lunes, 8 de septiembre de 2014

Jake Bugg, el hombre de la calle


El Nuevo Bob Dylan. Otro más. O el tercer hermano de la Dinastía Gallagher. Estas dos y más analogías-comparaciones se soltaron en el aire junto con el debut discográfico de un niño que recién cumple sus 20: Jake Bugg, el pibe que vino a devorarse el mundo a fuerza de guitarrazos. Hace poco más de un año y medio, su aparición impactó no sólo por la frescura y la potencia de las canciones: quedamos boquiabiertos al enterarnos que el autor de las mismas tenía 18 años.

Y a los dieciocho, como si fuera un tipo que ya la vivió, Bugg cantaba que... ¡bebía para recordar y fumaba para olvidar! Gracias a Two fingers, el gran hit del primer álbum -que lleva su nombre, y ya- aprendimos que el fuck you en Inglaterra es válido también enseñando dos dedos: el del medio, pero además el índice. Acá, mostrando esos dos levemente abiertos, somos compañeros peronistas; allá, casi con lo mismo, te están haciendo un fuck you gigante. Sabelo. Bugg, como Dylan, le hace ese fuck you gigante al ayer. Y al dolor. ¿Por qué? Porque “algo está cambiando”. No hace falta que les diga quién dijo eso hace cincuenta años. Y no hace falta que diga que sí, que a partir de este tema de estribillo candente y letra pícara -ex-ce-len-te-, la vida de Jake Bugg cambió. Luego lo dirá él mismo.

Quizá la primera impresión acerca de su música nos haga pensar que este inglesito de Nottingham está vendiendo demasiado cuán joven es. Lo primero que deja rastro en la memoria auditiva es la urgencia de sus canciones, que parecen de un yanqui y no de un inglés. Esa prisa country-punk traducida a guitarras aporreadas -la influencia de los dylanes y youngs más electrificados, o del Paul Weller que tenía más o menos la misma edad que Bugg cuando rompía todo con los primeros discos de The Jam-, sumada a la voz de pendejo canchero que se las sabe todas. Algo queda claro a primera vista sobre Jake Bugg: la calle es su lugar.

Aunque con el correr de las escuchas y tras una lectura más atenta de las letras -sí, aunque muchas de ellas cuenten historias típicas de adolescentes, porros, noche, amores y amigos-, nos encontramos con las canciones de un sabio. Pareciera que todo hombre sabio tiene una consciencia distinta de la vida ya cuando teen. Acá en Argentina, tipos como Nebbia o Spinetta lo exhibían en sus canciones con Gatos y Almendra: reflexión y evocación, primero. Afuera, además del sabio de Minnesota, otros cerebros -atención: podrán ser rockeros, podrán ser reventados, pero primero son cerebros- tuvieron esa sensibilidad desde púberes. Algunos tenían tal consciencia que se murieron demasiado rápido y nos dejaron con ganas de más (pregunten en la recepción por Nick Drake).


Cuando arribamos al costado más folk de Bugg, ése en el que la música baja un cambio, podemos notar que el autor se pone reflexivo y entre rasguidos y arpegios de acústica también sale triunfante. Simple as this es el mejor ejemplo de esta faceta íntima: una hermosa canción de amor en la que el protagonista encuentra la cura a su bajón después de una búsqueda espiritual y supercherística poco exitosa. Cuando se acelera en la noche, en cambio, JB es capaz de asegurar que ya “lo ha visto todo y nada más puede impresionarlo”. Lo dice con tal actitud que no sólo parece hablar de la noche en que se clavó un par de éxtasis, sino de la vida toda.

***

A fines del año pasado, con los ojos de la prensa británica ya posados sobre él y nada menos que Rick Rubin como productor, Jake Bugg sacó su segundo disco, Shangri La. Cualquiera habría esperado un tiempo más, pero la inspiración de Bugg parece ir de la mano con la urgencia de sus canciones más punzantes. Rubin le deja menos lugar al cancionista folk e, inicialmente, el disco parece una repetición del primero sin tanto momento slow. Pero, tras un par de escuchas, notamos con alegría que no es así, que las canciones están y las influencias se han ampliado (¿Tom Petty? ¿R.E.M.? Escuchen).

El mérito de Rick Rubin en Shangri La es haberle dado más profundidad en el sonido a canciones que tenían una simpleza desde lo estructural pero un contenido notoriamente hondo. All the reasons y Simple pleasures son muestras perfectas de ello, por su tempo y su duración. Hay más aire.

En Me and you llega la pronta reflexión sobre la fama y el mencionado “cambio de vida”: de la tranquilidad del pueblo y los amigos al asedio permanente de fans y prensa; el tipo se queja porque no puede estar tranquilo con su novia y está rodeado de guardias y paparazzis. O sea: si Me and you no fuera un temazo, podríamos decir que Bugg es un pendejo engreído. Probablemente lo sea. Pero parece que el niño está listo para llenarnos de buenas canciones. Entonces, haz lo que yo digo pero no lo que yo hago: con Jake Bugg, todavía tenemos mucho por ver.


[Publicado en Revista Domo en marzo de 2014, antes de ver a Bugg en el festival Lollapalooza y enamorarnos definitivamente.]

viernes, 5 de septiembre de 2014

Para ir: Orquesta de Música Sudamericana


La Orquesta Sudamericana es una agrupación dirigida por la pianista y compositora argentina Nora Sarmoria. Hace siete años, este grupo de 20 músicos (a la directora se suman Ivana Traboulsi y Mariel Sala en violín; Mariano Kahayan y Anahí Parrilla Belfer en violoncello; Sebastián Heudtlass en bajo; Lucas Mantovani y Gabriel Medina en flauta traversa; Javier Banchio y Patricio Bottcher en clarinete; Matías Carazzo en saxo soprano; Ignacio Oliva en saxo alto; Andrés Jorge en saxo tenor; Héctor Cantin en saxo barítono; Ary Lacanna en trompeta; Martín Robbio en piano; Luna Felenbok en voz; Violeta Juárez y Emiliana Piccini en guitarra; y Juan Cruz Donati en percusión) interpreta temas de diversos autores del continente como Hermeto Pascoal, Eduardo Mateo, Cuchi Leguizamón, Egberto Gismonti, Hugo Fattoruso, entre otros.

Ya publicaron dos álbumes de estudio y son músicos jóvenes que han tocado en diversos escenarios de Buenos Aires (el CAFF, el Centro Cultural Haroldo Conti, el Centro Cultural Adán Buenosayres, la Biblioteca Nacional, el teatro IFT y Tecnópolis). Con arreglos propios y el aporte de composiciones originales de su directora y de algunos de sus integrantes, la Orquesta se propone el desafío de plasmar con una sonoridad y orquestación sinfónica los distintos estilos y ritmos de Sudamérica.

Desde sus comienzos, además, realizaron ciclos de shows en el espacio NoAvestruz, que los alojará nuevamente los próximos viernes de septiembre. La cosa arranca hoy, viernes 5, y se extiende al 12 y el 19 del corriente. Como suele suceder, para la ocasión contarán con invitados especiales en cada fecha. Hoy los acompañarán Quique Sinesi e Hikaro Iwakawa; el viernes 12 lo hará Juan Falú; y la fecha de cierre, el viernes 19, se presentarán junto a Juan Quintero.

Quedan invitados, nosotros también nos daremos una vuelta. No solemos hacer este tipo de difusión pero cuando aparecen proyectos nobles como el de la Orquesta, sentimos casi la obligación de levantarles el pulgar.


*La Orquesta de Música Sudamericana se presenta los viernes 5, 12 y 19 de septiembre en NoAvestruz (Humboldt 1857. Palermo). Entrada: $70. Reservas al: 4777-6956 o escribiendo a reservas@noavestruz.com.ar.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Andrés Ruiz: soy El Visitante


“La cultura rock me dio la idea de la mutación constante y de no luchar por adaptarme, sino más bien encontrar un espacio en donde ser un inadaptado”.
Daniel Melero.
***

Hace más o menos un mes -no me pidan exactitud, gracias- me encontré con Andrés Ruiz en su casa de Once. Nos debíamos el encuentro desde la salida de Huésped, su último disco; entonces pudimos saldar la deuda.
Supongo que hay varios detalles de Huésped que cualquier lector curioso/seguidor del rock independiente habrá descubierto en el sinfín de notas que Andrés dio. Pero bien vale recordar algunos de esos pormenores de la realización del disco para comprender mejor el resultado final.

Huésped fue compuesto pieza por pieza, canción por canción, para volverse disco allí. No sé cuán común es este procedimiento pero parece haber funcionado más que bien. Explico mejor: la canción uno del disco, Luna de verano, es también la primera canción compuesta y grabada para el disco. El desafío de Andrés -me dijo que tiene temas para tirar al techo- consistió en componer el disco completo utilizando la Metodología Mostaza Merlo: paso a paso. Si el tema uno iba por un lugar, el tema dos no iría exactamente por el mismo. Un ejercicio de composición, un poco para divertirse y otro poco para huir de aquello que ya tenía y podría haber grabado. La famosa foto del momento, quizá.

Lo otro que ya se leyó y repito: Ruiz toca, a excepción de los saxos marcianos del merlense Sergio Merce, todo lo que suena en el álbum. Me sorprendió no leer en ninguna crónica que Andrés llevó a cabo una restricción consigo mismo como instrumentista: la batería, su instrumento “principal” durante años -aunque no en su faceta solista, claro-, está programada -o “electrónica”, como más gusten- en todos los temas. No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina. Al ser Huésped un disco casero, grabar una batería en condiciones óptimas era muy difícil... Pero debo suponer que la primera decisión que tomó respecto del álbum fue sonora.

Ese sonido gélido, sumado a otras texturas que tienen un valor protagónico dentro de la obra -los sintetizadores- le da al disco un carácter ochentas innegable. Así, la ligazón con cierto rock argentino de aquellos días resulta inevitable, empezando por Silencio de Los Encargados, nave insignia del tecnopop en nuestro país. También, aunque sea obvio, puede asociarse a Huésped con obras más reconocidas como Privé de Spinetta y una de las cumbres del rock argentino, el Modern clixs de Charly.


Más allá de Meleros y Charlys, hay un condimento que resalta cada día más en los discos de Andrés Ruiz. En lo que podría catalogarse como una trilogía dentro de su discografía -los últimos: Ruiseñor, Un santo nuevo y Huésped-, donde se nota un devenir de AR hacia lo cancionero cada vez más sintético, lo que creció de manera exponencial es su voz, que llega a un nivel de expresión notable. Sospecho que Andrés es uno de los mejores cantores de su generación, no por capacidades técnicas o de registro sino por su caudal interpretativo. Si me había resultado sorprendente cuán claro dice su performance en el mencionado Ruiseñor -descubrí su obra con ese disco, luego fui para atrás-, a estas alturas ha perfeccionado notoriamente esa cualidad de susurrar como un príncipe glamoroso. Casi que logra croonerearla a niveles Bowie y Moura. Definitivamente, esa profundidad vocal es la clave y una de las marcas distintivas en canciones notables como Trono, Estallará la noche o Las almas.

En sus letras también hay un universo propio, donde los animales y la naturaleza son la referencia constante para apelar a mundos más cercanos con lo fantástico que con lo cotidiano. Ese universo lo emparenta con artistas tan disímiles entre sí como Ciro Pertusi (obsesionado por los perros y los pájaros) y Spinetta (bueno, el Flaco ha tenido tal obra e influencia que es inevitable no ligarlo a casi todo lo que anda rondando por ahí... pero no me digan que estos versos de Brote no les remiten a A estos hombres tristes, por ejemplo: Cuando despierto empiezo a brotar/ Soy un tallo que va germinando/ Me hundo en el pasto/ y avanzo hacia el fulgor/ Mis raíces se han cansado/ de esperarlo todo").

Para terminar, vale recaer en otro concepto que Andrés resaltó en varias entrevistas. Al ser consultado sobre el nombre del disco, Ruiz aseguró que lo de "huésped" apunta a que no se siente parte de ninguna movida: "La palabra huésped implica un sentimiento de no pertenencia, el invitado no es de aquí ni es de allá. Es recibido, acogido, pero nunca será parte. De alguna manera me siento así".

Y tiene razón: su canción no es ni indie, ni latina, ni beatle, ni otracanción. Aunque bien sepamos cómo se manejan las radios y los grandes medios difusores en general, no deja de resultar un enigma que siquiera un musicalizador agarre este Huésped y lo haga sonar. Será como dice el autor, también: "Mi música es periférica. (...) Está ahí, en las sombras, llamando cada vez más la atención".

Esperaremos los próximos movimientos sabiendo que Andrés, como enuncia Melero, debe estar buscando el nuevo espacio en donde ser un inadaptado.


*Andrés Ruiz continúa presentando Huésped este viernes 22 a las 23.30, en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, Capital). Entrada: $60.

[Fotos de Camel Alzat.]

lunes, 11 de agosto de 2014

Dos semanas de musicalizador


Hace un par de semanas (o poco más, no me pidan tanta memoria), Agustín Pisani, genial escritor-monologuista-humorista-conductor que conocí por medio de Pablo Vidal (La Perla Irregular), me invitó a musicalizar el programa que hace junto a Federico Di Paolo en Radio Atómika, intitulado BocaBoca y que sale de lunes a viernes de 11 a 13 horas.

La propuesta que me hizo Agustín fue concreta: "elegí 30 canciones y las pasamos durante dos semanas". Es una práctica que llevan a cabo desde que BocaBoca comenzó: invitan a músicos, periodistas y allegados a que elijan sus canciones favoritas (o las que se les canten en el momento) para que roten en el programa. Por supuesto que acepté al instante, la idea era noble, me encantó y supe que cumplirían con la difusión.

Como la selección era totalmente libre, decidí pasar (díganme hipster, pero es lo que hago acá también) treinta bandas y solistas emergentes, o como más les guste decir. Los hay con un solo disco y otros de más trayectoria, pero lo que sonó fue esto que les presento aquí abajo, por si les interesa descargar y escuchar. Hice una selección bastante exhaustiva, abriendo el juego a distintos tipos de "rock" y debiendo descartar al menos otra treintena de grupos que podrían haber estado tranquilamente. Será la próxima.

Lucas Martí y Dario Jalfin - Hacer real
Miro y su fabulosa orquesta de juguete - Epifanía #32
Sig Ragga - Chaplin
Fede Cabral - Berlín
Viva Elástico - El gran encuentro
Mejor Actor de Reparto - Construcción
Los Sub - Todo lo que quiero en este momento, oh
El Atolón de Funafuti - Octoplus
Mi Amigo Invencible - Salto del nido
El Perrodiablo - Algo sobre estar vivo
Shaman y los Hombres en llamas - Perdemos la piel
Gabo Ferro - Lo que no se puede decir
María Pien - Madera y mano
Florencia Ruiz - El futuro, flor
La Joven Guarrior - Chica de Puán
Fotos del Otoño - Alfil
Acorazado Potemkin - Desert
Botis - Historias de barriletes
Panza - Nada es rosa
Mostruo! - El control 
Thes Siniestros - Alabanza 
Un día perfecto para el pez banana - México
Valle de Muñecas - Vanidad 
Alfonso Barbieri (con Lucio Mantel y Palo Pandolfo) - Renacer
Pablo Dacal - Tanta rigidez 
Andrés Ruiz - Cuando al rebaño quiero matar
ChauCoco! - Nada nuevo
Prietto viaja al cosmos con Mariano - El bombero
Bichos - Nena 
Zelmar Garín y Eduardo Herrera - Gospel 

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miércoles, 6 de agosto de 2014

Mejor Actor de Reparto: El premio de las canciones


En el rock de Buenos Aires de los últimos diez años parece haber dos microcosmos más allá de la siempre atrayente luz capitalina: uno es la ciudad de La Plata, con su enorme cúmulo de bandas -patria indie y alternativa, cuna también de grandes e históricos-; y el otro es el aún más ecléctico rock del Oeste de la provincia. Aunque en los últimos años, el Sur también grita fuerte su “presente” -en especial de la mano del sello Triple RRR Discos-, nos hemos acostumbrado a recibir novedades en cantidades desde estas dos latitudes, de donde las bandas emergen casi por generación espontánea. El resultante enriqueció y redefinió sonidos y estéticas del rock local (en su ámbito más pequeño, al menos).

Una sensación casi mundial -bueno, exageremos un poco- atraviesa al concepto de Oeste: si el Sur es romántico por su paisaje grisáceo, aquella belleza descompuesta del arrabal y las fábricas; entonces el Oeste es, siempre, zona de conflictos, territorio en ebullición. Salvajismo. De las calles, de los bares más pulenta, de los equipos de fútbol con las barrabravas más temerarias y pintorescas (entre comillas), del tren más -tristemente- célebre del conglomerado, de los Barones del Conurbano que se eternizan en las intendencias, de los lugares más trasmano del mundo, de la avenida más larga y más rea, de la inseguridad más acechante y asesina (bueno, eso dicen los medios)... Y de las bandas de rock multipalo. Se puede aseverar que la cantidad de grupos que emergieron de por allí abren un abanico de géneros sorprendente: hemos visto pasar ante nuestros ojos y con mayor o menor fortuna a cantautores intimistas (Coiffeur, Juanito el Cantor, el insólitamente ignoto Checho Flá); cancionistas calamarescos (Ella Es Tan Cargosa...); latinistas empedernidos (Nuca, Yicos); folklóricos que rockean (Semilla); poperos sofisticados (Ojas); y los que mezclan todo lo anterior (Árbol). También personajes que merecen el cartel de genios inclasificables, como Botis Machín -hoy solista errante- y su colectivo La Manzana Cromática Protoplasmática.

***
Soy un idiota.
Así, con esas palabras, comienza el álbum debut de Mejor Actor de Reparto. Lo sospechamos desde un principio: tienen que ser del Oeste.
Probablemente nada, la primera canción, descarta pronto la idea de un horizonte amable -¿o acaso no son queribles los actores segundones que reciben el Oscar del montón?- para ser en cambio el primer cachetazo de un debut más bien salvaje. El estribillo de la canción perturba por su indefinición: Mauro Duek, la voz cantora, grita que todo le habla “de tu, de tu, de tu...”. Así, incompleto. ¿¿¿De ??? ¿De tu qué? Nunca se sabe. Se lee estúpido, pero escúchenlo: es más desesperante de lo que parece.


En el camino de este debut homónimo (escuchen aquí) nos encontramos con un bloque de canciones rudas y otro de piezas más sosegadas, un equilibrio que le sienta bien al sonido prístino pero punkie del disco. Detalle fundamental: la producción corre por cuenta de dos Barones del Oeste, que han demostrado saber del tema: Pablo Romero y Matías El Chávez Mendez.

En esa ambivalencia que vuelve indispensable a todos los tracks -nada sobra- el primer puesto del bloque rudo se lo lleva Si querés. La música va en crescendo de la mano de una letra que comienza con propuestas ¿amorosas?, que luego pasan a un tono oscurísimo. El hombre comienza romántico, pero de “cumplir tus promesas mirando el mar” a “escupirle a un ciego”, “poner una bomba donde haya gente”; y luego “saltar de la terraza, colgarse del cuello y romperlo todo” termina habiendo casi un solo paso. Aunque sea el que avanza del Abismo a la Nada. Hay que animarse a cantarlo todo así de fuerte y claro.

Desde el otro polo, las canciones más cristalinas no por ello dejan de acarrear rencor; el de la distancia y el adiós. Parece ser la temática inevitable de todo el álbum. Hush, con su pulso folk, se eleva desde el primer play como el hit más potable, con sus latiguillos irónicos -¡ya estamos grandes y vacunados!- que redundan en las pocas ganas del protagonista de recibir cuestionamientos (“no me digas nada más”). Tren que tren -el Oeste, el Conurbano, sí- y su amago de estribillo que tampoco llega, se erige como el momento contemplativo o lo más cercano a un slow tempo. Y Sábado es, por poco, la excepción al desencanto, en tanto podría ser de un grupo de los sesenta si no fuera por algunas irrupciones guitarrísticas más dignas de Pixies que de Beatles. Todo vuelve a su lugar.

El último tema del álbum funciona como el broche de oro y la consumación de -sí, así de pronto- eso que los críticos llaman estilo propio. Construcción parece tenerlo todo para ser una canción memorable: el desarrollo del tema está montado pacientemente, es casi fílmico y hace equilibrio entre las melodías épicas cantadas por una garganta a punto de quebrarse, las guitarras sutiles que se tornarán filosas y la sensación de que todo flota y viaja a la altura y la velocidad adecuadas.

Si el Oeste vistió en todos estos años un traje multicolor, se puede decir que Mejor Actor de Reparto queda perfecto de negro: de camperas de cuero o de traje, estos cuatro jovenzuelos ya están listos para saltar. Ellos mismos lo cantan: “Sólo la canción te va a salvar/ la película que protagonizar, ya empezó”.
Y el premio no tardará en llegar.


[Publicado en Revista Domo, en su edición de junio.
Foto de la banda por Magdalena Pardo.
]

sábado, 26 de julio de 2014

Para ir: Festival Encandila


Matías y Federico Córdoba son dos capos. No por ser hinchas de Racing -bueno, un poco sí es por eso-, sino porque se ponen la camiseta y además de ser avezados y emprendedores periodistas (los invito a leerlos: Mati lo hizo en su momento con sus blogs Scaletric y Avellaneda Blues, Fede lo hace en Estados Desunidos y El otro Messi), gestionan festivales como el que sucederá esta noche en el Zaguán Sur.

El Festival Encandila presenta cuatro bandas para no perderse: Valle de Muñecas y El Perrodiablo, ambas trabajando en sus nuevos álbumes y con un vivo encendidísimo; Los Sub, que siguen presentando su discazo Confiá; y la novedad de Las Armas Bs. As., el costado guerrillero y conurbano de Ramiro García Morete y Joaquín Inza, de Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete. Si andan cerca, mándense que no se van a arrepentir. Por si las dudas (y por si no saben que haciendo clic en la imagen se agranda el afiche), anoten: la cita es en el peronista e ideal Zaguán Sur (Moreno 2320) a las 21 horas, y la entrada sale $50.

Después no digan que no les avisé.

martes, 22 de julio de 2014

La remera de los marcianos


Tengo muchas remeras rockeras con las que me encariñé. Muchas que uso hace años, y otras que tuve y fui desechando (por ser de grupos que ahora no me gustan, más que nada: todas me quedarían si las tuviera, a lo sumo un poco más chicas, como para usar de entrecasa).

Si tengo que elegir una y sólo una me quedo con la que tiene la foto de portada de Marquee moon, de Television. Además de ser uno de mis discos favoritos -sino el más-, esa imagen tomada por Robert Mapplethorpe siempre me pareció hipnótica: no son cuatro seres humanos que hacen rock, sino que parecen extraterrestres congelados en un instante de máxima concentración. De Tom Verlaine siempre lo pensé -por su voz, por su manera de tocar la guitarra y por sus letras- pero los demás podrían haber sido tipos comunes si no fuera por esa foto. Para la remera que mandé hacer -es difícil conseguir remeras de Television, no son ni los Ramones ni los Stones- invertí los colores de la tapa: la remera blanca, las letras negras y la foto en el medio.

Elijo esta prenda porque ese disco de TV es un clásico algo oculto y todo aquel que lo conoce me lo hace saber cuando llevo la camiseta puesta: me pasó después de tocar en un bar, que el tipo de la barra agitara su puño desde lejos, mirándome, en señal de aprobación. Creí que le había gustado la música… pero cuando me acerqué descubrí que su alegría era por esa foto. Me contó que tenía el disco en vinilo y CD, y que también era uno de sus favoritos. Otro saludo de este tipo sucedió en un show de… ¡Onda Vaga! (probablemente el último show en el que imaginaría encontrar no un fan, siquiera un conocedor de la obra de Verlaine y Cía.). El flaco en cuestión fue casi tan entusiasta como el de la barra del bar y equiparó a Marquee moon con el debut de Velvet Underground, la vaca sagrada del rock alternativo.

Después hubo otros tantos saludos, cerveza ofrecida en cantidades en un show de los New York Dolls, cortesía de tres pibes emocionados que me daban toda la birra que tenían al grito de “¡Aguante Verláin!”, y pulgares para arriba por la calle (contados, no llegan a los dedos de las manos, ojo). Pero lo más gracioso sucedió cuando entrevisté a Walas para La música es del aire. Debo confesarlo: llevé la remera sabiendo que era probable que me dijera algo al respecto. En realidad, deseaba que lo hiciera. La nota se hizo en la previa de un show de Massacre en San Miguel, adentro de la camioneta de la banda, totalmente a oscuras. No bien me vio, Walas miró la remera y lanzó una de esos preguntas entre bizarras y lúcidas que suele tirar en los shows: “Ese disco… ¿es genial o es una mierda?”. Sonreí por dentro, había funcionado. Por supuesto, Walas me contó que tenía el disco, que le gustaba pero a la vez le parecía negativo que no tuviera hits comparado con otros álbumes de grupos de la época (creo que mencionó a Blondie y Ramones entre ellos; lo “negativo” lo interpreté así yo, creo).  Nuestros primeros minutos de charla a oscuras fueron sobre Marquee moon, y al final del debate me preguntó “¿pero a vos te gusta el disco?” y, claro, le respondí que era mi disco favorito.

En fin. A veces las remeras pueden funcionar como un código que entienden pocos, y en este caso esa foto genial estampada en una remera blanca me trajo varias anécdotas graciosas. Creo que se merecía ser ella la destacada y, aunque menos, la sigo usando de vez en cuando. Una cerveza no se le niega a nadie…

[Publicado en Arte Zeta el 4 de abril de este año, invitado a la sección Remeras rockeras.]

lunes, 14 de julio de 2014

LMEDA Mundial: Epílogo


[Post en dúplex con La Otra]

“Cuando se pierde por poco no se revisan los proyectos”.

Leí esta frase de Marcelo Bielsa en un foro racinguista que suelo visitar (sí, esas páginas partidarias algo ridículas donde los hinchas se reúnen a chatear, comentar novedades de su club, celebrar cuando va bien y elaborar todo tipo de teorías conspirativas cuando va mal). La derrota argentina fue tan exigua que vale aplicar los supuestos dichos del sabio Bielsa, y digo supuestos porque busqué y no encontré en Google. Se encontró un equipo noble, sacrificado, humilde, peleador pero buenaleche que pudo jugarle de igual a igual a una selección como la germana, que horas atrás había aplastado a Brasil en la mayor demostración de fútbol, superioridad física y mental, y desinterés por los “códigos” de la pelota que haya visto en mi vida.

Parece que Argentina, a medida que encontró su equipo -o mejor, su estructura defensiva-, perdió arriba. Atacantes maltrechos (Agüero, Higuaín; Di María afuera), más otros que jugaron más atrás en el campo de lo que acostumbran (Lavezzi) y otros a los que les quedó grande la camiseta (Palacio). Y un Messi que fue de mayor a menor, aunque levantó respecto del partido con Holanda. Si AFA fuera seria, debería confirmarse la continuidad de Sabella, no sólo por romper con la barrera de los cuartos de final sino por cómo se logró (los atributos mencionados arriba, más una unión de grupo que acaba de quedar clara hace instantes, con Sabella ofreciéndole una botella de agua a Lavezzi en el encuentro del plantel argentino con Cristina). El año que viene hay una Copa América que no cura el dolor de una final perdida, pero es un título que también nos debemos hace años.

En verdad: por una AFA seria, lo primero que debiera renovarse es la cúpula dirigencial, con Julio Grondona y su familia completa a la cabeza (¡todos tienen cargos, su mafioso e ingrato hijo dirige las categorías juveniles que hasta hace no mucho dirigió José Pekerman!). Ése es el principal cambio que debemos hacer. Y parece el más improbable.


***

Había tres jugadores que quería ver con la Copa en la mano, por ellos deseaba una Argentina campeona: Messi, Mascherano y Romero. El primero, por ser un deportista increíble, maravilloso, deslumbrante; y por ser un enigma humano. El segundo, porque se erigió Jugador del Pueblo sin necesidad de los medios, sólo con su corazón, su sacrificio y su buen fútbol (estar siempre en el lugar indicado es propio de los elegidos). El tercero, porque tuvo un Mundial impecable y deseaba la coronación de un hombre de la cuna de Racing, un pibe que sigue visitando el club cada vez que viene al país, con guantes, botines y demás regalos para los chicos de las divisiones inferiores.

Messi: el enigma humano. Me apena mucho, me destroza el corazón Messi. Recibiendo un premio que es puro marketing y sabe que no merece, porque su Mundial fue bueno, pero no fue extraordinario.
Messi decidió no ser campeón del mundo, aunque muchos nunca lo hayan pensado. Messi podría haberse retirado tranquilo ya, con todos los honores y títulos posibles que da el mundo del fútbol. Pero no. ¿De qué estoy hablando?

Messi eligió. En 2010, su Barcelona en pleno (no recuerdo si 7 u 8 de los jugadores titulares del club catalán) representaba a la selección española en el Mundial de Sudáfrica. Él podría haber estado ahí, jugando con ellos, haciendo dos o tres goles, o más, y consagrándose para siempre: pero Messi eligió ser argentino (o sea, representar a su patria de nacimiento en un mundo del fútbol en que eso no importa tanto; sin ir más lejos: el vencedor de ayer, Alemania, cuenta en su plantilla con una cantidad considerable de jugadores nacionalizados, entre ellos el máximo goleador en la historia de los mundiales, el polaco Miroslav Klose). En 2004, supimos de él cuando se organizó un ridículo amistoso de la Selección Sub 20 para que Messi tuviera presencia nacional y no fuera tentado (ya lo estaba siendo) por los españoles. Allí supimos quién era, nomás.

Diez años después, sabríamos mucho más. De su juego, de su historia relampagueante en el fútbol, rompiendo todos los récords habidos y por haber, de su gesto imperturbable y sus goles insólitos, muchos de ellos parecidos a los de Diego Armando Maradona. Del entusiasmo argentino por tener otra vez al mejor (si armáramos una ridícula lista de los 10 mejores de la historia, tendríamos de seguro a tres argentinos en ella).

Y para Messi parece ser un karma. No lo expresa, le cuesta. De por sí, las siempre odiosas comparaciones esta vez olvidan algo muy importante: Messi nunca podrá ser Maradona, porque Maradona es carisma puro, lleva con una pasión desorbitante todo lo que hace, se manda cagadas, siendo el mejor muchas veces hizo lo peor, es tan argentino que asusta. Lio eligió, pero en ese sentido no tiene nada que ver: tímido, intachable públicamente, sin condiciones de caudillo (más allá de la cinta de capitán), correcto y hasta plausible de amores por parte de la FIFA, esa que a Maradona lo tilda de mufa y lo desacredita.

Quizá Messi sea parte de una burbuja tal que ni sabe dónde está, o lo sabe demasiado bien y no lo puede superar. Muchas veces leo (y yo mismo pienso) comentarios del tipo “qué lindo ser Messi, qué lindo hacer algo tan bien, tener a las mejores minas, saber que estás salvado, que te quieran en todo el mundo”. En algo nos parecemos, entonces: debe ser horrible ser Maradona, o ser Messi, ¡qué mierda va a ser lindo! Y se nota que Messi lo sufre, aunque nada diga. En algún punto me hace acordar a Bart Simpson en su personaje del Niño Yo No Fui, con todo lo que te rodea pidiendo que hagas tu gracia. Y ser el mejor durante diez años debe ser lo más difícil. No quiero más.


Por empezar, porque Messi en Argentina nunca jugó de lo mismo que juega en Barcelona. ¿Qué hacía Messi agarrando la pelota en la mitad de la cancha, si en Barcelona es quien termina las jugadas? ¿Puede ser el mejor alguien que sólo se dedica a terminar? Ahí nos pega el Sindrome Maradona, porque queremos a otro igual, que se cargue todo al hombro. Pero Messi es el mejor. Es el mejor porque los rivales le dedicaban a sus dos piernas, al menos seis piernas ajenas. Lo respetaron porque le temían, y distraídos por Messi se olvidaron de Di María (los suizos), de Enzo Pérez (los holandeses), y de Lavezzi (ayer, para qué lo sacaste, Pachorra...).

Otra pregunta: ¿puede ser el mejor alguien que camina la cancha con el equipo parado en defensa? Reconozco que es difícil de soportar y es doloroso verlo pero, o aquí falló un pedido técnico o de sus propios compañeros (que no creo que haya existido: pedirle a Messi que presione más); o quienes le piden eso nunca vieron que en Barcelona juega 60 partidos por año y jamás de los jamases lo hace. Él es el rey y él, nada más ni nada menos, tiene que estar para el toque final. Son cosas que ya están en su juego y si no cambiaron fue porque nadie las recriminó. Tomad o dejad.

¿Qué carajo pensara Messi? Ya es el goleador histórico de uno de los clubes más prestigiosos del mundo, ya logró todo lo que puede lograr un deportista en ese ámbito, el de clubes. Sólo le queda, “sólo”, la espina que ayer no se pudo sacar. Así y todo, está cerca y seguramente se convierta en el goleador histórico de la Selección. Pero ayer no hizo el suyo. ¿Cómo explico que el único tipo que definió bien su mano a mano con Neuer fue Messi? ¿Qué por 10 centímetros, hoy, muchos periodistas, sabihondos de ocasión, y el común de la gente en las redes sociales, se está burlando de él y lo está criticando cuando, por esos diez míseros centímetros, podría estar amándolo y diciendo “es nuestro”? Porque el único de los delanteros argentinos que tuvo la frialdad de apuntar y no tirar a la marchanta fue él. Pero parece que el destino dice no, que él no puede o no quiere (harto de ser siempre el que hace la gracia, como El Niño Yo No Fui), que hay algo que no cierra. Y es muy doloroso: los mismos que cantan tu nombre con fervor y que te toman como bandera, se limpian el culo con esa misma bandera cuando el árbitro pita el final.

Por 10 centímetros.


domingo, 13 de julio de 2014

LMEDA Mundial: Un cumple, El Diego y el Regalo


Por Cristian Bonomo director de Orphenica Lyra, músico de La Nube Mágica y columnista de La Otra.-Radio.

Cada cuatro años, un nuevo Mundial trae el recuerdo intacto de una tarde inolvidable.
22 de junio de 1986.
Imaginen a un chico cumpliendo quince años, con el fútbol a pleno, viviendo un Mundial con un Maradona a pleno.
Luego del almuerzo en familia llegó la torta, y con ella, la ceremonia de los deseos; adolescentemente mis tres deseos fueron:
Ganarle a los ingleses, no recuerdo, no recuerdo.

¿A cuántas personas se les cumple un deseo instantáneamente?
Primero, el gol de la picardía, o de la trampa, o de la impotencia.
Luego, el gol de la magia, y del tiempo y también, de la impotencia.
La memoria de aquel día es el regalo más preciado que he recibido en un cumpleaños.
Cada junio me repito contando una historia que me invade en un sueño recurrente, donde un colectivo, un túnel en Castelar que al salir desemboca en un campo de juego, o cualquier otro escenario me sorprende encontrándome con el Diego, pidiéndole con emoción y ansiedad que me escuche unos minutos para poder contarle de mi alegría por ese regalo infinito.

Mi recuerdo más antiguo con Maradona viene de mi infancia, en un partido entre Huracán y Argentinos Juniors de finales de los setenta, cuando mi abuelo, un fanático que me llevaba a ver a Huracán (yo soy de River) se me acercó al oído y señalando con el dedo en un tiro de esquina me dijo: Ése, ése es Maradona.
Los mundiales siguen y siguen.
Hace pocos días, luego de enfrentar a Irán, intentaron tildar al Diego de mufa.
En ese partido, al descubrir su presencia en el estadio a través de las pantallas gigantes, la hinchada comenzó a cantar, Die gó, Die gó, luego siguió el Maradooooo, Maradooooo. Siempre me sumaré a esa música.
También, en estos días del Mundial de Brasil, escuché a Maradona decir: A mí me pegaron en todos lados menos en la memoria. También me sumaré a esa música.


[Nota del editor: conocí esta historia durante el transcurso del Mundial, el día de aniversario de estos famosos goles de Maradona. Creí que la anécdota debía ser compartida en un día especial... Y hoy llegamos a ese día. Que sea el mejor epílogo.]

sábado, 12 de julio de 2014

LMEDA Mundial: Una historia del llanto


Por Facundo Miño periodista y docente

Todo pareciera ser una cuestión de costumbres nomás. Nos acostumbramos a las decepciones, a los retornos a casa antes de lo esperado, a que nos bajen las expectativas de un hondazo. Vivimos en cada Mundial el ciclo de la ilusión al desencanto. Aquel pasado glorioso y épico de finales consecutivas es cada vez más pasado, algo ocurrido allá lejos y hace tiempo.

Hernán Casciari escribió hace tiempo Acordate de olvidarte, un texto en el que realiza una analogía entre los recuerdos que tiene una persona a lo largo de su vida y su correspondiente versión digital. Así, en su ingeniosa mirada los txt ocupan un espacio ínfimo, los jpg son más respetables y los avi demandan un gran espacio de la memoria.

Una aplicación arbitraria de esta metodología podría asegurar que entre 1930 y 1950 la mayoría de los archivos son txt, puro texto. Conocemos la historia del Maracanazo por lo que leímos y por los que nos contaron. Basta buscar en Google esos cuatro primeros mundiales para comprobar que las imágenes eran en blanco y negro, generalmente fotografías estáticas de las formaciones de los equipos. A partir de allí y hasta México ’70 dominan los jpg. Desde entonces muchos de los archivos son avi aun cuando no tengamos la voluntad antropológica de Gonzalo Bonadeo.

Los que andamos entre los 30 y los 35 años  ya habíamos nacido cuando Argentina ganó la copa en el ’86 aunque, en la mayoría de los casos, no contamos con recuerdos genuinos de aquella consagración: los que atesoramos provienen de repeticiones y documentales posteriores. Para Italia ’90 sí hay recuerdos propios aunque dotados de una cuota de ingenuidad. Cuando Codesal cobra el penal de Sensini y mis viejos se amargan yo aseguro que el superhéroe Goycochea lo va a atajar. ¿No había sucedido así antes? ¿Por qué razón tenía que cambiar ahora si nosotros éramos campeones del mundo y estábamos destinados a confirmar nuestro poder?


LÁGRIMAS AZULES

Maradona, máximo transgresor de toda esa etapa, insulta a los italianos cuando silban el himno. Leemos sus labios. El mismo que le niega el saludo a Havelange, el mismo que llora. Desconozco si alguien lo hizo antes del Diego; intuyo que hubo algún caso pero no lo recuerdo y me animo a pensar que casi nadie los recuerda. La historia del llanto en los mundiales de fútbol se divide en AD (antes de Diego) y DD. Mis viejos me compraron El Gráfico porque se las puse en carretilla para que lo hicieran: “Héroes igual”, Maradona con la  camiseta azul, la medalla colgada y los ojos hinchados.

Estábamos malacostumbrados y encima no lo sabíamos o no lo queríamos saber. Al Mundial siguiente entramos por la ventana tras el terrible baile que nos dio Colombia en el Monumental.  Nos sacó Rumania en un partido imposible que no merecimos perder pero... perdimos. Batistuta, sin camiseta ni tatuajes a la vista, llora agachado la eliminación, sin poder entender lo sucedido. Igual, la imagen más recordada es la de Diego de la mano de la mujer rubia que lo lleva al control antidoping donde le van a cortar las piernas. Un archivo jpg que también es avi pero ya no txt, todos lo vimos, también, en vivo y en directo.

Y así como estábamos acostumbrados a las instancias finales nos fuimos acostumbrando a quedarnos afuera en películas avi con diferentes actores pero el mismo final anticipado. El cabezazo de Ortega en el `98. La vuelta a casa en primera ronda en 2002 (pródiga en lágrimas de Batistuta, Crespo, Aimar y el Piojo López, todos otra vez de azul) en esos horarios imposibles con esos resultados imposibles. Los penales de 2006 y el llanto desconsolado de Cambiasso más las lágrimas de Lucho González, de Coloccini, de Maxi Rodriguez y del propio Mascherano. En 2010 ni hubo llanto. La hecatombe y la paliza nos dejaron en shock, tan paralizados que ni siquiera aparecieron las lágrimas.

A partir de Corea-Japón, se produjo un quiebre en el vínculo entre los jugadores y la hinchada. Para explicar esta distancia se dijo que ellos millonarios que no sentían la camiseta y la hinchada que exigía jugar con el corazón. Paralelamente, una generación de publicistas usufructuó hasta el hartazgo la épica futbolera en años mundialistas con Quilmes a la cabeza.  Los goles por Eliminatorias y las frustraciones desde el '90 como partes del clip. ¿Cuántas veces vimos el gol de Riquelme a Brasil en el Monumental? Apenas un poco menos que el de Messi cuando les metió tres en un amistoso más reciente.

Pasaron 24 años desde la última final, camadas enteras de jugadores y cracks que se quedaron con las ganas. Recuerdo cada escenario y cada compañero con los que vi las sucesivas eliminaciones. Del tele familiar pasé a la casa de amigos, de la casa de amigos a las pantallas en el laburo. Por el horario de esta edición dejé la pantalla laboral y volví a la TV en familia.


MI ÚNICO HÉROE

Para este Mundial llegué con ganas pero sin confianza. Uno ya no cree en los superhéroes, está curtido en desilusiones tras cinco frustraciones. Si encima es hincha de Instituto, un equipo especializado en despilfarrar ascensos, más curtido todavía. Esta vez parece distinto. Es distinto. El llanto ya lo vimos en pantalla pero todavía seguimos en carrera. ¿Alguien se animará a decir, todavía, que los Pumas sienten más la camiseta que Mascherano porque lloran al cantar el Himno?

Ese tipo que ya tiene dos frustraciones sobre el lomo no está tatuado ni tiene piercings como muchos de sus colegas. Casi no tiene pelo así que tampoco usa peinados distintivos. No le hace falta, todos lo identificamos.  Ese  tipo tiene una cara de caballo que se acentúa aún más cuando llora. Ese tipo, en un ambiente muy homofóbico como el fútbol, cuenta que en el cierre con Robben no se desgarró sino que se abrió el ano. Sólo es un jugador de fútbol pero en la cancha tiene actos heroicos. En él se resume buena parte de la historia del llanto futbolístico argentino en formato avi. Basta mirar sus lágrimas en los mundiales anteriores para notar la enorme diferencia.