martes, 9 de marzo de 2010

Aquelarre: los brujos y el tiempo

Quizá Aquelarre sea uno de los grupos más injustamente olvidados por el gran público del rock argentino. A pesar de haber sido una de las bandas que surgió tras la separación de Almendra, su historia, transcurrida entre Argentina y España, no es conmemorada con la justicia popular que debiera. Acá, un repaso por sus primeros dos discos: el clásico debut homónimo y Candiles.


DE SEPARACIONES
Almendra, quizá el mejor grupo de la historia del rock argentino, dijo adiós a fines de 1970, el mismo año en que los Beatles detuvieron los jóvenes corazones rockeros del globo al anunciar que todo había acabado, que de ellos no había más. El efecto dominó que generó la despedida de los cuatro de Liverpool se cargó en pocos meses a los tres grupos que hicieron explotar lo que ahora llamamos rock nacional: los ya nombrados Almendra, Los Gatos y Manal. (Cuando sos influyente, sos influyente en todo).

Del conjunto en el que descubrimos -bah, algunos ni habíamos nacido- a Luis Alberto Spinetta, se desprendieron tres nuevas fuentes de música: Pescado Rabioso, con el propio Flaco terminando de convertirse en uno de los compositores más brillantes que se haya visto en Latinoamérica -y un espécimen artístico raro de calificar en el mundo entero, me atrevo a exagerar-; Color Humano, con el guitarrista de Almendra, Edelmiro Molinari, como principal figura y voz; y quienes me ocupan ahora, los Aquelarre, que contaban con la “base” de Almendra: el bajista Emilio Del Guercio y el baterista Rodolfo García.

Llamativamente -y no tanto, porque los cuatro integrantes de Almendra se demostrarían individuos muy creativos-, los conjuntos tenían poco que ver entre sí: Pescado era puro fuego, sin dudas el momento más incendiario y rockero en la carrera de su líder; Color Humano, trío como PR, desplegaba, sin embargo, cierta parsimonia en su música, y en Aquelarre se encontraba un cuarteto delicioso, capaz de elucubrar piezas complejas y líricas, de esas a las que el oído prueba varias veces hasta que les encuentra el sabor.

Acabo de decir que Aquelarre era un cuarteto, pero no conté quiénes eran los dos músicos que completaban el número. Héctor Starc, quien se encargó de las guitarras, venía de tocar en el Héctor Starc Trío junto a Black Amaya y Rinaldo Rafanelli -el primero terminaría en Pescado Rabioso, el segundo en Color Humano, éramos tan pocos...- y fue abordado por Rodolfo García a fines del ’70 tras una actuación con el trío en la primera edición del legendario festival B.A. Rock. Fue el primero en aceptar.

El cuarto en cuestión, Hugo González Neira, tocaba el clavicordio y había pasado por un par de grupos de jazz y blues. Se conocía con Starc del Instituto Di Tella, y así fue que lo llamaron para integrar el proyecto: con su sonido particular -el clavicordio, pero también el de su imponente voz- terminaría de conformar un grupo que se estrenó tímidamente en la versión 1971 del festival B.A. Rock, aun sin nombre.

AQUELARRE, EL DEBUT
Después de variadas presentaciones por un pequeño circuito que comprendió lugares como los teatros IFT y Margarita Xirgu, el Parque Lezama y el cine Pueyrredón de Flores, y con la banda en constante búsqueda de un estilo innovador, llegó la presentación oficial el 17 de marzo de 1972. La sede fue el cine Lorange, y la película del día fue este cuarteto de rock que, dicen, dejó boquiabierta a la audiencia con su sofisticada potencia, sumada a un impacto visual que generaron los juegos de luces y las proyecciones que decoraron la escena. Aquelarre ya tenía abundante material para llenar un concierto, y cuatro ases que volvían a la banda un cóctel irresistible para los buscadores de aventuras musicales. Cantaban todos, y tocaban de veras bien. La ausencia de un líder-estrella era por demás algo extraño, y el protagonismo se dividía en partes iguales incluso compositivamente.

Gracias a un contacto de Daniel Ripoll, editor de la revista Pelo, la banda llegó a Alfredo Radoszynski, el director del novel sello independiente Trova. Pocos meses más tarde, ya habían grabado sus dos primeros discos casi de manera simultánea: las ideas eran claras y las composiciones sonaban imperecederas, por lo tanto en el seno del grupo se propusieron no dejar ni una sola pieza sin ser registrada.

El debut, que llevó el nombre de la banda, reafirmaba lo que ya había sido mostrado en sus contadas presentaciones previas: la destreza de los instrumentistas, la famosa bola de ruido en la guitarra de Starc, cantantes excelentes que intercalaban sus voces -principalmente González Neira y Del Guercio- en piezas que daban lugar a la improvisación, y arreglos entre el jazz y el rock progresivo.

La portada fue dibujada por Emilio Del Guercio, y aquel peculiar sujeto comiendo una sopa de instrumentos cosechó varios elogios y sirvió de muestra para notar que en Aquelarre la preocupación estética comprometía a los propios músicos hasta este punto. El bajista también diseñaba los afiches de sus presentaciones.

Ahora sí, vayamos a Aquelarre. La apertura es "Canto, desde el fondo de las ruinas" un tema de introducción potente con gancheros riffs de guitarra, atmósfera densa y letra oscura (al menos eso puede derivarse de una letra que repite tanto las frases “no, no puede ser” y “no, no puedo ver”). ¿Por qué Aquelarre dice cantar desde “el fondo de las ruinas”? Suponemos una explicación social para las letras, y no hay dudas que estas dejan pistas claras respecto de la realidad política de aquellos primeros ’70, cuestión que se acentúa aun más en el segundo track, "Yo seré el animal, vos serás mi dueño". La visión del futuro en esta canción poco tiene que ver con una utopía, y aquel presente dejaría las huellas de lo que vemos hoy. Más claro, echarle agua: “Vayamos a luchar, la historia se murió. Mamá no quiere dar a luz a un niño, porque dice que va a salir a matar con sus manos por las calles”.
Continúa "Aventura en el árbol", un blues de corte progresivo (dura casi nueve minutos) donde Starc se cuelga la medalla de guitar-hero, con improvisación grupal incluida. El sonido de la guitarra es violento y contrasta con las cuidadas voces en perfecta armonía.

Por lo general las piezas del disco superan los famosos 3 minutos y medio de duración ampliamente, para extenderse en improvisaciones de vuelo alto, tal como sucede en "Jugador, campos para luchar", con Del Guercio y su límpida voz haciendo los honores. Starc, otra vez, vuela en las seis cuerdas.

"Cantemos tu nombre" es la pieza que más se diferencia de las otras: aires acústicos en el año del primer disco de Sui Generis. Esta vez la voz que destaca es la de Hugo González Neira, que nos cuenta bellas imágenes bucólicas: “Cantemos tu nombre en casa, abran todas las ventanas/ lentos campos van a hablar, árbol de una sola calma, canto que gotea el sol. Hamaca tu propio cuerpo y en el aire soplo yo”.
El cierre es intenso como casi todo Aquelarre, y la sexta y última pieza, "Movimiento", es ante todo un duelo de riffs entre teclados y guitarras. Pero si escuchamos bien, la letra dispara una pregunta interesante en años de la infame Revolución Argentina, que imponía a Lanusse como presidente de facto: “¿Qué figuras quieren nacer desde este fuego, en este enloquecer?”.

ENCIENDE LOS CANDILES
El mismo 1972, trajo una segunda placa de Aquelarre, grabada de manera simultánea al debut. En Candiles el grupo amplía sus horizontes musicales y sigue debatiéndose cuestiones sociales y políticas de peso en aquellos días. La portada en este caso no fue diseñada por Del Guercio: se trata de El aquelarre, la pintura al óleo de Francisco de Goya que forma parte de sus famosas Pinturas negras.

El disco también abre con una pintura negra: la polenta de "Cruzando la calle" revuelve en aquellos sucesos sangrientos en los que la muerte “te ronda”, como dicen. Poco tiempo antes, por citar un ejemplo, había ocurrido la masacre de Trelew -que sigue generando increíbles noticias aun hoy- en la que 19 miembros de organizaciones armadas peronistas/de izquierda, intentaron fugarse del penal de Rawson y, al frustrarse el raje, fueron fusilados por marinos dirigidos por el capitán Luis Emilio Sosa. Si aclaramos que Emilio Del Guercio se reconocía peronista, está claro por qué se reiteraban en sus canciones estas descripciones de la realidad (algo que, de todas maneras, se daba en gran parte del rock de aquellos días, sea cual fuere la inclinación política).

Candiles presenta más matices que el primer álbum, más eclecticismo que progresividad, aunque varios de sus temas derivaran en momentos de tensión y cambios rítmicos. Según relataron Del Guercio y García en una entrevista a Clarín, “en Candiles modificamos ligeramente el criterio de grabación. Las bases las tocamos como siempre, los cuatro juntos, pero trabajamos más en las sobregrabaciones con nuestro criterio casi artesanal y siempre acentuando la búsqueda de una identidad sonora”.

"Soplo nuestro", una balada reposada donde destaca el sutil trabajo de Rodolfo García en batería, corta el aire brumoso del comienzo, aunque no es necesariamente una canción feliz, sino más bien un momento melancólico con una dama como protagonista solitaria. "Hermana vereda", en tanto, devuelve la energía rockera, quebrada por un inesperado intermezzo psicodélico digno del San Francisco 1967. Cierra el primer lado "Cuentos tristes", otra canción más bien folk-pop, y a esta altura nos damos cuenta de que hay un ida y vuelta entre canción y canción del disco: se va del momento fuerte a la distensión.
"Miren a este imbécil", que abre la segunda parte, comienza despacito, como un susurro que terminará por explotar. Y sí, es lo que sucede... menos no puede pasar si, como canta Del Guercio, el imbécil “mata hermanos en la casa donde debe vivir”. Le sigue "Patos trastornados", el único tema instrumental entre ambos discos, que muestra el virtuosismo y la conexión musical derivados en un sonido irrompible, con una banda a mil y García imprimiéndole a la música una potencia inusitada.

Para el cierre de Candiles dejan la canción más bella del álbum, aunque leer la letra desespera... "Iluminen la tierra" pone en primera a persona a González Neira, en procura de un sol al que “no espera más”, y el coro a cuatro voces del estribillo emociona aunque asegure que “ha pasado tanto tiempo” y “mucho más ha de pasar” en la búsqueda de esa luz.

Con la publicación de Candiles, Aquelarre terminó por ganarse a la prensa y el público de rock, gracias a su (reafirmado) compromiso estético y poético, que demostraron en sus siguientes álbumes de estudio -Brumas de 1974, y Siesta de 1975- y en su estadía por España, donde, junto a Moris, ayudaron a la castellanización del rock en la Madre Patria (sí, aunque no lo crean, aún cantaban en inglés). Retornaron a fines de los ’90 para algunas presentaciones en vivo, y sus discos fueron recientemente reeditados en un box-set de lujo, para que, ahora sí, no los perdamos más de vista y oído: el tiempo les da la razón a estos brujos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Discos para pasar el verano

La idea es simple: 5 y 5.

Cinco discos que acompañan con cariño y empatía el calor sofocante en todo el país: de esos que transmiten alegría y acompañan una buena cerveza como si fueran maní audible (me fui a la mierda). Nota: si usted no es argentino pero se caga de calor en su tierra, por supuesto que es súper válido escucharlos, no lo dude.

Los otros cinco elepés, más depres y/o excesivamente reposados, son dignos para emos que no soportan el sol y, tan amargos, prefieren estar con ocho pulóveres en invierno antes que bancarse la transpiración estival.

Elijan su propia aventura y, si les gusta la música más allá de las estaciones, pueden pasearse por los diez destinos sin temor a disfrutarlos...
Aquí, los elegidos-depre, en una oración cada uno (blogger jode: en la próxima vienen los cinco que faltan).



Jeff Buckley – Grace: Un excelente cantautor -imitado en sus formas por un tal Thom Yorke y, por lo tanto, también por el de Muse- y sus océanos de folk-bajón, con momentos eléctricos y guitarras voladas, y el tema que da nombre al título como el pico de la impresionabilidad suicida que una canción puede ofrecer; eso y la famosa e impecable versión del Hallelujah de Leonard Cohen.
El tema: Grace.


Magazine – Secondhand daylight: O cómo hacer un disco perfecto y quizá el mejor tocado del post-punk, para que suene aberrante, traicionero (tiene cosas bastante progresivas), moderno y pop al mismo tiempo, con climas opresivos y la voz de fantasma del maestro Howard Devoto, que influencia a cualquier gótico que se precie…
El tema: Cut-out shapes.


Catupecu Machu – Simetría de Moebius: La banda más arriesgada en los últimos años de rock argentino, incluyendo los espantosos nombres que dan a sus discos y algunas de sus canciones, y otro disco difícil que al principio irrita e incita a las tinieblas pero luego de ser bien digerido muestra sus atributos, oscurísimos por cierto.
El tema: Cosas de goces.


The Stranglers – Rattus norvegicus: Novias cagadas a trompadas y que sangran por excesivo uso del amor entre sus piernas, experimentación cercana al reggae en Peaches -e instrumental a lo largo del disco, estos también tocan bien: no es un bajón, pero lejos está de ser el hit del verano con su aspereza sonora y su violencia punk.
El tema: Down in the sewer.


Checho Flá – Al salir: Joven del oeste de Buenos Aires juega a hacer Kamikaze en el '00 y, aunque tenga nombre artístico de guitarrista o bailaor flamenco, sorprende con canciones (muy) breves, bonitamente solemnes y levemente desoladas: si bien es el menos antisol de los cinco, no destaca por rebosar de alegría.
El tema: Mañana iré hasta el sol.


lunes, 1 de febrero de 2010

Para los que estén en Baires vol. II

Me enteré de casualidad de estos interesantes shows, así que los promociono como hice con el de Manza-Malaurie.


Show 1:
La banda del propio Mariano Esaín, Valle de Muñecas, toca en Le Bar (Tucumán 422) este miércoles a las 22. No tengo idea de precios -update 2/2: ahora sí, es gratis- y esas cosas, pero probablemente adelanten temas del disco que en este mismísimo momento están terminando y, se supone, verá la luz en marzo o abril, y caro no va a ser. Imagino que andaré por ahí si me dan los horarios, para los que no conozcan: ya saben.



Show 2: Esta unión me llamó poderosamente la atención. Ariel Minimal, líder de Pez entre varias millones de cosas, y Manuel Moretti, voz en Estelares, foto acá arriba, se presentan juntos en marco acústico. Ultra Bar, San Martín 678, es el lugar de encuentro: sale 25 manguitos y los pagaré porque me da mucha curiosidad el encuentro de dos tipos en esencia bastante diferentes a la hora de componer. Veremos cómo unen fuerzas, les tengo fe. Todos los jueves de febrero.

Eso, nomás.



(Próximamente, una selección de discos pro-verano y otros anti-sol).


lunes, 11 de enero de 2010

Para los que estén en Baires

Para los que estén en Buenos Aires y poco tengan que hacer más que seguir transpirando este calor (estoy seguro que eso incluye a casi todos; si tienen algo por llevar a cabo, déjenlo para el otro día):

MANZA & MALAURIE

en Ultra – San Martín 678.

Mariano Esain (VALLE DE MUÑECAS) + Pablo Malaurie (MATAPLANTAS) muestran canciones nuevas y viejas, juntos y separados.

Miércoles 13 de enero – 20.15 hs. GRATIS.


Después no digan que no les avisé (dénme unos días y quizá escriba algo).

jueves, 24 de diciembre de 2009

Un regalo multicolor

En esta semana del año todo se hace mal y pronto, digamos la verdad.
El apuro por la reunión familiar que de tomas maneras será enquilombada -como todas, siempre-, la desesperación por comprar regalos (los que pueden) y alimentos varios, el engaño simpático a la ingenuidad de un niño que aún cree en Papá Noel, algún que otro borracho y/o descompuesto a la noche y demás detalles entre patéticos e hilarantes, conforman las normas a cumplir en cada fin de año.

En este preciso momento todas esas cosas no importan, tan solo me sirven de excusa perfecta para aprovecharme de esa urgencia y desearles unas felices fiestas -me atrevería a decir, mejor, feliz reunión familiar con regalos; siento que de celebración religiosa la Navidad ya tiene muy poco y no me molesta para nada ello- a todos los visitantes de este lugar: pásenla bien que no es tan difícil.

Les dejo nada más y nada menos que un hermoso presente en forma de mp3 para poner de fondo a las doce: este genial disco de los Hollies, redondo de punta a punta, psicodélico, afinado y perfecto.

Eso nomás.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Bonitos y nerviositos

Mientras en varios lares están haciendo análisis, elecciones y balances de década, aún no sé si voy a escribir algo sobre eso -un poco por falta de tiempo para armar algo piola y otro poco porque tantas ganas no me da, o me cuesta decidirme-, pero les cuento que planeé una interviú que hasta ahora está quedando trunca porque le falta una pata (cuando sepa bien cómo se cierra el tema les cuento mejor, quizá; sé que diciéndolo así les suena raro).
El año próximo trataré de reforzar el blog con esas charlas y alguna sección más, me es interesante hablar con músicos: cuentan sus experiencias y saben más que nosotros. (Además, me siento músico también -toco, ergo, lo soy (?)- y el año que viene espero comenzar un nuevo proyecto relacionado con eso). Lo que nunca puedo prometer es voracidad y constancia en la publicación de textos aquí, ustedes saben...

Pero bien, sin hacer aún esos benditos balances y después de contarles nada, les quería dejar al paso este disco de Okkervil River, The stage names. Sin dudas, el disco y la banda estarían entre mis elegidos como una de las cosas más interesantes que he escuchado en la década que se nos va. La palabra interesante tal vez los confunda y les haga pensar en Okkervil River como una banda archimoderna, y no van por ese lado estos señores texanos: su fuerte son las melodías tarareables que mueven las entrañas. Canciones con swing -onda, bah-, algunas con las guitarras como protagonistas y otras con el pianito... Sin embargo hay algo en ellos, un nervio especial que los destaca y no sé cómo explicar; un algo que ni siquiera sé si responde a esos ataques psicótico-musicales (Our life is not a movie or maybe, el temazo de apertura), a la manera de cantar de su frontman Will Sheff o a qué.
Lo que les aseguro, así de una y con confianza ciega en estas nueve canciones, es que The stage names les va a gustar. Así de soberbio me pongo. No sobra nada más que belleza melódica, clasicismo indie y arreglos que engordan y ensalzan páginas insoslayables como A girl in port, una de las canciones más perfectas que he escuchado en los últimos 5 añitos.

Que lo disfruten, les digo que así será.



PD: nada que ver con Okkervil, pero en A estos hombres tristes están subiendo el show de Spinetta en Vélez. A quienes les interese, ya saben.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Dignidad eterna


Sí, yo también voy a escribir sobre Spinetta. Estuve a punto de no hacerlo por la cantidad de textos que vi referentes al histórico cónclave del viernes por la noche, pero quisiera remarcar algunas cosillas que me resultaron maravillosas:

1- La duración del concierto: un desafío rockero, de resistencia, paciencia y amor, para los treintipìcomil presentes en Vélez. Algunos cuantos se quejaron de ello, pero todos sabíamos que iba a dar para largo (quizá no imaginábamos que sería tanto). El dato numérico es increíble: 51 canciones en 5 horas y media, señores: la burbuja en el tiempo se la choreó el Flaco a los Soda dos años más tarde. Lo remarcable de esto radica en que -me atrevo a afirmarlo- todos salimos conmovidos por lo que vimos y escuchamos.

2- El altruismo de la estrella: Spinetta aprovechó la situación para mostrar a (casi) todos los que tuvieron afinidades en su larga vida musical (toda la vida, no cuarenta y tantos años). No sólo dio lugar a Ceratis y Juanses, sino que llevó a un estadio a músicos que no tienen la popularidad como para tocar ante tamañas audiencias. El lujo nuestro de escuchar a Diego Rapoport o Lito Epumer funcionó como un reconocimiento del propio Flaco a sus ex compañeros, quienes fueron adjetivados de maestros, genios, bestias y demás, primero por Luis y luego por todos.
LAS también se dio gustos, ni hablar: invitó a sus hijos Dante y Valentino para una versión con medley rap de Necesito un amor, de Manal, por citar. Y aquí salta otro detalle: el mimado de la noche, el homenajeado, homenajeó. Seleccionó gemas de varios autores clave del rock argentino; y sentí que lo hacía no sólo como tributo, sino también para darle al show un tono más cercano al de festejo del rock argentino que el de festejo propio. Y fue una fiesta de la música popular toda, ni hablar. El humor de Spinetta a lo laaargo de la noche lo certificó.

3- La variedad en el repertorio: claro, es sencillo hablar de variedad cuando hubo cinco horas de música. Pero el armado fue casi ideal, con lo más nuevo al principio, entre temas de Jade y su carrera solista de los últimos veinte años -que fueron más de los esperados-, los homenajes al rock argentino y los invitados más reconocibles y queridos por el público, para ir elevando el clima y cerrar con las bandas. Ni hablar que hubo momentos de alta densidad... ¡y claro, es Spinetta y es una de sus cualidades, amigos! (Deberíamos agarrar el diccionario y reanalizar el significado de esa palabrita, eso aparte).

4- Dulce 3 nocturno: Invisible y su prestancia, Invisible y su sonido refinado, Invisible y sus 3 músicos inclasificables, perfectos, monstruos. Invisible y la certeza de Spinetta violero terrible, Invisible y la base que tenés que llamar si querés el mejor trío de rock del país. Invisible. Por un rato vimos a Invisible tocar Jugo de lúcuma mejor que en el disco; y luego Pescado Rabioso y la belleza, seguida por, sí, la rabia rockera del final. Se notó que para la gran mayoría era el grupo más esperado y por eso fue el que más temas hizo (siete): la sorpresa inicial de Poseído del alba, la joyita de Hola dulce viento, con el placer de ver a Lebón y Luis juntos en un mismo escenario, ¡Cre-du-li-daaaad! y la aplanadora al final, con Cutaia yBlack más protagonistas y el agregado de Bocón Frascino para los tres simples maravilla del rock argentino: Despiertate nena, Me gusta ese tajo y Post crucifixión. Qué decir.

Que quedaba Almendra... la modernidad, eso fue lo que más me mató. El viernes 4 de diciembre de 2009, cuando en realidad ya estábamos en 5, di cuenta de que Almendra es la banda más moderna que hubo aquí. Escuché Color humano y A estos hombres tristes en sublimes versiones que me dejaron mudo y comprendí que hay una diferencia importante, abismal, en el lugar común del decir periodístico que afirma que cualquier disco de -pongámosle- los '70, "hoy sigue sonando como si hubiese sido compuesto ayer, ya que sus piezas siguen siendo actuales" y el verdadero valor del sonido mismo, el sonido vivo, en el pecho, digamos. A ver: si escucho el primer disco de Almendra, suena como a su época, con aquellas limitaciones sonoras en la grabación, por ejemplo. Pero al oír esas piezas tocadas hoy, al sentirlas en el calor del vivo, certifiqué que esta gente no es humana, son marcianos trayéndonos la novedad cuarenta años después. Y eso no es lugar común, ni ahí: hay que saber llegar.

5- La inclusión de Muchacha y ¿el fin del idiota? (no Starosta): en lo que me animó a calificar como suceso histórico, Luisito dejó para el final de Almendra -que no, no sería el final del show- su canción más conocida, por él mismo denostada y borrada entre sus obras tocables. Por pedido de su madre Julia, para quien pidió antidóping por el aguante hasta altas horas en el estadio, Luis rompió con años de conciertos sin Muchacha. Rompió quizá con su ¿terquedad? ¿negación? a ser popular y "simple". Así, los cuatro Almendra dejaron sus instrumentos, LAS reemplazó la eléctrica por una acústica y los otros tres, cracks, se le unieron en los coros, uno al lado del otro en círculo. Fue tan bello como inesperado -al menos para mí- y el broche perfecto para tantas sensaciones juntas. Esas cosas no se explican. (Tampoco se explica que Del Guercio y Spinetta tengan las voces tan fuertes e intactas, hay que pedirles que revelen el secreto).
A su vez, gracias a este momento, ruego que el deseo se haga realidad: luego de este regalo de LAS, espero poder afirmar pronto (aun no puedo) que ha muerto el idiota -¿siempre es el mismo o son muchos?- que pide la canción imposible en sus shows. En la recreación de Capusotto era gracioso, pero el "Flaco tocá Muchacha (o la que sea)" en vivo resulta cansador, incluso aunque deba admitir que un vivo gritó "Flaco tocá Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo" y me hizo reir... ¡Y encima, al rato, Invisible la tocó!

BONUS: La consciencia: para el final-final Luis tocó los dos temas que compuso -uno con León Gieco- a causa de la tragedia del colegio Ecos y contó, como viene haciendo desde que aquello sucedió, del valor de esos padres que intentan construir en una sociedad de mierda, con Conduciendo a consciencia. Después de ello, el final con tres hits de su carrera nos devolvió al show (sonaron Seguir viviendo sin tu amor, Yo quiero ver un tren y No te alejes tanto de mí) pero, justificadamente, se volvió al tema Ecos por la vivez de la Rolling Stone local. Los muchachos de la revista, que en su último número cuenta con Spinetta y Charly G. en su portada, osaron borrarle a Luis el lema de una remera que se había puesto, claro, para mostrar, como una de las principales personalidades que apoyan el proyecto de CaC que es. Luis contó indignado el hecho y pidió un fuck you -"¡fuck up!"-de todo el estadio para ese gesto más bien siniestro que vaya a saber uno qué oculta (¿qué será que no le conviene a La Nación de CaC?). Acto seguido, hizo subir a todos los invitados para saludar y recibir el aplauso final del público, con un detalle: todos llevaban puesta la remera con el "Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser", a lo que Luis disparó un "a ver si la pueden tapar ahora". La respuesta de RS fue, como siempre en casos de este tipo, la de un pobre periodista haciéndole el caldo al jefe, por pedido, en vez de pedir las disculpas apropiadas y, como mínimo, mostrar una foto de todos los músicos con la camiseta puesta. Estos periodistas son los mismos que hablan de libertad de expresión, estos medios son los que bombardean de inseguridad sus portadas pero no muestran el proyecto y el accionar solidario de gente que perdió a sus hijos por inseguridad vial. No hay mucho que agregar, Spinetta les puso la tapa con el arte y la palabra, porque los grandes artistas son así, mueven y conmueven, nos dejan algo. En este caso, el recuerdo, eterno como esas bandas, de una noche mágica en la que los presentes nos sentimos en el jardín de Luis. Las palabras no alcanzan para agradecer tanto arte y amor.


¡No somos dignos, Luis!

sábado, 28 de noviembre de 2009

Vago con suerte

Buenas cosas le pasan a la gente buena (eso dicen). Por eso, solucioné mi dilema (ver debajo para más información, si desea) y pude hacer efectivo mi canje, vía Mercado Libre. El sujeto tenía cara de bueno, y la misma ubicación que yo para el show de AC/DC, claro que para otro día. No niego un mínimo temor de que la entrada sea trucha -aunque me haya dado el ticket de compra y todo- pero como la cuestión es confiar o morir, aquí estamos.
Gracias a todos los que tiraron buena onda, en especial a la dama eMeYgriega que se ocupó del tema con dedicación y me mandó varios mails con data y ayudas varias.

Ahora, es raro. Debería de festejar con la música relacionada al asunto (don Luis, ya tengo mi ticket) pero encuentro interesante este retorno escrito para hablar de un grupejo de atorrantes que despertó las mejores sensaciones internas de mi ser en los últimos meses.

Algo así como un dream-team del under de los últimos días, los Onda Vaga son cinco señores (Nacho Rodríguez y Marcelo Blanco, ex Doris, junto con Marcos Orellana y Tomás Gaggero de Michael Mike, más Germán Cohen, de Satélite Kingston y la Orquesta de Salón de Pablo Dacal) que se juntaron a tocar, sin cables y por abuso de causalidad -cuatro de ellos estaban de vacaciones en Uruguay y allí largaron-, pero con las voces listas para bancar lo que venga. Así, aunque se suponían un conjunto de corta duración, la Onda creció cuando comenzó a sumar fechas y fechas encima, lo que sumado a la definitiva disolución de Doris -qué lastima- volvió a la banda un quinteto ya estable. Tiempo después de tocar y tocar, sintieron la necesidad de grabar un disco como carta de presentación: ellos mismos dicen que fue más por necesidad ante la gente que por otra cosa.

Y vaya si la carta de presentación les salió bien: Fuerte y caliente es un discón, un poco de sol en el deprimente contexto musical de, por lo menos, los últimos cinco años (déjenme ser bueno). Con Manu Chao como nave nodriza musical (?), Onda Vaga destila eso, desganados aires de simpatía y autenticidad, lo más cercano a la música-bailable-bien (escuchen y pongan el nombre que deseen) que haya dado el rock -¿es rock?¿importa?- por estos lares. Cinco tipos, cinco voces, e instrumentos que no hace falta enchufar: percusiones varias, trombón, criollas... aunque el caballito de batalla, vale repetir, son esas gargantas callejeras perfectamente fusionadas.

Suena a niños contentos narrando verdades simples, pero OV es bastante más a medida que las escuchas pasan. Ir al baile, por ejemplo, dice: "Cuando a los doce lleve la bandera en el hombro me di cuenta que nada pesaba. Uh, sí, la culpa la tuvo la maestra de cuarto, cuando me hizo jurarle a la nada. Yo solo queria ir al baile". Vale preguntarse si el baile es la vida misma -no digo Gran Hermano, digo la vida de verdad- o el deseo de un pendejito de poder salir de joda a la noche, pero no dudo de que la lírica es irreverente y original. Es decir: puede ser lo más profundo o lo más banal, y uno mismo lo decide. La apropiación de Cómo que no, del legendario y yorugua Príncipe -¡no el Enzo, Gustavo Pena, giles!- y la lúcida argentinización de los versos también es un punto alto: "Los pibes alla en la esquina están como dibujados, nadie paga sus pecados, no les socorre ni dios. Esperan la tardecita, ay, y se van pa' la placita, beben y fuman paco, después oyen reggaetón, porque esperan que en el cielo esté el amor... que no les diste vos. !¿Qué no?! ¿Cómo que no? Mírate, míralos".

Por supuesto, semejante nombre que eligieron para el proyecto, tiene también sus perlas hedonistas para danzar un poco, como Sequía de amor y Gilda, con Fito P. como invitado (¡cómo estás Rodolfo!). Además, Nacho rescata un hit de su ex banda y se mandan nuevamente con ese gran rodeo sexual llamado El experimento, y una dulzona versión a la brasilera de Havanna afair, de nuestros queridos Ramones (si Johnny estuviera vivo y la escuchara... mejor no pensarlo).

Simples, rebosantes de gracia, cual rockeros juguetones desarmando géneros, Onda Vaga suena a buena fiesta. ¿A alguien no le gusta eso? Bueno, entonces déjelos pasar, amigo aburrido. Los demás, están todos invitados a divertirse y reflexionar al mismo tiempo. Sí, se puede.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Dilema

(En realidad, el título de este post debería ser "Me cagó en Fénix y Time for Fun" o "Ticketek y la reputa que los parió", pero intentaré ser fino aunque esté recaliente).

La cosa es así: todos ustedes saben que los cerebros de las empresas nombradas arriba organizan casi que toda la agenda de shows de rock y pop más o menos importantes que se llevan a cabo en nuestra querida republiqueta. Este estúpido que escribe es uno de los tantos que, quiera o no, debe darles dinero a estos sujetos, pues es eso o nada (nada = perderse de varios grupos que vienen a tocar al país y me gustan).
Lo que me sucedió ahora es digno de la mala suerte de un hincha de Racing, cosa que, yo pensaba, tenía que ver sólo con el mundo del fútbol, pero veo que se ha metido en otros ámbitos. Les cuento: AC/DC, uno de los grupos de rock and roll nenenen más grandes de la historia, toca en el estadio de River Plate los días 2, 4 y 6 de diciembre. Lo saben. Quien esto escribe debió, como todos los que tienen su ticket para alguno de esos días, apurarse para sacar su entrada, pues sino lo miraba por TV. Bien. Lo hice, saqué mi ticket para el día 4 de diciembre, antes de que se anuncie la tercera función (esperar podía significar quedarse afuera de un show que quiero ver desde los 15 años).

Todos sabemos que el Señor Luis Alberto Spinetta realizará un cónclave en el estadio de Vélez Sársfield, en el que reunirá a todas sus bandas históricas para hacer un repaso de sus 40 años de trayectoria. Todos sabemos lo reacio que es el maestro con algunos momentos de su pasado ("flaco, tocá Muchacha!"). Todos sabemos, entonces, que es un evento único e irrepetible, entonces. Por lo que este idiota -yo, no Luis, por favor- quería estar presente allí, pero se encuentra con que el Fénix Entertainment Group, después de unas semanas de especulación, anuncia a "Spinetta y las Bandas Eternas" para aquel día en que iba a ver a los jóvenes australianos, esa fecha hija de puta que ahora odio, 4 de diciembre.

Lo primero que se me ocurrió fue tantear a Ticketek / T4F, a ver qué sucedía. Les mandé un mail en el que por poco succioné sus partes íntimas virtualmente (!), pero fueron tan simpáticos como siempre y me contestaron que "no se hacen cambios de entradas" y que "las entradas para AC/DC están agotadas" (¿En serio hijos de puta? ¡No me digan!).

Entonces, desesperado, recurro a ustedes, gente visitante y amigos virtuales: si alguien dispone de entradas para cualquier día de AC/DC -que no sea el 4, claro- y no tiene dramas en cambiar de fecha para verlos, estoy rendido a sus pies. Tengo una platea alta y un campo para canjear y espero que alguno aparezca.
Mientras sigo puteando a esta manga de inservibles e hijos de puta...

jueves, 15 de octubre de 2009

El disco que no puedo dejar de escuchar

Este es mi disco favorito en lo que va de 2009.
Hace tiempo que no me sucedía lo que me está pasando con Una temporada en el amor: casi todos los días lo pongo, resulta una obligación escuchar este conjunto de canciones, una necesidad que no sé bien por dónde pasa.
¿O sí?

Lo primero que me atrevo a decir es que hace tiempo que no encuentro un disco del que me gusten -y mucho- todas sus piezas. Ése es el primer signo de bondad de un disco definitivo, cualquiera sea: que te gusten todas las canciones. Lo segundo es que haya cierto concepto: un sonido que emparente ese conjunto de piezas, letras convincentes, belleza melódica, momentos de tensión y distensión... Muchas veces no nos detenemos en todos los elementos que podemos llegar a exigirle a una obra de manera muy consciente, pero podría decir que los que enumere recién son los que suelo exigir yo como escucha. Y Una temporada en el amor tiene todo eso. Son 14 canciones compactas, frescas y emocionantes.

De alguna manera, Una temporada... cierra la trilogía que inició Ardimos en 2003 y secundó Sistema nervioso central en 2006 (con varios hits y todo en el medio). Es el cierre más preciso que el grupo podría haber ofrecido: en el medio pasaron 6 años y los Estelares pulieron bien sus defectos -si se me permite el término-, en especial en el tema letras, donde varias rimas toscas del pasado le robaban algo de belleza a aquellas melodías siempre bien confeccionadas. Hoy todo sintoniza a la perfección.

En la revista La Mano de julio, Manuel Moretti, la voz cantante del grupo -además de guitarrista, letrista y principal compositor- relató así el por qué del título: "Me cerraba la idea del amor como un espacio geográfico. Como irse de vacaciones a un lugar que nunca habías visto y te gusta mucho: ésa es la primera figura. (...) El amor como un lugar de generación de experiencias preciosas e increíbles, pero también de mucho ejercicio y dolor, porque tenés que perder cosas para reconocer, aprender y entender otras. En realidad sería el amor como un método de conocimiento".

Y por allí van las canciones. Con el dolor impreso en la mayoría de ellas, y con la influencia definitiva del tango, corazón y concepto de su sonido. Es decir: Estelares no usa bandoneones, pero la melancolía -tan presente que hasta es el nombre de una fantástica pieza próxima a ser hit- merodea el ambiente como un paparazzi en busca de la foto de tapa. ¿Pruebas de ello? Autobuses, con un tal Rodolfo Páez como invitado de lujo; Superacción, la pieza más escalofriante del disco ("noches que suelo sentir odio a través de mí"); y Hoteles, una narración sobre la soledad reflejada en la vida de una estrella en su cuarto solitario (aunque se sepa que Moretti compuso la canción cuando lejos estaba de esa vida, y sí se encontraba cerca de la desolación, allá por fines de los noventa).

De todas formas, Estelares es un grupo de acordes mayores, aún con ese tono agridulce tan impreso en sus melodías. Los estribillos para multitudes de Cristal, Máscaras y Las luces del sueño lo prueban. En Las luces... se sienten los destellos setentosos, pero no del rock valvular, sino de esos cantores melódicos y populares que Moretti no se cansa de destacar en cada entrevista que concede: desde Roberto Carlos y Nino Bravo hasta Leonardo Favio (en la citada nota de La Mano afirma que ese tipo de épica melódica le gusta mucho, y que nunca le pareció kitsch).

Otro aspecto destacable del disco es cómo se cuelan en las letras referencias ideológicas a través de eslóganes, en canciones que aparentan poco de comprometidas como Un viaje a Irlanda, donde entre promesas varias para sus amigos, MM canta "veinte años no es nada, si hubiesen sido decentes" -una clara cita a los años de dictadura y la democracia neoliberal que desembocó en desastre-; o Tanta gente, el texto de un hombre dubitativo que busca el retorno de su chica, y canta como quien no quiere la cosa pero sí (en el puente de la canción, ya cerca del final) "Tantas horas, tan urgentes/ tanta gente indiferente/ los fascistas de siempre/ no tienen dos dedos de frente". Quienes lo vimos gritar a Moretti contra De Narváez y Macri en La Trastienda hace unos meses no nos extrañamos tanto, pero para algunos otros esas líneas van a sonar raro.

Entonces, ya lo saben: todavía hay esperanza para los que gustamos de las canciones de guitarra con estribillo & sentimiento, y se llama Estelares. Ustedes deciden si le dan la chance o no: yo me voy a poner el disco, que ni me gasto en subir porque está en todos lados (merece una búsqueda si aún no lo probaron).

(Dicho sea de paso: si tienen algún disco de 2009 que no puedan dejar de escuchar, me avisan).