miércoles, 20 de abril de 2016

¿Cuánto tiempo más llevará?



El sábado al mediodía asomó entre las espantosas noticias que el mundo nos ofrece a diario, una de esas dolorosas de verdad. Primero Mailén, luego Rocío -dos chicas vinculadas directamente al underground porteño; una organiza fechas, la otra es música-, declararon mediante sendos videos haber sido violadas por José Miguel del Pópolo, mejor conocido como Migue de La Ola que Quería Ser Chau y Los Migues. Nadie que vea los videos puede permanecer indemne o inmutable ante ese dolor, ese gesto y, claro, lo que se narra.

El testimonio de Mailén incluye la denuncia policial efectuada en la comisaría 29 porteña, horas después del hecho. Ambos videos son un acto de valentía y coraje poco comunes. ¿Por qué poco comunes? No porque las mujeres elijan no denunciar por gusto, sino porque el terror que deja en sus mentes y en sus cuerpos una situación de este calibre es paralizante. El miedo no se va y para colmo, muchas veces el acoso continúa, e inclusive la acusación se invierte: la víctima pasa a ser victimaria. Esa es la sociedad en que vivimos, en la que nos criamos: pura mierda machista, donde la mujer vale lo que un pañal descartable, se usa y se tira. Se la menosprecia, se la trauma y se la culpa.

Pero en este caso hay un antes y un después. La valentía de Mailén -no hay sinónimos y repetiré cuantas veces sea necesario esa palabra, valentía- y su pronta reacción en un momento tan traumático como el que vivió es clave: hizo efectiva la denuncia (N° 36990) el mismo día de sucedido el hecho, cuando pudo escapar de la casa de Del Pópolo. Es difícil no aterrarse ante el testimonio de Giuliana Bonello, compañera de banda de Miguel y una de las personas a las que acudió Mailén: ante el llamado de su amiga, le consultó a su compañero lo sucedido y Del Pópolo enumeró "garchamos, 'jugamos a la violencia', se asustó". Tras semejante respuesta, la decisión no podía ser otra que acompañar a la amiga y dejar el grupo, como también hizo Fradi Dos Campos, el bajista. Jugamos a la violencia. Hay juegos que no son de dos y jamás se consensúan.

(Da pavor ver el arte de los discos y los afiches de La Ola tras lo acontecido, repugnante. Los que miraron para un costado, por amiguismo, tendrán que bancarse la mancha de ser cómplices).



Rocío se animó a confesar su relación tortuosa con Miguel luego de lo que narró Mailén. No voy a enumerar todo lo que cuenta, véanlo: hay que tener voluntad para dudar de estas dos personas. Increíblemente, hay imbéciles que lo hicieron (fue una gran decepción leer la estupidez que dijo Walas de Massacre, alguien que históricamente se pronunció como matriarcal y feminista; lo que no deja de confirmarnos lo metido que tenemos el machismo, hasta el inconsciente. Al menos pidió disculpas pronto, aunque sabe a poco).

El caso, además de dividir aguas en la escena, en la que no somos tantos y nos conocemos bastante -y sí, hay gente que cree que Migue cometió un simple "error"-, retrotrajo declaraciones de Ciro Pertusi y denuncias varias en las redes sociales para con la figura de Cristian Aldana. El primero salió a defenderse con las mismas armas que esgrimió en una nota que publicara en enero de 1998 la revista Inrockuptibles, y afirmó que "si hay consentimiento" no tiene problemas en mantener relaciones con una menor de edad (dejá, Ciro, no te defiendas más...). Lo de Aldana es aún más complicado: se apilaron testimonios de chicas que, tras ver lo vivido por Mailén y Rocío afirman haber sido abusadas por el líder de El Otro Yo cuando eran menores de edad. Cabe recordar que Cristian, además, es el presidente de la Unión de Músicos Independientes (UMI) y fue uno de los músicos que más trabajó en la creación del INAMU en los últimos años.

El Otro Yo escribió un comunicado repudiando "el mal trato que recibieron Mailen y Rocio, y todas las personas que han sido víctima de situaciones de abuso, violencia, maltrato y todo lo que tenga que ver con hacer sufrir a alguien". A su vez, el grupo fue acusado de borrar los comentarios que la gente escribía en las redes contra la figura de Cristian. Ante la lluvia de acusaciones, contestaron:

"Que facil es ensuciar y difamar mediante las redes sociales. Insultar, lastimar, sin importar el efecto que causen en una familia por ejemplo. Solo hacer daño. No voy a contestar los mensajes llenos de odio y por sobretodo sin sustento fáctico/y/o jurídico que estoy leyendo. Luz y paz ! Cuiden sus palabras amigos. Un abrazo!".

La respuesta también sabe a poco ante todo lo que se dice. Alguien que ocupa un cargo tan representativo como la presidencia de una entidad que nuclea a músicos independientes de todo el país, debería emitir un comunicado más contundente y menos contradictorio. Lo cierto es que dos bandas que estaban girando junto a EOY, Los Rusos Hijos de Puta y Tobogán Andaluz, se bajaron de los shows por venir hasta que no se aclare la situación. (Actualización: hoy también se bajó Viva Elástico).

Así las cosas, hay gente que toma esta situación como una caza de brujas hacia los músicos. Algo es evidente: estas cosas no pueden ni se deben dejar pasar. Si las redes sociales sirven como arma para que se destape la olla, bienvenido... aunque con eso no alcance: es necesaria la misma valentía que tuvieron Mailén y Rocío para que la denuncia pública pase a ser una denuncia registrada en la justicia. Y que luego sea eso, justicia.

Nuestro abrazo para Mailén y Rocío. Gracias, tenemos mucho que aprender de ustedes. Ojalá que ese coraje que tuvieron contagie a otras chicas que todavía cargan con la culpa por un crimen que no cometieron.

Y para todas las mujeres que aún teman o duden: no están solas.

jueves, 31 de marzo de 2016

Crisologo y los Cuerdos: para que sepas la forma de tu alma


"¿Cómo celebrar los nueve años de La música es del aire?", se preguntó el numeroso staff del blog. Y llegó a una conclusión: la mejor manera es publicando una charla con Manuel Bence Pieres. Bien podría ser otro músico, sí, pero no cualquier otro. Él representa en esta ocasión a los muchos talentos que nos contactaron y, gracias a sus hermosas canciones, seguimos y recomendamos luego. Allá por 2012, Manuel escribió a este sitio y nos dejó el link que redirigía a Melodías para dar, EP debut de Crisologo y los Cuerdos. La banda fue tomando forma con los años y a fines de 2015 publicó su primer álbum, reseñado entre nuestros favoritos del año pasado: Parado en el umbral.

El mano a mano con Manuel sucedió en el verano, pero la entrevista se publica en bendita sincronía con la presentación porteña del disco (desde las 21.30, junto a Siesta y Lucila Pivetta, en el Club Cultural Matienzo. Están todos avisados e invitados).

Por supuesto, el dueño de los flashes en nuestro diálogo fue Parado en el umbral, pero recorrimos un poco la historia de Crisologo desde aquel inicio en forma de EP hasta hoy. El trabajo minucioso en la composición, lo que se aprende trabajando junto a otros artistas -anoten: Marcos Fernández Moujan, Daniel Schnock, Francisco Milne, Manza Esain-, las formaciones mutantes... Mejor que lo cuente Manuel:

DE CRISOLOGO A LOS CUERDOS

Pasado un buen tiempo desde que empezaron, ¿se puede decir que ahora son una banda estable? Al principio parecía más un proyecto solista con nombre de grupo.
Yo empecé solo, pero sí, ahora ya hay una banda estable. La banda fue cambiando y ahora somos un trío, con Mariano Bruno en bajo y mi hermano Rodrigo en batería. La idea a partir de ahora no es cambiar tanto de formación, aunque siempre termino incorporando gente (risas). El principio fue con el EP Melodías para dar, que me mandé a grabarlo solo, sin banda. Antes de eso tocaba en un grupo más power, Pandora, con el que grabé dos discos. Después de grabar con ellos me copé con la producción y el trabajo en estudio, entonces ya empecé desde ahí a componer temas más melódicos, que no entraban en la banda porque era un trío con otras tendencias desde la instrumentación.

¿Y cuando grabaste el EP ya tenías decidido el rumbo de la banda?
No, no tanto, en el EP de hecho hay temas que son más folk y alguno que es más pop eléctrico. Parado en el umbral no me parece tan pop. Me refiero a que si bien tiene una cosa de canción, no es hitero ni tan directo.

Al principio se llamaba Crisologo solo, sin los Cuerdos.
Claro, pero casi enseguida, cuando empezamos a tocar en vivo ya le puse los Cuerdos. No le podía cambiar el nombre a la tapa del EP, así que quedó así. Como las primeras presentaciones fueron muy acústicas, salió de agregarle lo de los Cuerdos: yo tocaba el piano y la guitarra y la formación se completaba con un violinista y un cellista. Estaba la noción de que fuera algo grupal, más allá de que yo sea el compositor; el otro te aporta su toque, además. Ahora todo es mucho más democrático que en ese momento, quizás, porque con esa formación yo me encargaba de escribir casi todos los arreglos del violín y del cello, salvo algún tema que diera más para la improvisación. Pero después se fueron sumando más músicos: otro guitarrista, Mariano Cantarini, que tocó durante un año en la banda y ahora se suma para la presentación del disco; y un baterista de jazz. Y así llegamos a la grabación de Parado...

Con una formación bastante extraña.
Claro, llegamos sin bajista, pero como el batero era de jazz cumplía una función más percusiva. No hacía el típico beat, digamos, incluso a veces tocaba con escobillas... era raro, sí. Pasó que cuando llegamos a la grabación del disco, el baterista me dijo que se iba de viaje. Se ofreció a grabar igual, pero entre que estaba a full con el viaje y que se iba en septiembre y empezábamos a grabar en agosto -de 2014-, surgió que grabe Marcos [Fernández Moujan] de Pels, que justo me lo crucé mucho por esos días. De hecho, nosotros hicimos un par de fechas con su banda Dosmil Osos, donde canta y toca la guitarra. Y me gusta mucho su forma de tocar, desde los primeros discos de La Perla Irregular. Me parece que sus aportes son muy originales, poco ortodoxos.

Entonces salió la oferta para Marcos.
Sí, y en un principio la idea era que grabe en un par de temas, como invitado, y que el resto lo grabe el otro baterista. Yo sabía que la onda que iban a tener las canciones en el disco iba a ser otra, un formato más de rock, aunque fuera un rock melódico. Entonces, entre lo del viaje y que Marcos ya había aceptado tocar en algunos temas, le ofrecí que tocara en todos. Hicimos cinco ensayos, fue todo bastante libre, yo sólo le daba las ideas de producción, la onda que quería darle a cada canción. Creo que a él, igual, lo favorecía el estilo del grupo, hay algo familiar o un sonido con el que se identifica. Y me encantó que grabe porque si bien era un sesionista, en teoría, no grabó como sesionista: se puso los temas al hombro, se puso la camiseta. Aparte buscó mucho el sonido, la afinación del plato... Él y Panchi, Francisco Milne. Yo me encargué más de lo musical, del sonido se ocupó mucho Panchi, el ingeniero y dueño de los Estudios NN. Lo mismo con la mezcla, que la dejé en manos de Manza [Esain], yo le daba orientaciones más generales.

Elegiste buenos jugadores...
La verdad que laburé con gente muy grosa, ellos vienen laburando hace mucho, y bien. Y es gracioso porque mi hermano, al poco tiempo de que Marcos grabara las baterías del disco, se puso a estudiar con él. Rodrigo tocaba la batería desde antes pero se prendió a estudiar ahí. Y después de eso fue que le dije "che, tenés que tocar en el grupo". Igual él hace la suya, es un poco más rockero que yo. Hay arreglos que se respetan pero después puede hacer lo que quiera. Creo que en el disco se nota ese espíritu, no es que decimos "toco beat", o "toco folk", o "toco música psicodélica". Se abarcan varios géneros por más que haya una línea y sea un disco homogéneo.



EL UMBRAL DE LA COMPOSICIÓN

Hay un tema clave que es el instrumental, "Parado en el umbral". ¿Cómo fue la composición?
Por suerte tenía la práctica del EP. Con mi profesor de piano había visto arreglos de cello y violín, en su momento, y después arreglos para cuarteto de cuerdas. En el EP escribí los arreglos y era la primera vez que tocaba con esos instrumentos, trombón y trompeta, por ejemplo. Entonces era llegar al estudio y no saber qué iba a pasar, darme cuenta en el momento si todo sonaba o no sonaba. Por supuesto que eran arreglos más simples porque eran pocos instrumentos, pero me sirvió. El trabajo con la formación de cello y violín también sirvió, porque me daba cuenta cuándo funcionaba un arreglo y si no, los iba reescribiendo. Ahí sí se dio algo de prueba y error.

Pero en comparación era algo más chico.
Sí, a lo de "Parado en el umbral" sí. El tema lo tenía compuesto hace bastante, muchos de los temas del disco los hice mientras grababa Melodías para dar y ya los veníamos tocando en vivo. Hubo mil versiones de "Parado en el umbral": la hicimos con guitarra, cello y violín, después la empezamos a hacer con piano, en un show se sumó un saxofonista... Y es el único tema que se regrabó.

¿Por qué?
Porque habíamos grabado baterías, que ahora no tiene, y lllegué a grabarle el piano, el bajo y la guitarra eléctrica. La idea era que tuviera una guitarra eléctrica haciendo el obstinato del tema, pero no me gustó nada cómo sonaba y quise hacer algo completamente diferente. Como venía fascinado con Pet sounds de los Beach Boys -y me gusta mucho el instrumental "Let's go away for awhile"- quise hacer algo más orquestal. Aparte, el tema está en un lugar parecido en el disco, creo que es último del lado A, o por ahí [es el anteúltimo]. "Parado en el umbral" cumple la misma función.

Está justo en el medio.
En el umbral, sí... (Risas). Al principio quería hacerlo con dos flautas, cuarteto de cuerdas, un saxo improvisando. Pero me senté a hacer el arreglo de cuerdas y bueno, tampoco es que yo tengo estudios académicos. No estudié tanto, aprendí en la práctica. Entonces convoqué a Daniel Schnock, que lo conocía porque produjo a Los Calzones de la Abuela, amigas mías, y sabía de su capacidad. Además es vecino mío, vive al lado...

¿Literalmente al lado?
En el edificio de al lado, antes vivía en el mismo edificio pero se mudó. Encima también había laburado en los Estudios NN. Y nos juntamos, le conté lo que quería hacer, le mostré el tema de Brian Wilson, aunque también estaba fascinado con un disco que tengo en vinilo de Duke Ellington, con algunas cosas de Gershwin... Y bueno, le di ese arreglo que tenía, la idea principal del cuarteto, y le indiqué más o menos los instrumentos que quería que estuvieran.

¿Respetó la cantidad, sacó o agregó?
¡Terminó poniendo más de lo que le pedí! Yo le había dicho dos clarinetes -eso se cumplió-, el cuarteto de cuerdas, el glockenspiel, el piano, y la idea era meter un saxo alto, un saxo tenor, un saxo barítono, trompeta y flauta. Al final no hay trompeta ni flauta, pero lo que hizo él fue poner dos de cada saxo, que sumado a los dos clarinetes queda una textura armónica fuerte... Porque hacen arreglos de contrapunto, no es que tocan lo mismo, no hacen colchón. Lo que más me sorprendió es la parte del medio, donde yo me imaginaba el clímax: ahí Daniel metió más lo suyo. Quedó buenísimo y cambió bastante, la melodía principal y algunas cosas son parecidas a la idea original; pero el medio, el final y algunas otras partecitas fueron obra de él.

¿Cambian mucho las cosas a partir de lo que te dice alguien desde afuera del grupo?
Sí, claro. Panchi me ayudó mucho, es un capo y es un enfermo del estudio. Labura los siete días de la semana, ¡es un filántropo musical! Y en su estudio grabó un montón de grupos, y muchas cosas que salen de ahí están buenísimas. Además, como es guitarrista, me dio una mano a la hora de buscar los sonidos de las guitarras (si bien no es un disco muy guitarrero). Y Manza... él mezcla como un productor. Charlando, le pregunté cómo se tomaba la mezcla, y me dijo que a diferencia de otra gente que quizá mezcla desde lo técnico, él va a la música también. Primero escuchaba una o dos veces cada canción, sin tocar nada, muy atento. Yo le contaba qué quería, le describía la canción, y recién ahí empezaba. La mezcla que hace, entonces, es como una producción del tema. Por ejemplo, "Desde allá" termina con una coda de piano que no me había gustado como quedaba, no sabía si meterle más cosas para llenar. Y él se encargó de que eso cierre, le puso una reverb rarísima, y terminó quedando espectacular.

¿Sentís que le pagaste la mitad, que le debés el trabajo de producción? (Risas).
Puede ser, sí... (Más risas). Todos los que participaron del disco sin ser miembros del grupo hicieron aportes buenísimos. Al principio me preguntabas si el grupo es banda o solista, y creo que en el fondo uno se enriquece con toda la gente que lo rodea.


*Crisologo y los Cuerdos se presenta junto a Siesta en el Club Cultural Matienzo (Pringles 1249, CABA). Artista invitada: Lucila Pivetta. Entrada: $80.

(Desde Facebook anuncian: Como cada fecha buscamos que tenga algo especial, mañana además de tocar todo el disco nuevo, presentamos algunos inéditos ¡y sumamos algunos integrantes para que se suene todo!
Manuel Bence Pieres: teclados, guitarra y voz
Rodrigo Bence Pieres: batería
Sebastian Lerena: violín eléctrico
Mariano Cantarini: guitarra eléctrica
Alfonso Ollúa: bajo
Anita Garcia Q: coros
Gala Palacios: coros)

miércoles, 30 de marzo de 2016

Nueve

Hay dos opciones para hacer un blog durante 9 años (bueno, sí, seguro hay más): estar loco o tener ganas de pensar. Elijan su significado favorito para el gesto del nueve de la foto y quizá se explique este aniversario de La Música es del Aire.

Fuera de chiste, esto sigue porque la música siempre está ahí, nunca se acaba. Ella nos lleva a continuar.

En horas les convidaremos con lo de siempre: más palabras, más canciones. Por lo pronto, tenemos para publicar dos hermosas entrevistas que hicimos en el verano, una con Manuel Bence Pieres de Crisologo y Los Cuerdos y otra con Tingo, Nacho y Panchi de Pels.

Gracias por leer, gracias por escuchar.

jueves, 10 de marzo de 2016

Pez, sagrado tesoro

*Advertencia al lector: este texto repite el concepto rock nacional en reiteradas oportunidades.

Facebook está lleno de páginas, amigos, desconocidos, solicitudes y desde hace unos días, iconos para describir tu sentimiento más exacto hacia el mundo. Entre tanto bombardeo hay uno improcedente, no tan lógico y detectable como los otros: el de los llamados "Grupos". Pueden agregarte a un grupo sin que te enteres y de golpe lloverán notificaciones de esos congresos de idiotas donde se comparten fotos graciosas, se debaten pavadas sobre los partidos de Racing o se descifran (mal) los acordes imposibles de Spinetta.

Pero hay un grupo al que, no sé por qué, de vez en cuando entro. Se llama Pez Apesta y en él, fanáticos desquiciados del otra vez cuarteto comparten sentimientos y postales sobre la banda de Ariel Minimal, Franco Salvador y Fósforo García (más quien se sume a esa columna vertebral, hoy el gran Juan Ravioli, jugador de toda la cancha). Desde ahí avisaron hace un par de semanas que Pez estaba en la Rock and Pop y, entre los comentarios, uno citaba a Minimal: "el disco nuevo ya está en internet si se lo busca". Así era, nomás: el grupo dijo que subiría la novedad el viernes 26 de febrero y en su sitio, pero el día anterior, Jetong.xyz albergaba el supuesto enlace a la felicidad. Un par de clics y allí el acceso a Rock Nacional. Lo encontré antes de que lo pusieran en Pez Apesta.

(Párrafo aparte: se armó un debate picante al respecto, entre allegados al grupo y el público impaciente que no supo esperar unas horas la versión más fiel del álbum; al otro día se bajó el disco en mejor calidad desde el link oficial).

El título debe asustar a unos cuantos fans radicales (duplico) que ven en la apuesta cancionera de Sanzo y los suyos una amenaza al progresivismo que Pez tan bien exhibió aquí y allá en veintipico de años de álbumes notables. ¿Rock nacional? Cancioncitas, bah. Si es rock nacional no va a ser tan distorsionado, supongo que se piensa. La oreja nos dirige hacía una tímbrica, un volumen, una vaga idea de canción que se nos hace propia y que trascendió décadas, desde fines de los 60 hasta hoy. Es una marca, no los culpo. Recuerdo a mi amigo el Mono señalando una canción del disco By the way -"On Mercury"- y diciéndome "¡suena a rock nacional!". Sin ser un erudito, algo de razón tenía.

Los links son instantáneos si buscamos primos dentro de la vasta discografía de PezRock Nacional es altamente emparentable a Hoy o aquel sol detrás de otro sol: contemplación ("Lo nuevo" es casi para meditar), canciones brillantes y limpias, santanismos (la plegaria de "Más música", que ya habían adelantado y venían tocando, una delicia), pulsos cercanos al candombe y más percusión que nunca (algo parecido a la clave 3:2 en "Cuidate, Monito"). Cuando un grupo tiene tantos discos, lo primero que se hace es buscar los parecidos y los diferentes, ¿cierto?

Hay más voces cantantes, también, como en la preciosa coda de "Disparado". Ravioli se hace notar con sus teclas y su garganta, en aportes esporádicos y distintivos dentro de un grupo poco acostumbrado a los coros.

Pero volvamos al concepto. Rock Nacional no es un disco sino un lugar de refugio. Desde su portada -recuerda la de Instituciones de Sui Generis, aunque es todavía más apocalíptica- y su enunciado se autodelata. Nos mete de cabeza en la historia del rock argentino: un intento de salvataje del estado de ánimo ante la evidencia de lo que presagia el canto. ¿Qué se presagia? Tiempos difíciles. ¿Cuándo? Hoy, mañana. ¿Por qué? Lo que estaba no está más (estúpida y sensual pérdida). ¿Alguna vez el rock nacional dejó de ser ese ente salvador? Quizá un rato durante el kirchnerismo.

Desde sus orígenes, o con la dictadura atroz que vino luego, o en los 90 de Menem, incluso en el destapado retorno a la democracia, el rock vernáculo siempre estuvo atento al gesto político. Llámese Charly García o Los Violadores, Fito Paez o La Renga, ya fuera rozando las boletas o metiendo la cuchara hasta el fondo. Indudablemente, para el rock local este no es un ítem que se pueda pasar por alto, aunque todavía queden gansos que desde su rol de artistas no quieran, porque no deben, descender a la arena política.

Y si la política hiende, de la euforia a la poca memoria hay un solo paso, todo pasa rápido y concluye al fin, ahí está (el) Rock Nacional. Setentista desde la evocación hasta el sonido, de ese rock nacional es este RN. Pero también de los otros: es evidente el parecido -agárrense, talibanes- entre el pasaje de cierre de "Tan deprisa ya" y la introducción de "Loco un poco" de Turf, por caso. Leído en la red de redes: Minimal dijo que esa canción le sonaba a Man Ray.

En el fondo, y aunque siga fuera de la etiqueta, posiblemente porque para ello hay que contar con una mayor legitimación popular, como Las Pastillas del Abuelo o No Te Va Gustar -¡uruguayos que suenan en la Mega!-, Pez siempre usó con orgullo esta remera: más allá de las citas a Miguel Mateos o a la revista Pelo, esa presencia está en su música. Pez no es rock nacional desde Rock Nacional, mucho menos por apropiarse de una frase del exlider de Zas. Es lo que es por derecho propio, por historia, por hermandad sonora.

***

¿Más música? Vaya si es necesaria, mucha, otra vez compañía ante la desesperación y la soledad (¿qué se puede hacer salvo escuchar Rock Nacional?). Canciones tan llanas como "Cerezas" o la mencionada "Tan deprisa ya" son eso, algo así como mensajes humanistas bajados por la antena del imparable cantor quemero. En la vida Pez llegó a estos niveles de desnudez, por lo que habrá varios horrorizados que miren con mejores ojos al Minimal místico y guerrero que vocifera en "De la vieja escuela del amor".

El cierre del disco es una canción noble y breve, "Calabacita", que venía sonando en los shows. La festejada aquí es nada menos que Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de la Nación. Difícil encontrar tanto afecto, explícito, desde el rock y para un político. Se canta:

Me dicen que te vas, no lo puedo creer
Postales de lo que vendrá y el miedo a no poder
Seguir acá sin vos, saber que los otros ni dan
Todo lo que pasó no desaparecerá, ya lo vas a ver

Me dicen que te vas, no lo quiero creer 
Y no soy el único que espera que vuelvas por acá

En el video que la banda subió a YouTube, sobre el final se proyecta una Cristina radiante, triunfal, saludando a la multitud. Se entendía sin la foto, pero este pez por la boca no pensaba morir; Pablo Dacal diría que es superficial porque "no esconde nada" (la postal de lo que vendrá está en la tapa).

De Pez al pueblo, en la cara.
Al fan: No tengas miedo/ sólo es lo nuevo.
Al novel:  Te doy la bienvenida.

Si entienden los dos, vamos a volver.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Navë Hogar y el cuarto elemento


En algún punto del cosmos, debe ser injusto que “Levantando lunas llenas” dure apenas dos minutos. Sin embargo, en esos ciento veintinueve segundos (para ser exactos) sucede bastante, y para qué durar sólo por durar si es mejor quemarse que desvanecerse. En esa canción y sus pocos versos está el ADN de todo Melodía sin descanso: letras breves, energía arrasadora y amigable (“positiva” suena medio hippie, pero...), y el aire necesario para escuchar lo que se canta:

“Mientras los chicos golpean sus cabezas/ levantando lunas llenas”.

Hay frases que son musicales, poéticas; rockeras, de remera, aunque no sean poesía. Esa es una. Así como los sonidos procesados del comienzo en “Volvemos a intentarlo”, la frase llama, es un disparador. Se siente pero es difícil de asir.

Porque ¿cómo hacer para golpearse la cabeza y levantar no una, sino varias lunas (y llenas) a la vez? ¿Las cabezas sostienen el intento y por eso chocan entre sí? Preguntas estúpidas al margen, el objetivo está logrado: lo dicho suena y resuena, genera misterio (ayuda que la letra sea breve y se retroalimente de la misma música, en ese sube y baja de arpegios y distorsión). En el fondo, que se entienda es lo de menos.

***

Ahí está el comienzo, lógico en un grupo que se llama Navë Hogar: el refugio está en el movimiento y la velocidad, y que sea fugaz no implica que no abrigue. Ahora que a la Nave se sumó un cuarto elemento, parece que trajo consigo un componente clave: más oxígeno.

Pero el viaje sigue y, con ese aire tan necesario -chequeen “Te olvidaste” o “Vuelven”-, la fugacidad gana en consistencia, lo efímero se construye desde otro espesor, que ofrece pausa al escape. Porque es cierto que todo continúa sucediendo rápido, sin tregua. Pero el boxeador debe darse tiempo para respirar y sacar el golpe noqueador:

Le pongo el pecho cuando veo que todo va para atrás 
mis sueños corren detrás.

Otra vez, pocas palabras y grabado instantáneo. Y una nota de guitarra que se va destruyendo sobre sí, como si surcara ese desafío de ponerle el pecho a lo que venga (y llegara, con lo justo). Quizá por eso sólo le queden silbidos victoriosos a la “Melodía sin descanso”, que emerge tras la atroz reverberación como, paradójicamente... un respiro. Salvador.

Como los pibes que sostienen las lunas llenas. (¿Será eso? A quién le importa, supongamos que sí). Porque sin ellos, no existe quien pueda yacer frente al mar como en “Ahora”. Ni ellos, ni el aroma, ni la calma.

lunes, 15 de febrero de 2016

Stones en La Plata: ritmo y sustancia



"Oh oh, oh-oh-oh ohó-ohó oh-oh-oh".
Pueblo argentino.

***

-¿Por qué te dicen Traiko?
-En realidad no me dicen Traiko, me llamo Traiko...

Así se presenta Traiko Milenko, cantante de Meta Guacha, en el fantástico programa de Canal Encuentro Cumbia de la Buena. El programa conducido por Cristian Jure muestra las historias de los grupos y solistas más representativos de la cumbia argentina, con entrevistas a los protagonistas, backstage en estudios y giras y extractos de los shows. En la emisión dedicada a su grupo, Milenko cuenta que es chileno y cayó con su familia -de ascendencia yugoslava- en la Argentina cuando Salvador Allende cayó allá. El tipo se confiesa fanático de Silvio Rodríguez, su principal influencia aunque no tenga "nada que ver" con la cumbia villera, o eso que ellos denominan como cumbia chapa y prefieren ligar más a lo "testimonial". El tema símbolo de Meta Guacha es "Alma blanca", una de las tantas desestigmatizaciones dirigidas desde el centro del género al corazón del vigilante medio argentino.

Enganché el programa el viernes a la 1 de la mañana, la noche previa a ver por segunda vez a nuestros ancianos más adorados, los que no se jubilan nunca: The Rolling Stones.



***

Llegar a La Plata nunca fue tan sencillo: había micros dispuestos en exclusiva para todo aquel que fuera al Estadio Único, con la idea de no alterar al común de la gente que viajaba a la ciudad. Así también se apresuraba el tramo entre el centro y la ciudad de las diagonales para los stonianos, sin paradas intermedias. Todo era tan ideal que el bondi de la empresa Plaza hasta estaba decorado con el logo de la banda. Todo era tan ideal que... el chofer se perdió y pasó de largo unos cuantos kilómetros, tantos como para que no hubiera bajada en la autopista por media hora o más, huyendo de la ciudad de pinchas y triperos casi sin querer.

Por suerte salimos temprano.

Tan temprano como para apreciar con los ojos y los dientes el callejón gourmet que se emplazó en la Calle 32 para las delicias de cualquier carnívoro bebedor. Los platenses aprovecharon la situación con buena onda, cortesía y precios que, sin ser un regalo, serían menos prohibitivos que puertas adentro. A las cinco y pico de la tarde casi no había cola para ingresar al lujoso estadio, y las plazas de la 32 dispersaban a la gente, que todavía disfrutaba de la previa. Entramos a esa hora, y al rato seguimos devorando. La entrada fue con La Beriso y Ciro con sus Persas.

Tanto se dijo de los de Avellaneda que al final su performance no me pareció tan mala. Al menos sonaron fuerte -una máxima del rock: al menos soná fuerte- e invitaron a Juanse y Quintiero a tocar el "Rock del gato", que inyectó de ánimo a la patria stone. De golpe, la gente paró la oreja y los cuerpos, cantó y bailó. Que La Beriso no representa ninguna novedad bajo el sol del rock argentino está claro, tanto como que hace poquísimo llenaron el mismo estadio por sí solos. Desde esa lógica se comprende la convocatoria; y quejarse por los grupos soporte es como putear porque la Reserva de tu equipo juega mal y pierde.

Andrés Ciro Martínez la tuvo más fácil: quedó claro que la multitud conocía todas sus canciones, que fueron cantadas una tras otra, en especial las de Los Piojos. Y aunque el sonido durante su set fue deficiente, se las arregló para mover a la gente hit tras hit, en especial con "Tan solo" y "El farolito", mechada con "La rubia tarada" de Sumo. Durante su show, hubo otro en el campo: el del Pollo, el Richards de Moreno, que la jaggereó tal como hiciera en la puerta del hotel donde se alojaba Keith. Además de regalarle entradas, los Stones deberían haberlo subido al escenario.

***

Pero el plato principal eran ellos. De antemano, el pensamiento era "ahora sí, esta será la última vez que los veamos". Luego del show, podemos reciclar la máxima beatle: mañana nunca se sabe. Los había visto en 2006 y creo que ahora... ¡están mejor! Aquella también se pensaba como la última cena, más allá de la mentira del final de Jagger (todavía recordamos aquel "nos vemos el año que viene", viejo mentiroso).



Va más allá del estado físico. Es evidente la plenitud de Mick, en una forma superior al 90 por ciento de los asistentes a los shows: corre la pasarela una y otra vez cual Usain Bolt. Es un atleta y el mejor showman que hemos visto. Ronnie Wood también parece un pendejo, aunque no desande el escenario como el cantante. Richards lleva los años como un viejo al que le chupa todo un huevo, y se ríe todo el tiempo. Así, se va a morir después que todos nosotros. Charlie Watts... los Kinks cantaban "wish I could be like David Watts", ¡yo quiero ser como Charlie! Setenta y cuatro años, 2 horas y monedas tocando la batería, cero gotas de sudor, los golpes más fuertes en la última canción. Y risas y sonrisas, un milagro para su cara de mármol. Se le escaparon los dientes cuando la ovación popular, durante la presentación de los músicos, pero también en varias canciones (tal vez contagiado por los coros de la gente).

***

Volvamos a Traiko. En una parte del programa, el cantante cuenta que un colaborador de Meta Guacha, más viejo que ellos, les aconsejó llevar ese nombre. Cuando le preguntaron el porqué, el sabio explicó la analogía: "Se le da guacha al caballo para que vaya para adelante". Cerraba por todos lados. Acto seguido, el conductor de Cumbia de la Buena, Cristian Jure, pregunta cuál es el secreto de su estilo. Responden Traiko y un miembro no identificado del grupo:

-Lo nuestro es el sabor.
-La cumbia villera te tiene que hacer cabecear.
-La base que es... (Ambos mueven la cabeza cual cigüeñas). Es así.
-¿Cuál es el secreto?
-Y... es tirado para atrás, tiene que ser borracha la jugada (risas).
-Bien aguantada.
-Claaa (Imita el ritmo del güiro).

Cómo no relacionarlo con los Rolling Stones. Los reyes del arrastre y la jugada aguantada. Aquello que trae sus desperfectos técnicos y la crítica de los detractores. El alma negra de estos blanquitos londinenses. Al que no le gusta, se lo pierde: pasan los años y la música que hacen no envejece, es tan rudimentaria como vital. Atraviesa toda moda pasatista porque no contiene elementos de época que con el tiempo pasan a ser anacronismos. "Jumpin' Jack Flash" es una canción de ayer y de mañana aunque cuente 48 años. En esa tracción quedada, en las guitarras transversales e intermitentes y en la pronunciación pornográfica de Sir Mick sigue estando todo.

Ah: no cambian los temas de su tonalidad original, y aunque parezca una boludez, se agradece.

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La atención es digna de un show de música pop de magnitudes. Los pasos de comedia están estudiados a la perfección, y hay saludos y menciones para el Papa Francisco ("que nos mira desde México -sí, claro-, ¡saludos Pancho!"), el gran Charly García, la linda Violetta, Jorge Luis Borges (Mick es ávido lector, aunque la anécdota que cuenta María Kodama sea chamuyo) y el calentador de escenarios Ciro. Los chistes son celebrados, aunque la gente agita más que nada en el comienzo y el final del show. O envejecimos, o el precio de las entradas hace una selección de público cool que prefiere filmar con el celular antes que apelar al sudor del pogo. Nunca estuvimos tan tranquilos en un campo de juego.

El candor y el agradecimiento para con el público (volvieron a agitarnos como los más fieles y gritones, sólo para que lo hagamos un poco más) también se da en escena. La backing band, con algunos históricos de las giras como Chuck Leavell, el corista Bernard Fowler y el bajista Darryl Jones, tiene sus momentos de protagonismo y gloria. Jagger invita a Fowler a un duelo de nevers en "Beast of burden", grata sorpresa de la lista; convida el centro de la escena a Jones durante la extensa versión de "Miss you"; pero la que se roba todo es Sasha Allen, la nueva corista, que pela un vozarrón demencial durante "Gimme shelter", aún más atronadora y escalofriante que la grabación original. Mick la llevó al frente para que la ovacionen.

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"Gimme shelter", "Midnight rambler", "You can't always get what you want", "You got the silver" -favorita personal- en la rasposa voz de Keith Richards. Ningún show puede ser malo con casi medio Let it bleed adentro.

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¿"Midnight rambler"? Luego de tal demostración, todos les entregábamos a cualquiera de los cuatro.

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Y a propósito de "Gimme shelter" y "You can't always get what you want": de una siempre se dijo y de la otra no. Pero en esas dos canciones, los Stones marcaron el fin de los '60. Además de la amenaza inminente de la primera, el sueño acabado está en la resignación esperanzada de la segunda: algo conseguimos; algo perdimos en el camino. En la canción hay un tal Mister Jimmy al que el narrador ve desmejorado. En una parte, Jagger canta que le cantó el tema -¡canción sobre canción!- a Jimmy, y éste le contestó con una palabra. Nunca terminaba de entenderse si la palabra era bed o dead. Sí que cualquiera de las dos era complicada para el tal Jimmy, que para mí siempre fue Jimi. Hendrix. El sábado, en el hermoso repaso del final, con coro y corno francés incluidos, se escuchó claro: la palabra era muerte, nomás. Hendrix murió meses después, en el '70. Ni hace falta recordarlo.

Dos canciones inmortales de la cintura para arriba. No es sólo rock and roll.



***

"Hicimos otra gira tumultuosa con los Winos y fuimos a Argentina, donde nos recibieron en medio de un pandemónium de los que no se veían desde principios de los sesenta. Los Stones nunca habían estado en el país, así que nos metimos de cabeza en una especie de beatlemanía a lo grande que parecía haber estado hibernando todos esos años, esperando a que llegáramos. El primer concierto lo dimos en un estadio ante cuarenta mil personas, y el ruido, la energía, fueron increíbles. Convencí a los Stones de que sin duda allí teníamos mercado, un montón de gente a la que le gustaba nuestra música de verdad. Me llevé a Bert [su esnifado padre] a Buenos Aires, a un hotel fantástico, uno de mis favoritos en todo el mundo, el Mansión, donde nos alojamos en una suite estupenda con varias habitaciones de proporciones perfectas. Bert se despertaba muerto de risa todas las mañanas al son de 'olé, olé, olé, Richards, Richards'. Era la primera vez en su vida que oía su apellido coreado con tambores para anunciar el desayunar. Me dijo: 'Pensaba que me lo cantaban a mí'".
(Keith Richards en su imperdible autobiografía, Vida).

En este país, las ovaciones más grandes se las llevaron Juan Perón y Keith Richards. A comparación de otros, tanto no nos equivocamos.

***

La parafernalia superó con amplitud a la de 2006 -en especial por las fantásticas pantallas ultramegaarchihachedé- pero el show fueron los momentos puros de rock and roll: la armónica de Mick en "Out of control" -una rareza que funcionó-, la tremenda versión de "Sympathy for the devil" con quiet-loud-quiet incluido, "Honky tonk women" -hasta con la pifiada inicial de Wood- e increíblemente, principio y final a cargo de "Start me up" y "Satisfaction" (a esto agréguenle todo lo de arriba, OK). Cuando uno creía que ya eran moldes vaciados de contenido, ahí están esos dos riffs escuchados hasta el hartazgo, generando una revoluta en 50 mil tipos que son felices durante 15 minutos de la más maravillosa música. El rebencazo funciona y el caballo arranca. El momento es el momento y no se repite, aún cuando creyeras que escuchar las tres notas que Richards soñó iba a ser una cuatro por cuatro de protocolo. Termina siendo una polaroid que ningún celular puede tomar: la multitud inabarcable, la marcha incesante, el coro que parece ser eterno y durará más que la propia ejecución de la banda. El público es el que sigue tocando.

Y la canción es la misma pero suena igual de bien 50 años después. Quizá, en el fondo sea por eso: nunca es exactamente la misma.

***

Cumbia de la Buena termina con Traiko cantando "El necio", una de las páginas más hermosas de Silvio Rodríguez. La frase clave hacia el final del estribillo dice "Yo me muero como viví". Aplica perfecto para estos Stones rebosantes de vida -que quede claro: gente que se ríe sin parar como ellos no debería morirse pronto, aunque una foto con Mauricio Macri pueda acelerar las cosas-, estirando hasta el final la cuerda del rock and roll. Podrían morir arriba de un escenario, con la sonrisa imborrable, corriendo, fumando, cantando. Preparando el latigazo. Meta guacha.


[Fotos extraídas de La Nación, por Soledad Aznarez y Santiago Filipuzzi]


video

lunes, 1 de febrero de 2016

Yo vengo a ofrecer mi corazón



Qué sujeto amable Ricardo Iorio. Al menos para los que estamos del lado del amor, no nos queda otra que quererlo, inclusive cuando más de una vez hace méritos para que suceda todo lo contrario. En estos últimos años su figura creció en popularidad de forma exponencial: la massmedia hizo de él (con el propio hombre de negro como cómplice) un personaje caricaturesco, hilarante, capaz de decir las mayores barbaridades que la teleaudiencia podría escuchar en el prime time. No hubieran podido hacerlo si Iorio no estuviera hecho de todo eso, tampoco. Las apariciones televisivas del cantor en las ya antológicas entrevistas con Beto Casella lo muestran como un tipo desaforado pero sincero, al borde. Aquel que admite que le gustaría que le limen el buje con una poronga violeta así, aboga por la gratuidad del yogur (“si es tan bueno, regálenlo”), llora las muertes de Michael Jackson y Ricardo Fort y propone como fórmula presidencial a la dupla Adolfo Rodríguez Saá-Nito Artaza. Dentro de ese combo confuso, que Iorio ya venía mostrando al mundillo rockero desde hace treinta años -en sus letras y en sus declaraciones, otras tantas tan antológicas, polémicas y bizarras como las que tuvo con Casella-, también hay algunos rastros de coherencia, una línea que el ex V8 y Hermética incluso acentuó en sus últimos años de payaso mediático y cantor oxidado.

Claro: porque Iorio, además de opinar sobre la actualidad de la farándula, contar sus secretos más íntimos, reconocer su admiración por José Luis Chilavert y aseverar que la policía existe por Los Wachiturros, es músico. Y de eso, en la tele, casi no (se) habla.

 ***

Antes de ungirse como estrella de la pantalla, y hace ya dieciocho años, Ricardo Horacio Iorio decidió su primera jugada por fuera de Almafuerte, cuando en 1997 fue coautor de Peso argento en una sorpresiva y fructífera dupla con el cadillac Flavio Ciancirulo. De allí hasta hoy, volvió a embarcarse otras tres veces por esas márgenes. La que nos compete es la novedad de Atesorando en los cielos, el primer disco de rock de Iorio sin Claudio Marciello como coequiper en dos décadas.

Pareciera que el tipo la emprende por las suyas cuando quiere versionar. Tanto Ayer deseo, hoy realidad como Tangos y milongas son discos de repertorio ajeno, de selección: uno reformula al rock argentino de la primera década con éxito dispar pero también con un corazón enorme y una ingenuidad que hasta entonces nunca habíamos escuchado de su boca; el otro lo encuentra en su salsa, con los (¿últimos?) guitarristas de su ídolo Edmundo Rivero, acariciando el costado áspero del tango a voz y viola.

Por eso, quizá resulte extraña la decisión de publicar como álbum solista este Atesorando..., que mezcla versiones propias y ajenas con nuevas composiciones. De los tres discos, es el más cercano a la firma Almafuerte, incluso aunque Ayer deseo... haya sido grabado por todo el grupo y aquí participen otros actores. La primera actriz es Carina Alfie, la guitarrista que toma el lugar de Marciello a puro firulete. El disco inicia con una canción dedicada a ella, para que confirmemos que Iorio está en un momento de sensibilidad a flor de piel. Lo primero que se escucha es una cita a “La guitarrera de San Nicolás”, valsecito añejo también ofrendado a una dama que pulsa las cuerdas como nadie. Iorio hace de su “Guitarrera” una metacanción que invoca a aquel tango, explica el convite e invita a escuchar a los suburbios del Conurbano (“Guitarrera, hágala sonar/ y quien no le preste la oreja/ en su vacío tiemble”).



De aquí en más se sucederá un recorrido algo obstaculizado por la abundancia de versiones. Resulta paradójico, pero lo menos interesante del disco está en los momentos más pesados. Iorio sale bien parado cuando se juega por la melodía y ahí están las mejores reposiciones: en “Preguntando lo que todos saben” -su reescritura de “Wondering what everyone knows” de Budgie- parece suelto, muy por encima de esa adaptación rústica e invertida de la letra (de alguna manera tiene que entrar: “La oscuridad podés atravesar/ y tu mano llegue a mí otra vez”). Pues bien, van dos canciones y puede decirse que son dos de amor, ¿cierto?

Cuando irrumpe “Robó un auto” de Hermética uno se pregunta para qué. Recién después de muchas escuchas y lecturas puede llegar a arriesgarse un para esto: no es sólo cuestión de revisar el pasado, sino de rememorar su propia historia, la del tipo que huye quemado de la ciudad y cumple su sueño de niño. ¿Será el amor, otra vez? De las vueltas a su ayer, ésta es la única explicable. Porque hay versiones de “Otro día para ser” -también de Hermética y recortada sólo a la parte vocal de Iorio, mejor interpretada que la original- y de “Ideando la fuga” de V8; ambas son más bien innecesarias (en especial la segunda, con la voz de Alberto Zamarbide, que hace trizas el registro vocal del resto del disco).

 ***

Es amor, no lo sé. Hace ocho, diez, doce, quince años, quién sabe, Iorio visitaba los estudios de la FM Rock and Pop, más precisamente a Juan Di Natale en su programa Day Tripper, y casi de la nada le espetaba la melodía de “It must have been love” de Roxette en una traducción tan improvisada como estupenda. Que él cantara una melodía del grupo sueco era casi como que Pappo hoy reviviera, pidiera disculpas a Ezequiel Deró y subiera a tocar con el DJ. En aquel momento los niveles de viralización eran otros, pero la versión de Iorio tuvo una repercusión subterránea más que interesante. Ya entonces, admitía sin culpa que admiraba a quienes le cantaban al amor (la lista incluye a Eros Ramazotti, Roberto Carlos, Queen, The Beatles y Sergio Denis).

Lo que no imaginábamos era lo que al fin sucede en el track 4 del Disco con la tapa más horrenda de la historia -seguimos hablando de Atesorando en los cielos, no de Del entorno- y es su versión grabada de un tema de los suecos. Ayer deseo, hoy realidad: bien parece que el hombre quiere sacarse las ganas de todo y, en tren de confesiones, nada parece importarle demasiado del qué dirán, lo cual está muy, muy bien. “Quiero ser como usted” es el nuevo nombre para “I don’t want to get hurt” y acá la traducción ya es un chamuyo total, una letra nueva que bate el récord Guinness del uso de la palabra “usted” en una canción.

Lo que importa es el abrazo. El de Iorio al pop, ese que venía amagando hace rato y concreta aquí, (en una versión) tan libre como Nino Bravo. ¿Se animarán las multitudes que lo siguen a cantar junto a su caudillo “Quiero ser como usted, igual que usted/ Ni mejor ni peor, igualito que usted/ Necesito cruzar su mar/ nadando hacia donde usted está”? Es una lástima que este disco no se vaya a tocar nunca en vivo porque querríamos ver ese momento.



Algo queda claro: Iorio será un duro pero también es un noble, por corazón, no por clase. Su rigidez, vaya paradoja, cada vez está más lejos del metal y más cerca de la leña que chispea y se convierte en brasas y calor. Así como Ozzy Osbourne mostró -de manera bochornosa, abriendo al mundo televisivo las puertas de su casa- que de pesado no tenía tanto, nuestro prohombre honra al ídolo pero sale de a poco del closet de la rudeza. Por eso, uno de los grandes momentos al pedo del disco es la versión de “You won’t change me”, de Black Sabbath. No te me hagas el duro, Ricardo, que algo ha cambiado.

 ***

Queda en evidencia: lo que más importa en los discos de Iorio es lo mismo que prevalece en los discos de folk: la voz y la guitarra. Lo que se dice y lo que se ruge. Bien podría ser lo que se ruge y lo que se ruge, aunque el andar vocal de Iorio lo tiene cada vez más como un hablador rasposo. Antes que el buje, bien podrían limarle la garganta… pero sin esas impurezas en su voz perdería la gracia. Será mejor así, como cuando Carina Alfie descolla en “The Krochik” y Ricardo larga el hilo como puede en, quizá, el más alto momento entre las novedades del álbum, otra vez una canción que se pliega sobre sí misma. El estribillo es conmovedor: “Si nobleza obliga, allá voy/ guardar no me hace feliz/ sí buscar luminosos versos/ que llenen de amor esta canción/ que desde Floresta trajo a mí/ un león de los desiertos… para vos”. Perdone lector por repetir tanto como el “usted” de Iorio en su visión de Roxette, pero el amor a este hombre se le cae de los bolsillos. ¿Quién hubiera dicho que Iorio buscaba “luminosos versos que llenen de amor una canción”? ¿Éste es el mismo tipo de V8? Parece que se saca el lastre de encima y él mismo dice que guardar no le va, en la que es su reformulación del “lo que está y no se usa nos fulminará” (nota al pie: el “león de los desiertos, de Floresta” es el mismísimo Krochik del título, Miguel, músico en los primeros setentas, hoy capo del Estudio Panda, sito en dicho barrio porteño; Krochik es coautor del tema).

“Justo que te vas” y “De mi rumbear al Sur” confirman que el Richard pega más y mejor con las novedades que mediante refritos. “No me digas nada/ la vida es corta/ cuando ser feliz/ es lo que importa”, sigue el tipo en su cumbre de afecto, pop y calidez para todos y todas. La primera es una despedida conmovedora, no sabemos para quién y no es cuestión de suponer, tampoco; la segunda contiene la quintaesencia ioreana, ya más cerca de Larralde que de Ozzy. Otra canción amiguera, de vino y Jesús, de rutas, para un catálogo que cuenta decenas de odas a los compañeros y al asfalto, en un ámbito cuasi-folk(lórico) que dio los temas más destacados en los últimos álbumes de Almafuerte… ¡y en los primeros también! El “soy un solo” es cantado por Iorio casi al nivel de su parla jocosa con Casella o Yayo, y certifica el tono agridulce de la canción, amable pero melancólica.

El final es instrumental como acostumbra. Da ganas de escuchar al cantor entonando el estribillo de “Uno”. Pero el “si yo tuviera el corazón, el corazón que di” llega silbado por la guitarra de Alfie porque no necesita ser cantado: Iorio ya nos había ofrecido su corazón mucho antes de que llegue este tangazo.

[Publicado en ArteZeta el 23 de octubre de 2015]

jueves, 21 de enero de 2016

Daniel Melero: “Lo original no existe”

Dieciséis años después de Piano, el disco que quebró su trayectoria al medio -clave para la reflexión y el redescubrimiento de sus detractores; el álbum que menos lo representa según sus fanáticos- Daniel Melero vuelve a las teclas con Piano volumen 2, esta vez acompañado por Yul Acri. ¿El hombre señalado como Agente de Cambio Número Uno del rock argentino repitiéndose hasta en el título? Él mismo se encargará de explicarlo en esta entrevista.

Pero no sólo de pianos vive Melero y es entonces donde se anima, como buen conversador, a hablar de la originalidad en el arte y de su lugar como “vanguardista”. Y ahí, cuáles son sus clichés y cuáles sus gambetas. También nos cuenta el fantástico método del que se vale su banda para armar las listas de los shows; da algunas precisiones sobre su disco en colaboración con el babasónico Diego Tuñón; y organiza el que sería su festival perfecto con bandas de la actualidad.

Pues bien, este es Daniel Melero: el hombre que derribando su propio mito lo reconstruye a cada segundo.



¿Por qué Piano volumen 2 en este momento?
Estoy grabando otro disco, empezamos a grabarlo antes de ir a hacer la sesión de Piano volumen 2 y me pareció que la manera de llamar la atención sobre un disco nuevo era volver a hacer algo que fuera recopilatorio. A su vez, los temas que están grabados nosotros los estamos tocando, eventualmente hacemos shows de piano. Y de eso no había un registro, así que por un lado es táctico y por otro lado es querer que quede un registro: como salió bien, se convirtió en un disco. Esa es la situación que se dio.

Cuando fuimos a grabar con la banda nos gustó el estudio y el piano que había. Y la idea me cerró un día estando en otro estudio de grabación, produciendo un disco de Yul, que es justamente el pianista de Piano 2. Y en un descanso, estábamos ahí en el patio y se me ocurrió esto; después lo conversé con Rodrigo Ottaviano, mi manager, y fue todo muy veloz. Fue una minuta, digamos, cómo sucedió todo. A su vez, la grabación está filmada en gran nivel y también va a ser publicada.

¿El video de “Sangre en el volcán” viene de ahí?
Sí, viene de esa filmación y es la toma del álbum, además. Los temas por ahí los volvíamos a tocar pero son una sola toma por lo general. Sí se grabaron muchos pianos después; es muy distinto que el otro disco de piano porque se utiliza el instrumento con un enfoque mucho más violento. Por empezar, este disco no es baladístico. Y tiene otro aspecto sonoro: al tener otro aspecto sonoro, también es otra mi manera de cantar. Igual queda bien ponerle a toda la estrategia Piano volumen 2.

Eso fue extraño, que vos le pusieras “Volumen 2” a un disco.
¡Ya era hora, viste, ya era hora! (Risas). Porque no quiero caer en lo que los demás ven como mi... Mi cliché sería el cambio. Y yo no funciono verdaderamente así, entonces también es una manera de liberarme de eso. Pero la verdad, creo que a la vez se nota tanto que el disco es muy diferente, que quedó como una broma.

No es una continuidad, ni cerca.
No, no, no. Por ahí el “volumen 2” puede ser porque tiene más volumen (risas). Debería ser “volumen 11” como si fuera Spinal Tap (más risas).

Subió el volumen del piano, también el volumen de tu voz...
Sí, también, hubo algunas canciones en que la performance fue violenta, directamente.

¿Y eso con qué creés que tiene que ver?
Con el tipo de pianista. Y fundamentalmente, con el tipo de piano. Es un piano moderno. Los pianos modernos son más estridentes, suena orgánico pero es estridente; el otro era un piano de fines del siglo XIX, entonces sonaba como música romántica de esa época, ¿no? Y también era “romántico” el álbum. Este también, pero tiene canciones más misteriosas como “El ritmatista”, “La reina del enigma” o... Bueno, “Sangre en el volcán” es una canción muy misteriosa. O “El reino de los sueños”: esa es una de mis favoritas, de las que mejor quedó. Piano es un álbum baladístico, se puede escuchar plácidamente; éste reclama, tiene otro tipo de reclamos.

















¿La selección de los temas y sus arreglos cómo fue? Porque hicieron todo muy rápido.
Yuliano, entre una noche y un día hizo... más que arreglos te diría que son orquestaciones, buscó que tuvieran una característica especial para cada canción. Eso me llevó a profundizar en el microfoneo de una manera específica para cada tema. O, por la posibilidad de tener tantos micrófonos, utilizar en algunos temas unos micrófonos y en otros, otros.

¿Y eso lo fuiste decidiendo en el estudio?
Eso lo decidimos días antes, pero de alguna manera también somos víctimas del proceso de hacer. Imaginate, a la velocidad que esto ocurrió también sucedieron eventos que, así como me viste elegir rápidamente qué quiero comer ahora [la nota fue en un bar] también hicimos elecciones de esa clase. ¿Sabés qué pasa? También la gama infinita de posibilidades a veces es peor que restringirse. En este caso, como el juego era “vamos un día al estudio a hacer todo esto” y estaba funcionando; bueno, en el juego hay reglamento y una de las reglas era “no hay lugar para la duda”. Las decisiones son las decisiones. Si no, siempre llegarías tarde (y en general con las decisiones se llega tarde). Acá, si había un reglamento del disco era “ya”. Que tenga calidad, mucha calidad, pero ya. Es fabuloso proponértelo y que salga, que ocurra. Fue muy agotador también, al otro día de hacerlo me di cuenta.

Grabar un día entero y que el disco sea eso, debe conllevar su presión.
Sí, pero más que una presión era liberador también, porque no tenía esa idea de “bueno, esto lo vemos mañana”. No.

Por un lado era “esto tiene que salir bien” y por el otro “bueno, ya está”.
Sí, y tiene que tener valor para ser publicado, porque de otra forma hubiéramos grabado un show en vivo, donde no tendría tanta personalidad cada tema, aunque ya venían siendo más poderosas las canciones que usábamos. Hay muchas que eran muy violentas y ocurrió que no se grabaron, el material prácticamente lo decidió Yul.

¿Él hizo la selección?
Sí, el grueso lo hizo él. Hubo algún tema que se le escapó o que yo sugerí pero la mayoría los eligió él, como generalmente también él y el resto de los artistas que tocan conmigo son los que hacen las listas de los shows. A mí me da más o menos lo mismo.

¿Preferís que el otro proponga? ¿Te sorprenden con sus selecciones?
Me sorprende el orden con que seleccionan, a veces. Yo lo haría bastante distinto. Sobre todo cuando tocás, además del material nuevo que estés haciendo, hay tanto repertorio que de alguna manera el público que me va a ver ya lo conoce... Y me parece que el orden no es tan importante, las canciones se abren paso solas ubicadas en cualquier lugar del show, más allá de nuestras intenciones. Pero me gusta ese juego y es un juego que hacen mirando listas de un artista que quizás no tiene nada que ver. Hay bandas ridículas que eligieron, no me acuerdo... ¿Vos te acordás de alguna lista que se haya usado, Rodrigo? (Le pregunta a su manager).

RO: Sí, en el show de Belushi se usó una lista de los Beatles del año ’65, por ejemplo.

¿Y cómo es el método? ¿Miran las características de las canciones y buscan las equivalencias entre esas canciones y las tuyas?
Sí, sí, miran la lista y dicen “esta equivale a esa” (risas). Pero es absurdo, lo que ven es absurdo. Había una lista de Roxy Music también, pero hubo una de un grupo terrible, como si te dijera Air Supply o algo por el estilo.

Sentiste que te estaban matando ahí.
No, no, ¡si yo ni siquiera sé las canciones de Air Supply! (Risas).

Es muy peculiar. Porque intentan pensar lo que pensó el otro a la hora de armar la lista y quizá fue algo totalmente distinto a lo que se dispara.
(Se ríe). Si tuvo sentido se lo arrancan de cuajo. Es casi un capricho, un juego, un procedimiento sin sentido. ¡Pero da buenos shows! Lo que funciona al final son los temas y cómo se tocan. Igual a mí me gusta ver que juegan a eso, me parece hasta un halago.



Hablando de delegar, cuando salió Piano vos decías que te parecía injusto que llevara solo tu nombre, que Diego Vainer merecía figurar en el título.
Sí, sin dudas. Entonces hicimos también un EP [Dejaré que el tiempo me alcance] y ahí sí está el nombre de él. De todas maneras, en el caso de Piano fue un disco que se editó primero en Chile y lo grabé con un dinero que me habían dado para producir un disco de recopilación con versiones tecno mías, versiones nuevas. Allá se llamaron Uno y Dos y acá se llaman Piano y M (acá salió mucho después). Y en Chile era necesario que estuviera mi nombre porque era un disco de presentación; además yo hice ambos discos con el dinero destinado para uno solo. Piano también lo hicimos rápido, en dos o tres días, veintipico de horas en el estudio. La sesión de Piano volumen 2 duró del mediodía hasta la noche, tarde, nos habremos ido a las 11 y media de la noche. ¡Ya lo vas a ver en la película! (Risas).

¿Y tu rol de cantante para estos discos de piano? Te diste un lugar totalmente distinto al habitual.
Sí, cada vez me dedico más a cantar, si lo pensás, cada vez toco menos.

Como si a partir de Piano hubieras hecho un clic. En Vaquero ya está.
En Vaquero no toco en todo el disco, sólo canté. En Supernatural toco una guitarra acústica y un sintetizador... Sí me encargo de los procedimientos. En Disco es muy importante [Tomás] Barry, para mí él produjo las mejores piezas del álbum. Las redondeó él: “Mirá mirá” y “Dudas”. Los otros temas me encantan y todo pero estos tienen un sonido totalmente genial, que yo nunca hubiera sabido hacerlo.

Hace un tiempo dijiste que querías recargar más en la voz y menos en lo corporal. ¿Lo seguís sosteniendo?
Sí, no tengo dudas. Además me gusta mucho cantar, ser el cantante de músicos que tocan como los que tengo la suerte de tener alrededor, porque tocan de manera muy abstracta, es como que siempre se están fugando de la música. Entonces hay un juego de si voy a ser formal o si me voy con ellos; o si ellos se formalizan y entonces yo me escapo. Y esas son cosas que en los shows se deciden en el momento, porque nosotros ensayamos los temas como una red de contención, por si nos fuimos todos a la mierda (risas). No es que ensayamos un show y después vamos y lo repetimos en todos lados: cada show tiene su propia lista y aparecen temas que no estaban en el anterior, se decide en el día y también durante el show yo decido.

¡Y encima la lista no la armás vos!
No, pero en el momento yo digo “che, éste no, toquemos el que viene después”. Cuando veo que el show se está dando de una manera trabajo sobre eso en el escenario, no estoy respetando lo que creía que iba a ser antes, porque para eso tocás con pistas y yo hace como quince años que no lo hago.



En cuanto a reformulaciones, Piano volumen 2 tiene algunos momentos con un toque caribeño, si se quiere. ¿Eso cómo surgió?
Sí, en “Sangre en el volcán”, “Besar” y “Canciones de moda”. Pero las originales... Por ejemplo, yo siempre pensé que “Sangre en el volcán” era caribeña, después, qué sé yo, como era con tontones electrónicos cuando la grabamos con Los Encargados… Yo siempre la vi así; y con la banda la tocábamos con batería, claro. Estaba intentando hacer algo centroamericano, y después en Conga también: si vos escuchás “Canciones de moda” está repleto de percusión, tumbadoras y bongós. En el caso de “Besar” no, creo que es distinto, es un tema de esos que hago con una guitarra. Pero en “Sangre en el volcán” ahora se nota. Para más, es medio como un tango y a la vez tiene elementos de dub en el piano, los ecos. Quedó un híbrido muy interesante, una nueva especie (risas).

Me sorprende que lo hayas pensado desde siempre ese toque caribeño, quizá uno nunca lo hubiera imaginado hasta escuchar la nueva versión.
Pero bueno, es como lo de las listas, la fuente uno la utiliza fundamentalmente para confundirse (risas). Y también para fundirse, en algún lugar (no en términos de dinero en lo posible, pero también si fuera necesario). Yo cuando compongo pienso en cosas anteriores, en cosas que existen, arranco desde ahí. Desde siempre: creo que lo original no existe para mí.

¿En qué pensás, en algo ajeno o en algo propio, que ya hiciste?
En algo ajeno, escucho una canción que me gusta y toco encima. Pero seguro que mis acordes empiezan a no ser los que eran y después, cuando saco la canción, recuerdo cómo era el tema que estaba componiendo y ya mi recuerdo es fallido. Después lo muestro a los músicos y cada uno lo interpreta de formas distintas y a mí me sirven más que las que yo pensaba. Pero no creo en “lo original”, sí creo que uno intenta ser, no sé, íntegro, genuino. Si publicás, tratar de que sea una composición que te parece buena, interesante, válida, inclusive que contraste con lo que se supone de vos o que siga una línea equis, lo que sea. Pero no creo en la gente que piensa que puede ser original: a lo sumo podés ignorar cosas y creer que sos original.

Pero va a ser más una cuestión de ignorancia tuya que la realidad.
Sí, aparte, qué sé yo. Porque… (Piensa unos segundos) Nadie es tan especial (risas). Formamos parte de una tradición genética nosotros, todos los humanos, entonces es muy engreído creer que uno puede ser un original. Pienso que en algún laboratorio tienen un tipo que es totalmente original, que lo crearon ahí y no tiene forma de hombre (risas).

Es paradójico que esto lo digas vos.
¿Por qué?

Porque siempre fuiste señalado como “lo original, lo nuevo, lo moderno”. Esto también porque se confunde “original” y “moderno”.
Claro, y no tienen nada que ver. La modernidad tiene mucho que ver con implementaciones tecnológicas. Mirá: para mí el arte decae desde la invención de la pintura rupestre, que es lo que nos transformó completamente. Y la tecnología más importante que tenemos es el control del fuego, no son los celulares. O sea, la revolución humana en el arte está en la pintura rupestre, a partir de ahí transmutamos esas ideas, las hacemos representaciones de distintos presentes que vivimos. La vanguardia, si existe la vanguardia... Yo creo que lo que existe siempre es gente que es del presente y a veces el mercado no está listo. Yo no me considero de vanguardia.

Pero sí creés que eso te pasó muchas veces, ser del presente.
Sí, si vos oís el disco de Los Encargados hoy, te das cuenta que no era de vanguardia. Colores santos no era de vanguardia, ¡era de la época! Esas son mentiras. El problema es que hay mucha gente de retaguardia. Y cualquier industria tiende a tratar de tener un status quo, sobre todo estas industrias. Hoy en día es un momento muy interesante porque la industria no sabe qué tipo de industria es, una discográfica es más de management hoy. Entonces es una empresa ¡pero tampoco emprenden! ¿Qué cantidad de grupos nacionales editan las multinacionales hoy? Pasan años y no sacan a nadie. Y si sacan alguno nacional es algo que viene de la tele, y de la televisión nunca bajó a la calle el rock; como máximo, a veces fue al revés. O sea, la tele nunca fue línea. Yo no puedo creer que la gente mire la tele o escuche la mayoría de las radios pensando “eh, ya no pasan música como la de antes”. La música de antes, la que vos creés que es buena, ¡no la pasaban tampoco! Pero tenías la curiosidad de encontrarla por ahí.

Bueno, hay una frase tuya que es tremenda y tiene que ver con esto: “cuando tus amigos empiezan a decir que ya no hay música como la de antes, es el momento en que tenés que cambiar de amigos” (Risas).
¡Sí, sí! Eso pasa a los 23 o 24 años, que la gente tiende a asentarse. Les pasa a los periodistas también, porque hay un lugar donde había una época que eras joven, ibas a shows o a la casa de tipos que estaban haciendo algo, lo que sea. Y en un momento dado tenés un trabajo que cumplir, estás cansado a la noche, tenés familia, y no querés que te vengan a mostrar nada nuevo. Preferís que no ocurra también. Y el mismo sistema del que te burlabas es el sistema al que luego pertenecés.

A muchos músicos les pasa.
Sí, también a los músicos. En general, la gente habla de “en mi época”. ¡A los treinta te dicen “en mi época”! (Risas). Nosotros lo usamos mucho de broma eso, aparte ya no sabemos...

¡Cuál es su época!
En mi caso, mi época... ¡Estoy ansioso porque empiece! (Risas).



Hablando de épocas. Encontré una comparación que hiciste alguna vez y me resultó simpática. Vos viste en vivo a Los Gatos, Almendra, Manal y Vox Dei, juntos en un festival...
(Interrumpe) Sí, ¡que corría alrededor de Spinetta! ¡Y también tocaba Industria Nacional! (Risas).

Y alguna vez dijiste que cuando viste en los ’90 a Carca, Juana la Loca, Babasónicos y Martes Menta, sentiste que era como estar en un show de la magnitud de aquel, con lo que pasaba en el momento.
Claro, claro. Es que hubo un show, creo, en Die Schule.

Claro, y te parecía que representaba lo que sucedía entonces. Hoy, ¿con qué bandas armarías ese show?
Con Luciano Duarte, con Puar, me gustaría que estuviera Guerra de Almohadas. Klauss que toque un poquito entre los grupos (risas). No, Klauss no estoy seguro de que sea para ese show pero sí me parece único. ¡El otro día estaba haciendo la lista y ahora no me acuerdo de nadie! ¡Cuando me hacen estas preguntas no me acuerdo! (Se ríe y piensa). ¡Shaman! Shaman [Herrera] tendría que estar en ese show, Sobrenadar tendría que estar... Ya está, ahí tenés cuatro y tenés más. Hay de más, ¡hay mucho más! Pero en el público tendría que estar Carca (ríe), tendría que ir Leandro Fresco, Diego Tuñón... ¡Ah, y tendría que estar UN, Miguel Castro!

¿Ellos dónde, arriba o abajo del escenario?
¡En los dos lugares! (Risas). A todos nos haría muy bien ver todo eso junto un día, sí. ¿Te imaginás el camarín? Va a ser impresionante en ese show (más risas).

¡Hay que organizarlo, Daniel!
¡No, más trabajo no puedo! El camarín de ese show... Con ese público y esos invitados puede no ir nadie que es un hitazo, va a ser un show igual.

Mencionaste a Tuñón. Con él estás haciendo un disco, ¿cierto?
Estamos terminándolo ya. Hoy iba a ir a grabar las voces...

¡No me digas que no fuiste para venir acá!
(Asiente). Me engañaron, me dijeron que tenía la tarde libre (risas). Pero estamos ahí, muy cerca, prácticamente en un 80% del disco. Es la primera vez que un babasónico va a tener un disco en solitario. Y es un disco extraño, por momentos muy melódico en piano y por momentos muy electrónico-siniestro. El hilo conductor es el proceso que ocurrió en la mente de un novelista, un viaje que él emprende hacia Oriente: a Vietnam, atraviesa el Río Mekong. Ese es el hilo interno del que está hecho el disco, que se va a llamar El camino del opio.

¿De quién fue la idea del viaje?
Creo que la idea del viaje fue mía, pero lo del camino del opio fue idea de Diego. Y con eso solo ya está todo. Después hay temas que él los hizo prácticamente solo y yo los procesé; y hay temas que los hice yo solo y están hechos a partir de pianos que él tocó. Pero todo forma parte de la nube de estar imaginando música juntos, entonces es casi irrelevante a quién se le ocurrió qué... Porque es consecuencia del otro.

[Publicado en indieHearts el 28 de mayo de 2015.
Imágenes tomadas del videoclip de “Sangre en el volcán”]

jueves, 14 de enero de 2016

2015 para escuchar

Otro año que pasa y, para variar, deja una pila de discos que seguiremos escuchando. Esta vez, agrupamos nuestros álbumes favoritos de 2015 por categorías, para guiar un poco más al oyente (todo es bastante arbitrario, como debe ser). Es pertinente aclararlo: esto es lo que una sola persona llegó a escuchar con cierto nivel de profundidad... Discos que recibí en mano de los propios músicos, discos que compré, discos que bajé, discos que escucho en streaming. Pero los escucho como lo que son, por si no se entendió: discos, una obra entera, algo que empieza y termina, con tapa y contratapa, con un sonido particular, con un orden.

Como la buena música perdura, todo aquello que no entró en este resumen aparecerá en este sitio durante 2016 (hubo unos cuantos álbumes que salieron cuando terminaba el año pasado, y otros tantos de artistas que admiro y a los que aún no llegué). El tiempo acomoda todo, pero los 21 discos que más aprecié a lo largo de 2015 fueron estos:



LOS QUE SIEMPRE DAN EN LA TECLA

Como leerán, no es necesario aclarar demasiado la primera categoría. Los siete discos que la conforman son de músicos que hace años son garantía de calidad. Podríamos juntarlos por pares (teniendo en cuenta que hay dos discos con un mismo protagonista): el dueto Valle de Muñecas y Fantasmagoria sería el primero. Dos bandas con más de diez años de trayectoria, varios discos en su haber y un pasado frondoso de sus integrantes. Manza Esain y Gori, songwriters de peso en esta era, otra vez demuestran su poder de fuego: el primero ha conseguido afianzar una banda que entiende sus composiciones a la perfección. Fernando Blanco ya se convirtió en su mejor ladero para sacarle chispas a la guitarra, la base que conforman Lulo Esain y Mariano López Gringauz se entiende de maravillas, y no hay un solo segundo de desperdicio en El final de las primaveras. su cuarto álbum de estudio, el más pulido en producción y canciones: descuellan con pop smithsoniano ("Insomnio"), fogón melancólico ("La cura y el dolor") y urgencia punk ("Una hoja en blanco"). Un disco que confirma las mejores suposiciones: Valle de Muñecas hace rato juega en Primera A.
Se escucha acá: http://goo.gl/WKDMlp

Qué decir de Gori y su criatura. Pasó mucho tiempo entre El río y El mago Mandrax: cinco años en los que el cantor se dedicó más a otros proyectos y Fantasmagoria sufrió mutaciones. Luego de encontrar tres nuevos coequipers y bajo el abrigo de Scatter Records -el mismo sello que alberga a Valle-, El mago... es el disco más extenso y directo de los hombres de negro, aunque a su vez tenga las dos canciones más misteriosas de su discografía: la apertura y el cierre, "La araucaria" y el tema-título. Dos viajes en sí mismos, uno redondo y místico, el otro, arduo y épico. En el medio, canciones que van al grano y dan clase de humildad y sencillez -"Las cosas de verdad", "Mirá bien"- en letra y música.
Se escucha acá: http://goo.gl/4SYtHr

Otro díptico: el de Maxi Prietto y Shaman Herrera. Aunque en verdad sea injusto reducir Los Espíritus, Prietto y Los Pilares de la Creación a estas dos mentes brillantes. Por el lado de Maxi hubo producción con sus dos proyectos mencionados arriba, ambos con resultados brillantes: Charly García decía que le gustaría ser negro, Prietto, Santi Moraes -qué predicador barrial- y los suyos lo llevan a la práctica con groove y espesor. La música de Los Espíritus tiene el humo indispensable y le brota por todos lados: la gente lo nota. Su arribo a El Teatro (Vorterix, bah) es una de las grandes noticias del año rockero y un acto de justicia para una banda que con dos discos ya es una realidad para observar de cerca.
Se escucha acá: http://losespiritus.bandcamp.com/album/gratitud-2

El otro proyecto, enmarcable a lo solista, es aún más oscuro, puro y duro, una banda que suena a otra época y crea un espacio bien reflejado en el arte de tapa: ese bar en blanco y negro con la fábrica enfrente. La formación termina de despejar las dudas, viendo el contrabajo, las teclas, la criolla y la batería austera: con Prietto se blusea a la vieja usanza y con las copas en alto.
Se escucha acá: https://prietto.bandcamp.com/album/prietto

¿Y Shaman? Si Prietto y Moraes son las voces reas, Herrera es el oráculo. Apoyado en una banda versátil, que puede sonar cruda y también supernatural -a propósito, qué nombre tan preciso Los Pilares de la Creación-, el hombre despliega todo su caudal. Charly García, otra vez, dijo que no podía pasar de los primeros dos temas de Nevermind porque eran demasiado buenos. Con Sueño real pasa algo parecido, pero son tres las perlas: entre "La sed" y "Sonríe" -a dúo con el Chango de El Mató- transcurren diez minutos hipnóticos que resumen los climas del disco. Lo que sigue no es menos atrapante: "ahora sé lo que es volar en libertad", canta Shaman. Y es imposible no creerle.
Se escucha acá: http://www.conceptocero.com/shaman/

Completan este combo de infalibles otros dos solistas que calan hondo, la última dupla de esta categoría, Florencia Ruiz y Lucio Mantel. Dos artesanos. El caso de Florencia esta vez es literal, porque su disco 7 cartas invisibles se muestra precioso desde su forma física, un sobre de tela que contiene al mini CD con las siete canciones-misiva. Todo en el disco es chiquito, hogareño, familiar, mientras que la voz oceánica de Ruiz, su poesía y su guitarra limpia -qué guitarrista notable- llevan tal profundidad que esos veinte minutos de duración son, al decir de Spinetta, la eternidad imaginaria. O un universo sanador.
Se escucha (y se ve) acá: https://youtu.be/mJ4ktJ3VMhY

Mantel no se queda atrás y de nuevo muestra sus dotes de orfebre. Se vale de lo acústico para construir un universo tan frágil como mágico. Puede ser dramático ("Péndulo", "Otro sobre el tiempo") o extremadamente cálido ("Es la noche"), arrimarse a colores folclóricos con devoción ("Deshielo", que remite a la "Zamba del grillo" de Yupanqui) o armar juego desde su guitarra en apariencia sencilla ("Luz de día"). Cada elemento emerge en el momento exacto y todo es resuelto con maestría... y una ayudita de sus amigos (Alejandro Terán, Fito Páez, entre otros). Otro disco perfecto.
Se escucha acá: https://goo.gl/CzHwKY



















EL PASO FIRME

Estos cinco álbumes confirman sospechas: un quinteto de grupos que no tiene demasiado que ver entre sí, excepto porque sus producciones de 2015 demuestran que si se esperaba mucho de ellos es porque mucho era lo que había para recibir.

Empecemos por Pels, que peló una obra monumental. Gospels parece un tratado sobre (el fin de) la juventud pero es mucho más. Un disco que demuestra cómo se puede seguir sorprendiendo con una formación clásica de rock si se tienen buenas ideas (y se las desarrolla, claro). Once canciones acabadas al detalle, que destierran toda obviedad compositiva y desandan caminos no tan sencillos, donde siempre se llega a buen puerto. Desde el acorde imposible de piano que da comienzo a la épica "Dormiría" hasta los senderos que se bifurcan en temas que se enroscan y desatan como "Los diablos" o "Limón negro". Y "Viva la pepa", que debería convertirse en la canción por excelencia para bailar drogado y desquiciado. Pasaron muchos años desde su primer disco, Ugo, pero la espera se curó por la gracia con que mastican ese chicle que el mundo sigue estirando: las preguntas irresueltas para ser siempre joven. Un piso altísimo para lo que vendrá.
Se escucha acá: https://pels.bandcamp.com/album/gospels

Mi Amigo Invencible, en verdad, ya podría estar en el listado de arriba. La danza de los principiantes nos presenta a un protagonista algo perdido en el nervio de los tiempos y los códigos de convivencia ("viajé al pasado a solucionar/ lo que había arruinado y lo volví a estropear"; "sé que siempre estuve en otra/ nunca supe cuál es la que va/ te quiero hablar mientras bailás"). Entre la historia a desentrañar que llega desde la palabra -¿las letras deben leerse en orden?, eso parece- y la precisión milimétrica de las canciones -hay sabiduría para acelerar y bajar velocidades, groove y punk a la vez, ¿postpunk?- se arma un viaje con vaivenes anímicos, fantástico y duro. En "Edmundo Año Cero", el protagonista encuentra sus cosas "cargadas de tiempo". El entorno fue arrasado. ¿Cómo se resuelve el dilema? La última frase de la canción lo sugiere: "Hombre caminando". Así procede Mi Amigo Invencible: manejando los tiempos con paciencia y maestría.
Se escucha acá: http://goo.gl/pSB6Ur

Con una dosis de certeza similar pero una dirección menos sinuosa y más obvia -no por eso menos atractiva-, ahí está Una comedia romántica, el novísimo álbum de Valentín y Los Volcanes. Yo le hubiera puesto Una apuesta por la pornografía, pero comprendo que el título no garpaba tanto. Lograr diez canciones así de redondas, asquerosamente melodiosas -¡es un elogio!- y familiares al oído no es tan sencillo como parece, podés quedar como un mero copy and paste en el intento. O como un chanta. La apuesta es brava: limpian las marcas de indieismo -todo está pulido, Jo Goyeneche casi no arrastra su voz ni su erre como antes, produce Tweety González- y apuntan directo al corazón radial, con la melodía como núcleo. No cambiarán el mundo, cambian mi mundo.
Se escucha acá: https://goo.gl/IX1iML

Algo así sucede con Segba y En otro camino, su cuarto disco y el mejor resuelto a la fecha. Hay dos vectores de poder en este cancionero: la llamada puede venir desde la fuerza de la guitarra y el impulso de eso que se suele denominar como la base -el bajo y la batería que... ¡no siempre son la base!-; o bien desde el magnetismo de estribillos como el de "Si me voy": la canción sin versos. Como indica su portada, rutera y con luz de noche, este es un disco de viajes: literales como el del tema-título y su bello aire folklórico; oníricos desde lo que se narra o por sus fugas hacia otras latitudes -el trip oriental de "Distancia horizonte destino" y "Huellas", que se topa con "Kashmir" de Led Zeppelin en su pico-. ¿A quién no le gusta viajar?
Se escucha acá: https://segba.bandcamp.com/album/en-otro-camino

Cierra esta categoría... un álbum debut. ¿Un álbum debut en la categoría El paso firme? Sí, porque es el primer larga duración de Las Armas Bs. As. pero a Ramiro García Morete, uno de los grandes letristas del rock argentino, ya lo conocemos desde mucho antes. Y acá muestra una faceta que apenas se insinuaba en su grupo anterior -los geniales Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete- y en su tenebroso disco solista "El olor de la sangre". Hagan la prueba y empiecen por ahí: algo se sentía de la perversión y el rock and roll de Las Armas, este combo delincuencial que desde la tierra prometida viene a contarnos que dios, las pastillas y las parrillas son la posta en Buenos Aires. El soul de camperas negras, también.
Se escucha acá: https://lasarmasbsas.bandcamp.com/album/vol-i

¿ESTOS DÓNDE VAN?

Las categorías empiezan a desbarrancar. Pero si consideramos que todo lo que antecede puede englobarse dentro de un frondoso bosque al que denominamos "rock", aquí van cuatro producciones con fecha 2015 de difícil catalogamiento. Lejos de ser una crítica, el ¿Estos dónde van? es, además de un chiste, una valoración positiva hacia estos álbumes difíciles de categorizar.

Empezamos por Gastón Urioste, oriental de Uruguay, radicado en Buenos Aires, exparisino. Su disco Últimos soles de verano es madera pura. Trabajadísima. Nótese la selección de colores: Gastón es oboísta (inserte signo de exclamación/admiración gigante) y a ese instrumento de viento, poco utilizado en la música popular, lo pone en primer plano junto a melódicas, armonios, trombones, violoncellos, contrabajos, criollas, y la voz de Victoria Zotalis en modo lalalá: silbadora, silabeadora, siguiendo a la cuerda frotada y las notas tenidas de los vientos (comentario nerd: quisiera ver el Manual de instrucciones que Gastón le preparó a la cantante). Que el gesto sea lo que la palabra. El resultado es cálido y sorprendente, como si proyectara el mismísimo campo despejado de la tapa: si le prestás atención, está lleno de pequeños detalles. Ojo, también podría ser la música de la metrópoli moderna, Montevideo, Buenos Aires, París. O mejor, como dice Catupecu Machu, de una metrópoli nueva.
Se escucha acá: http://gastonurioste.bandcamp.com/releases

Sigamos con Reptil, un monstruo hermoso creado por el guitarrista chaqueño Francisco Slepoy. Contemporáneo, perturbador, heavy metal y más. La premisa es jazzera -se parte desde la improvisación con unas pocas pautas- pero tiene elementos de la música contemporánea -se trabaja la forma desde el sonido mínimo- y momentos dignos del rock más experimental -romper todo y empezar de nuevo-, ese que Marcelo Iconomidis pasaba hasta hace poco en La TV Pública. El resultado: muy bien 10, felicitado. Un trío de saxo, guitarra y batería (a Slepoy se le suman Lucas Goicoechea y Andrés Elstein) que se escucha, se sigue y se persigue hasta el infinito y más allá. Y cuando arremeten a guitarra preparada y canto armónico, agarrate. Anímense a "Neptuno" y me cuentan si a ustedes también les da escalofríos.
Se escucha acá: https://kuaimusic.bandcamp.com/album/reptil

Menos perturbador y más ecléctico, el segundo disco de Los Mutantes del Paraná recibe con afecto esta categoría desgenerada que le aplicamos. Noctámbulo se puede bailar a los saltos o escuchar en el más absoluto silencio. No soy demasiado afecto a los grupos que en un solo tema se pasean de aquí para allá... pero los zarateños lo logran sin sonar forzados y desplegando su big band como un abanico que se mueve de la milonga a la cumbia, de la bossa-nova a Carl Stalling y de Explosions in the Sky a Erik Satie (¡"Nocturno" es una gnossiene perdida!). Importante: a pesar de ser instrumentales, todos los temas se pueden cantar, en lo que constituye otra victoria del lalalá. Arenga con cerebro.
Se escucha acá: https://goo.gl/Ek7Y6U

Cierra esta categoría Mecánica celeste, de Leandro Kalén. Lo primero que llama la atención es la cantidad infernal de invitados: son tantos que en el booklet del disco están divididos por tipo de instrumento ejecutado (además de ser muchos, los hay estelares: Litto Nebbia, Hermeto Pascoal, Alambre González, Michiel Borstlap, Juan Carlos Ingaramo y un etcétera casi infinito). El desafío es lograr, con tanta intervención ajena, un álbum que banque su propia coherencia de principio a fin. Y las composiciones de Leandro resuelven ese acertijo: canciones adultas, maduras, resultado de herencias múltiples, aquí matizadas por piezas instrumentales y recitados que funcionan como separadores. La santísima trinidad Nebbia-García-Spinetta tiene su lugar -uno como invitado, los otros versionados- dentro de un repertorio que se acerca al jazz y la música rioplatense, por ejecución y volumen. Pero el cóctel está. Aquello de que "la soledad del tonto es ser indiferente" en "Despertando al diablo" no es un dicho al pasar: se canta rock, se siente otro groove.
Se escucha acá: https://goo.gl/hBTmvc













REVELACIONES

Les juro que con estos seis cerramos. La categoría no necesita tanta explicación, lo que sí vale aclarar es que algunos de estos discos son revelaciones para mí porque desconocía a los autores. De algunos de ellos simplemente no esperaba lo que hicieron. Creo, además, que estos discos no han sido descubiertos al nivel de otros que conforman esta lista y por eso están acá: para que los busquen, los encuentren y los escuchen,

Empecemos por Gonzalo Gamallo, cara visible de La Joven Guarrior y Los Niños y los Locos. Suena ridículo que él esté en la lista -este espacio eligió entre sus discos favoritos de 2013 al tercero de la Guarrior- pero no me esperaba un álbum solista de este tenor, con esa densidad. Gonzalo pone el corazón y los huevos sobre la mesa -para qué decirlo de otra forma si es eso- y pela canciones que pueden separarse en dos tándems: rock and roll irónico y folk tierno. En ambas facetas se cuela un compositor sencillo y crudo, que con su nombre a cuestas se planta ideológicamente en el universo nacional y popular. Desde ahí, hace reír con declamaciones de porro ("Memoria imprudente", inspirado en una entrevista televisiva a Moria Casán), llorar con historias escalofriantes ("Lo que hubiera sucedido", una hermosura) y nos obliga a pensar qué haremos en estos cuatro años de ceofascismo en "Vacaciones largas".
Se escucha acá: http://gonzalogamallo.bandcamp.com/

El disco de Crisologo y los Cuerdos tampoco es una revelación del todo para mí. En 2012 ya había degustado y aprobado su EP Melodías para dar. Pero sabemos que un EP no es un disco y nunca se sabe dónde puede quedar la inspiración cuando los tiempos se triplican y hay que llenar los 45 minutos de un álbum. Pues bien: Manuel Bence Pieres canta "no descansaré/ como un juglar quiero seguir cantando" y lo logra: 11 canciones que respiran psicodelia pop y nos redirigen a clásicos (los Beach Boys maduros, los Zombies, los Beatles, obvio) y modernos (La Perla Irregular, los propios Pels). Las cuerdas -violines, acústicas- y pianos embellecen todo y lo tiñen de un aura romántica indispensable para este modelo de canción. En el medio, Parado en el umbral, la pieza que da nombre al álbum: una delicia orquestal que divide aguas a la manera de los lados de un vinilo. ¿Preciosista? Precioso.
Se escucha acá: http://goo.gl/fVdGrF

Como La valijita rosa de Constanza Cofreces. Un disco diminuto y de apariencia amigable, que va soltando sus capas de dolor a medida que crece el drama en las letras. La voz dulce e inquieta de la autora se retuerce según las obsesiones que la asedien; siempre autorreferencial, va a ser la guía ante cada historia. Se ríe de su propia locura en -sí- Loca como una cabra ("de chiquita me drogaban porque no quería dormir/ como loca desquiciada/ no paraba de reír"); sufre el abandono en Los años me darán la respuesta (el "tu cara se diluye en el tiempo" del final es un gesto de dolor spinetteano). Parece un disco etéreo pero viene recargado... Y decorado al detalle como un cuarto femenino, con banjos, melódicas y lapsteel deliciosos. Entre la belleza chamber de Realidad, la primera canción, y la sordidez final de Salir del silencio, hay un abismo digno de ser observado.
Se escucha acá: https://constanzacofreces.bandcamp.com/releases

El Pendejo pare un duende deforme, que hace de la palabra un desvarío y del sonido un cuchillo -como bien dice el título- En punta (aunque aluda a un buen par de pezones). Eléctrica y electrónica, la música de Guido Aloisi, Lucila Massot y Tiburcio Benegas -ellos son, aunque el librito no diga nada- se hace a sí misma a partir de repeticiones abrasivas, sonido saturado, guitarras acústicas que constituyen un fogón for no one, como si en vez de construirse se fuera destruyendo la madera entre las chispas ("Feliz todo el día"). ¿Puede decirse que lo que se escucha son canciones? Más bien parecen gestos pictóricos, donde las manchas van comiéndose toda posibilidad de una figura identificable... pero algo vemos, algo queda: como en esos juegos donde se fija la mirada y, tras unos segundos de vista borrosa, se apunta hacia una pared blanca y le vemos la jeta a dios. La forma de la deforma, con gospel para zombis ("Hizo el vino") y blues para robots ("Preciosura"). Luche, resista, y vuelva.
Se escucha acá: https://elpendejo.bandcamp.com/releases

Ludovico Zanettini, ladero de El Pendejo en el sello Red, se viste elegante para copar el fondo blanco de El look de la pelea. Lo que se escucha de Puar, su proyecto solista con nombre de banda, es casi como lo que se ve: el lienzo apenas retocado por colores exóticos para el ojo medio. Lo blanco de la portada podría ser el clasicismo del piano (aunque éste emerja desde profundidades llenas de eco y no sea un piano for dummies). ¿Los colores? En los beats programados, en las resonancias, en los pulsos más flotantes, en la propia voz de Ludovico descrbiendo otros beats -los de sus manos y las piernas de una chica en, claro, no podía llamarse de otra forma... "Todo en este beat"-. O en el desmembramiento sonoro de "El regador", una canción que se extingue desde el proceso técnico, atroz. Como si Tanguito se hubiera mudado a Mendoza para sintonizar la música de mañana.
Se escucha acá: http://puar.bandcamp.com/releases

Llegamos al último. Last but not least, el caso José Unidos significa para mí una revelación tardía. Agarré hace poco su gran primer disco, Administración, y casi de la mano cayó este sucesor Lampedusa. La voz de Lucas Colonna es una respuesta lejana al susurro seco de Nick Cave que en el plano local también -tan bien- disemina Juan Pablo Fernández, por citar. Es fiel seguidora del sonido parco del grupo, que en Lampedusa y Boulevard construye antihits o, para decirlo mejor, canciones que son redondas pero se combaten a sí mismas, como si fueran gemas del Robert Smith más optimista tocadas por un ejército de ianescurtis colgados de la soga. Un grupo que canta que el amor es un "gran cliché" no se puede permitir esa culminación tan shiny. Por eso prefiere, en la que podría ser una gran autodefinición de su música, "colores en monocromo". Un susurro que se escucha al palo: para José Unidos la victoria es el sonido desgarrado y desgarbado de, valga la redundancia, Victoria, o el contrabajo saturador de Canción prescripta. Para nosotros también.
Se escucha acá: https://joseunidos.bandcamp.com/album/lampedusa