viernes, 3 de julio de 2015

Mostruo!: “En este disco ya somos nosotros y nos hacemos cargo”













Se acabó. O al menos esta vez, no iba. El monstruito verde que engalanaba todas las portadas de los discos de Mostruo! desapareció de la primera plana en Profunda desorganización, el cuarto larga duración de los platenses. Ese detalle es consecuente con el rumbo que tomó la música del cuarteto en el álbum publicado a fines de 2014, una de las producciones más sólidas del año pasado y sin lugar a dudas su mejor registro a la fecha.

Lucas Finocchi nos recibe en un recreo de su trabajo en FM BitBox y la charla, en una tarde (todavía) calurosa, recorre algo del pasado pero mucho más del presente y de lo que vendrá. Profunda desorganización trae novedades más allá de las canciones: es el debut de Gabriel Ricci en el bajo, en lugar de Federico Mutinelli. Además, es el primer disco en que el grupo trabaja bajo las órdenes de un productor, Alfredo Calvelo. De allí a las ganas de profesionalizar su andar parece haber un solo paso. El mismo -o un poco más corto- que aquel que aleja a La Plata de Capital Federal, esa ciudad tan enorme e inabarcable, todavía una incógnita para Mostruo! ¿Más? La búsqueda estética de la banda, la composición grupal, las dificultades para decir que no a tantas propuestas amables… El trabajo de cuatro tipos (Finocchi, Ricci, Kubilai Medina y Luciano Mutinelli) que no viven de esto, pero sí para esto: tener una banda que sacuda escenarios a base de canciones bellas y fuertes. Lo logran pero aún quieren más, porque saben que el monstruo es grande y por eso ya no entra en la tapa.

Lo primero que sorprende del disco es que no esté el monstruo característico. ¿Cuál es la explicación para el cambio?
Nunca hacemos las cosas demasiado conscientemente, no hubo una charla filosófica ni nada por el estilo. Sí nos pareció bien a todos, de entrada, que esta vez no estuviera el monstruo en la tapa. Después, analizándolo con el disco hecho -y comparándolo con los otros-, me parece que el monstruo en algún punto era un alter-ego nuestro, una especie de personaje que ya no está. En este disco ya somos nosotros y nos hacemos cargo, no necesitamos esa figura.

Sin embargo, la tapa tampoco es una foto de ustedes.
No, porque tampoco creemos que seamos lindos… (Risas). Ningún disco de Mostruo!, salvo uno, tiene fotos nuestras en el librito. Para mí es mucho mejor que el disco sea una obra de arte, aunque una muy buena foto también pueda serlo. Pero el dibujo es el concepto que más nos gusta. Y nosotros no somos de lookearnos ni nada de eso. Nos han dicho “no toquen vestidos igual que como trabajan” y la verdad que no nos sale, no le ponemos mucho a la imagen nuestra como personas, entonces tampoco tiene sentido hacerlo para el disco. De hecho, nos re cuesta hacer fotos…

¿Lo sienten como una deuda o sale así y está bien?
Yo no, nunca entendí la música desde ese lugar, aunque entienda que la cultura rock tiene mucho de eso. Pero nuestra forma de vincularnos con el rock es más desde la música, desde la canción. Hay quien lo hace así -Neil Young, por ejemplo, aunque hay montones- y también está Bowie, que tiene talento para hacer las dos cosas. Creo que nosotros no y tampoco hay una búsqueda nuestra en ese sentido: yo no tengo nada que decir con mi imagen, no es algo que maneje ni un lenguaje que entienda. Por eso buscamos que el que lo hace sí tenga algo que decir y sepa cómo: las fotos que nos sacan Vicky Schwindt, Fernando Massobrio y Manuel Cascallar están buenísimas porque ellos son buenos fotógrafos y saben lo que hacen. Lo mismo con cada tapa que hace el Chulo, Juan Soto, sabemos que él va a hacer una buena ilustración. Aprovechamos a los amigos talentosos para manejar esa parte. Tampoco lo pensamos tanto, se va dando: volviendo al caso de la tapa, hubo un acuerdo con el tema del monstruo para avisarle al Chulo que no lo hiciera. Hizo un par de pruebas y terminamos con las medusas.

¿Por qué fueron las medusas?
A él le vinieron las medusas y nos gustaron. Tuvo esa visión, medio de [Hayao] Miyazaki, por ese lado más japonés. Y nos gustó porque tenía que ver con la cosa enmarañada y enroscada que tiene el disco. En algún punto este es un disco súper introspectivo, muy de la neura. Entonces, esa imagen de un animal que no se entiende bien qué es o cómo es quedaba bien. Además, la medusa también brilla en la oscuridad y las de la tapa tienen algo así como una luz que no entendés bien de dónde sale. Todo cerraba, más como un acercamiento poético, porque no tiene una explicación muy lógica.

Sí parece que el disco tuviera cierto hilo narrativo. ¿Eso se fue dando…?
(Interrumpe) ¿En el sentido de “principio a fin” decís?

Sí, en cuanto al orden de las canciones y lo que cuentan, que parece una historia. No sé si son todas canciones de la misma época o no.
El orden lo pensamos bastante. Hay algunas canciones -“Profunda desorganización” y “Vas a llorar”- que son más viejas y fueron las que terminaron estructurando el disco. Después hay otros temas como “El costado tierno” o “Resiliencia”, más nuevos. Los del Kubo, “La soledad” y “Perdí”, también son de otra época, los tiene hace un montón. Digo “los del Kubo” aunque los temas son de todos, se terminan cerrando y nos los quedamos los cuatro. Y no, el disco no está pensado como una continuidad aunque, al estar compuesto desde lo que nos pasa en cierto lapso de tiempo... Bueno: en esa época nos pasaba esto.

Las letras parecen hablar de una ruptura y la reconstrucción a partir de eso, un divorcio o lo que sea. 
Hubo algún divorcio pero me parece que son etapas de la vida también, dejar atrás cierto romanticismo. Hubo un cambio de formación en la banda, que desde que nació hasta que se fue Muti fue una, y ahora es otra. Éste es el primer disco con Gabo y sí, es un quiebre porque la banda es otra. Nosotros funcionamos como grupo y cambiar un integrante era un riesgo porque no sabés cómo puede salir. Y terminó saliendo bien pero hubo un duelo que hacer respecto de lo anterior, que se hizo y un poco está en el disco. Porque en una banda uno pone mucho del deseo y de lo lúdico. Cuando a eso hay que sostenerlo y aparecen los roces, empezás a tener otro vínculo: ése es un duelo también, más allá del cambio de integrante. El de decir: “bueno, esto también es un laburo”, que si bien tiene que ver con algo que te gusta es un compromiso grande y exige mucho. Entonces tenés que redefinir qué querés vos de esto y dónde te parás, porque no podés seguir actuando como si tuvieras veinte años y tampoco podés estar quejándote todo el tiempo.














Mantenerse en el tiempo es lo más difícil.
Sí, porque la condición de independiente uno la elige y la acepta, o no. Pero es lo que hay, entonces tampoco podés andar llorando. Sí hay que asumir que cuesta, uno labura de otras cosas y a veces la banda te demanda un montón.

Es un trabajo más, con la pequeña diferencia de que no da plata…
Exacto. Entonces, cuando además de no darte ganancias deja de darte satisfacción, ya empezás a cuestionarte algunas cosas. Por eso hubo una especie de reconversión, de redefinir un montón de aspectos.

¿Pensaron no seguir, o tampoco fue para tanto?
No, ni llegamos a pensarlo porque además nunca paramos de tocar. Lo fuimos haciendo mientras el Muti se estaba yendo, porque tampoco se fue mal. Por ahora no estuvo ni cerca esa conversación.

¿Y en qué creen que cambió más la banda a partir del ingreso de Gabriel?
Hay como un intento de profesionalización o de perfeccionamiento del sonido, de la producción. Algo que ya venía desde Perfecto, el disco anterior, y que ahora se profundizó un poco más. También tiene que ver con que hacemos esto porque nos gusta, entonces queremos hacerlo bien, ya no nos da lo mismo cualquier cosa. Vino por ese lado: estamos tratando de sonar mejor, de arreglar más los temas. Y el disco en ese sentido funcionó porque fue una apuesta a eso y salió bien, creo.

Y fue la primera vez que delegaron todo a un productor, Alfredo Calvelo.
Fue la primera vez que entregamos completamente el mando de algunas cosas, no de la composición pero sí de los arreglos y de la producción. Ahí hubo un aprendizaje, también.

¿Y hubo mucha lucha con Alfredo? Porque los arreglos son detalles compositivos. ¿O le decían que sí a todas sus propuestas?
Sí, algo de eso hubo, obviamente, porque tampoco era una cuestión dictatorial. Tuvimos algunos momentos tensos (risas) pero también está bueno porque en algún punto esa situación te obliga a defender una posición y a poder argumentar, entonces el resultado termina siendo mejor de lo que era. Desde mi experiencia personal me costó soltar, y aprender a soltar también te permite crecer, en todo sentido (en la música también). Entonces Profunda desorganización sirvió para eso, y el resultado a mí por lo menos me tiene conforme.

¿Lo volvés a escuchar después de un tiempo y decís “tenía razón Alfredo”?
Sí, en algunas cosas pienso que sí y en otras no tanto, pero eso pasa siempre porque ahí ya entra el gusto. Lo que sí creo es que él llevó al disco a un lugar, conceptualmente, que lo empiezo a entender más con el paso del tiempo, porque por ahí uno está muy metido dentro de una canción o de un arreglo y hasta que podés tomar distancia te cuesta. Un disco tan laburado en el estudio, además, después no es fácil de tocar. Hay temas con tres o cuatro guitarras y tenés que elegir, pero con los meses de ir tocándolo se va armando el vivo y en algún punto te olvidás cómo está en el disco y queda esa versión para tocar.

Igual el vivo siempre es distinto, hay cosas que en vivo ganan potencia.
Sí, nosotros en vivo somos de conectar mucho. Nunca vamos a pecar de pechofríos pero sí a veces de pasarnos de rosca. Ese es el riesgo, ensayamos para lograr un equilibrio aunque apostemos a prendernos fuego tocando porque si no es así, no pasa nada.

¿La profesionalización que buscan contrasta con los lugares que hay disponibles para tocar? 
El año pasado tocamos cerca de 40 veces, o sea, dos o tres veces por mes, a veces cuatro. Y como venimos de tres años de tocar mucho, ahora queremos parar un poco… Pero los próximos meses tenemos un montón fechas, siempre nos pasa lo mismo (risas). Queremos cuidarnos un poco también.

¿Cuidarse de qué?
Cuidarse del cansancio. Porque organizar todo es un quilombo. Queremos producir mejores eventos, porque si te salen fechas de tocar, tocar y tocar, te vas olvidando de que está bueno tener una puesta. Es un intento, al menos, porque tampoco sabemos hacerlo (risas), aunque vamos mejorando algunas cosas con los años; pero tampoco somos productores. Con el tiempo hay que aprender a decir que no a algunas cosas, pero es difícil porque a la vez las propuestas te dan ganas. Si fuera por mí, preferiría tocar mucho y que la música fuera mi único trabajo. Bah, no sé si preferiría eso (risas) pero si tocar mucho implicara también una relación más laboral, supongo que lo podés bancar mejor.

¿Tienen laburos por fuera de la música o trabajan en cosas relacionadas?
No tan relacionadas. Yo estoy acá y en Radio Universidad, pero aunque tenga relación con la música, la radio es otro lenguaje. Después Kubo es diseñador gráfico, Gabo sí tiene más que ver porque es técnico de sonido y Luli trabaja en la Facultad de Veterinaria, nada que ver. Hay una fantasía con la música, supongo que se puede vivir de ella pero tenés que tomar otro tipo de decisiones, o estudiar más o dar clases. Acá vivir de la música no es una realidad... Es una inversión que hacen las propias bandas con los años. Después de tocar 15 o 20 años, llegás a cierto movimiento.

Bueno, ustedes en La Plata mueven una cantidad de gente considerable. Está bien, tocan hace diez años…
Son diez años de tocar, no es fruto de la casualidad. A la gente le tiene que gustar también, obvio. Y el boca en boca termina siendo casi siempre lo único que funciona, alguien que le diga a otro “che, vamos a ver a esta banda que está buena”. En La Plata hay varias radios que nos pasan, hay otro circuito, entonces algo se va a generando y somos agradecidos de lo que pasa allá. Es un micromundo, un universo cerrado en sí mismo que te juega a favor pero a la vez es difícil salir de ahí, te acostumbrás. Si tenés una banda y querés tocar, La Plata es un buen lugar. Tanto que en este tiempo hubo algunos chabones que se fueron a vivir a La Plata ¡para armar su banda allá! Y yo les digo “¡boludo, te vas a cagar de hambre!” (Risas). El objetivo no es estudiar en La Plata sino ir a armar una banda, lo cual me pareció rarísimo (más risas). Después las canciones tienen que estar, qué sé yo…

¿Y en Capital, les cuesta romper esa barrera todavía?
No sé cómo funciona acá, no lo entiendo. En algunos lugares la pasamos muy bien y después por ahí no pasa nada. Después de Cromañón hubo algo que cambió y que todavía sigue roto: nosotros arrancamos justo en 2004, hubo algo a partir ahí que cambió en Buenos Aires. Y también me parece que hay una generación de gente que no va a recitales de bandas chicas.

¿Decís que la gente escucha a las bandas pero no las va a ver?
Sí. Yo con mi sueldo no puedo venir a ver a una banda en Buenos Aires, es muy caro, en La Plata la entrada sale un cuarto de lo que sale acá. Además, al no haber canales de difusión, la gente escucha las radios que le llegan. Y en las grandes radios no te pasan a ciertas bandas; en La Plata sí, hay dos o tres radios que están buscando cuál es la banda nueva. Antes aparecía una banda y era un evento, salían Los Piojos o Viejas Locas y los medios vendían la novedad. Ahora por ahí hay una banda que está buenísima -El Mató, ponele- y sabés que cuando suena es porque hay un operador que lo deja. Todo pasa más por internet y cada banda se tiene que hacer su propia difusión y su propio público. En una ciudad tan grande hay que aprender a manejarse con eso, es muy difícil encararlo porque no sabés adónde tener que ir y adónde no. Capaz que alguno la tiene más clara pero nosotros estamos averiguándolo.

Ustedes firman todos los temas en grupo, alguna vez dijiste no estar de acuerdo con los derechos de autor. ¿Por qué decidieron que los temas sean siempre de todos? 
Esa fue una decisión que tomamos en el primer disco y la sostenemos. Tiene que ver con una creencia de que el laburo es colectivo. O sea, yo compongo un montón de canciones, Kubo también, y se podría plantear “éstas son mías, éstas son de Kubo y éstas son de todos” porque están esas tres variables. Pero la verdad, a la hora del concepto del derecho, uno firma -porque no es que firmás para decir “la hice yo”- por el deseo ulterior de cobrar, eventualmente, algo. Y si bien cuando compongo una canción hay un momento en el que trabajo un poco más que el resto, después todo el laburo es parejo en general. Cuando deje de ser parejo vemos, pero el concepto es que todos ensayamos, todos aportamos cosas a la canción y entonces termina siendo algo de los cuatro. Lo que pasa es que culturalmente tiene más valor la letra, pero es igual de importante la línea de bajo.

¿Y cada uno compone su parte?
Sí, claro, después podemos opinar o sugerir, pero ahí cada uno está componiendo. Para el derecho de autor, para SADAIC, el importante es el que escribe la letra y por eso se lleva la mayor cantidad de la guita.

Otra cosa que te leí decir es que cuando estás mal componés una canción y cuando estás bien hacés un asado...
(Interrumpe) ¡Y lo sostengo! (Risas). El arte es para sublimar, y la sublimación es lo que nos evita ser psicópatas y salir a matar gente por ahí. Entonces es una manera de transformar la realidad. Si estoy angustiado, tengo opciones: o me pongo a morfar, o me duermo una siesta, o hago un tema. Cuando hago un tema o escribo algo, por lo general después me siento mejor. El vínculo que tengo con hacer canciones tiene que ver con eso: no las hago para conquistar el mundo (risas), las hago cuando me siento mal y para sentirme mejor. Y por lo general son medio bajón porque salen desde ese lugar de angustia. He tratado de componer desde otros lugares y…

¿No te sale?
¡No me gusta lo que sale! (Risas). Es un poco eso: cuando estoy bien me da más ganas de joder que de escribir una canción. Esas otras canciones las tiene que hacer Jorge Serrano de Los Auténticos Decadentes, aunque en algún punto también sean medio neuróticas las canciones de él. Pero ahí no me hallo; quizás algunos temas sean más arriba pero mi vínculo con la composición es otro. Ojo, tampoco trabajé nunca de compositor, no sé cómo sería si en vez de trabajar en la radio trabajara todos los días haciendo canciones.

¿Lo harías?
¡Si me pagan, sí! Una vez compuse para Valeria La Ferrara, alias Valeiro Gorgori, una chica de La Plata que me gusta mucho cómo canta. ¡Pero es una desorganizada y nunca grabó el disco! También hice temas con amigos, ahí sí sale una cosa más lúdica porque si es para otro estoy más relajado, más tranquilo.

Para cerrar, ¿cómo va a ser la fecha del sábado?
El show es parte del ciclo De la Radio al Escenario que organiza Eduardo Fabregat a partir de su programa Rebeldes, soñadores y fugitivos. Va a ser la primera fecha del ciclo y lo inauguramos dos bandas de La Plata, así que estamos contentos: tocamos nosotros y Sr. Tomate. Después, vamos a tocar el 11 de abril en La Plata, con Güacho;  el 17 en Benito Juárez; de ahí vamos para Necochea el 18, nos llevan los chicos la Agrupación IndieGesta. Y volvemos a La Plata para el cumpleaños de Radio Universidad: va a haber un festival, se presentarán algunos libros y demás. Lo que te decía: queremos parar un poco pero todo lo que nos ofrecen está bueno… ¡Y terminamos diciendo que sí! (Risas finales).


[Publicado en ArteZeta el 26 de marzo de 2015. Fotos de Victoria Schwindt]

viernes, 12 de junio de 2015

Dom La Nena: soy de cualquier lugar






















"Cuanto más viajo, menos sé". ¿Era Harrison el que dijo la frase? Bueno, no importa, lo importante es la frase y no el autor; en este caso y siempre. Pero viene bien si hablamos de Dom La Nena, seudónimo de Dominique Pinto, música de origen brasileño que anduvo de aquí para allá toda su vida, repartida entre viajes y estadías en su país natal, Francia y Argentina, principalmente.

No haré un racconto de su travesía por este mundo (para eso hay unas cuantas entrevistas dando vueltas, mucho más interesantes que una enumeración aquí) pero algo es innegable: la música de Dom refleja su condición de dama errante e inquieta. Como asevera aquel clásico de Los Gatos, es de cualquier lugar y va a cualquier lugar. Su disco Ela (2013) es un primer paso encantador: atraviesa universos dignos de una artista de mundo (poco tiene que ver esto con el pop marketinero global, ojo) que chupa influencias de aquí y allá, y a la vez es tan transparente que cautiva a los segundos de darle play (sospecho que no fui el único que compró al instante).

¿Qué hay en Ela? ¿Qué hay en Soyo, su disco-continuación publicado hace meses? Una cantante suave e hipnótica, una trama que la envuelve sin tapar ese susurro que horada de a poco, con sus respiraciones y su pronunciación delicada. "O vento" es un ejemplo letal de esa amalgama: cuerdas-tornado interviniendo precisas, exactas, descriptivas. Porque si se escucha con atención, el sonido puede describir más que las palabras, mucho más. "El silencio" es otra muestra de un rotundo triunfo tímbrico: los instrumentos no se meten porque sí, porque queden lindos. Esa comunión resulta clave para estas canciones construidas desde la pequeñez y la ¿melancolía?

***

Charly inmortalizó para siempre aquello de que "la alegría no es solo brasilera". OK, pero la melancolía tampoco lleva la etiqueta made in Argentina. Es notorio en ambos discos de Dom (y en el caramelo editado entre ambos, el EP Golondrina) ese tono casi de despedida en versión Indio Solari: dolor dulce. Como si el desarraigo, en el caso de Dominique una elección que reafirma a cada paso y cada melodía (entonces... ¿es desarraigo?) se impregnara en la canción, convirtiéndola en el soundtrack ideal para cualquier película de viajes, abrazos de bienvenida, partidas a un nuevo destino, arribos, salidas, nuevos amigos y así, en un continuum que para La Nena ya cuenta 25 años.

Ni siquiera es necesario comprender lo que dice para tener esa sensación (Pinto canta en portugués, español y francés). Hasta en los temas con huella más brasuca ella imprime un misticismo entre amable y tímido; que no es lo mismo que ingenuo. Aunque el desparpajo de ser una niña se le note ("Sambinha", "La nena soy yo").

Ahí se entrevé lo de artista de mundo: a la manera de Daniel Melingo, pongámosle, que puede ser tanguero reo, hi-fi, cosmopolita y parisino, Dom abre su álbum de viaje y en una página está la samba, en la otra la chanson, etcétera. Todo con aires de y no en el compartimento esperando quien busque con seguridad algo predeterminado o estático. A contramano del borramiento de matices regionales que la industria musical imprime a sus grandes actos, Dominique bebe de aquí y allá, siendo ella misma quien dibuja y desdibuja sus referencias para que salga lo que sale: cuando empezó a componer, lo ha dicho, no esperaba que le salieran estas canciones. Porque ni siquiera esperaba que le salieran canciones.

Hay quienes aseguran que esta es la era del mestizaje, y puede que tengan razón. Pero para eso es menester ir y volver e ir. Ella, además de hacerlo bien lo hace a conciencia (canta, despreocupada, "no tengo casa"). Desea parecerse a las golondrinas y allá va: dando vueltas al mundo y buscándose. Ojalá que no se encuentre nunca, así está bien.


[DOM LA NENA presenta SOYO hoy viernes 12 de junio a las 21 horas en SANTOS4040 (Santos Dumont 4040, Capital Federal). Entradas en Alternativa Teatral.
El sábado 13 hará lo propio en Ciudad Vieja (17 y 71, La Plata). Las entradas anticipadas se consiguen en La Disquería (54 casi esquina 8). 
En tanto, el domingo 14, a las 19 horas, Dom cierra su gira argentina nada menos que en el Centro Cultural Kirchner (Sarmiento 151, Capital Federal) y con entrada gratuita (se retira 2 horas antes del concierto)]

miércoles, 3 de junio de 2015

Florencia Ruiz: “La música debe nutrirse de una vida luminosa”


Celebrar quince años de discos, canciones y amigos no es cosa de todos los días. Florencia Ruiz lleva ese tiempo grabando discos y compartiendo melodías con sus compañeros de andanzas, de la vida, de la música. Con ellos y, principalmente, con ella, su gran compañera, podremos encontrarnos mañana 25 de octubre en el Centro Cultural Caras y Caretas (Sarmiento 2037, Capital). La celebración se titula así, “Quince años de música”, y los amigos (anoten que son varios: Mono Fontana, Ariel Minimal, Andrés Beeuwsaert, Alejandro Franov, Julián Gándara, Elizabeth Ridolfi, Flopa Lestani, Rosario Bléfari, Jerónimo Izarrualde, Juan Fracchi, Agustín Balbo, Marcelo Lupis, Ignacio Margiotta y Eduardo González Ahumada) irán marchando para acompañar una velada que suponemos extensa y emotiva.

La reciente salida de MA, el disco pensado para editarse en Japón como retrospectiva de su carrera; la última gira por el país oriental, que incluyó la experiencia de llevar a Julián, su hijo de dos años; la música como construcción y en el curso de la vida cotidiana; lo que se verá en el show de mañana… De todo eso hablamos con Florencia, natural, sincera, profunda, misteriosa. Como su música.

¿Cómo es armar un show repasando todo lo hecho en tantos años?
Un show así implica muchos costados a los cuales nunca miré, es nuevo para mí. Por ejemplo, necesitás un asistente, es importante porque son muchos músicos y la idea es que el show vaya. Hay distintos sets, la idea es intercalar y no permitirte caer en un pantano, y eso implica que esté todo ordenado. Para mí el show es indivisible a contar una historia: todos los que van a venir aparecen en ella. Es lindo que vengan a compartir, es algo de la amistad que me resulta muy sanador. Entonces el show tiene que tener eso de poner primera y darle... Se va a grabar, para tenerlo.

¿Con planes de edición?
Por ahora, para tenerlo. Sacamos un disco en vivo en Japón, eso ya está. Yo quería que fuera en vivo de verdad, sin retocar, entonces les dije “bueno, si quieren sacarlo es así, déjenlo así”. Si en la foto estamos despeinados, estamos despeinados (risas).

Además, la formación que armaste para la gira era distinta a la que tenés acá.
Nada que ver. Para mí es otra música, la canción es la misma pero la música es otra. En ese sentido es interesante; además tener un disco editado en Tokio tiene su valor.

No deja de ser una rareza, aunque para vos tocar en Japón ya sea casi una costumbre. De hecho, MA lo armaste para los japoneses ¿cierto?
Sí, el disco en realidad lo hice para los japoneses pero después surgió que saliera acá también, fue iniciativa de [Carlos] Villavicencio y yo dije “bueno, dale, vamos a hacerlo”. Resultó una buena decisión. Creo que está bueno arrancar por ahí, viste cuando decís “quisiera empezar a escuchar a Fulanito, ¿cómo hago?”. Son siete discos ya… Puede que escuches Luz de la noche, el último, pensando que quizá se acerca más a lo que hago en la actualidad. Pero escuchar todo el otro costado también está bueno. En MA cada canción representa un año, entonces escribí algo sobre ese año, sobre esa canción o sobre la grabación; y por qué elegí cada canción. Igual en el show no vamos a tocar el disco entero, elegimos otras canciones y tengo una banda que se adapta a lo que está grabado.

¿Cambiaron los miembros de la banda o son los mismos que te venían acompañando?
Está Jerónimo Izarrualde en batería, que fue quien grabó en Luz de la noche; y trajo a su compañero guitarrista, Agustín Balbo (tocan en la Orquesta Los Amigos del Chango). Después siguen Juan Fracchi en bajo y contrabajo y Eduardo González Ahumada en teclados. Y todos los invitados. Vienen Andrés Beeuwsaert, con quien haremos los temas de piano; Alejandro Franov, con quien haremos los temas más volados y climáticos... Y bueno, con el Mono Fontana y sus músicas del más allá (risas), haré un set. También viene un compañero de años, Julián Gándara, un cellista que hace mucho toca con Charly García; con él compartimos toda una época de limbo, de Mayor a Luz de la noche. Hay algunas canciones que tienen coros, que son de Rosario [Bléfari] y Flopa; viene [Marcelo] Lupis, claro… Él vino a Japón pero ahora se dio que al elegir el repertorio necesitaba un guitarrista, entonces había que encontrar otro sonido. Y Agustín es bastante más chico pero tenemos muchas cosas en común (siempre había tocado con Nacho [Margiotta], que va a estar también). Y bueno, Julián [Semprini] -el baterista- no podía venir porque tenía otro show, así que convoqué a Jerónimo y él trajo a Agustín: estoy muy contenta con la banda, empieza el ensayo y se me dibuja una sonrisa. Esta vez quiero sacar los arreglos tal como están en las grabaciones.

Todo un trabajo…
Se trabaja mucho desde la construcción porque lo más difícil es construir, siempre. Una casa te la tiro abajo en dos horas, pero hacerla lleva dos años. Lo que decía de los pianos: yo quería tener un momento con piano porque siempre suelo encontrar en ese dúo de piano y voz un algo, un clima. Y el Mono no es eso, tampoco lo es Ale y tampoco era Edu. Y sí es Beeuwsaert. Y lo lindo es que ellos están recontentos de que haya cuatro pianistas.

Entienden que es una necesidad. Porque cualquiera de los cuatro, desde lo técnico, podría tocar lo que se va a tocar. Pero cada uno tiene su estilo.
Claro, técnicamente cualquiera lo podría hacer. Ahí está el asunto: a veces uno tiene algo para dar y otra cosa no le sale. Tiene que estar la persona justa, eso es la música: la diversidad. Que todos tenemos un lugar pero donde está nuestro lugar. El conflicto es cuando queremos abarcarlos todos. Necesito que haya una camaradería y una predisposición afectiva muy fuerte con la música. Quise que esté Julián para hacer honor a la historia nuestra y a su vez porque sé que con él suena tu canción y sabés que al tipo le encanta y está ahí. Cuando querés hacer sonar una música se necesita todo un laburo y una interacción. Creo en eso.

Y en tu música se nota que no se puede tocar cualquier cosa, hay aire…
Creo que recién ahora, después de quince años, entendí un poco cómo es armar un grupo. En mi caso no quiero que se generen conflictos, y ése es un defecto muy grande porque capaz termino diciendo “bueno, dejalo que haga el solo” y en el tema equis no había un solo. Estuve revisando mis discos y casi no hay solos. En Luz... dejé para el final las guitarras, quería que toque Ariel [Minimal] entonces le dije “dejame que armemos todo el disco y después vos hacés lo tuyo, que es solear y dejar tu huella donde la canción lo reclame”. Tocó en tres canciones y su aporte es tremendo. Ahora, si quiero tocar esas canciones necesito que haya un guitarrista: Agustín empieza a hacer el solo de “El futuro, flor” y yo tengo ganas de llorar porque es tremendo verlo ahí, “wahhhhh” (imita un sonido de guitarra eléctrica).

¡Llorar para bien, aclaremos! (Risas).
Para bien, de emoción por lo que suena eso, que no es lo mismo que un solo de cualquier otro instrumento. Ese tema es pesado y tiene que ver con una resignación: “qué vas a hacer, así va a ser el futuro, sabelo”. Estaba muy bajoneada, me fui a laburar y me puse el guardapolvo, cosa que nunca en mi vida hacía... “Yo no puedo ver tanta soledad/ tanta indiferencia” ¿entendés? Me dije que si yo no podía hacer algo grande por el futuro iba a empezar por lo micro, aportando mi granito de arena.






















¿Creés que ese pensamiento se traslada a tu música?
Mirá, espero que sí, de corazón. Armando MA escuché entero Correr, que es mi disco más personal porque lo hice en casa, con mis tiempos y muchos invitados. Y me dije “fa, qué bueno que está entrar en esos mundos”. Viendo los invitados, noté que todos siguen siendo amigos. Y lo llamé a Migue [Mr. Miguelius] y le dije “che, quiero que vengas a tocar”. Y me dijo “no, no quiero ir a tocar ¡quiero ir a escuchar!”. Me emocionó esa situación de estar, de compartir, de aportar como sea. Eso es lo que considero valioso, y creo que algo de eso puede quedar. Por eso me cuesta cambiar de banda; pero tengo que pensar en la música, en el fondo es lo más sagrado. Yo quiero estar en la música. Quizá me trastornó un poco la experiencia japonesa, de tantos días y tanto laburo.

¿Esta última fue la gira más larga que hiciste allá?
Sí, cincuenta días, un solo día libre. ¡Y el niño! (Risas). Pero se portó muy bien, la verdad que la-rom-pió. Tuvo un par de escenas al final de la gira: se ponía la mochila y me decía “bueno, mamá, ¿cómo puedo hacer para ir a mi jardín?” (Risas). Y yo le decía “no, hijo, hoy no va a poder ser, hay que esperar”. “¡¿Pero cuándo?! ¡Me tomo el avión!” (Más risas). Así que el próximo año iremos menos días. Ya armaron la gira, viste cómo son ellos...

¿Y cómo llevás eso de saber que todos los años girás por Japón?
Eso me gusta, porque ahora ya sé que el año que viene ese mes no estoy. El tiempo pasa muy rápido, entonces te vas organizando. Este año toqué veintidós veces allá, más otras tres o cuatro veces para prensa y cosas así. Y después, las clases que tuve que dar... Acá no lo hago ni en cinco años (risas).

¿Cómo funcionaba lo de las clases?
Daba clases en jardines de infantes, con Tomohiro [Yahiro, el músico japonés que integra Dos Orientales junto a Hugo Fattoruso] de traductor y con la música de idioma universal: nenes chiquitos con la cabeza así, abierta. Me venía bien porque lo llevaba a Julián a las escuelas… Para los nenes él era un E.T.

¿La reacción de él cuál era? 
Tomohiro me acompañó a parir, entonces para él es natural, todo el tiempo vienen amigos japoneses acá y él está acostumbrado. Su primera gracia fue hacer “cara de chino” (risas). Tendría seis meses, le preguntamos “¿cómo tiene la cara Tomohiro?” y cerró los ojos (más risas). Después no la hizo más, porque no es que lo hacía como burla, Julián ya tiene naturalizado el hecho de las razas. Aparte te morís de la risa porque le preguntás “¿y esto quién te lo dio?” y te contesta “unos amigos míos japoneses” (risas).
Lo de las escuelas estuvo bueno, fuimos a una escuela rara: estaba llena de piletas, fuentones, bañaderas, unas pelopincho. Y los pibes se sacaban la ropa, se metían. ¡Ellos mismos se secaban y se cambiaban al salir! Nenes de tres años, ponele. Me daba un poco de miedo y él estaba agarrado de las piernas al principio, pero lo mandé a jugar.

Más allá de tu miedo, tenías que sacarle esa inseguridad a él.
Claro. Son escuelas libres que quieren criar a sus hijos de otra manera, eso lo banco. Aparte, después no lo vi más: ya estaba en una salita con una nena que tenía una caja llena de alimentos de plástico y Julián le decía “ahora pasame la lechuga”. ¡Y la nenita se la pasaba! (Risas). No sé cómo hacían para comunicarse.

Increíble. Sabés que vas a seguir yendo, y que vas a ir con él por mucho tiempo.
Espero que sí y espero cada vez ir mejor de lo que fui. Primero, íntimamente: con mayor poder de decisión y con ganas de estar más en contacto con un plan copado japonés. Por eso quería ir a dar clases en un jardín, ver cómo era, que Julián fuera y absorbiera un poco de esa situación. Sobre todo porque las escuelas a las que fuimos eran budistas y él va al Mariano Boedo.
Pensándolo, creo que ahí es donde pisé muchas veces el palito: yo necesito que la música sea algo para compartir y a veces la música no es algo para compartir. Ahí está el verdadero secreto.

¿Y qué es la música, una necesidad personal?
La música es una necesidad; pero te lo digo desde el punto de vista de la dedicación. A partir de todo este racconto de cosas sí te digo que en todos estos años en los cuales me decidí a hacer música y a grabar no tuve nunca el tiempo necesario para mi música, para mi obra. Porque hice muchas cosas, les dediqué mi tiempo a otras actividades que me resultan muy importantes. Y creo que algo de eso hay que aprender: yo fui madre y me dediqué a mi hijo porque el tiempo pasa  rápido. Bebé va a ser sólo una vez y pasear por la plaza, cantarle una canción y jugar con él… Es ahora.

Igualmente todo eso va a repercutir, va a estar en tu música.
Sí, aunque hay cosas que no puedo ni quiero hacer porque prefiero estar en casa jugando. Formar una familia es una decisión, y tenés que tener la heladera llena, la torta, la ropa ordenada, la casa bien… Ahí está el asunto: cómo uno quiere vivir. Si salgo a la calle y una vecina me pide que la ayude con algo no le voy a decir “señora, lo lamento, se me ocurrió una idea y tengo que ir a grabar” (risas). No: la voy a ayudar. Yo quiero vivir para mi música pero siento que la música debe nutrirse de una vida copada, luminosa a todo nivel. De hecho (mira el reloj)… vamos a buscar a Julián, sino van a decir “la madre rockera que no viene a buscar a su hijo” (risas finales).


[Publicado en indieHearts el 24 de octubre de 2014. Fotos de Victoria Schwindt]

lunes, 1 de junio de 2015

Maxi Prietto: “La música es para adentro”

-Che, que papi está hablando boludeces…

Maxi Prietto le habla a Esmeralda, su beba de cinco meses que llora de a ratos exigiendo presencia paterna. La trae desde la pieza al comedor y, tras el alimento salvador, Esmeralda vuelve a su cuna (bueno, la lleva el padre) y se duerme. Maxi le mintió: la charla en su casa de Villa Crespo transcurre de tema en tema y, sin querer queriendo, vamos del flamante proyecto Prietto a sus inicios en la música (en verdad, Prietto es su proyecto solista y lo más añejo de su carrera, esta vez reformulado a banda). De boludeces, nada.

La vida musical de Maxi abarca a Norberto el Ruso Verea, su ídolo radial; a Mónica Melo, una profesora del secundario que lo marcó para siempre; a Oscar Alemán y el folclore argentino, descubiertos tarde pero seguro. Y a sus propias criaturas: los discos caseros e iniciáticos, su metejón con el bolero, sus trabajos en el cine. Por supuesto, en el recorrido también aparece Prietto Viaja al Cosmos con Mariano y Los Espíritus, los grupos con que Prietto, el hombre, se erigió como una de las voces más interesantes, escurridizas y desprejuiciadas del rock argentino de la última década.

La charla empezó por el final o, mejor dicho, por lo que se viene: la inminente presentación de Prietto, el grupo, en la vigesimotercera edición de ese hermoso festejo del rock de abajo, el bienllamado Festipulenta. De ahí, al cosmos:

Vas a estar tocando en el Festipulenta como Prietto, tu banda más reciente. 
¿De qué se trata?
Estamos armando una banda nueva, hacemos algunos covers de boleros y también estamos haciendo un tango, “El día que me quieras” de Gardel; y canciones mías viejas. La formación es Damián Manfredi en contrabajo, Miguel Tennina en teclados con unos efectos medio locos, el Pipe Correa, que es el baterista de Los Espíritus y yo, que toco la guitarra y canto. Estamos muy contentos por cómo está sonando, aunque no sé cómo presentarlo… ya lo van a escuchar (risas).

Para el Festipulenta, la de ustedes va a ser una propuesta muy particular, que alguien pele un bolero ahí no es habitual.
Puede ser. De hecho no estábamos en cartel desde el principio, nos invitaron porque se cayó Fútbol y bueno… es lo que estamos haciendo. Al que va medio manija de rock y descontrol, no sé qué le va a pasar con nuestra música. Me va a tirar con algo (risas).

Esos tiempos se terminaron, me parece. ¿Te pasó alguna vez que te revoleen cosas?
No, que me revoleen algo no. Gritos sí: una vez que tocamos en México con Carla Morrison y Enjambre, dos grupos que allá son muy exitosos, nos engancharon en esa fecha a Prietto Viaja al Cosmos con Mariano. Abrimos y la gente al principio todo bien, pero después se impacientó… ¡Sáquenlos a estos dos! (risas). Además, después escuché los grupos y la música de ellos no tenía nada que ver con la nuestra. Pero bueno, fue una experiencia.

¿Con este proyecto están pensando un disco ya? ¿O la idea por ahora es tocar?
Estamos grabando acá en casa con unos micrófonos que tengo, grabamos un ensayo y algunos temas me gusta cómo suenan. Como Miguel trabaja de sonidista, vamos a juntar los micrófonos de los dos para armar bien todo y grabar acá, en vivo. Siempre está bueno grabarse para escuchar y develar un poco de qué se trata el proyecto, está bueno saber dónde terminan Los Espíritus y dónde empieza esto.

¿Te pasa recién ahí eso de develar de qué se trata, cuando escuchás al grupo en una grabación?
Sí, lo pienso así: es como para un actor cuando se ve filmado, capaz cree que está haciendo algo pero cuando lo ve, ve realmente lo que está dando. Y capaz en este proyecto pensás que no da para hacer algo muy rockero y así te das cuenta que sí tiene lugar eso, o que ya está pasando. Entonces tenés que poner los micrófonos y grabar, y no trabajar más en algunas canciones. Para no pasarte de rosca también, porque a veces, si tardás mucho en grabar algo, queda sobreensayado. Depende del proyecto, pero en este caso tiene que haber un porcentaje grande de frescura, son casi-baladas, canciones en las que tiene mucha presencia la letra y la banda está ahí, acompañando. Es difícil la parte en que es bastante silencioso todo, tiene que estar muy cuidado.

¿Hay una fecha tentativa para el disco, o preferís no arriesgar?
Es que todavía no sabemos bien de qué se trata, no tenemos cerrada una lista de canciones. Con el disco de boleros que saqué [La última noche] quedé disconforme. Lo hice en enero de 2013, estaba en Capital sin nada que hacer, tenía ganas de estar de vacaciones, hacía calor… y para tratar de pasarla bien acá se me ocurrió grabar boleros porque estaba escuchando eso todos los días. Me propuse grabar un tema todos los días y subirlo a internet: escuchaba un par de canciones, sacaba alguna que me gustaba y la grababa. Pero no me lo tomé como si estuviera haciendo un disco, era una especie de juego; algunos me gusta cómo quedaron y otros no tanto. Entonces estaría bueno grabarlos otra vez y con una banda. Lo mismo me pasa con casi todos los discos solistas que hice, salvo en Casa y Casa II que hay una especie de producción; en los demás es todo muy espontáneo. Siempre me gustó eso, pero ahora me gustaría rescatar algunos temas, armarlos con una banda y darles un lugar, un respeto que no les di.

¿No te conforman en cuanto a producción o en cuanto a ejecución?
En cuanto a todo. No es lo mismo tocar una canción por primera vez, grabarla y no volver a tocarla nunca más... Tiene esa frescura de más (risas). En el momento ni pensaba en eso porque era lo que hacía en los ratos libres que no tocaba con Mariano [Castro], eran canciones que no tenían cabida para tocarlas con él. Ahora veremos cuáles quedan de ésas, tampoco creo que agarre muchas. Hay que ver qué es lo que puedo hacer dentro de eso y a partir de ahí, sí, componer más desde esa temática. Por ahora estamos ensayando “Ay, corazón”, “The error blues”, “Días de sol”, pero estoy seguro de que el disco va a salir. Además, no creo que sea un disco que tenga mucho proceso, va a ser grabado en vivo. Suena todo tan medido que no va a estar sobrecargado.

¿Y como cantante, cómo te llevás con eso de que la voz esté tan al frente?
Es parte del sonido. También estamos haciendo la “Tonada del viejo amor” de Eduardo Falú y tiene una letra que está bueno que esté en primer plano. Igual siempre traté de hacer eso, en los discos con Mariano la voz también está muy al frente, de otra manera y con mucho más volumen. Tratamos los dos de que no haya que escuchar muchas veces un tema para entender la letra. De hecho, el volumen de la voz a veces está en niveles exageradísimos en la mezcla. En ese momento nos pareció que era lo que iba, lo correcto. Bah, un gusto nuestro más que lo correcto.

¿Cómo hacés para ir llevando todos tus proyectos?
Con Mariano hace rato que no estamos tocando, el último show que hicimos fue un Zaguán. Y eso es menos tiempo de ensayos, de fechas, de mezcla de discos...

¿Y por qué se dio así, tocar tan poco con Mariano? No es por mala onda entre ustedes, supongo.
No, pasa que él está en otro momento de su vida en el cual no tiene tanto tiempo para esto, yo soy más manija. La idea era tocar de vez en cuando y lo estuvimos haciendo, pero en un momento eso me empezó a aburrir porque yo quería juntarme para hacer canciones nuevas. Y eso llevaba a que tuviéramos que ensayar más, entonces quedó todo ahí y en algún momento se retomará. Ahora estoy con Prietto y con Los Espíritus; más algunos laburos que me salieron, música para películas y cosas así.

¿Tus trabajos son exclusivamente con la música?
En este momento sí. Hace unos años arranqué con cosas así, a partir de La araña vampiro: Gabriel Medina, su director, fue el que nos metió en esto. Quiso que hiciéramos la música con Prietto Viaja al Cosmos con Mariano. Y el año pasado -o el otro, no me acuerdo- hizo una miniserie de trece capítulos. Ahí hice toda la música yo, fue un montón. Le di como 75 tracks, una locura: fue un trabajo muy intenso porque me decía “para esto necesitamos esto, para esto otro, esto; acá todo esquizofrénico, acá una música perturbadora, acá algo romántico”. O había una escena en la que el padre de un personaje estaba escuchando música clásica y me pedía que hiciera algo con un piano. Entonces tuve que hacer un montón de cosas por primera vez, estuvo rebueno. La serie se llama Buenos Aires bajo el cielo de Orión. Todavía no me dijeron por dónde va a salir, va a estar en internet pero saldrá por algún canal de aire.

¿Ahora estás con algo?
Después de eso, Martín Piroyanski me pidió que hiciera un bolero para una película que se llama Abril en Nueva York y compuse la canción en base a lo que él me dijo. Y ahora estoy haciendo la música para una película que es medio para adolescentes, futbolera. Actúa el Ruso Verea.

¿Sos futbolero o nada que ver?
Ahora no, cuando era chico me gustaba, jugaba en Chacarita. Pero en un momento leí una entrevista a [Luis] Islas, el arquero de Independiente (yo era de Independiente) y le preguntaban qué opinaba de Deportivo Español, creo. Y al leerlo me di cuenta de que él no era hincha de Independiente, parecía que era de Deportivo Español. En mi inocencia, creía que los jugadores eran hinchas del cuadro en el que jugaban, entonces cuando me enteré de eso me enojé y dije “se van todos a la mierda los de Independiente, ¡que se vayan a cagar!” (Risas). Al mismo me tiempo me compraron una guitarra y empecé a tocar: chau fútbol. Bastante radical lo mío, podría volver a ver un partido de vez en cuando.

Igual para la película no era necesario que fueras fanático, va por otro lado.
Obvio. Flasheé porque está el Ruso Verea. Cuando empecé a tocar la guitarra tenía 11 años, él estaba en La Heavy Rock and Pop y era mi ídolo. Lo escuchaba todo el tiempo porque siempre conocía grupos nuevos y en esa época no había mucha data de metal, entonces para mí era sagrado: todas las noches (estaba a las 12, creo) cerraba la puerta de mi habitación y los ponía. O escuchaba Hermética, Sepultura, me encantaba eso. La cosa es que venía Sepultura a tocar acá, yo quería ir y mi vieja me dijo que no me iba a llevar: “si conseguís a alguien que te lleve, vas”. Justo vino una amiga de mi hermana a visitarla a casa -mi hermana es cuatro años más grande que yo-, y la piba cayó con el novio, que tenía una remera de Megadeth. Entonces yo le dije “ey, che, ¿cómo va, todo bien? ¿No querés llevarme a ver a Sepultura?” (Risas). Y el chabón me dijo que sí, así que fuimos. Cuando terminó el recital, la banda se fue antes de hacer los bises y yo me fui para el fondo a tomar un poco de aire. Llego al fondo y me dicen “che, ¡¿vos qué haces acá solo?!”. ¡Era el Ruso, mi ídolo! (Risas). “¡Eh, qué hacés Ruso!”, le dije, y el chabón me agarró y me sentó con ellos, estaba con otra gente de la radio o de grupos, no sé. Yo no lo podía creer. Estuve ahí, en las rodillas de este tipo…

¿Viste el resto del show con él?
No, cuando salieron a tocar lo empecé a patear como diciendo “bueno, bueno, arranca el recital”. Y él tiró “claro, cómo va a querer estar acá sentado en las rodillas de un viejo, quiere ir a ver el show. Este pibe va a ser rockero” (risas). Esa historia me quedó grabada y ahora que estoy con la peli, tengo que hacer la música emotiva de unas escenas en las que él está alentando a su equipo, me parece muy raro. Esta película es la ópera prima de Mariano Fernández y Gastón Girod, a ellos les conté la historia pero al Ruso no lo conocí (risas). Por suerte salen algunos trabajos así.

¿Y con Los Espíritus ya tienen material para otro disco, cierto?
Con Los Espíritus estamos a pleno, tenemos muchos temas. Calculo que vamos a grabar en abril, se va corriendo la fecha porque ya teníamos la lista y aparecieron un par de temas nuevos, míos y de Santi [Moraes], que cayó con dos o tres que están buenísimos. Entonces nos dijimos “estos temas tienen que estar sí o sí, ¿para qué vamos a ir a grabar ahora?”. ¡Espero que en algún momento dejemos de hacer canciones! (Risas).

Lo que decías de grabar todo en su momento para que no se terminen sumando cosas. Sino no terminás más, o cambia mucho lo que tenías en un principio.
Había una frase de Tom Waits que decía que las canciones eran “como llevar agua con las manos” al estudio porque si no las grabás rápido, cuando llegás no te queda nada de eso que tenías. Acá se tiene un concepto de las producciones más careta, un concepto del pop y de la música que para mí es aburridísimo, esa cosa de controlar todo: están todos obsesionados con lo profesional, lo que está bien y lo que está mal. Me parece que hay una especie de moral rockera que poco tiene que ver con el rock. Yo me siento mucho más identificado con el punk, aunque me guste hacer muchas baladas: me gusta la balada porque me parece que es algo que me sale naturalmente y no tengo historia con eso. Pero cualquier cosa que hago tiene una especie de raíz punk, aunque sean boleros. Porque la verdad… no tengo ganas de tocar punk (risas).

Es más un concepto que un género en tu caso.
Para mí es una ideología, me quedo con toda la parte de estilo de vida. Empecé a tocar en grupos a los 14 y recién me empezó a interesar lo que hacía a los veintipico, toda la otra etapa para mí era como ir con mis amigos y hacer quilombo. Como algunos se juntan y van a jugar al fútbol, a mí me gustaba ir y hacer canciones con dos o tres acordes (los que sabíamos). Después inicié una búsqueda personal, de hacer canciones que dijeran cosas que yo quería decir y que no siguieran los patrones de los géneros. Porque cada género tiene sus lógicas y sus morales: los heavys no van a hablar de cosas femeninas; los punks no van a decir que de vez en cuando toman Coca-Cola. Cada cual dice su chamuyo, y en realidad somos chabones que viven en una ciudad y hacen cosas bastante básicas y normales.

De hecho, está la anécdota de tu viejo cuando le llevaste tus primeras canciones, de viajes en el tren y demás…
Me dijo que yo era un derrotista (risas). Le dije “qué querés boludo, viajo en tren todos los días a trabajar a Florencio Varela, están todas las ventanas rotas, veo nenitos de cinco años sin ropa”. Para mí era muy chocante todo. De hecho, eso quedó en canciones que nunca se mostraron, un disco que se llama Vía Temperley que ni siquiera está subido a Bandcamp y que en las versiones que yo tengo algunos temas saltan porque se me rompieron los CD, y como había pasado el tiempo no me reconocía ni la voz. Nunca me dieron ganas de regrabarlo. Pero en ese momento yo estaba sorprendido porque pasaba de tocar punk a tocar con un tecladito de juguete -que era lo que había en mi casa- y una guitarra criolla, para no tocar la eléctrica y despertar a alguien a la noche.

¿Te grababas de noche mientras todos dormían?
Sí. Estaba contento porque iba a la escuela nocturna. Fui muy mal estudiante: hice turno mañana, turno tarde y turno noche (risas).

Y no quedaban más, si no hubieras ido al turno siguiente (más risas).
Claro. Entonces a lo último mi viejo me dijo “mirá, loco, tenés que trabajar y no vas a estar estirando esta cuestión de la secundaria”. Hice el último año en la nocturna, trabajando de día: ahí empecé a hacer esas canciones que se pegan más a todo lo que hago solista, lo que está en el Bandcamp. Mi viejo me pagaba 15 pesos por día, en ese momento era un montón porque la Quilmes salía 2 pesos y yo lo único que quería era comprar cerveza (risas). Vivía con mi vieja acá, mi viejo vivía en Berazategui y tenía la distribuidora mayorista en Varela. Les vendíamos a los buscas, a los repartidores, los que vendían en los trenes, los que se ponían un kiosquito… Ahí me empecé a curtir, porque acá era medio nene mimado y allá tenía que plantarme con tipos que no te querían pagar; todos quieren pasarte por encima. Pero aprendí mucho de la vida real.

Fueron dos revelaciones en simultáneo, la de esa vida real y la de las canciones.
Sí, fue así. Nunca quise ir a la secundaria, no me aportaba nada. Lo único bueno que me pasó fue tener a Mónica Melo, una profesora de literatura que nos hacía leer cosas alucinantes. A Charles Bukowski y más: Henry Miller, Raymond Carver, Ítalo Calvino, Antonio Tabucchi. Hacía cosas que estaban fuera de programa. Nos dio un fragmento de un poema de Bukowski pero como yo pegué una onda especial con ella y tenía un interés, me decía “de éste leé esto”, entonces yo iba y compraba los libros que me recomendaba. Me re abrió la cabeza. Y lo otro que pasó fue que ahí conocí a Santi, mi mejor amigo y con el que ahora hicimos Los Espíritus. Esto fue en el secundario de la tarde. Lo mejor fue el turno noche, un nivel de impunidad absoluta: eran todos chorros, barrabravas (risas). Había gente grande, me hice amigas que tenían 50 años, era muy divertido. Me quedaron algunas materias colgadas de ahí, igual nunca necesité el título secundario porque sabía que no quería estudiar ninguna carrera.

Sin embargo estudiaste música, después.
Gracias a mi viejo, estuvo buenísimo porque cuando estudié música me cambió la cabeza. Iba a la Escuela Popular de Música del SADEM. Fui dos años, hasta que una semana me pudrí de todos los profesores, tuve varios desencuentros y me fui. Pero me gustó porque rompió esa fantasía de los géneros, empecé a entender la composición y a darme cuenta de que había canciones de grupos punk y de los Beatles que tenían los mismos acordes, las mismas cadencias; me di cuenta de que en el folclore y en el rock había estructuras que eran las mismas, aunque después haya arreglos o instrumentos que van en uno y no en el otro. También descubrí el tango, el jazz -a Django Reinhardt, a Oscar Alemán-, y todo eso me abrió la cabeza, me abrió una puerta gigante. Y destrozó todos esos mitos con los que justificaba los gustos que tenía, que eran simplemente gustos. En ese momento, capaz leía que Lou Reed y los de la Velvet Underground no sabían nada y decía “entonces yo tampoco tengo que saber nada”.

Además eso es mentira. John Cale, por ejemplo, estudió música y tocó con músicos minimalistas como La Monte Young.
Y además es una estupidez. A los periodistas les gusta escribir ese tipo de cosas, crean realidades a partir de eso… y crean generaciones de forros que no saben tocar una mierda (se va tentando hasta no poder hablar más). ¡Entre los cuales estoy yo! (Carcajadas). Cuando estudié me rompieron un poco ese mito y, más importante que eso, me di cuenta de que no sabía nada de música: no sabía cómo estaban hechas las escalas; no sabía quién era Bach; no sabía que además de las 12 notas que usamos en Occidente podía haber muchísimas notas más, que entre Do y Do sostenido también hay un montón de notas. Cuando empezás a darte cuenta de eso no hay mucha diferencia entre Madonna y Megadeth (risas). Las reglas son las mismas, las podés combinar para el lado que vos quieras pero lo más importante de todo es lo que vos querés decir. Ésa es la gracia: decir lo que vos realmente tengas ganas porque es un sentimiento tuyo que no podés dejar afuera de eso que considerás “tu obra”. Estudié dos años nomás, ojo.

Dos años es un montón, se puede aprender mucho.
Sí, entendí de qué se trataba la cosa. No es lo mismo agarrar la guitarra y sentir que estás perdido adentro del instrumento, que decir “bueno, yo agarro este acorde y a partir de este acorde puedo ir para allá”. No sabía las relaciones, ahora es lo que más me gusta. Cuando me puse a sacar “El día que me quieras” -siempre me gustó- vi la cadencia de acordes y la letra que le pusieron y es una animalada; si escuchás las versiones originales y cómo están grabadas, es tremendo.
Igual hay otro síndrome de los músicos: hace poco vi un video de una cantante, no me acuerdo quién era, que arrancaba con solos de todos los músicos. Solo de violín, después de bandoneón, después de piano y recién ahí cantaba ella. ¿Quién quiere escuchar un solo de todos esos salames porque estudiaron en no sé dónde? ¡Respetá la puta canción! (Risas). En ese sentido sí entiendo eso de decir “no aprendas de más”, aunque no creo que sea gente que aprendió de más: son sesionistas. Hay tipos que, como son buenos lectores de partituras, los llaman sobre la hora. Los contratan y tocan. Me parece que subestiman las obras que están tocando y lo que sale es una poronga total que les da de comer. Todo bien, pero estás tocando una canción que hizo un chabón... En ese sentido prefiero a tres pibes tocando la música más desorganizada y caótica pero que la están pasando bien, que esos súpervirtuosos. Son peores, porque si se supone que sabés tanto y no te preocupa lo que estás haciendo…

Significa que en realidad no sabés nada.
Mientras más sabés, más responsabilidad tenés. Y hay un montón de esos, están siempre en el ámbito del jazz, del tango. Cuando empecé a estudiar me dio curiosidad ese ámbito, pero son lugares donde la cerveza está más cara, donde toda la gente está repaqueta, donde no pasa absolutamente nada. Me siento mucho más identificado en el ambiente del rock, más afín. Aunque ahora eso está cambiando por suerte, hay lugares donde tocan bandas de jazz y no está esa frivolidad. Es que si lo pensás ¡en el jazz son todos una manga de drogadictos, de heroinómanos! ¡Son peores que los rockeros! (Risas). Ves a los músicos serios de jazz y pensás en los que lo inventaron, eran todos negros que se iban de joda y se la pasaban tocando de bar en bar, tenían una vida súper bohemia y nocturna. Por supuesto que estudiaban y se dedicaban a su instrumento, pero por una pasión.

No para demostrar.
Es que la música es para adentro, no es para afuera. Las armas son para afuera, los instrumentos son para uno mismo: lo hacés porque te gusta. Si lo transformás en un trabajo sin agregarle esa parte fundamental… Otra de las cosas que me enseñó Mónica Melo y me quedó grabada desde esa época fue sobre el trabajo: nos mostró una foto de un tipo que había ganado el Premio Pulitzer. La foto era de un nenito que detrás tenía a un animal que parecía que se lo estaba por comer; el pibito ya estaba desnutrido. Nos contó que el tipo ganó el premio y al tiempo se suicidó: se sintió culpable por estar haciendo una carrera con algo así, porque el pibe se murió de verdad y él sintió que debería haberlo ayudado [Nota: la historia es la de Kevin Carter, fotógrafo sudafricano que ganó el Pulitzer en 1994 por su foto La niña y el buitre. Kong Nyong, el nene sudanés que aparece en la foto, murió en 2007. Sin embargo, en aquel entonces muchos medios lo dieron por muerto y criticaron a Carter por no rescatarlo]. A raíz de eso, Mónica nos pregunto qué era para nosotros el trabajo: ¿un trabajo es algo por lo que te pagan; o es algo que vos viniste a hacer a este planeta? Nos hacía esta pregunta porque éramos adolescentes y nadie te hace esas preguntas a esa edad, te subestiman. Ella te preguntaba eso y ya no pensabas “ay, quiero ser cajero”, “quiero ser doctor para ganar un montón de plata” (risas).

En ese entonces ya tocabas.
Sí, ahí ya tenía dieciséis o diecisiete años. Ya sabía lo que quería hacer pero me flasheó que la palabra “trabajo”, siempre relacionada al dinero y a enriquecerse, de pronto fuera algo nutritivo que podía servir también para ayudar a los demás. Que sea tu función, qué es lo que vos podés dar. Más allá de lo que te decía antes -que la música es para uno- también tiene esas consecuencias. Me pasa cuando veo una película y están descuartizando a una persona con una sierra eléctrica durante media hora... ¿Cuál es el propósito de mostrarle eso a este mundo? Ya tiene eso fuera de la pantalla todo el tiempo. Es jodido, hay muchos dilemas dentro del arte, porque tampoco podés estar pensando todo el tiempo en qué cosas no decir para no ofender. Eso ya sería una locura.

Y a la vez está la supervivencia. Vos ahora tenés una hija y de alguna manera sabés que tenés que trabajar para ella... Se sabe de músicos que dan un giro a su carrera porque les empieza a ir bien y pasan de tener cierta búsqueda a quedarse en un lugar seguro.
Eso es un bajón, pero hay cosas en las que vos ponés la firma y cosas en las que no. Nunca les diría a Los Espíritus “che, hagamos esta canción porque me parece que va a pegar” si es un tema que no me gusta. Eso no tiene cabida dentro de la propuesta del grupo. Pero si me pagaran por componerle un hit a otro tipo, para que lo cante él, capaz me resultaría muy gracioso (se ríe). No creo que nadie me pague para que yo haga eso porque las casas las construyo todas torcidas (risas). Pero si me hicieran la propuesta, haría unas letras... Sería un desafío bastante bueno, me gustaría hacer música para cajeras que tuviera alguna especie de contenido. Igual hay bastante de eso y la gente agarra lo que quiere.

En una nota te preguntaron qué talento desearías tener y contestaste “Estaría bueno aprender a cantar algún día”. ¿Por qué? ¿Tiene que ver con encontrar una voz propia o con una cuestión más técnica? Pareciera que ya encontraste tu voz.
Sí, es verdad... Pero yo no me considero un buen cantante ni en pedo, estoy lejos de serlo. Fue un poco en chiste, lo que importa en realidad es poder hacer que esa letra que escribiste, que la forma en la que pronuncies, haga que las palabras suenen. Y eso, cuando escucho las grabaciones de Los Espíritus, de Prietto Viaja al Cosmos con Mariano, creo que está bien hecho. El asunto es que no pego una nota (risas). En las partes en las que hay que hacer ciertos arreglos vocales, te la debo (más risas).

¿Te gustaría mejorar en cuanto a la técnica?
Sí, mínimamente, para no estar tan al límite. Es algo a lo que me cuesta darle importancia, estoy acá en casa tocando la guitarra todo el día, pero sólo canto cuando ensayo y cuando toco. Es muy raro que cante, como viví mucho en departamentos… recién ahora me estoy soltando un poco.

También insistís en no repetirte y tratar de evitar tus propios lugares comunes. ¿Por eso el nuevo proyecto?
Claro, por eso mismo estamos buscando esta formación para después poder decir lo que queramos decir con un sonido en particular. Con Los Espíritus, después de tanto tocar ya tenemos una idea de cuál es el sonido; con este grupo la idea es generar otro clima para desarrollar otro tipo de lírica. Ojo, eso también corre para Los Espíritus: el segundo disco va a ser distinto al primero, van saliendo cosas nuevas y van virando para algún lugar en particular, sólo que podés imaginar por la forma de tocar de cada uno cómo van a darse ciertas cosas, aunque la base de la canción esté yendo para otros lados. Por suerte, somos todos muy abiertos a recibir lo que se trae.


[Publicado en indieHearts el 13 de febrero de 2015]

viernes, 15 de mayo de 2015

SEMANA PANDOLFO: Seremos más que humanos






















Semana Pandolfo: último bloque. Esta es una de las alegrías máximas en los ocho años de La Música es del Aire. Contar con la palabra de Palo Pandolfo en semejante extensión y profundidad no es cosa de todos los días ni en blogs ni en grandes medios, que en su mayoría recorta las entrevistas a su mínima expresión.

Dos horas de charla intensiva, tan rica que llegamos hasta aquí: Palo cierra el show profundizando su link con las bandas nuevas del under (elige sus favoritos); nos cuenta de su proyecto tecno junto a Daniel Gorostegui, compañero de andanzas en Don Cornelio y Los Visitantes; y cómo llegó a contactarse con S-Music, la compañía que editó su último disco Esto es un ABRAZO. En algún momento tenía que terminar... Lo disfrutamos mucho.

[La charla completa, aquí abajo. Que se diviertan los recién llegados:
PARTE UNOPARTE DOSPARTE TRES y PARTE CUATRO]



TODOS SOMOS EL ENVIADO

¿Y a quiénes destacás de toda esa movida nueva, tan amplia?
A Viva Elástico. Me gusta mucho la frescura del primer disco y en vivo me parecen geniales, los vi en Niceto y me parecen increíbles.

Bueno, Ale Schuster es deudor de tu forma de cantar...
Sí, pero yo los conozco a ellos, estuve y hablé. Y él tiene un amigo mayor, o un hermano, que de ahí escuchó The Cure... Escucha mucho Bowie y todo eso, canta así porque tiene las mismas influencias que teníamos nosotros en ese momento. No es que escuchó tanto Don Cornelio, escuchó las mismas músicas que escuchaba yo. Lo hablé con Alejandro.

Yo escucho el primer disco de Don Cornelio y...
(Interrumpe) Porque yo le afanaba mucho a Echo and the Bunnymen, The Cure, Bowie y todo eso, quería cantar así. Es lo que se usaba en esa época, como Cerati. Él también tenía esa marca, cada uno desde su lugar, Cerati como algo más pop y yo algo más postpunk, más enraizado en esa línea oscura.

Más duro y más oscuro.
En el primero, en el segundo ya era como el Joy Division argentino, el acabose, no sé qué carajo era. Es inclasificable.

Ahí tu forma de cantar cambió, como si hubieras dicho “ahora soy otro” respecto del primer disco.
Fue un quiebre. Porque no quise saber nada, no me gustó el primer disco de Don Cornelio en ese momento. Ahora lo amo pero en ese momento me resistía porque me parecía muy maricón. La palabra era esa, maricón. Eso es muy del rock nacional, me tiro piedras a mí mismo: “ay, maricón”. ¿Qué maricón? ¡Re maricón! ¿Y qué? ¡Me chupa un huevo! Porque hago lo que quiero.

Aparte es algo muy personal, yo lo escucho y no me parece un disco blando.
Era mi impresión. Lo que pasa es que yo cambié en ese momento porque empecé con el virulo y con el alcohol. Igual me hizo bien ese cambio, porque es un camino a recorrer. Es el camino deseado ese de decir “ah, no, esto no”: la gente que se queda agarrada a sus propios éxitos me parece muy decadente, muy mediocre. Y más los grandes artistas que, te gusten o no, decís “¿siempre hace lo mismo?”. Para mí eso es lo interesante de mi carrera, está todo resumido en los discos de Don Cornelio: un cambio radical en un año y pico. Es lo que yo les pido a los demás: ¡cambien! (grita). ¿Cuál es el problema? Si la vida es transformación, cambiemos. Siempre vas a seguir siendo el mismo, vas a atravesar etapas... Como decir “a mí me gusta la birra y yo siempre soy así, yo tomo birra en la esquina”. Bueno, está bien, tomá birra pero un día tomate un té con una señora a ver qué pasa, si total... (Risas). Son experiencias. No tenés que estar tomando siempre birra en la esquina, ñeñeñeñe (parece imitar al Pomelo de Diego Capusotto). Basta, eso me parece conservadurismo en el fondo, conservar lo que tenés y no querer largarlo por miedo a dar un paso... “En el país de Nomeacuerdo/ doy tres pasitos y me pierdo”, diría María Elena Walsh. ¡Vamos a ver qué pasa!

Volviendo a las bandas nuevas ¿qué más llamó tu atención?
Crema del Cielo me gusta, los vi una vez en La Plata y dije “¡guau, boludo! ¿qué es esto? ¡Me encanta!”. Vi buena parte de un show en el primer Ciudad Alterna que se hizo, yo estaba también haciendo unas cosas. Ese día vi a Mostruo! y dije “mirá Mostruo!...”. Toda esa línea me gusta: en La Plata está lo mejor, es lo máximo. Todas las bandas de La Plata son buenas me parece, tengo esa sensación. ¡El Mató mata! Los vi acá en Ituza, fui a comprar helado y vi que había algo en la plaza a la tarde y pregunté. Y eran ellos, entonces le dije a Vero “aguantame un rato que voy a ver a El Mató en la plaza y vengo” (risas). Y los vi y bieeennnn, boludo. El indie nacional está bárbaro y hay un montón de bandas. Como Fútbol o esas bandas de rrrock (enfatiza) así como experimental, bandas raras. Hay muchas bandas bizarras, de rock medio extremo, lo que no hay es bandas bailables, me parece, de tecnopop y demás. ¡Tengo un proyecto de tecno! Lo traigo a propósito de esto.

Algo de eso nos contaste en la radio.
El dúo con Daniel Gorostegui. Este año nos tenemos que reencontrar, él estuvo medio borrado en las vacaciones porque es marplatense y labura en enero y febrero allá, ahora abrió un restorán, entonces nos tenemos que encontrar. Hacemos uno o dos ensayos más y a partir de estos próximos ensayos vamos a grabar. Es cuestión ir y grabar porque queremos sacar un disco.



¿Los temas ya los tienen?
Tenemos nueve. Y hay dos en puerta. Quiero que sea bien bailable, bien ochentoso mal. Que es nuestra estética básica.

¿Algo similar a lo que hiciste con Leo García? Ese toque electrónico y guitarras acústicas.
Sí, lo que pasa es que Dani es un emperador del tecno. Tiene un estudio que ocupa todo esto (señala) con su equipamiento. Va a ser más retro-tecno porque Leo es un new age total, tiene todo en un cosito así; Dani toca sintes, tiene cajas de ritmo, baterías electrónicas, secuenciadores. Y es un sonido bastante vintage-tecno genial. Él es un dios de lo tecno, siempre lo fue, es uno de los primeros tecnos de acá. Estaba Daniel Melero y Daniel Gorostegui, eran los tecnos iniciáticos de mediados -y de antes- de los ’80. Cuando llegó a la sala de Don Cornelio decíamos “guau, ¿qué onda?”. Nos rompía la cabeza. Es un poquito más grande que yo, tiene un par de años más. Y tiene toda una cultura musical: él hizo la disquería en El Living, es un melómano, un experto, un sabio de la música global.

¿Eso puede salir este año?
Espero que sí, este año ya está muy avanzado y tengo muchas cosas que hacer. Porque también estamos demeando el próximo disco de La Hermandad y quiero ponerle fecha de grabación. Si no pierdo el año. Quiero que salga en 2015.


UN PALO EN S-MUSIC

El disco con La Hermandad lo editó una compañía. ¿Cómo es el trato que vos tenés con Sony, S-Music?
S-Music no es Sony. Es una compañía argentina: distribuye Sony, es un arreglo que tiene Alejandro Varela [presidente de S-Music] con Sony pero él es la compañía. Él con un montón de gente linda que trabaja ahí, son un sello discográfico argentino y ellos bancan los discos. Al próximo lo va a tener que bancar él... (Risas).

A eso iba. Entonces ¿hay exigencia en cuanto a tiempos, por ejemplo?
No, no, yo soy el que exige. Varela es… ¡Varela es lo máximo!

¡No parece de una discográfica, digamos!
No, es una de las personas más queridas del medio. Es muy apreciado porque es honesto: él está editando a Liliana Herrero, Javier Malosetti, Ruben Rada, Sambara. Edita música, le gusta la música. Por ejemplo, yo produje un disco de una banda de Del Viso, Desagüe Varela. Me lo pidieron, me insistieron y accedí, lo hice con mucha pasión (me puse a full, hasta las pelotas). Y le llevé el disco de la banda a Alejandro, le encantó y entonces lo editaron con el sello. Con [Guillermo] el Turco Chiodi pasó algo similar.

¿También le publicaron el disco?
Sí. El Turco es un gran compositor y amigo mío y también es muy amigo de Ignacio Montoya Carlotto. Toqué el último 24 de marzo con Ignacio, allá en Olavarría, me invitó porque él siempre hizo marchas de la memoria allá ¡antes de saber que era quien era!

Es increíble eso, el tipo ya tenía esa militancia.
¡Sí! Y dijo “siempre toqué acá y en este momento expansivo tengo que estar acá”. Fue un éxito total, había miles de personas, fue bárbaro. Y te decía, el Turco e Ignacio son íntimos amigos y estábamos los tres ese día. Terminamos todos en la casa de Ignacio, que es un divino: fuimos a comer unas empanadas después del show a la Casa de la Memoria de Olavarría e Ignacio dijo “después vamos a ir todos a casa, tengo un litro de Etiqueta Negra”. Entonces fuimos y nos tomamos un litro de whisky (risas).

¿Lo liquidaron?
¡Sí, lo liquidamos! (Risas). Y tenía una ginebra europea, o sea que bebimos con Ignacio, divino. La persona que te invita a beber a su casa para mí ya es amigo, así que somos amigos ahora. Y el Turco me había invitado tiempo antes, el año pasado, a grabar en su disco. Fui, cuando me invitan a grabar si puedo grabo aunque no conozca al que me convoca (ojo, a él lo conocía de antes). Siempre aprendés algo en un estudio cantando con alguien, es un ejercicio y una experiencia, yo voy a estudiar y a aprender. Entonces le dije “loco, dame el master cuando lo tengas y se lo voy a llevar a Varela”. Se lo llevé a Alejandro, le encantó y lo editó. O sea ¡le llevo cosas y las edita! ¡Un día voy a hacer un subsello en S-Music!

Y, si seguís así no sería nada raro.
Y bueno, con mi disco de alguna manera pasa eso: lo piloteo yo, él no me dice nada. Yo le digo “quiero hacer un disco loco, pim, pam”. Soy yo el que le pone la presión a él, es al revés.

¿Vos llevás, mostrás y sale? ¿O él decide algo en el medio? ¿No sugiere nada sobre las canciones, por ejemplo?
No, no, nada que ver. Él es puro respeto, puro amor. ¡Al contrario! Me pregunta él a mí, me toma como un… Me respeta mucho como artista. Te repito: le llevo cosas y las edita, o sea, el chabón confía mucho en mi criterio. A Esto es un ABRAZO lo hice yo independiente con Goy Ogalde y Charlie Desidney, lo produzco y banco. Y me lo encontré por Twitter a Varela.



Vos hiciste eso más de una vez ¿cierto? De mostrar un disco en las compañías para ver si alguna lo quería publicar. De hecho, te quedó un disco inédito.
Sí, Intuición. Aunque nunca se grabó el disco, es una demo para llegar a  un disco, para mostrar. Y eso lo bancó DBN, ellos dijeron “che, vamos a hacer un disco”. Cuando les mostramos eso nos dijeron “faltan temas comerciales…”. Fue en el 2002. Lo subieron a internet y es una especie de disco pero no: es una demo pero forma como un proyecto.

¿Y por qué quedó ahí eso?
Por eso, porque esta gente bancó la demo pero después dijo que no. “Metetela en el culo a la demo” me dijeron, más o menos. Yo ya me había ido de DBN para ese entonces pero ellos quisieron ver qué había, se bancó la demo pero como no les gustó fue un “matate”. Y no, “matate vos, chau”. Y nos fuimos.
Con Esto es un ABRAZO me dije “hago un disco y lo llevo terminado”. Antes de montarme yo, que soy el manager y hago esto, hago lo otro... Hago todo. Tuve varias reuniones con la UMI y tenía todo listo para hacer el disco independiente. Soy amigo de Cristian Aldana, tengo una reonda con él, es mi amigo hace veintipico de años porque es fan de Don Cornelio y Los Visitantes, venía a todos los shows y estaba siempre en el camarín con nosotros. Era una banda de freaks y él estaba siempre limpio, ahí, de adolescente. Pero antes de cagar tan ancho dije “voy a ver si lo muestro un poco y si alguien lo fabrica, lo edita... y me alivia la vida”. Porque si no iba a estar atrás de una película total porque no tengo un socio o un manager, lo iba a hacer yo. Ojo: reconocí un poco mis limitaciones pero iba a las compañías teniendo todos los papeles listos para ir y editarlo por mi cuenta, lo iba a hacer igual. Y con Alejandro pasó que llegué a su oficina, lo pone y me mira y dice “esto es para la radio”. Era “Soy el sol”.

Ya estaba el disco en orden y todo porque ese es el primer tema.
Ya estaba el disco terminado, “tomá, escuchá”. Y el chabón dijo “es buenísimo” y lo recompró. Quiero decir, lo editó, no es que lo compró, el master sigue siendo mío. Pero dijeron “sos una licencia”. Y siguió avanzando todo, hicimos los videos de “El leñador” y “Más que humanos”, ahora filmamos el de “Madre computadora”; más dos videos que grabamos en vivo en el Auditorio Oeste (“Dame luz” y “El ángel del suburbio”). Yo venía de Ritual criollo que no tiene un solo clip ni una sola nada y acá del mismo disco tenemos cinco materiales audiovisuales, me parece un golazo. Y también contrataron a Cecilia Crespo que ahora ya trabaja en S-Music, una mina que tiene mucha experiencia e hizo una prensa muy buena. Creo que fue mi mejor campaña de prensa, incluso mejor que Universal en su momento (aunque fue buena, en el ’96, con Maderita y toda la plata de una multinacional).

¿Estás contento con la respuesta que tuvo el disco?
Es impresionante el desarrollo de Esto es un ABRAZO. Me está yendo bien. Yo creo que es la banda igual, todo para mí pasa por esa energía. Y la banda es de verdad.


* Palo & La Hermandad se presenta el sábado 23 de mayo junto a Nuestro Crimen y Desagüe Varela. La cita es en el Centro de Servicios de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), Juan María Gutierrez 1150, Los Polvorines. Entrada libre y gratuita.
En tanto, el sábado 13 de junio se presenta en el Teatro de la Cova (Avenida del Libertador 13900, Martínez). Entradas a la venta en www.tuentrada.com y en el teatro. Más data en palopandolfo.com.

[Fotos gentileza de Fernando Manino Dachdje]

jueves, 14 de mayo de 2015

SEMANA PANDOLFO: Escucha mi sonido, amor


Nos acercamos al final de la Semana Pandolfo. Esta vez, Palo empieza hablando de los rockeros y su relación con la política: el camino nos lleva a los Redondos y la fiesta (para comprender mejor el concepto, bien vale leer la parte anterior de la charla), Charly García y sus novedades, V8 y su pesadez incomprendida por el público de rock en épocas de dictadura... 

A partir de ahí, Pandolfo analiza el momento actual del rock argentino con buenos ojos. Mirada que el hombre ahondará en el capítulo final de esta charla, a publicarse en unas pocas horas. Eso: imperdible. 

[Querido rezagado: aquí está la PRIMERA PARTE y la SEGUNDA ¡y la TERCERA! de esta nota. Léala completa y va a comprender mejor]

PALO POLÍTICO

Vos siempre tuviste muy fuerte ese costado político, además de tu costado místico. En el rock argentino, si bien hay excepciones, hay cierto temor a expresar una opinión política jugada, incluso hoy.
Sí, aunque con el kirchnerismo eso ha cambiado un poco. Pero es lo que te decía: nos cuesta ser honestos, estamos como envueltos en una nube de pedos, de engaño. No sé si tiene que ver con... Yo siempre encuentro la raíz de todos los males de Argentina en Buenos Aires (risas). Soy muy crítico. De hecho, es el Río de la Plata del Potosí: en el 1500, 1600, sacaban por barco la plata y el oro del norte de Bolivia y se llevaba (hace un chasquido con los dedos) de acá para Europa, saqueando el tesoro de los incas y demás. Y Buenos Aires cobrando impuesto, o sea que estaba hecha para eso: la hicieron para el curro del afano, estaban afanando y estos afanaban...

¡Afanaban del afano!
¡Afanaban del afano! Por ahí está el perdón del que le roba a un ladrón pero... ¡Es una falacia ese refrán! (Risas). Volviendo a lo de Galtieri: el puerto narco que hizo fue en Rosario. (Enfatiza) ¡La bajaban en barco, igual que la plata del Potosí! Para llevársela a Europa y para llevarla a su red de narcos. Por eso Rosario es el narcosocialismo. Pero no es el narcosocialismo, es el narco a secas. Galtieri instaura en Rosario... Te lo dejo a vos, ¡investigalo, boludo, la concha de tu hermana! (Risas).

Y yo que creía que venía a hablar de liso y llano rock and roll (Más risas)
Es que la música la grabo y la escuchás, ¡qué más vamos a hacer! (Risas). Igual podemos hablar de música todo el día, yo me encuentro con músicos y...

Lo decía en chiste igual, por supuesto que me interesa tocar otros temas y es lo que estamos haciendo.
Es que para mí el rock abre cabezas, es para eso. ¡Si no para qué me sirve! Está el éxtasis, me rectifico: el éxtasis me sirve. Y me sirven los shows del Indio, me gusta, lo veo bien. Me gustaría que se pueda hablar de las cosas buenas y malas del rock. Me gusta esa comunión de gente volcada a un show, a flashearla... Igual, poniendo los puntos sobre las íes, decir “bueno, pero estaría bueno observar ciertas cositas”. No quiero ponerme del lado de enfrente, no quiero estar en ese lugar, no quiero ser yo el que venga a bajar línea a los demás. Yo quiero plantear dudas, discutir, opinar y ser uno más de un montón. No quiero venir a pontificar porque me aburre, tampoco soporto a la gente que les dice a los demás lo que tienen que hacer. Si no, bueno, me haré pai, cambiaré de rol: me haré brujo y ayudaré gente, para eso me dedico al chamanismo. Pero dentro de todo, soy un cantor popular y después de criticar a la oligarquía que odia la fiesta... Yo no odio la fiesta.

Son cosas que, desde adentro, quizá no se discuten tanto. Ese es el punto.
Mirá: un día volvía de Ayacucho -estaba haciendo shows medio perdidos en el Interior- y tomé un micro a las cuatro de la mañana. Y subo a un micro en el que había toda gente desmayada durmiendo, tirada, y pensé “qué loco”. Porque subí en la ruta, en el medio de una parada, me subió el productor tipo “acá, acá”. Yo estaba con la guitarra y uno se despierta, me mira así y me dice “¡¡¡Palo!!!”. ¡El primero que se despierta me grita en el medio del micro! ¡¿Qué es esto?! (Risas). Después había una vieja toda rocanrolosa con una remera argentina desconchada, unas minitas divinas... ¡Venían de Tandil, de ver al Indio! ¡Estaban satisfechos! Estaban desflorados, los habían garchado pero estaban bárbaro. Lo que vi me dio una ternura... Me dio mucho amor esa gente, te lo juro.

Toda esa movilización.
Todos volviendo unidos en ese micro, desflorados. Me sentí bien tratado por ellos (risas). Fue un momento en que dije “qué grande el Indio, boludo”. Me dio mucha ternura, como un amor piadoso, de decir qué bueno esa comunión. Desde el vamos, cuando los Redonditos dicen “salgamos de la ciudad” tiene que ver con lo que estoy diciendo yo: ante ver el infierno, la muerte en las comisarías, el latrocinio, el acabose, vamos a sacar un show afuera. La vieron. Es un gran gesto revolucionario, porque no sé si hicieron muchos más. Pero de alguna manera salir de la ciudad y hacer eso me parece algo bastante ritualístico performativo de esencias. Es bastante interesante porque mucha gente que no sale se va a Mar del Plata, a Punta del Este, a Bariloche y a Miami. Porque también al Indio va a verlo mucha gente bien.

Claro, para ser así de popular te tienen que ir a ver todos.
¡Sí! Es interclasista, atraviesa todo. Siempre lo hicieron y es maravilloso, y de alguna manera es admirable. Ese gesto de salir de la ciudad, vivirlo en carne propia, tomarme un micro perdido a las 4 de la mañana y que te sorprenda. Porque al principio yo no entendía y cuando entendí que toda esa gente venía de ver al Indio en Tandil dije “es buenísimo”, me encantó en serio. Vale como aclaración de mi ser criticón porque también algo bueno veo en todo el movimiento del rock argentino, si no me pego un tiro (risas). Yo siempre fui muy defensor del rock argentino, escuchaba los Beatles y rock nacional, después pasé a Zeppelin, Yes y todo lo demás.



ROCK ARGENTINO: HAY MELODÍAS EN MIS OJOS

Sos muy fan de García-Spinetta.
¡Sí! Y más: Almendra, Sui Generis, Pappo’s Blues, León Gieco, Arco Iris, Vox Dei, Color Humano, Aquelarre.

¿Y hoy? En las entrevistas hablás de lo que vos llamás La Nueva Vanguardia (Lucio Mantel, Tomi Lebrero, Lisandro Aristimuño y un largo etcétera) aunque decís que te gustaría que tuvieran un poco más de rock and roll.
Tiene que ver con lo que estamos hablando, es como decir “bueno, paremos un poquito con el rock and roll”. Porque el rock and roll se convirtió en Cromañón. Entonces es una reacción humana bastante natural esto de decir “cool, tranquilos, cantemos canciones”. Es una consecuencia de todo el rock chabón, decir “basta, nosotros no queremos aguante-aguante-aguante”. La cultura del aguante. Los Redonditos, La Renga y Los Piojos pero también el mismo Charly García. ¡Basta! (grita). Igual a Charly lo amo. Un paréntesis de Charly, hablando de música: lo que hizo con Viudas e Hijas de Roque Enroll (menciona la serie de Telefé Viudas e Hijos del Rock and Roll como si fuera la banda). ¿Lo viste? La última canción de Charly García: “La máquina de ser feliz”.

Sí, ¡Oscar Cuervo estaba como loco!
¡Yo también! (Risas). Escuché la canción en internet, alguien lo linkeó y así como caí en Espiritango caí en eso. Y es tre-men-do, ¡tremendo, boludo! (grita). Es oscuro como la mierda, sórdido, inteligente, pícaro. Hay contradicción: es crítico porque es una burla atroz a todos nosotros y a él mismo. Oscura y genial. Lo amo, lo amo mal a Charly.

¿Y de los nuevos, me decías?
Ahora creo que es un estallido de multiplicidades, de bandas... Creo que es el mejor momento del rock argentino. Así, dicho mal y pronto.

¿Sí? ¿Desde siemp--?
(Interrumpe) ¡Desde siempre! En diversidad. Y en esa diversidad, hay calidad. Veo una diversidad como nunca imaginé. Aparte, la gente puede pasar de ver Carajo a ver Miranda! No quiero irme de mambo pero creo que el público está abierto, el joven no está tan rep… antes en los ’70 era “este es una mierda”, había un puterío y estaban todos en contra de todos.

¡La verdulería completa para Los Encargados en BARock!
En los ’80, todo mal: la dictadura encarnada en el rock nacional. La gente agresiva contra la diferencia, pegándole al diferente. Horrible. Igual vi V8… ¿lo viste alguna vez en internet?

Bueno, a ellos también les tiraron de todo en BARock.
Hay cosas de V8 en internet que, ponelo cuando puedas, te rompe la cabeza. Es realmente adrenalínico, está todo mal, es reheavy metal. Y en un mega festival están ellos ahí tocando, “Destrucción” creo que se llama el tema (canta).

Sí, es su clásico. Nunca me puse a ver videos de ellos pero el disco en el que está es algo así como el puntapié inicial del heavy argentino.
Claro, yo no conozco los discos, los conozco ahora con los videos pero nunca un amigo trajo un disco. Te decía, era un mega festival,  entonces toca V8, termina... hay siete heavys cantando, la cámara está desde el público. Y era clásico de esa época, termina y se escucha que uno grita “¡abajo!”. ¡Para que se sienten! (Risas). Había que estar sentado, el que se paraba... “¡Abajooo!” (Imita). Gritaba un boludo, un mediocre de clase media, un empleado boludo (risas). Lo odié, me puse remal porque yo estaba ahí, me dio vergüenza de pertenecer a eso. Era muy típico de los '80 en la época de la dictadura ir a festivales y que estuviera ese “abajo”. Bueno, boludo ¡parate, qué abajo! ¡De pie, stand up, wake up! (Risas).

Hace poco dieron Prima Rock en Incaa TV y se veía eso. Estaba tocando Nito Mestre con el Negro Rada...
Sí, y qué vas a hacer, con esos tenés que quedarte sentado (risas).

¡Bueno, pero también tocaba Dulces 16, ponele, y pasaba lo mismo!
Sí, era un chiste, obvio. Pero acá estaba tocando V8, imaginate, lo más pesado que se hizo en Argentina, la banda icónica del aguante metalero, una descarga de energía tremenda. Tiene que ver con estas cosas que estamos hablando, con las contradicciones, con ese miedo a la fiesta, esa cosa de ocultar, de no mostrarse. Igual, ahora estamos en otro momento y yo creo que es un gran momento de la cultura. Hay que avanzar hacia la verdad y hacia el descubrimiento y hacia el poder ¿no? Que es el fondo de todo: el poder.


[Fotos: gentileza de Fernando Manino Dachdje]