martes, 4 de octubre de 2011

Nebbia y La canción del mundo: música sin pasaporte

"De pronto hay dos temas míos que escribí a los 15 años y uno que escribí hace una semana, que se entienda que la música finalmente no tiene almanaque, es una cosa que va. Entonces ahí es donde meto también lo étnico. Porque cuando un tipo me pregunta '¿qué escuchabas vos cuando eras chico?'... Y bueno, yo escuchaba jazz, escuchaba bossa nova, tango, música árabe, ¡escuchaba una cantidad de cosas!
-Y a la vez a los Beatles y a los Kinks...
-Totalmente, ¡claro! Escuchaba lo que yo atendía generacionalmente pero también otras cosas porque yo era buceador. (…) Un tema nuevo que hice hace poco en Madrid, habla un poco de esto que te estoy contando: habla de que la canción del mundo -que sería una broma sobre world music, ¿no?-, algo que no tiene banderas, no tiene fronteras, anda por ahí: es una canción que no tiene pasaporte".
(Extraído de la charla que tuve con Litto el año pasado).

(Click en la imagen para ver más grande)

Litto Nebbia es un terco, no hay con qué darle. Es un hombre tenaz de esos que no abundan, un tipo consagrado a hacer música contra viento y marea, tanto que en la era del mp3 decide editar un disco triple, con DVD, booklet y packaging lujoso, burlándose de una industria en recesión y desafiando la máxima que sostiene que la gente ya no escucha más discos enteros. Es el principal elaborador de un trabajo artesanal y dificultoso que para él es una diversión y su forma de ver y hacer las cosas. De existir.
La canción del mundo – Xaouen (Ciudad Antigua) es ése nuevo álbum triple + DVD y lo primero que produce es impacto visual, ganas de romper el empaque con formato de DVDs de temporadas de sitcom. Ése es el primer lujo y hay quienes no lo comprenderán, pero todavía estamos quienes sí vemos en ese objeto una bella pieza de colección, una pequeña obrita de arte.

Luego, la operación es simple: escuchar la música de Nebbia es un instante placentero cuando uno ya está inmerso en su estilo y sus formas, que a esta altura son un género en sí mismo, con taaantos discos encima y miles de canciones compuestas. Bien sabe quien sigue sus pasos -y sino, sépalo, querido lector- que Litto es un modulador constante, un multiinstrumentista que gusta de los contrapuntos y maneja con solvencia el género que se le cante cantar. Apartado de las formas distorsivas del rocanrol, a esta altura -y hace muchísimos años ya- su status de cantautor le pasa por arriba al mote de rockero, aunque sus capacidades como músico pueden lograr que cuando se le ocurra componga discos enteros de blues, como hizo hace unos años con aquel proyecto de dos discos que se llamó, precisamente, The blues (y como hiciera en 1970 cuando sus compañeros Gatos insistían con que la mano en aquel entonces era tocar blues y el les compuso entero el clásico disco final del grupo, Rock de la mujer perdida).

Así, Nebbia construye esta trinidad de álbumes como si en verdad fuese uno solo y como si llevara a cabo -resultados a la vista, lo es- una celebración de amigos. Son 55 músicas, como gusta decir, la gran mayoría acompañadas por textos de su autoría; aunque también da lugar para que aparezcan hechas canción bonitas palabras de Hamlet Lima Quintana, Jorge Boccanera, o su coterráneo Adrián Abonizio, por citar algunos de los nombres que desfilan en el letrario del disco. Los amigos de Nebbia, está claro, no son sólo los que escriben. También lo son sus colegas: su banda estable La Luz (Daniel Colombres en los parches, Federico Boaglio en bajo; y en guitarra, ahora Gonzalo Aloras, antes Ariel Minimal), a la que se suman los aportes de Patricio Villarejo y Pablo Agri en cuerdas, Andrés Ruiz (que toca la batería en varios temas) y Guadalupe Raventos con su magnífica voz. Y esos amigos de siempre que son Ricardo Soulé -grave y necesario en Inmigración- y Emilio del Guercio.

La musicalidad del disco es amplia como su duración: candombe (la preciosa Un mundo sin heridas), folk (Soy un árbol, con la guitarra slide de Eduardo Cautiño), aires de zamba y jazz (Desde aquel entonces, una perla a dúo con la gran voz de Raventos) y hasta ¡reggae! en Ilumina (hago memoria y creo que ninguno de los rockeros argentinos de la primera camada se animó alguna vez con este género; ayúdenme). Por supuesto, también dicen presente esas canciones género Nebbia, ciudadanas y cálidas, como Capas, No hay cárcel en el aire y Yo me conozco, escrita el 27 de octubre de 2010 (recordarán el suceso de aquel día…). Además, un par de revitalizantes rescates de temas de su Volumen II (1969), con aggiornadas versiones de Hijo de América y Mes de algodón; y los pasajes instrumentales mencionados por Litto en la frase de arriba, entre homenajes a Genesis y aproximaciones a la música mexicana, aires basileros y música del Mar Caspio.
Tres discos para escuchar de a uno o continuados, porque su coherencia sonora así lo permite. Lo dice el autor en el texto introductorio del completo librillo interno: “Esta nueva producción tiene Música por todos lados”. Están advertidos.


(Las fotos que ilustran el texto son gentileza de Melopea. Intenté subir algunos temas a GoEar para que escuchen pero no tuve éxito, cuando pueda los cargo).

lunes, 26 de septiembre de 2011

Tres desde Bandcamp

Anduve dando vueltas por algunas páginas de esa nueva jungla musical denominada Bandcamp, algo así como el nuevo MySpace, pero mejorado. Bandcamp se presenta como un espacio más ágil y más bonito a la vista, en el cual se pueden escuchar millones de discos de toda la esfera (y descargar, en muchos casos). Por ahora, yo me dediqué sólo a tres grupos nuevos de Buenos Aires que me llevaron varias veces a dar play en el primer tema y llegar hasta el final de sus discos online. Con este humilde texto, los invito a ustedes también.


El David Amado Power Quinteto de Salón fue el primer grupo al que arribé. Con su reciente álbum Hacer azar (todavía virtual, próximamente físico) llenó de madera el ambiente de mi casa. David es la voz cantante, necesariamente afectada y bien rodeada de sonidos cálidos -chelos, criollas, percusiones varias- que saben cuando contagiar alegría y cuando atenuar el clima para ser más introspectivos. La conexión con Onda Vaga y Semilla podría considerarse inevitable, aunque este Quinteto suena más a banda compacta y no tanto a fogón de acústicas y vientos (como los primeros); y no se hace de electricidades más propias del rock para buscar contundencia en sus temas (como los segundos).
Si bien no es el tipo de música que más suelo escuchar, a cada reproducción me fueron ganando esos contrapuntos de cuerdas, acordeón, arpegios de guitarra y repiqueteos, complementados por esa voz limpia y melódica, que dan como resultado un logrado disco.
Se puede escuchar acá y -recién veo- descargar desde el sitio oficial, o sea acá.
Temas destacados: Lava, Caminando.



De ahí, pegué el salto a un grupo de formación más clásica e innegables influencias dylanianas, Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete. Hacía un tiempo ya que su extraño nombre venía flotando en crónicas y recomendaciones varias, y fue así que llegué a su fantástico LP Los caminos, donde realizan con maestría eso que parece tan fácil y a la vez es muy difícil: un disco de canciones de corte clásico que suenan parecidas a otro millón de canciones, pero tienen su encanto propio, la impronta de sus autores. Letras juguetonas, enumeraciones varias, referencias a Bob D. y Wilco, simpleza armónica, ligera desprolijidad, desgano loser y melodías envidiables.
En síntesis, un disco al que llegué tarde (es del año pasado) pero en el que pienso acampar por mucho tiempo. De esos que generan amor a primera vista.
Se escucha y baja desde su Bandcamp, o en el portal del amparador y prolífico sello platense Uf! Caruf!
Temas destacados: Caer, Positivamente calle 44.


Y para cerrar, el estreno más reciente (¿duplica?) de todos: Excursiones Polares y su Música total. No puedo juzgar al disco con tanta seguridad porque sólo lo escuché una vez y está recién salido del horno, pero temas con la polenta pop de Radiante y la oscuridad de Tiempo ahorrado me convencen de que los autores de canciones en Buenos Aires salen debajo de las baldosas, aunque el rock mainstream argentino esté en plena crisis.
¿Qué encontramos en Música total? Aires country, guitarras slide, armonías bien clásicas -¡hasta un boogie!- y un invitado estelar, Manza Esaín, que acompaña con su voz a Mi indecisión, canción que sería hit de FM si el mundo fuera un poco (sólo un poco) más justo.
Da ganas de ir a verlos en vivo y de seguir escuchando más. El que lo desee, puede bajarse del mismo bandcamp del grupo su primer opus, Grandes éxitos. Y para escuchar enterito Música total, pasen por aquí.
Temas destacados: Mi indecisión, Radiante.

Ahora sí, continúen buceando ustedes. Y den aviso si encuentran algo que les parezca interesante.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Borges y Mick

Gustavo Sala es un genio que hace mucho tiempo merece ser humildemente mencionado por este blog.
Deuda saldada. Y más Sala aquí.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Los Shakers: uruguayos campeones


“Los Shakers were a popular rock band in 1960s and was a part of the Uruguayan Invasion (!) in Latin America”.
(Wikipedia en inglés, tenía que destacar lo de Uruguayan Invasion).

***

Simple y harto repetido: he aquí el disco de Los Shakers más conocido como el Sgt. Pepper’s... del Río de la Plata. No me siento muy inspirado para escribir, pero alcanza con escuchar las canciones de estos genios uruguayos.
Habría que averiguar qué le pone al mate esta gente para ser así de talentosa. El 63,4% de los yoruguas tiene habilidades, lo sé (?). Sino no se explica que, ubicados geográficamente entre dos países de inmenso territorio y superior población, los amigos celestes lejos de palidecer siempre estén ahí, molestándonos a nosotros, tan lindos, los argentinos y los brasucas, los que pensamos que tenemos a los mejores músicos, los mejores futbolistas, los mejores culos, los mejores paisajes, la mejor alegría, la mejor nostalgia... La élite sudamericana, bah.
Y no, se nos aparece esta republiqueta -como dice el Indio- de tres millones de habitantes, y te pela un Suárez y un Forlán que no los para ninguna defensa (ni Zaira Nara) del mundo, y unas músicas con ritmo y polenta, y una Natalias Oreiros perfectas. Y unos músicos que casi no cantan pero hablan genial, siempre con la misma cara de paz y el relajo de Jaime Roos, o Drexler, o Mateo, o póngale el nombre que desee y que más le guste. Y encima, tienen el coraje, la valentía, la desgraciada caradurez de ponerle a sus hijos nombres geniales como Washington Sebastián, o mejor aún, Egidio, sólo por seleccionar dos ejemplos.

En fin, enumerar las bondades del Uruguay no era el punto (y además, llevaría mucho más tiempo si me propusiera hacerlo seriamente), la idea era hablar de los Shakers aunque hace un buen tiempo vengo pensando en un súper post de Uruguay con Rada, Roos, Prada, los Fattoruso, Eli-U (la hija de ese mito cada vez más grande llamado el Príncipe Pena) y varios talentos más que se me van (de Wolf y el Cuarteto escribí un tiempo atrás). Pero eso será otro día.
Decía, los Shakers. Vamos que llegamos. Los hermanos Fattoruso, la primera gran sociedad compositiva en el rock rioplatense, quizá, o genios universales, o ese tipo de gente que se decide a hacer algo y cuando lo lleva a cabo supera a todos sus colegas-competidores con una facilidad pasmosa, Los Fattoruso Hugo y Osvaldo (sumemos para llegar a 4 a Pelín Capobianco, el bajista y Caio Vila, el de los parches). Fueron cuatro de tantos pibes que enloquecieron con la música de los Beatles allá en los ’60 y no tuvieron mejor idea que armar una bandita, tocar algunos temas de sus ídolos y también, ser autores, para así componer algunos temas que terminarían siendo hits, principalmente en los tres países que nombré más arriba: Brasil, Argentina (donde grababan y tocaban con más frecuencia) y su tierra natal.



Los tipos grabaron tan solo tres discos de estudio en aquellos flequilludos años, pero les bastó para meterse en la historia grande del pop sudaca. Los primeros dos álbumes, el homónimo de 1964 y For you, del ’66, los muestran en una faceta bien clásica del afamado beat. Digamos, para resumir injustamente, los Beatles de la primera época. Que por aquellos días los grupos de la región cantasen el estilo en inglés era algo normal, pero ellos sorprendían porque lo hacían muy, muy bien (además de afinado, más que bien pronunciado). Algún desprevenido -creo recordar que era León Gieco- llegó al extremo de creerse que los cuatro de Montevideo eran los cuatro de Liverpool.

Para la época en que comenzaron a cranear el que sería su último álbum hasta la reunión de 2005, las cosas estaban cambiando en el beat sudamericano. Los Gatos ya la habían pegado con La balsa y se había instaurado un nuevo paradigma: a partir de ahora la música de los jóvenes se cantaba en castellano. Pero Los Shakers conservaron el idioma foráneo (fundamental en sus formas) e inspirados indudablemente en aquél disco en que John, Paul, George & Ringo jugaron a ser otros, se embarcaron en La Conferencia Secreta…



La Conferencia comienza con una mini suite, y revela algunas canciones que de haber sido compuestas por Roger McGuinn o Graham Nash serían clásicos de la era hippie (Una forma de arco iris o, exagerando un poco, la mejor canción en inglés de un grupo surgido en un país de habla hispana), para tomar vuelo hacia el final con Señor Carretera el encantado y Más largo que el Ciruela (compuesta para el hijo de Hugo).
La anécdota asevera que Pelín se bajó del barco durante la grabación del disco, por lo que debieron completar la obra con dos temas (Siempre tú, qué suerte que la incluyeron, y Oh mi amigo) que habían grabado el año anterior. Así, con el grupo desmoronándose, La Conferencia Secreta del Toto’s Bar fue un estrepitoso fracaso comercial, de esos a los que el tiempo les da la razón muchos años después.

Ahora, retrocedamos... ¿Cómo es aquello de que “jugaron a ser otros” estos cuatro pibes uruguayos que cantaban en inglés en el año ’68? Visto cuarenta y pico de años después, parece sencillo notarlo: a su música universal, le añadieron esos tintes locales que ya habían insinuado tímidamente en For you, titularon Candombe a una bella canción que se cruza con el repique de ese género, dando muestras de madurez compositiva con sólo 20 años; hablaron del Toto’s Bar, algo así como el lugar fundacional del rock de la Suiza del Sur. Y colaron un bandoneón (cortesía de Pelín antes de partir) en esa perfecta canción modelo ’67 que ya nombré más arriba, intitulada Más largo que el Ciruela: nada más y nada menos que el cierre ideal para un álbum de colección. Sofisticada melodía, mejores arreglos.



Entonces, ¿cómo jugaron a ser otros estos Shakers? Demostrando su identidad, su lugar: uruguayos con talento, melodía y voz propia. ¡Uruguayos campeones!

lunes, 5 de septiembre de 2011

Dos canciones: hoy, el cineasta Bochatón

Para no dar por muertas las secciones de este blog -¡sí, tenía secciones!- retomamos una de ellas, Dos canciones, con la excusa de hablar un poco de Francisco Bochatón, ése compositor personal y algo excéntrico que me gusta más en su fase cancionera que en clave deforme gorriona. Las dos canciones de las que hablaré provienen de un mismo álbum (en verdad, un EP), tan breve como bello: Píntame los labios, editado en el año 2001 como una secuela de su primera obra solista, Cazuela. Aquí vamos, entonces.





Pinamar: Típico caso de canción desoladora pero terriblemente bella. Antes de darle play, lo digo: creo que el mayor mérito del tema es el cambio armónico que hay entre los versos y el estribillo.
Pero empecemos por el principio, porque la introducción te sumerge en ése clima que nombro, con una línea de guitarra simplísima pero efectiva, tan indie que asusta y sin embargo, con un beat de batería y un teclado más bien de canción pop clásica. Los primeros versos pasan demasiado rápido y se produce el citado cruce mágico de armonías.
El detalle podría ser menor pero, aunque a veces no nos demos cuenta, cuando en una canción cambia el plano de los instrumentos puede ser clave para su estructura. En Pinamar, además del cambio armónico, en el quiebre que se da entre versos-estribo, se pasa de las teclas como protagonistas a un arrebato de guitarras (exacto, distorsionado pero no tanto) que acompaña a una letra perfecta. Casualidad o no, en los versos -parte de teclados, digamos- Bochatón canta frases más bien contemplativas, taciturnas -“reflejadas en agua contemplo las estrellas”-, y en el estribillo, en cambio, lo que aparece es “un huracán que la tormenta abrió”, en el paisaje “un resto fiel de la verdad”. Definitivamente, los buenos músicos son buenos cineastas (no estoy hablando de Fito Páez).

Todo va derechito en Pinamar. A primera escucha parece ser una canción redonda pero a la vez tiene ese algo incómodo: Bochatón parece lograr siempre una sensación de deformidad auditiva (?) y para eso ayuda su eterno desgano a la hora de cantar. Por supuesto, las imágenes de la letra y la sensación de separación -¿de una dama?, ¿de qué?- aportan el dramatismo suficiente para que la belleza de la melodía quede embarrada por un halo tristón.
Impecable canción.


Reflejadas en agua contemplo las estrellas
una mente continua mantiene la incoherencia
yo no quería encontrarte de pie, tirando piedras
el espigón, la gente, me mira como siempre
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y a la luz de la luna vi el cartel de Pinamar
una sola ventana que cerró
el viento que quería que te quedes
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y en el paisaje un resto fiel de la verdad
cualquier cosa que diga no es real
sabiendo que no quiero que te quedes
el hacedor de ideas se estrella en su carrera
la dirección del tiempo es frágil y se tienta
mi corazón de enero traduce los deseos
razón, dame una ayuda
tu luz es la que alumbra
un huracán que la tormenta abrió
a un costado del mundo se quedó
y a la luz de la luna vi el cartel de Pinamar
cualquier cosa que diga no es real
sabiendo que no quiero que te quedes.







22:33:
También dramática, veintidós y treintaitrés exhibe en su música y letra una lánguida depresión, algo así como lo que les sucede a los animales domésticos y a los desocupados crónicos ("?" Nº 2). Imperativa al comienzo, la voz del platense susurra órdenes -¿o las recibe?- durante toda la primera estrofa. “Píntame los labios”, “hazme sonreír”, “bésame en la boca”: cada orden expresa un rito pasajero hasta que el protagonista pide que lo lleven al desierto. Exactamente ahí, la canción pasa de ser un folkito de armonía mayor superclásica a ser menor, es decir, más triste. La languidez la conserva, pero lo que sonaba amigable en un comienzo, deja de serlo. Y los acordes menores de la segunda estrofa hacen que todo suene más arrastrado.
En ese quiebre, se acaban las órdenes y comienza una ligera descripción espacio-temporal: “condición física sin deformidades, falla cardíaca, son las 22 y 33”. Pero la parte menor acaba rápido, como el tema, que concluye en la misma sintonía que comienza, con campanitas de fondo y una leve épica alegre. Todo en un minuto y medio.
El enigma de la falla cardíaca queda varado, pero al desierto de Bochatón nos gustaría ser invitados alguna vez. Ahí, las canciones se ven.

Píntame los labios
hazme sonreír
bésame en la boca
pasa un año junto a mí
llévame al desierto
llévame, llévame
que debes estar ahí
condición física
sin deformidades
falla cardíaca
son las 22 y 33
llévame al desierto
llévame, llévame
que debes estar ahí
Ahí...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los tiempos están cambiando (en la música también)

Mientras Roger Waters vende entradas como panchos para sus shows de River en marzo de 2012 -el mío sin mostaza, por favor- y Obras vuelve a abrir (gracias a dios), hoy se acordó en Reunión Plenaria de Comisiones del Senado que el 28 del corriente se tratará en el recinto el Proyecto de la Ley Nacional de la Música. El proyecto tiene como base la creación del INAMU (Instituto Nacional de la Música) y el financiamiento a las diversas actividades musicales, entre otros muchos detalles que pueden consultar acá, acá y acá.

Si querés leer la ley, pasá por acá.

jueves, 25 de agosto de 2011

Moris e hijo, quizá el disco del año


"Quiénes fueron estas dos personas
y por qué se juntan justo ahora
en este cruce de asfalto y de ignorancia".

(Thomas y Lacroze)





El retorno de Birabent padre acompañado de su hijo ya posa para ser una de las vedettes de este 2011 no muy poblado de novedades en el vapuleado rock local. La frase de arriba, ese cruce de "avenidas" -Thomas y Lacroze se llama el tema que la contiene-, es en verdad o al menos para mí, una frase-homenaje de Antonio a su viejo. Papá es el asfalto, la calle, y él un aprendiz que no sabe nada (la ignorancia, claro).

Dieciséis añitos pasaron hasta que don Mauricio -el Maurice bueno che, Moris, no confundan por favor- se dignó a grabar. En verdad, buena parte del mérito lo tiene Antonio, la única persona que pudo convencer al autor de El oso para que muestre canciones que hasta ayer eran papeles amarillentos guardados en un cajón. Y no recuerdo otro proyecto conjunto de padre e hijo, menos en el rock local (a ver si me ayudan).

Familia canción
, el disco que ha parido el dúo Birabent, muestra la inefable e indiscutible lapicera porteña de Moris, su espíritu por siempre tanguero, con esa poesía arrabalera que no se olvida de ningún barrio del Conurbano, y la inspiración de Antonio para componer temas que podrían ser de su padre (todo un mérito teniendo en cuenta que siempre ha sido un cantautor indie sin demasiada trascendencia, a decir verdad).

En los 35 minutos que dura Familia canción, pasan como ráfaga diez canciones bellísimas, con aires de tango, estribillos épicos y, claro, Buenos Aires atravesándolo todo. Moris conserva la misma voz que hace 33 años, quizá la última vez que fue escuchado con atención (Fiebre de vivir, el famoso disco español: de allí en adelante su sombra se lo devoró). Antonio canta de manera más melódica y menos seca. Donde su voz da belleza la de su padre certifica o endurece, y recita con su eterno dylanismo folk, ése que dice la verdad y sólo la verdad. Y ese contraste, sin lugar a dudas, agranda las canciones.




¿Canciones? Es difícil destacar una sola: Vedette falopa arranca folk, se sube a un tren funk y vuelve a mutar a canción, es una nueva visión descarnada de personajes patéticos, como Pato trabaja en una carnicería. Barrio pobre se sostiene en su perfección humilde y acústica que se completa cuando entra papá Moris, recita y deja correr... el silbido inicial y los que quedan de fondo después son un lindo detalle. Brasilero y guaraní, con sus camioneros y repiqueteos, es un tango modernizado con una batería que intenta no dejarlo ser (claramente, no lo logra). Con Parado en una esquina sucede algo similar: como inicialmente no sabe si ser tango o bossa nova, se resuelve como mejor les sale: siendo una bella canción pop. Eso sí, la letra no puede ser más tanguera.

El último tema suena a redención y agradecimiento de parte de Moris (no importa si lo compuso él o Antonio, no lo sabemos). Se llama El poeta de Varela y tal vez abra una puerta para lo que vendrá, con esa frase que cierra un disco impecable: "cuando quieras te canto mis temas".





Gracias por volver a hacerlo, maestro.

martes, 16 de agosto de 2011

The Leisure Society, una forma de pasar el invierno


No creo que haya músicas para una determinada época del año. Debo hacer esta necesaria aclaración antes de usar el invierno como estación-excusa para recomendar buena música. Sí, se que me estoy contradiciendo, pero son necesarias las excusas para acercarles nuevos descubrimientos (decoran más la cosa, le dan un envoltorio a algo que no lo tiene).
De todas maneras, uno puede afirmar que Nick Drake es para escuchar en otoño, Radiohead para el invierno, Locomía (?) para el verano y Avril Lavigne (!) para la primavera; pero en verdad, la música con atributos perdura y se deja escuchar en cualquier momento. Quizá exista en muchas personas -a mí no me sucede pero quizá a alguno de ustedes sí- la necesidad de escuchar cierto tipo de música según su momento personal.

En fin, la introducción de arriba es, repito, el pretexto para hablar de un grupo que me hipnotizó: hace dos semanas escucho diariamente (un domingo por la noche le di play por primera vez) la colorida música de The Leisure Society, un octeto inglés -en su myspace aparecen mencionados ocho integrantes, en las fotos son siete: preferí sumar antes que restar- autor de dos discos de notable factura, que podrían enmarcarse dentro del mundillo indie-folk, aunque sus arrebatos pop y su sonido tan hi-fi quizá juegue en contra de ambas etiquetas. Lo que más me gustó de entrada fueron los colores de su música, pero literalmente: antes de bajar los discos, me gustaron sus tapas-portadas-caras (y cuando te gustan las tapas ya es un buen comienzo).



Luego, fui por los colores de sus canciones, simples de esqueleto pero muy -muy, insisto- bien vestidas: flautas, violines, glockenspiels, cellos, mandolinas, pianos... todo trabaja de manera sutil para conformar al unísono un entramado amigable, consecuencia de esa polifonía de sonidos dulces y cálidos en el que reposa un trabajo vocal por parte del grupo que, no por similar, sino por bien puesto, me recuerda a los también apreciados (por mí, al menos) Fleet Foxes.

Por ahora, La Sociedad del Ocio (digámoslo, hasta el nombre está genial) lleva publicados dos discos bajo el ala del humilde sello Wilkommen Records. El primero, The sleeper, es una joyita que he escuchado diariamente desde aquel domingo de revelaciones. Un disco despojado, quizá más pequeño en sus intenciones si lo comparamos con Into the murky water, el sucesor en el que TLS redobla la apuesta dándole un poco más de vigor y oscuridad a una música inevitablemente luminosa y onírica. Están todos invitados.

jueves, 11 de agosto de 2011

Sueño stereo

Su último disco se llama Fuerza natural, y no queda más que pedir eso para él en este extraño cumpleaños.
Me entristece su situación, ese sueño en el que está inmerso y parece no poder salir. A la vez, el sueño de muchos admiradores de su música, es que se recupere milagrosamente.

A esta altura… que pase lo que tenga que pasar, Gustavo.





Convoy

Te encontré en un tren
dejando atrás toda la locura
Nos miramos bien
Buscando nuestro punto de fuga.
Tantas ganas de explorarnos
Todo salió como lo planeamos
Se soltó el vagón
Y volamos al espacio exterior.

Próxima estación
Mucho más allá del sol
Convoy espacial
¿Qué tan lejos nos llevará?

Oímos la galaxia explotar
Cabalgamos otros planetas
Dormimos en nubes de gas
y en playas de relojes de arena
En cada noche, una nueva luna
Hicimos el amor en algunas...
Cuerpos a contraluz
Guiados por la Cruz del Sur
(Dentro de un volcán ardimos de pasión mineral)
Nadie supo que nos pasó
Y ahora somos polvo cósmico.

Próxima estación
Mucho más allá del sol
Convoy espacial
¿Qué tan lejos nos llevará?

lunes, 1 de agosto de 2011

Tanto hacer el bien y no se acuerda nadie, George...

Qué bronca te daría si estuvieras vivo.
Vos, que con Ravi Shankar te mandaste el primer festival musical benéfico del mainstream.
Vos, que juntaste en un mismo escenario a Eric Clapton, tu amigo Ringo, Bob Dylan -en el único show del que participó en no sé cuántos años, antes y después-, Klaus Voorman, Leon Russell, Jim Keltner. Además de vos mismo, claro, que no habías hecho un show propio desde la separación beatle.
Vos, que recaudaste lo que pudiste para que lo administre la bondadosa UNICEF... y de paso te mandaste un discazo que ganó el Grammy y llamaste a Phil Spector para que lo produjera.

¿Todo para qué? Para que nadie se acuerde 40 años después.


Así es que, al menos, La Música es del Aire decide rememorar aquél show con una graciosa y simpática anécdota (y un aviso al final). Aquí la anécdota: "el concierto comienza con un recital de música india a manos de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan, introducido previamente por Harrison y con unas palabras del maestro hindú explicando la duración de la sección india. Al cabo de un tiempo, ambos músicos procedieron a afinar los instrumentos durante al menos 90 segundos. La audiencia respondió con un entusiasta aplauso, al cual Ravi Shankar respondió: 'Gracias. Si habéis apreciado tanto la afinación, espero que disfrutéis de la interpretación aún más'".

En el sitio web del histórico concierto se puede ver entera la película (calculen por los 6 minutos y medio la anécdota de arriba, je). Prueben aquí para ver The Concert...