viernes, 17 de febrero de 2017

Atrás Hay Truenos: poner el cuerpo y el bocho en acción


En septiembre de 2016 vio la luz Bronce, el disco más enigmático, profundo y logrado en la trayectoria de Atrás Hay Truenos, grupo de músicos neuquinos que se asentó en la Capital Federal hace ya varios años. Bronce es además un álbum maduro y pensado, insinuante y elusivo, épico desde la sumersión. Desde la primera vez que lo escuchamos nos dibujó un gesto de sorpresa y admiración, y su calidad se mantiene mientras los meses se suceden: parece ser una obra de esas que atravesarán el tiempo sabiéndose perennes, invencibles.

Por eso esta charla con Roberto Aleandri, cantor, guitarrista y compositor del cuarteto que expandió su universo luego de casi tres años de experimentación, trabajo intensivo -al borde de la obsesión- en el estudio y resultados lógicos para con esa búsqueda maniática. Por si hace falta repetirlo, la siembra dio sus frutos.

Fue lógico, entonces, encontrar en Roberto a un tipo lúcido con quien hablar tres horas de corrido de un universo tan amplio, siempre en torno de la música de los Truenos: los procesos de un disco, la recepción del público, las colaboraciones externas, la entrega del cuerpo en pos de la obra, la idea de construir un circuito de música alternativa en todo el país. Ideas, buenas ideas. Y lo mejor: que se proyectan, pero también se llevan a cabo.

Aquí, la primera entrega de esa charla estimulante:

ZONA DE PROMESAS
Recién vuelven de una gira por el sur del país. ¿Cómo los tratan cuando vuelven a Neuquén, su ciudad de origen?
Neuquén está clavada culturalmente, es un desastre. Es la ciudad más grande de la Patagonia, pero no hay por parte del municipio de la ciudad ni por parte de Cultura de la provincia ninguna intención de fomentar la cultura ni de generar espacios. Todo lo contrario, cierran lugares. Nos costó muchísimo organizar la fecha para tocar allá, fue la última que confirmamos.

¿Tenían toda la gira por el Sur menos la fecha en su ciudad?
No había lugares: los teatros que hay en la ciudad estaban cerrados por todo enero. No sé por qué, es el momento en que más gente hay. Es realmente triste, porque no es así en las otras ciudades. Por ejemplo, en General Roca, ya hace dos o tres años que vienen haciendo el Rock al Río. También está el festival de San Martín de Los Andes, El Primer Color; el Prisma en Bariloche; y el Mucho Gustok en Meliquina, una localidad entre Bariloche y San Martín de los Andes.

Claro, hay un circuito de festivales ya.
En Bariloche no tocamos en el festival Prisma, pero nos organizaron una fecha los chicos de Mapache Records, que son varias bandas de allá. Hay una movida de rock impresionante. Las fechas estuvieron increíbles, hubo una onda... gente, predisposición, el arte cuidado. Y en Neuquén fue lo opuesto. Lo hicimos nosotros en un boliche, fue el único lugar que conseguimos y, como no pasa nada en la ciudad, mucha gente arrancó y se fue para los festivales. Nos fueron a ver a Roca porque era gratis, al aire libre, a la tardecita, al lado del río, con un supersonido...

Era más tentador el festival.
Claro. Nosotros buscamos la manera de generar algo en la ciudad que se una a todo lo demás, porque están pasando cosas increíbles en todas las ciudades del país, festivales que unen a bandas de todas las provincias. En diciembre tocamos en Santa Fe, en el festival Creciente Magnética: bandas de Rosario, de Córdoba, nosotros. Y está pasando porque hay gente joven con una visión, que quiere cambiar el mundo. Pero bueno, nuestra ciudad está atrasada 25 años.

¿Cuál es la razón por la que pasa eso?
Es la idiosincrasia del petróleo. Mucha gente vive del petróleo: hay mucho dinero para algunos y poco para muchos. Entonces hay una idiosincrasia del dinero, es bien oscura la onda. Y la cultura está relegada, obviamente. El estado provincial está concentrado en Vaca Muerta [el mayor yacimiento petrolífero de Argentina]. Cualquier cosa que se haga tiene ver con eso, para robarse todo y destruir todo. Viene sucediendo hace años. Hablamos con músicos de allá para forjar algo, decir “bueno, man, empecemos un pequeño festival, una vez al año”.

Y ¿hay un movimiento de bandas para poder hacerlo?
Sí, sí. La ciudad está creciendo mucho pero sigue siendo algo chico, igual. Tiene sus pequeños circuitos: hay muchas bandas de punk y de heavy metal. También una movida alternativa, más reducida, que es en la que nosotros entraríamos. Está el sello Jungla Discos, que empezaron hace poco. Ellos son los que están activando ese costado alternativo, por ponerle alguna etiqueta. Y con ellos es que queremos armar un circuito y llevar cosas de afuera también, para nutrir a la ciudad de cosas nuevas. Cuando yo era chico, cada vez que iba una banda de Buenos Aires era decir “vamos”, no importaba quien toque. Porque también, vos vivís en Neuquén, tocás tres meses y ya está: fueron tus amigos, alguno que otro más y se acabó. Es acotado el circuito, no es tan fácil.

No podés hacer tres shows por mes, por ejemplo.
Olvidate, una sola fecha y ya es bastante. Es mucho más difícil en ese sentido, por eso es importante nutrir a la ciudad de cosas nuevas. Para sumarse a la región, darle un contexto más grande. La misma banda puede tocar sola, después con una banda de otra ciudad... es fundamental.

Y a ustedes en particular, ¿les jugó a favor irse? ¿Los va a ver más gente cuando vuelven o no?
Ahora estuvo re tranqui, no fue mucha gente. Pasó lo que decía, que fue gente a San Martín y a otras ciudades. Pero antes de venirnos a vivir a Buenos Aires, nosotros tuvimos dos años fuertes. Habíamos tomado un teatro... no tomado ilegalmente (risas), sino que teníamos un lugar fijo, muy buena onda con el dueño, que era un muchacho del mundo del teatro, copado total. Y nos había dado bandera blanca para que hiciéramos lo que quisiéramos en un teatro hermoso. En esos dos años, 2006 y 2007, fue que llevamos a Él Mató, ahí nos invitaron al sello [se refiere a Laptra Discos]. Y en ese momento empezaron a ocurrir un montón de cosas cada vez que tocábamos: fiestas donde invitábamos gente a pasar música, bandas que traíamos de Buenos Aires (lo que también nos sirvió a nosotros de link para venir a tocar acá). Nos tomamos el laburo de empapelar la ciudad con afiches, toda una movida. Fue una pequeña ebullición que hubo en la ciudad, y el mejor momento nuestro allá. Recién después de eso nos invitaron de Mamushka Dog Records a participar del sello, del netlabel.

¿Ahora los miran de reojo?
Hay como un recelo. Como es tan chico todo, la gente imagina cosas raras. Por ejemplo: te ve que tocás acá en Buenos Aires y se piensa que vas a ir al programa de Susana Giménez (risas). Reniegan de algo que no existe, es un garrón. Por eso a nosotros nos cuesta un huevo ir a tocar a Neuquén ahora, es rejodido hacer una fecha. Porque son pasajes, un montón de dinero que hay que cubrir... e iba más gente cuando estábamos allá que estando acá, que sacamos los discos. ¡Estando allá no teníamos ni un disco! No sé, quizá cambie con el tiempo. Tal vez, con esta idea de unir todo, aunque sea desde acá empezar a formar algo allá. Porque es increíble, hay bandas impresionantes en todas las provincias, están todos viajando para todos lados, intercambiando, y allá no está sucediendo. Y es una pena porque se pierde lo que está pasando, porque hay grupos, está GiroAngular, que es una banda impresionante de electropop, o Vidafuego, ambas del sello Jungla. Y estaría buenísimo que ellos puedan venir acá porque allá no hay espacios, es acotado, y tampoco se puede cubrir que vaya alguien a tocar. La idea, entonces, es empezar por ahí, y presentar algo a Cultura del municipio o de la provincia para que apoye un poco. Sobre todo ahora, que Neuquén, Catamarca y Godoy Cruz (Mendoza) fueron declaradas ciudades culturales de este año por Nación.

Significa que el gobierno nacional les baja una plata extra para organizar eventos culturales.
Recibieron fondos, sí. En Neuquén ahora se hace la Fiesta de la Confluencia y va a tocar Kevin Johansen, no sé. Toda una lista de artistas [Turf, Airbag, Miranda!, Los Pericos] que pagaron con ese dinero, una fiesta millonaria. Es gratuita y la gente va, pero no es un espacio para la nueva cultura en absoluto. La cultura de la ciudad queda relegada por competo.

Esa idea está muy arraigada con la ideología de este gobierno, sobre “lo que funciona” y lo que va a pérdida.
Sí, y el gobierno neuquino está ligadísimo al gobierno nacional, con Vaca Muerta... firmaron unos convenios y van a destruir todo. Pero bueno, la idea es generar otra cosa, algo que pueda perdurar con los años para que las bandas -no nosotros en particular, cualquiera- puedan ir y venir. Que Neuquén entre en el circuito de la cultura nacional, que está hermoso: Córdoba, Santa Fe, Rosario, Mendoza, Mar del Plata, Tucumán, Formosa, Misiones... todos. ¡Somos la única provincia que está aislada!


PENSAR EL ARTE PROPIO DESDE LO AJENO
La tapa de Bronce es una obra de Ariel Mora, Variables. ¿De quién surgió la idea de incluirla?
Ariel es un artista plástico de Neuquén que está acá en Buenos Aires hace un par de años. Nos conocemos de allá, era la única persona que bailaba en nuestros primeros recitales en Neuquén (risas). El único que, creíamos nosotros, entendía nuestra música. Después nos cruzamos acá y se me ocurrió -durante el proceso de grabación del disco- sumar a alguien de afuera para eso. Los artes de los discos anteriores los había trabajado más Tito [Héctor Zuniga, el baterista]. Es diseñador y con su novia y su cuñada tienen armado un grupo de artistas plásticos. Pero la idea fue agrandar un poco más el universo de la obra, así como hay invitados que tocan otros instrumentos y hay más productores. Y pensé en Ariel. Se lo dijimos hace como dos años y enseguida se copó. Le habíamos mandado los demos, ni siquiera los temas del disco.

Y ¿qué eran los demos respecto de lo que salió del disco?
Unas versiones... (se ríe). Algunas canciones similares a lo que salió y otras, muy distintas. Pero bueno, quedó todo en stand-by dos años y nos juntamos antes de que saliera el disco. Hicimos unas reuniones con él para charlar, para pensar. Queríamos hacer algo simple, por idea de él, que es un artista de la cultura pop y maneja la simpleza. Pensábamos en algo que quedara, que lo ves y no necesitas que diga nada.

Bueno, es simple pero tiene un componente enigmático...
Sí, justamente, no hay nada que te cierre. Y como somos muy fanáticos de la obra de él y la conocemos, le propusimos que directamente fuera una obra lo que esté en la tapa, más allá de pensar algo. Nos trajo varias para elegir e hicimos las sesiones de fotos buscando, y la que quedó era una foto de prueba. Hicimos como 600 fotos sobre tres obras de él y ésa es la primera o la segunda que sacaron para ver la luz. Siempre es un momento crucial el del arte de tapa.

Y ¿le encontraron alguna relación a la tapa respecto de la música?
Yo lo pienso así: me parece bastante gráfico y muy correspondiente con la construcción sonora que tiene el disco, que es de capas. También tiene mucho que ver con nuestra primera grabación, aquel EP muy viejo que era medio gráfico y geométrico. Siento que las tapas están relacionadas: se une el principio y lo más reciente, lo que hasta ahora es el final.

¿Eso les pareció a todos o es una impresión tuya?
No, es más un flasheo mío, posterior a la salida del disco. No es que lo vimos desde antes ni fue una idea para decidir si era la tapa del disco o no. La decisión de la tapa, viendo el material que teníamos y todo, fue elegir lo que nos pareciera más bello y que no tuviera una unión tan sentimental o lógica con la música. Incluso con la misma música pasa eso.

REVISIONAR
¿Van mutando también las apreciaciones sobre la música?
Sí, totalmente. A mí me duele mucho escuchar la música que hago.

¿Te duele?
Sí, me resulta una tarea durísima escuchar mi voz. Pasa más por no gustarse. Yo no me considero ni un gran artista ni un gran cantante, más bien tengo una visión artística sobre mí... de fracasado. Lo veo más por ese lado, pero no lo digo por falsa modestia ni para generar lástima en nadie, yo me veo así y busco, quiero más todo el tiempo.

A la larga, ese inconformismo termina siendo el motor para crear.
Me cuesta la tarea de escuchar la música grabada que ya está en un disco, pero también lo hago porque me gusta revisionar lo que hice. Estoy constantemente escuchando demos o los mismos discos. Bah, no constantemente, pero les voy dando su lugar y pienso cosas. Me lleva de vuelta a lugares, a decisiones, a ambiciones que tuve en ese momento para que eso esté ahí. A veces se refuerza y a veces no y te quebrás, también: “podría haber cambiado algo”.

Bronce es un disco que contiene un universo amplio, encima...
Me pasa en este disco, pero menos. Porque me di el gusto, justamente por esta tarea de revisionar y estar atento a lo que hice antes. Para que no sea algo que ya está, que lo hacés y no importa más. No, lo hiciste y eso te va a seguir toda tu vida, o sea: vos grabás un disco y es para toda tu vida. Y para Bronce, tenía la decisión en mi corazón y en mi mente de darlo todo, tomar el tiempo que fuera necesario. Grabar la cantidad de veces que quisiera la misma guitarra, la misma voz. Cueste lo que cueste, no me importaba. Entonces eso de “se podría haber hecho esto así” sigue estando, porque llega un momento en el que decís “esto tiene que salir, se termina acá”.

En particular este disco, que les tomó casi tres años.
Sí, dos años y medio de actividad intensa. Y bueno, es como que costó también, pero pasó en menor medida y en otros aspectos. Creo que ahora tengo más consciencia sobre la composición de la música a la hora de ir a grabarla, algo que siempre fue más inconsciente. Son experiencias muy distintas, pero...

Pero respecto de lo técnico imagino que no tenés objeciones. ¿O sí?
Y... sí, porque tampoco sabés todo, vas aprendiendo. En este disco hicimos cosas que por ahí las veo y digo “uy, convendría haber esperado para esto”. Fuimos a premezclar a El Pie, un estudio hermosísimo pero bueno, es caro. Y tal vez era una tarea para bancarla un poco. Nosotros pensábamos que nos íbamos con el disco de ahí y no. Faltaba un montón. Pero por impaciencia... me hubiera gustado hacer eso al final del disco, mezclarlo en una consola, bien. Es difícil, es una gran película un disco.


BUSCAR EL SONIDO, PONER EL CUERPO
Encontré un dicho de Tito, en una nota vieja. Te lo cito: "solemos tenerle miedo al estudio, pensamos que cuando todo está tan organizado para hacer una determinada cosa, ésta no sale naturalmente como nosotros queremos". ¿Esa noción no cambió después de encerrarse en el estudio tanto tiempo?
¡Es una buena apreciación, sigue vigente! No cambió en absoluto. Antes pensaba que era como autoboicot o algo así, pero tiene que ver con nuestra naturaleza. Como conjunto funcionamos así, es necesario que las cosas fluyan de manera natural. Y en este disco, más allá de que tardó tres años, fueron tres años de esa búsqueda. Por eso también se tardó lo que se tardó, porque tuvimos un montón de sesiones de estudio donde por estar buscando un ángel que pasara en ese momento... no dijimos “hoy vamos a grabar este arreglo”. No. Fuimos, llevamos las guitarras y buscamos el sonido ahí. Buscando una sorpresa de la música, esa cuestión natural que es la que te enamora. Porque cuando vos escuchás un disco de alguien, o la música que te llega, esa música te sorprende, te cambia, te atrapa.

Bueno, acabás de decir que es “una gran película hacer un disco”.
A mí se me ocurre pensar en la grabación de un disco como en la filmación de una película, digamos. Porque es algo más profundo que ir a grabar un día... o no, hay discos que pueden grabarse en un día y ser mágicos. Es difícil saber cuándo una cosa puede ser de una manera u otra. Creo que la manera de saberlo es que la naturaleza lo presente así, estando en el momento, haciéndolo. Todo lo va dictando, si te gusta y te interesa, esa cuestión artística de que no sea algo... te di el ejemplo de las películas porque existen las maneras y los formatos de hacer un disco o una película. Desde lo técnico, desde lo artístico, hay diferentes maneras de hacer, y es difícil saber cuál es la tuya para un disco particular. Porque no va a ser lo mismo al grabar el próximo. O sí: no lo sabés hasta que estás ahí haciéndolo y estás atento a la naturaleza de los sonidos, al lado salvaje de eso, a lo inesperado.

¿Hubo mucho de inesperado esta vez? ¿De momentos reveladores?
Hubo muchos momentos reveladores que nos fueron llevando hacia lo que es Bronce. Como sacar una batería completa: tomar la decisión de decir “esta batería no va más”. Y de golpe, tener una canción que estaba completamente terminada y que vuelva a estar por la mitad.

Y ¿Tito que decía ahí?
Tito, el dueño de la frase, aceptó. Fueron tres años, entonces hubo varios momentos así. Y lo que hizo que el disco se terminara también fue llegar a un límite físico, mental. Y de sonoridades, de decir “bueno, el disco es así, ya está”. aceptar que esa era la obra. Teníamos ganas de pasar a otra obra para tener otra chance más. Porque te podés morir, es real eso: la música -o cualquier arte- mata gente.

¿Llegaron a un nivel de tensión complicado?
Yo sí, personalmente lo viví con mucha intensidad. Con todos los discos me pasa, siempre viví las grabaciones de discos así.

Bueno, te he leído decir que “en los discos se la pasa mal”.
(Se ríe). No quiero que sea tan... es así, es algo intenso hacer un disco. Entonces, las cosas intensas son muy bellas y a veces... no son tan bellas. Hay muchos días malos en la grabación de un disco.

No podés escapar de la cotidianidad de la vida.
Claro, y sobre todo cuando estás más tiempo. Es la primera vez que nos tomamos tanto tiempo para hacer un disco, así que experimentamos esto por primera vez. Llegó un momento en el que estaba volviéndome un poco loco. Siempre me había vuelto loco pero en este caso, mi cuerpo, más allá de lo mental, ya pedía. Porque no dormía, o me despertaba con las sesiones en la cabeza. Me sé todos los canales del disco de memoria.

O sea, escuchás el disco y podés ubicar todo.
Absolutamente todo, conozco absolutamente todo el disco. De hecho, ya empecé a laburar en un disco de remixes. La idea es que esté para este año, de cada canción una versión distinta. Sería remezclas y versiones, porque hay versiones también. Hubo un período que lo trabajamos con Juan Cruz Palacios oficiando de productor, fue todo un año que laburamos mucho nosotros dos. Nos juntábamos todos los días: armamos una nave con sintetizadores y un par de aparatos más, y estábamos internadísimos, no nos sacaban de ahí ni con la policía (risas). Era prácticamente todos los días de la semana. Y bueno, ya en ese momento lo visualicé, porque veníamos transformando todas las canciones y dejando versiones atrás. Se lo comenté a Juan y me dijo “por favor”.

El disco les dio material de sobra.
Hay aproximadamente 150 gigas de sesiones de grabación, lo cual es una barbaridad.

Y eso, ¿cuánto significa en canciones? ¿Entre 10 y 15 versiones de cada una?
Mirá, ponele que son las nueve canciones. En una sesión organizada y normal, donde tuvieras los archivos específicos de cada canción, tenés algo así. Un poco menos, entre ocho y 10 versiones o instrumentaciones distintas por cada canción. Hay que revisar el material, lo quiero hacer con tiempo.

¿No te pasa lo contrario, de querer sacarlo rápido después de trabajar todo este tiempo?
No me voy a enroscar tanto, la idea es que salga este año pero hacerlo respetuosamente, porque son tres años de trabajo. Buscar esa misma sensibilidad que se buscó en el disco, ese cuidado. Hay mucho material muy hermoso, que costó vida y cuerpo, que merece ser escuchado. Es algo que se puede compartir.

*Atrás Hay Truenos continúa presentando Bronce este sábado en Xirgu Espacio Untref (Chacabuco 875, CABA, más información acá). Sobre el show -que abrirán el ruso Julián Desbats y la excelente banda rosarina Mi NaveRoberto cuenta: “es una presentación especial y queremos hacer varias así durante el año. Estará invitada Rosario Bléfari y la banda está extendida a una versión con percusionista y con más músicos”. 

[Fotos de Atrás Hay Truenos por Carlos Castel y Maron Barberis (en vivo)]

martes, 3 de enero de 2017

16 discos de 2016

Dejamos pasar unas horas de 2017 para publicar nuestro balance del año recién ido. La música es el lugar donde refugiamos nuestro estado de ánimo, y estos dieciséis discos elegidos sirvieron de abrigo y consuelo para horas bravas. Por eso -y por sus bondades más que evidentes- los elegimos. 

Como toda lista que se precie, ésta es caprichosa y exclusiva, podría cambiar mañana y no pretende abarcar todo el espectro de la música argentina (un hombre solo no puede hacer nada). Sí intentamos ampliar un poco la mirada y rescatar producciones que no vimos en buena parte de las listas de Lo mejor de 2016. Quedaron algunos discos afuera, por poco, y no llegamos a escuchar otro tanto (se sigue en 2017, claro). En fin, estos son los elegidos de La música es del aire.

Feliz año para todos y que la música salve.


El Estrellero - Drama 
(Fuego Amigo Discos)
El tándem creativo conformado por Juan Irio y Lautaro Barceló, a priori, esperanzaba. Pero el resultado final fue todavía más lejos de lo esperado: Drama es una colección de canciones impecable, que hace de la intensidad y la frescura su leitmotiv. El equilibrio exacto entre simpleza ("Deja que te guarde") y vuelo ("Pobre corazón"), del musical y del poético, no da respiro. Un álbum que va de cumbre a cumbre y lo logra desandando tópicos universales: el amor y la muerte (siempre hablamos de lo mismo). El heroicismo de "La rima" muestra lo que una buena canción es capaz de lograr: se canta esbozando una sonrisa de esperanza. Si todos los dramas fueran así de conmovedores...


Alucinaria - Días de fuerza
(Editorial Musical de Rosario)
Una jugada sorpresiva y triunfal de la banda rosarina: cambiar los guitarrazos de su primer disco por este conjunto de canciones ornamentadas en forma sesentista, melodiosa, lírica. Un trabajo que llevó años y, dicho por ellos mismos, terminó haciendo realidad en el seno del grupo lo que en principio era el concepto del álbum: la tensión de esos días de fuerza se hizo carne. Pero lo que salió a la luz es tan arengador como precioso. ¿Ejemplos? "Paz (excepto para las almas despeinadas)" y "Hermanos de la buena pérdida", o cómo hacer de la armonía un campo de batalla. En el medio, una banda precisa y un cantante notable. No es poca cosa.


Atrás Hay Truenos - Bronce
(Laptra Discos)
Otra apuesta con el estudio como laboratorio. Un viaje sonoro en el que se desplaza al instrumento tronador por excelencia -las guitarras- a un segundo plano. Es hora de dar paso al sonido oscilante de los sintetizadores, el corazón de este disco enigmático, quizá la mejor producción del sello Laptra en el último lustro. Una verdadera fiesta de la forma: de entradas y salidas, de efectos, de continuidades, irrupciones, superposiciones, fusiones y confusiones, historias que se cuentan pero hasta ahí. Si usted busca un disco en el que sumergirse y encontrar algo nuevo en cada escucha, puede que en Bronce esté la respuesta. O una pregunta que, por suerte, jamás termine de ser contestada.


Florencia Ruiz y Mono Fontana - Parte
(On'smusicayflia)
Al fin se concretó el disco de un dúo lógico por naturaleza. Florencia y el Mono venían tocando juntos hace años y era necesario este registro. El repertorio incluye versiones de canciones añosas de Ruiz y suma algunas novedades. Una de las más cautivantes voces de la música argentina entrega su garganta y sus arpegios a la magia de lo que Fontana denomina fondos (sólo se entiende escuchándolo). Cada uno construye su propio ruido de magia y en la conjunción logran una envolvente de belleza exótica con momentos interplanetarios -¡lo que toca el Mono en "Hacia el final"!- y otros que son un flechazo al corazón (la cita a "Mind games" en "Viviré", "Los peces").


Sanguinetti / Migma / Babjaczuk / Butelman / L'Argentiere - Cómo desaparecer completamente
(Independiente)
Un disco doble de versiones del grupo más prestigio del mundo. La propuesta es, en la previa, un desafío difícil de aprobar. Pero Marco Sanguinetti reconstruye la obra de los de Oxford valiéndose de recursos originales, como insuflarle sangre local a algunas versiones -"Everything in its right place", "Creep"- o convocar a Milena L'Argentiere para que sea la (impecable) voz en los temas cantados. Y lo más notable y meritorio, hacer de la música de Radiohead un punto de partida sobre el cual pintar la aldea propia, con iguales dosis de tensión -"Black star", "Little by little", "We suck young blood"- y belleza -"Motion picture soundtrack"-. De covers, nada: el homenaje es el riesgo. 


Melingo - Anda
(Sony Music)
Enfundado en su personaje de linyera errante -casualidad o no, el de 2016 es un linyera-parca-, Melingo vuelve a cautivar con su elegancia arrabalera y esta historia presentada como "Anda, diáspora en dos actos", un viaje a través del tiempo y el espacio que nos lleva de la casa de Osvaldo Pugliese a Japón, Constantinopla (!) y al mismísimo infierno. Tranquilos: si se pasa por alto la narración algo delirante del librito, Anda funciona igual, amparado en una banda siempre sutil y un cantor áspero que, apenas susurrando, lo hace mejor que nadie y muestra que el humus del blues y el tango es el mismo ("Intoxicated man").


La venganza de cheetara - Valles
(Fuego Amigo Discos)
Un debut tan redondo como auspicioso. El trío Rojas-Cases-Miyashiki crea un ambiente de reflexión a través de texturas lineales, armónicos y percusiones livianas, casi flotantes. Ejercicios de paciencia y temple oriental -"Milán", "Nueva playa"- que para el buscador de agite serían una tortura pero son un alivio para el oído atento. Aunque no todo es reposo en Valles: la curva es ascendente y, de a poco, el trío sube el voltaje -"Cobra Kai", "Keep it gangsta"- y suma accesorios que ayudan al viaje incidental (la fantástica "Komorebi" es el ejemplo cabal de esto). La proyección, después, es individual: hagan el esfuerzo y vean la luz del sol que se filtra a través de las hojas un árbol.


Excursiones Polares - Ya no habrá más veranos
(Concepto Cero)
El Chinese Democracy de zona Sur vio la luz sobre el cierre del año. Cinco años de espera podían jugarle en contra a Ya no habrá más veranos, pero Excursiones Polares se salió con la suya y editó el mejor disco de su carrera, con madurez para elegir y ejecutar el repertorio (suponemos que había más que las ocho canciones elegidas). El recorte es justo y la interpretación precisa y emotiva desde el comienzo: "¿A dónde vas a ir?" tiene todos los boletos para ser la canción de cierre de cualquier disco, pero aquí es la apertura. Y eso da una pista sobre el resto. ¿El objetivo? Llegar hasta el núcleo de la canción. Si no lo creen, escuchen "La historia de la sangre" y nos dicen.


Cabeza Flotante - Las afueras
(Laptra Discos)
La primera sensación que da Las afueras es la de llevar todo a un mismo pulso. Y aunque hay algo de patrón rítmico incesante, esa direccionalidad que en un principio parece jugar en contra es la que cimienta el tercer disco de Cabeza Flotante, algo así como un resumen de sus álbumes anteriores -Ningún lugar y Relámpago-, realzando la principal cualidad de toda buena canción: la melodía. En "Los besos" y "Algo mejor" están las pruebas fehacientes. No es sólo lo que se dice sino cómo suena. La dupla de cierre magnifica todo desde el dolor: "No sé vivir" (¡Siento el calor/ de quedarme solo!) y "Te esperé" (Después de la guerra/ yo me disparé/ Ahora quiero que me dispares vos). 


Casita de Salvajes - Sueños de invierno
(Mínima Discos)
Casita de Salvajes es una trampa (!) en esta lista. El grupo es en verdad el proyecto solista del músico estadounidense Charlie Higgins, radicado hace algunos años en Buenos Aires. Sueños de invierno llegó cuando concluía 2016 pero ingresa triunfal a la lista por su sonido árido y sus canciones de belleza borrosa (cantadas en español, por supuesto). Higgins deja claro de dónde viene y muestra sabiduría a la hora de vestir -con lo justo y necesario- estas nueve piezas de tono grisáceo. Si viviera en Estados Unidos, le pondrían la etiqueta alt-country. Acá, podemos situarlo en el espacio equidistante entre Sombrero y Los Álamos... aunque su toque sea más seco. Para seguir.


El Lenguaje Como Obstáculo - I
(Independiente)
La sorpresa pesada del año, así de simple. ELCO -suelen acortar su nombre a la sigla- es desarrollo y contracción, despliegue y reposo, notas tenidas hacia el infinito (pero inquebrantables) y distorsión a niveles demenciales, con un audio imposible de lo perfecto. Su costado clasicista no resulta pretencioso ni preciosista, sino que destaca como el factor clave en el juego de contrastes que es una constante en la música del grupo. Más allá de toda etiqueta -en este caso, parece que a los muchachos les funciona una acuñada por Simon Reynolds: post-rock-, lo que suena este debut es inaudito. Para sacarse el sombrero (e ir a ver en vivo, a ver qué pasa en esa faceta).


Cam Beszkin - Enamorar o morir
(UMI)
Q: ¿Cuánta gente gritó más fuerte que Cam Beszkin en 2016? A: Poca o ninguna. En su tercer disco solista -segundo con la formación de power dúo que completa Arnaldo Taurel-, Beszkin se pone al frente de la arenga con un sonido furioso y líricas que proponen el combate desde el amor (basta de sobrevivir/ enamorar o morir). Siempre en primera persona, Cam pasa de personificar al macho en "El propietario" a la intimidad hogareña de "Mi casa, mi nena", hace del estribillo de "Pisco blues" un trabalenguas rítmico y baja los decibeles en "Ciertas cosas" y "Corazonotomía", para que no queden dudas de que su voz, como decía Flopa Lestani, también es dulce, fuerte y grave.


Mejor Actor de Reparto - Humilde frente al mar
(Independiente)
Sincero, terrible... esperanzador. Así es Humilde frente al mar, el segundo disco de Mejor Actor de Reparto. En carne viva, Mauro Duek -voz, guitarra y autor de todas las canciones- narra la pérdida de un ser querido con honestidad, voz quebrada y músculo post punk. Es difícil pasar el comienzo del disco sin pensar que es demasiado crudo. Pero se sigue, aceptando que somos una pequeña partícula al lado de inmensidades como la que ilustra la portada. Entre la fiesta -"6to C", "No hay que desperdiciar"-, el recuerdo -"Sola en la calle"- y el renacer del final -"Vas a venir"- se termina de visualizar que aun en el mar más oscuro, refleja el sol. Doloroso y necesario.


Roberto Monstruo - Las voces
(Independiente)
Una voz cavernosa, digna de Tom Waits, Lemmy o Mark Lanegan. Letras que parecen haber sido escritas por un criminal clase Z, entre el horror y el humor más ácido y peligroso. Guitarras como cuchillos filosos pero oxidados. El combo que ofrece Roberto Monstruo en Las voces es irresistible por su capacidad para contar historias de terror y amor con estribillos indelebles aunque corrosivos. Suena coherente y lógico su homenaje a Iggy and The Stooges en la canción homónima, pero sorprende con el estribillo de "Los rayos en los truenos", donde resuena... ¡"A little respect" de Erasure! En el fondo, sólo es un buen hombre usando su guitarra como si fuera un serrucho.


Palo Pandolfo y La Hermandad - Transformación
(S-Music)
Palo encontró la banda ideal para exhibir sus posibilidades estilísticas entre Esto es un abrazo, su disco anterior y este Transformación. La Hermandad se mueve hacia donde diga Pandolfo -atención, que hay muchas co-composiciones- y ahora la brújula los guía hacia un sonido aun más rockero, algo menos latino que en el intento previo. El disco cuenta con invitados notables del rock nacional que pasan casi desapercibidos (Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu, Los Tipitos). Resulta lógico: ninguno está para descollar sino que se disponen a lo que la música pide. En "Un reflejo" está, quizá, la interpretación más desaforada y auténtica del año. Vital y optimista.


Saturno - Saturno
(Independiente)
Es inevitable repetir que la ciudad de La Plata tiene alrededor de un músico por casa y tres bandas por manzana. El caso de Saturno es misterioso: un puñado de amigos platenses compartió hace tiempo este disco por las redes sociales. Saturno es, al parecer, el seudónimo de Sebastián Rulli, uno de esos tantos jovenzuelos que empuñan su guitarra en la ciudad de las diagonales. Nada más se sabe de este ¿disco? desperdigado en Bandcamp sin data alguna. Pero escuchen esas canciones crudas ("Visión", "Es por amor"), algo desafinadas y rústicas, lúdicas y sufridas. No se sorprendan si, como canta el propio Rulli sobre el final, todos terminamos vociferando ¡es hermoso, esto es lo más!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Gastón Massenzio: de nuevo otra voz


Esta charla con Gastón Massenzio sucedió hace algunos meses en un recreo laboral de ambos, y tras casi un año de intercambio. La mano arrancó en pleno verano de 2016, en otro receso con encuentro y charla que no fue grabada. Hubo revancha, lógico, porque Gastón tenía mucho por contar y nosotros queríamos registrar todo aquello que no está dicho en la música (aunque los procesos de un músico sugieran bastante).

Seis años de búsqueda en el mundo de la canción, en distintas vertientes -él mismo se define como noventista en sus inicios y algo más cercano al folclore argentino en La presencia, su disco más reciente, editado hace exactamente un año-, siempre con buenos resultados. Y una palabra que puede haber pasado por alto en la primera oración de este párrafo pero es cierta: búsqueda. De un sonido distinto, de la palabra en su idioma, de una voz que, descubrió, puede ir más allá de lo que creía. Del estudio como laboratorio sonoro, de los colegas como fuente de inspiración, de los maestros y los alumnos.

Sí, había bastante para hablar.

EL REPOSO PREVIO AL SALTO
Venís editando un disco por año desde 2010. ¿Éste va a ser el primero sin nada?
Este año me propuse aguantarme las ganas de sacar un disco, fue al revés. Saqué el Tributo a Elliott Smith en 2010, al otro año un EP [Las formas], al otro, otro EP [Lyd]. Ya en 2013 el primer álbum [Lapsus] y en 2014 y 2015 los siguientes [Otra luz y La presencia]. Y dije “bueno, ahora me voy a tomar un respiro”. Sobre todo por un tema económico, porque sabía que si me embarcaba en esa movida después iba a tener que estar a la altura de las circunstancias. Vengo mezclando y masterizando los discos bien, sacando discos bien producidos, entonces sabía que iba a tener que esperar un poco.

Además, los últimos vinieron con muchos invitados.
Siempre son amigos, gente que admiro y con los que compartimos fechas y tenemos un vínculo de amistad. Pero claro, eso también te lleva toda una movida y se hace una cosa más grande. Entonces, lo que voy a intentar para esto nuevo es cerrar un poquito la fila y hacerlo como un proyecto solista pero de banda. La banda, con la que toqué en el Festival Ciudad Emergente, la integran Juan Irusta en bajo -con él toqué mucho este año-, Sebastián Briganti en percusión y Mariano Poc en cello. La idea es grabar en el verano de 2017, muy probablemente en Kimono Studio de Claudio Lafalce. Tenía la idea de hacer un disco al estilo power trío, pero al final va a ser un disco folk, experimental y con la sonoridad propia de esta formación, investigando en distintas afinaciones y patterns rítimicos y yendo hacia nuevos rumbos. Estamos muy entusiasmados y no sé en qué decantará... ellos van a tocar en el show del 4 en Café Vinilo también, claro.

¿Ya tenés todas las canciones?
Sí, tengo muchas. Quiero que tenga una idea conceptual, no juntar canciones sueltas. Estoy viendo cómo darle una ilación y una continuidad estética y que a la vez haya un cambio con lo anterior. Lo que se hizo ya se hizo, quiero ir para otros lugares. El primer disco fue casi todo en inglés y con un sonido más noventas, o algo así. Y al segundo y el tercero, si bien los veo muy distintos, tienen cierta continuidad en cuanto a que aparece una personalidad más marcada.

¿Puede ser que eso tenga que ver con que empezaste a escribir todo en español?
Sí, empecé a darle forma a todo lo que yo escribía en mi casa y antes no ponía en canciones. Quedaba en un lugar de relato, poesía o sueños anotados. Hice un taller literario que era muy lindo, y ese trabajo me llevó a reconciliar la canción con mis letras, como una especie de encuentro. Me amigué con el idioma. Ya cuando saqué el primer disco me sentía muy ajeno a eso, me quedaba viejo. Y lo que me pasa ahora es que hay un intermedio en este último disco que es el cambio de registro en mi voz. Algo que yo empecé a llevar también al laburo en el estudio, utilizar otro registro de voz de cabeza, más alto, y ahora estoy usando mucho eso para mis canciones. Va a haber un cambio notorio.

Y ¿lo llevás a lo viejo a la hora de tocar?
Lo viejo está en un modo, entonces no lo puedo correr tanto. Ahora estoy escuchando mucho Queen, Jeff Buckley o Rufus Wainwright, entonces estoy tratando de que esas influencias que tengo estén mucho más presentes en la música que hago. Ojo, no quiero ni estoy haciendo algo pretencioso, pero sí voy a utilizar un registro que tengo y no solía usar. Y esos nortes artísticos para tener presentes... porque yo venía por otro lado, la influencia de Elliott Smith o Nick Drake, tonos muy susurrados. Eso se reflejó un poco en los primeros discos, pero ahora está cambiando y yendo por otro lado.

¿Lleva trabajo o sentís que sale con cierta naturalidad?
Está dentro de mis registros, aunque también tomé algunas clases con Paula Maffia y ella me ayudó mucho a tomar consciencia de eso. No quiero que suene como algo pretencioso, que parezca que ahora voy a cantar como Jeff Buckey (risas). Lo que quiero decir es que en el proceso de grabación de La presencia con Lucy [Patané] y también en esas clases con Paula, tomé consciencia de que tenía un registro del que no estaba haciendo uso. Entonces, eso está presente en el encare de las nuevas composiciones.

¿Lo probaste en distintas formaciones? Porque una cosa es en la vertiente acústica y otra en banda, que quizá cuesta más.
Lo probé con la banda y me es más fácil llegar a lugares dinámicos más altos. Y el otro día tuve un acústico en Duncan y todo se fue a un lugar minimalista. También tiene que ver desde dónde se construye la canción, si estás en el living de tu casa tocando, o parado en la pieza con el amplificador enchufado. Genera hasta ergonómicamente distintas cosas, no es lo mismo cuando me siento en el piano que cuando estoy tocando la criolla en la cocina, o si estoy con la guitarra y los pedales.

Pero esas situaciones son en soledad. ¿Qué pasa cuando le presentás una canción a la banda?
A mí me pasó con los temas de Otra luz, que los tuve que mover más de un tono y pico arriba. Empecé a trasponer todos los temas. Uno siempre piensa que todo va a ser mucho más lineal de lo que termina siendo pero no, no siempre pasa.


OTRAS VOCES
¿La grabación del nuevo disco te la planteás con tiempo, o rápido?
El grueso queremos que sea en pocas sesiones, dos o tres días. Después, los detalles de sobregrabación, la voz...

¿La voz no la grabarías en vivo?
No estaría mal, pero... me re gustaría. Puede llegar a quedar mucho más crudo. Los chicos son grandes músicos, así que confío en que se puede hacer rápido. Yo cuando voy a grabar y pongo rec me pongo nervioso, un poco, pero después se pasa. Son nervios constructivos, no paralizantes. La cuestión es cambiar, que sea un disco que vaya por distintos lugares, temas que sean en piano, bajo y batería... y después temas con guitarra solo, no sé. Toda una cosa que me gustaría englobar, pero hay un margen de desconocimiento cuando uno se embarca a grabar. Desde que grabé Lapsus, que lo hicimos con Hernán De Micheli, un artista al que yo admiro mucho, tenía ideas armadas pero había disparadores y cosas nuevas que iban para acá y para allá. Tiene que estar esa confianza mutua con el productor. Pero te enriquece mucho, y yo voy con esa idea. De decir “sí, pero...”, abierto a que puedan aparecer cosas nuevas.

Vos siempre trabajaste con productores, ¿te gusta tener esa opinión ajena?
Me gusta poder anclar en una opinión, porque uno pierde objetividad para bien o para mal (nunca es para bien). Podés creer que algo está mucho mejor de lo que realmente está. Así como fue con Hernán, lo mismo me pasó con Lucy: compartimos una visión estética enorme y entonces uno se retroalimenta, uno tiene una idea de un arreglo y se enriquece con el otro. Me gustó todo lo que hicimos con Hernán y también esta etapa nueva con Lucy. Hablamos con ella incluso, hay que ver cómo viene su agenda y sus tiempos pero me encantaría que produjera lo nuevo. Además, hizo de todo, desde mi disco hasta el último de Los Rusos Hijos de Puta, que es tremendo el sonido que tiene. Hay productores que pasan todo por un filtro Instagram propio (risas), entonces está bueno cuando se respeta la identidad de la banda. Y quiero que el disco sea representativo de esta etapa, porque si no, te queda viejo.

¿Te pasó eso en algún momento?
Me pasó más con el primero [se refiere a Lapsus], quizá, que traés composiciones de un tiempo atrás, sumado a que después dejé de cantar en inglés. Con los demás no, ahora los escucho y... no quiero poner que me encantan mis discos pero... (risas). Trato de no escucharlos mucho, igual, pero estoy en una etapa de madurez nueva, aceptando todas las cosas que hice. Creo que en mis discos no hubo azar, o cosas hechas a las apuradas, lo que se hizo está bien pensado. No hubo apuro, siempre se demoraron las ideas y todo fue más lento de lo que yo pensaba que iba a ser, aunque haya salido un disco por año.

¿Eso obedece a que sos muy prolífico, o tratás de ejercitar la composición?
Un poco de todo. Capaz se me ocurre una frase acá en el bar y la anoto. Y cuando estoy en casa, si no estoy haciendo lo que fuere con una guitarra encima, estoy sentado en el piano, es una cosa para la que no busco un momento. Si buscase un momento de paz y un lugar zen para ponerme a tocar, no podría tocar nunca. Entonces, discurre mi día, de una manera u otra, con el instrumento a mano. Pero no digo “ahora me voy a componer”. Casi que no puedo estar sin un instrumento. Lo que suelo hacer es levantarme y tocar, cuando empiezo el día. Antes de salir, mientras desayuno, es un reflejo que tengo desde siempre.


EL ESTUDIO Y LA DISCIPLINA
¿Seguís estudiando guitarra?
Sí, sigo estudiando. Por ejemplo, ahora quiero aprender un poco de técnica de guitarra española y de, no sé, folclore, tango. Yeites que nunca usé: digitación, arpegios, técnica de dedos. Me gusta mucho escuchar [AtahualpaYupanqui, el Dúo Salteño, Carlos Moscardini, mucha música de proyección folclórica, cosas que quizá en mi primera época no se evidenciaban porque venía de un lugar más indie americano. Después se van repercutiendo las influencias de mi casa de chico, más los gustos propios. Porque yo escucho tango instrumental o de guitarras de la primera mitad del siglo XX y me encanta. También me encanta el folclore de guitarras...

Y ¿seguís al tanto de esas movidas?
No demasiado. Pero sí, escucho, Juan Quintero me gusta, Aca Seca Trío. Estoy con eso y también tocando con el Ensamble de Guitarras de Coghlan, todos los sábados son repertorios que van de Tchaikovsky, Paganini, algunas cosas de Bach. Entonces ahí es técnica y repertorio, eso te corre del lugar de la canción y te enriquece mutuamente, no es que va enfrentado.

En el rock a veces está mal visto estudiar y pasarse con la técnica, ¿puede ser?
Yo creo que es la manera en la que cada persona se toma el estudio. No sé, siempre fui de estudiar con maestros, pasé poco tiempo por escuelas, siempre me costó. Estudié muchos años con Fernando Kabusacki, entonces hice todo un approach al sonido, a la técnica, a la guitarra, a la posición, que me ayudó para todo. También estudié jazz con Patricio Carpossi, pero en ningún momento... ojo, soy de los que creen que cuando el estudio formal es todo el acercamiento a la música puede llegar a cerrarte. Pero así como hay gente que estudia en un conservatorio, está todo el tiempo con la partitura y no toca nunca afuera -que es el gran defecto-, también está el otro ejemplo: la persona que tiene una formación académica y a su vez está participando de un montón de ensambles, y compone.

Vos preferís esa alternativa, la de salir.
Sí, porque es un lugar en el que se genera un feedback que te lleva a seguir creando. Cada uno tiene su lugar, hay gente que va a pasar su trayecto como músico analizando obras y tocando música académica, ojalá que siga existiendo eso porque me parece indispensable. Me gustaría tener un poco esa personalidad. Ahora voy a empezar a hacer un taller de ensamble y grupal, tengo muchas ganas. Es de lo que me gustaría vivir, viviría dando clases, porque es algo que me encanta.

Además de los estudios que contás, vos participaste de cursos con Robert Fripp.
Puff... hice dos cursos de esos y en el último tocamos con él y con el ensamble. Esos retiros, esa manera de desarrollar una relación con el instrumento, con la música y con uno mismo es... eran jornadas con una dedicación y trabajo bastante extenuante. O sea, muy placentero, pero levantarse muy temprano y hacer muchas cosas, no sólo tocar la guitarra, sino encargarse de la limpieza del lugar donde uno está. Una cuestión de disciplina. Y hacer esa traslación a la música es muy enriquecedor.



*Gastón Massenzio despide el año con amigos el viernes 4 de noviembre en Café Vinilo (Gorriti 3780, entre Salguero y Bulnes). Entradas: $100 (reservas en Alternativa Teatral). Dice Gastón“va a ser el cierre de La presencia, manteniendo y respetando el formato acústico del disco. Uno lo escuchó mil veces y lo tocó, pero por ahí trata de que la gente que no escuchó el disco más o menos esté dentro de la estética. Para que no lleguen a la remake.

[Fotos de Gastón por Nat Motorizada
Afiche del show por Pedro Mancini]

lunes, 17 de octubre de 2016

Dos noches inolvidables con Wilco


Esta nota puede llevar cualquier título ridículo  y cursi como el de arriba, sí. Pero nunca podrá explicar lo que Wilco hizo en escena el sábado 15 de octubre en el Arena Heineken de Tecnópolis. Tampoco lo vivido la noche anterior.

Disculpen si la mano viene demasiado en primera persona pero es inevitable. Tras el anuncio del debut sudamericano del grupo, el entusiasmo fue tal que decidí embarcarme en la mitad de la gira y ver los shows que Wilco daría en Montevideo y en Buenos Aires. Comprar entradas, sacar pasajes, reservar hotel. El plan era infalible tras dos años sin vacaciones: un paseo de fin de semana con mi novia y nuestra música preferida como banda sonora en un auditorio ideal. El show se presentaba como An evening with Wilco. Era la noche. Era. De tan infalible, falló. Cancelación en Uruguay, por cuestiones de logística que nunca se terminaron de comprender del todo. Devolución parcial del costo de las entradas -continúa el litigio para que la empresa Red UTS y la productora Gaucho, organizadoras del show en La Trastienda de Montevideo, devuelvan el dinero de un servicio no prestado-, resignación, angustia y puteadas. No quedó otra que pasear por Uruguay pero sin Wilco (estuvo divertido igual, claro). Y quedaba el show de Buenos Aires como revancha.

Pero la vuelta del país vecino trajo sorpresas. Una charla con el amigo -desde ahora es amigo y genio y figura- Lautaro Barceló, guitarrista y cantante de El Estrellero, y la bendición definitiva. A sabiendas de su fanatismo por Wilco y luego de hablar de otros temas, le pregunté a Lautaro cómo se sentía previo al show en el Festival BUE, donde compartiría cartel con su banda favorita. Me contó que tenía la posibilidad de conocer a los músicos pero no sabía qué hacer. No se animaba. Les había escrito una carta con recomendaciones para pasear por Buenos Aires -a pedido de la producción del festival- y ellos habían devuelto el favor con una invitación: vos recomendás, vos venís con nosotros. Le insistí para que fuera (si yo fuera vos...). Esa charla sucedió el miércoles, y al otro día, Lautaro rechazó una invitación para cenar con Wilco. Pero el viernes sí se animó, y me lo contó. No resistí la autoinvitación, un poco en chiste y otro poco para ver qué me decía, por supuesto. Al final de la charla me dijo “nos vemos a la noche”.

Y nos vimos a la noche, en la Catedral del Tango. Éramos pocos: Lautaro, Juan Irio -cantante y bajista de El Estrellero-, Lisandro Capdevila, María, una amiga de Lautaro, el hermano de Barceló, mi novia y yo. 

Y John Stirratt, el bajista de esa banda que fuimos a ver a Uruguay.


Había comprendido el temor de Lautaro por conocer a un músico admirado, pero John -quizá sin sospechar que estaba rodeado de gente que ama su música- resultó ser un tipo de lo más amable y copado. Ahora sí, nada podía fallar. Tomamos vino, lo atacamos a preguntas sobre el show, la gira, su familia. Le contamos que la gente los esperaba con ansiedad (la gente: los que estábamos en la mesa). Hablamos del Premio Nobel Bob Dylan, de El Estrellero, de Big Star, de la Selección argentina, de tango, de la ciudad... fue un momento genial e inesperado. Estábamos todos muy contentos y él se mostraba atento, curioso y charlador, también. Al rato llegó Pat Sansone -el hombre que le saca música a una mandarina- con su mujer y la charla prosiguió. Brindamos, les contamos que habíamos ido a Uruguay, pidieron disculpas y las aceptamos porque ¡eran dos Wilco pidiéndonos disculpas! 

Hasta que en un momento fue hora de irse para ellos, saludaron y dijeron adiós. Y nosotros, apenas salieron, marchamos también, entre abrazos de emoción incrédula. No nos sacamos una foto pero qué importa: el momento está grabado. Después de esa noche, si el show estaba más o menos bien, estaríamos felices.

Y el show fue el mejor que muchos de los presentes vimos en nuestras vidas.


Lo dicho a parte del grupo la noche anterior -aquello sobre la ansiedad de la gente- resultó extensivo a miles de personas que colmaron el fantástico microestadio que se erige en el predio de Villa Martelli (uno de los tantos despilfarros del kirchnerismo, je). Algo así como un Luna Park pero que suena bien, y donde un rato antes que Wilco, Juana Molina peló su propuesta inquietante y abrasiva: gustos al margen, es difícil no quedar hipnotizado ante la disposición visual y la retroalimentación sonora de Juana.

Pero Wilco. Había cosas que ya sabíamos de ellos: su discografía es más bien notable y está llena de grandes canciones, sí. Cualquier lista de temas se iba a quedar corta teniendo en cuenta dicha amplitud de repertorio y su consabida heterogeneidad. Ahora, ¿cómo se explica el sonido que resultó de esos seis tipos? ¿Es posible que seis humanos logren perfeccionar y mejorar el audio de un disco con semejante facilidad? 

Por un lado, es innegable que el escenario, un estadio cerrado, ayudó. Aunque es probable que Wilco suene muy bien en un espacio abierto, los escenarios indoor en el BUE sonaron mejor que el escenario principal. Por suerte les tocó adentro.

La suspensión del show uruguayo, según argumentó -de manera confusa- Gaucho Producciones, sucedió por “imprevistos de logística en relación al transporte regional de su (enorme) carga (...). Se hace imposible que pase por Montevideo en tiempo y forma”. (¿No lo sabían de antemano, muchachos?). Ver cómo los tres guitarristas -Jeff Tweedy, el demencial Nels Cline y el comodín de comodines Pat Sansone- cambian su instrumento casi canción tras canción explica un poco cómo la preocupación por el sonido es total, al nivel de un disco. Producción en vivo (y mucho trabajo y ensamble, porque se hace en cuestión de segundos).

La carga es enorme.


Si el disco es la obra estática, el vivo va a ser la obra extática: la banda es enérgica y sutil y desde la presentación del show introduce los climas por donde va a viajar. En solo cuatro canciones deja boquiabierto y desnucado al público: “Random Name Generator” es la apertura cancionera con las guitarras insinuando lo que vendrá, “I Am Trying to Break Your Heart” y su sensibilidad nerviosa y noise demuestra que cuando bajan las revoluciones pueden ser inquietantes, para “Art of Almost” ya te están volando la cabeza y “Misunderstood” es pura dulzura acústica (Stirratt se calza la guitarra de doce cuerdas, Cline la lap-steel guitar, todo está en su lugar: armonía pura). 

Luego mostrarán aun más facetas, como en la jazzy “Hummingbird”, una sorpresa que les sentó sensacional para probarse como banda de bar (una banda de bar que te volaría la peluca, por supuesto); o el repaso por su primer disco, A.M., y la canción americana derecho viejo, “Box full of letters”. Son los mismos seis tipos, mutando de un instante a otro, siempre al servicio de la música. No hay mucho circo ni boludeo, y Tweedy es un frontman más bien parco que esta vez parece estar de excelente humor y algo sorprendido por la respuesta y los coros de la gente. Bueno, al menos a los argentinos (!) nos encanta creernos esto: estaban contentos.

(La lista de temas fue toda una atención para con el público. Siendo esta la primera vez del grupo en el país, Wilco basó su repertorio en tres discos apreciados por los fanáticos -Yankee Hotel Foxtrot, A ghost is born y Being there- y eso se notó. Ojo, los temas de Schmilco y el único de Stars wars no desentonaron para nada con el resto).


Pero continuemos. 

Más allá del lugar, más allá de la logística, más allá del ensayo, el oficio y los stages. Hay una explicación que es la más elemental de todas y la única que cabe para comprender semejante nivel de excelencia. Primero, lo ya dicho: las de Wilco son grandes canciones, y en ellas se rescata una enorme y diversa paleta sonora. La lista de influencias y reminiscencias es interminable y va desde Neil Young y Lennon hasta Big Star, pasando por Television, Sonic Youth, The Band y un etcétera interminable. Wilco es una antena, sí, pero retransmite con frecuencia propia.

Otra: esta formación parece ser el seleccionado perfecto para ejecutar una colección tan vasta y ecléctica. A estas alturas, es la alineación más perdurable en la historia del grupo y resulta lógico: se escuchan todos, cada elemento está donde tiene que estar y porque tiene que estar. Parece sencillo pero es complejo manejar los silencios, los arreglos, los detalles, y eso no deja de sorprender en todo el show. La capacidad de Glenn Kotche para aporrear su batería -con un set de platos preparados que aporta sonidos poco usuales- como un demente, o repetir un beat preciso y dejar que destaquen las guitarras y las teclas. La ductilidad de Sansone para ser un violero de arreglos o guitarrazos, o sentarse a los teclados, o empuñar una acústica, o tocar una maraca que da pequeñísimas pinceladas (pero tiene que estar ahí), o el glockenspiel que lleva la melodía en “I’m always in love”. El tipo es un camaleón: cuando toca la guitarra tiene pose de guitar hero, tras los teclados se retrae. Y así con todos: John Stirratt toca y canta con una facilidad pasmosa, se planta como el ladero de Tweedy -son los únicos miembros originales- pero siempre cerca de Kotche.

¿Alcanza para explicar semejante demostración?

Sigue siendo difícil narrar momentos como “Via Chicago”, donde se superponen dos planos: el de la canción estoica y simple que sostienen a dos voces Stirratt y Tweedy, mientras que detrás de ese halo de belleza, Cline y Kotche producen lo otro, un océano de ruido desquiciado que, sin embargo, no parece perturbar a los cantores. Superposición de caos y lullaby.

Fue tal la euforia del cierre con “Spiders (Kidsmoke)” y “I’m a wheel” -un binomio que funciona por oposición, misterio compulsivo contra arenga rocanrolera- que seguir escuchando música era casi ridículo. La leyenda ya estaba escrita.


Igual se hizo el intento: Flaming Lips palideció ante lo hecho por Wilco y brindó un show muy preocupado por la purpurina y poco por la música, con más baches que la luna -demasiado tiempo perdido- y que nos echó del escenario principal al instante. Había que cerrar el círculo y El Estrellero tocaba a las diez en punto. Vamos para allá a escuchar ese puñado de canciones fantásticas.

Y vaya si el círculo se cerró: cuando entramos al escenario Music Box, la banda recién empezaba y entre el público pudimos divisar a uno de los músicos que nos había dejado sin palabras minutos atrás: John Stirratt escuchaba con atención a sus acompañantes de aquel inolvidable viernes por la noche. Terminó el show de los platenses -en media hora es difícil calentar, pero tuvieron la astucia de enganchar las canciones para ganar tiempo- y ya era suficiente. Nada iba a empardar esas casi dos horas de magia, por lo cual emprendimos la marcha mientras nos cruzábamos a infinidad de amigos que, como nosotros, se agarraban la cabeza y preguntaban “¿cómo hicieron lo que hicieron?”.

Podíamos asegurar que aquella evening with Wilco se convirtió en dos noches inolvidables. En Schmilco hay una canción, “Happiness”, que dice “Happiness depends on who you blame”.

Y sí. Fue culpa de Wilco.


[Fotos de Wilco por Victoria Schwindt]

miércoles, 5 de octubre de 2016

Ruiz-Fontana: Tengo un cielo para vos

Prosigue la charla con Florencia Ruiz y Mono Fontana. En el medio pasó un concierto fantástico, donde su disco Parte sonó completo y en orden. El dúo, además, trajo al presente (bueno, las canciones siempre son presente) un puñado de piezas de Luis Alberto Spinetta. Y hablando de eso empieza esta segunda parte: el repertorio, la escucha -como músico y como oyente-, Lennon, Spinetta, el canto.

Y más aún. El estudio de ambos lados del mostrador: siendo docentes y alumnos. La notación musical (un capítulo que podría titularse "Cómo hacen estos extraterrestres para anotar eso que tocan"). El tango, los planes, los músicos amigos. Y cómo sigue el viaje.

Si se perdieron la primera parte, aquí está. Retomen y terminen acá. Y vayan a verlos, no se encuentra todos los días una propuesta así de convincente y emotiva en la cartelera:

MÁS DE PARTE, LENNON Y SPINETTA
¿Cómo fue la elección del repertorio en Parte?
Mono Fontana: Es lo que venimos tocando, ¿no?
Florencia Ruiz: Sí, es lo que venimos tocando. Con las nuevas estaba medio perdida pero después traté de equilibrar un poco. Yo no tengo mucho ritmo, por eso quise que hubiera alguna canción con un poco más de beats, qué sé yo. No componerla especialmente, sino elegir de las que ya tenía compuestas, para que escuches el disco y no sea siempre lo mismo (porque a la larga somos siempre nosotros dos). Por suerte, él siempre va cambiando, y el piano le aportó una cosa terrible.

¿Ésa fue una decisión de estudio, la de incluir pianos?
FR: Les dijimos “por las dudas afinen, ténganlo pronto por si sale algo”.
MF: Sí, en “Los peces” y “A través de ti”, en esos dos temas me parecía que quedaba bien. Los otros también se podían hacer así, pero esos, como eran temas nuevos y Florencia no los había tocado nunca, capaz les podíamos aportar un color distinto.

¿Qué les sorprende cuando vuelven a escuchar el disco?
MF: Yo lo tengo que escuchar más. Lo escuché con auriculares y no soy de escuchar la música muy fuerte, me debo todavía una escucha muy fuerte, que eso tiene otro efecto. Yo toco así y escucho así (junta los dedos índice y pulgar de su mano para indicar que escucha a un volumen bajo). Pero súper. Y me ayuda a afilar la oreja, porque me hace esforzar más. Entonces, después, tengo un tiempo ganado ahí. La primera vez que escuché el disco entero me pareció que estaba bien parejo y que dentro de lo parejo tenía mucho degradé en los colores. Por ahí me quedó alguna duda con una entrebanda, que sentí o dije “uy, este tendría que haber durado dos segundos más de entrebanda mía”. Por ahí lo escucho otro día y no, pero bueno, estando ahí terminaste y sale el otro tema y el otro y el otro... uno tiene que tener la pausa que a veces no se puede.

Es el riesgo de grabar en una toma, lo que queda, queda.
FR: No se regrabó nada. La única cosa rara que pasó fue en “Susurro”, que tuvimos que cortar una nota porque entre los dos micrófonos hacían no sé qué. En tres cuartos de la canción, más o menos, pero después es todo lo que se tocó.

Y ¿por qué decías lo del volumen, Mono, de escucharlo bien fuerte? No parece ser una música que pida potencia.
MF: Bueno, pero hay música así, acústica que... salvando distancias y todo, yo escuchaba ponele, los Lost tapes de Lennon, que son grabaciones que él hacía con el grabador de la casa, así, y suena más que cualquier disco que yo ponga después. Eso solo, un tipo cantando y tocando, por cómo suena, es una cosa como gigante. En algunas escuchas le decía a Florencia que la voz, conociendo cómo canta, tenía que cubrir más, la escuchaba como que salía muy de ahí y me parece que ella tiene eso. Y eso después, a volumen, es como ver una peli en una pantalla así y en otra así (dibuja con las manos un tamaño chico y uno grande).

Mencionaste a Lennon, y al final de “Viviré” hay una cita a “Mind games”. ¿Cómo surgió incluirla?
MF: Una vez lo hicimos y quedó para siempre. Salió y yo después lo usé, siempre me gustó.
FR: Bueno, hablábamos de emocionarse... eso no hay modo que a mí no me haga llorar. No lo consigo, y mirá que yo sabía que iba a venir eso en algún momento. Me mata, no puedo evitarlo.

¿Esa coda se te apareció en un show, Mono?
MF: Sí, me pasó varias veces. En el show de Luis [Spinetta] de las Bandas Eternas hay un tema que se llama “Las cosas tienen movimiento”, de Fito [Páez]. Entonces bueno, sabía las partes que venían: la primera vez que viene el puente, toco lo que venía. Y hay un momento, cuando va a empezar de nuevo, que justo la cámara me enfoca y se me viene a la cabeza meter un tema de los Beatles. Y dije “a ver...”. Se ve eso, porque yo sé lo que me pasaba a mí. Y toqué “And your bird can sing”, atrás de (tararea las primeras notas del estribillo de “Las cosas tienene movimiento”: “Una voz/ como un sentimiento”- y luego la introducción del tema de los Beatles). Lo que hacen esas dos violas que hay, el final lo sanateé [en el video, a los 3:25, se escucha lo que cuenta el Mono]. Como esto de “Mind games”, a veces es una cosa que no tiene nada que ver, algo de [AlfredHitchcock, cualquier cosa. Si me viene y creo que tiene que ver y suena, lo mando de una.

Y ¿desde la primera vez les gustó?
MF: A mí me encanta, me parece que queda lindo y aparte Lennon y los Beatles son algo que abarca todo.
FR: No sé si alguna vez lo pensaste, pero la canción habla de que en el fondo estás en el aire, ¿viste? Muchas veces me pregunto por la muerte. Obviamente que cuando una persona se va, uno tiene como esa extrañeza de no ver más el cuerpo. Al final está en el aire. Y Lennon, te digo la verdad... yo no sabía que tenía un cariño tan grande hacia Lennon.

Te cayó la ficha ahí.
FR: Ahora, con los años, no sabía. Me parece que Lennon está en todo, es medio como Hugo [Fattoruso], también. Vos decís “no tengo nada que ver con Hugoy al final todos tenemos algo que ver con él, es la música con la que crecimos. Habrá quien ni se dé cuenta y gente que al revés, lo note.
MF: Es algo del patrimonio universal. No es que metí algo de Radiohead, no sé, entra en otro lugar.

¿Escuchás Radiohead?
MF: Más o menos, escucho a veces, pero no es que necesito escuchar a Radiohead así. A veces digo “uh, a ver, por dónde andan”.

¿Tu caso es como el de Florencia, que suele decir que es más la música que estudió o compuso que la que escuchó?  
MF: Yo escucho música, lo que pasa es que necesito meterme un poco más, no puedo con el mp3 y las discografías y toda esa bola. Escucho, sí, pero trato de, mínimamente, escuchar... porque si no, es como leer un libro, hacer así (simula pasar páginas velozmente) y decir “lo leí”.
FR: Si escucho un disco, lo re escucho. Me sé qué tema viene después, me acuerdo del orden, de todo. Una vez fuimos de vacaciones con familias amigas y llevaron como mil discos en el mp3. Terminado el viaje les dije “a ver quién de todos me dice qué disco sonó”. Y nadie respondió. “Bueno, no hinchen más, escuchemos los pájaros” (risas). Me pasa con Luis que me sé todos los temas de sus discos. Rara vez cuando hacemos los shows me decís una canción y no la tengo mucho. Tengo todos.

¿Cuándo cantan una canción de Spinetta también surge ahí?
FR: No sé, la otra vez tocamos “200 años”, que nunca la habíamos tocado [fue parte de la lista de temas en la presentación de Parte]. Justo era 9 de julio, eran 200 años, qué sé yo. Salió y la hicimos.
MF: Nos ponemos de acuerdo, “cuál querés hacer, éste o éste? ¿Probamos aquel?”. A los dos nos gusta cualquiera.
FR: El Mono organiza una juntada por año con los temas de Luis y en mi caso yo estudio un montón, que no sé si estudio así mis temas. Me siento a estudiar. Fue un lugar nuevo al que él me invitó, de cantante, porque ahí no toco nada. No es que no me considerara cantante, siempre me consideré cantante pero es como una cosa más...

Desde afuera te veo como una cantante tremenda.
FR: Pero por ejemplo, yo empecé a estudiar canto hace dos años. Empecé porque tenía que hacer las giras esas en Japón que eran terribles, y tenía miedo de quedarme disfónica o que me pasaran cosas de no estar a la altura. Había entrado en un plan medio profesional y eso no me podía pasar.

Y ¿seguís yendo?
FR: Sí, sigo, es complejo pero sigo. Porque es un entrenamiento, no cantás nada para que la voz esté más fuerte.


ESTUDIAR, ENSEÑAR... Y ANOTAR
Los dos son estudiosos y dan clases. ¿En qué creen que les sirve la docencia?
FR: Mirá, yo siempre pienso esto: “che, yo me voy a drogar, ustedes no se droguen”, una cosa así (risas). Porque yo les explico a los pibes cómo armar una canción o cómo alguien hizo una, qué grado puso, qué acorde puso... y yo nunca en mi vida sé qué acorde usé. Si tengo que cifrar un tema mío no tengo ni idea, yo hago la partitura.

Bueno, pero de alguna manera los escribís.
FR: Sí, pero no es lo mismo, no sé cómo explicarte... es como si yo no entendiera mi propia música. Muchas veces me pasa eso, que me preguntan y tengo que andar mirando. Yo estudié eso y realmente lo puedo comprender, pero si vos me decís “armate todos los no sé cuánto semis”, yo no sé cómo es la posición en la guitarra. Como si tuviera un rechazo a entrar en eso porque para mí componer es estar en otro estado. Estoy ahí, viene la música y no pienso en nada. No estoy pensando, no le pongo mucho pensamiento.

¿Es pura intuición?
FR: Claro, hay otros que piensan más, que dicen “si hice esto, ahora voy a hacer aquello”. No sé, toda mi primera música no conoce estribillos, no me importaba. Me acuerdo que el maestro de composición siempre me decía “es raro porque puede terminar en cualquier lado”. Me han llegado a echar de clases, un maestro que daba “Dos palomitas”, ¿se acuerdan de esa canción? (Tararea la melodía). Había que hacerla para coro y yo la hacía... y él me decía “bueno, vení acá, armame un coro”. Yo llamaba a mis compañeros y todos cantaban lo que yo había escrito. Y claro, es verdad, no tenía ningún acorde perfecto, ¡pero a mí me sonaba así! Yo era chica, tendría diecisiete años, y el tipo me decía “andate a tu casa porque no te aguanto” (risas).

Y ¿en tu caso, Mono, que sos autodidacta? ¿Cómo hacés para anotar todo eso que hacés?
MF: Me anoto todo de una forma muy extraña en una libretita. Tengo unas notaciones que más o menos me hacen acordar, pero si yo se lo doy a alguien, no entiende nada. Es un sistema propio, el Sistema Oscar (risas). Es rarísimo pero lo fui desarrollando precisamente por no saber y tener que anotar las cosas de alguna manera. Es una traba eso, pero bueno, hay otras cosas comunes que sí las anotás. Por lo general, entre mis alumnos hay músicos que tienen un buen oído, con ellos se hace más sencillo que para el que no tiene esa parte. Y bueno, las clases sirven para el alumno y para el maestro, a los dos nos sirven.

¿Por qué pensás que es así? Además vos no das clases de piano o sintetizador, son clases más generales.
MF: Viene de todo, cantantes, bandoneonistas. Si viene alguien que toca bandoneón, posiblemente le pases algo distinto porque por ahí el maestro de bandoneón le enseña más repertorio, entonces ahí tiro otras ideas. Siempre trato de dar ejemplos, vos después profundizás y lo llevás a lo que necesites. No es que le enseñás algo y le decís “esto pasa acá y solamente acá”, no. Porque así, al alumno le hacés ver chiquito.

Tratás de expandir un poco más. Eso es lo que a veces espanta de los conservatorios, que no se te permite correrte un centímetro de ciertos parámetros, lo que contabas recién del profesor que te echaba.
FR: Sí, pero también depende de tu personalidad, no sé, a mí nunca me hizo daño que me echara. Después me puso un siete, que fue la peor nota que tuve. El tipo estaba loco pero tenía cosas copadas. Por ejemplo, él ponía un disco para mostrar un ejemplo -era práctica coral de conjunto- y decía “esto está desafinado”. Y cambiaba el equipo cien veces. Y uno no puede creer que cambiando el equipo cambie la afinación, y sí, cambiaba la afinación. Era milimétrico pero cambiaba. Entonces, vos sos chico y estás al lado de esos locos y también entrás en esas locuras. Yo en el mundo de los chiflados siempre me manejé rebien (risas). De verdad te digo, me cuesta más en el mundo cotidiano.

LOS PLANES
¿Se sienten medio outsiders dentro del mundo de la música o no es para tanto?
MF: Yo me sentiría outsider si todo pasara por la alfombra roja, cuando entran cosas que no tienen nada que ver con la música. En ese caso sí, creo que no tengo nada que ver con lo que quiere una compañía, lo que espera.
FR: Ayer pensaba una cosa que está buena, de coincidencia entre nosotros. Fui a ver a Hugo con Mavi Díaz, y también había otros músicos que nada que ver. Eso de no diferenciar, ¿no? Que podés tener un amigo músico folclorista y uno re punkie, no sé, y otro que toca el bandoneón. No estar cuadrados. Ésa me parece una característica que tenemos en común, que nunca me había dado cuenta y está copada. Ahora, con el disco, me escribieron un montón de músicos diciéndome “quiero el disco, quiero ir”, y te puedo asegurar que el abanico es terrible. No sé, desde Machi hasta [QuiqueSinesi, gente que decís “nada que ver” pero a la vez sí, porque somos todos músicos y es una sola la música. Yo no me veo componiendo vidalas, pero en un momento puede pasar.

Aunque has cantado algún tango.
FR: Sí, eso es un tema familiar, de familia y de abuelos tangueros, esa conexión. Pero veía a todos los que agradezco en el disco y está Liliana [Herrero] que me ayudó y me llamaba, me decía “fijate esto, fijate lo otro”, o Tweety [González] que nos prestó el estudio para remezclar una cosa, que no es mi amigo y no tengo ninguna relación pero por cosas del estudio y calculo que cosas con el Mono y con Villa...
MF: Sí, claro, yo lo conozco, ¡yo le puse Tweety, también!
FR: Por eso, yo no participo de eso. Después, todos los que entraban, Hugo mismo que me decía “dale, yo te voy a acompañar a mezclar”. ¡Sacado! (Risas). Y bueno, el abanico de gente distinta que entre comillas encierra esta música me parece que también es la riqueza, de no estar con eso de “acá tengo que poner este sonido”. Que se le ocurre y lo pone y no está preocupado por si va a vender o no, o si va a gustar o no. Qué sé yo, ojalá que le guste a todo el mundo pero no hay nada pensado para agradar, ¿viste?

Sale así, básicamente.
FR: Creo que esta es una era pensada para agradar, todo está hecho así, todo lindo y... no es todo lindo. A veces pasan cosas que no están tan lindas. A mí me pasa que Villa me dice “che, ¿cuándo vas a hacer una canción pum para arriba?” (Risas). ¡Nunca! No sé si me va a salir. Cuando hice “Helados”, él me dijo que era la mejor canción que había hecho en mi vida. Estaba Julián [su hijo] en la sillita y yo empecé a molestarlo. Le hago el personaje Mamá Tanguera, que lo odia (risas), todo es con tango: “veníiii” (estira la I con sentimiento). Ahí salió esa canción y así como quedó la grabé, él estaba contento porque dice su nombre, era chiquito. Y a Carlos le parecía que estaba buena esa canción porque tenía cierta luminosidad. Porque bueno, nosotros nos reímos mucho, yo soy bastante... me río, me gusta divertirme.

Muchos músicos dicen que componen a partir del sufrimiento o de los malos momentos.
FR: No sé... yo agarro la guitarra y ya me sale ñeee (hace un sonido retorcido), no me sale un Do. En “Los peces” lo puse, era exactamente igual la canción, sólo que arrancaba con otro acorde. Y dije “lo voy a sacar y voy a poner un Do”. Me pareció que estaba el Do y yo no lo veía, a veces pasa eso. Hay cosas de uno que no tienen explicación, ¿por qué a él desde los 13 años le gusta escuchar los fondos? Es su esencia, qué sé yo, ser otra persona me parece una pérdida de energía.

Y no te lleva a ninguna parte.
FR: A mí me parece que no, a otros sí porque ganan plata o prestigio y les parece que está bien. Pero a mí me parece una pérdida de tiempo terrible, no tengo voluntad.

¿Cómo sigue esto? ¿Hay planes?
FR: Sí, nos vamos a Córdoba, que eso es terrible, vamos a ver cómo nos va.
MF: Vamos a mostrar el disco, a tocar en los lugares que se pueda. Ya nos llamaron de Azul y de otros lugares también, y eso a veces genera un movimiento, por ahí te llaman de otro lado “vi que tocaron acá, ¿no quieren venir?”. Porque somos dos, no hay que trasladar una banda. Hoy en día, muchos artistas hacen así, van solos o con la mitad de la banda a los viajes. Y gente que tiene música pum para arriba, ¿eh? Así y todo... así que lo nuestro es esto, es lo que es y podemos movernos un poco mejor.

Después no se sabe qué deparará. Nunca se planeó tanto, ¿o sí?
FR: Creo que nosotros nunca nos planteamos mucho nada, ¿no? De verdad.
MF: Me invitó al show, “Che, ¿podés?”. “Dale, sí”. Nada más.
FR: Me parece que eso es lo que...

Lo que hace que la cosa funcione.
FR: Sí, el otro día me preguntaban “che, pero vos tenés un plan”. Yo nunca tuve ningún plan, a pesar de que soy mujer y las mujeres somos más de planificar. Digo, tengo planes a full“a las once voy a hacer la cama”, ¿entendés? “A tal hora voy a buscar a mi hijo”“voy a tratar de tocar a tal hora”. Organizar el día, cosas así. Ojo, no es que con la música no hay trabajo, ahora fue llevar el disco aquí y allá, hacer notas...

Pero ni siquiera se pensó un futuro disco. A veces los grupos sacan un disco y ya quieren lanzarse a hacer otro.
FR: Me lo decís y ni se me había ocurrido. Hacer un disco con él siempre era un sueño que tenía ahí pero... terrible. Cuando llegó el disco y lo vi, dije “no...”. Estaba nerviosa porque no sabía si lo ponías y escuchabas uno de Los Parchís (risas), esas cosas que suelen pasar. No sé quién me dijo que a Luis le pasó.
MF: Sí, y con un disco de Nito [Mestre] donde tocaba yo. Fue con Artaud, con la primera edición: el lado A estaba bien y en el lado B empezaba tocando yo (risas). Increíble, habían hecho, no sé, dos mil discos de esos.
FR: Y de Privé yo tengo una edición fallada, en la que “La pelicana y el androide” estaba toda shh (imita ruido blanco). ¡Al oeste llegó esa versión! El mundo de las cosas que pueden pasar siempre es muy grande.

*Florencia Ruiz y Mono Fontana siguen presentando Parte. Este viernes 7 de octubre se presentan en Cocina de Culturas (Julio A. Roca 491, Córdoba).

El 22 de octubre tocarán en Estación Provincial (17 y 71, La Plata), el 17 de noviembre en Kirie Music Club (CABA). el 15 de diciembre en Azul y el 16 de diciembre en Tandil (Para más información sobre estas fechas, ingresar a la página de Florencia Ruiz en Facebook).

[Fotos por Federico Caruso]