viernes, 27 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #2, Luis Alberto Spinetta


Por Santiago Segura

La escena es graciosa al imaginarla: un adolescente de esta era pone Silver sorgo, llega a "Tonta luz" y cree que el tema salta, que está mal rippeado el disco a mp3. Mejor: que hay un error en la carga del tema en Deezer o Spotify (o, peor, que es un problema del full album en YouTube). Lo que no sabrá esa persona es que "Tonta luz" es así. La canción (¿vale decirle canción a ese collage sonoro tan clasicista como vecino de lo concreto/contemporáneo?) está rayada por decisión de su autor. Entre los cortes aparecen palabras sueltas, algunas que no se escuchan con nitidez y otras mucho más claras: "déja vù", ¿"nubes"? ¿"tu luz"? El proceso pareciera llevar la lírica a la acción:

Espera un instante fugaz 
en el que dejarse ir 
en la tonta luz que querrás entreabrir 
y así el vacío mirar 
y el bardo final 
de este mundo que aniquila el amor 
por dentro, todo es un túnel hacia ti, 
y para qué proseguir 
si tú te esconderás 
y de mí huirás 
en un súbito adiós 
como un ángel, 
sin dolor alguno, ¡ah!

Podría escribir este texto sólo con “Tonta luz”. El tema (mejor digámosle así) apenas si llega a los dos minutos, pero ya desde el título nos deja conclusiones. Spinetta empieza el nuevo siglo contradiciendo toda su obra porque… ¡¿Desde cuándo la luz es “tonta”?! Uno de los tipos que más nos habló del sol, ahora dice que la luz no va; al rato dirá (en... "Esta es la sombra") que sólo espera "ser la nube que propicie tu lluvia". Algo está por pasar. O algo pasó.

Eso que pasó viene de 1999, se llama Los ojos y es el disco en verdad iniciador del período '00 de Spinetta, porque a veces los números engañan. El principio del último Spinetta, quizá el más discutido por crítica y público (aunque, a juzgar por los números de esta encuesta, hay 300 músicos y periodistas que siguen venerando al Flaco). Una no tan vieja entrevista de Roberto Pettinato a Juanse en la revista La Mano, abril de 2005, contenía este diálogo:

—¿Estás de acuerdo que ya nadie escucha los discos de Spinetta de los últimos tres años, pero igual nos encanta que los siga haciendo?
—Sí, estoy de acuerdo.

La operación es simple: al menos con Spinetta vivo, sus discos de 2000 no eran demasiado escuchados. Y la sentencia no proviene de la charla entre Pettinato y Gutiérrez, sino del propio Flaco, que se lo dijo con humor a su hija Catarina en una entrevista para el canal CN23: "[Un mañana] es un disco lindo, la gente cuando lo escucha huye despavorida. (...) El más influyente es la Mona Jiménez, para mí. Lo pienso en serio, musicalmente hablando, su ritmo y su contagio pachanguero, eso, finalmente ha alimentado a mucho del rock. La parte fiesta del fútbol, no la parte asesina. (...) Quienes no somos muy pachangueros tenemos que sabernos ubicar y saber que no podemos ser tan punto de referencia, por más que todos los músicos admiren tu trabajo. Estamos en un momento muy Clubdelclanero, de escuchada fácil".

Volvemos a "Tonta luz". Decía Spinetta de ella, y Silver sorgo: "Es un rapto de desesperación. La escribí en el secuencer de mi Trinity, basándome en una forma andante, cambiando los acordes y jugando sobre la misma estructura rítmica. (...) Al terminar la canción, al cantarla y aceptar su deliberada monstruosidad, se me ocurrió agregarle un fragmento grabado durante la realización de Los ojos por otro gran técnico y amigo: Ramtés González, quien es el único técnico egipcio que trabaja en nuestro medio. Dicho fragmento es el producto de una feliz casualidad. Por curiosidad, al apretar yo un comando de la computadora, todo un pedazo de la canción empezó a sonar entrecortando simétricamente pequeños segmentos que se rebobinaban pero al derecho, hasta el comienzo del tema. Esta canción es de Los ojos, pero no quiero decir su título. De todos modos, alguien con oído fino e imaginación podría saber de qué se trata. La combinación de esta cola de cometa lingüístico con la letra de "Tonta luz", me hace feliz. Con eso resumo todo. (...) El nombre Silver sorgo tiene un sentido, o, bueno, en realidad, podría tenerlo. Es la emisión fallida de otra nueva divisa, ahora que se viene el euro. Esta nueva moneda es el silver sorgo. La Argentina es un gran productor de sorgo, entre otras cosas. Y silver, que significa plata. Sí, ya sé, el río. El río de guita que se va... El silver sorgo es una moneda irrealizable".

Vale recordar que Silver sorgo, el disco, salió en 2001. A veces los ojos del artista ven un rato antes el río que se va y el que se viene.

Spinetta suele ser tildado de aburrido, de reiterativo, de difícil. Spinetta 00 produndiza esa brecha para con el oyente huidizo a ciertas complejidades armónicas, ese macromundo que excede todo género, estalla en los oídos y lleva tiempo de asimilación. Sus temas próximos a lo que se concibe como rock ("Yo miro tu amor", "Agua de la miseria") eran celebrados en los shows como una excepción dentro de lo que imperaba, así como pasaba con las gemas de antaño. Pero bien: ¿cuánto hay de cierto en que el Spinetta de los últimos años practicó una quietud sonora cercana al estancamiento? ¿No hubo nada nuevo, siquiera rasgos novedosos, en su música? ¿Todo lo que hizo entre el díptico Los ojos-Silver sorgo y Un mañana es igual? La respuesta es no y con un poco de atención, se nota. Hubo un movimiento sutil que, es inevitable, tiene sus vaivenes con el pasado.

Ese movimiento es el que arrima a Spinetta a las aguas de la música negra (algo que se ha señalado bastante poco). ¿Un músico tan blanco en su sonido? Sí. A su manera, desde "No me alcanza", "Adentro tuyo", "Canción de noche", "No quiere decir" -y hay más, mucho más-, Spinetta roza el funk y el soul, como si hubiera (a)probado los discos que escuchaban sus hijos en los '90. O los que hacía el propio Dante con Illya Kuryaki and the Valderramas. "Me atrae el soul porque hay mucha musicalidad en las canciones y se encierran como misterios que son dignos de prestarles atención. (...) Esa mirada hacia el funk, la música de Stevie Wonder y de tantos otros genios me permite expandir el límite creativo un poco más arriba". El Flaco llegó al nivel de invitar a Dante y Valentino, con su grupo Geo Ramma, para reversionar en clave rap-metal un clásico de Almendra ("Ana no duerme", en el soterrado Obras en vivo). Y arremetió nada menos que con Necesito un amor de Manal, en la cumbre de Las Bandas Eternas. Las apuestas le salieron bien aunque los escépticos miren de reojo. El límite se expandió, se abrió un poco más.

Para los árboles es el disco donde esa búsqueda llega a su punto cúlmine, el más distinto o distintitvo del período. Spinetta se rodea de músicos ideales para lograr ese groove: Javier Malosetti; la corista Grace Cosceri, además coach vocal del Flaco (¿y la primera mujer en ser miembro estable de un grupo de L.A.S.?). También colabora un productor/técnico ducho en la materia, Rafa Arcaute, que se encarga de algunas teclas. La suma de los ingredientes hace de "Néctar" y "Vidamí" dos momentos embriagadores, mucho más livianos que otros Spinettas. Las programaciones ayudan: nunca habíamos escuchado al autor tan cercano a un pulso electrónico, aunque en Silver sorgo algo se insinuara. "Yo era sólo gelatina/ sin un esqueleto,/ sin organización alguna...", dice la letra de "Néctar": alguien olvidó darle play y replay al Spinetta bailable; y juro que lo escuché y leí elogiar a Beyoncé. Pueden horrorizarse... O bailar con él.

Pan es, a la larga, el disco más cálido de estos últimos años. El del sonido más orgánico y de banda. El de las canciones más hermosamente simples, como "Sinfín", "La flor de Santo Tomé" y "No habrá un destino incierto". "Dale luz al instante" y su "Estoy entusiasmado con tu corazón/ todos los días así, toda mi vida/ estoy iluminado con tu sencillez". El enamoramiento parece pegar y Spinetta suena más casero que nunca, relajado y con una banda que hace brillar su voz infinita y clara (sale Malosetti y entra Nerina Nicotra, otra dama; Sergio Verdinelli se hace cargo de los parches. El toque negro merodea a varias canciones, pero esta vez todo es más a flor de piel). "Bolsodios" se erige como una de las grandes canciones de todo el repertorio spinetteano.

¿Alguien dijo Repertorio? Allá viene Un mañana, el jukebox para fanáticos de todos los tiempos: "Tu vuelo al fin", para los setentistas más pesados (en todo sentido); "Hiedra al sol" y su link instantáneo a Kamikaze en otra obra cumbre, sonido a madera incluido; "Mi elemento" y la canción redonda que no aparecía desde "Seguir viviendo sin tu amor"; "Hombre de luz", "Vacío sideral" y el velo de los últimos ochentas; la estructura modular de "Canción de amor para Olga" y el instrumental "Un mañana" para reubicar en una zona de privilegio a Jade. Es el disco de los hipervínculos, como si el tipo -otra vez- hubiera sabido más que nosotros. El postre vendría al año siguiente con la sorpresa (y el show) más grande de toda su carrera.

"Spinetta y Las Bandas Eternas" nos dejó boquiabiertos desde su propuesta, con El Flaco junto a todos sus grupos legendarios haciendo un recorrido sin reniegos por toda su obra, de punta a punta. La concreción fue aún más fulminante: cinco horas y media de la música que a muchos les (nos) cambió la vida. Una reunión con amigos -sus grupos, sus discípulos, sus contemporáneos-, un acto de resistencia, un desafío a la memoria y el cuerpo porque, quién iba a resistir cuando el arte atacara... Algunos se fueron, cansados, antes de que el concierto llegue a su fin; hoy se lamentan. Los que nos quedamos no podemos explicarlo. Están (casi todos) los temas para escuchar, los videos para ver y los libros para contemplar las fotos de todos los músicos presentes. Pero los momentos son irrepetibles.

La luz, que había vuelto hace rato, fue del mañana al pasado. Hubo reconciliación. Cuando todo volvía a sus carriles habituales (para nosotros, los espectadores: esperar con atención un nuevo disco de Spinetta, ir a verlo y que arme shows con listas de temas completamente insólitas, etcétera) llegó un período de incertidumbre, sin novedades y en silencio. Y la noticia canalla, filtrada, y lo que se sabe.

La tonta luz.

Al final, qué luz de mierda.


[Foto por Sebastián Arpesella]

jueves, 26 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #3, Babasonicos


Por José Miccio
Crítico de música y cine, docente

El siglo XXI no comienza para Babasonicos con Jessico sino con Groncho y Vedette, dos discos de su paradiscografia editados en 2000. Groncho es el compañero subterráneo de Miami. Vedette, el de Babasonica. No les falta mérito ni interés histórico. Incluso llama la atención que algunas de sus canciones no hayan encontrado la manera de salir de su zona de culto. “La hierba crece” y “Dopamina”, por ejemplo. O “Promotora”, cuyo antimenemismo explícito bien podría haber vuelto a Babasónicos una banda más simpática para quienes reniegan de sus mascaradas y no se conforman con “El shopping” y la tapa de Miami. Pero ni el calendario ni la virtud ni la mala conciencia pueden contra el disco que puso a Babasonicos en boca de todos y terminó por modificar de una vez y para siempre su carrera (hace quince años habrían abjurado de la palabra; ahora no se animarían a rechazarla sin pudor). Fondo amarillo, cactus brillante, curvas como culo o montañas, nombre de tipo que pone al femenino como género modelo, “El loco”, “Los calientes”, “Deléctrico”, “Rubí”. Mejor aceptarlo: hay que empezar por Jessico.

Una y otra cosa están obviamente vinculadas, pero el acontecimiento Jessico tiene menos que ver con el éxito comercial que con la música, que a partir de entonces se hará menos mutante (o más reiterativa, si se quiere). Comparar Pasto-Trance Zomba-Dopádromo-Babasonica-Miami con Infame-Anoche-Mucho-A propósito-Romantisísmico es pasar del salto al desarrollo, del cambio a la consolidación. (Hasta podría decirse: de la apuesta al cálculo, pero sería necesario suspender el descrédito moral de la palabra para considerar el problema estéticamente). Jessico está justo en el medio. Por un lado, participa todavía del feliz impulso metamórfico al que Babasonicos se entregaba en los 90 (lo que no impide que “Yoli” tenga detrás a “¡Viva Satana!”, y que “La fox” y “Tóxica” lancen sus adjetivos igual que “Charada” y “Sharon Tate”). Por otro, funciona como modelo para buena parte de lo que vendrá. Las letras anti-identitarias que cantaba Dárgelos tenían en los primeros discos reafirmaciones musicales permanentes. A partir de Jessico quedarán huérfanas y se harán más enfáticas y sentenciosas, porque en adelante Babasonicos preferirá sacarle lustre o ventaja a un modo de grabar y componer indudablemente propio y fatalmente previsible. En los 90 Babasonicos jugaba a sumar capítulos a una novela imposible. El siglo XXI es la historia de su estilo.

Es fácil encontrar en Jessico canciones de referencia. “Deléctrico” impulsa la composición de temas para la pista de baile (“Y qué”, “Suturno”, “Microdancing”: todos escandalosamente inferiores a su modelo). “Soy rock” y “Atomicum”, la de unos cuantos rockitos inexplicables (“Sin mi diablo”, “Once”, “Ciegos por el diezmo”, “Luces” “Estoy rabioso”, “El baile de Odín”). Un track bailable, uno o dos rockeros: después de Jessico casi todos los discos de Babasónicos acatan esta ley. Se trata de un sistema de remakes encubiertas o autocovers parciales que le da a cada  álbum un aire de familia y dos o tres canciones olvidables. En A propósito, y como si se hubieran aburrido un poco, enrarecieron los modelos sin por ello abandonarlos. “Fiesta popular” es un rockito humilde pero renovado. Más interesante, “Muñeco de Haití” empieza en la pista y se dispersa luego, como si el espíritu de Dopádromo hubiera despertado para ajusticiar el bombo y una letra demasiado obvia, ya sin el encanto del “vibren-bailen” de Trance Zomba.

También “Rubí” funda su propia serie, mucho más atractiva y elástica. Babasonicos no había hecho hasta entonces nada parecido, y nunca había sonado tan cerca de Virus. “Rubí” es su propia “¿Qué hago en Manila?”. “Capricho” (de Anoche) sale de acá. Lo mismo “Estertor”, “Mareo” y “La puntita”, todas de Infame. Puro kitsch para apretar. Y es que también las fuentes de dudoso prestigio por las que Babasonicos tuvo siempre debilidad cambian a partir de Jessico. Sandro, el bolero y la canción romántica toman el lugar de Russ Meyer, el western spaghetti y el cine de terror barato. Por eso Infame -tan “Rubí” dependiente- es al siglo XXI lo que Babasonica a los años 90: un disco conceptual. Si en un caso se trataba de pasar todo por el filtro del satanismo clase B, en el otro el juego consistía en llevar las cosas al límite de lo aceptable en términos de gusto. Los géneros e intérpretes de mala reputación aparecen en Babasonicos lo suficientemente respetados como para que lo que hacen no suene a parodia o mera burla, y lo suficientemente intervenidos como para desestimar la mímesis. Cursilería y distinción: dandismo trash.

(Nota veloz. En este modo de relacionarse con la cultura de masas, y en otras operaciones similares - convertir a la nena en putita y al pibe en pendejo, por ejemplo- se apoyan quienes acusan a Babasonicos de no ser más que una banda de hábiles cancheritos. El juego romántico que comienza en “Rubí” parece posmo, parece cínico, parece fácil. Plástico, bobo, conchetón, altivo. Pero si Babasonicos fuera sólo eso que sus detractores dicen no sería Babasonicos sino Banda de Turistas).

Y finalmente está la canción babasonica. La tarea de siglo, el corazón mismo del estilo. Jessico la anuncia, Infame la pone a prueba, Anoche le da forma definitiva, Mucho, A propósito y Romantisísmico la practican con una seguridad y un profesionalismo que no siempre carecen de brillo. He aquí unos cuantos títulos: “Curtís”, “Putita”, “Carismático”, “Yegua”, “El colmo”, “Muñeco”, “Yo anuncio”, “Pijamas”, “Escamas”, “Cómo eran las cosas”, “Las demás”, “En privado”, “El pupilo”. Son canciones compuestas casi siempre en tiempo medio, superproducidas, llenas de guitarras que no vocean su elegancia. Dárgelos combina en las letras formas coloquiales y frases que chico le dice a chica con manierismos tan hermosos como “La piel, los labios donde roza la bambula/ serán mi prado, mi vergel” o “Por mi cama pasa un río/ y en el río un rebaño abreva al sol/ y un pastor inmóvil sentado a mis pies/ me canta”. No todas estas canciones son buenas, pero algunas son brillantes. “Pijamas”, por ejemplo. O “El colmo”, una reflexión sobre el arte popular totalmente anticínica. Incluso hay otras -“Tormento”, “Humo”- que siguen el modelo y lo sacuden, sólo para demostrar su firmeza e imbatibilidad.

Perece un triunfo incontestable. Un modo de componer singular que se vuelve clásico. Como pasó con la canción calamaresca y con la canción serraniana. Pero de un tiempo a esta parte algo funciona mal en este sistema infalible. Es como si en determinado momento Babasonicos hubiera decidido que grabar discos era lo mismo que fundar un museo de su talento. Es lindo recorrer sus salas: siempre hay alguna pieza nueva que justifica la visita. Pero no deja de ser triste darse cuenta que si la canción que nos atrae está expuesta ahí es porque no respira con el brío suficiente como para salirse del cristal que la protege. Mejor aceptarlo: todo lo que empezó con Jessico terminó de moverse en Anoche. Lo que vino después es estilo, en el sentido menos interesante de la palabra. O sea, la identidad contra la que Babasonicos sigue cantando.


[Foto por Andrés D'Elía]

miércoles, 25 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #4, El Mató a un Policía Motorizado


Por Facundo Lozano
Periodista y músico (Los Tremendos), conductor de Che, creo que te amo y Alta fidelidad

CANCIONES PARA EL FIN DEL MUNDO

Hace unas semanas fue el Festipulenta en el Club Cultural Matienzo. Ese día tocaron Francisco Bochatón, 107 Faunos, Adrián Paoletti y más. Cuando estaba todo terminado y yo, paradito en la puerta, esperaba que se desagotara el lugar para poder salir de manera pacífica y sin chocar mi inmensidad con todo lo que me rodea, mi mente empezó a cantar "Chica rutera". Obviamente a mi mente la siguió mi garganta y empecé a cantar. De todas maneras, lo que pasó después es lo que me hizo reescribir casi toda esta nota porque al segundo descubrí que desde adentro de Matienzo estaban poniendo esa canción a un volumen realmente escaso. Yo -al menos no conscientemente- no sabía que eso sucedía, no había escuchado que salía sonido desde adentro de la sala ya vacía. O sea, mi corazon, mi mente, mis receptores, mi sentimiento funcionó sin que me diera cuenta de manera pulsional y placentera ante un estimulo que claramente no podía evitar.

La cuestión es que mi relación con El Mató a un Policía Motorizado es de corazón: está mucho menos relacionada con mi mente, con mi capacidad de reflexión, que casi ninguna otra cosa de las que viví en estos últimos 10 años. Supongo que por esta razón, porque lo que me pasa con El Mató es inexplicable, por eso, y lo voy a repetir de manera redundante, por eso, por esa situación, es que jamás me costó tanto escribir sobre algo. Si algo te interpela, si algo te identifica, si una música o cualquier cosa te apasiona, te hace gritar, te pone contento, te mantiene pendiente, te hace repensar, discutir, pelearte y volver a enamorarte de eso mismo con lo que te habías peleado, si todo eso pasa es amor. Y cómo lo explicás si no sos Zygmunt Bauman. Soy periodista, ni psicólogo, menos sociólogo, también soy rapero y hasta en eso me influyó la figura de Santiago Barrionuevo (cantante, bajista, compositor y frontman de El Mató).

Creo que podría decir, como con poca gente de la música. que Santiago es mi amigo o al menos yo lo considero un amigo y quizás eso haga pensar al lector que mi vinculo impide que pueda hablar con una distancia, sin embargo, para mí la amistad no es esa simbiosis acrítica, perfecta e inmutable que muchos viven, imaginan o idealizan. Para mí la amistad (tema clave en el espíritu de El Mató) tiene una complejidad más grande y profunda. Hay idas, venidas, períodos de enamoramiento, de crisis; y si de verdad querés y apreciás lo que hace la persona que considerás tu amigo, en general, le decís lo que pensas de su vida y obra, te guste o no te guste. Con amor, claro, pero lo decís.

Las imágenes que me vienen a la mente para intentar describir al grupo, a su corazón, su ternura, su forma de relacionarse con quienes tenían la gentileza de escuchar atentamente lo que hacían cuando ellos recién empezaban, son miles: recuerdo a Santiago y Pantro Puto entrando al estudio de Radio de la Ciudad para disponerse a que los entreviste en la primera temporada de Alta Fidelidad, mi programa de radio, que también este año cumple 10 años. Lo recuerdo porque le pedí a Santiago especialmente que trajera una guitarra para tocar algunos temas en versión acústica, lo recuerdo porque me dijo que no le gustaba hacer eso, que lo intimidaba, que no lo hacía públicamente; lo recuerdo porque así y todo accedió y porque fue de las primeras veces que hizo esa maravilla de mostrar su material desprovisto del ruido y hoy eso se convirtió en un proyecto hermoso, paralelo, y que se retroalimenta con El Mató. Recuerdo el año en que jugamos con Santi, con el Chango, a ver quién se dejaba puestas las bermudas durante más tiempo en el año. Incluso en días con mucho frío. Me vienen las charlas con Alejandro Almada (el manager) sobre política, sobre peronismo, sobre el under, sobre la historia de nuestro rock, me viene la cantidad de veces que se copó en dejarme pasar a verlos y me llevó a saludar los chicos al backstage. Me acuerdo de una fecha que organicé en Plasma en donde tocaron Javi Punga y Santi y que fue alucinante. Las veces que se vino de La Plata sólo para hacer una nota conmigo y con Lucas Garófalo en Alta Fidelidad. 

No olvidaré jamás su cara de respeto y atención, seria igual, cuando luego de escuchar La dinastía Scorpio le comenté que no creía que les sentara bien ese sonido pulido que habían conseguido a fuerza de toques y grabaciones en estudios profesionales. No lo voy a olvidar porque era tan reciente todo que se lo comenté de una manera un tanto vehemente, para ser cariñoso con mi carácter de mierda, y él, lejos de enojarse, de irse, de "hacerse la estrella" o de pegar una ñapi tripera en la boca, me escuchó con atención, me rebatió cada uno de mis argumentos y siguió conmigo toda esa noche charlando y compartiendo buenos momentos. Aclaro, sus argumentos terminaron convenciéndome. Tengo un vago hilo de memoria que así y todo no borra de mi disco cómo el Chango daba vueltas para que le prestaran un bajo para poder tocar hasta que se compró uno.

Escuché muchas ideas de defensores y detractores de los chicos que con una guitarra comunista festejaron la navidad de reserva, ganaron un millón de euros en juegos de Play y pelotas de fútbol, le enseñaron a los hombres "machos" lo que son las mujeres bellas y fuertes, las chicas de oro, los que te ayudaron a revivir de ese día de los muertos, los que te ofrecieron ser parte de una dinastía no sectaria y tierna, y no sé qué pienso de ellas. Que son una banda kirchnerista; que Santiago es evangelista; que promueven la proliferación de pibes y pibas que creen que pidiéndoles un poco de plata a su padre va a estar todo más o menos bien; que son una banda novedosa, que va a llenar estadios; que es la nueva futbolización del rock; que nivelan para abajo; que son una banda que se repite a sí misma, que se copia. Sinceramente, creo que todas esas lecturas se quedan un poco cortas y tampoco creo que yo pueda ayudar a develar (no es desvelar) el misterio de por qué las canciones de Santiago marcaron estos diez años y marcarán la música argentina de aquí en adelante, cómo es que su revolución de los gordos sexys y románticos coincidió con la de Seth Rogen y ahora muchas chicas nos miran creyendo que podemos darles amor y entenderlas. 

Lo que sí se es que El Mató a un Policía Motorizado no es una banda que con sus canciones quiera cambiar el mundo, es una banda que con sus canciones quiere mejorar y ayudar a que la pasemos mejor en el fin del mundo. "Imagino y pienso seguido cómo se cruzan las diferentes profecías sobre el fin del mundo. Por un lado, el fin del petróleo; por otro, el fin de agua, el cambio climático. También están las profecías mayas y una baja del magnetismo de la tierra. La gente se vuelve loca, dementes peleando por nada verdaderamente importante. Entonces ahí, los que estén en armonía con el universo y entiendan la verdad, evolucionarán hacia una nueva era de luz. Supongo que habrá grupos, profetas, peleas, locura y mucha violencia romántica. Va a ser divertido", eso me dijo Santiago Barrionuevo en 2009, su visión fatalista y romántica cuando The Walking Dead recién empezaba. El Mató, un poco, esos protagonistas de una peli de George Romero que se sabe se van a salvar y yo, por lo menos yo, un zombie enamorado, un poco más inteligente y con corazón enamorado de su cerebro. Me siento parte de la comunión de las pandillas y de la de las parrillas también. 

Y vos, te pueden gustar o no, pero su importancia en esta década, quizás, sea un tanto indiscutible.

lunes, 23 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #5, Andrés Calamaro


Por Oscar Cuervo
Editor de los blogs Taller La OtraUn largo y Uno cada día, conductor de La otra.-radio, docente.

A esta altura de la soirée creo que no hace falta presentar a Andrés Calamaro, estrella multitarget, artista transversal como no hay otro, lo supe desde la última navidad que pasé con mi tía Eva y ella me dijo: “qué lindas canciones que hace Andrés”. Ella nunca me habló así de Charly ni de Fito ni de Cerati, menos que menos de Spinetta. Así que ahí comprendí que Calamaro lo había logrado: instalarse en el corazón popular, tan difícil de alcanzar. Desde la otra punta de la legitimidad, y en la misma década, el Indio Solari versiona “El salmón” y comparte el escenario con Andrés, algo que sabemos que el Indio no hace desde aquel Excursionistas.

AC ya entró en el canon. Habiendo hecho constar su  versatilidad transgenérica, vamos a eximirnos de repetir las razones obvias. No vamos a descubrir a Calamaro. Trataremos de enfocar algunos pocos puntos que lo ubican como artista destacado del siglo XXI.

Si el citado siglo empieza en el 2000 (cosa que es materia de controversias, pero no nos conviene revisar eso justo ahora, que estamos terminando de publicar los resultados de nuestra mega-encuesta y los apuntes con los que nuestros amigos contribuyeron a analizar a los artistas más votados), entonces hay que admitir que justo ese año Calamaro arrojó la última bomba atómica del rock argentino, estoy hablando de El salmón, obviamente. Las circunstancias autobiográficas de su producción también estás sobre-escritas. Pero creo que vale la pena todavía pensar en qué momento de la historia del rock argentino aparece, cómo establece su contemporaneidad, cómo señala a sus precursores y determina su posteridad.

Hay una tensión de Calamaro con su propia obra a la que El salmón llega a ajustar cuentas. Él fue alguna vez el pendejo que opacó el brillo escénico de Miguel Abuelo en la primavera alfonsinista, con sus hits ligeros y pegadizos, algo que se reprocharía a sí mismo. Porque el alfonsinismo terminó como todos ya saben y casi al mismo tiempo, o un poco antes, Miguel se murió. El ambiente festivo de esa década corta resultó tener demasiada muerte olvidada sólo por un momento. Charly escribe ya en el año 88 (pero la grabará en el 98) “Todo el mundo quiere olvidar”. Lo reprimido vuelve: si hay una ley de la historia, una sola, es ésta.  Por ende, en el 89 presenta sus credenciales el Calamaro disidente, el otro, su lado noir, el Calamaro blue. Su carta de presentación es Nadie sale vivo de aquí.

Es menester señalar que hay al menos dos Calamaros, como había dos (o tres) Romeos, los Bang Bang de la canción de aquel disco del 89:

Él nació pegado a su hermano siamés
y una tercera cabeza que había sumaban tres
y juntos fueron estrellas de rock
pero la tercera cabeza no tenía relación
con los dos hermanos, Barry y Tom
y había que torcerse para no tocarse.
Dos Romeos son dos Romeos pegados
y alguna que otra Julieta hay
dos Romeos, dos romeos eran más
que cualquier Romeo individual.

De pronto, el chico de los hits vuelve algo sombrío y logra una inquietante metáfora para hablar de lo que la sociedad quería esquivar: “había que torcerse para no tocarse”. Ahí escala del talento al genio.

De todos modos, el tránsito posterior de Calamaro parece alejarlo de esa zona delicada: se va a España y con el rock insolente y expansivo de Los Rodríguez hace prevalecer su lado hitero, mucho más eficaz ahora puesto que su universo (su mercado) se ha expandido a toda el habla hispana. Eso parece no tener techo. Cuando la juvenilia madrileña de Los Rodríguez haya completado su ciclo (con algunos muertos a cuestas también), vendrá el AOR-de-un-single-tras-otro, Alta suciedad. Una gema elegante, producida por Joe Blaney, bien Los Angeles, con sonido internacional, balance perfecto, sesionistas soñados y cierta turra frialdad a través de la cual Andrés anunciará su disidencia de modo civilizado, de modo que todos quieran comprársela. Pero late ahí una sorda rabia que tanta brillantez aligera.

Hay luego un pequeño gesto: un año después de Alta suciedad AC edita un disco que a veces ni siquiera figura en su discografía oficial: Las otras caras de Alta suciedad, versiones no tan pulcras de algunos de los grandes hits, más un gusto por hurgar y apropiarse de un repertorio popular que va desde Gardel hasta Moris, pasando por boleros, rumbas y rancheras (gusto que expandirá en el paso siguiente). Hay ahí una desprolijidad tímida que va a explotar en el doble Honestidad brutal. A esa altura, el Bang Bang disidente toma el comando. Hace demasiadas (37) canciones, se pone oscuro un poco demasiado, se avinagra y se aspereza. Desde el título mismo, este disco extraordinario es ya un gran gesto pendenciero. ¿Contra quién? Contra la Compañía, contra el mercado, contra el público que lo venera por esas canciones redondas e irresistibles, contra el público que lo desprecia por esas canciones redondas e irresistibles.

Contra sí mismo.

El talento instantáneo y el dinero rápido lo han ido amargando por dentro. Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, un mundo vil corea sus estribillos.

Si todo hubiera quedado ahí, un historiador del rock en español diría: ese fue su disco descarnado. Su gesto honesto. Pero resulta que al poeta disidente no le parece suficiente (este pequeño ensayo adopta cierto gusto por la rima fácil, contagiado de ya saben quién).Y entonces se arma la podrida: La Podrida del Rock and Roll, podría llamarse, evocando a aquella Pesada de Billy Bond que tuvo una misión crucial en la primera mitad de los 70. El salmón es una revuelta y una vuelta de La Pesada del Rock and Roll, donde en lugar de tocar Billy, Spinetta, Pappo, Charly, Lebón, Gabis, Medina, Martínez, Pajarito Zaguri y Jorge Pinchevsky tocan Calamaro, Calamaro, Calamaro, Calamaro, Fogliatta y Pappo. Todos secundando a los diversos solistas que son: Calamaro, Calamaro, etc.

El salmón es un vómito del siglo XXI incubado en la fiesta demasiado larga de la década infame del siglo anterior. Hay por ahí algunos potenciales hits desperdigados que en otro contexto más amigable habrían sido recibidos con pitos y matracas (“Revolución turra”, “All you need is pop”, “Valentina”, “Tuyo siempre”, Gaviotas”, todos inoculados por una alta toxicidad que los bizarrea demasiado para las buenas maneras del pop); y una relectura sórdida de un repertorio entre popular y plebeyo, con deslumbrantes apropiaciones de “Así”, “Alfonsina y el mar”, “Libros sapienciales”, “El día que me quieras”.

Pero ese disco quíntuple con silueta de pescado alargado es una película de horror, el corazón de las tinieblas, una resaca muy insistente, un plano secuencia interminable de la era del pesar. La rabia que lo anima no le permite buscar matices para airear el ambiente. Calamaro nos incita a encerrarnos en su habitación oscura. Su facilidad para la melodía entradora es poco a poco dejada de lado y a medida que nos internamos en su melancolía terminal, este depresivo famoso amenaza con no soltarnos nunca más. ¿103 canciones? ¿307? ¿mil y una?

En este disco inmenso (literalmente) Calamaro logra un par de cosas: uno, convertirse en un labrador de la palabra, esto es: en un poeta. Vayan y oigan, las 103 letras se sostienen sobre sus propias patas, sin trucos pop. Dos: El salmón es el último gran relato producido por el rock argentino. Relato social escrito en primera persona, con una proximidad a menudo incómoda, como alguien que te habla demasiado cerca y te hace sentir su mal aliento. Pero no se trata de un ego-trip.

Hace poco un amigo volvió arrepentido a su casa,  
Y ya por acá ni pasa, ni el teléfono atiende.  
¿Serán las indicaciones del psiquiatra?:  
"Seguí con el Ribo, pero ni te juntes con el músico furtivo"  
No lo culpo, a mí me pasó algo muy parecido.  
Y me desintoxiqué, engordé,  
Y desayunaba al mediodía cinco minutos de felicidad.  
La verdad, que a veces mataría por otros cinco minutos más.  
¿Y que más? El resto de la vida  
¿La vida? ¿Cuál vida?  
La mía te asustaría.  
A mí que la vida me gusta también me asusta.  
La verdad que tengo momentos de debilidad.  
Y quiero ir al cine, ir a cenar al lado de una pareja de amigos,  
Hablar de Jarmusch y Abel Ferrara,  
Y ninguna mañana rara,  
Y ninguna mañana rara.  
Miro a los otros que son como yo... mala vida.  
Si no se suicidaron ya, fue por cobardía.  
Cómo quisiera ser tan diferente  
¿Qué habré recibido a cambio de ser un solitario del carajo?   
¿Un buen trabajo? ¿Facilidad musical? ¿Violencia intelectual?  
Fama, respeto... no está mal.  
Pero la herida es mortal.  
No estoy solo, de verdad,  
Me acompaña mi propia soledad.  
De verdad, me acompaña mi propia soledad.  
¿Nadie sabe lo que pasa con la gente diferente?  
El bohemio se pudrió mucho antes del milenio.  
¿Y el reo? Queda feo 
En un mundo grasa ¿qué pasa con los vagabundos y los borrachines y los soñadores?  
Yo te digo qué pasa: se quedan sin casa   
y la vida moderna los arrasa,  
Les pasa por arriba y se los morfa, se los come  
O los encierra bajo dieta de Cindor y cocaína  
O les lame el orto, esperando que terminen arrastrándo-se.  
No lo sé. 
A mí me parece claro como el agua podrida.  
C'est la vida... 

(“Mi funeral 11”, que parece que forma parte de una serie de varios “Mi funeral” que quedaron en alguna caja).

Antes de terminar, quisiera agregar que esta obra tremenda se inscribe en una tradición: la de “De nada sirve”, “Porque hoy nací” e “Informe de un día” (“Esta reflexión sólo me sirve para tomarme un café,/ y el amanecer que ahora me espera/ es garantía de mi fe”). El salmón no ocurre en Los Angeles ni en Madrid: es porteño hasta la médula. Y molestamente extemporáneo. Nadie por entonces batía la justa. Lo importante es olvidar, decía Dargelos. Parecería que después el rock argentino perdió esa potencia narrativa. Ya gobernaba la Alianza, no lo olviden. Las grandes narraciones en las que toda una comunidad puede reconocerse estaban a punto de irse de los recitales.

El resto es historia conocida.

viernes, 20 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #6, Pez


Por José Miccio
Crítico de cine y música, docente

El rock argentino del siglo XXI se llama Pez. Trece discos en quince años. De Frágilinvencible a El manto eléctrico. Y un montón de canciones para guardar en el cajón que más importa: el de las cosas que nos sacuden el alma y nos ayudan a entender o dejar de entender por fin lo que nos pasa.

El universo de Pez tiene una extraordinaria densidad rockera. Salvo el reviente (desterrado ya en su primer disco) no hay relato del rock que no tenga su lugar. La independencia económica y artística, la habitación adolescente, la huida de casa, la inquietud existencial, la fortaleza anímica, la contracultura, la ecología, la tecnofobia, el existencialismo, el romanticismo lumpen, la ciudad que ahoga y fascina, la mística oriental, la nena. Todo tiene en Pez un eco, una tradición. En “La gota” está “Canción para mi muerte”. En “Maldición”, “Dale gracias”. En “Y las antenas comunican la paranoia como hormigas”, “Contra todos los males de este mundo”. En el librito del doble en vivo - “2 CDS, 29 canciones, ningún hit”- Minimal dice que “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar” es Pez jugando a Crazy Horse, y que “Sus alas no vuelan, ya no pueden volar” es Pez jugando a Floyd. En “Cassette” la adolescencia está contenida en los Crass y en TSOL. En “Los lados B” la infancia está en la palabra Kiss. Y así con todo o casi todo. Porque no hay en Pez sino folklore, en el sentido -“raíz ancha”- que le da a la palabra “Por siempre”, la maravillosa canción que abre su disco de 2004 (Folklore, justamente).

Pero -evitemos confusiones- la discografía de Pez está muy lejos de ser un mero catálogo o un refrito de lugares comunes destinados a la identificación simple. El rock no es para Pez (sólo) repertorio, teatro e institución: es un código de límites indetectables para la educación estética y sentimental de los espíritus inquietos. En otras palabras: una música para las almas sensibles. Es obvio, pero recordarlo no está mal: la importancia de los discos no se mide en unidades contables. Se necesitan medidas de intensidad. Todos lo sabemos: hay discos-experiencia. Misiles que te meten en la pieza, que te llevan al garaje, que te sacan de casa para siempre. Pez habla de esto a cada rato, pero nunca con tanta claridad como en el díptico “Roma”-“Refugio”, de El porvenir. En “Roma” la canción verdadera no es la que pauta la radio (el lenguaje es anacrónico) sino la que estalla en la pieza. En “Refugio” el alma sensible realiza dos movimientos. Primero se encierra en su habitación para escuchar música e imaginar mundos imposibles (gran detalle de la letra: es en un momento instrumental que eso sucede, no cuando la canción dice sino cuando deja de decir). Después abandona el hogar donde gritan Tomás y Raquel (otro gran detalle, esta vez cotidiano, como el “Verónica ríe” de Cantilo en “El bolsón de los cerros”), listo para formar una banda de rock. Tal vez una como Pez, que trata temas complicados.

Alguien sufre, se ata a eso que lo lastima, canta la angustia impiadosamente, se da ánimo. El existencialismo rocker de Minimal viene de lejos. Es feroz y luminoso, porque el rock lo quiere así. Sucede desde siempre: los discos más oscuros (con las excepciones del caso) no nos ponen frente a nuestros propios tormentos sin ofrecernos a la vez un escudo insuperable con el que enfrentarlos. Andá (vení) que vas a volver, nos dicen. El riesgo es la sensibilidad, no la vida. Este drama es permanente en Pez, y adopta cientos de formas. El título más categórico al respecto es Frágilinvencible. En el conceptual y apocalíptico Volviendo a las cavernas la humanidad se inmola en el vino envenenado que toma con tanto gusto pero el mundo aparece otra vez en plenitud para la familia que en el sobre interno mira desde la cueva, lista para empezar otra vez. Si de imágenes se trata, hay una especialmente atractiva. El dibujo de tapa de Folklore (obra de Alejandro Leonelli) se llama “Lo que crece y se mueve progresivamente es derretido por el caos que baja y se abre camino sin armonía”. Pues bien, a esta amenaza Pez no deja de oponerle un movimiento de sentido contrario, cuyo dibujo podría llamarse: “Lo que baja y se abre camino sin armonía es detenido por lo que crece y se mueve progresivamente (o mejor a los saltos)”.

Toda la discografía de Pez es un escenario para el enfrentamiento de estas fuerzas. En “Todo lo que ya fue” gana lo que baja, en “Phamton Power” gana lo que crece. Pero el reparto no es parejo (y no hay empates, por supuesto, aunque sí fotos de la lucha indecisa, como “Rey, verdugo y esclavo”). Esto es rock, y en el rock triunfa lo que va para adelante, incluso (sobre todo) cuando las imágenes más poderosas no resultan las de la salvación sino las de aquello que nos acosa y lastima. A los rockeros les gusta Burroughs, pero al rock le gustan los clásicos, el romanticismo y los cuentos de hadas. El patito feo con una guitarra puede ser Pete Townshend. El adolescente sensible pasa de maricón a jinete en la tormenta. Es bien sabido: hace falta un príncipe que termine con el villano, pero sin villano no hay interés, ni drama verdadero, ni catarsis. Pez hace canciones como conjuros y exorcismos: hay que traer al demonio para espantarlo.

La mejor reflexión de Pez sobre esta disputa entre lo que oprime y el espíritu que da pelea es “Maldición”. La canción (segunda de Folklore) presenta la angustia con una pregunta-ruego (“¿Cuándo va a parar?”), recorre sus manifestaciones en frases límpidas, de dominio público (la falta de respuestas, la almohada que te abraza, las piernas flojas, la fórmula de rendición “todo es una mierda”) y finalmente hace entrar en escena a su antagonista (la resistencia anímica, el príncipe), luminoso y herido: “Pero un guerrero siempre avanza/ y en la punta de su lanza/ brilla el sol mientras no deja de pensar en:/ ¿cuándo va a parar?”. Es el optimismo del desesperado, incluido en una estructura circular que lo condena (que lo invita) a luchar sin vencer. Sísifo en versión Camus: hay que imaginar al guerrero feliz. “Saber que perdimos nos hace ganar”, canta Minimal en “20 días sin dormir”. Y en “Bettie al desierto”: “Ahora que ya es tarde/ Bettie vuelve a empezar”. En la tapa de El porvenir hay un viejo. Título para estas aventuras del alma rocker: “Haciendo real el sueño imposible”.

Hay otros pares en Pez, además del que forman lo que te detiene y lo que te empuja a continuar. Por ejemplo, persistencia y fluidez (un valor absoluto, asociado siempre a la calma y al mar). O este otro, afín pero no equivalente: identidad y devenir. Algunas canciones hablan de ser uno mismo, otras de perder la conciencia (nunca por medio de drogas), emanciparse de la física, fundirse con la naturaleza. De un lado: esto soy, esto hago, esto sé. Del otro: muto, me abrevio, me vuelvo inconsistente. En otras palabras: hay en Pez voluntad y mística. Autoafirmación y arrebato. Dos de sus covers: “I’m Not Down” de los Clash y “Parvas” de Almendra.

Todo esto sucede fundamentalmente en el lenguaje. Pero en una canción el lenguaje no depende de sí mismo. Minimal no escribe poemas (igual que Spinetta, igual que Solari). Un equívoco literaturista impide pensar en “Que me pisen” a la hora de identificar grandes letras de rock en castellano. O en “Juana de Arco”, esa maravilla de los Ratones Paranoicos. Pero lo cierto es que hay más arte en el “La-la-lala-la” de Juanse que en las profundidades a las que aspiran unos cuantos. No se trata -más vale- de que las letras no importen: se trata de que su poder depende casi todo de la música que lo hace posible. Una canción de rock dice antes que nada: Yo no digo, yo sueno. Y luego sí, una vez atrapados por el sonido, las palabras pueden resultarnos poéticas, volverse consigna o tatuaje, llegar a nosotros con una plenitud que parece provenir solo de ellas. Es inútil desestimar su energía. Copiamos pedazos (de letras) de canciones en la carpeta del colegio, en la agenda, en las remeras, en la pared, en el placar, en los libros, en las tarjetas que acompañan los regalos de amor. Pero es la música que subyace al recuerdo de la letra lo que determina su fuerza emocional. ¡¿Escuchaste lo que dice?! viene después de ¡Escuchá eso! En Pez abundan las frases de fácil transcripción. Y momentos asombrosos como la oración con frase adjunta con la que empieza “Por siempre” (“Se van -el tiempo apremia y tienen que partir- las almas”). Como las canciones están a la altura de lo que pretenden no hay riesgo de fatuidad. Pero a veces algo se pierde en estos éxitos: esas iluminaciones de la palabra que no existen más que en el sonido, que no envían señales cuando leemos las letras en el sobre del CD o en la página del grupo, y cuya maravilla no se puede comunicar sino poniendo play y diciendo: ¡ahí! En el sauna eléctrico de Pez, por ejemplo, “Árbol, dame asilo” es un momento más bello y más poderoso que declaraciones que parecen funcionar por fuera de la música como “Sin justicia no hay luz/ sin furia, libertad”, por recordar dos canciones del maravilloso El sol detrás del sol (“Desde el viento…” y “Tristezas del sur”).

Difícilmente alguien copie en su carpeta ese instante de gloria, cuya emoción inmensa se sostiene toda en el sonido. Pero es lógico: nadie nunca prefirió llevar encima “Luna loba dedo cal” en lugar de “Mañana es mejor”. Lo que importa es otra cosa: el hecho de que lo que nos hace anotar las palabras no está todo en las palabras sino en eso que no podemos anotar (la música tiene una escritura, por supuesto, pero el tema es otro). En el caso de Pez, que cambia y cambia, que se hace folk en Hoy, que se hace hard en Volviendo a las cavernas, que se hace progresivo en Folklore, que se hace punk en Pez, que se hace folk, hard, progresivo y punk en cualquier momento, incluso en una misma canción, en el caso de Pez, decía, lo que importa antes que nada es la brillante combinación de (presuntos) opuestos que conforma su sonido y el talento compositivo y vocal de Minimal. La voz decide buena parte de la fortuna de una canción: es el espacio en el que la letra y el sonido se vinculan y discuten. Se trata de un arte difícil, imposible de evaluar en términos de afinación. (Palo canta mejor que Aznar. Aznar es incapaz de pifiar una nota). La voz delicada de Minimal le hace bien a sus letras tremendas. O mejor dicho: hace a sus letras tremendas. Es como si Baglietto fuera punk y escribiera en plan Rimbaud.

Se puede decir: Pez toca sinfónico con fiereza punk y punk (en su fenomenal disco homónimo de 2010, por ejemplo) con profundidad sinfónica. Y también: si no fuera una banda genial sería una banda horrible. No una bandita más. No una de esas que: Sí, está bien, tienen lindas cosas. De ese límite delicado que separa a veces lo excepcional de lo insufrible (de ese riesgo mayúsculo) deriva buena parte de su excelencia. Las canciones más inflamadas de Minimal son la prueba mayor. No hay nada más conmovedor que el aliento épico de “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”, “Espíritu inquieto” y “Al espacio”, tres canciones de pura intensidad. Si fracasaran, serían ridículas. Triunfantes, detienen el tiempo, como Neil Young en “Caballo loco”, el homenaje de Pez al líder de Crazy Horse. Himnos místicos y existenciales, van bien adentro. No al inconsciente: al corazón. Uno los canta como poseído, con los ojos y los puños cerrados, doblándose, haciendo muecas. El que mira de afuera al que se sacude así no ve más que payasadas. Desde adentro se siente como un arrebato, como si la canción te transportara y te dejara otra vez quieto, el mismo y otro, perdido y encontrado.

Señalé tres canciones memorables. Pero hay muchas más. “Y las hormigas…”, “Cassette”, “Los orfebres”, “Y cuando ya no quede ni un hombre en este lugar”, “¡Vamos!,  “El viaje”, “Después de todo somos eso que ya no se puede ver”, “Faltan miles de años más”, “Sol, un fantasma en la ciudad”, la brillantísima “El manto eléctrico”. Debería añadir: sin olvidar las mencionadas previamente (“Maldición”, “Por siempre”). Y también: etcétera. Qué alegría. Pez tiene un montón de canciones que merecen un lugar en Escuchá esto si querés saber lo que me pasa y en Pfff, qué viaje, los dos clubes más selectos del rock. No hay en Argentina muchas bandas que se puedan jactar de semejante logro.


[Foto de Pez por Victoria Schwindt]

jueves, 19 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #7, Divididos


Por Federico Anzardi
Periodista (ex editor de Rock Salta, editor del blog Frases rockeras)

En 1998, una pancreatitis está a punto de matar a Diego Arnedo. La enfermedad obliga al bajista a bajar muchos cambios y a Divididos a replantear su carrera, por entonces incierta después del autoboicot por el éxito de La era de la boludez. Ese año aparece Gol de mujer, un compilado de lugares comunes del grupo. Un penal fuerte y al medio.

En febrero de 2000, el Suplemento Sí! pone en tapa a un Ricardo Mollo flaco que contrasta con el gordo que se comía las cuerdas de sus guitarras. El impactante cambio es “la consecuencia visible de una fuerte transformación interior”. “No sé qué hacer con mi pasado, con mi presente y mucho menos con mi futuro”, dice, contento con su incertidumbre existencial porque la ve como un nuevo comienzo. Ese año empieza a tomar clases de canto. El tipo que gritaba y roncaba despierto en la aplanadora noventosa comienza a dejarle el micrófono a un cantante limpio y profundo.

Divididos madura hasta posicionar esa revolución del ser en el lugar más importante de su motor creativo. Convierte a Ricardo Mollo en el gran protagonista de los últimos quince años de la banda. Narigón del siglo, yo te dejo perfumado en la esquina para siempre, publicado a principios de 2000, es la primera señal del cambio.

Para grabar el álbum, el grupo aprovecha el 1 a 1 y se instala en Abbey Road. La experiencia londinense entrega dos grupos de canciones separadas por temáticas bien definidas, a medio camino entre el sonido clásico de la banda y la innovación. Con el tiempo se convierte en uno de los discos más celebrados del trío.

Lo primero que se escucha en el disco es la radiografía social de un país cíclico. Divididos vuelve a hablar de una era de la boludez que sigue su curso. Narigón… marca características que van más allá del cambio de siglo. Señala la tendencia nacional a estallar siempre a fin de año, logrando una “mezcla rara de angustia y cañita voladora”. “La firma del opa” habla del menemismo en fuga y está musicalizada con un tambor metálico que le da un aire de gobierno de república bananera.
La otra sección de canciones es la más atractiva y representa el verdadero cambio. “Par mil”, “Qué pasa conmigo”, “Vida de topo” y “Spaghetti del rock” forman la columna vertebral de la renovación espiritual. Con una balalaika tocada por Arnedo y tablas hindúes a cargo del baterista Jorge Araujo, Mollo desinfla su ego reconociendo no ser tan importante y aclara que lo suyo no es una cuestión religiosa, sino una búsqueda interior que espera encontrar el alma. Probablemente golpeado por una separación traumática que lo lleva a preguntarse qué pasa con él y a empezar a entender que se agranda con un poco de amor, el flaco Ricardo no quiere angustia ni soledad. “Spaghetti del rock”, una balada con cuerdas y estribillo FM es una incursión inédita para la banda. Con la sensibilidad a flor de piel, Divididos deja de lado sus clásicas letras abstractas y pone las emociones al frente.

El 2000, año fundamental para Divididos, sienta las bases del futuro. En doce meses, el trío avisa que no se va a quedar quieto. La presentación de Narigón del siglo... en el Luna Park junto a DJ Zuker, el show experimental en la desaparecida FM Supernova y el concierto en el Pucará de Tilcara son muchos hitos en poco tiempo.

La mezcla rara de angustia y cañita voladora aparece otra vez en diciembre de 2001. Menos de un año después, Divididos vuelve a editar un disco mitad existencial y mitad escrito con el diario. Vengo del placard de otro es un álbum heterogéneo y desparejo, donde se percibe a un trío que todavía está buscando “qué puertas abrir, qué puertas cerrar”. Las morcillas de la tapa no sólo son el moretón del golpazo nacional post Fernando de la Rúa, también funcionan como cicatriz de la banda. El grupo atraviesa la tranquilidad después de la paliza, aún sin saber para dónde ir. La foto interna, con Arnedo en camilla tras haber sido asaltado y golpeado, es más que apropiada.

Otra vez, lo mejor está en la búsqueda interior. “Puertas” es una gran metáfora del caos mental y los desafíos de comenzar de nuevo. La inclusión de “Guanuqueando”, de Ricardo Vilca, grabada en vivo en Tilcara, no sorprende. Es un paso más en el camino folclórico de la banda. A Mollo se lo escucha mejor. En todo el disco ya canta distinto, pero acá disfruta en medio de un clima de peña no marketinera, sin ponchos. El audio que cierra el álbum (“Uei paesano”) parece agregado de apuro para respetar la cuota absurda de cada disco. Es un trabajo con poco humor, de recuperación y volver a ponerse de pie. Narigón del siglo... había sido el impulso, Vengo… es la duda, el preguntarse si el cambio es efectivamente posible.

La búsqueda continua en 2003 con un show acústico en el teatro Gran Rex, editado en un álbum doble llamado Vivo acá. Sirve para romper prejuicios y mejorar canciones. En 2004, Jorge Araujo abandona el grupo y lo reemplaza Catriel Ciavarella, el cuarto y hasta ahora definitivo baterista de la banda. Comienza entonces un ostracismo discográfico que impacienta a los fanáticos y a la prensa. Se vislumbra un Chinese Democracy autóctono. Pero el proceso que había comenzado en 1998 está consolidándose internamente.

“Más vale que los rockeros jamás se topen con los personajes hijos de puta demonios colaterales del gran estupefaciente de la represión que pretende conducirnos por el camino de la profesionalidad. Porque en esa profesionalidad se establece un juego que contradice a la liberación, que pudre el instinto, que modifica como un cáncer incontenible la piel original de la idea creada”, escribió un Spinetta rabioso en 1973 en su manifiesto Rock, música dura, la suicidada por la sociedad. Amapola del 66, publicado en marzo de 2010, reivindica las ideas del rock que originaron el movimiento en nuestro país y provocaron que Mollo y Arnedo se hicieran músicos. El disco rechaza la industria que reemplazó la angustia existencial de los inicios y que moviliza todo proceso creativo.

“Muerto a laburar” y “Amapola del 66” resumen la idea del disco. En la primera canción, Luca Prodan es utilizado por la maquinaria discográfica y comercial del rock, que lo vuelve morbo-pasión, bandera y ringtone. En la segunda, Mollo canta mejor que nunca y dice que el tiempo es hoy, abriendo un círculo que se cierra dos temas después, en “Senderos”: allí explica que viene de ayer, pero no es el ayer. Mañana es mejor. Spinetta omnipresente. Los herederos del Flaco podrían cobrar regalías por este álbum. Amapola del 66 no es una reedición de los viejos valores, sino una redención del ingenuo sueño del rock que sirve para trascender al ser, encontrar el alma.

En los últimos quince años, Ricardo Mollo y Diego Arnedo sumaron a su gran capacidad instrumental y compositiva un elemento que es más difícil de encontrar y que no aparece sólo por ensayar mucho con el baterista de turno: aprendieron a hablar sólo cuando tienen algo para decir. Alcanzaron la madurez conociendo sus tiempos. Nada suena forzado en el Divididos actual. Porque bebe de sus influencias y convicciones más profundas para mirar al futuro.


[Foto por Ignacio Arnedo]

miércoles, 18 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #8, Flopa Manza Minimal


Por Joaquín Vismara
Periodista (Página/12, Rolling Stone)

La trascendencia a veces suele ir a contramano de las ambiciones. Algo nacido sin la intención de ser nada en concreto termina convirtiéndose en un mojón destacable del recorrido histórico. Flopa Lestani, Manza Esain y Ariel Minimal pueden dar cuenta de ello. Lo que comenzó como una reunión de amigos intercambiando canciones fomentados no más que por la admiración recíproca que generaba en cada uno de ellos la obra de los otros dos se terminó convirtiendo en un trío que pergeñó un único álbum de estudio, antes de disolverse en el tiempo por las obligaciones que cada uno de ellos tenía con sus proyectos individuales.

Cuenta la leyenda que, tras la disolución de Mata Violeta, la banda en la que tocaba el bajo, Flopa hacía circular entre sus amigos algunos CD-R con las canciones que grababa en su casa. Una de esas copias fue a parar a manos de Minimal, y el disco se convirtió en su soundtrack personal durante la última gira de Los Fabulosos Cadillacs antes de que el grupo pasase a estado hibernación. De regreso en Buenos Aires, el líder de Pez la contactó, y sumó al encuentro a Manza, a quien ya conocía desde que compartieron ambiciones madchesterianas en Martes Menta. Tres voces y misma cantidad de guitarras fueron más que suficientes para salir a presentar un repertorio que hubiera quedado perdido en el aire si no hubiera sido por un fan cordobés (el poeta Vicente Luy, nada menos) que se dispuso a financiar las horas de grabación de un disco que nunca estuvo en los planes de nadie.

En una primera aproximación, el álbum sorprende por su sencillez. A medida que se profundiza en él, esa simpleza deriva en intimismo y fragilidad pastoral. Desde “Los días por llegar” hasta “Bye Bye (creo que también ya lo escuché)”, el trío ofrece una docena de viñetas agridulces, en donde la constante parece ser la derrota, y la canción la mueca resignataria. El formato es la clave: salvo contadas intromisiones de baterías, guitarras eléctricas y piano rhodes, todo queda librado a las acústicas y los juegos de voces. Los tres armonizan con una prolijidad envidiable, en una dinámica en la que el protagonismo va rotando sin fricciones.

En algún modo, Flopa Manza Minimal es una ventana a miedos, incertidumbres y miserias de sus propios integrantes. “Soñando estrellas por la mañana, y por las noches esperando el sol, y no hay calma y mi alma no descansa nunca”, “Ni gracia me hace saber que en tu lista estoy debajo del Álbum Blanco”, “Ella envió de regreso mis cartas, mi orgullo, mi estupidez”… una colección de temores absolutamente terrenales e identificables. Cada palabra parece elegida con precisión quirúrgica. Al igual que con la música, todo está calculado en la medida justa.

Publicado a mitad del 2003 por Azione Artigianale, tanto el disco como el trío corrieron la misma suerte que los demos de Flopa que llegaron hasta Minimal. Esas doce canciones circularon de mano en mano, como si la necesidad de divulgar esa obra fuera una urgencia imposible de desatender. En un contexto en el que los artistas convocantes se peleaban por medirse en escenarios que sólo les quedaban a mano en un clima post devaluatorio, ahí estaban estos tres amigos haciendo patria a favor de la belleza de lo simple. Canciones a puro piel y hueso, como hacía rato no se escuchaban por estas latitudes (y que hoy en día tampoco abundan).

Flopa Manza Minimal pasó a estado hibernación al poco tiempo, cuando las fricciones entre el ala masculina del trío se pusieron ásperas como para seguir adelante. Desde entonces, cada uno retomó este cancionero por su lado (Manza en Valle de Muñecas; Flopa y Minimal en sus shows en solitario), lo que no hizo más que alimentar un culto deseoso por su regreso. El operativo retorno se dio en dos ocasiones en 2010 y 2014, en ciclos de shows que no prometían acciones a futuro, sino que celebraban pasado y presente. Aun si no llegase a materializarse una segunda entrega, Flopa, Manza y Minimal deberían estar orgullosos. Con casi no más que guitarra y voz, le dieron al rock local la colección de canciones más absurdamente linda que tuvo en décadas. 


martes, 17 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #9, Lisandro Aristimuño


Por Patricio Féminis
Periodista de cultura, espectáculos y música popular de raíz folkórica (Caras y Caretas, Clarín, Hecho en Buenos Aires, Sudestada)

EL MELODISTA SIN FRONTERAS

No es extraño. La música del cantautor (una definición en tensión, ya, en la cultura sonora argentina del siglo XXI) de Viedma, Río Negro, sigue sin hallar o necesitar rótulos entre quienes, con la mente en las bateas en declive comercial, siguen buscando espejos para aquietar sus propias imágenes o preconceptos sobre los géneros. ¿Qué hace Aristimuño? ¿Qué hará mañana? A esta altura de la evolución musical del país, en que la raíz folklórica se cruza con el rock, el jazz, la electrónica y hasta las cuerdas clásicas, en un desarrollo creciente y crucial, la obra de Lisandro Aristimuño sigue dinamizándose, encuentra nuevas generaciones en las cuales resonar, y se perfecciona a niveles de ajuste técnico e instrumental tampoco sin espejos por aquí.

“Yo tomo todo lo que escuché: soy un resultado de todos ellos”, dijo Aristimuño en una entrevista que le hice para un diario nacional en 2013, cuando estaba tramando los primeros ciclos de presentaciones de su último disco Mundo anfibio en el Gran Rex, con convocatoria siempre hacia arriba (y las plateas llenas también). Un festival de cuerdas para su alma de rock, un vuelo de melodías en ritmos con aires siempre más allá de lo que, en otros tiempos se nombró, hasta el hartazgo, como rock cuadrado. Predecible. Autoconsciente y poco desafiante. Pero el rock -como filosofía, como acción- siempre fue un cuestionamiento de sus propias normas y poderes, incluso cuando el mercado lo volvió un remedo trágico o satírico de los referentes esenciales. Aristimuño conecta con las tradiciones del rock argentino en su guitarra, en su capacidad melódica y en su ética de canciones, y su destreza está en hacer fluir sus canciones hacia otras tradiciones siempre en movimiento: las de, lo que se da en llamar aquí, folklore.

Una concepción amplia de música popular que también es herencia y resultante del trabajo de muchos de sus contemporáneos. Dar nombres sería pretencioso: demasiados artistas poco conocidos están en la misma senda de Aristimuño y bien lejos de todo ánimo posmoderno para leer la realidad y la cultura. Son creativos clásicos, con las herramientas de hoy, y todas las memorias musicales que les dio nacer a fines de los 70 y en los 80, atravesar los años del neoliberalismo con pavor pero con las antenas alertas, y esos radares son, hoy, quienes pueden electrificar sus guitarras, construir melodías con reflejos de músicas norteñas, o litoraleñas, atesorar las cosmogonías de los pueblos originarios, sufrir en las ciudades o en cualquier pueblo perdido, y salir a grabar, tocar y editar discos, como búsqueda de aire y de futuro. ¿Aire? Así como en el folklore se llama “aire de zamba” o “aire de chacarera” a una canción que respeta esas formas rítmicas pero no las estructuras de danza (o sea, emplean las formas para un desarrollo en otro contexto), Aristimuño se crea sus propios contextos de escucha cada vez. Las melodías hacen el resto: a él siempre se lo podrá cantar. ¿Requiere esfuerzo su música? La buena siempre demanda algo más que una difusa atención de fondo: letras y cuerdas acompañan ese fuego de rock, ese cielo de folklores.

Decía también en aquella entrevista de 2013: “Me di cuenta de que últimamente hay mucha juventud que ya pone ritmos folklóricos en sus canciones. Es una influencia muy marcada y está re bueno, porque genera una identidad que hay que festejar. Es nuestra música: qué mejor que lo contemporáneo tenga algo nuestro. En otras épocas no era así, o querían ser todos Rolling Stones o electrónicos pop”.


[Foto por Fram Rossi]

lunes, 16 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #10, Liliana Herrero


Por Patricio Féminis
Periodista de cultura, espectáculos y música popular de raíz folkórica (Caras y Caretas, Clarín, Hecho en Buenos Aires, Sudestada)

LA VOZ QUE INTERROGA

Ella trae a los ausentes y los presentes. A los idos, a los que volverán, a los que traman nuevos sentidos en las orillas caminadas: en las venideras. En memorias y en identidades aquí delante: Liliana Herrero, la entrerriana nacida en Villaguay en 1948, comparte y reúne en su voz un caudal de melodías, ritmos e interrogaciones acerca de la cultura argentina hecha sonoridad, silencios, necesidades de cambios. Ella, la que se radicó en Rosario en 1966 y se desafió a sí misma en cada uno de sus discos. La que trazó una forma inquieta y liberadora, también incómoda, para reapropiar las músicas argentinas en nuevos oídos. Retomar legados, poéticas, formas del decir de provincias; desnudar retóricas de tradición congelada; desarmar discursos sobre lo propio y lo ajeno; contener en la voz a las voces de los que no están y celebrarlas como huellas de vanguardias de otros años. Hacia un futuro pendiente.

Con diversas formas de cantar, Herrero siempre fue a buscar aquello otro de sí misma en cada proyecto, cada estela de lo que imaginó desde aquel primer disco de “folklore supermoderno”, como se lo definió entonces: Liliana Herrero (1987). El disparador de una larga cadena de discos (y voces) que influyeron, con ella como artista central, en los nuevos exponentes del folklore de esta década. Muchos públicos también se formaron con su voz: sus desafíos en cada reinterpretación de clásicos del cancionero folklórico, y la inquietud siguió fue reflotada en los discos que vinieron: Esa fulanita (1989), el segundo con producción de su amigo Fito Páez. Ya en plenos '90, desacomodada -otra vez- de los sonidos imperantes, hizo el tercer disco, Isla del Tesoro; dos años después, en 1996 sacó El diablo me anda buscando (grabado en vivo en La Plata); luego El tiempo quizás (compilación de los dos primeros discos); Recuerdos de provincia (1999) y Leguizamón-Castilla (2000). Ya en 2003, habiendo sobrevenido la crisis y el corte de época, presentó Confesión del viento; en 2004, Falú-Dávalos.

El otro universo de Herrero, el de los ríos, llegó con el disco doble de 2005, Litoral, uno de ellos dedicado al Paraná y el otro al Uruguay. Se enciman los recuerdos, las canciones, las interpretaciones, y la enumeración se detiene en momentos puntuales del disco de 2008, Igual a mi corazón, en el que versionó al tucumano Juan Quintero y al chaqueño Coqui Ortiz. También volvió sobre Fernando Cabrera, el cantautor uruguayo que ella ayudó a hacer conocer en la Argentina, ahora con “La casa de al lado”. Pero hay más razones que hicieron de Igual mi corazón un trabajo central: entre ellas, haber grabado junto a Mercedes Sosa la “Zamba del arribeño”, además de “Brillantina de agua”, de la uruguaya Ana Prada (con Marcelo Moguilevsky, Lisandro Aristimuño y Liliana Vitale), “Sonko querido” (con Lilián Saba en piano y arreglos), “Canto labriego”, de Teresa Parodi, con ella misma recitando y cantando…

Mucho podrá decirse de cada detalle pensado y concretado por Herrero en sus nuevas obras (versionar es apropiar; desarmar es recomponer) y desde los territorios del país que acercó a quienes desconocían de qué otras formas puede pensarse la música popular argentina sin clichés. Sin festejos solemnes. Así se había pensado, también, para editar su primer DVD en 2009, llamado Todos estos años de gente, con recuerdos de años, melodías y compañeros que colaboraron en sus discos previos. Liliana Herrero siempre fue un puente.

Sus últimos discos, a la fecha, son Este tiempo, de 2011, y Maldigo, de 2013: allá por marzo de este año, inquieta por encontrar la forma de expresar lo que quería, conectó con quienes fueron parte de sus tramas productivas. “Para Maldigo lo convoqué a Lisandro Aristimuño a hacer una coproducción, como he convocado a tantos otros: Diego Rolón hizo la coproducción artística de Litoral, un disco fundamental para mí, y Fernando Cabrera fue coproductor consultante. Los primeros fueron coproducidos con Fito Páez: Liliana Herrero, Esa fulanita, Isla del tesoro. No sólo artísticamente: Fito los bancó económicamente y después me los regaló. Un gesto enorme que no olvidaré jamás. Por eso, cuando me dieron el premio a la trayectoria en la música en el Fondo Nacional de las Artes, yo dije: ‘Esto que ustedes llaman la trayectoria no se me ocurrió a mí, sino a aquel señor que está parado allá y que se llama Rodolfo Páez”.

viernes, 13 de marzo de 2015

Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #11, Juana Molina


Por Oscar Cuervo
Editor de los blogs Taller La Otra, Un largo y Uno cada día, conductor de La otra.-radio, docente.

Si tengo que pensar en las piezas más bellas de la música argentina del siglo que comienza, se me aparecen obras que son destilados de las grandes tradiciones populares del siglo anterior: el folk límpido, elegante y final de Cerati, la aspereza con que Liliana Herrero deconstruye la proyección folklórica modernista de los 60 y la repone en un contexto surcado por el rock y la nueva canción latinoamericana, las crónicas negras del Salmón, como exasperación resacosa del realismo urbano de Moris y Manal, la voz salvaje de Luciana Jury que trae ecos de todas las voces de todos los desiertos que lleva en su sangre… Pero si tengo que pensar en una forma cancionística (es un decir) que se afinque directamente en el siglo XXI, lo primero y lo segundo que se me ocurre es Juana Molina. Me explico: en un juego retro-prospectivo, yo podría pensarme en los 80 imaginándome canciones como las de El Salmón, Maldigo, Fuerza Natural o En desmesura, como prolongaciones posibles de la música popular argentina moderna. Obviamente, no podría imaginar las canciones mismas, pero sí la línea de puntos que ellas vendrían a ocupar en continuidad con aquel presente ya pasado. En cambio, no parece que la forma musical que cultiva Juana Molina a partir de su disco Segundo pudiera preverse en los años 80 (a menos que se prestara atención a un detalle muy lateral y anómalo de aquel entonces, sobre el que volveré).

En la canción juanina (¿o molina?) tal como queda delineada a partir de Segundo, hay una nueva sintaxis pop que se hizo posible por la mutación de las condiciones de producción de la música, una artesanía tecno-hogareña que prueba timbres inauditos, casi cómicos, en el galponcito del fondo de su casa y enuncia sus voces desde esa intimidad. Juana hace música como quien dibuja sola en su gabinete en las horas altas de la noche, sin pensar en “mi nuevo disco”; menos aún en “los Cuarenta Principales”, o “cuántas estrellas me pondrá la Rolling Stone”. Ella pensó desde hace mucho la música de otro modo, como si probara y anotara en un cuaderno variantes de comidas con los restos que hay esa vez  en la heladera e inventara manjares culinariamente incorrectos pero ricos.

A fines de los 90 era muy pronto para que alguien la entendiera y obviamente nadie la entendió. Su máxima transacción con la época fue Rara, donde la época (en ese caso, Gustavo Santaolalla) y ella cederían cada una un poco para quedar ambas bastante disconformes. No importaba. Ahí estaba el aviso de lo que Juana haría después, aún encorsetado en un formato convencional. Igual, todos estaban esperando que volviera a hacer Juana y sus hermanas. (Lo que terminaría haciendo en sus canciones, sin que nadie se diera cuenta).
Decía que hubo una anomalía en aquellos 80 a la que era muy difícil augurarle una continuación posible. Me refiero a Eduardo Mateo. Por razones locas, o por carambolas de la historia familiar o social, Juana escuchó a Mateo, igual que algunos otros lo escucharon. Pero creo que nadie como ella vio en el uruguayo un río musical a seguir navegando. Ella sí. Tomó de él la repetición maníaca, las estructuras disparatadas, el error como principio metodológico, los espacios vacíos, todas cosas que provocaron admiración en algunos y horror en otros, sin que nadie se hiciera cargo de la posibilidad de seguir navegando por ahí. Ella sí.

Los últimos años de su vida, los menos comprendidos, Eduardo Mateo vivió obsesionado con las posibilidades maquínicas de una tecnología que a fines de los 80 era poco proclive para sus ocurrencias insensatas: su música se cuadratizó hasta el cuelgue y ese fue su último gesto radical, escuchando una posibilidad que por entonces nadie más oyó. Unos años después, Juana accede a la máquina de ritmos y a la loopera y entonces encuentra un soporte tecnológico que le permite continuar eso que había escuchado en él: la busca del error, su persistencia, la construcción, capa por capa, de una arquitectura del error, hasta que éste termine por mostrarse como el único camino correcto.
Eso se hace en soledad, como decíamos, en el fondo de la casa, indiferente para y frente al mundo. Así cambia la escena de la enunciación y cambia el tono y la textura del enunciado. El suave dadaísmo cotidiano, el disparate coloquial, los humores cambiantes de una chica difícil que anota maldades en su diario íntimo: así es como Juana piensa y así es como construye sus letras. Por eso, más que sus discos, sus actuaciones en vivo son representativas de su arte creativo, a pesar de que se parecen tan poco a un recital de rock o a una peña. Juana en escena recrea su taller de canciones del fondo de su casa.

Libros, herramientas, botones, carpetas
enteros los rollos de unas telas selectas
todo se acumula y no encuentra nada
el moho y el polvo con el tiempo no acaban.

Un día decide que todo se tira
pone todo en bolsos y lo deja en la esquina
de pronto se acuerda de aquella belleza
¿por qué tiré todo? No es mi naturaleza.

Uuuh...  essso…
Tanto santo dando, sí...
Tanto santo dando, sí...
Lo tenía hace tanto...
Lo tenía hace tanto...
Lo tenía hace tanto...
Lo tenía hace tanto...

"La rata", el tema más idiosincrático de su último disco, Wed 21, contiene una exposición de su programa creativo y de su visión del mundo. Su deformidad tímbrica y sus armonías sinuosas parecen fuera de orden para su tempo swingueado, marcado desde el principio por el loop del bajo, cruzado por abruptos silencios y descargas casi punks de la guitarra distorsionada. Insinuaciones nunca apaciguadas en géneros reconocibles, que se subordinan al decir de Juana, cercano al susurro, aunque amenazando con desembocar en el brote psicótico que no llega. Lo que queda es una canción del siglo XXI.