risas). Podría haber seguido con Grand Prix también, pero venía a los ensayos y empezaba a tocar temas como Los Sultanes. El guitarrista lo subió al auto en un ensayo y se lo llevó, directamente le dijo “te llevo”, porque no paraba. Era un laburo, está bien...
La estábamos pasando mal en vivo, tuvimos algunas experiencias bastante feas por cuestiones técnicas y dijimos “así es un embole, no gastemos más plata en sala de ensayo”. Entonces fuimos al estudio de grabación El Túnel y arreglamos para grabar un tema por mes, trabajábamos ahí e íbamos subiendo los temas a internet, de a uno. Empezamos en julio de 2001 y cuando llegó el quilombo nosotros ya estábamos bastante metidos, con muchas crisis personales y laborales, momentos muy complicados. La música se volvió nuestro oasis; en ese sentido, Lejos está bendito, tiene una magia muy especial.

Los hizo llevar el mal momento.
Claro. Y bueno, como en 2002 había una parálisis general nos terminamos yendo a España, que fue donde nos editaron el disco e hicimos una gira de 25 conciertos en 35 días, con shows en la televisión, críticas por todos los medios... Hicimos un esfuerzo increíble, para mí era una historia que merecía ser contada y me da pena que volvimos y nos dijeron “ya está, es historia vieja”. Creo que merecíamos un poquito más de reconocimiento, es un disco que me da mucho orgullo. ¡Se vendió en Japón también! Lejos tuvo una vida hermosa.

De alguna manera, podemos decir que Grand Prix te sirvió para tender ese puente con España que aún mantenés, tenés muchos amigos allá.
Totalmente, la magia de ese disco generó una familia de amigos en España que no tiene explicación, es todo parte de la energía de aquel momento y del disco. No tiene precio.


LOS CAMPOS MAGNÉTICOS Y EL ÉXITO INDIE

¿Se esperaban semejante repercusión con Los Campos Magnéticos?
No, la verdad que no. Por cómo surgió todo es sorprendente, me acuerdo de cuando me presenté con Alvy y le dije que yo también hacía temas en castellano de Magnetic Fields... charlamos y quedó ahí, esto habrá sido en diciembre de 2006, ponele. Y nos cruzábamos y decíamos “hay que hacerlo”, hasta que después de unos años lo hicimos. Para mí era un proyecto de 10 canciones, para grabarlas con músicos invitados, subirlas online, hacer un show... y nos vamos a casa.

¡Terminaron agotando los dos volúmenes y haciendo una versión nueva conjunta!
Por un lado, jamás supuse que iba a ser un proyecto tan atractivo y para tanta gente, pero por otro lado -pensándolo bien- digo que tiene lógica que esas canciones tengan llegada, ¡porque son hermosas! Es la prueba de que cuando las canciones son lindas y el proyecto es honesto, anda. Todos los proyectos con un encare así deberían funcionar, si el proyecto tiene cohesión, entidad y gracia... Lo que nos sorprendió fue la velocidad con la que se encontró un público. También es cierto que la forma de encarar la instrumentación y de tocar los temas hace todo muy amable y accesible, lo disfrutamos a pleno y es una posibilidad que no esperábamos tener.
Además estamos haciendo conocer un repertorio que nos fascina, cumpliendo un poco con el cometido del que hablaba antes... El Profesor Magnético (risas).

¿Y el contacto con Stephin Merritt cómo fue, buena onda?
Sí... en realidad nos contactamos más con Claudia Gonson, que es la tecladista y la manager. A través de ella llegó el contacto con él, que es un poco más arisco. Teníamos que pedir autorización sí o sí, les mandamos un documento muy extenso y lo aprobaron.

¿Qué les iban mandando?
Les mandamos las traducciones, retraducidas al inglés. Era traducir y explicar, los chicos confiaron en mí para que mande los mails y Merritt nos marcó algunas cosas puntuales, corrigió unos detalles... estaba muy sorprendido y con razón. Nos felicitó y le mandamos un ukelele de regalo; a Claudia también le encantó y le mandamos los discos. La mejor onda.

Y si se le ocurre venir solo algún día...
¡Ya tiene banda! Ya le dije a Claudia que no vengan todos, que no hace falta (risas). Igual la veo muy difícil que vengan, a Merritt no le gusta salir.

¿Cómo sigue el proyecto? ¿Más temas de Magnetic Fields, o puede surgir algo entre ustedes?
Tenemos algunas canciones y estamos trabajando en otras, pero no con un objetivo muy claro sino como hicimos al principio, tratando de conservar la misma energía que nos llevó a hacerlo. Si decidimos hacerlo vamos a tener que buscar una manera de darle entidad propia, no creo que sea sano volver a repetir.
Pero es interesante, pasó algo entre los tres a nivel artístico. Y está la idea de hacer Alvy, Nacho y Rubin interpretan a Alvy, Nacho y Rubin. Sería un trabajo de exploración de la dinámica que generamos haciendo estos discos y nos interesa explorar eso más que el repertorio. Pero bueno, estamos todos con discos nuevos, entonces tenemos que encontrar el hueco para ponerle la cabeza y el corazón al proyecto.


(BONUS TRACKS)

¿Qué tema te gustaría haber compuesto? Podés elegir un par si querés.
Creo que Penny Lane, no está mal eh... estaría forrado aparte (risas). Es la primera canción que se me viene a la cabeza, es perfecta, tiene una dosis de melancolía, remite al barrio, hay una cosa como de regreso a imágenes de la infancia y al mismo tiempo tiene un tono celebratorio. Y musicalmente es una canción hermosa, tiene un bajo increíble. No sé si es mi canción favorita del mundo mundial, pero qué lindo decir “mirá, me compuse Penny Lane”.
Otra más... siempre digo la misma, Ev'rytime we say goodbye de Cole Porter. Es perfecta, es lo máximo. Y dejame una más, algo más cercano: La canción del jardinero, de María Elena Walsh. Una canción que canten todos, con esa hermosura. ¡La cantan los pibes! Soy re fan de María Elena Walsh, tener esa melodía y que la canten los chicos es divino.

¿Y qué cinco discos te llevarías a una isla desierta, o salvarías de un incendio? (!)
Pongamos uno solo de los Beatles porque sino estamos al horno: Rubber soul. Y además, llevaría Bandwagonesque de Teenage Fanclub; Imperial bedroom de Elvis Costello y los Attractions; Full moon fever de Tom Petty; y Bridge over troubled waters de Simon and Garfunkel. Son discos que vengo escuchando de toda la vida y no tienen un solo tema malo.
Esos son para la isla, porque para el incendio... son cosas distintas (risas). De un incendio, salvaría Abbey road y Magical Mystery Tour de los Beatles, porque son discos a los que les tengo un gran cariño, al disco físico digamos. Los demás que se queden, no tendría tiempo de salvar tantos discos, pero esos son irreemplazables tal cual son como los tengo.

* Rubin y Los Subtitulados se presentan este sábado 15 a las 21:30 hs. junto a Eugenia Brusa y Los Bombones de Murano, en Vuela el Pez (Av. Córdoba 4379, Palermo).
Entradas con descuento escribiendo a info@rubinlandia.com.ar

* En tanto, harán lo propio Los Campos Magnéticos, pero en La Trastienda Club, el sábado 6 de octubre. Entradas a la venta mediante Livepass o en las boleterías del lugar.



[Las fotos que ilustran esta nota fueron tomadas por las siguientes estrellas de la fotografía: Rubin solo es obra de Sofía Ramírez; Grand Prix tocando en los estudios de TVE la tomó Nora Lezano y cedió el propio Rubin; y las siluetas de Alvy, Nacho y Rubin fueron captadas por Agustina García Orsi].

viernes, 24 de agosto de 2012

Charlas con músicos: Seba Rubin, se va la segunda


Segunda parte de la charla con Seba Rubin (¡aún queda mucho más!). En esta vuelta, el hombre se explaya sobre la composición en general, su trabajo como traductor y su participación mediante una columna semanal en el programa de radio Gente sexy, la obvia consecuencia de una melomanía insuperable de la que aquí -dónde sino- aporta datos jugosos.
Disfrútenlo que se deja:

DEL OFICIO DE COMPONER, AL OFICIO DE... TRABAJAR

Yendo a la composición en general, alguna vez dijiste: “salen muchas canciones pero la mayoría son una porquería”. ¿Te sigue pasando?
Sí, obvio. Me ha pasado de componer canciones ajenas, digamos. “¡Qué buena esta canción!”… claro, ya la hizo alguien antes (risas). 

¿Te dabas cuenta de cuál era y todo?
Sí, a veces son canciones que tenés perdidas, y otras veces decís eso, “esto debe ser de alguien” porque te sorprendés. Después, hay muchas cosas que surgen y que decís “nah, no me interesa”, y lo que no me interesa ni lo termino (la mayoría de las veces). 

¿Pero apretás delete o queda ahí?
No, queda ahí guardado. Unos casetes, unos demitos… De hecho, para el disco nuevo grabé todo en una grabadora digital chiquitita, y tenía un montón de tracks distintos pero dentro de un mismo track, uno atrás del otro. Entonces tuve que cortarlos, y ahí digo: “esto me gusta”, corto y guardo; si no me gusta, lo descarto. No creo que nadie encuentre joyitas perdidas en mis cajones de demos…
Como no tengo la posibilidad de grabar todo el tiempo, de ir al estudio a estar 80 días grabando 27 canciones, entonces realmente vamos a grabar lo mejor según nuestro criterio. También es un ejercicio: en lo que no te gusta nada podés encontrar una pequeña melodía que te dispara otra cosa; en ese menjunje aparecen cositas y confío en que siempre saldrá algo… El día que no salga más, pongo un parripollo (risas).

¿Es algo que hacés diariamente? Agarrar la viola, el ukelele, lo que sea…
Trato. Digamos, no tengo la fortuna de dedicarme sólo a esto, si fuese mi trabajo full-time seguramente dedicaría todos los días a hacerlo. Pero sí, lo hago casi como un trabajo, aunque sea algo lúdico, divertido y que me da mucho placer. Para componer hay que estar dispuesto a que salgan cosas, también. 

¿Sí? ¿No te pasa que capaz empezás a jugar con algunos acordes y sale algo?
Claro, pero eso es predisposición, porque por ahí agarrás el ukelele y tocás una canción de Los Beatles o de Cole Porter. Si te sentás a hacer brotar una canción es porque tenés predisposición a eso. Y hay días que no sale, pero está bueno todos los días despertarse y agarrarlo de vuelta.



¿Y de qué laburás?
Mi trabajo está repartido entre lo que hago de música y lo que hago de traducciones, subtítulos de películas. Por eso también Los Subtitulados... 

Cierto, lo había leído en algún lado pero no sabía si lo seguías haciendo. Eso explicaba todo (risas).
Ahora lo hago un poquito menos que antes, por suerte –no porque no me guste ni no lo agradezca, sino porque me gusta más tocar la guitarra. Pero sí, todavía hago bastantes traducciones.

¿Cómo llegaste ahí? ¿Caíste?
Sí… Cuando dejé mi carrera de economista y dejé de trabajar de eso, estaba por irme a España con Grand Prix -casi un año entero-, y en el momentito que me quedaba acá en Buenos Aires, trabajaba. Entonces mi hermana, que es productora, vino y me dijo: “¿querés hacerlo, te interesa?”. 

Y vos la tenés clara con eso,  imagino.
Sí, sé mucho inglés, tengo un título. Entonces empecé, un poco como para hacer algo en el mes que faltaba antes de irme; después ya estando en Buenos Aires me di cuenta de que me resultaba muy funcional, porque estoy en mi casa y los horarios los manejo yo. Si lo hacés con seriedad y disciplina, en ese sentido, es un muy buen trabajo. Traduzco un poco de todo: pelis, series, documentales. Lo que me manden... 

¿Divierte?
A veces. Igual es trabajo, si vos me das un concierto de Blur, no lo voy a ver. Lo que más me interesa de un concierto de Blur es lo poco que hablan entre una canción y la otra, y cuanto menos hablan, mejor. Después lo dejo en la computadora y por ahí lo veo, pero para mí es trabajo. Hace poquito hice el From the Basement de Radiohead, del último disco The King of Limbs… ¡y no me preguntes qué tocan! Estoy atento a lo que hablan, entonces cuando termino de hacerlo, digo “hablaron re poco, qué suerte”. Lo mando y me voy a tocar la guitarra.
He disfrutado algunas cosas. Tuve la suerte de que me dieran para subtitular el programa de Costello, Spectacle; el documental de Magnetic Fields; o toda la última temporada del Late Show de Conan O’Brien, pero en general no tengo un compromiso emocional con el contenido de las traducciones.

Estas enfocado en lo otro.
Estoy trabajando, siempre depende de qué te den. Si te dan una película que no se entiende nada y hablan mucho, vas a putear.
Lo que tiene de bueno el trabajo es que me permite organizarme de manera tal que si tengo que irme de gira un fin de semana, puedo parar; si tengo que irme a mitad de año sin pedir permiso de vacaciones, lo hago… Obviamente, todo depende de mí, soy mi propio jefe y la dinámica de trabajo depende también de cuánto material haya.


EL PROFESOR POP: UN MELÓMANO DE TODA LA VIDA

¿Cómo llegaste a la radio?
¿A Gente sexy?

Sí, ¿o hacés otro programa y no lo sé?
No, ahora me llamaron los chicos de Plátano Radio, una radio online en español, básicamente de rock. Está muy buena la idea: me convocaron para hacer una pequeña columnita semanal que va grabada, así que en ese sentido llegué también un poco por Gente sexy.
Y a Gente sexy llegué a través de Seba De Caro, que trabajaba en el programa al principio, es muy amigo de Clemente [Cancela] y compartimos algunas salidas de fin de año, hace un par de años. En una reunión nos quedamos con ellos y un par de amigos más tocando la guitarra... Yo tengo un repertorio amplio, siempre me gustó tocar de todo y tengo -está mal que lo diga- bastante facilidad para sacar canciones y tocarlas aunque no las conozca demasiado. Como sabían también que soy melómano y me gusta mucho la historia del rock, se les ocurrió combinar las dos cosas y me convocaron. Y la verdad que para mí fue una sorpresa, nunca lo hice con tanta asiduidad y la paso muy bien.

El programa está buenísimo aparte.
Sí, es una responsabilidad. Un día hago una canción que la tengo más tocada y sale bien, y otro día voy y digo “uy, ¡cómo la cagué ahí!” (Risas). Por lo general, hay gente que no se da cuenta.

Yo soy de los que no se dan cuenta.
Hay veces que digo “bueno, esto quedó como un arreglo raro”, pero la realidad es que quería hacer otra cosa. Tocar canciones todas las semanas parece una huevada, pero en realidad hay que dedicarles mucho tiempo para internalizarlas.
Además es una radio grande. En Blue era un poco más fácil porque el público era más reducido y focalizado, entonces podía echar mano de cosas que son más habituales mías, Burt Bacharach o Roy Orbison. En cambio, en Rock & Pop tengo la exigencia de llegar a un público más amplio y hay que ir un poquito a cosas más grandes, más seguras. Pero lo disfruto igual, aunque el método de selección de canciones sea distinto. Estoy contento porque es una exposición muy sana.

Y se nota cuánto se divierten…
La columna tiene un objetivo lindo, yo digo siempre que es como cuando un hermano grande o un amigo mayor se acercaba y te decía “escuchá esto”. Estamos viviendo una época en la cual la historia del rock ya es larga, ¡Chuck Berry pasó hace casi 60 años! Es una locura y a la vez es natural que un pibe de 20 años no conozca a Chuck Berry, a Elvis, a los Byrds o hasta a los Beatles. Son grupos que están cada vez más atrás en el tiempo y lo que me interesa es rescatar esas cositas que para mí son más cercanas -más por gusto personal que por edad-, traerlas a la actualidad. O sea: ¿te gustan los Kings of Convenience? Perfecto, a mí también me gustan, pero escuchá a los Everly Brothers o a Simon & Garfunkel. Es como yo vivía la radio de chico, un medio para conocer música nueva, algo que pasa cada vez menos.

Cada vez se pasa menos música en la radio.
Sí, y además la gente escucha la radio para escuchar lo que ya conoce, en otra época era al revés. Y por cuestiones comerciales, por cómo está armada la industria, las radios también tienen menos posibilidades de pasar cosas que la gente no conoce. Entonces, con que dos o tres personas digan “¿The Jam?”, vayan y lo busquen, para mí está bien. No puedo pretender que la gente salga corriendo a comprar discos de ellos: mientras la escuchen, esa banda no se va a morir y vamos a abrir un poco el juego de vuelta.
La columna tiene que entretener, educar y ser divertida. Si después hay alguien que va más allá, fenomenal.


¿A vos quién te hacía de maestro?
Tuve varios, en distintos momentos de la vida. Era muy inquieto por naturaleza y un poco solo. Vivía en Villa del Parque, teníamos una disquería en el barrio... y escuchaba radio. Antes de que existiera la Rock & Pop, grababa cosas y agarraba los discos de mi viejo: Roberto Carlos, los Beatles, Alberto Cortez, Elvis Presley. Ya a los ocho años iba a la disquería con mi mamá y le pedía que me comprara discos de los Beatles; leyendo los discos de los Beatles veía que una canción no era de Lennon / McCartney y era de Chuck Berry, entonces iba y me compraba un disco de él.
Después tenía amigos con hermanos mayores; a mis primas... iba y les sacaba los discos, preguntaba “¿qué es esto?”, me decían “Styx” y yo lo agarraba y me lo llevaba. En ese momento estaba fascinado porque para mí era una música nueva y no había tanta como hoy; ahora a Styx no lo puedo ni tragar. Y cuando apareció la Rock & Pop fue importante: me dormía con la radio debajo de la almohada, porque escuchabas Frank Zappa, Madness o XTC.

Te agarrabas de lo que podías...
Sí, por ahí estaban las encuestas de fin de año de las revistas, donde votaban los músicos y, supongamos, yo no era fan de Soda Stereo ni tenía discos, pero sabía que Cerati era un tipo con data interesante y mencionaba a Echo and the Bunnymen o U2. Entonces iba y me compraba discos de esas bandas: lo que conseguía.
También compraba libros, tenía uno que se llama Treinta años de rock, de Editorial Salvat. Me conocía a todas las bandas de nombre, de las fotos... ¡pero nunca los había escuchado! (risas). Después en un viaje me compré otro libro, Top 40 hits, un libro de estadísticas del Top 40 americano: estaban todos los artistas que habían ingresado en el Top 40 del ’55 al ’84, todas las canciones en orden alfabético. Eso era ilegible, ¡y yo lo leía!: “King Creole & the Coconuts, qué será esto…”; no importaba, fantaseaba con cómo serían, con las fotos, los nombres de las canciones. Después llegaba al disco y decía, “¿esto era?”.

¡Había mucha imaginación ahí!
¡Claro! Después empezaron a traer más discos, revistas importadas y nacionales más especializadas, los viajes, internet... en otra época hubiera sido impensado llegar a esos niveles. Es interesante lo que pasa pero también cambia mucho la forma de escuchar música. Por una cuestión de edad, mi manera de escuchar música es muy distinta de la de un pibe de 15, la forma de construir ese universo no es la misma. Y con la columna de El Profesor Pop trato de enlazar esas cositas, esos dos mundos.

Por eso te gusta tanto hacer covers, supongo.
Estudié música con un gran profesor, Jorge Puig, que me enseñaba a sacar canciones: me explicaba cuál era la tónica, cómo era la escala mayor... Pero yo sabía que lo que él estaba haciendo era darme las herramientas para que, más allá de estudiar formalmente, que lo hacía -aunque me costaba porque era bastante vago-, aprendiera a grabar y a sacar canciones. Y más de la mitad de mi formación musical está en los discos, en agarrar temas de Robyn Hitchcock y descubrir que el tipo pone acordes abiertos, o descubrir con Cole Porter cosas más sofisticadas, acordes disminuidos por todos lados.
Hay momentos en los cuales necesitás pegar determinado salto y todo esto siempre me ayudó, como conocer varios instrumentos que te brindan colores distintos. Digamos: hacer covers fue la manera en la que aprendí a tocar.


[Las fotos que ilustran el texto son gentileza de Lula Bauer, excepto la del Niño Rubin, cedida gentilmente por el propio Sebastián].

domingo, 19 de agosto de 2012

De pie señores: vuelve Robert Plant


"Y que no soy actor de lo que fui".

El Robert Plant que viene a mostrar su arte a la Argentina no es el del afiche, es muchos más. Muchos años más, por empezar, muchas ideas y mucho blues, mucha pureza, más arrugas y la onda rock-star un poco -un poquito, nomás- diluida. Plant es uno de los rockeros que mejor ha envejecido respecto de su propia música y su leyenda; quizá junto a Bob Dylan y Paul McCartney sea de los ancianos superclásicos del rocanrol que mejor forma muestra.

En el año 2007, hubo una reunión de Led Zeppelin (considerando la posibilidad de que exista verdaderamente un "Led Zeppelin" sin John Bonham que sea más que el mero nombre de una legendaria banda de los años ’70, incluso siendo su hijo quien lo reemplace) que duró lo que un suspiro. El recordado reencuentro se dio en el marco de un homenaje a Ahmet Ertegun, el creador de Atlantic Records, sello que albergó la discografía completa del grupo. Por supuesto, hubo alboroto popular (?) y clamor por una gira que abarque el entero mundo: parecía ser que todos querían (queríamos) ver en vivo lo que era una nueva versión del clásico. Pero Plant fue el primero, desde un principio, en saber que no era el mismo del afiche. Ni su voz, ni su música, ni sus intenciones -sus ganas-, estaban puestas en despertar a un gigante que dormía plácidamente en los laureles de un Olimpo bien ganado. Había sacado un disco etéreo, precioso y atemporal junto a la cantante y violinista Alison Krauss, que arrasaría meses después en los premios Grammy pero, primero, arrasaba con los oídos de quien se asomara a escucharlo con la debida atención: el fantástico Raising sand, clave para ponerlo en la primera plana de la industria luego de años de bajo perfil. (Ojo: un bajo perfil que abarcó discazos como Dreamland y Mighty rearranger).

Hacia allí apuntaba su destino, a una búsqueda cada vez más pura y honesta -así suena, a verdad- de las formas bluseras, asociada a una paz inusitada que poco tiene que ver con el sonido tremebundo Led Zeppelin. Por eso dijo no y creo que lo comprendí: me pareció una decisión lógica que engrandecía y dignificaba su presente. En unos meses viene con su actual banda, con la que sacó el pasado año otro disco magnífico y sutil -Plant ha sabido hacer de los silencios y lo reposado un lugar cómodo en el que apoyarse constantemente, despojándose casi del todo de cualquier movimiento distorsivo- llamado Band of Joy. Así se llamaba su primer grupo: ahí hay una pista. El hombre parece querer llegar al punto inicial, al origen más origen, y eso le sienta y le suena muy bien. Ni siquiera sé si en sus shows toca repertorio de Led Zeppelin, pero si no lo hace, estoy seguro de que el show será igual de bueno.

A eso le llamo coherencia: a saber vivir bien del pasado, revolviéndolo para encontrar un buen presente sin tener que volver directamente a él como un mendigo de lo que se fue. Con la voz más grave y sin gritar, ahí se nos viene Roberto y lo recibiremos con los oídos bien abiertos.

Salud Plant, estás hecho un pibe. Como el del afiche.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Charlas con músicos: hoy, Sebastián Rubin (pt. 1)


Dicen que los gustos son gustos y, en fin, no hay más que seguir dándoselos… Volvimos  (volví) a visitar el hogar de un músico para tener una de las charlas más amenas y extensas de esta sección. El anfitrión esta vez fue Sebastián Rubin, voz líder de Rubin y Los Subtitulados, junto a quienes ha publicado recientemente un álbum de (notables) canciones intitulado Más.
Rubin es como canta: cálido, fresco, claro; un gran charlador, un tipo para escuchar con atención. Así fue que nuestro diálogo se extendió durante una hora y media en la que abordamos temas de lo más variados: su trabajo, su participación radial en el programa Gente sexy, sus estudios universitarios, el éxito de Los Campos Magnéticos (su grupo paralelo), los recuerdos de Grand Prix (su anterior banda) y toda una vida  escuchando, leyendo y haciendo música.
En esta primera parte, el hombre se explaya sobre la confección de su nuevo y recomendable álbum:

Comencemos hablando de Más, que es lo reciente. ¿Cómo fue el armado del disco en cuanto a composición y grabación?Es un disco muy especial en ese sentido, porque fue armado en grupo, y aunque todos mis discos fueron armados en sala de ensayo, en este disco en particular con Los Subtitulados buscamos generar un sonido nuevo, de banda, que tiene que ver con el trabajo en el tiempo y no en la intensidad, en obras en poco tiempo. Y con eso en mente, la composición también fue diferente. En algún punto fue igual, porque las canciones salían de mí, pero llegaban a la sala de ensayo mucho menos trabajadas. Antes hacía unos demos, no muy sofisticados pero con la suficiente información como para saber la forma del tema, el beat que podía tener -sin tener baterías ni nada-, con guitarras acústicas y arreglos muy chiquititos. Pero estaban más pensados, llegaban a la sala de ensayo con más trabajo encima. Y en este disco llegaron directamente en la versión lo más cruda posible, que era lo que yo grababa cuando se me ocurría una canción: con todos sus errores, mejorando estrofa a estrofa; uno va aprendiendo una canción a medida que va componiendo. Entonces agarramos las canciones desde mucho antes, lo cual fue generando mutaciones distintas, desarrollos distintos.

Lo que tiene de particular el disco es que casi ninguna de las canciones fue tocada con los instrumentos en los cuales se compusieron. Por ejemplo, podía componer con una guitarra española y que en el disco terminara sonando como Vuelo suicida, cuyo sonido no tiene nada que ver con ese timbre. No me olvides, Margarita fue compuesto con un ukelele; Fred Astaire la escribí con un ukelele de ocho cuerdas. En ese sentido también fue algo novedoso, porque al no usar un instrumento similar a la hora de componer -como podría ser una guitarra acústica-, la información o la impronta que tenía la canción en el demo estaba abierta a cualquier tipo de interpretación, porque la íbamos a tocar con otro instrumento.
Más es el resultado de un proceso distinto para nosotros, pero que fue increíblemente satisfactorio y feliz. Y la grabación en Ion fue la frutillita de la torta: pudimos grabar en un estudio con historia, con un sonido muy especial, una sala increíble con micrófonos y mesas antiguos (y no tanto) como para lograr un sonido más cálido.

Y a vos te gusta bastante eso, ese sonido.
Sí, totalmente. Encontrar un sonido grande y al mismo tiempo preciso, cristalino. Y la verdad que se trabajó para llegar a ese lugar y logramos disfrutarlo al máximo.


¿Te parece que es el disco más grupal por cómo se laburó el armado de los temas?
Yo creo que es el disco mío que tiene la mayor impronta de una banda, desde el primer disco de Grand Prix. Creo que durante todos estos 10 o 12 años, en algún punto quise recuperar -consciente o inconscientemente- esa dinámica que es más natural en una banda cuando sos más chico, no tanto cuando ya tenés tantos discos encima (y más años). Pero lo logramos, lo cual es como una segunda oportunidad que me dio la vida de disfrutar de un grupo como cuando tenía 20, 22 años, pero con mucha más experiencia. Y es más divertido todavía, mucho más sano y mucho más valioso y lo sabés apreciar más. Estoy muy agradecido de haber tenido la oportunidad de llegar a esto, fue todo un esfuerzo.

¿Te sorprendió cómo quedaron finalmente algunos temas? 
En este caso empezamos con canciones que ni siquiera yo me propuse pensar cómo quería que sonaran al final, dejamos que cada canción fuera creciendo, desarrollándose y descubriéndose a sí misma. Y ahí encontramos cosas que nos gustaban más que otras, descartamos lo que no nos gustaba, tomamos lo que sí y trabajamos sobre eso. Así que no podría contestar la pregunta porque tampoco tenía una idea inicial.
En los otros discos había una idea primaria más fuerte, entonces tratábamos de llegar a eso de la manera más fiel posible, y aunque las canciones siempre terminaban quedando mejor de lo que yo imaginaba, lo hacíamos en un vector temporal mucho más corto. Ahora, una canción se me ocurría o la imaginaba así y los chicos la mejoraban. La sensación general es esa: que después de grabar, mezclar y masterizar, las canciones están mejor de lo que jamás imaginamos. Pero son procesos y momentos distintos.

¿Se potenció todo con el lugar de grabación también? ¿Ayudó?
Todo ayudó. Para que un disco salga bien hay un montón de eslabones y un montón de factores que influyen y el equilibrio en el cual uno transita es súper inestable en algún punto. Cualquier cosita desvía la atención, desvía una idea… Algunos de esos desvíos son súper positivos y otros te hacen volver al tablero y a tener que reescribir las cosas. Seguro que ayuda estar en un estudio en el cual todo lo que vos hacés suena tal cual lo imaginás y no hay que hacer ningún tipo de trabajo de post en términos de tener que manipular lo que uno graba para alcanzar el sonido, uno lo va alcanzando en el momento en que lo va grabando. Eso hace que las canciones lleguen mucho más puras a la mezcla, ya están casi como vos querés que suenen y no hay que hacer mucho trabajo. Entonces, sí, obviamente que potencia, porque cuanto mejor sea la calidad de los procesos de grabación, mejor va a ser el resultado final en términos de audio.

Y además porque estar en un estudio así también te inspira. Parece una cosa muy trillada pero es verdad, estás en un lugar que decís “puta, yo acá tengo que romperla”. Te motiva, te hace decir “hay que aprovechar esto”. No cualquiera puede grabar en Ion, en las condiciones que nosotros grabamos, no cualquiera puede mezclar en Revolver en las condiciones en que mezclamos; y todas esas cosas hay que saber valorarlas, agradecerlas y aprovecharlas. Creo que estamos híper contentos con Más, porque es el fruto de todo un trabajo, y es lo que soñábamos sin tener muy claro cuál era el resultado final: tener un disco que saliera y que nos hiciera sentir esto, digamos. El orgullo, el placer de escucharlo, de seguir escuchándolo…

¿Lo escuchás?
Sí. Al principio cuando salió lo escuché un poquito más. Los chicos también. De vez en cuando te dan ganas de escucharlo, es como “¡qué lindo lo que hicimos!”, está bueno.


¿Te pasa ya de querer cambiarle algo?
No. Hay un refrán que dice “las mezclas de los discos no se terminan sino que se abandonan”. Y en ese sentido nosotros hemos corregido lo que sentimos que teníamos que corregir hasta muy avanzada la mezcla. Incluso regrabamos alguna guitarra, alguna cosa que no nos gustaba… Pero el disco está. O sea, es eso, el reflejo de un momento, no cambiaría absolutamente nada. Si ahora hago otro disco por ahí haría otra cosa, pero no tengo nada de qué arrepentirme.

Grabaron rápido, ¿venían ensayados?
Veníamos muy ensayados. Se grabó en cuatro días y después hicimos un par de días más de overdubs con las voces, pero básicamente se grabó en esos cuatro días. Eran los tiempos que estaban planeados, con tranquilidad, realmente trabajamos y ensayamos pensando en la grabación y en las condiciones en las que íbamos a grabar. Pensamos en una grabación en vivo con pocos overdubs; los temas tenían que sonar bien con cinco personas tocando, sin que hiciera falta agregar mucho. Entonces, en ese sentido, la producción se centró en ese tema.

¿Pensando en el vivo también?
Bueno, en vivo siempre terminás adaptando alguna cosa. Por cuestiones de comodidad también terminás grabando algunas cosas separadas, o las acústicas… Pero sí, si la banda suena bien en vivo, en el estudio tiene que reflejar eso. Mejorarlo un poco, tener la posibilidad de hacer cosas más complejas, porque puedo cantar separado, puedo tocar separado la guitarra y en el show no. Pero digo, también depende del disco, podés grabarlo con la voz en vivo también (Neil Young lo ha hecho siempre).
No sé si pensamos tanto en vivo... el vivo es un reflejo del disco y el disco es un reflejo del vivo, se van retroalimentando.

Volviendo a la composición, ¿descartaron mucho material o quedó más o menos lo que había?
Había bastantes más proto-canciones de las que habitualmente teníamos, unas 20 cancioncitas o pedacitos de ideas de canciones sobre las cuales trabajar. Elegimos empezar por algunas y después, a medida que avanzó el tiempo, fuimos agregando otras o sumando canciones nuevas que aparecían en el trayecto. Empezamos con 6 o 7 canciones elegidas, y a partir de  ahí fuimos agregando a medida que decíamos  “bueno, acá faltaría esto, te acordás de aquella.
Entonces, quedaron cosas afuera pero no diría que canciones enteras, algunas son ideas que pueden recuperarse y quedaron un par de canciones que estuvimos ensayando unos días y dijimos “no son para el disco”. No quedó un material abismal: grabamos las canciones que más nos gustaban y que mejor quedaban para nosotros.

Una cuestión de identidad también.
Exacto. Que cuenten una historia; aunque no sea un disco conceptual, que el relato sea coherente.

¿Y están contentos con las críticas?
Estamos súper contentos, las críticas fueron relindas. Cuando uno hace un disco en los términos en que hicimos nosotros Más -si uno escucha este disco y los anteriores va a notar que la banda no es la misma- se genera una duda: "¿esto está buenísimo o es una gadorcha?" (risas). Nadie había escuchado nada, ni los amigos ni las novias, entonces decíamos “puta, ¿la gente qué va a decir?”. Habíamos tocado Margarita en los shows y lo pedían como bis, en ese sentido estábamos tranquilos pero era sólo un tema... y cuando vino Hernán Agrasar -el ingeniero de grabación- a la sala de ensayo, me acuerdo que se quedó y nos dijo “qué osado... qué manera de cambiar la forma de tocar”. Y él nos conoce: si ni él nos podía decir “¡qué bueno!”... (Risas).
A los amigos y al público les regusta el disco, pero obtener esas críticas de la prensa, de gente que nosotros admiramos y que sabe un montón, como Martín Graziano o José Bellas, siempre suma. Más allá de que todas las críticas fueron muy lindas, quizá destaco esas porque nos da mucho orgullo, es como un mimito. No es fundamental pero si lo hacen mejor.
Y sí, repito: estamos muy contentos.


* Rubin y Los Subtitulados se presentan este viernes 10 en The Roxy (Niceto Vega 5542).
Banda invitada: Mostruo! ("Somos súper fans de ellos", Rubin dixit).
20 hs - Apertura de Puertas
21 hs - Comienzo del concierto
Entradas anticipadas con descuento en Ticketek
Entradas en puerta $50
Más info en info@rubinlandia.com.ar y www.rubinlandia.com.ar



[Nota: las magníficas fotos que ilustran esta charla fueron tomdas por Lola García Garrido]

miércoles, 25 de julio de 2012

El Siempreterno, o Bob Dylan


Desde la página oficial del Viejo Bob se nos cuenta que el 11 de septiembre verá la luz Tempest, un nuevo álbum de canciones originales del anciano querido. La fecha elegida para la ocasión es la misma en que se editó su álbum debut hace ya 50 años y también la que vio la aparición de “Love and theft” en aquel 2001 de Torres Gemelas.

No hay mucho que decir al respecto, más que celebrar la incansable y fructífera actividad de Dylan en los últimos 15 años, enumerada casi cronológicamente en la gacetilla de bobdylan.com: 4 discos de estudio de gran factura, uno mejor que el otro, exitosos en ventas y premios Grammy  (Time out of mind, “Love and theft”, Modern times, Together through life); BD ganando un Oscar gracias a Things have changed (del film Wonder boys) elegida mejor canción original; el magnífico libro Chronicles (del que esperamos una segunda parte); el imponente documental No direction home dirigido por un tal Martin Scorsese; varios discos de las Bootleg Series y demases registros en vivo de sus primeros años; y hasta un bizarro disco navideño, Christmas in the heart, con fines benéficos.

¿Cuán difícil es que el mundo se pueble de gente así?

miércoles, 11 de julio de 2012

Belle and Sebastian, pequeña perfección



Sácame de aquí, me estoy muriendo /
Toca una canción con la que pueda liberarme.

Jarvis Cocker es un David Bowie que no pudo ser. Está más que claro, aunque su (buena) reputación y su figura cool impidan la admisión generalizada de tal verdad. Entonces, ha desarrollado una dignísima carrera guiada por la sombra del Duque Blanco, durante el liderazgo de su grupo Pulp y en solitario.
Sí podemos denostar a Juanse, el clon de Jagger que nos salió Pomelo, argentino y cuadrado; aunque Spinetta, García y Pappo le hayan dado la derecha (la derecha como mano positiva, digamos) sigue siendo un pelotudo. A Gutiérrez (¡encima el apellido es Gutiérrez!) no lo redimen ni los sensuales bailes entre dos chicas cuando suena el Rock del gato en cualquier lugar y situación; ni escribir una frase como “el sol que alumbra la canción, nunca quemará” en una canción que desparramaría elogios de los más sobredimensionados si fuera de Jagger (¡o de Cocker!); ni haber hecho el mejor rock and roll crítico de un colega: Ya morí, el reconocido bardeo al Indio Solari (nota: lo arruinó cuando le pidió perdón a IS en una entrevista reciente).

Figurones que juegan al rock bajo la sombra de otros, hay de a millones. Partí de estos dos ejemplos porque uno es mencionado recurrentemente como el más obvio, mientras que el otro no es tan citado como debiera (bueno... Jarvis Cocker no es el músico británico más reconocido en Argentina, precisamente). En mi caso, no tomo esas identificaciones bordeantes al clon como una ofensa, en todo caso suelen significar una desventaja para el propio imitador, que carga con una sombra que nadie más que él se puso encima.
Por lo general, si un tipo triunfa, no queda más que suponer que hay en él algo más que el parecido icónico, la silueta que “nos recuerda a”, su postura copiona, sus entonaciones similares a las de un cantante que deja huella. Por caso, a Fito Páez no le molestaba en absoluto cuando lo descalificaban diciendo que era el hijo de Charly García: si no notaban en su música esas raíces, él se encargaba de señalarlas. En esos casos, el tributo es una forma de mostrar de dónde se viene y no necesariamente hacia dónde se está yendo: claro está que Páez ya es algo más que el primogénito artístico de SNM.

Todas estas vueltas se dan para llegar a Belle and Sebastian. En Belle and Sebastian (ayúdenme, abstraigan) encuentro inevitables dos influencias que absorben buena parte de sus sonidos. En la voz de Stuart Murdoch está la huella perdida del hombre que quiere cantar como una mujer (no, Raúl Porchetto no, sigo hablando de Murdoch). Esa voz es la de Nico, aquella alemana descollante que cantaba con Velvet Underground canciones que parecían dedicadas a su belleza, fría pero provocativa, belleza tenue de una voz casi apagada, sensual y útil para el modelo de canción del mítico conjunto neoyorkino.
Bueno, si en el álbum If you’re feeling sinister no canta Nico, yo me estoy quedando sordo.
Así debe ser.

Porque en los créditos de los discos figura como autor y cantor Stuart Murdoch, nomás. Un flaquito escocés que con el innegable influjo de los Smiths de Morrissey y Marr (la otra influencia inevitable) construye canciones deliciosas y siempre a punto de estallar, contenidas en su propia delicadeza vocal. Decididamente, el grupo se embarca en piezas pop de duración estándar, donde la mecánica pixie es suministrada en buenas dosis pero sin distorsión (¡¿cómo es esto posible?!): las estrofas de las canciones, al menos las de If you’re feeling sinister, son cíclicas y envolventes, te van llevando al cachetazo de los estribillos (cuando hay) de a poco, para que todo explote... hasta ahí. La sutileza es una decisión estética intocable para el caso, incluso en las también smitheanas tapas de sus discos: todo en Belle and Sebastian parece venir envasado en recipientes pequeños pero, eso sí, desbordantes de colores puros, primarios. Incluso los temas más grandilocuentes, como el magnífico Like Dylan in the movies, o cómo hacer una canción impecable en cuatro minutos y catorce segundos.

Los arreglos de cuerdas y teclas hacen al entramado fundamental de buena parte de las canciones, sin embargo la clave son las melodías finas de Murdoch. ¿Cómo se hace, incluso estudiando música, para explicar la belleza de una melodía, sea agradable, grandilocuente, misteriosa, solemne? ¿Cuál es la razón por la que algunas de ellas son terriblemente preciosas y en cuánto influyen las voces que las cantan? Se puede caer en tecnicismos y explicaciones armónicas pero lo cierto es que no hay manera de saber cuándo una melodía (no quiero repetir la palabra pero noten el detalle: ¡no tiene sinónimos!) noquea más: para el oído lo lindo es lindo y la música es sinónimo de melodía. De hecho, la mejor manera de mostrar una canción a otra persona es procediendo a cantársela.

Sin embargo, a esa belleza todavía no la podemos terminar de explicar.
Mejor es escucharla y ya, como canta Murdoch:
Toca una canción con la que pueda liberarme.

miércoles, 27 de junio de 2012

Patti Smith, heroína en este lío


Me gusta verte llorar, me gusta verte reir. Natural, natural.
Me gusta verte en las mañanas, ponerte de colores. Natural, natural.




Hay seres humanos que nacieron para cambiar vidas.
Están los que perturban; los ignorados que pasan sin pena ni gloria; los garcas que son varios; los idiotas que son otro tanto; los insulsos que un día se despiertan, van a Walmart, compran un revólver y cagan a tiros a sus compañeritos del colegio; los brillantes; los insufribles; los soberbios y muchas clasificaciones posibles más (incluso combinando un poco de todas las anteriores). Patti Smith entra caminando y relajada en el primer estadio, aquel de las personas que iluminan a los demás siendo ellas; los que derrochan franqueza, espontaneidad, alegría, simpatía, amor. Son muy pocas las personas así y es difícil distinguir entre tanta basura, pero yo no lo dudo: Smith guía sólo con su mirada y su cabello largo, entrecano, que deja ver el paso del tiempo y a la vez decora su eterna juventud.

Los que nos rendimos ante su arte celebramos toda novedad que la señale, sea una película, un libro o un disco. En todo lo que hace esta dama de sesenta y tantos está su impronta, todas esas cualidades maravillosas dignas de una persona diáfana, límpida, transparente. Natural, como decía Tanguito en esa canción simple y heroica.
Quienes desconfían de ella desconfíen de nosotros, porque Patti es una guía.


¿A qué viene todo esto? La excusa, claro, es la salida de un nuevo álbum con composiciones de la autora de Horses, tras un silencio que se prolongó a casi una década (ocho años desde Trampin’, su última joya, y cinco desde Twelve, el bello disco de covers encarado de manera acústica). En el medio, PS presentó una película densa y extensa, Patti Smith: Dream of life, que la muestra en quehaceres de su vida cotidiana, visitando a sus padres, o en la playa delirando con Flea, el bajista de Red Hot Chili Peppers; y un libro magnífico, emotivo e indispensable para conocer su formación, Just kids, en el que relata las idas y venidas de su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, y el ingreso de ambos al mundo del “arte” y la “fama”. (Corran a buscar el broli si aún no lo leyeron).

Ahora nos llegó Banga que, como Patti cuenta en el booklet del disco, comenzó a pergeñarse durante un viaje en el barco Costa Concordia, tras ser convocada por Jean-Luc Goddard para participar de su película Socialsm (podría extenderme en la explicación, elijo dejarles esta bella nota; sólo aclaro que el filme del realizador francés transcurre en dicho barco).
¿Y de qué viene Banga? Es más de lo mismo, nadie lo duda...
Es decir, Patti Smith siendo ella como en Dream of life y Just kids, como en cada aparición pública o cada inflexión de su prístina voz. Patti construyendo junto a sus amigos de siempre, su grupo de añares (el eterno Lenny Kaye en las guitarras, Jay Dee Daugherty en batería y Tony Shanahan en bajo y teclados) esa música dura pero esperanzadora, muy melódica y pop por momentos, como en el corte April fool con guest-guitars de Tom Verlaine, o el homenaje a Amy Winehouse en This is the girl (Patti parece tener una particular debilidad por los músicos caídos: en su disco Gone again ya le había dedicado una pieza de antología a Kurt Cobain, About a boy); y muy heavy y envolvente por otros, como en Seneca, una oscura canción de cuna o la duradera, opaca y tribal Constantine’s dream.


Sus discos siempre tienen fuerza y Banga no decepciona al respecto. Sin embargo la coronación del álbum llega con una versión del héroe Neil Young, After the gold rush, en la cual su hija Jesse la acompaña al piano y un coro de niños le hace la segunda cantándole a la Madre Naturaleza:

Soñé que veía naves espaciales volando
en la neblina amarilla del sol,
había niños llorando y colores volando
alrededor de los elegidos.
Todo un sueño, todo un sueño...
La carga había empezado
llevando la semilla de plata de la Madre Naturaleza
hacia un nuevo hogar en el sol.


Smith ha recibido cientos de torpes títulos honorarios (madrina del punk, poeta laureada del rock, blablablá) pero sólo parece preocuparse por lo que la ocupó siempre: hacer del arte su vida, de su música una expresión rebelde (aunque a esta altura suene extremadamente naif) y pura, reflejada en esa voz invencible que cada día suena mejor y más cierta. Donde reinan los idiotas, Patti nos trae un poco de luz y nosotros, varios, nos resignamos a ser sus tontos.

Y no sólo en abril: cuando vos digas Patti, ¡estamos a la orden!

martes, 12 de junio de 2012

Los Hermanos McKenzie, un poco de aire en días de saturación


Tengo la sensación de que siempre llega un momento en el año en el que deseás que termine todo. O que haya vacaciones, o que algo suspenda el tiempo y, por tanto, todas las actividades que nos imponemos ante su majestad.
Éste es el momento para mí.

Por eso La Música es del Aire lleva varios días sin novedades y -por eso también- llega el post que todos esperaban y que, al menos una vez por año, arriba para salvar las papas de la falta de ideas (?): aquel en el que ustedes, queridos lectores, recomiendan a nuestro staff (yo) el disco que en este momento les ayuda a caminar a buen ritmo ese inexorable sendero que deriva en putrefacción y posterior deceso. Dicho de otra manera, quiero que me digan cuál es la música encerrada en un disco compacto (de los dos o tres que tengan) que les alegra este preciso instante de sus vidas.

Espero recomendaciones pero, como no soy tan egoísta, les cuento que el disco que me ayuda a bajar un poco el ritmo -o a acompañarlo con algo de entusiasmo- se llama Siamés y es el debut en LP de un novel grupo bonaerense llamado Los Hermanos McKenzie, que surgió  del dúo conformado, precisamente, por los hermanos Cecilia y Nacho Czornogas (¡casi casi como el crack baldosero!) en el año 2008. Luego de un EP homónimo editado en 2009, a fines del año pasado debutaron con esta belleza de 12 tracks.


Vale destacar que en la actualidad los McKenzie son cinco y su sonido se ha ensanchado de manera notable, gracias al ensamble de instrumentos cálidos que conforman, además de Cecilia y Nacho (ella en la voz; él en guitarras, voces, saxos barítono y alto, clarinete, bajo, teclados y percusiones: sí, todo eso), Eric Brown (banjo), Daniel Digon (batería) y Marina Pérez (trompeta, bombardino, voces y guitarra acústica). Hay una clara disposición en Siamés: que todo suene diáfano, que cada instrumento interviniente tenga su voz. Es un disco riquísimo en arreglos, bien trabajado y de duración justa.

Y hablando de voces, en la voz de Cecilia puede estar la clave: aquella frase hecha de “es la voz para esa música” aplica perfecto para el caso, ahí su dejadez encanta y desestructura un poco la prolijidad de la banda (que esto no suene a una crítica porque no la es). Sin embargo, en los momentos instrumentales también se evidencia una soltura que me gustaría comprobar pronto en vivo (aún no pude verlos en directo), con los vientos predominando en la escena melódica y los demás construyendo texturas preciosistas.
Pueden escuchar, entonces, las canciones que me están alegrando los días: valses con aires folklóricos, pop contemplativo, riqueza acústica y tímbrica.

El padre McKenzie da un discurso que no escucha nadie, pero a los Hermanos… sí se los puede escuchar, y con gusto.

(Les toca seguir con los consejos a ustedes).