miércoles 24 de junio de 2009

Morphine en oraciones vagas

- Morphine fue un grupo estadounidense de ¿rock?, sin guitarras.
- Morphine fue un trío (cuarteto) poco común: batería, bajo (casi siempre, sólo las dos cuerdas de arriba, las más graves) y saxo... a veces doble.
- Morphine tiene el nombre perfecto para una banda como Morphine.
- Morphine sacó un disco en 1993 -Cure for pain, como dice arriba- que es sencillamente una hermosura. Tienen cuatro más.
- Morphine me pone los pelos de punta con Cure for pain -la canción- y con In spite of me, digna del Lou Reed más tétrico y hermoso.
- Morphine tenía un cantante con nombre de asesino serial, Mark Sandman, que daba escalofríos con su susurro barítono.
- Morphine dio su último show en Italia, y fue lo último que hizo don Sandman en su vida... porque murió arriba del escenario.
- Morphine no es una banda recordada por muchos, lamentablemente.
- Morphine le hizo una fea portada a un disco tan hermoso como este.
- Morphine era sensual, era tierno, era violento, era funk, era jazz, era punk, era placer, era lo que quieras, era lo que sea.
- Morphine era una banda de la puta madre.
- Morphine... si no los escuchaste, no sé qué esperás.











(Cortito y al pie, venía escribiendo mucho...).

lunes 15 de junio de 2009

Wilco y su canción en la década de la nada

El 30 de noviembre de 2007, hace menos de 2 años, escribí esto: "Ya termina otra década. A la hora de sacar balances musicales, y pensar por qué se caracteriza, lo primero que se me ocurre es... por las vueltas. Vueltas a un sonido retro y retornos de bandas muertas hace tiempo ya, pero que dejaron un legado que ningún otro grupo de 2000 para acá pudo hacer olvidar (aquí, allá y en todas partes)".

Desde ese momento para acá, terminé de confirmar un par de sospechas. La primera es que, en definitiva, la década '00 es la década de la nada y la vuelta atrás. La segunda es una desconfirmación de lo dicho aquella vez. Porque cambio mi elegido en estos años...

Ahora son los chicos de Wilco. Incluso siendo un grupo bastante clásico en sus formas, aunque inquieto estilísticamente, son quienes más han hecho por las canciones en estos años poco rutilantes: magníficos y sutiles, chiquititos y grandilocuentes, épicos y acústicos... Para colmo comandados por un geniecillo que hace de su migraña crónica algo bello (canciones), un duende que es hijo vocal de Neil Young y John Lennon y que forma parte del under yanqui hace ya muchos años (desde su proyecto anterior, Uncle Tupelo) . Jeff Tweedy, de él hablo, es probablemente uno de los autores clave de estos años. Un sensible de la vida, mas no un emo; un compositor taciturno pero no débil ni edulcorado. En síntesis: un arquitecto de los tres minutos perfectos.
En su misión, por supuesto, siempre buscó estar bien rodeado. Por eso Wilco es una finísima banda, un conjunto, y si bien es Tweedy el cerebro compositivo, encuentra en los demás no un grupo de apoyo, sino una banda que le da a cada canción un aura único: entre el fino clasicismo y el toque alternativo necesario.

Pues bien, toda esta parrafada elogiosa no viene porque sí. Por estos días sale un nuevo disco de los muchachos de Chicago -que hace tiempo está en la web y tiene de portada esa insólita imagen de arriba- y es otra obra maestra de la canción. Wilco (the album) nos ofrece once momentos para agradecer con un play casi todos los días: Wilco the song y un rockito de distorsión hasta ahí, ideal para arrancar; Deeper down y la canción enigmática, con el siempre invalorable y necesario aporte de esa bestia llamada Nels Cline en las seis cuerdas; One wing y los acordes perfectos y glamorosos de séptima mayor, una armonía increíble y una melodía mejor; Bull black nova y Velvet Underground se cruza con los Beatles de Come together, para generar una tensión digna de melodrama... Y llega la canción perfecta, cuando se acaban los adjetivos y no hay descripción que valga. Para You and I, donde la voz de don Tweedy cede alguna estrofa para la bella, bellísima (voz de) Feist, el disco llega a un nivel de impecabilidad que, casi, perturba. Y por supuesto, emociona.
¿Y después? Después siguen las canciones notables, algunas alegremente otoñales (I'll fight), otras cuasi fiesteras (Sunny feeling, You never know), y por supuesto, los infaltables bajonazos épicos marca Wilco, esos temitas que parece que te conducen al suicidio y terminan dibujando una sonrisa en tu cara sin que te des cuenta de ello (Solitaire, y el final con Everlasting).

Sólo queda rezar -aunque no seas religioso, si te gustan rezás igual- para que a algún loco se les ocurra traerlos a Argentina, cosa que se rumoreó el año pasado y quedó en la nada. Para así confirmar que Wilco, sobre las tablas, también es lo mejor que uno puede ver en vivo... Porque en los discos ya demostraron que no hay mejor banda sonora en estos días que sus canciones: lánguidas e impalpables. (Ah, ¿todavía no los escuchaste? No tenés perdón de Dios, entonces. Creas o no en Él).

martes 2 de junio de 2009

Los Piojos y mi defensa personal definitiva

Los Piojos se despidieron el sábado, y algo tenía que comentar.
Partamos de una base: tengo 23 años y desde los 13 que escucho a la banda. Me atrevería a decir que son el único grupo que escuchaba a esa edad y que hoy sigo escuchando. Desde ese momento hasta hoy, mis espectros musicales se ampliaron -mucho, muchísimo- pero ellos siguieron ahí.
Hago esto porque me causa gracia el ensañamiento que suele haber con Los Piojos por parte de un público rockero que suele ser muchas veces prejuicioso, otras tantas elitista y, casi siempre, desinformado. Los Piojos fueron una banda que dividió aguas: a poca gente le dan igual.
A mí no, está claro. Es más: me parece que fueron la mejor banda de su generación, al menos de las que llegaron. Su estilo clásico pero con elementos originales -mezclaron muy bien el rock con la música rioplatense- dio forma a muchas canciones notables, en diferentes marcos musicales que se fueron ampliando con el tiempo, convirtiéndolos en una banda ecléctica como pocas: rock and roll, rock de aires más punk, murga, baladas (con sabor candombero infalible o no, cosa que también aplicaron en sus rocandombes), aproximaciones al tango y el folclore argentinos, funk, reggae y, en los últimos tiempos, algunos roces con la electrónica.

Desde la partida de Dani Buira como baterista, la banda tomó otros rumbos y cambió su esencia rioplatense por un sonido más power. Por lo general, el desencanto de muchos fue de la mano con esa época final, la que engloba sus últimos tres discos de estudio (Verde paisaje del infierno, Máquina de sangre y Civilización). A mí me parece que cuentan con una discografía irreprochable, con puntos altos y otros no tanto, pero sin discos malos: siempre aprobaron.

Creo que el aspecto más elogiable de Los Piojos se encuentra en el show en vivo. Mi suegro, que anda por los cincuenta y pico, me decía el sábado que nunca vio algo así con un grupo de rock: el gancho con la gente, su inmensa popularidad, es algo inexplicable y lógico a la vez. Con un frontman como Andrés Ciro Martínez no podía ser de otra manera. Carismático, con gracia, muchas veces tribunero -ojo: los mismos que le critican eso lo aplauden en bandas extranjeras o en bandas nacionales que fingen lo opuesto, por lo general con un nivel de pose insoportable-, Martínez es, además de un buen cantante menospreciado, uno de los tipos con más presencia escénica que he visto sobre las tablas: logra que todos lo miren a él, de ahí el chiste de que Los Piojos eran Ciro y cuatro músicos sesionistas (cosa que, dicen, era bastante así en el último tiempo, yo no me atrevo a opinar sin información de primera mano, aunque puede ser). Lo importante de toda la cuestión es que siempre brindaron shows en vivo donde pocos en el público se quedaban quietos: Los Piojos contagiaban a cualquiera. Siempre sonaron bien y se preocuparon por brindar un buen espectáculo en cuestiones ajenas a esos tipos tocando arriba del escenario, por lo que su show visual también logró ser en muchas ocasiones imponente, casi de nivel internacional.

Entonces, ¿cuál fue el karma de Los Piojos? Además de contar con un par de hits torpes, cosa que pasa con todas las bandas (por eso siempre creí que para criticar a un grupo es un deber escuchar sus discos), cargaron toda su carrera con el peso de ser una de las bandas estandartes del rock chabón o barrial, un título inventado por no sé quién, sólo con fines denigrantes. Fueron una banda surgida de un barrio, sí, como Almendra y Manal lo fueron… ¿Y? No encuentro mucho sentido en ello. Sí puedo apreciar más aquel mote en un grupo como La Renga, que habla de haber transitado toda la vida las mismas calles, y no está mal. De ahí al desprecio con el que se suele utilizar el término hay un trecho bastante grande.
Algunos, cerca del colmo de la estupidez, se atrevieron a decir que el grupo representó al menemismo en el rock, algo más inexplicable aún.

En fin: la banda surgida en un barrio se transformó en un grupo de estadio, sin vergüenza, con pergaminos y haciendo lo que querían, con el cartelito de independiente llevado con orgullo (y un sello discográfico que incluso de jacta de editar artistas de renombre como Manu Chao). Su partida, guste o no, deja un hueco en el rock argentino: los grandes estadios van a extrañar como resonaban esas melodías dignas de sus estructuras.

martes 19 de mayo de 2009

U2 y yo

En las relaciones humanas suceden cosas raras: suele darse por los designios del destino (?) combinados con el maldito y fatal azar (?), o simplemente porque uno a veces puede ser muy hijo de puta (!), que una persona te caiga mal sin conocerla. Sólo con verla, mediante la famosa frase no me gusta tu cara o al escuchar dos palabras de su boca, se dibuja una cruz ficticia sobre el rostro del susodicho.

¿Qué carajo tiene que ver con U2 este parrafito estúpido? Que con ellos, de alguna manera, me suele pasar eso. O me pasaba hasta hace poco. No me gustaba su cara, y no me terminaban de caer (bien)*.
Los irlandeses son, desde su existencia discográfica, -porque aunque no lo crean, arrancaron en el '76, mismo año en que surgieron los Redondos- uno de los grupos de rock más grandes del mundo todo. Son también, hace una buena cantidad de años, ese gran grupo que no me terminaba de cerrar, aunque reconocía muchas (y grandiosas) canciones, alrededor de 40 o 50 temas entre tantos hits y algún que otro tema no tan conocido.
La razón fundamental para mi mirada desconfiada era (es) Bono, y la incontable cantidad de gansadas que hace.

Nuestra relación se arregló hace poco**, ante la salida de No line on the horizon.
Desde que tengo internet, todo lo nuevo que sale en materia musical y es recibido por mí como noticia más o menos interesante, va al rígido de esta maltrecha PC en la que estoy escribiendo.
Desde que tengo banda ancha aquí, U2 no había sacado disco nuevo. Saquen ustedes la cuenta.

Sencillamente, bajé NLOTH, le di play tres o cuatro días seguidos y me encantó: hay vida musical, fuerza, baladas, potencia bien elegida y canciones memorables como Magnificent. Y gracias a todo esto, me olvidé un poco de lo boludo que puede ser el líder de un grupo de rock detrás de propósitos autoindulgentes al pedo.
Mi operativo Démosle la chance que merece a U2 comenzó: bajé discos que no tenía, como Zooropa (cuya portada ilustra el post), y otros que había escuchado, me habían gustado y los había borrado, como Achtung baby.
Y no me queda más que rendirme ante la evidencia: U2 es una gran banda, que ha hecho muchas de las mejores canciones pop de los últimos 25 años, ha experimentado, ha hecho varios y variados grandes discos y en un par ha fallado también (Pop y How to dismantle an atomic bomb, justo de los pocos que había escuchado...) .
Para no molestar más con mi palabrerío les dejo Zooropa, 10 excelentes piezas que siguen sonando modernas (destaco Numb, en la voz de The Edge, y con el mejor videoclip de la historia; el logrado tema homónimo; y Stay, por elegir un par). Estribillos + electrónica, ni un solo hit (debe ser el único disco de ellos que no tiene un hit claramente reconocible), y Johnny Cash con su estelar voz invitada como cierre.

* Excepto The Edge, que siempre fue, es y será un crack.
** Perdón por tanta estupidez junta.

viernes 24 de abril de 2009

Divaguemos


Es lo único que puedo proponer un viernes a la noche luego de que mi plan nocturno falló gracias a las remiserías de San Miguel.
Esto se me está ocurriendo ahora porque me obligué a escribir algo. Tengo otras cosas por mostrar pero ahora no tengo ganas de que lean aquello; sí me interesa que respondan las siguientes preguntas, con la mayor sinceridad y gracia posible. Yo las voy a responder también para dar el puntapie, y hago esto porque siempre que surge el tema las charlas se vuelven muy interesantes. Vamos a las preguntas:
1- ¿Cuál fue el primer disco que compraste?
La paciencia de la araña, de los Caballeros de la Quema. Tan mal no estuvo.
2- ¿Cuál es tu primer recuerdo musical? (Acá me interesa la respuesta de gente más bien mayor).
El casette de mi tía de Sandro y yo cantando sobre él. Existían grabaciones mías cantando -de muy niño- pero destruí la cinta. Al final se arruinó la copia y pasé de Sandro a El amor después del amor, que estaba en casa, por supuesto.
3- ¿Qué canción te gustaría haber compuesto?
Like a rolling stone, me emociona todas las veces que la escucho. Y un millón de canciones más, pero LARS es algo así como la canción madre.
4- ¿Qué veinticinco discos (25, van a ver que parece mucho pero no es nada) salvarías de un incendio?
Esto cambia todos los días, pero probemos (LO QUE PRIMERO LES SALGA ES LO QUE PONEN. NO VALE REPETIR ARTISTAS, NI SIQUIERA EN DISTINTOS PROYECTOS. Ejemplo: si ponen un disco de Lennon, no vale uno de Beatles. Si ponen uno de Peter Gabriel, no vale uno de Bersuit (?)).
Marquee moon - Television
Revolver - The Beatles
Blonde on blonde - Bob Dylan
Diamond dogs - David Bowie
Let it bleed - The Rolling Stones
Bryter layter - Nick Drake
Blue - Joni Mitchell
Manal - Manal
All mod cons - The Jam
Loaded - The Velvet Underground
Meddle - Pink Floyd
Kamikaze - Spinetta
Give 'em enough rope - The Clash
Sky blue sky - Wilco
Nadir's big chance - Peter Hammill
Led Zeppelin II - Led Zeppelin
Blank generation - Richard Hell and the Voidoids
Parte de la religión - Charly García
Disintegration - The Cure
Songs for the deaf - Queens of the Stone Age
Gone again - Patti Smith
Electric Ladyland - Jimi Hendrix
Flopa Manza Minimal - Idem
Highway to hell - AC/DC
Harvest - Neil Young
5- ¿Cuáles son tus veinte piezas musicales favoritas? (TAMPOCO SE PUEDE REPETIR)
Like a rolling stone - Bob Dylan
She said she said - The Beatles
Venus - Television
Gimme shelter - The Rolling Stones
Dancing barefoot - Patti Smith
Sad song - Lou Reed
Credulidad - Pescado Rabioso
Brain damage - Pink Floyd
Estallando desde el océano - Sumo
Blank generation - Richard Hell
Castles made of sand - Jimi Hendrix
One of these things first - Nick Drake
Llorando en el espejo - Seru Giran
Puente - Gustavo Cerati
London calling - The Clash
Blue in green - Miles Davis
All I want - Joni Mitchell
Motorpsico - Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
Muy despacito - Los Piojos
Caribou - The Pixies

6- ¿Qué canción ridícula o "que no te debería gustar" te agrada?

El universo sobre mí, de Amaral; La ventanita, de Sombras, y unas cuantas más. Debe haber alguna de Julieta Venegas (que me cae muy simpática) y de Soledad también.
7- ¿Cuál fue el mayor bochorno musical que presenciaste?
La 25 en Cosquín Rock 2005. Me sorprendieron tantos pifies, tan notorios. Y me aburrí mucho, la verdad. Juana La Loca y Adicta para 50 personas también fue patético, pero más simpático al menos.
8- ¿A quiénes del ambiente musical odiás?
No sé si es odio, pero me hace mal ver -y no me molestaría que desaparezca- a Emmanuel Horvilleur, así como La Mancha de Rolando, Nonpalidece, Miranda!, Franz Ferdinand, Juanes, Coldplay de X&Y en adelante, Bruce Springsteen -¡ni siquiera sé muy bien por qué!- y clones varios. La lista es larga, pero si pensé en ellos primero por algo debe ser... igual trato de ignorarlos.
9- ¿Todavía comprás discos?
Sí, porque es lo único que sé regalar y porque son objetos preciados y de colección. Y el disco es el disco: el librito, el orden de los temas, la portada... nunca va a ser lo mismo el mp3.
10- ¿Fueron muy pelotudas las preguntas?
Sí, pero también son jodidas porque no entra la música en números tan chicos.

lunes 6 de abril de 2009

Los dueños del vuelo

Ahí va otro post largo, a pedido de los dos seguidores de este blog. Paz para Charly, y Say No More:

Adiós Sui Generis, hola Máquina
Le ha sucedido a más de uno lo que le tocó vivir en carne propia a Charly García post Sui Generis. La disolución de un grupo de rock reconocido suele convertirse en cuestión de estado, pues las histerias de la popularidad vuelven bomba cualquier noticia inesperada.
García colgó a Sui Generis en la percha en septiembre de 1975, luego de un disco tan incomprensible para el público como la separación posterior: Pequeñas anécdotas sobre las instituciones significó un cambio radical en el rumbo musical del grupo, y la gente no hizo el clic necesario para poder disfrutarlo. Aquello era un rock elaborado, con letras que reemplazaban las historias juveniles de Vida y Confesiones de invierno por censura y shows de muertos. El chico que hacía canciones folk, música joven, estaba cambiando. Pero los demás no, y eso le afectaba. Por eso dijo basta.
Luego del famoso adiós de Sui en el Luna Park, García sintió que su camino iba por aquel sendero, el tomado en el último disco de su ya ex banda. Después de un tiempo de reflexión, con visitas al analista incluidas, Charly empezó a caer seguido en la oficina del ex manager de SG, Oscar López. En el lugar había un órgano Farfisa, y allí comenzó a componer. Según contó en una entrevista en 2002 para Rolling Stone: «me llevaba los grabadores, me armé como un miniestudio. Ahí compuse ¡Ah!, te vi entre las luces. El socio de Oscar López tenía discos de Genesis, que entonces no era muy escuchado acá: Trespass, Nursery Crime... Yo hice varias canciones como mini óperas. Cambié. Tenía los instrumentos en el momento correcto, salió toda la parte clásica que llevaba adentro y me sentí como pez en el agua. Al primero que llamé fue a Moro. Escuchamos un LP de Herbie Hancock, Head hunters, un tema que se llamaba Chameleon y le dije: ‘Esto es lo que quiero hacer’». Ese tema de Hancock dura casi 16 minutos, por si no sabían, y para dar una pauta de lo que vendrá.
El siguiente en recibir el llamado de García fue el bajista de Crucis, José Luis Fernández. También aceptó la interesante propuesta, ya que a pesar de que Crucis era una banda prestigiosa que se estaba haciendo un lugar en la escena, tocar con Charly ya significaba subir un escalón, de una. Así, como trío, debutaron en un show poco publicitado en Córdoba.
El nombre para el grupo cayó un poco por casualidad, y otro por sonoridad. Se llamaron La Máquina de Hacer Pájaros gracias a una historieta que Crist publicaba en la revista Siete Días, en la que el protagonista era un tal... García. Según el García de esta nueva Máquina, «el nombre era muy bueno para lo que yo quería hacer, una cosa sinfoniosa, con vuelo».
Luego del show cordobés, se incorporó Gustavo Bazterrica, guitarrista de Celeste, y con esta formación de cuarteto tocaron durante un par de meses del ’76 en La Bola Loca, un bolichito propiedad de Atilio Stampone que les sirvió para hacer sus primeras armas.
El último en llegar fue el tecladista Carlos Cutaia, que tenía en su prontuario rockero el haber sido parte de Pescado Rabioso durante la época del grandioso disco doble Pescado 2. La formación del grupo quedó, de esta manera, con dos tecladistas: los Carlos se encargarían de darle un toque original a la música que uno de ellos -García, claro- estaba componiendo, muy sofisticada y llena de arreglos. (Durante los shows de La Bola Loca, además, habían probado a dos coristas, Héctor Dengis y Ana Quatraro, que finalmente no fueron de la partida).

Al psicólogo
Lo primero que hicieron cuando entró Cutaia al grupo, fue... ir al psicólogo juntos. Habían leído que los miembros de Les Luthiers hacían eso y les pareció una idea interesante. Contó Charly en aquella nota de Rolling Stone: «Imagináte: Cutaia, copado; Moro: qué carajo estamos haciendo acá (risas)... Cutaia y yo éramos los que más o menos disfrutábamos la experiencia. El tipo le preguntaba a Moro y Moro le hablaba del rock, del blues, y me acuerdo que José Luis tardó en llegar, y a la media hora estábamos todos hablando mal de él. Y en eso entró y dijo: ‘¿Hablaban de mí?’. Nos cagamos de risa y nos fuimos a la Costanera a comer un asado. Ya era Charly García, todo el mundo estaba esperando que grabara un disco; no había disuelto Sui Generis para no hacer nada. Era un momento genial para pelar otra cosa».
La idea de Charly, desde que planeó al grupo, era ser un integrante más. En una entrevista dada a la revista CantaRock lo contaba: «Yo tenía intención de formar un grupo en el que fuese uno más que aporte a la música del conjunto. Yo estoy un poco cansado de ser el líder, ha llegado la hora de cambiar y creo que por fin encontré la gente con la que puedo hacerlo».
En el país, y mientras Charly comenzaba a desarrollar este ambicioso proyecto, los militares se hacían del poder para continuar con los años negros de gobiernos anteriores. Lo que venía era peor, pero el grupo no detuvo su marcha a pesar de ello. De hecho, la lírica de Charly se volvería cada vez más comprometida respecto de la horrenda situación social que atravesaba el país.

Pormenores del primer pájaro
Charly tenía mucho material listo y, casi sin darse cuenta, comenzaron a grabar en los estudios ION, justo en la mitad del convulsionado 1976. Algunas composiciones eran de la última época de Sui Generis, más emparentada con la actualidad de García en aquellos días, pero casi ninguna logró sobrevivir ante las nuevas creaciones pensadas para los cuatro músicos de La Máquina. Charly reafirmaba las intenciones de la banda en todas las entrevistas: «apuntamos a hacer una música sutil, que contenga la polenta del rock pero completamente en otra onda, siendo además muy rigurosos con el sonido. Meteremos la voz como un instrumento más».
Cuatro meses en el estudio y ya tenían su primer larga duración listo para ver la luz. A pesar de sus intenciones de ser uno más, Charly se hizo cargo de la composición de todos los temas que integraron el álbum. Su fuerza creativa sería arrolladora en aquellos funestos años del país: entre 1976 y 1983, García editó al menos un disco por año.
Este, el debut homónimo de La Máquina de Hacer Pájaros editado por Microfón a fines del ’76, lo mostraba como el líder natural de un ensamble híper ensayado, con un nivel de sofisticación que pocas veces vimos por aquí. Eran (son) casi 40 minutos de rock elaborado para oídos exigentes, pero atención: no sólo las orejas progresivas podían captar el vuelo de esta Máquina. En el debut, que además contaba con el detalle de haber sido producido en conjunto por los cinco miembros, buscaron el equilibrio para que el término progresivo no fuera reemplazado instantáneamente por tedioso. Y aunque lo lograron, nunca son las mismas las proporciones de un éxito como podía ser el debut de La Máquina en comparación con un grupo sencillo, con base folk... como Sui Generis. García comenzaba a esquivar fantasmas del pasado.
La portada del álbum, por supuesto, fue diseñada por Crist, y es un nuevo capítulo de la historieta García y La Máquina de Hacer Pájaros, con una simpática introducción al grupo y el nombre tal como el de la tira, con el García adelante.
Fue para la época (eso dicen) el disco más costoso en la historia de la música argentina. Costaba el doble de lo que un disco normal.

La Máquina, tema por tema
La apertura llega de la mano de Bubulina. Única sobreviviente de la era Sui, la pieza arranca en clave sombría y se va desenvolviendo hasta ser, probablemente, la más pinkfloydeana obra escrita por García en todo su repertorio. A pesar de haber sido dedicada para su mujer de entonces, María Rosa Yorio, la letra zumba en los oídos con una oscuridad sorprendente. Bazterrica solea, arranca la banda (Cutaia no toca en este tema) y el guitarrista improvisa mientras García dice: «Para hacer esta armonía es preciso un nuevo ser, capaz de nacer mil veces sin crecer, cuatro notas separadas y la oscuridad total, ya no queda tiempo de mirar atrás». Cuando amaga con tornarse más oscura, aparece una luz de esperanza que también suena a rara advertencia: el protagonista ve el horizonte en la mañana y «de pronto todo parece estar bien». Las intenciones progresivas se destapan más hacia el final.
En el segundo track, de corte más folk gracias a las guitarras acústicas, parece que volvió el García hippie de Sui Generis... pero hasta ahí. Cómo mata el viento norte, esa es la obrita en cuestión, presenta una alegría campestre -enmarcada por sintetizadores, ojo- bastante sospechosa: «La tierra es nuestra hermana, Marte no cede al poder del sol. Venus nos enamora, la Luna sabe de su atracción». Pero luego dispara: «Mientras nosotros morimos aquí, con los ojos cerrados no vemos más que nuestra nariz». El marco musical desborda de candor y la canción parece ser el nexo perfecto entre las melódicas formas de la primera banda del ahora gordito y la prestancia de lo que vendría, Serú Giran. A su vez, podría ser parte de cualquier disco del García de los primeros ochentas, al menos por la logradísima ambigüedad que se presenta en la fusión de letra y música. Suena raro que en un disco de rock sinfónico haya una pieza que no llegue a los 3 minutos, pero es el caso. Como detalle, participan en los coros Nito Mestre y María Rosa Yorio.
Boletos, pases y abonos continúa nuestro recorrido y ya es, directamente, Serú antes de Serú. El trabajo de ambos tecladistas es notable en el clima del tema, tanto como el del tándem Moro-Fernández. Siguiendo en lo estrictamente musical, el tema presenta un segmento prog llamado Final crucial, que enlaza solos de guitarra y bajo mientras los otros músicos despliegan un pegadizo riff que se vuelve un mantra denso. Luego, terminan improvisando teclados y guitarra, para concluir con una sección melódica bellísima, con un Moro genial de fondo, hasta el quiebre del final. Es lo único en todo el disco que no compuso el autor de Clics modernos: es obra de Pino Marrone, de Crucis.
¿La letra? Esto dijo García en el Expreso Imaginario, entrevistado por el trío Lernoud-Kleiman-Pistocchi: «Después del Luna Park y la película, empecé a ver desde afuera toda la bola que se había armado con Sui Generis, sobre todo la relación de las chicas y los chicos conmigo. Empecé a analizarlo y me pareció raro, hasta gracioso. Yo no hago nada para que me tengan de ídolo, yo sólo canto y toco en el escenario. Y en el Luna Park tenia visiones de gente que lloraba, de madres e hijas sufriendo la separación del grupo. Y entonces empecé a componer sobre eso». Para que se entienda un poco mejor a qué vienen los dichos de Charly, un fragmento de la letra: «madres, hijas, hermanas, van a escuchar el llanto del adiós, del adiós (Sui Generis). Pronto en ésta ciudad me van a nombrar ciudadano legal, como vos. Soy el hijo de todas y el amante también. ¿No se atreve, dulce mamá, a ser mi mujer infiel?». Todo dicho.
No puedo verme más es una frenética composición, llena de idas y vueltas rítmicos. Es el momento en el que el disco termina de mostrar a la banda como una máquina ultra aceitada, virtuosa y consistente, con Oscar Moro y Gustavo Bazterrica como grandes protagonistas: en los redobles y ritmos del primero y los riffs del segundo se esconde la magia envolvente de la, hasta aquí, pieza más dura del álbum. Charly se refirió alguna vez a No puedo verme como una canción que habla «sobre la incapacidad de reconocerse». Para un tipo como él, un artista tan sensible, vivir tiempos de dictadura generaba este tipo de preguntas, además de volverlo un francotirador de frases soberbias: «Cara de miedo le dijo al disfraz: necesito verme asustado. No hay maquillaje para quien no ve su reflejo por ningún lado». Participan quienes fueran coristas del grupo inicialmente, Héctor Dengis y Ana Quatraro.
El quinto tema redobla la apuesta de velocidad, y es una trompada que lleva el simple nombre de Rock. «Vamos al campo, ves cómo sale el sol» y «desoxidémonos para crecer» son las órdenes que aúlla como un loco García. Otra vez lo mismo, otra vez huir de la ciudad, como en Una casa con diez pinos (Manal), como el tren hacia el sur de Almendra... Charly lo pidió unos años más tarde, pero se ve que todavía hacía falta. O era ironía. La canción pasa por diferentes estados en sus cuatro minutos y pico de duración. Arranca baladísticamente y se vuelve un rock furioso, denso pero simple. La intensidad desemboca en una zapada en clave jazz-funk, hasta que se vuelve al rock, y otra vez a bajar... para subir en el épico final sinfónico. Épico como los dos últimos momentos del debut: Por probar el vino y el agua salada y ¡Ah!, te vi entre las luces.


Grandioso cierre
La candidez de Por probar el vino y el agua salada radica en su bella melodía y su andar alegre; es en definitiva la canción más pop del disco. Esa es su épica: ser pura melodía en un disco que es mucho más; que tiene mucho más. Resuenan otra vez los ecos de Sui Generis, y la entrañable figura de Jorge Pinchevsky aparece aportando su violín. Charly, aquí, toca el bajo.
Para el final, La Máquina dejó la obra más extensa de todas. Once minutos de duración para la mini ópera de cierre y, paradójicamente, la letra más corta de todo el disco. Sólo dice esto:

Nadie habla, nadie de pie
¿Estás lista para viajar?
¿Estás lista para venir?
Está bien, está bien, está bien...
Estás sentada en el aire.
Nada de luz
Esperando que marquen tres
Esperando verme otra vez
Está bien, está bien, está bien...

¡Ah! Te vi entre las luces
Con tu cara toda azul.


Breve y directa, habla de la situación del público en un recital. Si recordamos cuándo compuso el tema su autor (en la oficina de Oscar López, antes de formar La Máquina) puede y debe tomarse como otra referencia a aquel público, mayoritariamente femenino, que lo iba a ver cuando Sui Generis aun era realidad. No por nada la tercera persona de la canción es ella y no él.
La canción es maravillosa desde el plano musical. La melodía es marca Charly, y la épica en este caso se construye desde la tensión que propone la dupla García-Cutaia en las teclas. En estos 11 minutos, la canción de piano se vuelve zapada, parece que termina pero no mientras el bajo suena como nunca, y todo vuelve a empezar para, ahora sí, concluir con una coda oscura que repite el último verso del tema y un solo de guitarra memorable, cortesía del vasco Bazterrica, que desemboca nuevamente en los tecladistas estrella y el final.

Lo que siguió
La Máquina presentó el LP en el Teatro Astral, entre el 17 y el 21 de noviembre de 1976. Agotaron todas las funciones: la gente quería ver a García en acción y esta era la oportunidad. Charly declaraba en Expreso Imaginario: «Hace años nuestros problemas eran más simples, había que romper con toda una mentalidad. Ahora, que mucha gente ya dio ese paso, hay que seguir hablando. No puedo hablar de cosas nuevas con viejas palabras. ¿Qué puedo hacer si ahora no me entiende todo el mundo y lo de la Máquina resulta un poco oscuro? Hay que inventar un mensaje nuevo…». Las críticas del disco eran buenas, pero Charly sabía que la gente iba a verlo a él más allá de La Máquina. Era imposible lograr que fuera uno más, aquello que era su idea se cayó a pedazos instantáneamente.
Después de su brillante debut, editaron un segundo álbum en 1977, el también soberbio Películas... y cuando nadie lo esperaba, Charly dijo basta. Ya habían llegado al Luna Park, el mismo recinto que había despedido a Sui Generis. La prensa los elogiaba, el público comenzaba a entender, pero García agradeció por todo y les dijo a Cutaia, Moro, Fernández y Alejandro Cavotti -quien había reemplazado días atrás a Bazterrica- que la banda era de ellos, que hicieran lo que quisieran. Por supuesto, no siguieron: sin él no era lo mismo.
Eso sí: la despedida fue a lo grande, ya que Charly organiza el 11 de noviembre de 1977 el Festival del Amor, de nuevo en el Luna Park. Allí despide a La Máquina, reúne a Sui y PorSuiGieco y toca con varios amigos más, entre ellos David Lebón, quien sería su socio en la nueva aventura a emprender: Serú Giran.
La Máquina de Hacer Pájaros ya era historia en su carrera, un momento tan fugaz como brillante para las páginas del rock argentino más aventurado. No por nada, García recuerda con cariño, aún hoy, aquellos días sinfónicos: «ahí hacía lo que me gustaba».


domingo 29 de marzo de 2009

Hablar de los Stones (¡2 años!)

- Siempre está bueno charlar con amigos -o quien se ponga enfrente- de música. Eso ya lo damos por descontado. Pero hablar de Beatles, Stones y demás bandas legendarias es aún más cebador y simpático, porque aparte casi cualquiera se prende a opinar.
- Invariablemente, casi sin excepción, si la charla se torna larga (nada raro) y es de noche, se termina con una guitarra cantando hitazos.
- Otro infaltable es la elección del stone favorito. Sin esto, la charla no es tal. Y sin que Richards afane terriblemente en el rubro, tampoco. Yo voto por él y por Brian Jones.
- …¿Alguien votará por Charlie Watts?
- Detesto que en reuniones con mucha gente (cumpleaños, fiestas o lo que sea) cuando suena una canción de ellos, alguien pregunte “¿Estos quiénes son?”. Es algo inadmisible e imperdonable, ¡si ya son una marca registrada!
- Me gustan muchos de sus discos desvalorizados, infravalorados, o bien, destrozados por la crítica. El único que nunca me animé a escuchar es Dirty work. ¡Ya con esa portada alcanza para espantarse!
- Mi favorito de esos discos es Black and blue. Me parece casi perfecto, es todo onda, feeling, ritmo, swing… huevos, funk y rock and roll. La famosa quintaesencia del rock (¿cuáles son las otras cuatro?).
- La primera decepción que tuve respecto al disco fue reciente. B&B siempre quedó en la historia como el debut de Ron Wood en la banda como reemplazante de Mick Taylor. Pero el otro día, buscando información al respecto, me encontré con que el ex Faces y Jeff Beck Group... toca muy poco la guitarra en el disco. Wayne Perkins y Harvey Mandel son los que se encargan de complementar a Keith.
- Memory motel al principio no me gustaba. Conocí primero su versión en vivo con Dave Matthews, la de No security, y me parecía una balada algo fría. Con el tiempo, llego a la conclusión de que los Stones no hacen baladas malas, todas son como mínimo decentes. Y Memory es un temón, donde el dueto vocal Jagger-Richards se lleva las palmas.
- Hay en Black and blue dos demostraciones de cómo hacer mucho con poco. Hot stuff y Hey negrita, temas monocordes y súper funk, demuestran, justamente, un par de cosas: una es que los tipos tienen todo el ritmo del mundo, pueden tocar lo que se les cante y va a sonar suelto. La otra es que la música es mucho más que un acorde.
- Cherry oh baby es algo así como un reggae trunco… ¡parece que quisieran tocar a destiempo a propósito! Por supuesto que está genial, y además es una reafirmación de los gustos por la música jamaiquina, que ya venían de antes de parte de Jagger y Keith.
- El quinto beatle fue el sexto stone aquí, ya que Billy Preston participa del disco casi como un miembro más. De hecho, se dice que Melody fue compuesta por él, aunque en los créditos figure que fue hecha por la dupla de siempre.
- Podría seguir escribiendo... pero nunca cansa hablar de los Stones. Mejor la corto, aunque sea por un rato.


(PD: y sí, ya van dos años de este emprendimiento. Me encanta hacerlo, a pesar de que la discontinuidad que está teniendo últimamente parezca decir lo contrario. Amo la música y trato de hablar siempre de lo que me gusta, en un mundillo en el que muchos hacen lo contrario... Lo mejor fue y es encontrarse con gente interesante, que comparte gustos y material, y tira buena onda. Trato de hacer lo mismo y espero que les guste. Me sorprende a mí mismo seguir haciéndolo, ni siquiera me acuerdo qué hacía hace dos años... Gracias a todos ustedes por entrar acá, no quiero nombrar gente para no olvidarme de nadie. De vuelta: gracias, en serio)

lunes 9 de marzo de 2009

Acá estoy

Buenas. Ya tengo listo otro post pero no es lo que deseo que lean ahora. Estoy escuchando este disco muy seguido y me parece un debut fresco y ganador. Buenas melodías, buenísimo entramado de guitarras y mucho ritmo.
Qué sé yo... escúchenlo. La próxima escribo más, los posts anteriores fueron muy largos y no quiero aburrir.
Por eso, paro acá.

martes 17 de febrero de 2009

Cuatro años sin guitarra

Después de un descanso largo (obligado por los malos andares de mi PC y mi vagancia de siempre) vuelvo por estos lares con otro texto largo y ex-tendido... El protagonista de hoy es este señor:


Ya pasaron cuatro años desde que se nos fue. Me acuerdo la situación perfecto (bueno, no es tanto cuatro años, pero igual): estaba con amigos haciendo cola (sí, haciendo cola) para obtener uno de los 200 números que daban para el examen de ingreso en el conservatorio de San Miguel, el Julián Aguirre, cuando un flaco reggaero/hippie -luego compañero- pasó contándole a todos los que estábamos ahí que "había muerto Pappo". Yo había retornado hacía pocos días de Cosquín, donde vi, entre otros cientos de grupos, a los geniales Riff. No le creí al muchacho en el momento, no podía ser. Pero cuando se hizo de mañana y un par cayeron con diarios, sí, era verdad. Puteé bastante, y cuando volví a casa a la noche, todo en los medios era Pappo. En TN daban todo el día el Tiene la palabra que lo había tenido de protagonista, pasaban una nota de La Viola con Carpo y Bebe complicados etílicamente... y era mentira, no podía ser. Pero ahora, a cuatro años (ya no voy más al conservatorio, por suerte; reeditaron todos los discos de Pappo's Blues, descatalogados hasta ese momento...) caí. Sí, Pappo está muerto, lamentablemente. Pero hablar de él y recordarlo, me hace revivirlo un poquito.

Esto, como lo de Manal, salió publicado por ahí, por eso es medio solemne y bastante largo. Tengan paciencia, lean entero. Aquí tienen:

Antes de Pappo’s Blues
La historia como músico de Norberto Napolitano comienza a los ocho años, cuando empezó a tocar el que sería su instrumento de siempre, la guitarra. De chico también había estudiado piano, influenciado por su hermana, también pianista. Aunque el verdadero clic lo hizo con las seis cuerdas a los quince, cuando escuchó a Little Richard y enloqueció: esa música le revolucionó los sentidos y decidió comprarse una guitarra eléctrica y un equipo. Sería su futuro. Ya a los dieciséis años, formó su primeros grupitos en el barrio, Los Buitres y Engranaje. En esas pequeñas bandas comenzó a desarrollar sus habilidades como guitarrista, exclusivamente.
A mediados de 1967, ya sin grupo, llegó a la segunda Cueva, luego de haber conocido en un encuentro hippie realizado en Plaza Francia a la que sería con el tiempo la primera generación de artistas del rock argentino. Entre ellos se encontraba Miguel Peralta, quien lo invitó a fines de ese año a formar parte de un conjunto para el que aún no tenía los músicos -los primigenios Abuelos de la Nada, claro, que eran de La Paternal como él- pero que ya tenía horas para grabar en estudio. Los Abuelos grabaron su primer simple, con los temas Diana divaga y Tema en flu sobre el planeta, pero Pappo -aquí ya era Pappo- no fue quien grabó las guitarras en aquellas dos canciones. El encargado de hacerlo fue Claudio Gabis, pues Napolitano se ausentó el día de la grabación. A pesar de ello, aparece en la portada del simple editado en 1968 junto al resto de los integrantes.
Luego, los Abuelos grabaron otro simple -ahora sí, con Pappo en las guitarras- pero este no vio la luz, ya que Miguel Abuelo decidió dejarle la banda a Napolitano, ante la insistencia del guitarrista de tocar blues. Y vaya si el estreno de Pappo como guitarrista, compositor ¡y cantante! de Los Abuelos bluseros fue auspicioso: La estación es una de las grandes páginas ocultas de su carrera y del rock hecho en estas tierras. Podría ser tranquilamente un tema de Manal, por su mezcla perfecta entre la poesía urbana y el blues más melancólico; en cambio, es su debut como voz y jefe.
Llegado el verano de 1969, Los Abuelos de la Nada se instalaron junto a Manal en Mar del Plata, para tocar en la costa. Ambos grupos fichaban por el naciente sello Mandioca y Pappo se convirtió por un verano en el tecladista del trío comandado por Javier Martínez: el cuarto manal. Los Abuelos casi no tocaron ese verano, pero Manal sí. De todas formas, Pappo no seguiría con ninguno de los dos grupos, disolviéndose así el primero de ellos.


Cuando retorna a Buenos Aires, toca por un tiempo en Conexión Nº 5, grupo comandado por Carlos Bisso que hacía versiones de hits extranjeros. Pero su estadía allí fue breve, y su siguiente paso como músico fue una marca clave: ante la ida de su guitarrista original, Kay Galiffi, es convocado por Litto Nebbia para formar parte de Los Gatos. Su respuesta fue un sí inmediato, y grabó dos discos con el grupo, Beat Nº 1 en 1969 y Rock de la mujer perdida en 1970. Su ingreso en Los Gatos generó un notable cambio en la propuesta musical, y su guitarra le dio pulso rockero a las canciones más melódicas del grupo. De hecho, las composiciones de Nebbia se tornaron más densas y potentes, craneadas para el nuevo sonido del grupo a partir del ingreso de la guitarra virtuosa y criminal de Pappo. En el ’70, el grupo gira por España con éxito, pero cuando retornan, su aun nueva (e importantísima) pieza decide bajarse del proyecto. La razón era otra vez la misma: su lucha con el líder del grupo porque prevalecieran el rock y el blues como música a desarrollar en el futuro. Nebbia era el cantante, compositor y fundador de la banda y, por lógica, se marchó Pappo. Igualmente, todo fue en buenos términos, y Pappo recordó siempre aquella experiencia como fundamental: “Lo de Los Gatos fue increíble, era como estar jugando en Primera. Para que tenga una idea, en aquellos tiempos, Los Gatos eran lo que hoy son La Renga o Los Piojos. Estuvimos juntos dos años, fue muy bueno, hasta que yo empecé a poner mucha presión para que tocáramos rock. Ciro y Moro estaban más o menos de acuerdo, pero el más duro era Litto, que era el que mandaba; y si el que manda quiere seguir con una línea melódica, tiene razón. Muy bien, gracias por todo... Me voy de este barco, está todo bien, seguimos siendo amigos. Mi decisión fue no dejar de tocar rock and roll, porque el rock and roll es mi presentación en la Tierra. Es mi forma de ser, mi forma de hablar”.
Para continuar con ese año hiperactivo, el primer tema de Pappo como solista, grabado en 1968, vio la luz en el compilado Pidamos peras a Mandioca, editado por dicho sello. Es sorprendente descubrir hoy que su primer intento en solitario es una página intimista como pocas en su repertorio... ¡y que no es blues! Nunca lo sabrán, la canción en cuestión, es una hermosísima poesía decorada por una suave instrumentación, con Pappo al piano, y es otro de los momentos injustamente olvidados en su carrera. Por si fuera poco, la banda que lo acompaña es nada más y nada menos que Almendra: Spinetta en guitarra, Edelmiro Molinari en bajo y Rodolfo García en batería, además de Pomo en pandereta. Se vendría su carrera como protagonista principal.



Los detalles pre Volumen I
Jorge Álvarez y Pedro Pujó eran los hombres fuertes de Mandioca, el primer sello discográfico de rock en el país. Conocían a Pappo desde sus inicios como profesional, y desde allí que intentaban convencerlo, en especial Álvarez, de que debía ser él la figura principal de un proyecto y ya era tiempo de abandonar las incursiones como guitarrista, que lo dejaban siempre bien parado y como un protagonista importante, pero no como la cabeza principal. No bien Napolitano abandonó Los Gatos, le insistieron al guitarrista para que se lanzara con su proyecto y, esta vez sí, lograron persuadirlo. Álvarez y Pujó eran ahora los patrones en Music Hall, y Mandioca era parte de un bonito pasado. Comenzaron junto a Pappo un nuevo camino, juntos.
Que aceptara ser la cabeza de grupo implicaba un par de retos para el Carpo: además de ser el guitar hero, debía ser el cantante y compositor. Y aunque le costara lanzarse a ello, Pappo aceptó y comenzó a componer y buscar músicos que se acoplaran a su nuevo grupo. Arrancaba una nueva era.
El primer músico en incorporarse a las filas del nuevo grupo fue Juan Carlos Amaya, más conocido como Black, legendario baterista de blues y rock and roll en estas pampas. Se habían conocido en el verano de 1970, ya que ambos estaban de gira con sus respectivos grupos en la Costa -Pappo con Los Gatos, Black con la Yerba Mate Blues Band- y de allí quedó el contacto para que ese mismo año, ya en su final, Norberto le hiciera la interesante propuesta a Juan Carlos, que aceptó con gusto ser el hombre tras los parches en la banda de Pappo. Sólo faltaba un bajista, ya que la idea era formar un trío. Para ese puesto, hubo varios postulantes: el primero fue Bocón Frascino, pero a Pappo no le convenció la idea de un guitarrista tocando el bajo, y lo descartó. Ensayaron un par de veces con Spinetta -sí, Luis Alberto- pero el Flaco era (es) un tipo con inquietudes propias que no podía someterse a una rutina de grupo sin aportar sus propias composiciones; luego pasó Vitico, que sí sería ladero de Pappo en Riff, pero no ahora; aceptó Rinaldo Raffanelli hacerse cargo, pero justo tenía que hacer la colimba y no pudo ser de la partida... parecía que alguna fuerza divina se complotaba en contra de Pappo y le boicoteaba el destino. Pero Raffanelli tuvo una rápida solución a su problema: recientemente, un amigo suyo había llegado de los Estados Unidos, y estaba parando en su casa. Era un pibe, pero también un muy buen músico, y venía de ver a grupos que acá recién se empezaban a nombrar. Para colmo, su look era impactante. El pibe era David Lebón, Davies, tal como se hacía llamar en esos días, y después de verlo tocar en La Manzana, un boliche que era propiedad de Billy Bond, Pappo se convenció de que ese muchacho de pelo largo debía ser el bajista. Ahora sí, ya estaban los tres, porque, por supuesto, la respuesta de Davies fue afirmativa.


Según describe el mismísimo Jorge Álvarez desde el texto incluido en la contratapa del álbum, “de los ensayos a la sala de grabación fue un paso. La exhuberancia, la fabulosa capacidad para la improvisación de Pappo y su guitarra, y una base rítmica fuerte y rica, fueron haciendo de ellos un trío que maravillaba a cuantos asistían -técnicos incluidos- a esta increíble serie de sesiones”. El trío ensambló de maravillas, y el disco se grabó en sólo dos meses, tiempo en el que Pappo compuso los temas, entre diciembre de 1970 y enero del ’71. El grupo no tenía nombre, y Álvarez se encargó de dárselo luego de un par de propuestas de Pappo que le resultaron poco interesantes (Los Rancheros y Especies). El jefe de Mandioca propuso Pappo’s Blues, pero al músico no le convencía que su apodo fuera parte, aunque la obvia intención era generar identificación entre el nombre y la estrella del proyecto: en realidad, Pappo’s Blues sería un solista acompañado por dos excelentes músicos, no una banda.



Volumen I
Finalmente, Álvarez convenció a Napolitano, y el Volumen 1 de Pappo’s Blues vio la luz en 1971, mismo año en el que fueron editados otros discos fundamentales como La Biblia, de Vox Dei y el primero de La Pesada del Rock and Roll, disco en el que participaba Pappo (cosa que también sucedió en Spinettalandia y sus amigos, disco del Flaco con una importante colaboración de Napolitano como compositor y guitarrista invitado). Este primer volumen, integrado por 8 piezas magníficas, fue grabado en los estudios Phonal, con Norberto Orliac y un tal Héctor Fogerty como técnicos (le decían así porque era idéntico al cantante y guitarrista de Creedence, John). Además de la producción de Álvarez y Pujó, figuraba en la contratapa el nombre de Billy Bond como “manager de grabación”.
Tal como se esperaba, Volumen I cumplió con creces las expectativas que había generado en el público y la crítica especializada: la tarea de Pappo como guitarrista era impecable, al nivel de cualquier violero de rock europeo o norteamericano. Desde su arranque, con Algo ha cambiado, la propuesta era demoledora. Para sorpresa de algunos, no sólo con la música (ese riff descomunal, ese wah-wah) sino que también a partir de la excelente y breve letra:

Por favor, déjenme, o voy a enloquecer,
No soy quién para ser todo lo que soy.
Algo ha cambiado dentro de mí,
Que alucinado, quiero vivir.

Voy a ver nacer el sol en medio del camino,
Y también voy a nacer de acuerdo a mi destino.
Algo ha cambiado dentro de mí,
Que alucinado, quiero vivir.



Históricamente, en el rock argentino -me atrevería a decir mundial- cuando un músico es muy destacado con su instrumento se le desprecian otras condiciones. Napolitano no fue la excepción, y siempre se habló de él como un letrista de poco vuelo. La primera muestra nos dice lo contrario, y no sería la única. Aunque el mismo Pappo siempre se subestimó como escritor de canciones -siempre decía al respecto que eran “simples letras de rock and roll y blues”- es un excelente disparador de frases sublimes (“No soy quién para ser todo lo que soy”, por ejemplo) y sus escritos tienen una alta dosis de reflexión y existencialismo.
En El viejo, el segundo tema del álbum, habla de sí mismo como un hombre que se preocupa por el paso del tiempo, y que se está viniendo viejo. Cuando se editó el disco, paradójicamente... ¡sólo tenía 20 años! Aquí, la frase sublime de la letra, llena de gracia e ironía, es “para qué tantos años de experiencia, si justo ahora me doy cuenta que no tengo”. David Lebón ejecuta la batería, ya que Black Amaya llegó tarde el día que lo grabaron y había que aprovechar las horas al máximo.
Hansen, tercer track del disco, arranca con un riff marca Jimi Hendrix y en los versos, Pappo garabatea en la guitarra la melodía que está cantando a la vez. El bajo de Davies se lleva las palmas, y el tema sube y baja la intensidad de la mano de los golpes (hacia el final fulminantes) de la batería de Black. Se daba todo, ya que a las redondas composiciones de Pappo, se sumaba el detalle de que sus laderos aportaban el equilibrio necesario para que fueran lo que son: piezas rockeras inoxidables. En la rara letra, siempre en primera persona, el Carpo sentencia “No me importa, si es mejor, si es lo mismo, si es peor: mis costumbres voy a dar, aunque emulemos sé que están”.


En el cuarto tema del disco, Gris y amarillo, Pappo deja a la posteridad una de sus mejores letras. A esta altura, verán, no queda más que rendirse al hecho de que es capaz de hacer letras excelentes. Sí, lo sabemos, en su poesía también hay divagues y no siempre es brillante (habría que ver quién lo es), y eso también es parte de él: quizás sea el poeta menos lector de su generación; mientras Spinetta leía a Rimbaud, él estaba sacando los solos de Hendrix y Clapton en su cuarto de La Paternal. Pero que alguien se atreva a decirme que las frases “y nuestros pensamientos, dónde están” y la imperativa “saltemos de nosotros” en una letra de rock de 1971 no son sencillamente brillantes. El tema de la canción, recurrente en las letras de esa época, es el escape hacia otro lugar, tanto físico como mental. El escape de las ciudades a un lugar que traiga paz y tranquilidad, “sin temor”; y también la búsqueda de un lugar donde se pueda estar “sin molestar las cosas lejanas de extraños momentos”. En cuanto a la música, otra vez destaca el bajo de Lebón, esta vez en función riffera durante los versos. Hacia el final, el solo de guitarra desencadena en uno de los momentos de mayor libertad y descontrol musical de todo el disco, quizás su pico de intensidad: terminan improvisando los 3 músicos.
El quinto tema es breve instrumental, Adiós Willy. En él, Pappo cambia la guitarra por el piano, para una pieza que aporta un poco de relajación a un disco que no para su marcha en ningún otro momento. Como detalle curioso, la secuencia de acordes tiene un eco 26 años más tarde, gracias a la similitud que se puede encontrar en Comida china, canción de Calamaro incluída en Alta suciedad (Andrés siempre se confesó admirador de Norberto; de hecho grabaron y compusieron juntos más de un tema). Adiós Willy es el preludio a otro gran clásico del álbum y de su carrera, El hombre suburbano. En poco más de dos minutos, el Carpo resuelve un blues bien clásico, con introducción, solo, y una letra que desglosa los andares de “un hombre sin historia, sin tiempo y sin memoria”. Pinta un personaje que merodea entre lo simpático y lo bruto de pegar una trompada “y tirar todo”... ¡algo que el propio Pappo hizo más de una vez!
Después de semejante clásico, llega la gema oculta del disco, una pieza densa, pesada y psicodélica, Especies (uno de los nombres que había barajado el guitarrista para el grupo, y que Álvarez había descartado). La letra, cantada con una voz casi rota, está compuesta por una sola (y extraña) estrofa: “Especies de tres, ganas de seguir caminando. Si no los ves, la lluvia te estará empapando”. Quizás sólo sea la excusa para que Pappo se reconfirme como un guitarrista único, capaz de solear como pocos, y con una inventiva única para crear riffs de rock memorables. Especies también sirve para demostrar que Napolitano había encontrado a dos acompañantes ideales en Davies y Black, que acompañan sus zapadas sin robarle aire, pero a la vez se permiten respiran.
El cierre llega de la mano de otro superclásico, el tema más largo del Volumen. Una queja ante la realidad política y social de entonces, Adónde está la libertad lamenta los tiempos de Onganía, Levingston y Lanusse, y la convulsión social es reflejada por Pappo en un blues violento, reflexivo pero sintético (de letra, claro). Hay una frase de Napolitano más cercana a nuestros días, que dice así: “cuando pienso que algo es injusto y me siento un poco solo, ahí el blues me sale mejor”. Claramente, aplica para este cierre, casi nueve minutos de sube y baja emocional (cambios de ritmo, zapadas salvajes y momentos de calma) hechos rock. Un riff seco da inicio al tema, que comienza haciéndose la pregunta que da el nombre, pero también se da lugar para aquel vuelo filosófico y brutal pappeano: (a la libertad) quizá la tengan en algún lugar que tendremos que alcanzar”. Luego, se canta que “nunca la hemos pasado tan mal” y “es imposible aguantar”. Casualidad o no, Pappo se fue del país al tiempo de terminar este histórico álbum, pieza clave para entender el rock pesado y el blues por estos lares.



Después de Volumen I
Pappo viajó a Europa harto de la situación agobiante en el país, y con la idea de codearse con los músicos del primer mundo (esta situación se repetiría durante su carrera en innumerables ocasiones). Lo que activó su partida fue una propuesta de parte de Los Gatos, establecidos en España, para que fuera a tocar con ellos. Por un tiempo, entonces, su destino fue la madre patria, y el trabajo era tanto que David Lebón también se les acopló. A su vez, había recibido una invitación de parte de uno de los miembros de The Foundations para establecerse en Londres (el grupo había venido a tocar a Buenos Aires, con Pappo’s Blues como soporte, y los ingleses habían enloquecido con su manera de tocar) y la aceptó. Pero su meta era tocar con uno de sus ídolos: Pappo quería ser el guitarrista de Peter Green. No logró su cometido, pero sí conoció a otros nenes, como John Bonham de Led Zeppelin y Lemmy Kilmister, que luego formaría Motörhead. “Después toqué el piano en un bar, donde me fue mucho peor. Entonces me llegó un telegrama que decía: ‘Pappo’s Blues Nº 1 en Argentina. Teatro Metro, tres fechas’”. Y volvió. Fue una grata sorpresa ver que el Volumen I había sido un éxito, y que su nombre había cobrado más valor aún que antes de la partida a Europa. Las funciones de diciembre de 1971 en el Cine Teatro Metro se agotaron: sin siquiera estar en el país, Pappo ya se había hecho de una buena cantidad de público para la época. Llegarían tiempos de grabar un nuevo disco tras el suceso de su primer intento, pero esa ya es otra historia. Con ese primer volumen, tan porteño como internacional, tan bestial y pensado, súper espontáneo, Norberto Aníbal Napolitano había dado la primera patada de lo que sería su historia (grande) en el rock argentino.

sábado 24 de enero de 2009

Manal, la bomba urbana

Como escribí este texto para publicar en otros lares -nada muy excepcional ni fuera de lo común- y me parece que está más o menos piola hablar de ellos, los dejo con estos tres fantásticos. ¡Y me voy a la Costa!


Cómo venía la mano
Javier Martínez, del barrio de Flores, era desde chico un gran fanático del jazz, tanto que tenía armado un cronograma con todos los programas de radio en los que pasaban su música favorita (y por decantación llegó al blues). Por supuesto, se fascinó con figuras como Muddy Waters y B.B. King, y se dio cuenta que la línea divisoria entre ambos géneros era más que fina: blues, jazz, soul, todo estaba cerca. Le gustaba la batería, y tocaba arriba de los discos de jazz golpeando con palitos una banqueta de su cuarto. A los dieciséis años, un amigo de su barrio le contó de un regalo que terminaría siendo el mejor presente... ¡para Javier! Al chico le habían regalado una batería, que su amigo de la otra cuadra solía ir a tocar, tanto que un día el joven se hartó y le dijo “Javier, no vengas más”. Pero a Martínez le quedó la fascinación y se compró al tiempo el dichoso instrumento. También a los 16, descubrió a Ray Charles, quien se convirtió en su cantante favorito. Ahí se fascinó con otra cosa: la voz. El tiempo lo haría baterista y cantante, una conjunción que no suele darse mucho (suele ser cantante quien ejecuta instrumentos armónicos como la guitarra o el piano).
De casualidad -invitado por unos conocidos- cayó a La Cueva, el lugar donde debía estar un joven argentino con aspiraciones musicales ligadas al blues como él, además de sus nacientes inquietudes como escritor (influenciado por sus lecturas de Marechal y Arlt, pero también de Rimbaud) y sus ideas en general. Allí se encontró con personajes fundamentales para la cultura que se generaría luego, desde Pipo Lernoud hasta Moris, gente con la que Javier comenzó a intercambiar información musical y literaria, además de charlar sobre cuestiones sociales, políticas y espirituales. (Con Moris formó Los Beatniks, efímera banda que registró el primer tema de rock en estas pampas, Rebelde). Al tiempo de ir a La Cueva, quienes la frecuentaban comenzaron a ir a La Perla del Once, bar que también se haría mítico y que les abría las puertas cuando las cueveras se cerraban, de madrugada. Martínez rememoró en el libro Tanguito, la verdadera historia, de Víctor Pintos, que “había una tertulia literaria con Miguelito Abuelo, con Pipo Lernoud, y una parte muy musical con Litto, Moris, acordes, yo sacaba el cuadernito de acordes. (...) El conservatorio de La Perla del Once fue real. Un conservatorio de música y de letras. Yo nunca tuve que comprarme un método para estudiar la guitarra. Tenía un cuadernito y anotaba. ‘A ver, pará, ese acorde, hacelo de nuevo. Dejame que lo copie’. Hacía las seis líneas del encordado y anotaba. Yo me hice mis propios métodos de estudio de guitarra”. A su vez, reconoce como sus mayores influencias literarias a Lernoud, Abuelo y Moris.
En La Cueva y La Perla, el ambiente estaba en ebullición y siempre aparecían personajes nuevos. En alguna de esas tantas noches cayó un morochito muy pibe, un tal Alejandro Medina, pero él y Martínez no se dieron mucha bola.
Este tal Alejandro era unos años más joven -tres, precisamente- y ya mostraba su talento en el bajo en algunos grupos. El más conocido de ellos, Los Seasons, dejó registro discográfico con el disco Liverpool at B.A., una excelente recreación del sonido de aquella ciudad por entonces. Desde muy niño había andado las calles de Once, por lo que debía llevarse bien con un callejero como Javier. Pero el contacto directo entre ellos llegaría más tarde.
Medina sí se saludó con Claudio Gabis, a quien conoció en una fiesta en la que tocaron los grupos en los que se desempeñaban, Los Seasons y Bubblin Awe. Eso sucedió tiempo antes de sintonizar ondas con Martínez, en un encuentro revelador: se había organizado un festival audiovisual dedicado a los Beatles en el instituto Di Tella y, en los ensayos previos a la presentación de los grupos, Gabis ejecutó una sorprendente frase de blues. Martínez le contestó aquello desde la batería, con otra frase. Instantáneamente notaron que había química y que, mientras todos los músicos tocaban beat, ese pop tan clásico que dominaba la época, ellos dos, sólo ellos dos, se habían permitido un pequeño momento blusero. A ver, que se entienda: tocar blues en 1967, y para colmo en esta parte del mundo, era como hacer heavy metal. Por eso, después del ensayo, se pusieron a charlar y vieron que la afinidad musical no era porque sí, tenían la misma data. Después de un tiempo de cruzarse y juntarse a charlar (sus respectivos grupos ensayaban cerca), decidieron que lo mejor era encarar un nuevo proyecto, que terminaría siendo la primera gran banda de blues en Argentina, y no sólo eso: el primer trío.
Pero eran dos... necesitaban un bajista para conpletar el trío. Y todos les recomendaban al mismo. Sí, claro, el morochito ese que era requerido por todo el mundo debía ser el que toque con ellos. Según recordó alguna vez Claudio Gabis: “Alejandro era el tipo que más tocaba el bajo acá, de eso no había duda. Como existía Cream, que era la gente que mejor tocaba en Inglaterra, acá todos nos empezaron a decir ‘ustedes tienen que tocar juntos’. No era que tocásemos más, era que cada uno tocaba diferente a como se tocaba en el resto del ambiente. Fue una tarea durísima, porque cada uno por su lado tenía su grupo y además recibía otras propuestas”. Y lo llamaron al Negro, nomás. Primero se llamaron Ricota, nombre que según Medina les puso Marta Minujín, y que surgió por decantación respecto del trío de blues más afamado que había en Inglaterra, Cream. Crema... Ricota. Pero como Ricota no duraron mucho; de hecho, el chiste les gustó por muy poco tiempo.

¿Cómo surgió “Manal”, entonces? Entre charlas y divagues varios, los cueveros crearon un lenguaje propio, términos que luego se usarían corrientemente: copar, cómo viene la mano. A aquella pregunta, cómo viene la mano, Javier Martínez solía responder la mano viene manal. Ahí está el chiste y el origen del nombre del grupo, que ya establecido comenzó a ensayar sin parar para buscar un sonido propio y novedoso. Martínez ya tenía muchos temas escritos, con la particularidad de que las letras estaban en castellano. Más allá de que Los Gatos ya habían tenido suceso escribiendo letras en nuestro idioma, todavía no era algo del todo instalado y era, sin lugar a dudas, un riesgo que muy pocos se animaban a correr. Pero según Gabis, “la meta era clarísima: hacer música en castellano. Javier fue el tipo que me dijo ‘es una estupidez cantar en otro idioma, necesitamos hacernos entender y además tenemos cosas que decir’. Me había resistido a eso, pero la verdad es que fue el primer tipo que me lo explicó con claridad”. Para certificar su idea, el baterista y cantante le mostró a su guitarrista una letra. La letra lo terminó de convencer a Gabis definitivamente: era Para ser un hombre más. Comenzaba una nueva era en el rock de por aquí.

Mandioca y los simples
“Hubo que esperar nada más que un tiempo a que apareciera alguna gente, específicamente Jorge Álvarez y Pedro Pujó, que fue la gente que creyó en nosotros. Desde el punto de vista empresario ellos crearon el movimiento de rock nacional en Argentina”. Y sí, Claudio Gabis tiene razón. Lo que era un pequeño movimiento de hippies y beatniks en La Cueva y La Perla necesitaba una ayuda empresarial, y para eso llegaron Álvarez y Pujó. Jorge Álvarez tenía una editorial, no sabía nada del negocio de la música, pero se metió en él, por Manal. No bien lo llevaron a la casa de Alejandro Medina, donde ensayaban, Álvarez se propuso hacer lo que fuera necesario para difundirlos y así nació el primer sello independiente dedicado al rock nacional, Mandioca, que se estrenó con un simple del trío que vio la luz en diciembre de 1968: Qué pena me das / Para ser un hombre más. Al sello se sumaron pronto otros artistas, como Miguel Abuelo y Cristina Plate; y a mediados del ’69, Manal editó su segundo simple, con los temas No pibe y Necesito un amor.
El estilo del grupo era revolucionario respecto a lo demás, en especial por la profundidad y cohesión que lograban entre las letras y la música. Ya para 1969 -año clave para el desarrollo del movimiento- eran una banda afianzada, a la que sólo faltaba el paso consagratorio final que significaba la edición de un disco larga duración. Y a fines de año se sumergieron en esa aventura, cuando Álvarez le consiguió a Manal 100 horas de grabación en los estudios TNT, los mejores del país en aquel entonces. Contó Martínez en una entrevista reciente que cuando entraron a los estudios y vieron la sala más grande “fue alucinante, mirábamos todos esos equipos gigantes y nos parecía que estábamos en la NASA”. En medio de la grabación hicieron un alto para participar del Festival Pinap, que es recordado por Claudio Gabis como el pináculo de su carrera musical, “la experiencia más cercana al cielo”.

La bomba
Manal, tal era el homónimo título del disco (era costumbre de la época que el debut lleve el nombre de la banda) salió a las calles en febrero de 1970, el mismo año en que se editó el debut de Almendra. La portada, es decir, la presentación visual de Manal al mundo, lo primero que uno veía de ellos, ya te dejaba con la boca abierta: un collage con imágenes de los tres integrantes adentro de una bomba; en el extremo superior izquierdo, el nombre del grupo, en el extremo derecho, el nombre del sello; y el fondo de todo, amarillo. Eso era Manal para la música de aquellos días, no necesitaba más presentación que esa bomba con la mecha lista para ser prendida, con Martínez, Medina y Gabis dentro. Explotaban la pequeña escena, y ellos eran conscientes, sabían que rompían con todo lo habido hasta ese momento. Rodolfo Binaghi fue el autor de la histórica portada, y Ricardo Rodríguez se encargó de las fotos de los músicos que aparecían en el sobre. Si habrá sido icónica la tapa, que el LP recibió un segundo nombre, para pasar a ser según muchos La bomba, de Manal.
Y si la tapa inquietaba, qué decir de la música. Los tres tocaban con una originalidad y un sentido del instrumento único. Medina fue el primer gran bajista del rock argentino; hasta su aparición el bajo era un instrumento menor, que casi no se escuchaba, gracias a él ganó protagonismo y notas. Las guitarras de Claudio Gabis, en tanto, sintetizan a la perfección sus conocimientos sobre blues, jazz y soul, además de tener el equilibrio para saber cuándo meter la nota justa, el riff necesario, la distorsión o la limpieza (si Jugo de tomate hubiese sido editada ese mismo año en Inglaterra o Estados Unidos, Gabis sería un guitarrista conocido mundialmente, sólo por esa canción). Sus solos son sobrios y simples, transpiran purismo y sabiduría. Y Martínez... qué decir de su manera de cantar, por la que había estado mucho tiempo gastando su voz, cantando horas y horas para que suene como aquellos bluesmen que tanto admiraba. Y sus cortes, sus redobles, su sapiencia rítmica con la batería, incluso teniendo que cantar a la vez, su jazz para ambas tareas. Hecho el análisis individual, era verdad aquello que decía Gabis: nadie tocaba como ellos. Como banda, se movían con increíble buen gusto en el blues, hard o slow; conformaban un ensamble ideal. Lo único que se terminó de perfeccionar en el estudio fueron los arreglos, y de eso se encargaron Medina y Gabis. La banda estaba bien ensayada: en la segunda o tercera toma ya salieron todas las bases.
El disco abre con Jugo de tomate -escrita por Javier en La Perla del Once- y su fuerte crítica social; cantada con un desprecio irónico por Martínez, es un súper clásico del rock argentino. Claudio adereza la segunda estrofa con su armónica. Supongo la escena: un joven argentino escuchando en 1970 que para triunfar “jugo de tomate frío en las venas deberá tener”. Ya la corajeada de las letras en castellano se convertía en epopéyica furia y en la segunda canción, Porque hoy nací, un momento clave de la poesía criminal, resignada y definitiva que imprimió Manal en la música argentina. Aquí, Gabis sigue demostrando su versatilidad y toca el órgano, mientras Javier se prueba en la guitarra, se vuelve existencialista (Hoy adivino qué me pasa, porque mi nombre no soy yo) y torna su voz cavernosa como pocas veces. Alejandro no participa del tema, pero sí toma la voz principal de la gema que continúa el disco, Avenida Rivadavia. En sólo tres canciones, ya se criticó a la sociedad, se cuestionó al individuo (y se interrogó como tal), y se pintó un paisaje urbano único ¡hablando de una avenida! Sólo con esto ya alcanzaba, pero el disco sigue.
Todo el día me pregunto es, como dice Juan Carlos Kreimer en el texto que acompaña a la edición original -y a la reedición en CD también- el “blues más blues del LP”. Es otra de las páginas surgidas en tiempos de La Cueva y La Perla, y de alguna manera un testimonio de época de todo aquello: aquellas charlas y caminatas interminables, las anfetaminas y el no dormir (Martínez reconoce haberlas usado “por razones obvias, porque no teníamos donde vivir y pasábamos las noches al lado de los estudiantes que las usaban, y salíamos con chicas de Filosofía y Letras que las usaban para estudiar. La pastilla era bastante común pero en un momento nos empezó a hacer mal y las mandamos a cagar. Qué pastillas, andá a la puta que te parió. Nos estábamos haciendo de goma. Y no”). Pipo Lernoud ha contado más de una vez que con Javier hablaban horas y horas, sin parar: “hasta habíamos inventado medidas de tiempo diferentes. Un senever era desde que te levantabas hasta que te levantabas la próxima vez, que podía ser una tarde o tres días. Y un cansancio era desde que empezabas a caminar hasta que te cansabas. De esa forma rompíamos las medidas del tiempo y funcionábamos de otra manera. Queríamos pasar a otra cosa. Y estaba el naufragio, horas y horas sin dormir. Todo eso está súper documentado en los temas de Manal”.
Avellaneda blues, antiguamente la apertura del lado B, merece párrafo aparte. Junto con Mañana en el Abasto de Sumo es la descripción más acabada de lo ciudadano dentro del rock -en este caso, de los márgenes de la ciudad-, con esa cosa orillera tan propia... del tango. “En cuanto a las acuarelas porteñas, me gustaba Homero Manzi, y en cuanto a la canción de protesta, Discépolo”, dijo Martínez al respecto, demostrando que la comparación no es casualidad: en Manal hay blues y tango, de letra y música. La composición musical corre a cargo de Claudio Gabis, que además hizo un boceto de la letra luego de una caminata nocturna por el partido del sur. Al día siguiente, en una fiesta, Gabis le mostró a Martínez lo que tenía, y ambos terminaron el tango letrístico con jazz de fondo. Llena los oídos el trabajo del bajo y el de la guitarra (otro gran solo, con la batería improvisando cuidadosamente de fondo). Claudio le da el toque jazzero final con un sutil piano. Javier cuenta aún hoy que mucha gente crea que es de Avellaneda: “nunca fui mucho, pero surgió porque yo siempre sentí ese lugar, ambas márgenes del Riachuelo. Siempre me atrajo porque creo que en ese paisaje está un poco el alma de la ciudad, que de repente en la Recoleta, en el centro, en el Barrio Norte o en Belgrano no podés encontrar. Ahí está la vida industrial, el rostro duro de la realidad. Es un lugar que tiene una belleza dura, agresiva. Yo sé que muestra algo que no es lindo, lindo entre comillas, pero yo le encuentro una gran belleza”.
Y si uno creía que ahí ya estaba todo... estaba equivocado otra vez. Una casa con diez pinos es la canción emblemática de la búsqueda natural y el escape de las ciudades, algo que se repetía y repetiría en varias letras y discos del rock de esa época (aquí y allá), en los campos verdes de Almendra y las mañanas campestres de Arco Iris, por ejemplo. La casa con diez pinos pertenecía a un amigo de los cueveros, un tal Roy MacIntosh, y quedaba en Monte Grande. Javier Martínez estuvo viviendo en ella durante unos 4 meses, hastiado de la gran ciudad, y compuso esa bella melodía en alguno de los tantos días de dispersión que pasó allí. Los motivos musicales destacan el bajo disparador de notas del Negro Medina -que además aporta el piano- que le da sostén a la guitarra arregladora de Gabis. (También grabó una guitarra acústica que rasgueaba los acordes). Hacia el final, Javier tararea como si fuera Litto Nebbia, quizá la única figura estelar del rock (en ese momento) naciente.
La última pieza es la más larga del disco, Informe de un día. El cantante la escribió después de dos días sin dormir, en la casa de Pipo Lernoud, y sirve como otro testimonio de esa primera época. Es un blues ácido, en el que la letra cuenta, precisamente, cómo vivían, ellos y los demás: “Algo comienza hoy para mí, no tengo prisa por ver lo que es. No es historia, ni mirar hacia atrás, no, es ginebra, amigos, nada más”. Remata la frase “trampas de vivir siempre sin ninguna explicación”. Luego dispara “No miro el techo para ver más que yeso y la ventana me sirve para mirar un edificio con gente que desayuna, se peina y fuma en la rutina de continuar. Yo estoy aquí tan tranquilo, revuelvo mi pelo, me miro los pies. Ellos están ahí, no sé cómo, los puedo ver aún sin mirar”.


El disco fue, es y será un momento clave del rock argentino. La carrera de Manal se derrumbó después de su edición, por diferencias entre sus integrantes que los llevaron a la disolución luego de editado su segundo álbum, El león. (Luego vinieron reuniones y eso, ustedes saben) . Pero esas 7 piezas conforman un todo que aún hoy conmueve por su pureza, su densidad, su terca belleza y su actualidad. “Amo haber dirigido la banda más importante de comienzos del rock argentino. Nuestra consigna era romper el Club del Clan y que los chicos del futuro tengan música propia, y lo logramos, abrimos la puerta grande. Amo infinitamente eso, me hago cargo y no me jacto de andar diciéndolo, yo sigo tocando”, dice Medina, y Gabis también recuerda aquel momento con cariño: “el primero es el de tapa amarilla con la bomba en el medio, con otras tres caras. Yo lo encuentro un disco porteño, lleno de un clima de intimidad y transparencia sonora que produce una imagen musical muy bella, con una poesía muy nuestra”. Pero Martínez, grandilocuente, traza un paralelo que merece ser el cierre de este texto: “yo todavía lo pongo hoy, y me sigue gustando. Fue una gran emoción haberlo escuchado terminado, sentimos algo así como debe haber sentido Armstrong cuando llegó a la Luna, o Colón cuando descubrió América. Sentimos que estábamos ante algo novedoso, ante el nacimiento de una época nueva”.