lunes, 1 de febrero de 2016

Yo vengo a ofrecer mi corazón



Qué sujeto amable Ricardo Iorio. Al menos para los que estamos del lado del amor, no nos queda otra que quererlo, inclusive cuando más de una vez hace méritos para que suceda todo lo contrario. En estos últimos años su figura creció en popularidad de forma exponencial: la massmedia hizo de él (con el propio hombre de negro como cómplice) un personaje caricaturesco, hilarante, capaz de decir las mayores barbaridades que la teleaudiencia podría escuchar en el prime time. No hubieran podido hacerlo si Iorio no estuviera hecho de todo eso, tampoco. Las apariciones televisivas del cantor en las ya antológicas entrevistas con Beto Casella lo muestran como un tipo desaforado pero sincero, al borde. Aquel que admite que le gustaría que le limen el buje con una poronga violeta así, aboga por la gratuidad del yogur (“si es tan bueno, regálenlo”), llora las muertes de Michael Jackson y Ricardo Fort y propone como fórmula presidencial a la dupla Adolfo Rodríguez Saá-Nito Artaza. Dentro de ese combo confuso, que Iorio ya venía mostrando al mundillo rockero desde hace treinta años -en sus letras y en sus declaraciones, otras tantas tan antológicas, polémicas y bizarras como las que tuvo con Casella-, también hay algunos rastros de coherencia, una línea que el ex V8 y Hermética incluso acentuó en sus últimos años de payaso mediático y cantor oxidado.

Claro: porque Iorio, además de opinar sobre la actualidad de la farándula, contar sus secretos más íntimos, reconocer su admiración por José Luis Chilavert y aseverar que la policía existe por Los Wachiturros, es músico. Y de eso, en la tele, casi no (se) habla.

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Antes de ungirse como estrella de la pantalla, y hace ya dieciocho años, Ricardo Horacio Iorio decidió su primera jugada por fuera de Almafuerte, cuando en 1997 fue coautor de Peso argento en una sorpresiva y fructífera dupla con el cadillac Flavio Ciancirulo. De allí hasta hoy, volvió a embarcarse otras tres veces por esas márgenes. La que nos compete es la novedad de Atesorando en los cielos, el primer disco de rock de Iorio sin Claudio Marciello como coequiper en dos décadas.

Pareciera que el tipo la emprende por las suyas cuando quiere versionar. Tanto Ayer deseo, hoy realidad como Tangos y milongas son discos de repertorio ajeno, de selección: uno reformula al rock argentino de la primera década con éxito dispar pero también con un corazón enorme y una ingenuidad que hasta entonces nunca habíamos escuchado de su boca; el otro lo encuentra en su salsa, con los (¿últimos?) guitarristas de su ídolo Edmundo Rivero, acariciando el costado áspero del tango a voz y viola.

Por eso, quizá resulte extraña la decisión de publicar como álbum solista este Atesorando..., que mezcla versiones propias y ajenas con nuevas composiciones. De los tres discos, es el más cercano a la firma Almafuerte, incluso aunque Ayer deseo... haya sido grabado por todo el grupo y aquí participen otros actores. La primera actriz es Carina Alfie, la guitarrista que toma el lugar de Marciello a puro firulete. El disco inicia con una canción dedicada a ella, para que confirmemos que Iorio está en un momento de sensibilidad a flor de piel. Lo primero que se escucha es una cita a “La guitarrera de San Nicolás”, valsecito añejo también ofrendado a una dama que pulsa las cuerdas como nadie. Iorio hace de su “Guitarrera” una metacanción que invoca a aquel tango, explica el convite e invita a escuchar a los suburbios del Conurbano (“Guitarrera, hágala sonar/ y quien no le preste la oreja/ en su vacío tiemble”).



De aquí en más se sucederá un recorrido algo obstaculizado por la abundancia de versiones. Resulta paradójico, pero lo menos interesante del disco está en los momentos más pesados. Iorio sale bien parado cuando se juega por la melodía y ahí están las mejores reposiciones: en “Preguntando lo que todos saben” -su reescritura de “Wondering what everyone knows” de Budgie- parece suelto, muy por encima de esa adaptación rústica e invertida de la letra (de alguna manera tiene que entrar: “La oscuridad podés atravesar/ y tu mano llegue a mí otra vez”). Pues bien, van dos canciones y puede decirse que son dos de amor, ¿cierto?

Cuando irrumpe “Robó un auto” de Hermética uno se pregunta para qué. Recién después de muchas escuchas y lecturas puede llegar a arriesgarse un para esto: no es sólo cuestión de revisar el pasado, sino de rememorar su propia historia, la del tipo que huye quemado de la ciudad y cumple su sueño de niño. ¿Será el amor, otra vez? De las vueltas a su ayer, ésta es la única explicable. Porque hay versiones de “Otro día para ser” -también de Hermética y recortada sólo a la parte vocal de Iorio, mejor interpretada que la original- y de “Ideando la fuga” de V8; ambas son más bien innecesarias (en especial la segunda, con la voz de Alberto Zamarbide, que hace trizas el registro vocal del resto del disco).

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Es amor, no lo sé. Hace ocho, diez, doce, quince años, quién sabe, Iorio visitaba los estudios de la FM Rock and Pop, más precisamente a Juan Di Natale en su programa Day Tripper, y casi de la nada le espetaba la melodía de “It must have been love” de Roxette en una traducción tan improvisada como estupenda. Que él cantara una melodía del grupo sueco era casi como que Pappo hoy reviviera, pidiera disculpas a Ezequiel Deró y subiera a tocar con el DJ. En aquel momento los niveles de viralización eran otros, pero la versión de Iorio tuvo una repercusión subterránea más que interesante. Ya entonces, admitía sin culpa que admiraba a quienes le cantaban al amor (la lista incluye a Eros Ramazotti, Roberto Carlos, Queen, The Beatles y Sergio Denis).

Lo que no imaginábamos era lo que al fin sucede en el track 4 del Disco con la tapa más horrenda de la historia -seguimos hablando de Atesorando en los cielos, no de Del entorno- y es su versión grabada de un tema de los suecos. Ayer deseo, hoy realidad: bien parece que el hombre quiere sacarse las ganas de todo y, en tren de confesiones, nada parece importarle demasiado del qué dirán, lo cual está muy, muy bien. “Quiero ser como usted” es el nuevo nombre para “I don’t want to get hurt” y acá la traducción ya es un chamuyo total, una letra nueva que bate el récord Guinness del uso de la palabra “usted” en una canción.

Lo que importa es el abrazo. El de Iorio al pop, ese que venía amagando hace rato y concreta aquí, (en una versión) tan libre como Nino Bravo. ¿Se animarán las multitudes que lo siguen a cantar junto a su caudillo “Quiero ser como usted, igual que usted/ Ni mejor ni peor, igualito que usted/ Necesito cruzar su mar/ nadando hacia donde usted está”? Es una lástima que este disco no se vaya a tocar nunca en vivo porque querríamos ver ese momento.



Algo queda claro: Iorio será un duro pero también es un noble, por corazón, no por clase. Su rigidez, vaya paradoja, cada vez está más lejos del metal y más cerca de la leña que chispea y se convierte en brasas y calor. Así como Ozzy Osbourne mostró -de manera bochornosa, abriendo al mundo televisivo las puertas de su casa- que de pesado no tenía tanto, nuestro prohombre honra al ídolo pero sale de a poco del closet de la rudeza. Por eso, uno de los grandes momentos al pedo del disco es la versión de “You won’t change me”, de Black Sabbath. No te me hagas el duro, Ricardo, que algo ha cambiado.

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Queda en evidencia: lo que más importa en los discos de Iorio es lo mismo que prevalece en los discos de folk: la voz y la guitarra. Lo que se dice y lo que se ruge. Bien podría ser lo que se ruge y lo que se ruge, aunque el andar vocal de Iorio lo tiene cada vez más como un hablador rasposo. Antes que el buje, bien podrían limarle la garganta… pero sin esas impurezas en su voz perdería la gracia. Será mejor así, como cuando Carina Alfie descolla en “The Krochik” y Ricardo larga el hilo como puede en, quizá, el más alto momento entre las novedades del álbum, otra vez una canción que se pliega sobre sí misma. El estribillo es conmovedor: “Si nobleza obliga, allá voy/ guardar no me hace feliz/ sí buscar luminosos versos/ que llenen de amor esta canción/ que desde Floresta trajo a mí/ un león de los desiertos… para vos”. Perdone lector por repetir tanto como el “usted” de Iorio en su visión de Roxette, pero el amor a este hombre se le cae de los bolsillos. ¿Quién hubiera dicho que Iorio buscaba “luminosos versos que llenen de amor una canción”? ¿Éste es el mismo tipo de V8? Parece que se saca el lastre de encima y él mismo dice que guardar no le va, en la que es su reformulación del “lo que está y no se usa nos fulminará” (nota al pie: el “león de los desiertos, de Floresta” es el mismísimo Krochik del título, Miguel, músico en los primeros setentas, hoy capo del Estudio Panda, sito en dicho barrio porteño; Krochik es coautor del tema).

“Justo que te vas” y “De mi rumbear al Sur” confirman que el Richard pega más y mejor con las novedades que mediante refritos. “No me digas nada/ la vida es corta/ cuando ser feliz/ es lo que importa”, sigue el tipo en su cumbre de afecto, pop y calidez para todos y todas. La primera es una despedida conmovedora, no sabemos para quién y no es cuestión de suponer, tampoco; la segunda contiene la quintaesencia ioreana, ya más cerca de Larralde que de Ozzy. Otra canción amiguera, de vino y Jesús, de rutas, para un catálogo que cuenta decenas de odas a los compañeros y al asfalto, en un ámbito cuasi-folk(lórico) que dio los temas más destacados en los últimos álbumes de Almafuerte… ¡y en los primeros también! El “soy un solo” es cantado por Iorio casi al nivel de su parla jocosa con Casella o Yayo, y certifica el tono agridulce de la canción, amable pero melancólica.

El final es instrumental como acostumbra. Da ganas de escuchar al cantor entonando el estribillo de “Uno”. Pero el “si yo tuviera el corazón, el corazón que di” llega silbado por la guitarra de Alfie porque no necesita ser cantado: Iorio ya nos había ofrecido su corazón mucho antes de que llegue este tangazo.

[Publicado en ArteZeta el 23 de octubre de 2015]

jueves, 21 de enero de 2016

Daniel Melero: “Lo original no existe”

Dieciséis años después de Piano, el disco que quebró su trayectoria al medio -clave para la reflexión y el redescubrimiento de sus detractores; el álbum que menos lo representa según sus fanáticos- Daniel Melero vuelve a las teclas con Piano volumen 2, esta vez acompañado por Yul Acri. ¿El hombre señalado como Agente de Cambio Número Uno del rock argentino repitiéndose hasta en el título? Él mismo se encargará de explicarlo en esta entrevista.

Pero no sólo de pianos vive Melero y es entonces donde se anima, como buen conversador, a hablar de la originalidad en el arte y de su lugar como “vanguardista”. Y ahí, cuáles son sus clichés y cuáles sus gambetas. También nos cuenta el fantástico método del que se vale su banda para armar las listas de los shows; da algunas precisiones sobre su disco en colaboración con el babasónico Diego Tuñón; y organiza el que sería su festival perfecto con bandas de la actualidad.

Pues bien, este es Daniel Melero: el hombre que derribando su propio mito lo reconstruye a cada segundo.



¿Por qué Piano volumen 2 en este momento?
Estoy grabando otro disco, empezamos a grabarlo antes de ir a hacer la sesión de Piano volumen 2 y me pareció que la manera de llamar la atención sobre un disco nuevo era volver a hacer algo que fuera recopilatorio. A su vez, los temas que están grabados nosotros los estamos tocando, eventualmente hacemos shows de piano. Y de eso no había un registro, así que por un lado es táctico y por otro lado es querer que quede un registro: como salió bien, se convirtió en un disco. Esa es la situación que se dio.

Cuando fuimos a grabar con la banda nos gustó el estudio y el piano que había. Y la idea me cerró un día estando en otro estudio de grabación, produciendo un disco de Yul, que es justamente el pianista de Piano 2. Y en un descanso, estábamos ahí en el patio y se me ocurrió esto; después lo conversé con Rodrigo Ottaviano, mi manager, y fue todo muy veloz. Fue una minuta, digamos, cómo sucedió todo. A su vez, la grabación está filmada en gran nivel y también va a ser publicada.

¿El video de “Sangre en el volcán” viene de ahí?
Sí, viene de esa filmación y es la toma del álbum, además. Los temas por ahí los volvíamos a tocar pero son una sola toma por lo general. Sí se grabaron muchos pianos después; es muy distinto que el otro disco de piano porque se utiliza el instrumento con un enfoque mucho más violento. Por empezar, este disco no es baladístico. Y tiene otro aspecto sonoro: al tener otro aspecto sonoro, también es otra mi manera de cantar. Igual queda bien ponerle a toda la estrategia Piano volumen 2.

Eso fue extraño, que vos le pusieras “Volumen 2” a un disco.
¡Ya era hora, viste, ya era hora! (Risas). Porque no quiero caer en lo que los demás ven como mi... Mi cliché sería el cambio. Y yo no funciono verdaderamente así, entonces también es una manera de liberarme de eso. Pero la verdad, creo que a la vez se nota tanto que el disco es muy diferente, que quedó como una broma.

No es una continuidad, ni cerca.
No, no, no. Por ahí el “volumen 2” puede ser porque tiene más volumen (risas). Debería ser “volumen 11” como si fuera Spinal Tap (más risas).

Subió el volumen del piano, también el volumen de tu voz...
Sí, también, hubo algunas canciones en que la performance fue violenta, directamente.

¿Y eso con qué creés que tiene que ver?
Con el tipo de pianista. Y fundamentalmente, con el tipo de piano. Es un piano moderno. Los pianos modernos son más estridentes, suena orgánico pero es estridente; el otro era un piano de fines del siglo XIX, entonces sonaba como música romántica de esa época, ¿no? Y también era “romántico” el álbum. Este también, pero tiene canciones más misteriosas como “El ritmatista”, “La reina del enigma” o... Bueno, “Sangre en el volcán” es una canción muy misteriosa. O “El reino de los sueños”: esa es una de mis favoritas, de las que mejor quedó. Piano es un álbum baladístico, se puede escuchar plácidamente; éste reclama, tiene otro tipo de reclamos.

















¿La selección de los temas y sus arreglos cómo fue? Porque hicieron todo muy rápido.
Yuliano, entre una noche y un día hizo... más que arreglos te diría que son orquestaciones, buscó que tuvieran una característica especial para cada canción. Eso me llevó a profundizar en el microfoneo de una manera específica para cada tema. O, por la posibilidad de tener tantos micrófonos, utilizar en algunos temas unos micrófonos y en otros, otros.

¿Y eso lo fuiste decidiendo en el estudio?
Eso lo decidimos días antes, pero de alguna manera también somos víctimas del proceso de hacer. Imaginate, a la velocidad que esto ocurrió también sucedieron eventos que, así como me viste elegir rápidamente qué quiero comer ahora [la nota fue en un bar] también hicimos elecciones de esa clase. ¿Sabés qué pasa? También la gama infinita de posibilidades a veces es peor que restringirse. En este caso, como el juego era “vamos un día al estudio a hacer todo esto” y estaba funcionando; bueno, en el juego hay reglamento y una de las reglas era “no hay lugar para la duda”. Las decisiones son las decisiones. Si no, siempre llegarías tarde (y en general con las decisiones se llega tarde). Acá, si había un reglamento del disco era “ya”. Que tenga calidad, mucha calidad, pero ya. Es fabuloso proponértelo y que salga, que ocurra. Fue muy agotador también, al otro día de hacerlo me di cuenta.

Grabar un día entero y que el disco sea eso, debe conllevar su presión.
Sí, pero más que una presión era liberador también, porque no tenía esa idea de “bueno, esto lo vemos mañana”. No.

Por un lado era “esto tiene que salir bien” y por el otro “bueno, ya está”.
Sí, y tiene que tener valor para ser publicado, porque de otra forma hubiéramos grabado un show en vivo, donde no tendría tanta personalidad cada tema, aunque ya venían siendo más poderosas las canciones que usábamos. Hay muchas que eran muy violentas y ocurrió que no se grabaron, el material prácticamente lo decidió Yul.

¿Él hizo la selección?
Sí, el grueso lo hizo él. Hubo algún tema que se le escapó o que yo sugerí pero la mayoría los eligió él, como generalmente también él y el resto de los artistas que tocan conmigo son los que hacen las listas de los shows. A mí me da más o menos lo mismo.

¿Preferís que el otro proponga? ¿Te sorprenden con sus selecciones?
Me sorprende el orden con que seleccionan, a veces. Yo lo haría bastante distinto. Sobre todo cuando tocás, además del material nuevo que estés haciendo, hay tanto repertorio que de alguna manera el público que me va a ver ya lo conoce... Y me parece que el orden no es tan importante, las canciones se abren paso solas ubicadas en cualquier lugar del show, más allá de nuestras intenciones. Pero me gusta ese juego y es un juego que hacen mirando listas de un artista que quizás no tiene nada que ver. Hay bandas ridículas que eligieron, no me acuerdo... ¿Vos te acordás de alguna lista que se haya usado, Rodrigo? (Le pregunta a su manager).

RO: Sí, en el show de Belushi se usó una lista de los Beatles del año ’65, por ejemplo.

¿Y cómo es el método? ¿Miran las características de las canciones y buscan las equivalencias entre esas canciones y las tuyas?
Sí, sí, miran la lista y dicen “esta equivale a esa” (risas). Pero es absurdo, lo que ven es absurdo. Había una lista de Roxy Music también, pero hubo una de un grupo terrible, como si te dijera Air Supply o algo por el estilo.

Sentiste que te estaban matando ahí.
No, no, ¡si yo ni siquiera sé las canciones de Air Supply! (Risas).

Es muy peculiar. Porque intentan pensar lo que pensó el otro a la hora de armar la lista y quizá fue algo totalmente distinto a lo que se dispara.
(Se ríe). Si tuvo sentido se lo arrancan de cuajo. Es casi un capricho, un juego, un procedimiento sin sentido. ¡Pero da buenos shows! Lo que funciona al final son los temas y cómo se tocan. Igual a mí me gusta ver que juegan a eso, me parece hasta un halago.



Hablando de delegar, cuando salió Piano vos decías que te parecía injusto que llevara solo tu nombre, que Diego Vainer merecía figurar en el título.
Sí, sin dudas. Entonces hicimos también un EP [Dejaré que el tiempo me alcance] y ahí sí está el nombre de él. De todas maneras, en el caso de Piano fue un disco que se editó primero en Chile y lo grabé con un dinero que me habían dado para producir un disco de recopilación con versiones tecno mías, versiones nuevas. Allá se llamaron Uno y Dos y acá se llaman Piano y M (acá salió mucho después). Y en Chile era necesario que estuviera mi nombre porque era un disco de presentación; además yo hice ambos discos con el dinero destinado para uno solo. Piano también lo hicimos rápido, en dos o tres días, veintipico de horas en el estudio. La sesión de Piano volumen 2 duró del mediodía hasta la noche, tarde, nos habremos ido a las 11 y media de la noche. ¡Ya lo vas a ver en la película! (Risas).

¿Y tu rol de cantante para estos discos de piano? Te diste un lugar totalmente distinto al habitual.
Sí, cada vez me dedico más a cantar, si lo pensás, cada vez toco menos.

Como si a partir de Piano hubieras hecho un clic. En Vaquero ya está.
En Vaquero no toco en todo el disco, sólo canté. En Supernatural toco una guitarra acústica y un sintetizador... Sí me encargo de los procedimientos. En Disco es muy importante [Tomás] Barry, para mí él produjo las mejores piezas del álbum. Las redondeó él: “Mirá mirá” y “Dudas”. Los otros temas me encantan y todo pero estos tienen un sonido totalmente genial, que yo nunca hubiera sabido hacerlo.

Hace un tiempo dijiste que querías recargar más en la voz y menos en lo corporal. ¿Lo seguís sosteniendo?
Sí, no tengo dudas. Además me gusta mucho cantar, ser el cantante de músicos que tocan como los que tengo la suerte de tener alrededor, porque tocan de manera muy abstracta, es como que siempre se están fugando de la música. Entonces hay un juego de si voy a ser formal o si me voy con ellos; o si ellos se formalizan y entonces yo me escapo. Y esas son cosas que en los shows se deciden en el momento, porque nosotros ensayamos los temas como una red de contención, por si nos fuimos todos a la mierda (risas). No es que ensayamos un show y después vamos y lo repetimos en todos lados: cada show tiene su propia lista y aparecen temas que no estaban en el anterior, se decide en el día y también durante el show yo decido.

¡Y encima la lista no la armás vos!
No, pero en el momento yo digo “che, éste no, toquemos el que viene después”. Cuando veo que el show se está dando de una manera trabajo sobre eso en el escenario, no estoy respetando lo que creía que iba a ser antes, porque para eso tocás con pistas y yo hace como quince años que no lo hago.



En cuanto a reformulaciones, Piano volumen 2 tiene algunos momentos con un toque caribeño, si se quiere. ¿Eso cómo surgió?
Sí, en “Sangre en el volcán”, “Besar” y “Canciones de moda”. Pero las originales... Por ejemplo, yo siempre pensé que “Sangre en el volcán” era caribeña, después, qué sé yo, como era con tontones electrónicos cuando la grabamos con Los Encargados… Yo siempre la vi así; y con la banda la tocábamos con batería, claro. Estaba intentando hacer algo centroamericano, y después en Conga también: si vos escuchás “Canciones de moda” está repleto de percusión, tumbadoras y bongós. En el caso de “Besar” no, creo que es distinto, es un tema de esos que hago con una guitarra. Pero en “Sangre en el volcán” ahora se nota. Para más, es medio como un tango y a la vez tiene elementos de dub en el piano, los ecos. Quedó un híbrido muy interesante, una nueva especie (risas).

Me sorprende que lo hayas pensado desde siempre ese toque caribeño, quizá uno nunca lo hubiera imaginado hasta escuchar la nueva versión.
Pero bueno, es como lo de las listas, la fuente uno la utiliza fundamentalmente para confundirse (risas). Y también para fundirse, en algún lugar (no en términos de dinero en lo posible, pero también si fuera necesario). Yo cuando compongo pienso en cosas anteriores, en cosas que existen, arranco desde ahí. Desde siempre: creo que lo original no existe para mí.

¿En qué pensás, en algo ajeno o en algo propio, que ya hiciste?
En algo ajeno, escucho una canción que me gusta y toco encima. Pero seguro que mis acordes empiezan a no ser los que eran y después, cuando saco la canción, recuerdo cómo era el tema que estaba componiendo y ya mi recuerdo es fallido. Después lo muestro a los músicos y cada uno lo interpreta de formas distintas y a mí me sirven más que las que yo pensaba. Pero no creo en “lo original”, sí creo que uno intenta ser, no sé, íntegro, genuino. Si publicás, tratar de que sea una composición que te parece buena, interesante, válida, inclusive que contraste con lo que se supone de vos o que siga una línea equis, lo que sea. Pero no creo en la gente que piensa que puede ser original: a lo sumo podés ignorar cosas y creer que sos original.

Pero va a ser más una cuestión de ignorancia tuya que la realidad.
Sí, aparte, qué sé yo. Porque… (Piensa unos segundos) Nadie es tan especial (risas). Formamos parte de una tradición genética nosotros, todos los humanos, entonces es muy engreído creer que uno puede ser un original. Pienso que en algún laboratorio tienen un tipo que es totalmente original, que lo crearon ahí y no tiene forma de hombre (risas).

Es paradójico que esto lo digas vos.
¿Por qué?

Porque siempre fuiste señalado como “lo original, lo nuevo, lo moderno”. Esto también porque se confunde “original” y “moderno”.
Claro, y no tienen nada que ver. La modernidad tiene mucho que ver con implementaciones tecnológicas. Mirá: para mí el arte decae desde la invención de la pintura rupestre, que es lo que nos transformó completamente. Y la tecnología más importante que tenemos es el control del fuego, no son los celulares. O sea, la revolución humana en el arte está en la pintura rupestre, a partir de ahí transmutamos esas ideas, las hacemos representaciones de distintos presentes que vivimos. La vanguardia, si existe la vanguardia... Yo creo que lo que existe siempre es gente que es del presente y a veces el mercado no está listo. Yo no me considero de vanguardia.

Pero sí creés que eso te pasó muchas veces, ser del presente.
Sí, si vos oís el disco de Los Encargados hoy, te das cuenta que no era de vanguardia. Colores santos no era de vanguardia, ¡era de la época! Esas son mentiras. El problema es que hay mucha gente de retaguardia. Y cualquier industria tiende a tratar de tener un status quo, sobre todo estas industrias. Hoy en día es un momento muy interesante porque la industria no sabe qué tipo de industria es, una discográfica es más de management hoy. Entonces es una empresa ¡pero tampoco emprenden! ¿Qué cantidad de grupos nacionales editan las multinacionales hoy? Pasan años y no sacan a nadie. Y si sacan alguno nacional es algo que viene de la tele, y de la televisión nunca bajó a la calle el rock; como máximo, a veces fue al revés. O sea, la tele nunca fue línea. Yo no puedo creer que la gente mire la tele o escuche la mayoría de las radios pensando “eh, ya no pasan música como la de antes”. La música de antes, la que vos creés que es buena, ¡no la pasaban tampoco! Pero tenías la curiosidad de encontrarla por ahí.

Bueno, hay una frase tuya que es tremenda y tiene que ver con esto: “cuando tus amigos empiezan a decir que ya no hay música como la de antes, es el momento en que tenés que cambiar de amigos” (Risas).
¡Sí, sí! Eso pasa a los 23 o 24 años, que la gente tiende a asentarse. Les pasa a los periodistas también, porque hay un lugar donde había una época que eras joven, ibas a shows o a la casa de tipos que estaban haciendo algo, lo que sea. Y en un momento dado tenés un trabajo que cumplir, estás cansado a la noche, tenés familia, y no querés que te vengan a mostrar nada nuevo. Preferís que no ocurra también. Y el mismo sistema del que te burlabas es el sistema al que luego pertenecés.

A muchos músicos les pasa.
Sí, también a los músicos. En general, la gente habla de “en mi época”. ¡A los treinta te dicen “en mi época”! (Risas). Nosotros lo usamos mucho de broma eso, aparte ya no sabemos...

¡Cuál es su época!
En mi caso, mi época... ¡Estoy ansioso porque empiece! (Risas).



Hablando de épocas. Encontré una comparación que hiciste alguna vez y me resultó simpática. Vos viste en vivo a Los Gatos, Almendra, Manal y Vox Dei, juntos en un festival...
(Interrumpe) Sí, ¡que corría alrededor de Spinetta! ¡Y también tocaba Industria Nacional! (Risas).

Y alguna vez dijiste que cuando viste en los ’90 a Carca, Juana la Loca, Babasónicos y Martes Menta, sentiste que era como estar en un show de la magnitud de aquel, con lo que pasaba en el momento.
Claro, claro. Es que hubo un show, creo, en Die Schule.

Claro, y te parecía que representaba lo que sucedía entonces. Hoy, ¿con qué bandas armarías ese show?
Con Luciano Duarte, con Puar, me gustaría que estuviera Guerra de Almohadas. Klauss que toque un poquito entre los grupos (risas). No, Klauss no estoy seguro de que sea para ese show pero sí me parece único. ¡El otro día estaba haciendo la lista y ahora no me acuerdo de nadie! ¡Cuando me hacen estas preguntas no me acuerdo! (Se ríe y piensa). ¡Shaman! Shaman [Herrera] tendría que estar en ese show, Sobrenadar tendría que estar... Ya está, ahí tenés cuatro y tenés más. Hay de más, ¡hay mucho más! Pero en el público tendría que estar Carca (ríe), tendría que ir Leandro Fresco, Diego Tuñón... ¡Ah, y tendría que estar UN, Miguel Castro!

¿Ellos dónde, arriba o abajo del escenario?
¡En los dos lugares! (Risas). A todos nos haría muy bien ver todo eso junto un día, sí. ¿Te imaginás el camarín? Va a ser impresionante en ese show (más risas).

¡Hay que organizarlo, Daniel!
¡No, más trabajo no puedo! El camarín de ese show... Con ese público y esos invitados puede no ir nadie que es un hitazo, va a ser un show igual.

Mencionaste a Tuñón. Con él estás haciendo un disco, ¿cierto?
Estamos terminándolo ya. Hoy iba a ir a grabar las voces...

¡No me digas que no fuiste para venir acá!
(Asiente). Me engañaron, me dijeron que tenía la tarde libre (risas). Pero estamos ahí, muy cerca, prácticamente en un 80% del disco. Es la primera vez que un babasónico va a tener un disco en solitario. Y es un disco extraño, por momentos muy melódico en piano y por momentos muy electrónico-siniestro. El hilo conductor es el proceso que ocurrió en la mente de un novelista, un viaje que él emprende hacia Oriente: a Vietnam, atraviesa el Río Mekong. Ese es el hilo interno del que está hecho el disco, que se va a llamar El camino del opio.

¿De quién fue la idea del viaje?
Creo que la idea del viaje fue mía, pero lo del camino del opio fue idea de Diego. Y con eso solo ya está todo. Después hay temas que él los hizo prácticamente solo y yo los procesé; y hay temas que los hice yo solo y están hechos a partir de pianos que él tocó. Pero todo forma parte de la nube de estar imaginando música juntos, entonces es casi irrelevante a quién se le ocurrió qué... Porque es consecuencia del otro.

[Publicado en indieHearts el 28 de mayo de 2015.
Imágenes tomadas del videoclip de “Sangre en el volcán”]

jueves, 14 de enero de 2016

2015 para escuchar

Otro año que pasa y, para variar, deja una pila de discos que seguiremos escuchando. Esta vez, agrupamos nuestros álbumes favoritos de 2015 por categorías, para guiar un poco más al oyente (todo es bastante arbitrario, como debe ser). Es pertinente aclararlo: esto es lo que una sola persona llegó a escuchar con cierto nivel de profundidad... Discos que recibí en mano de los propios músicos, discos que compré, discos que bajé, discos que escucho en streaming. Pero los escucho como lo que son, por si no se entendió: discos, una obra entera, algo que empieza y termina, con tapa y contratapa, con un sonido particular, con un orden.

Como la buena música perdura, todo aquello que no entró en este resumen aparecerá en este sitio durante 2016 (hubo unos cuantos álbumes que salieron cuando terminaba el año pasado, y otros tantos de artistas que admiro y a los que aún no llegué). El tiempo acomoda todo, pero los 21 discos que más aprecié a lo largo de 2015 fueron estos:



LOS QUE SIEMPRE DAN EN LA TECLA

Como leerán, no es necesario aclarar demasiado la primera categoría. Los siete discos que la conforman son de músicos que hace años son garantía de calidad. Podríamos juntarlos por pares (teniendo en cuenta que hay dos discos con un mismo protagonista): el dueto Valle de Muñecas y Fantasmagoria sería el primero. Dos bandas con más de diez años de trayectoria, varios discos en su haber y un pasado frondoso de sus integrantes. Manza Esain y Gori, songwriters de peso en esta era, otra vez demuestran su poder de fuego: el primero ha conseguido afianzar una banda que entiende sus composiciones a la perfección. Fernando Blanco ya se convirtió en su mejor ladero para sacarle chispas a la guitarra, la base que conforman Lulo Esain y Mariano López Gringauz se entiende de maravillas, y no hay un solo segundo de desperdicio en El final de las primaveras. su cuarto álbum de estudio, el más pulido en producción y canciones: descuellan con pop smithsoniano ("Insomnio"), fogón melancólico ("La cura y el dolor") y urgencia punk ("Una hoja en blanco"). Un disco que confirma las mejores suposiciones: Valle de Muñecas hace rato juega en Primera A.
Se escucha acá: http://goo.gl/WKDMlp

Qué decir de Gori y su criatura. Pasó mucho tiempo entre El río y El mago Mandrax: cinco años en los que el cantor se dedicó más a otros proyectos y Fantasmagoria sufrió mutaciones. Luego de encontrar tres nuevos coequipers y bajo el abrigo de Scatter Records -el mismo sello que alberga a Valle-, El mago... es el disco más extenso y directo de los hombres de negro, aunque a su vez tenga las dos canciones más misteriosas de su discografía: la apertura y el cierre, "La araucaria" y el tema-título. Dos viajes en sí mismos, uno redondo y místico, el otro, arduo y épico. En el medio, canciones que van al grano y dan clase de humildad y sencillez -"Las cosas de verdad", "Mirá bien"- en letra y música.
Se escucha acá: http://goo.gl/4SYtHr

Otro díptico: el de Maxi Prietto y Shaman Herrera. Aunque en verdad sea injusto reducir Los Espíritus, Prietto y Los Pilares de la Creación a estas dos mentes brillantes. Por el lado de Maxi hubo producción con sus dos proyectos mencionados arriba, ambos con resultados brillantes: Charly García decía que le gustaría ser negro, Prietto, Santi Moraes -qué predicador barrial- y los suyos lo llevan a la práctica con groove y espesor. La música de Los Espíritus tiene el humo indispensable y le brota por todos lados: la gente lo nota. Su arribo a El Teatro (Vorterix, bah) es una de las grandes noticias del año rockero y un acto de justicia para una banda que con dos discos ya es una realidad para observar de cerca.
Se escucha acá: http://losespiritus.bandcamp.com/album/gratitud-2

El otro proyecto, enmarcable a lo solista, es aún más oscuro, puro y duro, una banda que suena a otra época y crea un espacio bien reflejado en el arte de tapa: ese bar en blanco y negro con la fábrica enfrente. La formación termina de despejar las dudas, viendo el contrabajo, las teclas, la criolla y la batería austera: con Prietto se blusea a la vieja usanza y con las copas en alto.
Se escucha acá: https://prietto.bandcamp.com/album/prietto

¿Y Shaman? Si Prietto y Moraes son las voces reas, Herrera es el oráculo. Apoyado en una banda versátil, que puede sonar cruda y también supernatural -a propósito, qué nombre tan preciso Los Pilares de la Creación-, el hombre despliega todo su caudal. Charly García, otra vez, dijo que no podía pasar de los primeros dos temas de Nevermind porque eran demasiado buenos. Con Sueño real pasa algo parecido, pero son tres las perlas: entre "La sed" y "Sonríe" -a dúo con el Chango de El Mató- transcurren diez minutos hipnóticos que resumen los climas del disco. Lo que sigue no es menos atrapante: "ahora sé lo que es volar en libertad", canta Shaman. Y es imposible no creerle.
Se escucha acá: http://www.conceptocero.com/shaman/

Completan este combo de infalibles otros dos solistas que calan hondo, la última dupla de esta categoría, Florencia Ruiz y Lucio Mantel. Dos artesanos. El caso de Florencia esta vez es literal, porque su disco 7 cartas invisibles se muestra precioso desde su forma física, un sobre de tela que contiene al mini CD con las siete canciones-misiva. Todo en el disco es chiquito, hogareño, familiar, mientras que la voz oceánica de Ruiz, su poesía y su guitarra limpia -qué guitarrista notable- llevan tal profundidad que esos veinte minutos de duración son, al decir de Spinetta, la eternidad imaginaria. O un universo sanador.
Se escucha (y se ve) acá: https://youtu.be/mJ4ktJ3VMhY

Mantel no se queda atrás y de nuevo muestra sus dotes de orfebre. Se vale de lo acústico para construir un universo tan frágil como mágico. Puede ser dramático ("Péndulo", "Otro sobre el tiempo") o extremadamente cálido ("Es la noche"), arrimarse a colores folclóricos con devoción ("Deshielo", que remite a la "Zamba del grillo" de Yupanqui) o armar juego desde su guitarra en apariencia sencilla ("Luz de día"). Cada elemento emerge en el momento exacto y todo es resuelto con maestría... y una ayudita de sus amigos (Alejandro Terán, Fito Páez, entre otros). Otro disco perfecto.
Se escucha acá: https://goo.gl/CzHwKY



















EL PASO FIRME

Estos cinco álbumes confirman sospechas: un quinteto de grupos que no tiene demasiado que ver entre sí, excepto porque sus producciones de 2015 demuestran que si se esperaba mucho de ellos es porque mucho era lo que había para recibir.

Empecemos por Pels, que peló una obra monumental. Gospels parece un tratado sobre (el fin de) la juventud pero es mucho más. Un disco que demuestra cómo se puede seguir sorprendiendo con una formación clásica de rock si se tienen buenas ideas (y se las desarrolla, claro). Once canciones acabadas al detalle, que destierran toda obviedad compositiva y desandan caminos no tan sencillos, donde siempre se llega a buen puerto. Desde el acorde imposible de piano que da comienzo a la épica "Dormiría" hasta los senderos que se bifurcan en temas que se enroscan y desatan como "Los diablos" o "Limón negro". Y "Viva la pepa", que debería convertirse en la canción por excelencia para bailar drogado y desquiciado. Pasaron muchos años desde su primer disco, Ugo, pero la espera se curó por la gracia con que mastican ese chicle que el mundo sigue estirando: las preguntas irresueltas para ser siempre joven. Un piso altísimo para lo que vendrá.
Se escucha acá: https://pels.bandcamp.com/album/gospels

Mi Amigo Invencible, en verdad, ya podría estar en el listado de arriba. La danza de los principiantes nos presenta a un protagonista algo perdido en el nervio de los tiempos y los códigos de convivencia ("viajé al pasado a solucionar/ lo que había arruinado y lo volví a estropear"; "sé que siempre estuve en otra/ nunca supe cuál es la que va/ te quiero hablar mientras bailás"). Entre la historia a desentrañar que llega desde la palabra -¿las letras deben leerse en orden?, eso parece- y la precisión milimétrica de las canciones -hay sabiduría para acelerar y bajar velocidades, groove y punk a la vez, ¿postpunk?- se arma un viaje con vaivenes anímicos, fantástico y duro. En "Edmundo Año Cero", el protagonista encuentra sus cosas "cargadas de tiempo". El entorno fue arrasado. ¿Cómo se resuelve el dilema? La última frase de la canción lo sugiere: "Hombre caminando". Así procede Mi Amigo Invencible: manejando los tiempos con paciencia y maestría.
Se escucha acá: http://goo.gl/pSB6Ur

Con una dosis de certeza similar pero una dirección menos sinuosa y más obvia -no por eso menos atractiva-, ahí está Una comedia romántica, el novísimo álbum de Valentín y Los Volcanes. Yo le hubiera puesto Una apuesta por la pornografía, pero comprendo que el título no garpaba tanto. Lograr diez canciones así de redondas, asquerosamente melodiosas -¡es un elogio!- y familiares al oído no es tan sencillo como parece, podés quedar como un mero copy and paste en el intento. O como un chanta. La apuesta es brava: limpian las marcas de indieismo -todo está pulido, Jo Goyeneche casi no arrastra su voz ni su erre como antes, produce Tweety González- y apuntan directo al corazón radial, con la melodía como núcleo. No cambiarán el mundo, cambian mi mundo.
Se escucha acá: https://goo.gl/IX1iML

Algo así sucede con Segba y En otro camino, su cuarto disco y el mejor resuelto a la fecha. Hay dos vectores de poder en este cancionero: la llamada puede venir desde la fuerza de la guitarra y el impulso de eso que se suele denominar como la base -el bajo y la batería que... ¡no siempre son la base!-; o bien desde el magnetismo de estribillos como el de "Si me voy": la canción sin versos. Como indica su portada, rutera y con luz de noche, este es un disco de viajes: literales como el del tema-título y su bello aire folklórico; oníricos desde lo que se narra o por sus fugas hacia otras latitudes -el trip oriental de "Distancia horizonte destino" y "Huellas", que se topa con "Kashmir" de Led Zeppelin en su pico-. ¿A quién no le gusta viajar?
Se escucha acá: https://segba.bandcamp.com/album/en-otro-camino

Cierra esta categoría... un álbum debut. ¿Un álbum debut en la categoría El paso firme? Sí, porque es el primer larga duración de Las Armas Bs. As. pero a Ramiro García Morete, uno de los grandes letristas del rock argentino, ya lo conocemos desde mucho antes. Y acá muestra una faceta que apenas se insinuaba en su grupo anterior -los geniales Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete- y en su tenebroso disco solista "El olor de la sangre". Hagan la prueba y empiecen por ahí: algo se sentía de la perversión y el rock and roll de Las Armas, este combo delincuencial que desde la tierra prometida viene a contarnos que dios, las pastillas y las parrillas son la posta en Buenos Aires. El soul de camperas negras, también.
Se escucha acá: https://lasarmasbsas.bandcamp.com/album/vol-i

¿ESTOS DÓNDE VAN?

Las categorías empiezan a desbarrancar. Pero si consideramos que todo lo que antecede puede englobarse dentro de un frondoso bosque al que denominamos "rock", aquí van cuatro producciones con fecha 2015 de difícil catalogamiento. Lejos de ser una crítica, el ¿Estos dónde van? es, además de un chiste, una valoración positiva hacia estos álbumes difíciles de categorizar.

Empezamos por Gastón Urioste, oriental de Uruguay, radicado en Buenos Aires, exparisino. Su disco Últimos soles de verano es madera pura. Trabajadísima. Nótese la selección de colores: Gastón es oboísta (inserte signo de exclamación/admiración gigante) y a ese instrumento de viento, poco utilizado en la música popular, lo pone en primer plano junto a melódicas, armonios, trombones, violoncellos, contrabajos, criollas, y la voz de Victoria Zotalis en modo lalalá: silbadora, silabeadora, siguiendo a la cuerda frotada y las notas tenidas de los vientos (comentario nerd: quisiera ver el Manual de instrucciones que Gastón le preparó a la cantante). Que el gesto sea lo que la palabra. El resultado es cálido y sorprendente, como si proyectara el mismísimo campo despejado de la tapa: si le prestás atención, está lleno de pequeños detalles. Ojo, también podría ser la música de la metrópoli moderna, Montevideo, Buenos Aires, París. O mejor, como dice Catupecu Machu, de una metrópoli nueva.
Se escucha acá: http://gastonurioste.bandcamp.com/releases

Sigamos con Reptil, un monstruo hermoso creado por el guitarrista chaqueño Francisco Slepoy. Contemporáneo, perturbador, heavy metal y más. La premisa es jazzera -se parte desde la improvisación con unas pocas pautas- pero tiene elementos de la música contemporánea -se trabaja la forma desde el sonido mínimo- y momentos dignos del rock más experimental -romper todo y empezar de nuevo-, ese que Marcelo Iconomidis pasaba hasta hace poco en La TV Pública. El resultado: muy bien 10, felicitado. Un trío de saxo, guitarra y batería (a Slepoy se le suman Lucas Goicoechea y Andrés Elstein) que se escucha, se sigue y se persigue hasta el infinito y más allá. Y cuando arremeten a guitarra preparada y canto armónico, agarrate. Anímense a "Neptuno" y me cuentan si a ustedes también les da escalofríos.
Se escucha acá: https://kuaimusic.bandcamp.com/album/reptil

Menos perturbador y más ecléctico, el segundo disco de Los Mutantes del Paraná recibe con afecto esta categoría desgenerada que le aplicamos. Noctámbulo se puede bailar a los saltos o escuchar en el más absoluto silencio. No soy demasiado afecto a los grupos que en un solo tema se pasean de aquí para allá... pero los zarateños lo logran sin sonar forzados y desplegando su big band como un abanico que se mueve de la milonga a la cumbia, de la bossa-nova a Carl Stalling y de Explosions in the Sky a Erik Satie (¡"Nocturno" es una gnossiene perdida!). Importante: a pesar de ser instrumentales, todos los temas se pueden cantar, en lo que constituye otra victoria del lalalá. Arenga con cerebro.
Se escucha acá: https://goo.gl/Ek7Y6U

Cierra esta categoría Mecánica celeste, de Leandro Kalén. Lo primero que llama la atención es la cantidad infernal de invitados: son tantos que en el booklet del disco están divididos por tipo de instrumento ejecutado (además de ser muchos, los hay estelares: Litto Nebbia, Hermeto Pascoal, Alambre González, Michiel Borstlap, Juan Carlos Ingaramo y un etcétera casi infinito). El desafío es lograr, con tanta intervención ajena, un álbum que banque su propia coherencia de principio a fin. Y las composiciones de Leandro resuelven ese acertijo: canciones adultas, maduras, resultado de herencias múltiples, aquí matizadas por piezas instrumentales y recitados que funcionan como separadores. La santísima trinidad Nebbia-García-Spinetta tiene su lugar -uno como invitado, los otros versionados- dentro de un repertorio que se acerca al jazz y la música rioplatense, por ejecución y volumen. Pero el cóctel está. Aquello de que "la soledad del tonto es ser indiferente" en "Despertando al diablo" no es un dicho al pasar: se canta rock, se siente otro groove.
Se escucha acá: https://goo.gl/hBTmvc













REVELACIONES

Les juro que con estos seis cerramos. La categoría no necesita tanta explicación, lo que sí vale aclarar es que algunos de estos discos son revelaciones para mí porque desconocía a los autores. De algunos de ellos simplemente no esperaba lo que hicieron. Creo, además, que estos discos no han sido descubiertos al nivel de otros que conforman esta lista y por eso están acá: para que los busquen, los encuentren y los escuchen,

Empecemos por Gonzalo Gamallo, cara visible de La Joven Guarrior y Los Niños y los Locos. Suena ridículo que él esté en la lista -este espacio eligió entre sus discos favoritos de 2013 al tercero de la Guarrior- pero no me esperaba un álbum solista de este tenor, con esa densidad. Gonzalo pone el corazón y los huevos sobre la mesa -para qué decirlo de otra forma si es eso- y pela canciones que pueden separarse en dos tándems: rock and roll irónico y folk tierno. En ambas facetas se cuela un compositor sencillo y crudo, que con su nombre a cuestas se planta ideológicamente en el universo nacional y popular. Desde ahí, hace reír con declamaciones de porro ("Memoria imprudente", inspirado en una entrevista televisiva a Moria Casán), llorar con historias escalofriantes ("Lo que hubiera sucedido", una hermosura) y nos obliga a pensar qué haremos en estos cuatro años de ceofascismo en "Vacaciones largas".
Se escucha acá: http://gonzalogamallo.bandcamp.com/

El disco de Crisologo y los Cuerdos tampoco es una revelación del todo para mí. En 2012 ya había degustado y aprobado su EP Melodías para dar. Pero sabemos que un EP no es un disco y nunca se sabe dónde puede quedar la inspiración cuando los tiempos se triplican y hay que llenar los 45 minutos de un álbum. Pues bien: Manuel Bence Pieres canta "no descansaré/ como un juglar quiero seguir cantando" y lo logra: 11 canciones que respiran psicodelia pop y nos redirigen a clásicos (los Beach Boys maduros, los Zombies, los Beatles, obvio) y modernos (La Perla Irregular, los propios Pels). Las cuerdas -violines, acústicas- y pianos embellecen todo y lo tiñen de un aura romántica indispensable para este modelo de canción. En el medio, Parado en el umbral, la pieza que da nombre al álbum: una delicia orquestal que divide aguas a la manera de los lados de un vinilo. ¿Preciosista? Precioso.
Se escucha acá: http://goo.gl/fVdGrF

Como La valijita rosa de Constanza Cofreces. Un disco diminuto y de apariencia amigable, que va soltando sus capas de dolor a medida que crece el drama en las letras. La voz dulce e inquieta de la autora se retuerce según las obsesiones que la asedien; siempre autorreferencial, va a ser la guía ante cada historia. Se ríe de su propia locura en -sí- Loca como una cabra ("de chiquita me drogaban porque no quería dormir/ como loca desquiciada/ no paraba de reír"); sufre el abandono en Los años me darán la respuesta (el "tu cara se diluye en el tiempo" del final es un gesto de dolor spinetteano). Parece un disco etéreo pero viene recargado... Y decorado al detalle como un cuarto femenino, con banjos, melódicas y lapsteel deliciosos. Entre la belleza chamber de Realidad, la primera canción, y la sordidez final de Salir del silencio, hay un abismo digno de ser observado.
Se escucha acá: https://constanzacofreces.bandcamp.com/releases

El Pendejo pare un duende deforme, que hace de la palabra un desvarío y del sonido un cuchillo -como bien dice el título- En punta (aunque aluda a un buen par de pezones). Eléctrica y electrónica, la música de Guido Aloisi, Lucila Massot y Tiburcio Benegas -ellos son, aunque el librito no diga nada- se hace a sí misma a partir de repeticiones abrasivas, sonido saturado, guitarras acústicas que constituyen un fogón for no one, como si en vez de construirse se fuera destruyendo la madera entre las chispas ("Feliz todo el día"). ¿Puede decirse que lo que se escucha son canciones? Más bien parecen gestos pictóricos, donde las manchas van comiéndose toda posibilidad de una figura identificable... pero algo vemos, algo queda: como en esos juegos donde se fija la mirada y, tras unos segundos de vista borrosa, se apunta hacia una pared blanca y le vemos la jeta a dios. La forma de la deforma, con gospel para zombis ("Hizo el vino") y blues para robots ("Preciosura"). Luche, resista, y vuelva.
Se escucha acá: https://elpendejo.bandcamp.com/releases

Ludovico Zanettini, ladero de El Pendejo en el sello Red, se viste elegante para copar el fondo blanco de El look de la pelea. Lo que se escucha de Puar, su proyecto solista con nombre de banda, es casi como lo que se ve: el lienzo apenas retocado por colores exóticos para el ojo medio. Lo blanco de la portada podría ser el clasicismo del piano (aunque éste emerja desde profundidades llenas de eco y no sea un piano for dummies). ¿Los colores? En los beats programados, en las resonancias, en los pulsos más flotantes, en la propia voz de Ludovico descrbiendo otros beats -los de sus manos y las piernas de una chica en, claro, no podía llamarse de otra forma... "Todo en este beat"-. O en el desmembramiento sonoro de "El regador", una canción que se extingue desde el proceso técnico, atroz. Como si Tanguito se hubiera mudado a Mendoza para sintonizar la música de mañana.
Se escucha acá: http://puar.bandcamp.com/releases

Llegamos al último. Last but not least, el caso José Unidos significa para mí una revelación tardía. Agarré hace poco su gran primer disco, Administración, y casi de la mano cayó este sucesor Lampedusa. La voz de Lucas Colonna es una respuesta lejana al susurro seco de Nick Cave que en el plano local también -tan bien- disemina Juan Pablo Fernández, por citar. Es fiel seguidora del sonido parco del grupo, que en Lampedusa y Boulevard construye antihits o, para decirlo mejor, canciones que son redondas pero se combaten a sí mismas, como si fueran gemas del Robert Smith más optimista tocadas por un ejército de ianescurtis colgados de la soga. Un grupo que canta que el amor es un "gran cliché" no se puede permitir esa culminación tan shiny. Por eso prefiere, en la que podría ser una gran autodefinición de su música, "colores en monocromo". Un susurro que se escucha al palo: para José Unidos la victoria es el sonido desgarrado y desgarbado de, valga la redundancia, Victoria, o el contrabajo saturador de Canción prescripta. Para nosotros también.
Se escucha acá: https://joseunidos.bandcamp.com/album/lampedusa

miércoles, 13 de enero de 2016

Satélite de amor

“Nunca me voy a olvidar del día en que dos amigos me robaron el bolso del club para revisarme lo que tenía adentro: ¡estaban convencidos de que yo era un extraterrestre!”. La frase pertenece a Daniel Melero y se lee en el libro Ahora, antes y después de Gustavo Álvarez Núñez. En el rock argentino hubo (hay) otro gran extraterrestre: Luis Alberto Spinetta. Tanto Melero como el Flaco encarnan en nuestro rock and pop esa vertiente de extrañeza, misterio. Como detalle, una de las canciones más famosas de Spinetta cuenta casi lo mismo que una de las más célebres de Bowie: la historia de un explorador del espacio que queda varado en el infinito (no hace falta la aclaración pero sí: “El anillo del Capitán Beto” y “Space oddity”).

Bowie. Él hizo de su filiación extraterritorial (!) una revolución visual, y le puso el cuerpo a una cruzada que atravesó la música popular del último tercio del siglo XX. Con su rostro mutante y exótico, maquillado de blanco, barbudo, con el pelo rojo, con el pelo largo y rubio, con la pija marcada por pantalones ajustados, con el culo ajustado y movedizo bailando al roce junto a Jagger, peinándose el jopo, listo para boxear, rolinga, tecno. Así se transformó en un paradigma móvil, el que encarna la indefinición: es por excelencia el fronterizo del rock y del pop, ni lo uno ni lo otro; a lo sumo un rato cada uno. Siempre plástico y sexual, a veces seco, difícilmente frío. Aglomerador: en él están Lennon, Dylan, los Stones, James Brown, Elton John; sin él no hubieran estado Cobain, Morrissey, Madonna, Corgan, Robert Smith, los New York Dolls, Jarvis Cocker y los demás (ni hablar Arcade Fire…).



Siempre lo sentí, a la manera de Patti Smith, como una especie de mesías para los desposeídos, el tipo que te salvaba el estado de ánimo. Fueras gay, te vistieras raro o tan solo estuvieras deprimido, ahí flotaba su canto redentor de “Rock and roll suicide”: “I’ll help you with the pain/ You’re not alone”.

Otra de Melero que le cabe a Bowie: “Creo que lo que existe siempre es gente que es del presente. Yo no me considero de vanguardia”. Nunca sabremos si era un simple mortal con una notable tendencia zeliguiana o si, ahora sí… hay vida en Marte.

[Publicado el 12 de enero de 2016 en Artezeta, como parte del saludo del staff al monstruo Bowie. La ilustración del post es obra de Alfonso Barbieri; la foto, quién sabe]

jueves, 31 de diciembre de 2015

Ellos dos, ¿le ganaron al mundo?


El final de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota como grupo tuvo su correlato, otra vez, con la revista La García. La historia -contada por ellos mismos en sus inesperados cruces mediáticos de estos años, mediante declaraciones en notas y contragolpes epistolares en blogs y ¿canciones?- dice que luego de una charla con Humphrey Inzillo, Pablo Marchetti y Martín Correa, en la que sería la última entrevista como Los Redondos -publicada en los números 45 y 46 de la revista, nada menos que los de noviembre y diciembre de 2001-, Skay Beilinson, Poli Castro y Carlos Solari tuvieron su encuentro final y tras una discusión en el hogar de la pareja, todo acabó. Esos también fueron los últimos números de La García: 2001 arrasó todo.

Aquella tapa, sin embargo, destacaba otra cosa que poco tenía que ver con lo que sucedió puertas adentro. El Indio declaraba que suspendían su show programado para el 8 de diciembre de aquel año en el Estadio 15 de Abril -el de Unión de Santa Fe- porque “no estaban de ánimo por la situación del país”. Sergio Dawi, que en los últimos años había perdido su rol de saxofonista estrella para quedar relegado a las esporádicas presentaciones en vivo, declaró luego que “en los Redondos siempre hubo una consigna, que fue tomar cada show como si fuera el último, aunque llamativamente el último, en Santa Fe, nunca se llegó a hacer”. Sus dichos dan lugar a pensar que ni siquiera los propios integrantes del grupo -hacia el final, apenas sesionistas- sabían bien lo que pasaba. Walter Sidotti, el baterista, lo confirma: “Hubo un problema entre los dueños, la cúpula. Nosotros no teníamos decisión en la parte organizativa, así que quedamos en banda y sin trabajo”.


PUNTAPIÉ INICIAL

El que confirmó los rumores de separación fue Skay Beilinson. Lo hizo a su manera, silente y preciso: no dijo nada; produjo música, la envasó y la distribuyó. A través del Mar de los Sargazos, publicado en el subacuático 2002, se encargó de hablarlo todo: si uno de los dos hace la suya es porque no hay más nuestra, pensamos. El Indio tardó bastante más y asomó su calva recién en el ocaso de 2004 con El tesoro de los inocentes (bingo fuel). Todos sus álbumes solistas saldrían bordeando fin de año, una estrategia navideña tan infalible como su pluma.

Desde la confirmación del final, sobrevuelan sentencias del tipo uno se llevó la música y el otro la mística. Es decir, que Skay carga con el gen de los Redondos pero a la gente la mueve el Indio. Y aunque esto podría ser cierto, es por lo pronto incompleto. Por lógica, la producción de Solari está más cerca de los últimos discos redondos -El tesoro... podría ser una continuación de Momo sampler- que del sonido clásico de la banda, para el que la guitarra de Beilinson es irreemplazable; lo mismo sucede con la lírica del Indio -sólo comparable a nivel local con la de Luis Alberto Spinetta y Charly García- en los discos de Skay. El karma de la media naranja.

¿La gente? Cada uno convoca lo que quiere y puede: ambos músicos repetían cuando compañeros que deseaban retornar a escenarios de mediana escala, con la gente cerca. Para Solari la idea resultó imposible, pero también partió de su decisión: incluir una cantidad importante de temas de los Redondos en sus shows. Skay, en cambio, privilegió el material propio por sobre el pasado desde el comienzo, quizá sabiendo que así tendría el público que quería: avezado sobre lo que fue, interesado por el futuro. Así sigue trece años después, tocando bajo techo y nunca más allá de un microestadio. Ya ni siquiera le resulta una obligación cerrar sus shows con “Jijiji”.

***

Algunos datos duros: se acabó, por obvias razones, Patricio Rey Discos. Uno empezó por Del Cielito Records, viejo abrigo; el otro por DBN. El comandante estético del grupo, Rocambole, pinta el fresco en los discos de Skay; en tanto El Indio se revela como un dibujante fantástico que colorea y conceptualiza con (mucho) lujo y detalle cada una de sus producciones gráficas.

Entonces, podría arriesgarse -innecesariamente, en verdad no vale más que para desinflar ciertos globos- que el tema de “la mística” hace equilibrio entre una y otra figura. Más: fue Solari quien grabó en los embriagadores álbumes de Sergio Dawi y sus Estrellados, también él quien reunió al resto del grupo para completar la única pieza redonda que lleva cuatro firmas: “La pajarita pechiblanca” se estampa a ocho manos, Bucciarelli-Dawi-Sidotti en música, Solari en letra.

Estas ridiculeces siempre terminan en empate, probablemente porque no tienen sentido: nadie puede apropiarse del todo.


EN EL CAMINO

Pues bien, profundicemos en el temita de la música, lo que nos convoca. A la fecha, las casualidades indican que tanto Skay como el Indio han publicado cinco discos (aunque el último disco + DVD de Solari no contenga más novedad que ser un álbum en vivo hecho con cierta preocupación técnica, en especial si revisamos el insólito En directo de los Redondos, casi una mancha en la discografía del grupo). 

El trayecto de Skay va de lo evidente a la sorpresa. A través del Mar de los Sargazos, la prueba de fuego, contiene el hit por excelencia de Beilinson por las suyas: “Oda a la Sin Nombre”, que nos retrotrae a cualquier riff memorable del período ’85-’91 de Patricio Rey. Algunos coqueteos electrónicos -el comienzo mismo del álbum con “Gengis Khan”- da a entender que la fascinación por los botones no era propiedad exclusiva del Indio. “Alcolito” y “Con los ojos cerrados” parecen recuperar cierto clima festivo de antaño y “Lágrimas y cenizas” revela a Skay como un constructor de épica en su primera canción de amor.
La luna hueca, en cambio, deja huellas sobre el mar. Sus coqueteos con la música hindú y africana ya son más concretos y auspiciosos, y terminan por confirmar algo que se insinúa desde el comienzo de estos dos caminos solistas: aunque ambos sean criaturas de la cultura rock, es el guitarrista quien lleva a la práctica el crossover con las músicas del mundo, el que entiende al rock como esponja de otras experiencias y lleva esa causa al terreno de lo sonoro. 

El Indio, en cambio, se declaró como un ferviente admirador de Arcade Fire, por su carácter de orquesta multicolor que rompe con la formación clásica de rock. Es decir, bajo, batería, dos guitarras y ocasionalmente un teclado. Del dicho al hecho... ¡esa formación es la que acompaña a Solari -se suman los vientos de ocasión- en sus álbumes y en las presentaciones en vivo! En consecuencia, su sonido es mucho menos mestizo que el de Skay: en el Indio, más que un trayecto parece haber una continuidad y se hace difícil establecer diferencias sustanciales entre El tesoro de los inocentes y cualquiera de sus sucesores. La música de Solari es tan o más estridente que su propia voz; recargada, oscura. Todos los sinónimos parecen aplicables a la experiencia previa de los Redondos, pero de 2004 a hoy se acotó el rigor melódico que el grupo sí contaba: en eso mucho tienen que ver las guitarras, que ahora son dos y en ocasiones parecen un par de Harley-Davidson corriendo a toda velocidad. Entre ese carácter tan atacante del instrumento estrella y cierto pulso de rock maravilla ultra aprendido, las canciones que no son un conglomerado de música industrial se oyen como un susurro necesario. “Había una vez” o “Bebamos de las copas lindas”, por caso, cuentan con algo que no abunda: aire. (Qué bien te queda el aire acústico de “To beef or not to beef”, Indio, si lo probarás más seguido...).


SOMOS PARECIDOS EN QUE SOMOS DIFERENTES

La voz nunca es un detalle en el mundo de la canción. Como en los casos Marr-Morrissey y Del Guercio-Spinetta -debe haber un largo etcétera-, es notorio el color similar y ciertas inflexiones entre el canto de Skay y el de Solari: sabemos que entre amigos se habla (y se bebe) parecido. Aunque el rango del guitarrista es bastante más acotado que el de su excompañero, un animal de estudio cada vez más afilado, a contrapelo de sus famosos nervios cerradores de garganta cuando le toca enfrentarse a las fieras. Entre El tesoro... y Pajaritos, bravos muchachitos, Solari entrega algunas interpretaciones notables e innovadoras dentro de su repertorio: cool como nunca en “La piba del Blockbuster” y “El charro chino”; desaforado y ajeno en “A los pájaros que cantan sobre las Selvas de Internet”; apesadumbrado en “Y mientras tanto el sol se muere”. Cuando encuentra esas formas novedosas de decir, su música suena menos atada a la maquinalidad que la envuelve: no es casual que esos sean los momentos “arriesgados” o que más difieren del resto, cerca del trip-hop, el pop más bailable o el rap (también pela en canciones de fábrica, hermanas y más reconocibles dentro de su estilo, como “Flight 956” o “Black Russian”).

Y si la escasa negritud de la música del Indio viene por el lado de géneros relativamente nuevos, eso la contrasta aún más respecto del camino tomado por Skay, que se mete con instrumentos autóctonos -chequear “La fiesta del karma” o “La luna en Fez”- y empuña con regularidad la guitarra acústica para pelar canciones despojadas o bluses a la vieja usanza. El guitarrista también se invita a climas dignos de la psicodelia, como en “El fantasma del 5º piso”, una canción hija de los sesenta, y “La nube, el globo y el río”.

Ese anclaje de Skay con su época lo diferencia de Solari, quien parece obsesionado con el sonido de estos años tecnos. Quizá haya pasado de largo, pero no es sopa -je- que el Indio cante en “Tomasito podés oírme? Tomasito podés verme?” un verso lacónico y terminante: “los sesenta fueron tres putos años, nomás”. En la palabra también se jugaron sus suertes. Beilinson dice:

Libertad! Libertad!
fue nuestro grito de guerra.
Un rock and roll, 
una ilusión, 
una nación sin fronteras.
Fuimos el sueño que despertó.
Fuimos la lluvia que no paró.
Éramos tres,
éramos cien,
éramos el mundo entero.
Éramos luz,
éramos fe, 
éramos fuego en el fuego.
Talismán, talismán, 
ese amuleto de mago.
Talismán, un nuevo ritual, 
un dibujo en el cielo.
Hoy somos sueños sin despertar,
somos la lluvia que va a caer.


Hablando de mi generación, diría Pete Townshend. Skay lo hace desde “Abalorios” (Talismán, 2004) en simultáneo a los tres putos años de Solari. Si se leen las letras de ambos, es lógico: el Indio sigue siendo un observador de fenómenos que de vez en cuando dispara directo al corazón -“El tesoro de los inocentes”, la canción-, pero más que nunca se sumerge en su experiencia de estos años. Ya es un tipo grande y hace de la autorreferencia una constante, a partir de su gran tema-composición: la muerte. Beilinson, en cambio, habla del despertar de aquellos días de juventud como un suceso que aún lo atraviesa y rige sus pasos. En medio del viaje, nos cuenta su parecer: para él, “el misterio es existir”, por lo cual la muerte viene a ser lo de menos (el misterio ya nos marca desde ahora). 

O, para decirlo en palabras de su compañero de años: este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene.

EPÍLOGO: ¿Y EL ASUNTO REDONDOS, QUÉ?

El fuego cruzado entre ambos líderes parece desactivar cualquier posibilidad de retorno. El último episodio de esa insólita batalla mediática lo tuvo a Skay desestimando aquello que el Indio llamó “una enfermedad malvada” que lo retiraría de escena. Hoy, uno graba su sexto álbum de estudio mientras el otro escribe sus memorias y se saca una espina: editar un material audiovisual de calidad. Lo insólito fueron las formas: Indio: la película fue una misa proyectada con funciones sold-out en el rico Luna Park. El público asistió como si fuera un recital del cantante, pogueó con los clásicos de los Redondos y filmó con sus celulares las pantallas (ah, ¿no lo creen? Miren esto). Recién después de este insólito evento, llegó a los cines. El propio Indio fue a verse a New York... y hasta allá encontró ricoteros que le pidieron fotos y autógrafos.


Dos declaraciones de exmiembros de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dicen más de lo que podría decir este texto. Una es antológica y la pronunció Semilla Bucciarelli, abocado a las artes plásticas desde la separación de la banda: “A mí no me cabe esconder las cosas. ¿Voy a decir que está todo bien? Sería un verso, si terminó todo para el orto. Me da vergüenza leer las notas, porque se quieren adueñar de algo que en realidad le corresponde al público. Si Patricio Rey tuviera piernas, los cagaría a patadas en el culo”.

Sergio Dawi, otro que en estos años hizo de las suyas en diversos proyectos -uno de ellos junto al mismísimo Semilla, SemiDawi-, dio su parecer sobre un posible regreso: “Tendría que haber una necesidad de todos de estar juntos. Lo humano y el espíritu son lo primordial. Tiene que suceder ese encantamiento nuevamente”.

Ambas declaraciones coinciden en algo: resaltan el costado espiritual del asunto. El público que sigue con fervor a los exmiembros del grupo, al que Bucciarelli le atribuye el patrimonio del inasible Patricio Rey, entona en todas las presentaciones del Indio y Skay un cantito que a ambos les debe retumbar en algún lugar de la memoria: “sólo les pido que se vuelvan a juntar”. Para ellos, aunque Solari y Beilinson hayan demostrado que pueden rugir por las suyas, hay un grito sagrado y colectivo que es insuperable.

[Notas anteriores del especial De regreso a Momo:
Vale la pena la leyenda del futuro, por Federico Anzardi

jueves, 24 de diciembre de 2015

Historia de una confusión: el carnaval que ha regresado

¿Qué pensaría el Indio Solari si pusiera un disco de su propia obra en su computadora hogareña y en la categoría género el Reproductor de Windows Media le espetara un tremebundo e inexacto latin? Podemos sospechar que no le caería muy en gracia, en especial si el disco es nada menos que Momo sampler, que tiene tanto de latin como Pink Floyd. Pero esto es lo que pasa, en efecto, cuando ponés el CD en la PC. Todo el esfuerzo en pos de reforzar un modelo de canción distintivo, una reorganización moderna de tu sonido, destruido en cuestión de segundos: los que toma introducir un disco en el ordenador y que salte la cubierta negra con la máscara-escapulario. El reduccionismo tal vez se ocupe sólo de la parte momo del título, aunque suponemos que obedece a cuestiones técnicas de los compiladores virtuales (que también pifian el año y traen a Momo hasta 2006).

Algo queda en evidencia en esta pavada técnica: ni el presente ayuda a esclarecer las bondades de Momo sampler, como si su historia sólo pudiera tratarse de confusión. Quizá las cosas estaban tan al alcance de la mano que decidimos hacerles “oso” y preferimos dejarlas pasar.

Primero lo primero: que éste es un disco de quiebre nadie lo duda. Pero ello no obedece en exclusiva al fin de los Redondos como grupo, sino también al desvanecimiento de una etapa social y política que implosionaría como las Torres Gemelas en 2001. Eso está en el álbum, casi a primera vista, un año antes de nuestro derrumbe: los últimos gemidos de la fiesta vistos desde los dos lados de la torta, el de los que se creían winners pero iban a desbarrancar dentro de nada, y el de los renegados que hacía rato no asomaban la cabeza (con Marita, la prostituta-virgen, como figura estelar). La coyuntura asoma la cabeza canción tras canción: el rubio que se tragaba cien lucas y ahora hace lo que puede para vivir; el Morta que quiere que le chupen la pija hasta desaparecérsela; el retorno del Zumba y su platino de American Express, trucho; el alcohólico decadente de “Murga purga” (uno tiende a creer que todos los disparos de este estilo por parte de Solari son para Enrique Symns; vaya a saber para quién va esta vez); el flaco rescatado pero al fin descerebrado de “Pensando como una acelga”; la frágil piba con la remera de Greenpeace, pendeja pero madura; el tumbero rociado de perfumes imposibles. Gente más bien deprimente, un corso por el que desfilan a) los patéticos que se las sabían todas y luego mordieron el polvo y b) los patetizados de siempre, eternas sobras del descarte político.



Por eso la palabra murga no es la major key para introducirnos a un mundo de tambores, negros y danza comunal; todo lo contrario: es el password para encauzar a esa banda de dolorosos por inconscientes, indolentes o desclasados (va esa murga desencantada). Como esos equipos de fútbol que no dan tres pases seguidos, desatienden los espacios a la hora de defenderse, sus delanteros pifian a la pelota cuando se les entrega en los pies y el arquero descuelga los centros dentro de su propio arco: así es la murga de este Momo artificial. De esas murgas. Si el presagio estaba frente a nuestros ojos, se prefirió creer que los personajes de esta historieta eran “los de siempre” en las letras del Indio. Y puede que lo fueran, pero así como eran los de siempre, eran, como nunca, los de entonces. En esa omisión está una de las derrotas de Momo sampler: estábamos demasiado adentro para verlo. (Ungido Mauricio Macri como presidente, no queda otra que suponer que hay cosas que no se pueden arrancar de cuajo. También es probable que haya unos cuantos que... quieren más japinés).

***

Los Redondos no fueron los únicos en tirar el anzuelo aquel año 2000. Los tres grupos que heredaron sus columnas de fanáticos (Los Piojos, La Renga y Bersuit) también publicaron discos. Curiosamente, La Renga apostó a profundizar su mística barrial en La esquina del infinito, sin dar claras referencias de la actualidad (aunque la de la esquina era una, y elocuente). En los discos de Los Piojos y Bersuit sí había una bajada de línea algo más clara. Verde paisaje del infierno -vaya título- cerraba nada menos que con una plegaria para Arturo Jauretche, elevado al nivel de santo; el álbum de Bersuit directamente se llamó Hijos del culo: “el hijo del culo es ese tipo nacido por atrás, que vive en el culo del mundo, que fue cagado durante muchos años y que está hecho mierda”, explicaba Gustavo Cordera, que cofirmó “Veneno de humanidad”, con estas líneas:

Bronca derramada 
Escondida bajo el mantel
No se dice nada 
Y se miente tanto después
Esa copa volcada 
Una mancha puede traer
Que se fundan las ganas
Y que el mundo gire al revés



También Divididos hizo un repaso de lo sucedido. Narigón del siglo... marcó su cumbre, así de rápido, de la era 2000, entre el renacer de Ricardo Mollo (productor de los discos de Los Piojos y La Renga) y el final del menemismo (chequear “La gente se divierte”, “La firma del opa”). Andrés Calamaro se ganaría el pulgar arriba del indie y las loas del mismísimo Indio Solari gracias al desbocado, desaforado y demencial El salmón, un disco quíntuple en días de recesión, todo un gesto: “Vigilante medio argentino” sigue siendo una foto exacta del medio pelo hipócrita. Pero lo que en estos discos era una polaroid o el simple equilibrio de tensiones, en Momo sampler era... el disco entero. Al menos en el plano más ridículamente analizado de su música: las letras.

***

El conglomerado sonoro era mucho más que las letras: el disco completaba, por lo pronto, la trilogía de álbumes redondos con sonido internacional. Pepeto de la Rúa había sostenido el 1 a 1 y el grupo hacía el resto en Nueva York. Pero... ¿el grupo? En realidad, todo quedaba reducido casi por completo a las obsesiones de Solari, Beilinson y la designada como ingeniera psíquica, Poli. En una entrevista con Clarín antes de los shows en River (o sea, antes de Momo sampler), lo primero que se leía era que los Redondos eran ellos tres, dicho por el propio Indio, que también daba pistas sobre lo que vendría: “Yo creo que el rock de escenarios es más parecido al teatro y la música que estamos haciendo ahora es más parecida al cine. Tenemos un horizonte de guitarras y bajos sobre el que me interesa poner algunos obstáculos de sonido”. A la vez, diferenciaba su producción de lo puramente tecno: “La gente confunde mucho el género tecno con la aventura tecno. La aventura tecno no tiene nada que ver con el género que reclama para sí una serie de standars como el jungle que son cosas que tratamos de no usar porque son efímeras. Lo que aprovechamos nosotros es la emulación de sonidos. En realidad, son como tropiezos tecno”.

Así, el Indio se anticipa al cartel que tantos años después cuelga sobre Momo sampler: en el imaginario, sigue siendo el álbum tecno de los Redondos, aún más que Último bondi a Finisterre. Y en verdad, lo de “tropiezos tecno” funciona a la perfección para describir la función maquinal de la tecnología en el disco, que nunca termina de pasar al frente y es un color más para la paleta (un color intenso, sí). La pulida producción y la ausencia de hits -en verdad, en los Redondos nunca hubo hits salvo casos excepcionales como “Mi perro dinamita”- hicieron el resto para que el recuerdo engañe, pero el corazón, sobre todo, es el mismo: la soberbia guitarra de Skay Beilinson, quizá dando su mejor show. Tal vez, y como repite el calvo cantante en las notas de la época (y en el Test para el colono virtual), la cita a Rose Bertin sea menester a la hora de volver al disco y repensar los sucesos políticos de estas horas: “Sólo es nuevo lo que hemos olvidado”. Al parecer, nuestra memoria musical se parece más de lo que creíamos a nuestra consciencia política. Y hay cosas que no cambian: el carnaval ha vuelto.

[En la próxima nota de este especial, Beilinson/Solari, solistas.
Lo que ya pasó pueden leerlo acá:
De regreso a Momo, la introducción
Momo (y todo lo demás) por ellos
Vale la pena la leyenda del futuro, por Federico Anzardi
Notas sobre el rock argentino en democracia: “Momo sampler”, por José Miccio]

jueves, 10 de diciembre de 2015

Notas sobre el rock argentino en democracia: "Momo sampler"


Por José Miccio
Crítico de cine y música, docente

El último disco de los Redondos -la banda de la farra y el pogo eterno- es un carnaval triste. Todo gira en torno de la fiesta por antonomasia pero por su tono siempre grave parece concebido con espíritu de cuaresma. Las estampas, las letras, esos riffs como calvarios: quien se cuelga la medalla que viene en la tapa para escuchar unas canciones de celebración termina con una cruz en el cuello. El tema fundamental es “La murga de los renegados”, que bien podría llamarse “Procesión de flagelantes”. O sino “El templo de Momo”, que ofrece a la vez ponzoña y licor. En los dibujos que corresponden a cada uno, nuestro Rey gobierna unas máscaras mortuorias o decadentes, salidas de alguna película de terror o del Casanova de Fellini. El interés que tiene Momo sampler -y que el tiempo acrecienta- deriva de esta extraña situación: no es posible escuchar el disco sin sentir esa incomodidad propia de las circunstancias confusas, de eso que es pero no es. Como llegar a un cumpleaños disfrazado de tortuga y descubrir que todos tienen humildes antifaces. O como encontrarse yendo al diccionario para ver qué significa la palabra silla. Momo sampler es matraca, espuma y danza macabra. Te deseo muerte, ay perdón, suerte. Qué buena purga, quiero decir, murga. Tarjeta (obvia) para la última joda redonda: Lubolo y Se-Si-Bon tienen el agrado de invitarte a su fiestita. Jijijí.

En su momento, el Indio se encargó de darle a este carnaval algunas claves. La idea de impostura, por ejemplo, que aparece en uno de los dos subtítulos de Momo sampler, aludiría al mundo del espectáculo y de la política, indiscernibles ya, después del menemismo, e incluso a la vida cotidiana, convertida también en mera apariencia. Al tumberito de “Rato molhado” le gusta la joda, la merca y desayunar en la cama como un señor. El Morta de “Morta punto com” vive una felicidad de porno y de putas, efímera y falsa, a velocidad consumo enfermo, meta plástico e internet. El Zumba de “Pool, averna y papusa” lleva encima una American Express trucha. Y así todos o casi todos los personajes que pueblan el disco como emanaciones de un mundo pobre, reducido a superficie y ademán. El lugar común (inaugurado por el propio Indio) dice que todo esto es una sátira de la Argentina de los años 90 elaborada cuando los años 90 se van del calendario pero no de la política. Una obra conceptual en la que un tema funciona como marco y el resto como ramificaciones de un mismo tumor.

Si uno quiere recorrer el disco con esta luz sencilla encuentra con facilidad lo que busca, también en los personajes dignos de piedad. El problema es que pierde las canciones para siempre. Momo sampler es algo mucho más atractivo que una mirada deformante de la coyuntura que a través de ciertas claves puede devolvernos a ella con un par de opiniones correctas, para las cuales la música es innecesaria. Sucede siempre así: si un disco es bueno, entre sus canciones y las palabras que lo promocionan y explican hay obligatoriamente una distancia, y si es brillante, un abismo. En Oktubre, los Redondos mapearon el estado del rock en la Argentina de la posdictadura con un talento extraordinario para dar al mismo tiempo una referencia y una descarga capaz de borronearla, incluso hasta el olvido. Momo sampler funciona igual cuando funciona bien, aunque nunca alcanza alturas semejantes. El mejor ejemplo es “La murga de la virgencita”, cuya puta es mucho más que un personaje de alguna fiesta tétrica. Insumisa por intensidad y brillo, reacia al marco que pretende contenerla, Marita tiene el espíritu -herido, épico, impuro, dulce- de los perdedores hermosos, un vuelo romántico que la vuelve absolutamente ajena a un elenco que incluye de un lado a corazones afines pero sin aura (el tumberito, la chica con la remera de Greenpeace) y del otro a criaturas horribles como el matapibes de “Sheriff” y la voz anónima que le pide bala y redención.



El disco entero resplandece y trastabilla en el track número cinco. Lo que pasa con “La murga de la virgencita” pasa también, aunque en menor medida, con “Rato molhado”, “El templo de Momo”, “La murga de los renegados” y “Pensando como una acelga”. Las mejores canciones se sobreponen a una función tan poco vigorosa como la de servir de ilustración y crítica de un mundo en ruinas. Con el paso del tiempo las sátiras -y Momo sampler lo es, qué duda cabe- requieren de unas cuantas notas a pie de página, porque la realidad a la que aluden se vuelve irremediablemente oscura. También cambian su manera de existir. No leemos a Juvenal y a Rabelais para saber de las miserias romanas o francesas sino para gozar de la literatura y reír de nosotros mismos. En el final del capítulo de Gargantúa dedicado a las mil y una formas de limpiarse el culo, Rabelais escribe que todo lo dicho se sostiene en el maestro Juan de Escocia, y se burla así del pensamiento basado en la autoridad propio de la Edad Media. Lo que hace que la lectura de esas mismas palabras sea tan maravillosa todavía hoy no es el objeto satirizado -que se puede ignorar- sino la extraordinaria enumeración, la imaginación desbocada, el absurdo de imaginar una oca entre las piernas de un niño monstruo (o entre las nuestras), agarrada del pico y de la cola y movida hacia atrás y hacia adelante como una toalla. Lo mismo sucede con las canciones de los Redondos. No importa si el as del club París de “Blues de la artillería” es o no es Enrique Symns. No importa quién está detrás del asqueroso personaje de “Murga purga” ni del rubio acabado de “El templo de Momo”. No importan ni siquiera Menem y Pepeto de la Ruta, como llamaba el Indio a un personaje de triste memoria, ganándose en la polis el respeto fácil del que odia a los monstruos que odian los buenos. Un día serán como Trajano y Francisco I. Lo que importa es que las canciones se sostengan en sí, que consigan un sonido propio, que podamos cantarlas con emoción y hacerlas parte de nuestras vidas, que para eso existen.

No pasa siempre en Momo sampler, hay que decir, que muchas veces ata sus máscaras a lo que ocultan, y les niega así la independencia necesaria como para que podamos usarlas todos. Hay canciones que gastaron en sí mismas la piel que nos ofrecen (Lupus el Lobo sabía hablar así). Con “Sheriff”, con “Murga purga”, con la sobrevaloradísima “Una piba con la remera de Greenpeace” no se pude hacer mucho más que autoafirmarse: dejar caer nuestro desprecio sobre la clase media filorrati, imaginarle jetas a un bola de mierda-malparido-arrogante-batidor, querer tranquilos a una puta no sublime, despojada del aura que la letra y la genial interpretación del Indio le regalan a Marita. En canciones como las de los Redondos el valor de una máscara (la metáfora, la fábula, el antifaz carnavalesco) no depende de la reposición de lo que queda bajo su dominio sino de la fuerza con la que se deshace de la interpretación, y de las asociaciones que promueve. Es costumbre del arte: si una metáfora persiste una vez descubierto el referente, el referente no persiste ya. De ahí que no afecte en lo más mínimo a “La murga de la virgencita” que el Indio declare que donde dice “arcadas gusto a menta” hay que entender que la piba masca chicle para borrar el efecto de un guascazo.

Otra cosa que Momo sampler permite observar es cuán suelto o cuán ceñido le queda el rock a los Redondos. En “Rato molhado” hay aires celtas. En “Morta punto com”, caños negros. En “Sheriff”, algo parecido al reggae. Se supone que esto es bueno, que habla bien de la banda, de su oído y su carácter inquieto. Cuando salió Último bondi a Finisterre Solari dijo que siempre había preferido a los Bowie de este mundo antes que a los Clapton. Está muy bien. Pero -además de que nunca hubo nada Low en todo esto- los años han dejado en pie las persistencias más que las transformaciones, y si los últimos dos discos de los Redondos gozan de buena salud es porque el sonido que los pega a su época no debilita el poder de sus canciones, bastante tradicionales (en el mejor sentido de esta palabra difícil). Pasa con las máquinas de Último bondi y Momo sampler lo mismo que con los sintetizadores de Películas y las baterías de Silencio: llega un momento en que descubrimos con resignación y no sin alegría que las novedades por las que juramos no eran tan radicales como creíamos, y que lo que nos emocionaba antes era lo mismo que nos emociona ahora: una o varias canciones que nos siguen para siempre porque al menos una vez nos hicieron sentir que éramos sus destinatarios secretos.



Si uno reniega de los cambios en el momento en que aparecen es un conservador. Si lo hace veinte años después es un clásico o un maldito. Como sea, un motivo de orgullo no debería avergonzar a nadie. Los Redondos brillaron siempre haciendo rock, y consiguieron lo más grande que una banda de estricto rock puede conseguir: una guitarra y una voz inconfundibles, unas canciones clásicas en su estructura pero nunca derivativas, por más que el riff de “Nadie es perfecto” se escuche ya en “Mama Kin” de Aerosmith o los acordes con los que empieza “Masacre en el puticlub” vengan de “Wild Honey Pie” de los Beatles. He aquí una gloria: la sensación maravillosa de estar escuchando al mismo tiempo una tradición y su origen. Tal vez por eso los intentos que los Redondos hicieron por abrir su sonido nunca resultaron del todo convincentes. “Caña seca y un membrillo” es una canción horrible, indigna de sus autores. Como esos artesanos que brillan haciendo lo que aprendieron de sus padres y un día, hartos de su excelencia y clasicismo, deciden sobrepasar sus límites para descubrir que en su universo la voluntad de cambio se traduce en bicicletas sin ruedas o veladores de espinas, los Redondos tropezaban fiero si se movían demasiado lejos del lugar que conocían y en el cual podían esconderse o disfrazarse como nadie más. Cuando levantaban casas con los materiales de su mundo eran insuperables; cuando daban varios pasos fronteras afuera parecían una banda de rock avergonzada de serlo o chicos perdidos en una ciudad extraña. Eran geniales haciendo ranchos, y a veces se olvidaban -¡ellos, justamente!- que en el rock los ranchos pueden ser infinitamente más valiosos que los hoteles de lujo o las cabañitas cool. Vistas desde hoy, las máquinas de Último bondi a Finisterre son la muestra más contundente de un viaje que se quiere aventurero y no pasa del turismo, pero que se sobrepone a sus propias impericias por el talento de sus dos cabezas principales (y a esa altura casi únicas). Otra vez: cuanto más pesan las valijas mejor andan los Redondos.

En Momo sampler las máquinas están más integradas, se ocultan mejor a sí mismas, incluso sonando en primer plano. Dicho mal y pronto: no hay nada como “Las increíbles aventuras del Capitán Buscapina” (a propósito: una canción buenísima). Todo el mundo lo sabe: el Indio hizo el disco como animal de estudio, cortando y pegando, casi sin músicos, y Skay se sumó tarde, como un invitado de su propia banda. El destino, sin embargo, juega sus cartas de manera curiosa. En silencio, humildemente, el flaco del sombrero la descosió. La guitarra de Momo sampler es tan extraordinaria como siempre, y puede que más, como si Skay se hubiera ido de paseo dejando una, diez, treinta figuritas más para el álbum de su gloria en el disco gobernado por su ya excompañero. En un punto es lógico (además de cruel): la existencia de los Redondos era pura mueca, como todo en Momo sampler. De ahí que suene tan sincera la inclusión de “Dr. Saturno”, en la que el Indio canta: “No marcho en mi vieja murga / en las calles no me muestro más”.



Una última cosa. Lo que Momo sampler dejó a la vista -la crisis de una pareja de compositores que parecía inmune a las historias del rock más reiteradas- venía ya de Último bondi, y según algunos se remontaba todavía más atrás. Es un hábito social bien arraigado: cuando un matrimonio dice basta todos empiezan a buscar el verdadero final de su historia antes de la separación concreta, cuyo teatro no sería más que el término de una demora. La gente sensata no se cansa de saber cosas que los demás no saben, y siempre hay un cínico que cierra la discusión diciendo que la crisis tiene la misma edad del matrimonio. Para los Redondos -una banda apasionante, irrepetible e independiente de sus propios líderes, tal como sus carreras solistas permiten observar- el final fue poco honroso: las declaraciones cruzadas de Skay y el Indio no los mostraron tan diferentes del circo nefasto de Momo sampler. Queda esta estampa. En los 80 las imágenes con las que el rock intentaba describir el fin de siglo que se aproximaba provenían de historietas, novelas y películas de ciencia ficción; de ahí salían las ciudades sintéticas, el totalitarismo, las naturalezas y las subjetividades arreciadas de tantos discos, tapas y canciones. Con el año 2000 clavado en el almanaque de la heladera el glamour negro de las distopías no corría más. Los Redondos lo vieron claro: el desastre era tan banal como una fiesta chota, y tan absoluto que todos -incluso sus censores- estábamos invitados.

 ***

Coda. Las cosas cambian, se retuercen y confunden. A comienzos de los 80 Charly cantaba que la alegría no era solo brasilera, y nos invitaba a mover los pies de una vez por todas, después de tanto ensimismamiento y tanta censura rocker. En 2000 el personaje de “Morta punto com” quiere más japinés, como quien quiere más minas, más dinero o más merca. Hay toda una historia del estado de ánimo para contar entre estos puntos: del vitalismo de García al comercio de la felicidad de Solari, del anuncio de los nuevos tiempos democráticos al cierre de un periodo negro, en el que la libertad terminó por tener como metáforas el control remoto y la góndola del súper. Solari y García no se quisieron nunca, pero en un tiempo fueron espíritus afines, inclinados los dos a la sátira, preocupados por la fortaleza anímica, estupendos letristas. Y también está Adrián Dárgelos. Un año después de Momo sampler los Babasonicos pedían que los invitaran a entrar en la misma fiesta de farsantes que los Redondos cuestionaban, y comenzaban a trazar su propio mapa: un Oktubre en episodios, repartido en tres discos, no tan agudo ni tan grave, pero con objetivos parecidos: testear el lugar del rock en un mundo que quería rock. Desde hoy, las imágenes de ese cambio de milenio se ven realmente raras. Solari mira el circo desde afuera y termina metido bien adentro. Dárgelos pide que lo dejen entrar y por eso aparece todavía con un pie o un dedo afuera. El carnaval mezcla todo y pone el mundo de cabeza. Momo sampler es el último disco de pop del siglo XX. Jessico el primer disco de rock del siglo XXI.


[El título alude a las mismísimas Notas sobre el rock argentino en democracia que el autor publicara en la Revista La Otra, las cuales recomendamos fervientemente]