martes, 8 de abril de 2014

Yo también fui al Lollapalooza: día 2


Después de un primer día agitado y con muy buenos shows -obviemos a Julian Casablancas, por favor-, la segunda jornada del Lollapalooza argentino nos movilizaba más temprano que el día anterior, feriado fatídico y triste del 2 de abril mediante. La oferta del día parecía en la previa más jugosa en cuanto a clásicos de la alternatividad (y no tanto): a lo largo de la fecha se presentaban Johnny Marr, Pixies, Soundgarden y Red Hot Chili Peppers, gente de amplia y reconocida trayectoria.

Llegamos al hipódromo de San Isidro a las dos menos diez de la tarde, para atender al único grupo argentino que veríamos en ambos días: los platenses El Mató a un Policía Motorizado. A la misma hora tocaba Savages, un grupo de -claro- salvajes jovenzuelas que me recuerda al Patti Smith Group + PJ Harvey: estuve tentado de repartirme entre el Main Stage 2, donde tocaba El Mató, y el escenario Alternative, pero finalmente ganó la potencia nacional de los de Santiago Motorizado. El Chango se bancó estoicamente la presentación y debió cantar buena parte del show sentado: se rompió el tendón de Aquiles jugando al fútbol (¡rock chabón!).

Por momentos, al cantante le costaba contenerse y se paraba. Cuando pidió disculpas por estar tocando en esas condiciones -“me rompí todo”-, se ganó la ovación del numeroso público que contaba a los miembros de Pez entre sus presentes. (Graciosísimo Ariel Minimal cantando El día del huracán junto a su pequeña hija, probablemente motivado por su amor futbolero).

El show estuvo basado en Día de los muertos y La dinastía Scorpio, los dos últimos discos del grupo. Pero fue Chica rutera, desde Un millón de euros, la que encendió la chispa: por la polvareda y el estruendo que levantó debería llamarse Seis palabras son suficientes a la hora de rockear. Mi próximo movimiento ya es un hit del underground y significó el cierre, ovación mediante.


Pasados El Mató y Savages, la oferta en escena era más bien poca. Tan solo la presencia de Jovanotti más algún DJquenonosinteresaba en el Perry Stage. Ese momento vino bien para comer -otro de los grandes momentos del festival: una bondiola que valió cada centavo- pero al rato hubo oferta doble, nuevamente confrontando propuestas de aquí y allá: en un escenario Pez, en el otro Johnny Marr.

Resulta polémico, siendo buenos, que se deje un vacío de una hora sin contraponer shows convocantes para que luego se crucen dos grupos que mucha gente quiere ver, en un caso comparable -en menor escala- a lo que pasó en la primera fecha con las presentaciones de NIN y New Order. Lamentamos perdernos el show de nuestros queridos Pez: lo que era un acto de justicia (su merecida presencia en la grilla de un festival convocante) devino en desazón para muchos, supongo que empezando por ellos mismos (ponerlos en simultáneo con un histórico que toca en el país por primera vez se asemejó bastante a un chiste de mal gusto). Deberían haber sido la contraoferta en la hora al pedo de Jovanotti.

Y sí, nos inclinamos por Johnny Marr: el pendeviejo más cool del planeta la rompió. Y hay varias observaciones para hacer respecto de su presencia en el festival: a) Parece mucho, pero mucho más joven de lo que es; b) Canta los temas de los Smiths igual (o casi) que Morrissey. Estamos ante otro caso de sincronía vocal (John-Paul; Spinetta-Del Guercio; Calamaro-Roth; Beilinson-Solari), esos en los que uno nota que los músicos amigos, o quienes lo fueron alguna vez, hablan parecido y cantan igual; c) Es diez veces más simpático que Morrissey: agradece constantemente al público (“good-looking people”), intercala Smiths con más ganas que Mozz y le dedica una canción a Agüero, su ídolo del City; d) Toca un cover encendido de I fought the law y cierra con soberbias versiones de How son is now? y There is a light that never goes out, uno de los grandes momentos de todo el festival. Tanto, que mientras hace corear a la gente la coda del tema, del cielo totalmente nublado asoma un insólito rayo de sol; e) Tiene el peor corte de pelo de la historia del rock. Johnny Villano.
Gracias por todo, crack.


Después de Marr, llegó el momento de sentarse sobre el pasto mojado del predio. Era el turno de la hermosa Ellie Goulding y su chicle pop dietético. Sí, es muy linda, por momentos la agita tocando la percusión, canta bien y es noble. Pero no pasa mucho más que eso, excepto cuando queda casi desnuda. Que su show transcurriera luego del de Marr en la grilla no motivó la devolución del dinero a los espectadores por parte de Fénix, la empresa organizadora. Al menos descansamos un rato.

Cuando inició el show de Vampire Weekend, era notable el incremento de público comparado a la fecha anterior. No daban las seis y el predio ya empezaba a colmarse, mientras la gente se agolpaba frente al escenario donde el cuarteto neoyorkino daría un show que no cumplió ni de cerca las expectativas: la banda pechofrío del festival. Todo demasiado prolijito y delicado, al límite de lo exasperante.

La sofisticación de los discos es harto sofisticada en el vivo, y hace aparecer baches enormes en el intercambio instrumental. Es cierto que en sus álbumes no hay mucho relleno, tan cierto como que en el vivo deberían sumar músicos que engrosen su propuesta escueta: música sin proteínas. De paso, a los músicos invitados podrían sumarles enfermeros que le inyecten un poco de sangre en las venas a Ezra Koenig, un artista de lo inmóvil.
Decepcionante show. Tanto que nos fuimos a pasear por el predio para encontrar amigos perdidos, mientras AFI versionaba a The Cure (Just like Heaven) en el escenario alternativo.

Y vinieron los Pixies, en esta remozada versión con la compatriota -aunque dicen que apenas si recuerda algunas palabras en castellano- Paz Lenchantin en lugar de la histórica Kim Deal. La primera impresión no bien arrancado el set se corroboró a lo largo del show: Lenchantin se la recontra bancó, le puso sonrisa y onda a un escenario de rostros y acordes distorsionados. El Diego, Messi, El Papa, Máxima y Paz Lenchantin. En tu cara, brasileño.

La evolución del show fue del sonido más podrido del grupo, el afamado, imitado y caótico suave-fuerte-suave -que desató una ráfaga de 10 temas uno tras otro en sólo media hora-, a la cara más amigable de Black Francis y los suyos, sin tanto noise y de esencia cancionera. Entre Wave of mutilation y Monkey gone to Heaven -con las soberbias e inenarrables Hey y Caribou en el medio; gracias gordo- está el background sonoro de la banda, que va de las guitarras ultranoise de Joey Santiago a las acústicas de Francis. Todo suena y se resuelve con esa naturalidad mugrienta. El de Pixies debe haber sido de los shows con el sonido más ajustado a las necesidades de las canciones, inclusive las nuevitas (Greens and blues, Magdalena), que pasaron con dignidad el test.

Sólo una cosa les vamos a reprochar, mis queridos: el show venía rumbeado perfecto para cerrar con Here comes your man. Sé que es un capricho y que no les importan los hits (bueno, es lo único que tienen parecido a eso) pero tenían que tocarlo.


Se acercaba el final y las alternativas eran dos: Soundgarden o el crédito local, Illya Kuryaki and the Valderramas. Otra vez, y teniendo en cuenta que a los yanquis no los iría a ver si vinieran solos, me concentré en el show de los de Cornell y descarté al dúo Horvilleur-Spinetta (apreciado en otras oportunidades). El me concentré es un decir: tras el final de Pixies, el reencuentro en un punto intermedio con mis compañías nos dejó a todos bastante lejos del escenario. Mal perfilados y con el sonido algo difuso por la ubicación.

Si a esto le sumamos la decisión de Soundgarden de tocar Black hole sun y Spoonman al comienzo del set y nuestro cansancio acumulado, la resultante es obvia: reculamos los pasos que nos acercaban al tablado para descansar. No juzgaré severamente lo que hicieron los de Seattle, aunque a lo lejos sonaba monótono y creo que me hubiera divertido más con IKV. (Ojo, el show fue muy elogiado por los que pudieron verlo y escucharlo mejor).

***

Queremos a los Chili Peppers. En Argentina juegan de locales hace muchos años, y se nota. El marco es muy superior al del día anterior y no hay espacio para moverse mucho. Los turistas se mezclan entre la multitud de gente que muestra una mescolanza más nacional & popular que el martes (tampoco para tanto).

Tenía 15 cuando los vi en el estadio de Vélez, un día de lluvia despiadada del verano de 2001. Famosos por su desprolijidad en vivo, aquella vez llegaban con Californication a cuestas y con su formación más clásica. Ahora, todos mis acompañantes ansiaban verlos y yo estaba más para irme. Los cargué toda la tarde con el “yo ya los vi, y los vi con el genio de Frusciante”, “ahora ya están viejos” y demás chicanas exageradas. Porque a la hora de enumerar shows favoritos, ése, con el paso de los años, no asomaba en mi lista de memorables ni por casualidad.

Pero los Red Hot Chili Peppers me demostraron que estaba equivocado, desde el comienzo. Sonaron como Gran Grupo de Estadios y desplegaron una energía en escena que ninguna banda del festival peló, amparados por un complemento visual y lumínico notable. Los cuatro monos bailarines de siempre.

Bah, los cuatro monos de siempre no: los ojos del soberano miraron con desconfianza al “nuevo”, Josh Klinghoffer. Y Klinghoffer pasó el examen con solvencia, sin ser un guitar hero chispeante ni un émulo de John Frusciante. Logra complementarse perfecto al sonido de la banda, a la base de Chad Smith y Flea, que esta vez sonó descomunal. Muchísimo mejor que doce años atrás.


La lista comenzó con un viejazo -¡The power of e-qua-li-ty!- y fue adentrándose en distintas épocas del grupo: impresiona la cantidad de canciones híperconocidas que tienen, muchas que había olvidado por no escucharlos en años. Además, se dieron el gusto de enganchar algún cover juguetón en el que el bajista pasó a la voz por un rato (Why don’t you love me, de Hank Williams).

Los temas de I’m with you y Stadium arcadium (a mi gusto, su disco más flojo) se acoplaron perfecto con perlas de antaño como Otherside o la siempre conmovedora Under the bridge. En ambas piezas, el canto del público casi tapa al por siempre joven Anthony Kiedis. El consenso absoluto se las dejó picando a los Red Hot, que zaparon entre tema y tema, improvisando separadores que derivaban luego en la siguiente canción de la lista. Leí varias quejas al respecto de gente que prefería “más canciones en vez de esas cosas en el medio”...

El show completo se me hizo tan placentero que sentí que, como todo lo bueno (cualquier libro de Nick Hornby, un gol de Vietto, los fines de semana largos, Marquee moon, una cerveza fresca en verano), se esfumaba demasiado rápido. Tras If you have to ask y Give it away, los muchachos saludaron medio apurados y agradecieron con la emoción demagoga de siempre (ojo, estos vinieron en 2002 cuando no venía ni Locomía). En especial Flea, que llevó hasta las últimas consecuencias su castellano querible y expresó algo así como que “No alcanzaban las palabras”.
Esta vez se redimieron de las desprolijidades pasadas.

Yo, que los vi con el pecho de Frusciante, les digo que esta vuelta fue mejor. Y ahora los quiero de nuevo.

***

A modo de conclusión: esta primera edición del Lollapalooza es, probablemente, el festival mejor realizado en el país a la fecha, al menos de los últimos diez años en que proliferaron los festivales de rock esponsoreados por grandes marcas. Es menester que sea rock aclarar que en la Argentina los festivales siempre se organizaron dándole la espalda al público, cagándose en la seguridad y el disfrute de la gente, con poca plata invertida en luces, sonido e infraestructura en general. No era tarea difícil igualar y superar lo previo, tampoco.

Y aún quedan cosas por corregir -la salida del segundo día fue algo más caótica; las bandas argentinas fueron puestas al mismo horario que números estelares del extranjero o muy temprano; el agua debió tener un precio más accesible, en Chile se da gratis- pero, con todo eso a cuestas, hay que decir que lo pasamos muy bien. Si quieren volver el año que viene con Wilco, Belle and Sebastian, The Decemberists, Fleet Foxes, Alabama Shakes, Black Keys y Dirty Projectors, están invitados.

[Todas las fotos gentileza de Anabella Nolasco; excepto Black Francis (Pixies) por Tomás Correa Arce].

sábado, 5 de abril de 2014

Yo también fui al Lollapalooza: día 1


Y sí. Mucho se habló del festival de rock independiente e itinerante más grande del mundo (?). A los argentinos nos resultaba extraño que otros países de la región, en teoría sin tanto rock encima como nosotros (bueno, no disimulemos: estamos hablando de Chile) tuvieran su edición del festival y aquí se lo mirara de lejos, como si nunca pudiéramos organizar algo de manera decente. Es que, de veras, en lo que a grandes festivales se refiere, parecía que en Argentina nunca estaban dadas las condiciones para hacer un evento como el que se llevó a cabo el 1º y el 2 de abril en el Hipódromo de San Isidro. Era cuestión de poner unos mangos más, queridos empresarios.

Yendo a lo organizativo, el lugar resultó ideal para desarrollar un festejo de estas características. Cuatro escenarios, infinidad de puestos de comida (los precios no eran taaan exorbitantes, digámoslo, a excepción del agua a 30 pesos: muchachos, en jornadas de festival que duran doce horas tienen que ponerla a 10 pesos, no jodan) y el infaltable ecologismo chic. Sin olvidarnos del no muy concurrido espacio para niños Kidzapalooza y la peluquería (supongo que gratuita) que generó una cola de gente superior incluso a la que se formaba en varios de los emprendimientos gastronómicos. Pregunta para los organizadores: ¿por qué no había un puesto en el que se vendieran discos? ¿Por qué no el agua gratuita que sí repartieron en Chile?

Si la lluvia hubiese concretado, lo de lugar ideal pasaría a ser una afirmación más discutible: al ser un espacio verde, el hipódromo presentaba su campo algo embarrado por una lluvia de días atrás. A la vez, resulta complejo pensar un lugar alternativo a éste para semejante montaje escénico: en ese sentido les doy el OK.

En cuanto al público, es hora de reconocerlo: cierto rock, o bien ciertos eventos-a-los-que-no-se-puede-faltar, son a esta altura exclusividad de la clase media-alta. Aunque inicialmente los abonos al festival no eran tan costosos -más si tenemos en cuenta la cantidad de grupos que tocaban-, parece que hay eventos hechos para los que tienen mayor poder adquisitivo: la clase media-baja tiene, virtualmente, las puertas cerradas. El desfile de damas y caballeros sobreproducidos, algunos ridículos al extremo de disfrazarse de hippies, era un poco gracioso y otro poco patético. Pero aunque este formato de festival multitudinario haya mutado en esos "eventos a los que hay que ir", en Lollapalooza primó la música.

DÍA 1: PROMESAS CUMPLIDAS, BOCHORNO Y TRANSICIÓN

Tras la entrega de una pulsera que en principio debía acreditar el abono para los dos días del festival pero en verdad no tenía validez (había que llevar la entrada ambos días, aunque el ticket nunca fue cortado por los organizadores; vamos a ser buenos y no especular al respecto) y luego de una extensa caminata por las calles del hipódromo, llegamos con el tiempo justo para el primer show que generaba gran expectativa, al menos para mí: el del niño Jake Bugg.

Cuatro en punto salió a escena y un poco que nos miramos entre todos: ¡¿esa pulga vestida enteramente de negro es el que canta así en los discos?! Parecía un Justin Bieber cualquiera y para colmo contaba con un grupo de fanáticas chillonas como el otro JB. Pero se colgó la guitarra -arrancó con la acústica y luego se pasó a las eléctricas-, peló su arsenal de hits y, de pronto, le vimos bien las ojeras de noche larga, la cara de pillo y las uñas de guitarrero. (¡Cómo toca el pendejo! De hecho ni necesita otro guitarrista, se abastece solo). Entre Noel Gallagher y Alex Turner, Bugg resulta un frontman que con pocos gestos hace gritar a todas, solea con una solvencia de viejo y un gran sonido y terminás pensando que es un pesado, en el sentido más saludablemente rockero de la palabra. Estimo, en unos 7 u 8 años saldrá su cara en los periódicos con la noticia de que asesinó a su novia.

Primer show, primer gran show: este pendejo es la gran esperanza del rock and roll. No tiene una sola canción mala y en vivo se mete a la gente en el bolsillo tras un rato; puede pasar de baladas folk a arrebatos cuasi sabbathianos, todo con la misma expresión de “qué me importa”. Aplauso cerrado.


Del escenario alternativo nos movilizamos al principal -que estaba al lado-, para ver el que sería sin lugar a dudas el peor show del festival, y uno de los peores que podés ver en tu vida, joven argentino y del mundo: el de un pomelístico e inentendible Julian Casablancas. Lo peor de todo -sepan disculpar que la palabra peor se repita tanto en el párrafo- es que Julian y su banda buscaron, claramente, sonar así de mal: todo a un nivel de saturación insoportable, empezando por la voz del cantor. Sabemos de su gusto por cantar procesado, pero entre el enmascaramiento de My Bloody Valentine y que parezcas el Pato Donald borracho hay un abismo. Su "show" fue una exageración de hard rock y volumen que derivó en la nada misma: mejor vayamos a recorrer el predio porque este muchacho está sacado y dando lástima.

Cuando ya estábamos a kilómetros del escenario, escuchamos Reptilia (sí, claro, la de los Strokes) pero no valía la pena meter marcha atrás a un show que ni así tenía retorno. En las primeros dos presentaciones, entonces: de lo mejor y lo más flojo.

El siguiente show tenía que desempatar y entre Imagine Dragons y Lorde elegimos a la niña neozelandesa. Con un solo disco y diecisiete años a cuestas, como Jake Bugg, cuenta con su coro de ángeles púber que, tema tras tema, chilla y ovaciona. Impresiona lo claro que tiene su lugar en escena una piba tan joven: casi que sola -acompañada por un baterista y un teclista idéntico al Fito Páez de los ’80 que, por lógica instrumental no se mueven de sus respectivos lugares-, se encarga de pintar de negro como su vestido volador (el viento comenzaba a bailar más fuerte) a las canciones frías y oscuras que componen su álbum debut, Pure heroine.

En sus gestos combina el costado más creepie de Björk con la dulzura de Regina Spektor, y por lo menos a mí me compra sobremanera. El hit Royals termina de avivar el fuego de un show que inclina la balanza hacia El Eje del Bien: hasta nos bancamos casi 10 minutos de parloteo en los que Lorde explicó una canción. Aprobadísima.

Y si Lorde pasó la prueba con creces, lo de Phoenix fue la (mi) gran revelación del festival y uno de los shows del año. La previa me hacía pensar en un combo inclinado al electropop insulso, pero mis prejuicios fueron completamente derribados desde el comienzo: onda, potencia (¡esos bajos directo al pecho, ese dúo percusivo salvaje!) y un frontman, Thomas Mars, que se devoró el escenario y se compró a la gente al toque.

Los parisinos aportaron una paleta de sonidos multicolores y un factor sorpresa en cada canción, lo que renovó la energía del show constantemente. Nunca aburrieron. Al momento no escuché ninguno de sus discos enteros, ahora acudiré voraz y arrepentido, por todo. Mientras los disfrutaba de principio a fin, una pregunta rondó mi cabeza: ¿por qué, si leí tantas crónicas elogiosas en su momento, nunca descargué Wolfgang Amadeus Phoenix?


Las 8 y media de la noche era el horario de la disyuntiva mayor: ¿Nine Inch Nails o New Order? Mi idea inicial era ver el comienzo de los de Reznor y el final de los ingleses, pero los hits y las ganas de escuchar temas de Joy Division inclinaron la balanza para lo que fue un show desparejo de los mancunianos. En el debe: la lista de temas con los hits mal intercalados; algunos momentos soporíferos, demasiado extensos (586 en especial); y una insólita puesta visual. ¡Apuesto que esos videos son los mismos que usaban hace 30 años! Sino no se puede creer la pobreza estética de lo proyectado, irrisorio para una banda con semejante trayectoria. El que lo vio, podrá comprender esta mención especial a un aspecto extra musical: parecían videos de cumpleaños de 15.

A favor, debo decir que New Order logró una potencia que no esperaba de ellos. Además, los hits mencionados no dejan de ser inapelables; y las revisiones de Joy Division dieron la talla por completo: primero Isolation y para los bises, mientras el 80 por ciento del público se iba (¡ilusos!), grandes versiones de Atmosphere (tétrica y hermosa, de las mejores piezas en toda la noche) y la infaltable Love will tear us apart.
Llegaba el cierre con Arcade Fire. Les tenía toda la fe más allá de que su último disco, Reflektor, aún no me satisface del todo. No sé si es un disco de lenta digestión o sencillamente no lo tragaré nunca; además de que se aleja del dramatismo que presentan los otros tres álbumes.

Y me quedé un poquito con las ganas, nomás: el show estuvo bien hasta ahí. Quizá el problema fue justamente ése, que Reflektor se erigió como el eje de la noche y sentí que el ejercicio tribal del disco, ese costado afrolatino que reemplaza la épica de los álbumes anteriores, aún no llegó a calentar el motor del todo. Recién en Here comes the night time -el anteúltimo tema de la lista- pareció que la polenta rítmica levantaba vuelo, que el bajo tenía otra consistencia y la cosa se encendía; antes, los percusionistas fueron más un elemento decorativo y coreográfico que otra cosa, con poca presencia en el sonido global del grupo, que además fue poco potente en líneas generales.

El trabajo vocal sí me resultó bien explotado, y ahí más que Win Butler -un frontman raro, bastante parco- la estrella de la noche fue la dama, Régine Chassagne. Dieron ganas de escucharla cantar In the back seat. Será la próxima.


Las dos canciones de Neon bible, el disco que menos exploraron, fueron de lo mejor de la noche: quizá allí estuvo el costado más de estadio de una banda que está haciendo la transición de una música teatral y sofisticada al rock de masas. Keep the car running y, en especial, No cars go mostraron un grupo más suelto y fuerte. Si Neighboorhood #3 levantó y rockeó el comienzo del show, The suburbs (la canción) fue una pena, por el bajo volumen y la interpretación excesivamente lánguida y lenta, sin la candidez de pub de la original.

El final con la bowieana Wake up, tan anunciado como emotivo, redimió algunos de los momentos desparejos. Una belleza que parece compuesta para ser cantada por millones de voces. El saludo general y la despedida pedían otro bis, pero a lo largo del festival comprobaríamos que los horarios en el Lollapalooza se cumplen a rajatabla. Los bises no se extenderían siquiera en las bandas que cerraban cada fecha.
Dio ternura el saludo final del Will Butler, el hermano de Win, agradeciendo en reiteradas ocasiones a un público que no pareció tan encendido como para recibir semejante demostración de alegría.

En fin: puede que los hayamos agarrado a mitad de camino. Pero los espero pronto, para ver cómo sigue la trama. Iremos por la revancha: aquí, a lo sumo, ganaron por puntos.

[Fotos: salida de la gente por Fede Cabral; Jake Bugg por Diego Fioravanti; Thomas Mars (Phoenix) por Anabella Nolasco; y Arcade Fire por Tomás Correa Arce].

lunes, 3 de marzo de 2014

109 Discos del Rock Argentino: Voto por voto

Lo prometido es deuda: voto por voto, las elecciones de las 292 personas que participaron.
No tengo mucho por decir, excepto: ¡diviértanse!

Hagan clic acá para ver y descargar.

lunes, 17 de febrero de 2014

109 Discos del Rock Argentino: #10 a #1

Llegamos al final. Aquí los 10 discos más elegidos por los 300 participantes de este proyecto que arrancó en julio del año pasado y tuvo una repercusión que nunca hubiera imaginado, empezando por la cantidad de gente que participó votando, y luego escribiendo.

Los escritores invitados merecen ser mencionados nuevamente por su aporte, fundamental para que el trabajo sea lo que es: un recorrido exhaustivo por casi 50 años de rock argentino. Es un honor haber arrancado esto desde cero y contar con casi 40 tipos -jóvenes, viejos, desconocidos, consagrados- que dieron su palabra en este proyecto megalómano. Está claro que nunca podría haberlo hecho yo solo y que la consecuencia más lógica era que participase mucha gente para que el proyecto, tal la idea inicial, fuera plural como fue. Por eso agradezco otra vez a todas esas voces, que no solo escribieron textos impecables sino que ¡pidieron disculpas por demorarse y agradecieron ser convidados!, cuando en verdad hicieron su trabajo de onda, gratis, para todos nosotros: mi gratitud eterna para (en orden de aparición en la encuesta) Alejandro Do Carmo, Manuel Bence Pieres, Ezequiel Ruiz, José Miccio, Federico Anzardi, Facundo Llano, Facundo Miño, Diego Mancusi, Miguel David Barrenechea, Matías Córdoba, Mister E., Juan Martín Galeano, Guillermo Martín Villalobos, Leonardo Ojeda, Juan Manuel Strassburger, Juan Manuel Pairone, Joaquín Vismara, Oscar Cuervo, Oscar Jalil, Emmanuel Angelozzi, Ángeles Benedetti, Maximiliano Diomedi, Natalia Torres, Lionel Pasteloff, Alan Levy, Fabián Spampinato, Miriam Maidana, Pablo Scarpaci, Martín Zariello, Lucas Magnin, Ayelén Cisneros, Mauro Valenti, Pablo Gorondi Palkó, Marianela Gómez. Y a los que se suman en esta última entrega: Eduardo Fabregat, Florencia Ruiz, Pablo Schanton y Litto Nebbia.

Estoy realmente contento con el resultado final, que (¡ojo!) no es esto que están leyendo. Aún quedan cosas por saberse de la encuesta, empezando por los votos de cada uno de los participantes -que serán subidos en breve en este espacio-, además de las estadísticas finales, algunas aclaraciones anecdóticas sobre el proceso de votación y la presencia de la encuesta en diversos medios de comunicación. El objetivo, después de tanto trabajo, es llevar todo al papel.
Pero despejemos la incógnita mayor: acá van los diez favoritos.




#10
Pescado Rabioso - Pescado 2
(por Eduardo Fabregat)
Talent Microfón - 1973

La obra de Spinetta está tan llena de obras maestras que a veces se comete la injusticia de pasar por alto al segundo disco de Pescado Rabioso. Y si ya es lugar común señalar eso de que Artaud está firmado por Pescado Rabioso pero en realidad es un disco del Flaco, no es tan común que se apunte que el opus dos de la segunda banda de Luis no se llama Pescado 2 sino Pescado, a secas. Ocurre que el pibe de Bajo Belgrano (tenía 22 añetes cuando consumó esta barbaridad) pensó “dos álbumes independientes, pero unidos”, los numeró 1 y 2, numeró cada canción para que el oyente siguiera el hilo del asunto e incluso abrió el segundo disco con 16” de peteribí para que recordara cómo había terminado el anterior.
Más allá de las pretensiones conceptuales, lo cierto es que Pescado es una obra única de una banda efímera: ya no era el power trío inspirado en Pappo’s Blues y Manal de Desatormentándonos sino un cuarteto con las océanicas profundidades del Hammond de Carlos Cutaia, la garra de David Lebon, el tempo de Black Amaya. Y un Spinetta inspiradísimo, influido por Rimbaud (de allí el díptico de Iniciado del alba e Poseído del alba) pero con su propio vuelo lírico, capaz de perlas como Credulidad, Madre Selva y Cristálida (Aguas claras de Olimpos), ese cierre monumental con una orquesta del Colón que lo quiso cancherear a Cutaia y debió seguir al pie de la letra sus arreglos. Luis también tuvo la generosidad de abrirle juego a Lebon para que grabara el bellísimo Mañana o pasado, mientras asumía sin miedo el rol de guitar hero en tormentas eléctricas como Sombras de la noche negra, el inoxidable blues Como el viento voy a ver o los llameantes nueve minutos cuarenta de ¡Hola, pequeño ser!.
Furia rockera y lirismo delicado; punteos de campeonato y climas de cuelgue; la rabia y la ternura de un pez con hidrofobia que hizo historia, en un disco cuyo vinilo contenía un libro hoy invaluable con textos y dibujos del mismo Luis. El Pescado de Pescado: más que aguas claras, aguas eternas.

#9
Luis Alberto Spinetta - Kamikaze
(por Florencia Ruiz)
Ratón Finta / Interdisc - 1982

Me regalaron Kamikaze mucho tiempo después de querer tenerlo y llegó en un momento muy especial -estaba dejando el CBC para dedicarme a hacer y enseñar el arte de combinar sonidos-.
Posiblemente éste es el álbum que más me ha influenciado, me arriesgo a decir, mientras escribo estas líneas y me recuerdo a la distancia sentada en el piso del  cuarto de la casa familiar mirando por la ventana pasar los coches y escuchando al Luis de los 80s. 15 años más cerca del ahora.
Kamikaze es un hermoso disco, lleno de canciones bellas, amorosas. Un disco que solo L.A.S. puede hacer y que encierra años de trabajo y de luz. Es increíble que lo haya armado con piezas que no habían encontrado lugar en otros álbumes y que aquí parecen haberse hermanado para siempre.
Muchos entienden que no es necesario hablar o darse a conocer como persona, que sólo alcanza con la música. Y creo que Spinetta es fiel reflejo de que actos y palabras también forman parte de la obra artística.
Luis nos cuenta sobre Kamikaze, detalla cómo y por qué lo hizo; quienes son los invitados y que significa para él este nuevo trabajo. Bien sabemos que su manera de hablar o escribir fue su sello.
Recuerdo las primeras veces que lo vi en vivo como si fuera hoy, quedé inmóvil al escucharlo hablar y bromear, sin lugar a dudas estábamos asistiendo a la clase de un gran maestro, el más sabio de todos.
Si bien leí y releí el librito y escuché el CD pasado a casete en mi walkman miles de veces, la portada seguía siendo violeta con letras raras, hasta que una tarde aparece ante todos mis ojos su figura en la tapa, quedé callada y sentí que a partir de ahí podría entender más sobre todas las cosas...
De alguna manera, para mí, música y admiradora, Luis Alberto Spinetta es el viento divino que hace danzar al pasto y a los árboles, a las flores y al mar y a los hombres. Ahora es parte del aire.
Escribir sobre Barro tal vez o Quedándote o yéndote es imposible, tan solo recomiendo escuchar con el alma. Y entrar en su mundo, ese mundo de amor que Luis creó.


#8
Soda Stereo - Canción animal
(por Pablo Schanton)
Sony Music - 1990

Gracias a Canción animal Soda se adelanta al retro, clausurando los ’80 mientras se alza con un clásico. Paradójicamente, lo más ochentoso resulta la canción que pretende testimoniar el presente: 1990 es un pastiche de Smiths/Smithereens.
Pero, ¿retro? El álbum se concibe entre dos climas socioeconómicos diversos, como fueron la hiperinflación y el advenimiento del 1 a 1. Con la primera, se produce un cierre de información sobre lo que pasa “afuera” (chicos, no había Internet), tiempo propicio para mirar hacia “adentro”, como lo demuestran álbumes como Patria o muerte de Don Cornelio y el inédito Nómades de Los Pillos. Es decir, el cierre de fronteras impone el revisionismo del rock nacional de los ’70. Por otra parte, Canción… apareció justo junto con el boom del compact disc y las reediciones. Es tiempo de volver a escuchar lo que el clic modernista de los ’80 había censurado. Ahí vuelven Almendra/ Pescado/ Vox Dei, por un lado; por el otro, Led Zeppelin/ el primer Bowie/ Queen. Cerati capta la prehistoria del grunge al toque: escucha Screaming Trees. ¿Así que Nirvana pudo haber reciclado Kanishka en Very ape? Bueno, De música ligera podría oírse como un antecedente ignorado, intensivo y extrovertido del Seattle AM de Smells like teen spirit. Escúchenlas juntas. Por otro lado, la búsqueda de una raíz pura del rock and roll ante FM/MTV atosigadas de Pop se vuelve diagnóstico del momento, como lo documentan Tin Machine, The Cult, el U2 de Joshua Tree, Jane's Addiction, los mismos Screaming Trees y, sobre todo, Guns N`Roses. En ese caldo rockero se concibe Canción animal.
Entonces, ¿clásico? Liberando sus primeras influencias, Cerati estiliza al máximo -hasta borrar pátinas de vintage, con Daniel Melero en el papel de Eno- lo absorbido de Pescado, Color Humano y Vox Dei, para proponerse como link con la nueva generación de rock argentino de los ’90/’00 que repasa el de los ’70 sin haberlo vivido: Carca, Pez, Los Natas, primero; Mostruo!, el último Aristimuño, Las Diferencias y otros, hoy día. Ricardo Mollo, de su misma generación, se sacude el post punk importado por Luca y, a la altura de La era de la boludez, también reescribe el rock setentista. La clave radica en el vocativo “Nena”.
Si Atila Schwarzman –EL crítico de rock de la era Capusotto- nos lo permite, digamos que Cerati bloggea una terapia de sexo intensiva en la lírica del disco, remitiendo a las mantis religiosas y demás perversiones que el Indio pintó en Gulp!, entonces más viradas a una bohemia de prostitución y vagancia (la que, por 1989/90, es caricaturizada por Los Guarros, olvidable banda de Javier Calamaro a fuerza de fundamentalismo rocker). Aquí más que la Soda Histeria de los juegos de seducción, el programa sexual es ahora Sade Stereo, mutuo canibalismo. Por más priápicos que se impongan los riffs, la vulnerabilidad masculina (“Nunca voy a ser un súperhombre”) está a la orden del día: El “Ay” de Sueles dejarme solo/ el “Ah” de Entre caníbales. Más allá de las citas-tributo más obvias (los powerchords de Sueles dejarme solo en relación a los de Color humano de Almendra; Té para tres en el espejo de Dulce 3 Nocturno/ Credulidad, etc.), lo relevante es la redención de Cerati como guitarrista: el riff de Un millón de años luz. Lo sublime matemático (aquello que no se puede humanamente contar: ¡un millón de años luz!) abunda en un disco que se quiere “grandioso” (“Una eternidad/ esperé”), pero se teje a nivel musical en ese riff-solo que dibuja vías lácteas de electricidad, del que sólo son capaces un Eddie Hazel, un Tom Verlaine, un Jerry García… Eso: sublime.


#7
Fito Páez - El amor después del amor
(por Federico Anzardi y Santiago Segura)
Warner - 1992

El amor es fundamental en la vida de Fito Páez y en el desarrollo de todo el rock local. Es lo que estaba buscando Pappo. El amor lo salvaba a Charly y lo ilusionaba cuando aún era un adolescente inexperto que soñaba con relaciones idílicas que volcaba en las letras de Sui Generis. ¿Acaso no es Compañera la canción más emocionante en la carrera de Ariel Minimal? Yo no sé lo que me pasa cuando estoy con vos, chica rutera, te pido que vuelvas. Hasta Iorio lo afirma: si no hay amor, mejor bajate. En el cierre de Ciudad de pobres corazones, con la muerte ya posada sobre su familia, Fito lo venía pidiendo: "dame tu amor/ sólo tu amor". En Ey! tenía sueños de amor. Sobre el final de Tercer mundo, insistía: "dale alegría a mi corazón/ y ya verás que no necesitaremos nada más". En 1992, el rosarino sabía que si no había amor, mejor que no hubiera nada, entonces, alma mía. ¿No se puede vivir del amor? Quizás, pero nadie puede y nadie debe vivir sin amor. Porque only love can sustain.
El amor después del amor suele ser señalado como el último buen disco de Páez. Aunque la afirmación es refutable instantáneamente -Abre, Naturaleza sangre, e incluso el disco siguiente a El amor…, Circo Beat, son obras excelentes- éste es sin duda el quiebre en la carrera de Fito. No sólo como músico (a un disco de tal impecabilidad no se lo puede discutir mucho) sino como personaje público: él como tipo. Que Fito es un careta que se puso los dientes que se había sacado para zafar de la colimba; que la Roth lo cambió y ahora se hace la permanente y es limpio; que trocó el contestatario de los 80 por un burgués que sólo le canta al amor; que se hace el inteligente poblando sus canciones de intertexto y en el fondo no lo es tanto; que ya cansa siendo el hijito de Charly y el Flaco; que se volvió un tipo insoportable y tirano. Todas estupideces que se dijeron desde entonces y que su persona se encargó, queriendo o no, de alimentar.
Lo maravilloso de El amor después del amor es que está atravesado por casi todo el espectro de la música argentina; no sólo por el mundo que abarcan las canciones, sino por los invitados. De su trío paternal Nebbia-Spinetta-García, a Fito sólo le faltó convidar a Litto. Otros contemporáneos a él como Andrés Calamaro, Celeste Carballo, Fabi Cantilo -“El amor” antes del después- y Cerati (¡sampleado!) también acompañan la gesta. Pero es Mercedes Sosa el certificado de argentinidad total del disco, no sólo porque Detrás del muro de los lamentos constituya el momento telúrico del álbum sino porque el peso de su voz y su figura terminan de darle la chapa al rosarino que había tocado con todos (incluyendo a los rockeros arriba mencionados): que Sosa te acompañara o cantara una canción tuya era el arribo a la legitimidad, una medalla que Fito parecía llevar desde los 17 años, pero que no lo había eximido del fracaso y el exilio artístico (ni hace falta recordar que vivía en España entonces, porque acá no andaba tan bien la mano). Desde aquí sería Fito Páez para siempre, incluso cuando se lo discute.
La figura de Cecilia Roth y las canciones de amor de pareja le dieron históricamente la chapa de cursi a un disco extenso, denso y pesado. Vuelvan a escuchar El amor...: no todo es juntar margaritas del mantel y comprar revistas en el metro, felices, porque no importa un carajo más. La desesperanza de Tráfico por Katmandú y la lascivia de Sasha, Sissi y el círculo de baba (una porno violenta) y la Balada de Donna Helena (para que Pappo no lo joda con que no es rock, Fito se hace de metal) son hachazos dignos de las épocas más oscuras. Tumbas de la gloria es amor y muerte, mirando el mundo propio desde la relación más íntima (el amor que cambia la vida) pero con un ojo en la vida descontrolada de los astros del rock and roll (¡no me dejes caer!). Decir que es una de las diez canciones más certeras de los ’90 sigue siendo poco.
Y qué va, que cuando todo es complaciente, perfecto, lindo y obvio no deja de ser emotivo en las grandes canciones de amor. Un vestido y un amor es la más conocida pero Pétalo de sal es la perla: Fito invita a Spinetta a cantar la que sería una de sus mejores canciones. Digo, si fuera de Spinetta.
En Brillante sobre el mic, Fito dice “hay cosas que no voy a olvidar: la noche que dejaste de actuar/ sólo para darme amor/ para darme amor/ para darme amor”. Cecilia puso en pausa su vocación, Páez nota el gesto y lo agradece. Ese fragmento es tan fuerte como el suicidio del personaje de Viernes 3 AM. Fito remarca la entrega de la Roth la misma cantidad de veces como se dispara el protagonista de la historia de Seru Giran. El amor igualando a la muerte.
Al final del disco, el autor disfruta de ese amor. En A rodar la vida, canta: "Quiero salir, quiero vivir, quiero dejar una suerte de señal (…) Siento que me amas". ¿Qué más querés?


#6
Charly García - Piano Bar
(por Pablo Schanton)
SG Discos - 1984

#El país y yo/ Un tipo encerrado en su casa durante la guerra. La escena fundacional (82) en la carrera solista de Charly García recrudece en Piano Bar (84), y eso que se acabó la guerra. Se acabó la Dictadura. La Democracia se ha puesto a hacer promesas sobre el bidet.
Pero aquel refugiado sigue cantando “Me siento solo y confundido a la vez”. ¿Por qué no es capaz de abrazar y abrasar la esperanza política, como otros rockeros que aportan el necesario “poptimismo” a la coyuntura, a bordo de sus Tirá para arriba, Hay que salir del agujero interior o No se desesperen?
Atención al “De acuerdo” de Promesas sobre el bidet: un grito que tropieza con una síncopa. Si todo el disco pudiera sintetizarse a nivel letra/música no deberíamos soslayar ese momento. “¿¿¿¿¡¡¡¡¡De acuerdo!!!!!????”, aúlla Charly en el cenit del desesperado cuestionamiento del álbum. Ahí la canción parece desorquestarse, desconcertarse, deshacerse. Ahora bien, ¿no era que Promesas… era simplemente una canción sobre la crisis que atravesaba la relación del músico con su novia?
Un error académico leer a García por “alegoría”; horror de periodismo cholulo justificar la obra a través de su vida. Su retórica confía en la ambivalencia. Volvamos al tipo encerrado durante la guerra: ahora la dialéctica entre lo personal y lo social, lo autobiográfico y lo Histórico, enfoca a Charly aterrizando en la enunciación pura: “Cerca de la revolución/ YO ESTOY cantando esta canción”. Si Promesas… es una canción pesimista de desamor con resonancias sociales, Cerca de la revolución podría ser justamente lo inverso. El pacto de lectura de Piano Bar habilita que un amor buscando su fe y su “armonía” (su acorde, en términos musicales) funcione como metonimia de todo un pueblo que tiene que ponerse de acuerdo. Y que también funcione al revés. Por eso, lo del trip en el bocho también nos pega como cuestionamiento radical (de raíz) de la democracia. Con lucidez visionaria, Charly berrea una moraleja sincopada (total interferencia) en tiempos de concordia nacional: “Difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo”. De ahí la vigencia del disco 30 años después...
#Ánimo En 1985, Fito Páez sintetizó en su Cable a tierra la fraseología de autoayuda para superar bajones (tóxicoemocionales) que Charly había repartido en dos grandes canciones, No te dejes desanimar (77) y No te animás a despegar (84). En su último concierto en el Colón, García acercó esas dos mitades -la del consejo contracultural para años de plomo (“No te dejes matar”) y la de la súplica que cuestiona resacas en tiempos de destape y excesos-, unidas ambas por el concepto “ánimo”. La de Piano Bar nunca ha dejado de dolerme como la primera vez, sobre tempo de Portishead y secuencia armónica de Radiohead. La escuché mucho en los ’90. Tardé en aceptar los solos. Seguramente, Charly se sentía autorizado por el Prince de Purple rain para dejarlo tan suelto a Pablo Guyot... Entonces, ambas canciones intentan evitar el suicidio que en Viernes 3 AM o Iba acabándose el vino parece inevitable. Esta vez, el Charly enfermero (el que elige ayudar a curar en vez de volar por volar, criticar por criticar, o prescribir como un doctor), vuelve a estar listo para tratar “calambres en el alma”. Quiere animarse y animarnos. Para lograrlo, elige una segunda persona ambivalente: ese “vos” podría estar desdoblando la voz cantante en otra voz interior reflexiva, pero al mismo tiempo, cualquiera al oír podría identificarse con ese vos y esa voz. Efectivamente, Charly les da su vos a los que no tienen voz. Y así es como su voz es la de todos.
#¡Adelante! Definirse como “de izquierda” o ir a bailar eran dos cosas que nuestra cultura rock aún no tenía habilitado del todo. Pero Charly corea en 1984: “Cambias hacia la izquierda: ¡Adelante!” y “Vamo´ a baila’” (lunfardazo del Let's dance de Bowie). Su imagen de tío permisivo empieza aquí… García podía demoler hoteles, masterizar en New York y venderse a Fiorucci porque quería ubicarse con el cetro en el centro del rock argentino, que comenzaba a armar su propio gran mercado. Para el cual, ya había un nuevo público (“los pibes”, “los chicos”, “las chicas” canta Charly), cuya infancia transcurrió en la Dictadura. Para este público, la democracia, el rock y la discoteca iban todos de la mano: para otros más extremos, la cuestión era ser psicobolche o ser un moderno. Entonces, Charly amaba a los jóvenes, a las discos, a New York y a Prince. Mientras tanto, la Argentina revolvía los intestinos de la Dictadura a puro retro. La libertad de Charly consistía en recordar el modus operandi del rock argentino: no estar del todo acá, sin poder dejar de ser argentino. El karma de vivir al sur, bah. Recurre a Gardel para justificarse. ¿Vieron?: El zorzal criollo también se iba a New York.
# GIT/Fito Este álbum exhibe las paradojas que cimentaban el background bicolor, ya con historia propia más flamantes importaciones: por un lado, versos o estribillos escupidos a guitarrazos y redoblantes; por el otro, el lirismo pianístico de riffs (Fito pasa el examen durante el magistral fileteo de teclas en Piano Bar, el tema), puentes e interludios (su escuela Chopin/Elton/Tony Banks/Steely). Aquí ya es perfecto el balance compositivo entre rock y pop, guitarra y piano, ritmo y melodía, GIT y Fito (ambos conformaban la Banda García en 1984). Geometría y caligrafía. Tal vez, se deba a la buscada naturalidad de jam con que el ensamble resuelve esa dialéctica Modernidad Internacional/ Tradición Nacional que tanto se tensaba en Clics modernos.
Entonces, ¿su último gran disco?
#Ultimo gran disco “Nadie podrá contar esto otra vez”. Ni nadie podrá cantarlo igual. Ni siquiera Charly, quien entonando “Ya no sé bien qué decir/ Ya no sé más qué hacer” anuncia un futuro no exento de afasias, fórmulas, redundancias... y demasiado ego.


#5
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota - Oktubre
(por Juan Manuel Pairone)
Wormo - 1986

Si bien muchos asocian a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con algunas de las expresiones más conservadoras del rock local (de Los Piojos a La Renga, pasando por la casi totalidad del subgénero chabón), Oktubre -literalmente, el disco más emblemático de la banda más emblemática- encuentra su lugar específico en el contexto de su aparición, al filo de la llamada primavera alfonsinista y en medio de una ola de artistas que protagonizaron una importante ruptura estética con lo que hasta entonces era considerada la tradición rockera argentina. Sumo, Virus, Soda Stereo, Los Encargados, Don Cornelio y la Zona y hasta los propios Violadores resuenan en las paredes edificadas en Oktubre. Y no es casualidad, estamos ante uno de los álbumes más contundentes de la década del ’80 y parte de eso tiene que ver con los aires de renovación que emanan de esas canciones tan oscuras como icónicas.
En ese sentido, escuchar Oktubre más allá de las referencias de siempre es, también, resignificar y poner en escena las influencias de la new wave y el post-punk que fertilizaron el panorama musical argentino a finales de la última dictadura militar. La participación del propio Daniel Melero en teclados, las guitarras contemporáneas a Johnny Marr y la sensación general de opresión que sobrevuela el álbum son ejemplos concretos de ese espíritu contestatario y renovador que caracteriza no sólo a este disco, sino a toda una época. Sin embargo, la magia de Oktubre va más allá. Podemos buscar asociaciones varias y referencias concretas no solo a los años más oscuros e intrigantes de la música pop sino también a una serie de yeites rockeros ineludibles; no obstante, el segundo disco de los Redondos sostiene su esplendor en una personalidad avasallante, seductora y definitivamente propia.
Motorpsico, por caso, es una de esas canciones imposibles de ser replicadas, con una atmósfera y una construcción sonora que la convierte en el pilar fundamental del álbum. Pero ahí están también el filo cuadrado de Preso en mi ciudad, Música para pastillas y Semen-up; la angulosidad oriental de Canción para naufragios; el espíritu sitcom de Ya nadie va a escuchar tu remera; y, sí, lo que todos bien sabemos de Jijiji. Entonces, la conclusión aparece casi por sí sola: Oktubre es, en el mejor de los sentidos, una colección de canciones para todos los gustos. Con un sonido áspero y crudo y con un halo conceptual imposible de hacer a un lado, pero con momentos disímiles entre sí que explotan sucesivamente como si fueran la reencarnación musical de las bombas que resuenan en la premonitoria Fuegos de octubre.
Y es por todo esto que una injusticia tremenda debe ser denunciada. Oktubre será siempre recordado por su estética bolchevique y su contenido lírico tan encriptado como embanderable. Pero lo cierto es que, más allá del sentido político del gesto artístico -retomar la Revolución Rusa en plena crisis del modelo soviético y con la todavía débil democracia argentina como telón de fondo- y de la presencia indeleble del arte de Rocambole en el espacio público, Oktubre es un álbum definitivo del rock local porque es el producto de un cancionero que parece simple y arrollador pero se anima a ser todoterreno. Porque muestra la versatilidad de una banda supuestamente pasiva pero sumergida en un modernismo atrapante. Y porque, en definitiva, tiene una huella de época innegable y por demás atractiva, pero, con casi tres décadas de vida, sigue sonando fresco, urgente y provocador. Como si se hubiera propuesto viajar al futuro en la línea del tiempo de la música popular argentina.


#4
Manal - Manal
(por Oscar Cuervo)
Mandioca - 1970

"Si consiguen el primer disco de Manal, recomiendo escuchen esos blues. No se volvió a hacer algo igual" dijo el Indio Solari a su público en 2010, y esa vez tuvo razón.
Son contados los casos en que una obra funda un género y a la vez encarna su culminación. Esto pasa con Manal (1970) el disco debut de Manal. Hay que poner el vinilo en la bandeja como si se escuchara por primera vez, hay que olvidarse de todo lo que vino después, o hay que hacer todo lo contrario: situarse en el contexto de mediados de 1969 (¡Onganía!), en Buenos Aires, Argentina, cuando todo era nada y era nada el principio. Y entonces escuchar cómo Manal, pista tras pista, se va adueñando del universo con una determinación inaudita.
“La tierra que te da la vida/ da un tiempo para decidir/ eligiendo inteligentemente/ todo el mundo podrá ser feliz/ Jugo de tomate frío/ jugo de tomate frío/ en las venas deberás tener”.
Parece que está todo dicho (pero habrá mucho más). Un manifiesto ideológico que quedará marcado a fuego en el espíritu de la modernidad porteña. Después de un riff de blues sobrio y conciso, la voz de Javier Martínez hace la diferencia. No solo porque es demasiado cruda en relación con lo que se había escuchado en discos argentinos (como si las grabaciones fonográficas hubieran tenido hasta entonces personajes de ficción y Manal, por primera vez, hiciera aparecer una voz documental), sino por su dicción, insólitamente argentina para apropiarse del blues en un mestizaje perfecto. Se suele decir que Manal era la adaptación del sonido de la banda inglesa Cream al rock nacional. Es una manera muy burda de entender la sofisticada operación cultural que Martínez, Gabis y Medina estaban concretando. Veamos: de pronto las calles de Buenos Aires vuelven a tener una música en sintonía con el presente, cosa que no sucedía desde la época de oro del tango. Javier canta como se habla acá en 1969, sin ningún amago de ablandar la lengua. Y sin tratar de acercarla a una sonoridad anglo, pronuncia cada vocal y cada consonante con la rudeza oral del porteño. Los acentos de cada verso están puestos donde corresponde, sin deformar. Es necesario remarcarlo, porque este rigor poético/lingüístico no se mantuvo. ¡Rock en castellano, señores! (un desafío a dos puntas: a la pacatería chauvinista de los tangueros y a la incredulidad de los que están convencidos de que el rock sólo se canta en inglés).
La franqueza declarada en las palabras se sostiene en el sonido. Los arreglos son depurados, como si estos muchachos estuvieran de vuelta del virtuosismo y la estridencia y quisieran despojarse de las vanidades (cuando en realidad estaban fundándolo todo). La producción artística es milagrosa: la voz de Javier en primer plano, dándole un peso inusual a la enunciación, y el trío instrumental un poco detrás, el pulso firme de la batería, el bajo robusto, serio, una guitarra ligeramente jazzeada, con una naturalidad que el jazz rock, años después, ya no podría recrear. Son demasiadas ideas demasiado bien plasmadas. El arte de tapa (la bomba a punto de estallar con la cara de los tres adentro, las letras rojas sobre fondo amarillo) indican el grado de autoconciencia de lo que se traían entre manos.
Segunda pista: Porque hoy nací -una cumbre del rock, de cualquier parte que ustedes quieran-, viene a ser la contracara del manifiesto social de Jugo de tomate frío: lo existencial es político y lo político es existencial. Habla un hombre herido y no un predicador ni un candidato trotskista: “Porque hoy nací…/ hoy nací. / Hoy, recién hoy/ el sol me quemó/ y el viento de los vivos me despertó”. La voz cavernosa de Martínez adquiere una profundidad inusitada, las palabras se estiran y parecen querer tragarse a la ciudad entera. La intimidad lograda entre la voz y el órgano blusero es tan perfecta que asusta. Hay que saber, además, que la versión que quedó registrada en el vinilo es un demo y que el demo es la canción como ya no podría mejorarse.
Y así, pista tras pista, la música de Manal va derramándose por la ciudad como una mancha de petróleo: Avenida Rivadavia, Todo el día me pregunto; por los suburbios: Avellaneda blues, Una casa con diez pinos (“hacia el sur hay un lugar, ahora mismo voy allá”)… para terminar con Informe de un día.
Un clásico es una obra cuya inexistencia nos parece inconcebible: no imaginamos que el mundo pueda existir sin él, quizás porque las condiciones de nuestra sensibilidad lo suponen. Todos fuimos hechos por este disco. Pero un día antes de que se diera a luz, nada podía anticiparlo.


#3
Charly García - Clics modernos
(por Martín Zariello)
SG Discos - 1983

Para cranear Clics modernos, Charly García reemplazó las calles desiertas de Buenos Aires, todavía deprimidas por el nocaut cultural de la dictadura, por las avenidas neoyorquinas, donde predominaba el agite new wave de principios de los '80. Con la humildad de un principiante y la inteligencia de un iluminado, asimiló los sonidos en boga de las nuevas bandas y flasheó con el caleidoscopio artístico de una época de oro. Si Yendo de la cama al living significó un corte con respecto a Seru Giran, Clics modernos hace del corte una herida irreversible que atraviesa toda la obra de García y formatea el concepto de rock argentino para siempre. Todas las corrientes del rock argentino de los 80 están, por adhesión u oposición, relacionadas con Charly. Incluso uno de los gestos fundacionales de los Redondos es negarse a ser producidos por Él, estableciendo de ese modo una perspectiva distinta ante el ambiente del rock local. El traslado a Nueva York funciona como el viaje a Europa de los intelectuales latinoamericanos del siglo XIX y XX. Es decir, un viaje en busca de experiencia, de nuevos horizontes estéticos y de distancia con respecto al país para poder entenderlo mejor. Clics modernos, el disco neoyorquino planeado junto a Joe Blaney, está plagado de reflexiones sobre qué significa vivir en Argentina. En el aspecto iconográfico, Charly quema su carnet de hippie y se corta el pelo setentoso que le llegaba hasta los hombros. Guarda en el estante más alto del ropero las camisas y los jardineros serugiranescos y descubre los inefables sacos con hombreras. Escapa definitivamente de la tumba sinfónica, el ensamble de sintetizadores, y empieza a bailar como un desquiciado.
El disco combina hábilmente la simplicidad de un iconoclasta maravilloso (las bases preseteadas de los teclados) y las técnicas de ingeniería musical que dominarían el resto de la década. Los históricos samples de James Brown (Hot pants, Get on the good foot y Super bad) en No me dejan salir, con el tiempo, se convirtieron en moneda corriente de los temas de, entre otros, Cypress Hill, De la Soul y Public Enemy. Las letras de Clics modernos captan ese instante lírico en el que tras un tema de amor se esconde una declaración política (Los dinosaurios, Plateado sobre plateado). Ojos de videotape es un cóctel de melodía sensible para piano y programaciones anti-clímax. No soy un extraño, paseo reflexivo de rocker maduro, explora las posibilidades sonoras del tango del futuro. El estado de gracia de Charly se adivina hasta en el título del disco. Pensaba llamarlo Nuevos trapos, pero es fotografiado sobre un paredón con un grafiti que dice "Modern Clix": automáticamente argentiniza el nombre y lo transforma en Clics modernos. Ésa apropiación de lo segregado por la alta cultura (el nombre de una bandita menor de postpunk) no sólo habla del modo de hacer música de Charly García, sino también de cómo concibieron sus obras maestras los grandes artistas de este país. No sé en qué puesto estará Clics modernos, pero de algo estoy seguro: es el mejor disco de la historia del rock argentino.


#2
Almendra - Almendra
(por Litto Nebbia)
RCA - 1969

A partir del éxito internacional de Los Gatos con  La balsa y Ayer nomás (junio 1967) , fue que se comenzó a tener en cuenta el formato de Música Joven en nuestro país. Me refiero claro, a la Música Joven escrita en nuestro idioma y con raíces que de alguna manera tuvieran que ver con nuestra idiosincrasia. Fue en 1969 que comenzó a conformarse un panorama de Rock Argentino, con mayor solidez. Indudablemente con la aparición del primer disco de Almendra y también el de Manal.
Estos tres grupos, con estilos bien distintos en su composición y también en el registro vocal de sus cantantes, abrieron el abanico que luego continuó hasta nuestros días.
Lógicamente yo conocía a los muchachos de Almendra desde su inicio. No solo mucha veces compartimos recitales de los primeros intentos que se hacían en esos tiempos, sino que además nos frecuentábamos a tocar y oír música en nuestras casas. Mucho con Spinetta y con Edelmiro Molinari en los primeros tiempos.
Antes que apareciera su primer álbum, Almendra había registrado algunos discos 33 simples, con bellas canciones, pero este primer Long Play fue realmente la concreción definitiva de su estilo. Es un álbum rico por donde se lo mire, con grandes canciones, buenos textos y muy bien arreglado.                      
Una síntesis del primer momento de la agrupación, con una selección de las más hermosas canciones que disponían de un abultado repertorio que estaba aguardando con el sueño normal de cualquier banda.
Llegar a grabar un disco. Si bien el disco tiene gran cantidad de canciones de Spinetta, la excelencia del trabajo es producto de la noble química grupal que tenían en esos momentos.
Todo el proyecto Almendra, eran “otra gente” para el panorama de esa época.
Eran distintos pero dentro de una estética natural que les pertenecía.
Nótese que los aportes vocales de Emilio del Guercio y también los compositivos, estaban muy emparejados con los de Luis. En calidad y estilística.
Las maneras de integrar la percusión y la labor guitarrística de Rodolfo Garcia y Edelmiro Molinari, siempre estaban atentas a despegarse de cualquier formato roquero ya establecido.
Hasta la portada del disco es una raritie para ese tiempo. Creo que es un producto super “argentino”, lleno de calidad y originalidad.
De aquí su trascendencia y esta maravillosa posibilidad de seguir “creciendo” a través del tiempo. En lo personal, quizá el tema que más me gusta es A estos hombres tristes, sin que esta elección opaque a ninguna de las otras bellas canciones que lo integran.


#1
Pescado Rabioso - Artaud
(por José Miccio)
Talent Microfón - 1973

Cuando alguien quiere dejar en claro que hubo un tiempo en que las cosas fueron divinas recurre indefectiblemente a Spinetta y dice: –Antes el rock te llevaba a Artaud, ahora no te lleva más lejos que a una Quilmes. El dictamen es falso pero también algo peor: es embrutecedor y mezquino; expresa una nostalgia de púlpito y condena a una obra de arte descomunal al amargo papel de certificadora del desastre. Así, Artaud ya no estaría entre nosotros para hacer lo que hizo desde que apareció en 1973 -volar cabezas, conmover, desarreglar percepciones- sino para echarle en cara al presente un modo de existir que no tiene el brillo de un pasado presuntamente heroico, modelo estable de cualquier arte y experiencia. Sólo hay una cosa peor que los que andan por ahí contentos con el mundo y consigo mismos, en estado de cumple eterno: los viejos chotos.
Artaud escribió sobre ellos, es decir, sobre las fuerzas que pugnan por la claudicación del espíritu: la sociedad, la medicina, las escuelas artísticas. Spinetta hizo lo mismo en su manifiesto Rock: música dura, la suicidada por la sociedad, en el que denunciaba el negocio y la profesionalización de la música. Pero la semejanza entre los dos concluye ahí, en la energía del manifiesto y en la afirmación de una libertad interior inapelable. El resto es drama y diferencia. Spinetta lee a Artaud de manera torcida, sin buscar apoyo en la filosofía o la historia del arte. Dicho con menos palabras: Spinetta lee. Lo que toma de Artaud vuelve en sus canciones intervenido y poseso, completamente emancipado de sus fuentes. Los textos de Heliógabalo que inspiran tal imagen de Cantata o las palabras de Van Gogh que coinciden con estas de La sed verdadera o esas otras de A Starosta nada dicen de la grandeza del disco, y menos aún de su sentido. Spinetta no ilustra a Artaud. El disco invoca en el título, en las fotos de tapa y contratapa, en la cita que explica la razón de los colores y en decenas de elementos repartidos en las canciones a un escritor que le da impulso e intensidad poética pero no una fe a expresar y seguir.
Artaud pone en escena la disputa entre la desesperación del escritor francés y la terquedad anímica del rock. O lo que es lo mismo: entre la locura y el amor. O mejor: entre Artaud y Lennon, como el mismo Spinetta dijo una vez y todos repetimos (sensatamente) a partir de entonces. Cantata de puentes amarillos es el acto mayor del drama. Dos imágenes aparecen enfrentadas al comienzo: el camino, que abre el mundo a la experiencia, y la sangre, que confunde e idiotiza. En su desarrollo modular y tortuoso la canción asocia a cada una de estas imágenes otros elementos (el pájaro y la jaula, el alma y el encierro, el puente y el carrusel), siempre en situación de forcejeo, hasta que al final la borrasca cesa y el amor impone su dominio. Lo que pasa en Cantata pasa en las otras canciones o entre ellas. Es como si Artaud pusiera a Spinetta ante el abismo y Spinetta sacara del vértigo que lo sacude una obra sublime como respuesta al sobresalto que le produce leer. Hay discos en los que ciertos estados de ánimo parecen dar con sus notas esenciales, de manera que lo que le sucede a su autor no es distinto de lo que les sucede a todos los que atraviesan una situación del mismo nombre. Blood on the tracks no trata del divorcio de Dylan sino de todos los divorcios. El amor después del amor no dice sobre Páez más que lo que dice sobre todos los enamorados. Artaud es el disco de la conmoción de la lectura.
Entonces, Artaud nace de un mar bravío, como su expresión y su exorcismo. No solo incluye y contesta a un escritor del carajo, a cuyos libros hay que sobrevivir, sino también a una situación política convulsionada y a una historia del rock en Argentina breve e intensa: Rock: música dura está cocinado en la misma retórica de la violencia justa que sus palabras rechazan; Cantata declara el fracaso o la debilidad de una música que tiene su máximo triunfo en el disco que la cuestiona. Siempre hay dos figuras en Artaud, porque el Flaco lo compuso guiado por una idea del arte como riesgo y sostén. Hizo las cosas a su manera -mejor dicho, absolutamente a su manera, porque la historia del universo no tiene elementos suficientes como para decir: con esto sustituyo a Spinetta, con esto otro consigo Artaud- y dejó para que nuestra vida fuera más intensa nueve canciones más ricas que todos los tesoros de Constantinopla.
Todo el que ama Artaud tiene además de una impresión de su totalidad -las canciones, la tapa geométricamente irregular, los músicos, los instrumentos, la forma de grabación- unos instantes-Artaud preferidos, unas grageas no sometidas al conjunto que funcionan como tesoros de la escucha íntima. He aquí una lista más. La voz tarareante de Cantata y Superchería, el caminó de Bajan, la secuencia Luna loba dedo cal de Por, los pares Oye dime y ahora algo de Cementerio Club, el llanto de Starosta inmediatamente después del She loves you beatle, la enorme cantidad de figuras que el disco obsequia a la guitarra de aire, y por supuesto todas esas frases completamente musicales, misteriosas y voladas que nos hacen temblar de pura emoción estética desde hace cuarenta años y ofrecen complemento y resistencia a la comunicabilidad maniática de la consigna, tan presente en Artaud, cuyo lenguaje poético no deja nada de lado y va de la pintada Mañana es mejor a la sonoridad plena del daiadón daiadón de Superchería, o de los consejos de Todas las hojas son del viento al inventario léxico de Por.
Dos de esas frases que la voz de Spinetta -un cantante genial- convierte en aerolitos, ambas de Las habladurías del mundo, ambas doblando la melodía de guitarra: "Mientras oigo trinos voces oigo más" y la maravillosa "Ni-í ni-í la anaconda es como el buey". ¿Otras? En A Starosta, "Ya coman en la eternidad"; en Cementerio Club todas, pero sobre todo "Sólo sé que no soy yo a quien duerme"; en La sed verdadera, "Por tu living o fuera de allí no estás". Artaud nos sacude con palabras como para tatuarse el alma pero obtiene su mayor fortaleza de una música y una lengua capaces de convertir todo lo que tocan en algo único y reciente; los mensajes -no te apures, tenés que parar, cuida bien al niño y demás recomendaciones anti-reviente- son a la larga menos decisivos que estas otras frases, hermosas y resbaladizas, que se sitúan más cerca del lalalá que del sentido.
Dicen que el mundo no perdona la grandeza. Pero que la destruya mal amándola resulta especialmente escalofriante. Una suerte macabra y unos corazones mezquinos convirtieron a Artaud -el disco infinito, la épica rocker de Eros- en el muro de los lamentos del rock argentino. Hay quienes solo pueden escuchar en Artaud eso que ya no es posible. Quienes prefieren seguir entregándose a su hechizo saben que hay discos que no se sujetan a la común medida del tiempo, y que lo increíble de Artaud no es que hoy sea inviable sino que en algún momento tanta belleza haya podido venir al mundo, y que continúe todavía haciendo su trabajo en las habitaciones jóvenes, convertida ahora en bites y mp3. Artaud no pertenece a 1973 más que lo que pertenece a este preciso instante. A ver si entienden los viejos chotos: Artaud es aún.

lunes, 3 de febrero de 2014

109 Discos del Rock Argentino: #25 a #11

¿Qué puedo decir? No mucho más que lo obvio: ya estamos cerca de los resultados finales. Muy.
Mejor lean ustedes... Les dejo las entregas previas para que tengan el panorama completo antes de la última vuelta, con los diez discos más votados.

Salud.



#25
Sumo - Llegando los monos
(por José Miccio)
CBS - 1986

A pesar de su impulso renovador -o tal vez debido a ello- los años 80 se prestan con entusiasmo a las analogías. Virus tiene en la segunda etapa del rock en Argentina la misma importancia que tuvieron Los Gatos en sus comienzos. Richard Coleman es al sistema de la guitarra antivirtuosa lo que Edelmiro Molinari al de la guitarra desatada. El Einstein es La Cueva after. En este juego entre pioneros y refundadores a Sumo le toca siempre el lugar de Manal. Por barrio, talento y bravura. Pero lo cierto es que Luca y sus muchachos bien podrían pedir un dibujo de payaso, meterle unos alfileres de gancho y decir: -No, no, nosotros queremos ser Almendra.
¿Y por qué no?
Llegando los monos es un disco tan abierto y tan genial como el del payaso con lágrima y sopapa. Es cierto que la riqueza que hay en él existía ya en Divididos por la felicidad y Corpiños en la madrugada. Pero también es cierto que esta vez todo brilla un poco más, como si además de por seis tipos en la cima de sus capacidades el disco estuviera tocado por la gracia o un buen augurio astrológico. El ojo blindado es la energía de tres acordes. Rollando y No good los mejores reggaes jamás grabados en Argentina. La excepcional Estallando desde el océano el punto de encuentro entre pospunk y psicodelia. Heroína y Los viejos vinagres los extremos de un continuo que hace coincidir en su despliegue angustia y baile, estrofa radial y ruido, habitación cerrada y discoteca.
Luca canta en inglés y en un castellano con erres de Italia, pero la manera en que aprovecha su condición de hablante raro genera la impresión de estar frente a un cocoliche anglo absolutamente musical, arrojado en su inflexión argentina hacia el absurdo y los juegos sonoros. Rimas de nenes, diminutivos bien o mal dichos, una memorable pareja fónica (nextweek-Nesquik), Wellapon, Chivilcoy, Yaciretá. Luca-Dadá, sin dudas. O mejor: Luca-Jarry. ¿Qué es Llegando los monos? El disco de los temas que canta Ubú mientras se sueña tano, pelado y heroinómano en pleno culo del mundo.


#24
Seru Giran - Grasa de las capitales
(por Oscar Cuervo)
Sazam Records - 1979

Después del intermezzo lírico de Seru Giran (1978, disco debut de la banda homónima), incomprendido en su momento pero con canciones que a la larga tendrían altura de clásicos, García, Aznar, Lebón y Moro trabajaron con humildad para mostrar que su encuentro estaba a la altura de sus antecedentes. Hubo un tiempo en que Seru tocaba en un sótano chico de Florida… ¡y las entradas no se agotaban! Fue la presentación de Grasa de las capitales. Estos nenes ya sonaban en vivo como uno puede imaginarlo hoy y el público los aceptaba con cautela. Sucede que la vuelta de Buzios, para la presentación del primer disco, en un clima cargado de persecuta (¡1978!), los puso en un lugar incómodo de “supergrupo veleidoso” que les ganó rechiflas y desconfiaza (la tapa de Grasa... da cuenta de la hostilidad que recibían de la prensa y el público). Con Grasa… los cuatro grandes mostros se bancaron ser la-banda-urbana-que-se-hace-de-abajo. Y sus alegatos fueron irrebatibles: un ensamble que llega al ajuste perfecto (cuatro virtuosos en su mejor momento) más un puñado de canciones que 25 años después parece casi inverosímil que hayan formado parte de una misma cosecha.
Pero la clave que hizo que todos se fueran rindiendo a sus pies es su singular concepto artístico: una obra urbana, nocturna, mordaz y realista, con un sonido que conjuga tango, soul, candombe y rock porteño con pasmosa naturalidad y unas letras que hablan del clima social del '79 sin rebusques. Desde el comienzo en que Charly retoma su Tango en segunda pero sube dos cambios, hasta esa joya casi olvidada que es Los sobrevivientes, pasando por el díptico de la desolación Noche de perros / Viernes 3 AM, Seru postula la tesis de un tango postpiazzoleano, para el cual el bajo pastoso de Pedro se bandoneoniza.
Grasa… marca además dos hitos: el gran debut compositivo de Aznar en Paranoia y soledad y -quizás- el más logrado disco de Charly en colaboración con otros compositores.


#23
Moris - Treinta minutos de vida
(por Martín Zariello)
Mandioca - 1970

Luego de un par de audiciones, Treinta minutos de vida se nos presenta como uno de esos discos en los que el artista, claramente, ha sido bendecido por una profunda inspiración que cambia de lugar las coordenadas esenciales de su obra. La clave por la cual Moris es un gran compositor se encuentra en el espacio ambivalente que hay entre la aspereza de su voz y la sensibilidad de sus letras. Esa contradicción entre fondo y forma genera las condiciones necesarias para que surjan canciones tan imprevisibles como ancestrales. Su imaginario poético propone que Bob Dylan cante en el Tortoni. Caben tanto la evocación a la vieja (En una tarde de sol), la nostalgia con crítica social (Ayer nomás) y el techo de resonancias existencialistas de la inolvidable De nada sirve. La música es un folk primal con espíritu tanguero. El oso es una tierna fábula sobre la libertad que se convirtió en un clásico. Escúchame entre el ruido es, directamente, la libertad: un texto complejo sobre la sexualidad, el amor y la vida. Pato trabaja en una carnicería representa el temprano the dream is over de la cultura rock local.
Las canciones son empáticas porque expresan qué sucede cuando el background familiar de categorías inmutables (Dios, el País, la Escuela, la Masculinidad) deja de existir. Moris armó el disco rígido de los mejores solistas del rock argentino y nos señaló algo crucial: somos algo más que un sexo y nuestra cédula de identidad.  


#22
Soda Stereo - Dynamo
(por Joaquín Vismara)
Sony Music - 1992

Puede sonar obvio, pero por las dudas viene bien aclararlo: un disco es mucho más que las canciones que lo integran. En algunos casos, se los debe entender por su contexto, y también por su riesgo. La cronología ubica a Dynamo como el sucesor de Canción animal en la discografía de Soda Stereo, pero también como el tercer trabajo en el que participaron en conjunto Gustavo Cerati y Daniel Melero después de trabajar a cuatro manos en Colores santos. Puestos uno al lado del otro, los tres álbumes grafican el camino de una banda (sobre todo de su líder) en el peregrinaje desde lo seguro a la búsqueda de nuevos horizontes.
Dynamo es el retrato de una banda mainstream (quizás la mayor de todas) en estado de experimentación. El éxito y la difusión acumulados en seis años fueron tan grandes, que la idea de destruir todo lo acumulado, o al menos revertirlo, se impone como un paso natural en la secuencia de acciones. Lejos de ser un disco complaciente, obligó al público de Soda Stereo a replantearse las cosas, sin estribillos gancheros a la vista ni melodías de adhesión instantánea. Es un álbum que está en sintonía con la época, pero no desde el centro, sino desde los márgenes de la vanguardia.
Soda Stereo siempre absorbió influencias y sonidos de afuera, pero esta vez las referencias eran menos amables. Con el radar puesto en Inglaterra, Cerati canalizó las texturas acuáticas de las guitarras de My Bloody Valentine, Ride y Slowdive; y también la amalgama de la electrónica aplicada al rock de Primal Scream. La voz pierde su papel protagónico para convertirse, al menos en momentos, en un instrumento más que ya no narra historias, sino que evoca imágenes abstractas. Dynamo falló comercialmente, pero su valor radica no sólo en el gesto del volantazo radical, sino también en cómo hizo posible que el público y los medios percibieran a un puñado de grupos (Juana La Loca, Babasonicos, Martes Menta, Tía Newton) que hacía rato estaba en esta misma sintonía, pero que pudo asomar la cabeza recién cuando Cerati, Bosio y Alberti los tomó de la mano.


#21
Vox Dei - La Biblia según Vox Dei
(por Ayelén Cisneros)
Disc Jockey - 1971

“Hombre que te miras en las aguas para ver quien sos / Mírame si quieres verte porque imagen mía sos / Ya lo hiciste: vive sólo hoy”.
¿Cómo pertenecer al rock, movimiento que se autodenomina “en contra del sistema”, y escribir acerca de Dios?
A principios de los setenta, el credo católico -que tenía una gran relevancia a nivel social y geopolítico- en su versión argentina se reinventaba a través del Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo. Éste era un grupo que combinaba marxismo, peronismo “de izquierda” (¿existe el peronismo de izquierda?) y el trabajo social en barrios populares. A nivel latinoamericano, la renovación católica estaba representada por la corriente de la Teología de la Liberación que predicó la opción por los pobres y la lucha contra la dominación imperialista.
En este contexto, un grupo de jóvenes no veía ni ridículo ni anticuado crear un disco conceptual que se inspirara en las Sagradas Escrituras. Podía considerarse provocador para el mundo rocker, pero fue en consonancia con los tiempos vividos.  De esta manera, el constant concept tuvo su primer representante en la Argentina en este disco doble de Vox Dei.
La Biblia fue el segundo álbum de la banda de Ricardo Soulé, Willy Quiroga, Juan Carlos Godoy y Rubén Basoalto y es considerado su disco más significativo. El resultado es una ópera rock existencialista y con un profundo sentimiento humanista y pacifista. La fe en el hombre no estaba perdida.
El álbum sigue el orden de la creación y la correlación de los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Desde la creación hasta el apocalipsis. Probablemente uno de sus mayores méritos sea el no haber caído en una versión caricaturesca de la religión ni en versiones grandilocuentes y épicas.
Quizás Libros sapienciales represente el espíritu de esta ópera rock: “¿Cuánto, cuánto hay a mi alrededor? / Más de lo que mis ojos pueden mirar / y llegar a ver / éstas son razones que dicen que: / sólo sé / que sé querer / que tengo Dios / y tengo fe / y que doy amor / y puedo ser”.


#20
Babasonicos - Jessico
(por Mauro Valenti)
Sony Music - 2001

“Yo pertenezco a cualquiera, no al que me pueda comprar”, cantaba Dargelos en el agitado 2001, como un emblema de la no-transa o en todo caso de transar con quien uno quiera, sin intermediarios y sin culpa.  Unos años después, sin darnos cuenta,  las bandas independientes personificaríamos esa frase para defender la ideología de la descarga gratuita y de la cultura Myspace que aun no había arribado.
Así, como símbolo de lo que vendría, Jessico salió a la venta un día después del cierre de una de las principales disquerías y tras haber terminado el contrato del grupo con su antigua compañía discográfica. Sin embargo, con este disco los Babasonicos entrarían en la elite del rock consagrado, y desde ahí bajarían línea a los clichés del mundo de la fama al cual a partir de ahora pertenecerían. Esto se refleja con un guiño glam en Camarín y en el clásico Fizz y su fiesta de farsantes de la espuma social.
Es indudable que la originalidad del disco, de la que tanto se habló, y lo inoportuno de editarlo en aquel momento de incertidumbre, contribuyeron a que la gente haga un esfuerzo por saber más de él. Hay que pensar que el lanzamiento en principio no tuvo una fuerte campaña de difusión y, según cuentan los propios Babasonicos, no tenían lugar para vender el disco. Precisamente ese terreno adverso es algo que el rock muchas veces necesitó para mantener la vitalidad y para poder combatir ante algo, el caso de Jessico no fue la excepción.
Hoy, paradójicamente, en 2014, uno de los principales problemas que se afronta desde la escena musical es que las obras están demasiado al alcance, lo cual hace que tiendan a devaluarse y pierdan así cierto misticismo necesario para captar interés. Por eso es bueno volver a Jessico y  tomarlo como un incentivo: para buscar alternativas y para animarnos a tomar riesgos. ¿Qué otra cosa es el rock, sino eso?


#19
Charly García - Pubis angelical / Yendo de la cama al living
(por Pablo Gorondi Palkó)
SG Discos - 1982

“Todo el mundo sabía que Seru Giran o Sui Generis era Charly García”, le decía Bigote Bicolor a la Pelo en 1983. En el disco que arranca su etapa solista, Charly deja bien en claroscuro de quién se trata. Pone algo más de media cara en la tapa, toca casi todos los instrumentos e incluye un ramo de canciones en primera persona que imaginamos autobiográficas. “No hay señales de algo que vive en mí... Entonces mírame a mí... Tengo hambre, tengo miedo... Hoy estoy como un jet, perdido entre las nubes... Yo no quiero vivir como digan... Ya no quiero vivir así... Hoy desperté cantando esta canción”.
En menos de 35 minutos, la espesidad de Yendo se envuelve dentro de un gran rango dinámico, temas a todo volumen seguidos por casi susurros (Yendo de la cama al living y Superhéroes; No bombardeen Buenos Aires y Vos también estabas verde; Peluca telefónica e Inconsciente colectivo) que obligan a estirar los oídos para absorber los matices.
Con canciones estrenadas ya en conciertos de Seru, Yendo es el puente hacia la pos-dictadura. Con No bombardeen..., Charly extiende el espanto de la Guerra de las Malvinas, que había terminado meses antes, pero Inconsciente colectivo ya marca una luz al final del túnel.
La edición original en vinilo de octubre de 1982 tiene una línea punteada y una pequeña tijera dibujada entre los dos discos, las diáfanas melodías de Pubis Angelical y las a veces angustiantes canciones de Yendo. Por si alguien quisiera cortar por lo insano.
Cuando pasaba música en fiestas, el peso de cada disco obligaba a llevar sólo lo justo. Este álbum no tiene clásicos temas bailables, que vendrían a partir de Clics modernos en 1983... pero igual era imposible dejarlo en casa.
Como le dijo Charly a Juan Alberto Badía después de la presentación del disco en el estadio de Ferro: “Cuando uno tiene ese parlante que no distorsiona, la gente escucha”.


#18
Sui Generis - Pequeñas anécdotas sobre las instituciones
(por Marianela Gómez y Fabián Spampinato)
Talent Microfón - 1974

Pequeñas anécdotas sobre las instituciones nació en una Argentina un poco extraña (¿cuando Argentina no lo fue?) y es por eso que sus temas muestran el clima asfixiante que ya se vivía. Podemos afirmar que desde Confesiones de invierno y sobre todo en canciones como Mr. Jones se podía ver lo que iba a ser el último trabajo de Sui Generis: Instituciones es un disco poderoso, lleno de música progresiva, quizás (junto con algunos pasajes de la siguiente aventura de Charly, La Máquina de hacer Pájaros) lo más jugado musicalmente de su carrera; y que intenta dejar testimonio de los movimientos del panorama político que se avecinaba en el que se reprimió y hasta suprimió toda forma de institución. Y, muy a nuestro pesar, había gente, mucha, que hacia la vista gorda y miraba para otro lado. Como bien lo representa la letra de Tango en segunda.
En la canción leitmotiv del disco, cuando Nito habla de “magos” se refiere en principio a la Triple A (dirigida por el siniestro López Rega) seguida, claro, por los militares que desaparecieron a todo aquel que pensara diferente. Los “acróbatas” eran los periodistas que formaban opiniones (aun lo hacen, ¡y cómo!). Los “clowns” justamente eran los que tenían el deber de entretener, de distraer(nos). Charly García quiso plasmar el horror del genocidio desde el arte como se da en temas tan fuertes como El show de los muertos, Música de fondo para cualquier fiesta animada y El tuerto y los ciegos.
Las referencias a la censura se encuentran en Las increíbles aventuras del Señor Tijeras, maravillosa y operística pieza. Y hay un sinceramiento en la simple y aparentemente frívola canción Para quién canto yo entonces. Por otro lado, Pequeñas delicias de la vida conyugal tiene todo: rebeldía, ironías y un gran ritmo que le da otra pincelada de color al disco, sin dudas oscuro en su totalidad. Algunos temas tuvieron que sortear la censura, cambiándose algunas palabras en sus letras. Otros como Juan Represión o Botas locas fueron directamente eliminados en la edición original.
¿Creías que Sui Generis fue solo una banda folk de canciones de fogón? Instituciones es un palazo en la frente.


#17
Divididos - La era de la boludez
(por Miguel David Barrenechea)
Polygram - 1993

Vamos al contexto: ya pasó el estadio Vélez de Fito, la convergencia de la Movida Sónica y otros en la gira del “Nuevo Rock Argentino”, los Cadillacs estallando con El león, Vasos vacíos y Matador y el arranque de Los Piojos y La Renga. Entre el '92 y el '94 el rock local y latino pintó un panorama con nuevas caras y algunas tradiciones, llenando de lanzamientos que avivaron un fuego y calaron hondo a una generación.
Allí, dentro del furor, Divididos crece exponencialmente. En el medio, tuvieron varias novelas con su discográfica por falta de apoyo, adelantaron canciones de La era de la boludez en vivo, viajaron a Estados Unidos a grabarlo con Santaolalla y Kerpel, y a la vuelta, con la salida del disco, llenaron 13 veces el estadio Obras, se consagraron como banda del año y tuvieron que reeditar Acariciando lo áspero.
Ésa fue la gran diferencia: Acariciando lo áspero y La era… erigen esa solidez incomparable de Divididos y contienen el 90% de sus clásicos, los músicos son los mismos (Mollo-Arnedo-Gil Solá)... pero hubo un salto importantísimo y se ha vuelto todo más grande, claro y potente. La calidad del audio no sólo hizo justicia con todo lo que había para dar, sino que vino a subir la vara de lo que se estuvo produciendo. Y a todo esto, claro, el fantasma de Luca mutó de carga a un aliado permanente.
Musicalmente, es el álbum que te mete en una sala de ensayo. Desde Salir a asustar a Tajo C hay un repertorio de groove, funk, rock y zapadas, atravesadas con un aire extraordinario para cantar sobre el origen y la efectiva insensatez del menemismo.
Hoy, Divididos cosecha en Amapola del 66 esos frutos de fusión musical e identidad que sembró abiertamente en el '93. Dos décadas pasaron como si nada para La era de la boludez. Desde su salida nunca dejó de ser un disco perfecto y cuadrante para cada situación personal. Está presente. Ha crecido junto a todos, como esas fotos sacadas justo a tiempo.


#16
Invisible - Invisible
(por Oscar Cuervo)
Talent Microfón - 1974

En los 12 meses anteriores Spinetta había publicado Pescado 2 y Artaud bajo la marca “Pescado Rabioso”, pero su sed de invención formal parece insaciable y en 1974 da a luz Invisible, el primer LP de la banda del mismo nombre. Se trata de una seguidilla prodigiosa, no sólo por una inspiración que a esa altura parece inagotable, sino porque a cada paso Luis Alberto concibe arquitecturas musicales inauditas. En Invisible trabaja con dos músicos de un virtuosismo apabullante, Pomo Lorenzo (batería) y Machi Rufino (bajo), que venían de desempeñarse como base de Pappo’s Blues. Pero lo que Spinetta extrae de ellos no tiene antecedentes. ¿Cómo suena un trío de rock, con guitarra eléctrica, bajo y batería? Esta pregunta no habría sido respondida hasta que se diera a oír Invisible. La economía de recursos, la precisión en la distribución de los roles, el arte del contrapunto, el lirismo severo, la dosis exacta de distorsión y claridad tímbrica, la polirritmia, la alternancia/tensión entre dureza y ternura, el swing del jazz, el filo del hard y la ligereza pop en una fórmula única e inimitable.
Invisible es el nombre apropiado para una música que emerge de las sombras como una ciudad que se percibe con los ojos cerrados y juega todas sus chances a la arquitectónica auditiva.
Spinetta logra con Invisible radicalizar y destilar los principios estéticos del rock porteño y los de su propia obra: un estilismo feroz y sofisticado que no descansa en la busca de un  sonido urbano contemporáneo, que no cede a modas coyunturales y por eso alcanza instantáneamente la estatura de clásico. Suspensión y El diluvio y la pasajera permanecen como cimas inigualables. El arrojo artístico del joven Spinetta (24 años cuando graba este disco) no habría sido tan perdurable si este explorador impenitente no hubiera contenido un corazón pop con esa vitalidad tan elástica.


#15
Don Cornelio y La Zona - Don Cornelio y La Zona
EMI - 1987

En el primer mundo de Palo Pandolfo hay líneas que cruzan pechos, señales en el agua, un pozoguerrilleroirascible -así, todo junto, como aparece escrito en el librillo del álbum. Indicaciones suicidas y enumeraciones spinetteanas. Sangre y sutileza. Bueno... Cenizas y diamantes.
La pompa es, dice la historia, cortesía de la producción a cargo de Andrés Calamaro, maestro de ceremonias del pop de los ’80 en las perillas y en las formas (AC fue gótico, fiestero y rockero por aquellos días, como abuelo y como niño abandonado. Tocó y grabó con todos).
Conversación triple desde aye-e-er. Como el amo-o-or de ayer. Dos crímenes, (sospecho) el mismo autor. Quizá por eso no les gustara el resultado final a Don Cornelio: ellos no querían ser los Enanitos Verdes. El tiempo, divino, puso al disco en un lugar más dark-post-punk-artie que el que los músicos percibieron cuando escucharon Ella vendrá en la naciente FM Rock and Pop. Lo que a cualquier grupo le hubiera entusiasmado, a ellos los incomodó.
(Nota mental: extraño un hit que no viví y quiero en las radios un tema tan marcapiel como Ella vendrá).
Las 10 canciones que completan el disco siguen siendo notables 27 años después: si somos parecidos en que somos distintos, Palo y los suyos contienen en su música el fervor de otras bandas algo mayores (el link a Sumo y los cuasipadrinos Redondos resulta lógico), a la vez que no se asemejan a ninguna de sus contemporáneas (Cadillacs, Todos Tus Muertos, Encargados, Fricción). Don Cornelio y La Zona no admite la fagocitación de ninguna de las dos líneas estéticas del rock argentino más marcadas (en un rincón Manal / Sumo / Redondos / Piojos / Renga; en el otro Almendra / Virus / Soda / Babasónicos; siendo algo arbitrarios), amaga pertenecer y se desliga de ambas. Es un disco anfibio que influyó -lo sepan o no, quizá nunca lo escucharon- en grupos posteriores de los dos lados del asunto.
Molestando a la oscuridad, con su free-jazz monocorde y ambiente Lou Reed debe ser lo que más le gusta del disco al sexteto creador (a propósito, reescuchen las guitarras de Alejandro Varela, un secreto bajo siete llaves; no tanto como la pericia bajística de Federico Ghazarossian). Y es el final de una epopeya pop con la que los autores deberían amigarse: el acabado de esta obra es supremo. Calamaro tenía razón.


#14
Sumo - After chabón
(por Federico Anzardi)
CBS - 1987

Temas viejos (Percussion baby), emblemáticos (Crua chan), en joda (Noche de paz), improvisados (Hola Frank), zapados (El cieguito volador), con robos confesados (el bajo de No tan distintos, según Luca). After chabón fue realizado por un tipo que se sentía de vuelta y un grupo de músicos talentosos que se conocían lo suficiente como para dar lo mejor en un momento de desintegración.
Cuando el disco fue creado, Luca Prodan sentía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Lo venía anunciando en diferentes reportajes y en charlas con amigos. La muerte le había dado varios años de gracia después del pico de heroína que lo había hecho aterrizar en Argentina. “Me pasa que vos te estás muriendo”, le gritaba Germán Daffunchio, quien después aseguraría que Prodan decía en sus letras que se estaba yendo, pero nadie se daba cuenta.
En su última etapa, Luca reflotó al poeta sensible que “lo bañaba todo en ginebra para que la gente no lo confundiera con Dylan” (Pettinato dixit). Mañana en el Abasto es hermana de las canciones que Prodan grabó de manera precaria en Córdoba, durante 1981. Temas de una gran sensibilidad como Like London, Brighton past y Red lights. En After chabón, Luca es el muchacho que reflexiona profundamente, muy por debajo de los gritos que se amplificaban por la cámara de eco que tenía en sus escenarios.
Veintisiete años pasaron desde la edición del disco. Tanto After chabón como Sumo han logrado mantenerse con dignidad a través del tiempo: si hoy seguimos hablando de la banda, si seguimos pasando por la casa de Alsina y nos sacamos una foto en la puerta para colocar en el perfil de Facebook, no es porque el aguante post Redondos banca a Sumo como una hinchada respeta a sus viejas glorias. Se sigue hablando porque las canciones de Luca tenían algo para decir. Es necesario recorrer, conocer, adaptarse a un lugar para poder retratarlo con precisión. Luca fue un cronista etílico de reviente suburbano. Tan fuerte que aún no ha podido ser olvidado. Con todo, se sentía solo la noche en que se quedó duro sobre un colchón mugriento de una habitación minúscula en un conventillo de San Telmo. Hoy, allí, hay un bar que lo obliga a seguir laburando, después de muerto.


#13
Pappo's Blues - Vol. 3
(por Federico Anzardi)
Music Hall - 1973

2002: Pappo estaba vivo. Había reunido a Riff sin mucha repercusión mediática (las huestes habían respondido, pero el hecho no trascendió) y su último trabajo de estudio con canciones nuevas era El auto rojo, un buen álbum purista de blues y rock pesado. El gigantesco autohomenaje Pappo y Amigos no había provocado mucho. Sus primeros discos se vendían a menos de diez pesos, con una edición pésima, descolorida y triste. Ese año, Rolling Stone y MTV publicaron “Los 100 Hits del Rock Nacional”. De la discografía del Carpo figuraban dos: Susy Cadillac, de Riff, en el puesto 92, y El tren de las 16, en el 49.
2007: Pappo llevaba dos años muerto. Rolling publicó un suplemento con “Los 100 Mejores Discos del Rock Argentino”. Tres álbumes del Carpo aparecían entre los primeros cincuenta puestos. Ya se exhibían las flamantes reediciones cuidadas, merecidas y póstumas, a un precio mayor. Mientras todo eso sucedía, Volumen 3 estaba ahí desde 1973.
2014: You Tube. Pappo's Blues - Volumen 3 (1973) [Disco completo]. Un tipo, hace cuatro meses, escribió: “ese solo man!”. No especificó a qué tema hacía referencia. Como el que le gritó a Tom Verlaine en Vorterix, cuando arrancaba el show de Television (“¡Esa viola!”), tiró un elogio genérico de encaje perfecto. Volumen 3 es un emblema. Posee algunas de las canciones más sólidas del Carpo (Caras en el parque), que también marcaron ciertos parámetros morales para sus seguidores (Sucio y desprolijo). Es el que tiene la formación más aclamada, con Pomo y Machi. El sur de la ciudad tiene un link a Una casa con diez pinos, de Manal. Sandwiches de miga es el viaje de camarín lisérgico. Siempre es lo mismo nena es una declaración de principios en letra y música.
Apenas un año y medio duró la experiencia entre Pappo, Pomo y Machi. Grabaron un disco que no llega a la media hora de duración y antes de la separación definitiva registraron una canción más (Con Elvira es otra cosa, publicada en el Volumen 4). La hermosa tapa, a cargo de Cristina Villamor, confirma que Pappo’s Blues III fue legendario desde que salió de imprenta, aunque algunos lo hayan empezado a reivindicar hace poco tiempo.


#12
Sumo - Divididos por la felicidad
(por Diego Mancusi)
CBS - 1985

La escena local recién dejaba atrás un escapismo (el de la inercia hippie) y ya se metía en otro: el culto al goce, impulsado por la renovada alegría democrática y traducido en el desembarco de lo light (por “liviano” y por “dietético”), de lo moderno, de lo plástico. Sobre las cenizas de la bohemia, la comunión, la destreza técnica y la autocensura se construía el castillo del baile y la estética. El rock argentino se paseaba frente a la chica más linda de la fiesta en plena hipérbole de actitud y sensualidad. Y en eso llegó un italiano para señalarle la bragueta baja.
Ya desde su título, el debut oficial de Sumo se ríe de la felicidad ubicua, tomando distancia de ella con una referencia apenas distorsionada a Joy Division, símbolo de todo lo contrario. La burla es velada como en Debede (una verdadera infiltración en las trincheras) o explícita como en La rubia tarada, donde Luca le marca la cancha a las “poses de discoteca” que tiempo después también castigaría Ricardo Iorio, otro que tenía sus reparos para con el brillo de la época. Las guitarras abrasivas de Ricardo Mollo y Germán Daffunchio, las líneas repetitivas del bajo de Diego Arnedo (un clarísimo ejemplo de pericia amainada en pos de un estilo), los ritmos inquietos de Superman Troglio y los estallidos de saxo de Roberto Pettinato convierten a temas como Mula plateada, Mejor no hablar de ciertas cosas (co-escrito con el Indio Solari) y el que da nombre al álbum en ejercicios tan viscerales como hipnóticos y opresivos, desconocidos para una movida que sólo entendía la simpleza en formato folk y que apenas digería el punk, ni que hablar de su propio post.
Sin embargo, aquí la vedette es la reinterpretación blanca, británica y roñosa del folklore jamaiquino: Regtest, El reggae de paz y amor y No acabes son la electricidad flotando en el aire tormentoso de un disco que, con irreverencia y pragmatismo, se erige como un preciso lado B de aquel zeitgeist tan primaveral.

#11
Invisible - El jardín de los presentes
(por Matías Córdoba)
CBS - 1976

El jardín de los presentes fue el canto del cisne de Invisible, el grupo que conformaron Luis Alberto Spinetta, Machi Rufino y Pomo Lorenzo, que para la grabación de aquella magnífica obra se amplió a cuarteto con la inclusión de Tomás Gubitsch, por aquel entonces un pibe de 18 años. Si Pescado Rabioso era Spinetta (“Pescado soy yo”), Invisible fue la versión más grupal de Luis Alberto. Más allá del cuarto integrante, Invisible siempre fue un trío que en poco menos de tres años transitó los caminos del jazz rock, la psicodelia y el tango. En El jardin... se evidencia esta multiplicidad de sonidos, aunque el disco hoy sea recordado como el más porteño entre la discografía de Spinetta por la estela fantasmal y tanguera del bandoneón en el devenir de las canciones. Así como se radicaliza la situación política, económica y social del país (nota wikipédica: el disco se publica a mediados de 1976, se presenta en el Luna Park los primeros días de agosto), el rock nacional ingresa en otro estadio.
Hay que pensar a Invisible como trío definitivo del rock argentino. El ensayista francés Pascal Quignard, en un tratado sobre sonidos titulado El odio a la música se preguntaba “¿Cómo oír música desde afuera de la música?”. Entonces, ¿cómo oír a Invisible por fuera de Invisible (y más específicamente El jardin de los presentes) sin caer en el lugar común de la nostalgia de esas golondrinas de Plaza de Mayo que vuelan en libertad? ¿O en aquellos libros de la buena memoria y en ese hombre que a nado cruza la mar como si fuera la remota y brillante metáfora de un país rumbo a los 200 años? ¿Era el nado hacia una derrota? ¿De qué sirvió?, pregunta Spinetta. Y no hay respuestas, al menos en la canción. ¿Era, entonces, El Capitán Beto, un colectivero tratando de escapar de un país en llamas? ¿O era, como dijo el mismo Spinetta, un chofer “cansado de transportar detenidos”?¿Cómo era vivir en el jardín de los presentes mientras acechaba la muerte propiciada por un terrorismo de Estado nunca antes visto? Había que ser Invisible.

***

Hago un alto tras esta entrega para contarles que la encuesta tendrá su contraparte radial, gracias a una idea de Oscar Cuervo y Maxi Diomedi, que desde las 00 del 5 de febrero comenzarán en FM La Tribu (88.7) su programa Antojo, todas las medianoches de febrero de domingos a juevesAntojo se tratará, básicamente, de eso: "Música, cine, una historia de la filosofía, libros, poesía, calor, frescura, tibieza, vientos, huracanes, brisas, calma chicha, chicha, limonada, el contado con liqui, el post neoliberalismo, el post post modernismo, buenas vibraciones, piñas, Piglia, la Incredible String Band, las 62, el 68, el 69, los 70, el amo, el esclavo, los gitanos, las confesiones, la inseguridad, el caos de tránsito, el periodismo en la pendiente, la revolución, los chicos de la playa, las chicas de tapa, Wittgenstein, Cuervo, Maxi, el hermano perro, los elefantes, el gusanito, la pelicana, el androide, los 100 discos del rock argentino y lo que se nos cante cada noche".
Me invitaron a participar del programa en las emisiones de los jueves 6 y 13, y el domingo 16 (en realidad, las medianoches de los viernes 7 y 14 y el lunes 17, para ser exactos), para dedicarle a la encuesta tres emisiones. Están todos invitados a escuchar, por aquí o por acá.