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lunes, 17 de octubre de 2016

Dos noches inolvidables con Wilco


Esta nota puede llevar cualquier título ridículo  y cursi como el de arriba, sí. Pero nunca podrá explicar lo que Wilco hizo en escena el sábado 15 de octubre en el Arena Heineken de Tecnópolis. Tampoco lo vivido la noche anterior.

Disculpen si la mano viene demasiado en primera persona pero es inevitable. Tras el anuncio del debut sudamericano del grupo, el entusiasmo fue tal que decidí embarcarme en la mitad de la gira y ver los shows que Wilco daría en Montevideo y Buenos Aires. Comprar entradas, sacar pasajes, reservar hotel. El plan era infalible tras dos años sin vacaciones: un paseo de fin de semana con mi novia y nuestra música preferida como banda sonora en un auditorio ideal. El show se presentaba como An evening with Wilco. Era la noche. Era. De tan infalible, falló. Cancelación en Uruguay, por cuestiones de logística que nunca se terminaron de comprender del todo. Resignación, angustia y puteadas. No quedó otra que pasear por el país vecino, pero sin Wilco (estuvo divertido igual, claro). Quedaría el show de Buenos Aires como revancha.

Pero la vuelta trajo sorpresas. Una charla con el amigo -desde ahora, amigo y genio y figura- Lautaro Barceló, guitarrista y cantante de El Estrellero, y la bendición definitiva. A sabiendas de su fanatismo por Wilco y luego de hablar de otros temas, le pregunté a Lautaro cómo se sentía previo al show en el Festival BUE, donde compartiría cartel con su banda favorita. Me contó que tenía la posibilidad de conocer a los músicos pero no sabía qué hacer. No se animaba. Les había escrito una carta con recomendaciones para pasear por Buenos Aires -a pedido de la producción del festival- y ellos habían devuelto el favor con una invitación: vos recomendás, vos venís con nosotros. Le insistí para que fuera (si yo fuera vos...). Esa charla sucedió el miércoles, y al otro día, Lautaro rechazó una invitación para cenar con Wilco. Pero el viernes sí se animó, y me lo contó. No resistí la autoinvitación, un poco en chiste y otro poco para ver qué me decía, por supuesto. Al final de la charla me dijo “nos vemos a la noche”.

Y nos vimos a la noche, en la Catedral del Tango. Éramos pocos: Lautaro, Juan Irio -cantante y bajista de El Estrellero-, Lisandro Capdevila, María, una amiga de Lautaro, el hermano de Barceló, mi novia y yo. 

Y John Stirratt, el bajista de esa banda que fuimos a ver a Uruguay.


Había comprendido el temor de Lautaro por conocer a un músico admirado, pero John -quizá sin sospechar que estaba rodeado de gente que ama su música- resultó ser un tipo de lo más amable y copado. Ahora sí, nada podía fallar. Tomamos vino, lo atacamos a preguntas sobre el show, la gira, su familia. Le contamos que la gente los esperaba con ansiedad (la gente: los que estábamos en la mesa). Hablamos del Premio Nobel Bob Dylan, de El Estrellero, de Big Star, de la Selección argentina, de tango, de la ciudad... fue un momento genial e inesperado. Estábamos todos muy contentos y él se mostraba atento, curioso y charlador, también. Al rato llegó Pat Sansone -el hombre que le saca música a una mandarina- con su mujer y la charla prosiguió. Brindamos, les contamos que habíamos ido a Uruguay, pidieron disculpas y las aceptamos porque ¡eran dos Wilco pidiéndonos disculpas! 

Hasta que en un momento fue hora de irse para ellos, saludaron y dijeron adiós. Y nosotros, apenas salieron, marchamos también, entre abrazos de emoción incrédula. No nos sacamos una foto pero qué importa: el momento está grabado. Después de esa noche, si el show estaba más o menos bien, seríamos felices.

Y el show fue el mejor que muchos de los presentes vimos en nuestras vidas.


Lo dicho a parte del grupo la noche anterior -aquello sobre la ansiedad de la gente- resultó extensivo a miles de personas que colmaron el fantástico microestadio que se erige en el predio de Villa Martelli (uno de los tantos despilfarros del kirchnerismo, je). Algo así como un Luna Park pero que suena bien, y donde un rato antes que Wilco, Juana Molina peló su propuesta inquietante y abrasiva: es difícil no quedar hipnotizado ante la disposición visual y la retroalimentación sonora de Juana.

Pero Wilco. Había cosas que ya sabíamos de ellos: su discografía es más bien notable y está llena de grandes canciones, sí. Cualquier lista de temas se iba a quedar corta teniendo en cuenta dicha amplitud de repertorio y su consabida heterogeneidad. Ahora, ¿cómo se explica el sonido que resultó de esos seis tipos? ¿Es posible que seis humanos logren perfeccionar y mejorar el audio de un disco con semejante facilidad? 

Por un lado, es innegable que el escenario, un estadio cerrado, ayudó. Aunque es probable que Wilco suene muy bien en un espacio abierto, los escenarios indoor en el BUE sonaron mejor que el escenario principal. Por suerte les tocó adentro.

La suspensión del show uruguayo, según argumentó Gaucho Producciones, sucedió por “imprevistos de logística en relación al transporte regional de su (enorme) carga (...). Se hace imposible que pase por Montevideo en tiempo y forma”. Ver cómo los tres guitarristas -Jeff Tweedy, el demencial Nels Cline y el comodín de comodines Pat Sansone- cambian su instrumento casi canción tras canción explica un poco cómo la preocupación por el sonido es total, al nivel de un disco. Producción en vivo (y mucho trabajo y ensamble, porque se hace en cuestión de segundos).

La carga es enorme.


Si el disco es la obra estática, el vivo va a ser la obra extática: la banda es enérgica y sutil y desde la presentación del show introduce los climas por donde va a viajar. En solo cuatro canciones deja boquiabierto y desnucado al público: “Random Name Generator” es la apertura, con las guitarras insinuando lo que vendrá, “I Am Trying to Break Your Heart” y su sensibilidad nerviosa y noise demuestra que cuando bajan las revoluciones pueden ser inquietantes, para “Art of Almost” ya te están volando la cabeza y “Misunderstood” es pura dulzura acústica (Stirratt se calza la guitarra de doce cuerdas, Cline la lap-steel guitar, todo está en su lugar: armonía pura). 

Luego mostrarán aun más facetas, como en la jazzy “Hummingbird”, una sorpresa que les sentó sensacional para probarse como banda de bar (una banda de bar que te volaría la peluca, por supuesto); o el repaso por su primer disco, A.M., y la canción americana derecho viejo “Box full of letters”. Son los mismos seis tipos, mutando de un instante a otro, siempre al servicio de la música. No hay mucho circo ni boludeo, y Tweedy es un frontman más bien parco que esta vez parece estar de excelente humor y algo sorprendido por la respuesta y los coros de la gente. Bueno, al menos a los argentinos (!) nos encanta creernos esto: estaban contentos.

(La lista de temas fue toda una atención para con el público. Siendo esta la primera vez del grupo en el país, Wilco basó su repertorio en tres discos apreciados por los fanáticos -Yankee Hotel Foxtrot, A ghost is born y Being there- y eso se notó. Ojo, los temas de Schmilco y el único de Stars wars no desentonaron para nada con el resto).


Más allá del lugar, más allá de la logística, más allá del ensayo, el oficio y los stages. Hay una explicación que es la más elemental de todas y la única que cabe para comprender semejante nivel de excelencia. Primero, lo ya dicho: las de Wilco son grandes canciones, y en ellas se rescata una enorme y diversa paleta sonora. La lista de influencias y reminiscencias es interminable y va desde Neil Young y Lennon hasta Big Star, pasando por Television, Sonic Youth, The Band y un etcétera interminable. Wilco es una antena, sí, pero retransmite con frecuencia propia.

Otra: esta formación parece ser el seleccionado perfecto para ejecutar una colección tan vasta y ecléctica. A estas alturas, es la alineación más perdurable en la historia del grupo y resulta lógico: se escuchan todos, cada elemento está donde tiene que estar y porque tiene que estar. Parece sencillo pero es complejo manejar los silencios, los arreglos, los detalles, y eso no deja de sorprender en todo el show. La capacidad de Glenn Kotche para aporrear su batería -con un set de platos preparados que aporta sonidos poco usuales- como un demente, o repetir un beat preciso y dejar que destaquen las guitarras y las teclas. La ductilidad de Sansone para ser un violero de arreglos o guitarrazos, o sentarse a los teclados, o empuñar una acústica, o tocar una maraca que da pequeñísimas pinceladas (pero tiene que estar ahí), o el glockenspiel que lleva la melodía en “I’m always in love”. El tipo es un camaleón: cuando toca la guitarra tiene pose de guitar hero, tras los teclados se retrae. Y así con todos: John Stirratt toca y canta con una facilidad pasmosa, se planta como el ladero de Tweedy -son los únicos miembros originales- pero siempre cerca de Kotche.

¿Alcanza para explicar semejante demostración?

Sigue siendo difícil narrar momentos como “Via Chicago”, donde se superponen dos planos: el de la canción estoica y simple que sostienen a dos voces Stirratt y Tweedy, mientras detrás de ese halo de belleza, Cline y Kotche producen lo otro, un océano de ruido desquiciado que, sin embargo, no parece perturbar a los cantores. Caos y lullaby.

Fue tal la euforia del cierre con “Spiders (Kidsmoke)” y “I’m a wheel” -un binomio que funciona por oposición: misterio compulsivo contra arenga rocanrolera- que seguir escuchando música era casi ridículo. La leyenda ya estaba escrita.


Igual se hizo el intento: Flaming Lips palideció ante lo hecho por Wilco y brindó un show muy preocupado por la purpurina y poco por la música, con más baches que la luna -demasiado tiempo perdido- y que nos echó del escenario principal al instante. Había que cerrar el círculo y El Estrellero tocaba a las diez en punto. Vamos para allá a escuchar ese puñado de canciones fantásticas.

Y vaya si el círculo se cerró: cuando entramos al escenario Music Box, la banda recién empezaba y entre el público pudimos divisar a uno de los músicos que nos había dejado sin palabras minutos atrás: John Stirratt escuchaba con atención a sus acompañantes de aquel inolvidable viernes por la noche. Terminó el show de los platenses -en media hora es difícil calentar, pero tuvieron la astucia de enganchar las canciones para ganar tiempo- y ya era suficiente. Nada iba a empardar esas casi dos horas de magia, por lo cual emprendimos la marcha mientras nos cruzábamos a infinidad de amigos que, como nosotros, se agarraban la cabeza y preguntaban “¿cómo hicieron lo que hicieron?”.

Ya podíamos asegurar que aquella Evening with Wilco se convirtió en dos noches inolvidables. En Schmilco hay una canción, “Happiness”, que dice “Happiness depends on who you blame”.

Fue culpa de Wilco.


[Fotos por Victoria Schwindt]

lunes, 29 de agosto de 2016

Este cielo de estrellas caerá


Era lógico y esperable, pero sorprendió igual: El Estrellero publicó Drama, uno de los grandes discos del año para el rock argentino.

¿Por qué lógico y esperable? Pues bien, El Estrellero es el grupo en que Juan Irio y Lautaro Barceló continúan una sociedad que nació en 2014, cuando Irio firmó a su nombre un disco de honda tristeza y poética oscura, El ideal de lo común, y convidó a Barceló para que acompañase con su guitarra las canciones más apesadumbradas que hizo hasta el día de hoy.

¿Y esos dos quiénes son?, podría seguir el cuestionario. Juan Irio fue, como en El Estrellero, el bajo y la voz de Thes Siniestros, uno de los grupos más huidizos a las etiquetas en la última década. Lautaro Barceló fue tan huidizo, él, que más o menos por los mismos años integró Orquesta de Perros, Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, Canto el Cuerpo Eléctrico y Campamento; además grabó algún disco solista que puede encontrarse buceando Bandcamp. El año pasado subió allí una sola canción que vale lo que un disco: “Los meses”, cantada a dúo con Jorge Serrano. Como en El Estrellero, poniéndole voz y guitarra a la causa.

Con todo ese bagaje -no esta data fría transcrita para explicar que hay un antes, sino las canciones que hay detrás-, la expectativa era: un álbum de esta dupla tiene que dar la talla. Lo que no sabíamos era que Drama iba a ser el mejor disco, quizá, casi seguro, por qué no, debe ser, que hicieron Irio y Barceló hasta hoy.

Pero a esta altura es injusto hablar sólo de ellos dos. Y más después de haber visto El Estrellero en vivo. El grupo realza las bondades más primitivas de la canción: la melodía reluce, las letras ganan cuerpo -más aún cuando todos cantan- y el resultante es una obra precisa, robusta y sofisticada. Gregorio Jáuregui (de Muerte al Tío Cosa) en batería, Alejo Klimavicius (de Fus Delei) en guitarra y coros, y Juan Baro Latrubesse (de Pájaro Escultor) en teclados completan el quinteto y aportan fuerza y juventud, floritura y atmósfera.

¿El disco? Al fin, vamos a Drama. Pónganse los auriculares. Escuchen esos primeros 45 segundos. Stop. Suspenso y ascensión: así construye El Estrellero desde el vamos. Capa tras capa resulta una textura vaporosa, quizá en consonancia con lo primero que se dice, entre ecos: “Suena ya la música de oriente, mágica, luciferal”. Stop otra vez.

Luciferal: De Lucifer, príncipe de los ángeles rebelados, y -al.1. adj. desus. Soberbio, maligno.

Mística y sombría, así es “La fórmula”, la canción que abre y, más que abrir el disco, envuelve. El tintineo de guitarras y teclas, el susurro del narrador, la fuerza coral del estribillo, el amor “que nunca tiene nada”; y el desborde de la guitarra hacia el final, entre ohohohs que se desinflan.

Qué decir de “Rima”, que lleva la épica pop un paso más allá. Menos oscura -bueno, el “hemos venido a morir, ¿no te diste cuenta?” puede llegar a contradecir esto- y más elegante, se impone a los guitarrazos -detalles deliciosos cortesía de Barceló y Klimavicius- una historia de (des)amor montada en una melodía que llega a su Everest en el estribillo, adherente y triunfal. A Daniel Grinbank le debe haber bastado con esta canción para programar al grupo en el Festival BUE el mismo día que Wilco: lógica pura.

“Pobre corazón” es lo único compuesto a dúo por Irio y Barceló y tiene un desarrollo similar -no se asusten por la comparación, es una mera cuestión formal- a “A day in the life”: el comienzo del tema, difícil de catalogar como estrofa sabiendo lo que sucede después, es lo primero que canta Barceló en Drama. De golpe se arriba a un microestribillo, arrebatado por un torbellino de guitarras que quiebra al medio el tempo y lo lleva todo a un pulso andante, ahora con la voz de Irio. En la parte de Barceló el corazón sufre, en la de Irio ya “no late”.

La historia, fragmentada, bien podría sintetizarse como el final, la muerte de, ay, otra vez, un amor. Aunque el segmento Irio culmine su galope estoico casi con una conclusión: “Breve historia de los átomos de luz”. De aquella estrofa + estribillo de Barceló no tendremos más noticias, como si se hubiera desintegrado y hecho perlas. De haber continuado así, también habría sido una canción grandiosa… pero como si la luz y sus latidos se apagaran, la intensidad deviene calma para que las guitarras reconstruyan desde el poco pulso que queda. Imaginemos: el corazón resiste hasta que explota, lejos de arrullar pero también de la muerte súbita. El minuto final narra el desenlace: aceleración, reposo, liberación, reverberación y… no queda más. Una canción elástica e impecable, con el toque de los dos autores bien marcado. Que se repita.

Después de semejante laberinto, “Deja que te guarde” asoma su nariz como la pieza más sencilla -no por eso menos amable-, justa y necesaria previo a la siguiente excursión de subibaja, otra gema: “Es mejor”. Qué apenado suena ése “Llueve dentro del sol”, más allá del pulso irrefrenable. Casi tanto como el estribillo de “Los traidores” (¿inspirado por cierta coyuntura política?): “Deberás saber algo que yo sé: los traidores no mienten cuando están detrás”. Para “Medicamentos”, Barceló se pone el traje de perdedor y vuelve a sentarle bien: un hipocondríaco necesitado de amor y con la autoestima por el piso.

Hecha la recopilación de tristezas y neurosis, el lector podría creer que el disco es un liso y llano bajón. Encima se llama Drama. Pero no se asuste, amigo: si usted escuchó canciones sabe que muchas veces, casi todas, funciona mejor así. La paradoja es contar la tristeza entre melodías indelebles y canciones que se sacan la mufa de encima (no olvide: llueve dentro del sol). O mejor, como dice “Llegará”: Necesito vivir más de la cuenta yo también /para saber por qué duele vivir así… / No sé.

Duele, pero hay que seguir para saber por qué y encontrar la solución. Ya estamos en el baile. ¿Baile? “Fiesta de lobos” sale a la pista con, otra vez, aroma a desencanto amarillento (“Vienen asomando ráfagas de miedo”; “Lo que de día nos hace reír/ llega la noche y nos asusta tanto”). Se baila pero, recordemos, duele.

“Preámbulo a la vigilia” debe ser el momento definitivo de contemplación, quizá por eso el cierre. Una resolución tan poética como aquel inicio incandescente, donde El Estrellero retoma la paradoja y la melancolía, hasta que un recurso bastante utilizado en el género canción -se silencia la banda y el cantor queda solo acompañado por su guitarra- nos da el último susurro previo a una coda que se detiene de repente, grotesca:

Allí abajo resonó su frágil voz,
el único lugar donde podría ser escuchado el tiempo que durara el eco.
Sólo aquella vez, logró hallar la luz y encontró la paz tapado de lodo,
bella aurora austral, una hoz cortando las estrellas.

“Una hoz cortando las estrellas”. Quizá se explique el nombre en ese gesto, tan precioso como este Drama. Estrellas, caigan en forma de canción.

[Publicado el 25 de julio en ArteZeta]

lunes, 28 de mayo de 2012

Uf Caruf!, el sello-usina de La Plata



Es sabido que La Plata es un micromundo donde se suceden cantidades de eventos artísticos. Gracias, en buena parte, a su condición de ciudad universitaria que alberga a miles de jóvenes llegados desde todos los puntos del país, la tierra de pinchas y triperos tiene una tradición de éxitos y sucesos varios (no es lo mismo) dentro de la entelequia “rock nacional”: desde La Cofradía de la Flor Solar, pasando por los mismísimos Redondos y Virus, la alternatividad noventosa de los Peligrosos Gorriones y el rocanrol '00 de Guasones. Además de ser la cuna de muchos grupos de peso, actualmente es la plaza en la que parece haber mayor efusividad under, representada por un crisol de bandas (?) emergentes y furiosas, muchas excelentes, todas entusiastas.
Debe haber algo en el aire, seguro.

Es en este contexto que hace poco más de dos años y medio surgió uno de los proyectos más interesantes en la actualidad del under bonaerense global: el sello Uf Caruf! Discos, creado y gestionado por un grupo de músicos talentosos para componer bonitas canciones pero también para difundir lo que hacen. El sitio oficial nos tira algunas pautas:

"Uf Caruf! defiende la idea de que CULTURA ES COMPARTIR. (…) Aspiramos a una cultura mucho más allá de las modas y la repetición de formulas de entretenimiento que anulan la creatividad. Utilizamos las nuevas tecnologías para amplificar nuestra voz.
Todos los discos, videos, letras están disponibles aquí para escuchar, descargar, grabar en un CD y compartirlo con tus seres queridos. Los invitamos a vernos tocar en vivo y comprar los CDs que fabricamos. Ahí estamos nosotros, sin intermediarios y pueden devolvernos lo que generamos con nuestro oficio y ayudarnos a seguir creciendo.
El objetivo de UF CARUF! es crear.
Por eso cantamos
".

Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, por Manuel Cascallar

Sentí que un grupo de músicos con tan noble propuesta y tantas buenas canciones -porque UC no se trata sólo de buenas intenciones discursivas- tenía algo más que decir. Y así fue. Un poco al azar y otro poco porque me gustaron sus discos, consulté respecto de diversas cuestiones del sello y de sus grupos a cuatro miembros de Uf Caruf!, y el que toma la posta es Lautaro Barceló (que toca en y con Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, Laura Citarella, Orquesta de Perros y Campamento; además de ser solista) y nos relata cómo se gestó la criatura: “El sello nació para formalizar una relación de grupo que nos une hace un tiempazo. En 2008 varios núcleos de solistas y músicos empezaron a cruzarse en fechas, a armar cosas en conjunto, y nos fuimos mezclando y fusionando. Así creamos el colectivo de solistas y bandas Tocate Mil, que básicamente se dedicó a organizar fechas y falló en casi todo lo demás. De esa historia, surgió la primera banda producto de este cruce de planetas, que fue Orquesta de Perros. Cuando nos dispusimos a grabar nuestro primer disco, mandé un email a todos los Tocate Mil para dar un paso más y conformar un sello. Casi todos se sumaron a las filas. Y tras algunos tropezones, finalmente soltamos a la web Perros de Orquesta, siendo este el primer paso de Uf Caruf! como sello. Luego, todo lo demás”.

Pablo Matías Vidal -coequiper de Barceló en Orquesta de Perros y también solista- se anima a agregar algo más: “Hago hincapié en que el núcleo de todo esto es la relación de amistad que nos une, antes que una empatía musical o una necesidad estratégica. Las nuevas incorporaciones surgen por decantación, como manera de formalizar algo que en la cotidianeidad de recitales y encuentros ya es moneda corriente. Un cariño y un respeto mutuo”. Vidal habla de incorporaciones porque el sello continúa nutriéndose de nuevos valores, a quienes Barceló define como “amigos legendarios, gente con la que tenemos total empatía y con la que trabajamos felices. Siempre debe haber consenso para que entre gente nueva pero dada la naturalidad con que absorbimos a recién llegados (que para nosotros, de ‘recién llegados’ no tienen nada), se sobreentiende para dentro y para fuera, que Uf Caruf! es un sello exclusivamente de amigos, que no busca sponsorear ni amontonar bandas”.

Orquesta de Perros, por Manuel Cascallar

Los participantes de esta nota, más allá de sus tareas en diversos grupos del sello, llevan en paralelo una faceta solista. Ramiro García Morete, o sea, Miro (sí, el de la Fabulosa Orquesta; de oficio periodista) entra en acción y nos cuenta cómo llegó a su recomendadísimo y oscuro primer opus solista, El olor de la sangre, el que encaró con su seudónimo de Míster: “Tenía una cantidad importante de temas que iban quedado afuera de Miro y su FODJ... quizá tenían que ver con una búsqueda más individual y propia. O sencillamente, no son tan buenos como los que sí hacemos con la banda, je. Yo confío mucho en el juicio de los chicos y las canciones van quedando naturalmente, acorde a la dinámica del grupo. Así que en el verano, en medio de un descanso programado de la banda, grabé El Olor de la sangre. Y por supuesto, colaboraron algunos de los chicos del grupo”.

Uf Caruf! funciona como una factoría de canciones (algo que se puede comprobar en el Proyecto Lupacchiotto de Lautaro) y Pablo se explaya al respecto: “Éste es un oficio dispar, y en mi caso muy ligado a pugnas anímicas”. Para ejemplificar, cuenta que en 2011 sólo hizo dos canciones, “y capaz que entre 2007 y 2010 hice cuatrocientas, sin exagerar”. Laura Citarella, el cuarto elemento en cuestión, interviene en la discusión desde su posición de solista que a su vez es cineasta (dije: “Es sabido que La Plata es un micromundo donde se suceden cantidades de eventos artísticos”) y tiene que repartirse entre dos mundos con urgencias de distinta índole. Me cuenta que hace tiempo planea grabar un disco, pero... “Ha sido muy difícil concentrarme y sentarme a grabar (además de que soy una pésima operadora de grabación). En el medio hice una película y ahora estoy haciendo otra. Y tengo a medio terminar un centenar de canciones”. Afirma que combinar ambos mundos es muy complicado: “A veces estoy más enamorada (esa es la palabra) de una disciplina, a veces de otra. A veces estoy haciendo canciones y casi que no miro películas. A veces estoy haciendo películas y casi que no puedo ni tocar la guitarra. Pero la voy llevando y, como sea, siempre termino haciendo ambas cosas”.

***

A la hora de sacar cálculos, la tarea es simple: los discos del sello se financian con los shows en vivo más el dinero particular que cada uno de los músicos está dispuesto a donar para la causa. Lautaro me asegura que éste es un proyecto a largo plazo, y la idea es producir cada vez mejores discos. Entonces, Uf Caruf! retira un porcentaje de los shows organizados por el sello para gráfica y demás, pero hasta ahí: “Por supuesto que cada vez estamos más cancheros para abaratar los costos, y ya algunos proyectos se bancan solos”.
Recientemente, uno de los grupos en los que participa, Orquesta de Perros, editó un (también, excelente) nuevo disco, Roles y oficios, a la vez que Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, según nos avisa el propio Ramiro, está grabando su próximo opus: “Empezamos a grabar las nuevas canciones -bajos y acústicas- pero sin apuro, dado el factor económico. Falta muchísimo, pero valdrá la pena seguramente”. Pero la producción no termina allí: Barceló también está registrando un disco solista en el Estudio Nakao, con la idea de incluir en él todas las canciones que no terminan ni en Orquesta de Perros ni en Campamento, grupo que comparte con Teo Caminos y Juan Artero (y que, vaya casualidad, “se dio por amistad”).

 Laura Citarella, por The Darck Flack.

Lautaro asevera que todos los músicos que participan de Uf Caruf! colocan en “un lugar sagrado” a las canciones, “pero sin impostar o vender algo que no somos. Si bien jugamos ‘al rock’, cuando se apagan las luces todos volvemos a ser como siempre: gente común que ama esto y lo va a tratar de hacer de la mejor forma posible”. Pablo asegura, convencido: “Veo venir canciones desde los 15 años y me gusta estar acá todavía para alojarlas... El día que me aburra me pongo un fonobar (¡tienen que volver!)”.
Y Laura remata la nota, quizá definiendo un estilo de vida, casi sin darse cuenta de que está entregándome en las manos el cierre para este texto con un mini manifiesto sobre el amor a las artes -en su caso, la música y el cine- y su entrega total a ese mundo: “Cuando entro en esos estados de andar medio estallada, de repente encuentro en escuchar una canción (y mejor, cantarla yo misma) la salvación. Eso quiere decir, supongo, que no hay una preferencia concreta, sino una compensación perfecta. Casi tan perfecta que me resulta raro pensar en vivir sin una u otra. La cosa es que empecé a sentir alivio el día en que asumí que la cosa iba a ser así, que tenía que bajar la ansiedad, que sufrir por no estar haciendo aquello que 'debería estar haciendo' era entorpecer un proceso natural, que es así... Caótico, interminable, que genera muchísimas cosas inconclusas. Pero que, a la larga, todo esto es parte de un todo que es la vida y así es como decidí que la quería tener... Espero que todo esto no termine en un ACV”.

***

(Miro da lugar a un pedido que hace extensivo de todos los músicos que integran Uf Caruf!: que ayudemos a que Pura Vida, el bar-reducto por excelencia de los grupos del sello -donde juegan de locales-, no cierre sus puertas. Nos avisa de la presentación de un petitorio en contra del cierre del local, presentado al municipio de la ciudad y al que adhirieron 700 personas: “Pura Vida se ha erigido en los últimos años como un emblema no sólo del rock under nacional sino también como un espacio donde se promueven las manifestaciones artísticas bajo ciertas pautas de respeto, como no cobrar a los músicos por tocar y dejarles el manejo de la puerta (arreglo que lamentablemente no ocurre usualmente en otros bares)”.
Deseamos desde acá que se resuelva la situación, mientras los grupos de Uf Caruf! (y otros) siguen presentándose en un lugar que, como lo que hacen ellos con sus canciones, representa cabalmente lo que enuncia su nombre: pura vida).

"Reunión de carufos", por Victoria Lagomarsino. De izquierda a derecha: Sebastián Paunero, Laura Citarella, Lautaro Barceló, Pablo Matías Vidal y Juan Artero.


ANEXO: LANZAMIENTOS 2012 DE UF CARUF! DISCOS
(CLIC EN LOS NOMBRES PARA BAJAR)