jueves, 6 de agosto de 2015

Niños Envueltos: "Nos gusta lo que nos da escalofríos"


Me debía esta nota hace rato. Niños Envueltos es un suspiro en la escena underground de Buenos Aires, un poco de aire cálido entre tanto indie chispeante: el grupo apuesta a la canción donde las tensiones van por otro lado y no se crece desde la pisada de un pedal de distorsión sino desde la suma, de a poco, de todas las partes (al clásico guitarra-bajo-batería ellos le agregan vientos, teclas y cuerdas varias).

Hace dos años recibí su disco debut, El último casette del parque, un poco por casualidad (amigos en común con miembros de la banda). Desde entonces, tenía sentido hacer el contacto y hablar con Tonga, la peculiar voz que susurra las siete canciones de ese último casette que se pasa volando en poco más de 20 minutos encantadores. Charlamos del disco que ya empezaron a concebir, de cómo funciona la composición dentro del grupo, el innegable influjo de cierto pop británico (en particular, Belle and Sebastian) y la insólita denuncia de una compañía discográfica que dio origen al nombre de su único álbum a la fecha.

LA REDENCIÓN DEL CASETE

Empecemos por el final. El último casette del parque ya tiene casi dos años, ¿están en el proceso de armado de un nuevo disco?
Sí, estamos preparándonos para grabar dentro de un par de meses. El fin de semana pasado nos fuimos con los instrumentos y equipos a la casa de un amigo en Villa Domínico, estuvimos sábado y domingo ahí en su cuarto grabando los demos. Las canciones ya las tenemos y los arreglos están casi todos, ahora más que nada estamos buscando el sonido que queremos para cada tema.
Después del recital de hoy vamos a dejar de tocar por unos meses para poder terminar de armarlo, grabarlo, mezclarlo y todo eso.

El debut parece perseguir un concepto ligado a la niñez/adolescencia. ¿Ese costado conceptual en las letras es algo que intentarán repetir o sucedió un poco de casualidad?
No me había dado cuenta de lo que me decís,  pero nos lo han dicho varias veces, puede que suceda por el nombre de la banda, por la forma de cantar y porque el disco arranca con “La feria”, que es una canción que nació un poco inspirada en “El oficio de ser mamá” de Macaferri & Asociados.

Digamos que fue casual, entonces.
En realidad, salvo el nombre del disco, el resto sucedió todo por azar, elegimos las canciones que más nos gustaban en ese momento.  Pero sí, en el próximo disco queremos repetir el método y que el azar disponga. Nosotros vamos a estar de acuerdo con él.

¿Es cierta la anécdota de que te denunció una compañía por vender grabaciones de shows en vivo en el Parque Rivadavia (y de ahí viene lo de “el último casette...”)?
Es cierta, sí. Grababa los recitales y los casetes los vendía los domingos en la feria de música del Parque. Con esa plata iba a ver bandas y me compraba discos, lo hice de los 17 a los 23 años, que fue cuando una multinacional me denunció.

¿Cómo te llegó la denuncia?
Mandaron un allanamiento policial a mi casa y justo mi tía entró al edificio mientras buscaban testigos en la puerta, así que se enteró y nos avisó por el portero eléctrico (risas). Cuando entraron revisaron todo, vaciaron los placares y dieron vuelta los colchones buscando las grabaciones. No las encontraron porque mientras ellos subían por el ascensor, con mi hermano las llevábamos por la escalera a lo de mi tía que vivía dos pisos más abajo (más risas).
Igualmente agarraron catorce CDs copiados que había entre los discos de mi hermana y armaron la causa. Me hicieron ir a declarar varias veces a Tribunales, una ronda de reconocimiento y un juicio oral. Todo muy absurdo. Me declararon culpable y me dieron la probation, una libertad condicional por un año con asistente social todos los meses, tenía que ir y convencerla a la señora de que no iba a volver a delinquir (risas). De ahí viene lo de El último casette del parque.

Increíble. ¿Planean editar nuevamente en ese formato, o aquella vez la idea de editar en casete vino ligada sólo al nombre del disco? ¿Son fetichistas?
No planeamos editarlo en casete. En realidad, del primer disco sólo hicimos trece casetes para regalar a algunos amigos, los regrabamos arriba de algunos que me habían sobrado del parque. La confusión viene por el nombre del disco, pero en realidad lo editamos en CD y también puede bajarse gratis en el Bandcamp.

Ahora muchos grupos están volviendo a editar en casete y también en vinilo. ¿Les interesa esa posibilidad o es inviable por los costos?
Nos encantaría editar los discos en vinilo porque nos gusta como suena y quisiéramos tener las tapas grandotas, pero sale muy caro y no se puede.



CON QUIÉN TOCAR, CON QUIÉN ESCRIBIR

Quizá sea una visión equivocada, pero pareciera que en el under argentino predominan bandas más cercanas a lo noise que al sonido que ustedes proponen. ¿Lo sienten así, les cuesta encontrar bandas para armar fechas?
También pienso que predominan más esas bandas, algunas nos gustan y otras no, pero lo mismo nos pasa con las que tienen un sonido más acústico o folk, creo que eso no depende tanto de la forma sino más bien de la esencia. A nosotros nos gusta lo que nos da escalofríos. Pero igual no nos cuesta encontrar bandas para compartir fechas, si las armamos nosotros tratamos de tocar con bandas con las que nos sentimos cómodos por alguna razón.

¿Cómo llevás la composición a la banda? Porque componer para un septeto te obliga a pensar de otra manera el lugar de los instrumentos en una canción. En algunas notas contaste que las canciones del disco debut fueron saliendo a la vez que el grupo se armaba...
Y... a mí las canciones me salen tocando acordes con la acústica y cantando arriba, dejo que salga solo, sin pensar, como la escritura automática pero con melodías, palabras, algunos papa papas y turu turus. Si encuentro algo que me gusta lo sigo hasta que se hace una canción y lo que llevo a la banda es eso, se las canto con la guitarra.

Pero hoy que la formación ya está afianzada, ¿el proceso de composición es el mismo o se piensa desde antes el espacio para cada uno?
Para armar el disco que estamos por grabar nos estuvimos juntando bastante fuera de la sala con Franchi (el guitarrista) y Fede (el baterista), Franchi es quien hace la mayoría de los arreglos, sobre todo las orquestaciones o partes melódicas y Fede tiene el ritmo en la sangre, mucha musicalidad y una cabeza muy curiosa. Entre los tres nos complementamos muy bien. Después los temas los terminamos en la sala tocando todos juntos y vamos cambiándolos mucho hasta que todos sonreímos. Así que cada uno aporta algo, siempre.

Una de sus bandas favoritas es Belle and Sebastian. En unos meses van a estar tocando en Argentina, ¿qué darían por ser la banda invitada?
Nos gusta mucho Belle and Sebastian, sí. Sobre todo sus primeros 4 discos y los EPs de esa época. A ellos podríamos darles abrazos y cariños. A los que organizan el recital plata no les podemos dar porque no tenemos, no sé, ¿Dejamos que se queden con toda la plata de Sadaic? (Risas). ¿Sabés con quién tendríamos que hablar? ¡Yo igual con que no pongan de nuevo a abrir al exbaterista de Catupecu Machu estoy conforme, eh! (Risas finales).


*Hoy jueves 6 de agosto a las 22 horas, Niños Envueltos se presenta junto a Franny Glass (Uruguay) en Club Cultural Matienzo (Pringles 1249, CABA). Entrada: $50.

viernes, 31 de julio de 2015

Francisco Slepoy y su Reptil: atravesando el Impenetrable


En el texto sobre Almendra 2 que escribiera para este blog, el marplatense José Miccio describía al disco conocido como el doble de Almendra diciéndolo un álbum “tan propio de su época como arisco a la elucidación histórica” a la vez que afirmaba que aquel disco “obedece sólo a los caprichos del arte: usa las palabras -y las cuerdas, y los parches- de todos para hablar el idioma de ninguno”.

La cita resultó ineludible después de escuchar por primera vez Reptil, el proyecto más reciente de Francisco Slepoy, músico chaqueño que se suma a la lista de Talentos relativamente jóvenes que están llevando al jazz argentino al infinito y más allá. Lista en la que podríamos incluir a diversos grupos y solistas como Marco Sanguinetti, Octafonic, Escalandrum, Fernández 4, Sales de Baño, Alan Plachta y un largo etcétera (por no ser un cultor en profundidad de la escena, es probable que se me estén escapando de las manos otros tantos talentos igual de valorables). Músicos, todos ellos, que plantan bandera sin ocultar las raíces. Músicos, también, que crecieron al calor de otros géneros y lo hacen notar. De hecho, es injusto catalogarlos en el jazz: no necesitan del amparo de ningún género.

Pero volvamos a Reptil, el disco y Reptil, el trío, que además de Slepoy en guitarra y canto con armónicos, completan Lucas Goicoechea en saxo alto y Andrés Elstein en batería. Antes, la última pista acerca de esta fuga sonora la dará el propio Francisco: “Cuando armé Reptil me parecía que si lo llamaba Francisco Slepoy era siempre el mismo proyecto y cambiaban los músicos. Creo que los músicos con los que armo los proyectos son determinantes para la música que resulta y que cada proyecto merece un nombre propio. Por otro lado se daba esto de que algunas cosas nos sonaban muy rockeras y me parecía divertido ponerle nombre de banda de rock”.

***

Las palabras de todos, el idioma de ninguno. 

La formación de Reptil puede decirse convencional, en tanto no hay instrumentos que rompan con cierta estructuración clásica de un grupo (sólo les faltaría lo grave). Pero si le damos este disco a un escucha promedio de música pop, saldrá horrorizado a los 30 segundos. Seguramente denueste lo que se escucha y, entre la impaciencia por encontrar de donde agarrarse, deje en evidencia lo contrario: Reptil, lejos de replicar fórmulas, nos recuerda que la música es inasible. Cuando creés que va para allá, se escapa hacia el otro lado. Como con Cortázar, Messi, o las películas modelo Memento (no debe ser la primera), lo que sucede con Reptil es que inicialmente uno no sabe muy bien qué está leyendo, porque la historia está rota, o la cuentan de a muchos a la vez, o hay escenas perdidas, o hay apariciones y fugas, o el tiempo se rebobina y luego se adelanta. Pero no se puede dejar de leer, ver, escuchar: hay que llegar hasta el final. Sí, sí, señores, estamos ante el disco más impredecible que escucharemos en 2015. Pero como con Cortázar, Messi y esas películas pastiche, hay resolución.

El trío comandado por Slepoy toma, sin dudar y parafraseando nuevamente el mágico álbum del Almendra, el camino difícil. Dificilísimo. "Uno podría componer algo de 2 o 3 minutos, con estrofa- estribillo-estrofa con solo de guitarra en el medio, porque es lo que le gusta a la gente. ¿Pero qué pasaría con las creencias, las ideas, la militancia? Yo trato de hacer una música fiel a mis creencias e ideas con la ilusión de poder compartirla con la mayor cantidad de gente posible, pero con la certeza de que no le va a gustar ni interesarle a todos, como tiene que ser", le dijo el guitarrista chaqueño a El Bondi.



Desde el comienzo del disco hay un despliegue sonoro que juega a dos puntas: la construcción de un entramado hipnótico a partir de estructuras mínimas y, a partir de ahí, la improvisación -¡demencial!- donde el trío lleva al extremo las posibilidades de sus instrumentos. Podría llamársele improvisación por saturación. Si el saxo de Goicoechea arranca amable en Reptil, el tema de apertura, y la guitarra arpegia sin parar, el uno llegará al clímax , chirriante, en el límite de lo tocable; la otra arremeterá en una incursión riffera pesadísima. De ahí, la implosión y volver a empezar, construyéndolo todo nota por nota, otra vez. Un diálogo en el que los silencios -eso que a veces incomoda tanto- son la estrella, el aire y la puntuación. Los parches de Elstein siguen el juego hasta que llega el unísono.

Altura y duración es igual de inquietante. Como su nombre lo indica, parece un experimento montado sobre esos dos parámetros, entre el tintineo de los platos de la batería, los acordes ¿random? de Slepoy y el saxo susurrado... Hasta que de golpe aparece una frase en común, todo se eleva y vuelve a bajar, o mejor: llega un solo de batería al límite de la exasperación, "acompañado" por una guitarra muteada. Parece tocado en el espacio exterior... o adentro de un lavarropas.

Y qué decir de la textura agónica y gaseosa de Neptuno: sí, es otro planeta. Pueden notarse las capas pero está prohibido separarlas. Si cae una, caen todas. Aquí hay otra gravedad, entre las notas tenidas y el continuum de esa resonancia adictiva e inquietante del canto con armónicos (si, eso que parece una cabra tocando la flauta traversa de Ian Anderson a 6 mil kilómetros de altura es una voz humana, se los juro por Diego Milito). Cuando la música borronea el tiempo no hay con qué darle: ahí hay un triunfo.
Y Neptuno es trance puro, un viaje interminable de placer confuso.

Reptil I es un laberinto. Fíjense si se animan a entrar y logran salir.

***

Altura X duración VI lleva la experimentación sonora a niveles dignos de la música contemporánea. Es una pieza para guitarra preparada, tocada a seis manos (o sea, los tres miembros de Reptil). A Daniel Melero le encantaría ese combo de miles de ruiditos devorándose entre ellos como si fueran loops que compiten por sobrevivir a la edición o, mejor, de la desintegración. Si aparece un nuevo Pac Man, aquí tiene servida la banda sonora.

Discos como este son revitalizantes porque redoblan la apuesta en la búsqueda de un sonido inaudito. Y no "el sonido" en cuestiones meramente técnicas, queda claro por lo dicho que la búsqueda es tímbrica, textural, y logra disolver los límites entre cada instrumento. Ahí está la clave de Reptil: cómo se desintegran algunas nociones que se nos clavan en la cabeza (la guitarra suena así, el saxo asá, se tiene que tocar de esta manera). El yeite es romper con los yeites, a niveles descomunales. Hasta en Stratocaster, que asoma como el momento más "convencional".

El broche de oro no podría llamarse de otra forma. Casi a la manera del "podrán imitarnos pero igualarnos jamás", Reptil te lo dice así: Nunca lo lograrás. ¿Se acuerdan de los Who rompiendo sus instrumentos al final de los shows? Bueno, acá se rompe la música en 8 minutos de caos que, vaya sorpresa, se resuelve en un fade out acompasado.

Anímense. Y escuchen con atención y paciencia: el idioma de ninguno podrá comprenderse. Porque parece imposible pero el Impenetrable se puede cruzar.



*Reptil se presenta el viernes 21 de agosto junto a Sales de Baño en Circe (Córdoba 4335, Capital), a las 23.30 horas.


[Fotos de Reptil por Catu Hardoy]

viernes, 24 de julio de 2015

Al lado del fuego, con Vida Calesita

La gente de Fuego Amigo Discos despide el ciclo Al lado del Fuego. Ciclo que transcurrió durante los cuatro sábados de este julio que se va en Roseti (Roseti 722). La cita será el 25 del corriente, en cuestión de horas, con las presentaciones de los mendocinos Limón -¡su último show!- y Amor Elefante.

Vida Calesita, programa radial del que participo con asiduidad, recibió una gentil invitación de parte de Mariano y Fernando, los capos del sello: cumplir funciones de DJ durante esa noche. Hablando en castellano, estaremos con Luján Gambina, la conductora del envío, pasando rock argentino bueno y nuevo (y quizá alguno más viejito) antes de que arranque todo, en el medio y al final, junto a los chicos de Indie Hoy.

Además de las bandas y la música que llevemos, habrá feria de discos (el sello tiene un catálogo tremendo) y remeras, exposición fotográfica de Anna Pantano y Sofía Gómez, y el fanzine Barco en el ascensor (que hacen Soledad Manrique Goldsack, Rocío Heine y Mercedes D'Angelo) repartiéndose por ahí.

Las puertas abren a las nueve de la noche, los shows empiezan a las 10 (milagrosamente puntuales). La entrada sale 70 mangos. Llevamos buenas canciones y, para que el dios de las guitarras no se ofenda, quizá pasemos una tuya, Pappo. Así nos perdonás por apretar botones un rato...


*Repito por si las dudas: cierre del ciclo Al lado del Fuego, con Limón y Amor Elefante. En Roseti (Roseti 722), a las 21 horas. Entrada: $70.

martes, 21 de julio de 2015

El Mató a un Policía Motorizado: un largo camino al cielo


Santiago Barrionuevo habla sobre el constante ascenso de El Mató a un Policía Motorizado. Giras y reconocimiento internacional para una banda que une generaciones.

EL MATÓ: DIEZ AÑOS DISCOGRÁFICOS
Viernes 4 de julio de 2014, Colegiales, Buenos Aires. El Teatro Vorterix alberga a miles de jóvenes enfervorizados que poguean y cantan las canciones de un quinteto de ya no tan pibes de La Plata: desde arriba -el lugar tiene un entrepiso- se ve cómo chocan púberes quinceañeros con algunos más grandecitos y llama la atención una chica (o un chico, no llega a distinguirse del todo, tengo testigos…) que está vestida/o con un ambo, como si hubiera escapado de la guardia para ver al quinteto de ya no tan pibes. Desde abajo, el calor se siente mucho más y la potencia de la banda, también. El Mató a un Policía Motorizado, esos cinco flacos simpáticos que están sobre el escenario, hace días regresaron de una exitosa gira europea. La semana anterior retomaron su trabajo en el país con dos shows en Córdoba (ambas fechas en Casa Babylon) pero luego de este show capitalino partirán hacia la tierra donde nació el rock and roll: Estados Unidos.

Volvemos a Vorterix. La gente celebra el comienzo de casi todas las canciones y aunque el mencionado calor del lugar ayude a encenderla, lo que más prende entre los presentes son las canciones de La dinastía Scorpio, el disco que El Mató editó en 2012, último dentro de su colorida y sónica discografía. Podríamos elaborar una teoría que afirme que cuando una banda está en estado de gracia, en su momento, la gente festeja las novedades; cuando no, la gente pide las viejas. El Mató representa el caso uno: aunque también sean festejadas las canciones más antiguas (que las hubo aquí y en Córdoba: “Diamante”, “Guitarra comunista”), las más coreadas son las nuevas.

La charla con Santiago Barrionuevo, el bonachón artista también conocido como Chango Motorizado (voz, bajo -por ahora- y rostro del grupo) arranca en Córdoba. Santiago es el autor de todas las canciones de la banda y el diseñador de las tapas de los discos, además. El factótum, diría con seguridad Charles Bukowski. En los camarines de Casa Babylon, previo al segundo show cordobés del grupo, literalmente debajo del escenario del pub y mientras la banda prueba sonido, el autor explica por qué volvieron a tocar canciones de su primer álbum: “El 29 de julio sale La dinastía… en Estados Unidos. Lo saca el sello Nacional Records, que se dedica a lo latino-alternativo, editó a Los Fabulosos Cadillacs y Manu Chao pero ahora se quiere abrir un poco más a esta movida guitarrera... o como se defina lo que hacemos nosotros (risas). Pero además, se cumplieron 10 años del primer disco y la gente de Limbo Starr, el sello de España, quiso hacer una edición en vinilo. Entonces, para festejar un poco eso, estamos tocando un par de canciones viejas que por suerte fueron celebradas, algo que a veces no sucede tanto”.

-Yendo a esos diez años, se nota que hay muchas bandas que surgieron después de ustedes y tienen una influencia notoria de El Mató. Las mismas del sello LAPTRA, en el norte Tus Monitores, lo que pasa con Bestia Bebé en Buenos Aires. ¿Estás de acuerdo?
-Puede ser... No estoy muy atento a eso pero seguramente hay una afinidad en general, en la música. No sé si es una influencia directa o que tenemos los mismos puntos de partida a la hora de componer y hacer música con esas bandas.

***

Santiago se desmarca aunque no deje de ser notable que El Mató a un Policía Motorizado es una de las bandas del underground más escuchadas por sus propios colegas y -aquí está la diferencia sustancial- por un público más que numeroso. Definitivamente, dentro de la escena alternativa, ésa de guitarras fuertes y estribillos noqueadores, El Mató representa a los niños que ilustran la portada de La dinastía Scorpio: los ganadores que alzan sus trofeos, sonrientes y felices. Ninguna otra banda de la generación '00 parece poder competirles en esto de trabajar al rival y luego sentarlo de culo en el piso con un buen estribillo-trompada.

La charla cordobesa prosigue, inevitablemente, en la senda de su último disco, ése que lleva un nombre que el Chango se rehúsa a explicar en cada nota que da (ésta no será la excepción, sepan disculpar…).

-Hubo mucha producción en La dinastía… ¿En el disco que viene repetirán?
-No sé si con un “productor”, pero sí con la metodología de ir a grabar las canciones a un estudio antes, hacer maquetas o demos. Antes eso era directamente el disco, se laburaba en el estudio casero y ya quedaba, no íbamos a otro estudio. Cuando se nos ocurrió ir a ION, que es un estudio grande y caro, supimos que lo mejor para ahorrar tiempo era preparar bien las canciones antes y llegar al estudio con las ideas claras. En La dinastía..., Eduardo Bergallo fue inicialmente el ingeniero de grabación y después nos mezcló. En ese proceso de trabajo, él hacía de productor por momentos, pero por lo general producimos los discos nosotros. Está bueno delegar, dejar que el productor empiece a ser un miembro más de la banda y piense alternativas, pero no encontramos a nadie que nos inspire ganas de hacer eso. Eduardo ahorraba caminos porque la tiene clara en todo lo que refiere a grabación y mezcla, en eso nos ayudo muchísimo y estuvo bárbaro trabajar con él.

-¿Cuál fue su idea principal para el disco?
-La idea de él fue que grabemos todos juntos para captar la esencia del vivo, algo que en los discos anteriores capaz estaba más chiquito. Era simpático eso, éramos como dos bandas, una en estudio y otra en vivo. Después, para la mezcla él ya tiene su estructura de trabajo y se alejó un poco de esa idea de que suene crudo, ahí quizá fue el momento de discutir para dónde apuntar todo. Y quedó algo intermedio que me gusta mucho.

***

El bloque cordobés se cierra con un tema candente en los últimos tiempos de El Mató: el Chango sufrió la rotura del tendón de Aquiles jugando al fútbol y eso derivó en una reformulación temporal del grupo, con el tecladista Chatrán Chatrán (Agustín Spassoff) pasando al bajo y Santiago ocupándose sólo de la parte vocal. Tanto en los shows de Casa Babylon como en Vorterix, Barrionuevo retomó su papel de bajista pero, sobre el cierre del set, cedió el instrumento de cuatro cuerdas para ocuparse exclusivamente del mic. De todas maneras, no se convence de abandonar el bajo, aunque resultó cómico verlo bendecir las cabezas de los fieles en Córdoba y Buenos Aires con su micrófono, como si fuera un Papa Francisco del rock.

-¿Le estás escapando al bajo?
-No, se me cortó el tendón de Aquiles y no podía tocar; en realidad no quería tocar sentado, era triste (risas). Igual fue triste cantar sentado, pero era más triste hacer las dos cosas (más risas). Empezó a tocar el bajo Chatri y mi novia Morita hacía los teclados. Me gusta eso de cantar y escucharme bien la voz sin tener que andar pensando en el bajo, es mucho más cómodo. Aunque me da un poco de vergüenza estar ahí solo con el micrófono. En la última gira no toqué el bajo casi nunca y todo ese momento donde me enfoqué en la voz fue un aprendizaje. Ahora que estoy de vuelta al bajo eso quedó, me sirvió para escucharme mejor. Sin bajo, hay una conexión más directa con la gente y motivás más a que el público se encienda.



LA GIRA QUE NUNCA TERMINA
Salimos de Córdoba y retornamos a Colegiales. Cuando el show del Teatro termina, no hay más que cruzar los pasillos-pasadizos que nos conducen a los camarines... Como buenos camarines, están atiborrados de gente. La fervorosa reacción del público, lo que quedó por charlar de las giras que fueron y las que serán y el éxito de la banda dentro de la crítica de rock nos llevan a arrancar por el final. Saludamos al Chango y, enseguida, continuamos desandando La dinastía... y el futuro:

-Pasaron casi dos años desde la salida del disco y la gente ya canta las canciones como si fueran clásicos. ¿Qué te hace pensar todo lo que pasó después de La dinastía Scorpio?
-Fue el disco que más respuesta tuvo. Cuando una banda saca un disco, creer que vas a llegar a una especie de unanimidad es raro que pase. Ahora el disco se editó en México y España, pudimos girar por lugares donde nunca habíamos estado como Perú, volvimos a México y a Estados Unidos; volvimos a Brasil que es un lugar al que fuimos varias veces. De alguna manera es como que vuelve a nacer el disco, en algún lado del mundo está comenzando. Y el domingo [6 de julio] nos vamos de gira a Nueva York, Los Ángeles y después México, va a ser un poco la presentación del disco allá.

-¿Cómo es volver a presentar algo que ya presentaste?
-Está buenísimo porque son canciones que trabajamos mucho. Estuvimos más tiempo que con otros discos, se mezcló con las dos giras que hicimos por España y eso de alguna manera hizo que pateáramos para adelante la grabación. En su momento se acortó el presupuesto, porque lo que teníamos guardado para el disco lo tuvimos que usar en la gira. Y la gira fue todo a pulmón, tuvimos que hacer un gasto groso, que en realidad fue una inversión porque después sirvió para volver. ¡Y cuando volvimos la segunda vez estaba todo pago! (Risas). Cada gira que hacemos es mejor, tenemos la suerte de volver con algo, poder invertir y comprarnos cosas.
Me causa un poco de gracia que cuando leo entrevistas de bandas nunca hablan de estas cosas: tiene poco glamour hablar de que una banda tiene que pelearla. A nosotros nos costó comprar nuestro primer instrumento cuando éramos chicos, no es que veníamos de familia... Tampoco lo digo para quejarme, es lo que nos tocó.

-Pasa que por lo general se da una imagen de banda de rock más glamorosa…
-Sí, y tener una banda de rock es algo caro. Capaz, si armás una banda de folklore es más barato comprar una guitarra criolla que una guitarra eléctrica, pero una banda de rock implica tener guitarras eléctricas, equipos, cables, baterías... Nos sigue costando. Pero todo bien, porque disfrutamos ver cómo con nuestro propio esfuerzo y nuestras propias canciones llegamos a esos lugares, que eran extraños en algún momento y ahora son un poco más comunes. Todas las cosas fueron sucediendo con un poco de suerte, mucho trabajo y el cruzarnos con gente buena onda. Cuando uno tiene buena energía se encuentra con gente que también la tiene y pasan estas cosas.

-¿A qué lugar fue sorpresivo llegar? Ustedes tocaron en Alemania, por ejemplo.
-Eso fue muy raro. Cuando tocamos en Francia o en Alemania, estaba la barrera del idioma que es lo más difícil. El público es una mezcla de curiosos que salen a la noche a ver bandas y muchos latinos que se mezclan: argentinos que están viviendo allá o gente a la que les llegó; en España la verdad que tuvo mucha repercusión la banda y capaz tocás en Francia o en Alemania y van ahí. Me acuerdo de que tocamos en Berlín y vino un chico de Croacia que se presentó y nos contó que buscando en Internet le gustó la banda. Croata-croata, de verdad (risas). Nos dijo “lo más cercano que van a llegar es Berlín, así que me tomé un avión para verlos”. ¡Se tomó un avión para vernos! Eso fue muy loco. Después nos llegan muchos mensajes de gente de Inglaterra, de Holanda; hay un grupo de polacos que hacen un festival y son fanáticos de El Mató, intentaron llevarnos allá varias veces pero nunca pudimos coordinar. Eso es lo más increíble: llegar a un lugar donde el idioma es otro. Lo primero que nos pasó, así, fue en Brasil. La primera noche que tocamos fue en un festival de San Pablo y la gente cantaba todas las canciones.

-¡¿Cantaban todos los temas?!
-Sí. Esto fue la primera vez que fuimos, en 2007, creo (ya fuimos como diez veces). El chabón que organizaba nos dice “bueno, vamos a hacer un festival, va a tocar ésta banda, ésta otra, -todas bandas brasileras- y… van a cerrar ustedes”. Y nosotros “no, pará, es la primera vez que venimos, ¡no nos conoce nadie acá!” (Risas). Y el tipo insistió: “Cierran ustedes”. Llegó el final de la noche, se hizo tarde, y subimos al escenario pensando “acá no va a haber nadie”. Veíamos que la gente estaba dispersa... pero de golpe se llenó, vinieron todos para adelante a vernos. Había argentinos, locura, la gente cantaba todo. ¡Pedían canciones: “¡toquen 'Chica rutera'!”! Todo en una especie de portuñol (risas). Y nos llegan muchos comentarios de gente que va de vacaciones a Brasil, que pregunta si conocen bandas argentinas y les contestan “Fito Páez y Él Mató a un Policía Motorizado” (risas).

-Insólito.
-Ahora que vamos a Estados Unidos, también es raro. Por más que haya mucha comunidad latina, que la gira se vaya a apoyar un poco en eso… Tocamos en un festival que se llama Latin American Music Conference (LAMC), la idea del festival es mostrar lo alternativo, no lo que llega allá (Ricky Martin, Chayanne y todo eso).

***

Al rockero argentino promedio la sigla KEXP no le dirá demasiado, y es lógico. Pero la visita de El Mató a un Policía Motorizado a Estados Unidos incluyó una parada histórica para el grupo. KEXP es la radio de rock alternativo más famosa del planeta, con base nada menos que en Seattle, la ciudad de Nirvana y Jimi Hendrix. Por sus estudios pasaron leyendas indie y grupos actuales de lo más destacado: desde Pixies y Stephen Malkmus (Pavement) hasta Spoon, The Hives o Arctic Monkeys. A mediados de julio fue el turno de los platenses: se transmitió un set de cuatro canciones que fueron grabadas por el grupo en Nueva York (“Mujeres bellas y fuertes”, “Chica de oro”, “Yoni B” y “Más o menos bien”, todas de La dinastía…, un buen muestrario del sonido actual del grupo). Nos contaba Santiago horas antes de partir que “justo en esa semana que tocamos allá van a hacer unas jornadas en Nueva York. Como vieron que tocábamos en el LAMC nos invitaron y obvio que les dijimos que sí. Tuvimos un poco de suerte, porque ir a Seattle hubiera sido toda una movida”.

-¿Los pone nerviosos una situación así o disfrutan el momento? Si bien es tocar en un estudio, a la vez sabés que estás en una radio con mucha llegada...
-Sí, igual creo que se graba y se pasa después, no es en vivo-vivo. Hemos tocado en vivo en radios y más allá de la carga emotiva que tiene, para nosotros en el momento que estamos tocando es lo mismo estar ahí que estar en un estadio. En mi caso, cuando más gente hay, más relajado me siento porque todo se pierde más. Y cuando hay diez personas, los miro a los ojos y pienso “ése de ahí me está mirando” (risas) y me pongo más nervioso.



EL MAINSTREAM, LOS MEDIOS Y NOSOTROS
El Mató se perfila como uno de los pocos grupos que puede establecer un crossover social significativo, es decir: que los escuchen los que escuchaban rock chabón a comienzos de la década pasada y que los sigan escuchando los “alternativos”. Su música parece ideal para los amantes del indie más crudo, pero sus melodías circulares, además, abren el juego radial. A pesar de ser una banda celebrada por el grueso de la crítica, resulta difícil verlos en la tapa de una revista (es recordada su aparición en la portada de Inrockuptibles allá por 2008, cuando cerraron su trilogía de EPs con el soberbio Día de los muertos). El propio Santiago comprende, sin embargo, que la dinámica de los grandes medios de rock en Argentina se reduce a otros… intereses.

-Son una banda muy alabada por la crítica, ¿cómo se llevan con eso?
-Acá hay mucha cultura, entonces te prestan atención cuando la banda ya se hizo popular o masiva. Por ejemplo, la última vez que hice una nota con Rolling Stone era tipo “nota a La Beriso que tocó en el Luna Park, nota a equis que también llegó al Luna...”, como si lo masivo generara una legitimación de las bandas y a partir de eso, “bueno, ahora sí, sale en la Rolling Stone”.

-A la larga, fortalecen el consenso de bandas que ya lo tienen.
-Exacto. Y se pierde la curiosidad, que es: me gusta una canción y voy a escribir sobre esa canción que me gusta. No importa si van 10 personas o van 10 mil. Y eso me parece normal acá porque es a lo que estoy acostumbrado, pero me llamó la atención cuando empezamos a ir afuera, que aunque no nos fuera a ver nadie (risas) nos hacían notas de los medios más importantes, como El País o Rockdelux, una revista española dedicada al rock alternativo. No éramos muy populares ni conocidos, pero a ellos les pareció que estaba bueno lo que hacíamos, que valía la pena hablar de nosotros. La esencia del periodismo, ¿no? Algo te llama la atención y te inspira a hacer una nota. Y acá no pasa, sobre todo en los medios más grandes. Por suerte hay un montón de medios alternativos que le dedican espacio a bandas que lo merecen. Igual hemos salido en los medios grandes... ¡No me quejo, eh! (Risas). Pero siento la obligación de exigir más espacio, sobre todo por la calidad de un montón de bandas nuevas que están haciendo algo que es muy original, muy fresco y que tienen cosas para contar y renovar un poco la música.

-¿Por ejemplo? Vos siempre mencionás a las bandas de La Plata, ¿ves bandas en todo el país?
-Un montón: ahora que venimos de tocar en Córdoba, somos muy fans de Claravox; a los chicos de Atrás Hay Truenos los conocimos en Neuquén, ahora se mudaron a Buenos Aires. Nos pareció genial que pibes de un lugar tan lejano estuvieran buscando lo mismo que nosotros y nos hicimos muy amigos enseguida, por tener esas coincidencias. Y así con un montón de bandas, en Capital y Buenos Aires hay muchas: Las Ligas Menores [según un tuit de Santiago de hace días, “la mejor banda del mundo”] Bestia Bebé, Los Reyes del Falsete, Viva Elástico... Lo que más me gusta es que tienen mucha personalidad. No se suben a una fórmula que está sonando en la radio, hay una búsqueda natural de hacer música que a ellos les gusta y se ve en su arte. Eso me enamora enseguida, por más que no esté la reivindicación de los medios: no se puede negar que es auténtico lo que hay ahí. Desde chico fui así, las bandas que escuché fue porque me conmovían, no porque estaban de moda o en los medios.

-De hecho, leí por ahí que no te gustan los Redondos.
-Es cierto. Lo que me gusta de los Redondos es que generaron algo desde un camino diferente, eso me parece revolucionario. Porque la gente sabe, y alguien que quiere formar una banda en especial, que hay miles de caminos para optar. Pero que ése está. Lo importante es que se entienda que hay muchos caminos que uno puede tomar cuando tiene un proyecto artístico, mientras sea libre: si quiere firmar con una compañía grande, si busca eso, está bien; si quiere ser independiente, está todo bien. Hay que ver los ejemplos de bandas que hacen cosas diferentes y a partir de esos caminos llegan a lugares inesperados. Alguno pensará“para hacer un estadio hay que firmar con una compañía”, pero los Redondos no lo hicieron, y aún así lograron lo que lograron. Entonces se rompe un estereotipo: eso es lo más importante.

-¿Y cómo ves la escena mainstream del rock argentino, lo que suena en la radio?
-Para mí está perdida. Las pocas veces que escucho la radio -y de casualidad, porque no pongo las radios tipo FM más populares- siento que es como si estuviesen todos producidos por la misma persona. Como si Las Pastillas del Abuelo estuviera producido por el mismo de No Te Va Gustar... Y no está muy bueno. En otras épocas no era tan conservador el sonido. Soda Stereo, Virus, Los Cadillacs, eran bandas mainstream pero cada una tenía su búsqueda, y ahora parece todo igual, con una falta de riesgo y una chatura total, súper estancado y conservador. Y la respuesta de los medios a eso es la nada. Pero bueno, existe Internet, existen medios alternativos y también está la curiosidad de la gente de buscar la salida: eso cambió mucho porque hay muy buena música.

-Y a ustedes, ¿los tentaron alguna vez de una compañía? Sería lógico porque les va bien acá y afuera. Lógico en cuanto a la lógica de las compañías, claro...
-Sí, nos llamaron un par de veces, de una compañía grande. Y la verdad que no nos interesa, estamos bien así, teniendo el control total de todo lo que hacemos, de nuestros tiempos. Hacemos nuestros discos cuando se nos canta el culo... Si no es compartir tu producto con alguien, esas personas van a ser dueñas de tu arte, también. Y van a exigir cosas porque están invirtiendo en vos. Te van a pedir, “bueno, ahora queremos que…”.

-Saques un disco el año que viene.
-Ponele. Nos han contado historias de bandas muy importantes -no de pibitos que podían ser manipulados fácilmente- que no podían tocar temas nuevos en vivo hasta que no saliera el disco. Ellos tenían que salir, ¡y ya había una restricción sobre lo que tenían que hacer! Entendemos que está bueno para muchas bandas tener a una compañía que esté atrás tuyo y te ayude en un montón de cosas. A muchas bandas les fue útil, a Babasonicos...

-Se me ocurre Massacre, también.
-¡Sí, obvio! Una banda de culto, que tenía una mística propia, firmó con Pop Art y supongo que siguen haciendo lo que quieren, no es que cambiaron su actitud. Y se les dio después de muchos años de trabajo en el under. O bandas arriesgadas como Victoria Mil que sin una compañía atrás, capaz era apostar a algo que tenía muchas chances de perder. Pero bueno, que cada uno elija lo que quiera. Nosotros sabemos que lo nuestro es arriesgado, que no nos pasan en la radio ni en la tele, en ningún lado pero... Somos felices.


[Publicado en Rock Salta Nº21, enero-febrero de 2015. Fotos: Agustina Cornejo.
Entrevista en Córdoba por Alejandro Wierna y Eduardo Pece]

jueves, 16 de julio de 2015

Florencia Ruiz y una miniatura artesanal
























Me decidí y aunque es difícil para mí afrontar cierta soledad, en paralelo con el nuevo disco de banda + invitados grabaré mi primer álbum sola con la eléctrica. Lo hago para Japón pero estoy pensando en destinar 100 discos para quien quiera tenerlo aquí en mi patria. Es un mini CD con 7 nuevas canciones, de bella edición.
¿Algún interesado/interesada?
Así estoy hoy, en la construcción total. Siempre alimentando a mi cabeza que no para y agitando el aire... ¡Cariños!

***

Así como amo las verdulerías, nunca me gustaron los bancos y son solo 100 discos los que tengo destinados para Argentina. Por eso quiero hacer todo personalizado, como siempre. Sé que algunos de los interesados están en el interior, ¡ya iremos resolviendo ese tema! Para los de Capital y Gran Buenos Aires y viajeros les propongo encontrarnos en los próximos shows (no es necesario quedarse ni el precio del disco incluye entrada).
Sábado 18 de julio (preventa) que me ayudará a realizarlo.
Sábado 8 de agosto (entrega) que me dará mucha alegría de compartir.
Todo en El Quetzal. Guatemala 4516. 100 pesos por disco.
Como les dije es un disco de edición artesanal, un MINI CD con 7 nuevas canciones grabadas sola con la guitarra.



Mi amiga Luciana me diagnosticó a mis 16 años: tenés una vida muy hippie y un pensamiento muy punk. No sé si sigo así (creo que no) pero me guardo su reflexión forever.
Como cada viernes vuelvo a mi notiflOr. Tuve algunas consultas sobre el disco nuevo y la modalidad para adquirirlo. La cosa es así: hay dos shows antes de la gira por Japón. 18 de julio en Banda y el 8 de agosto con Mono Fontana, ambas en El Quetzal. El que quiera asegurarse una copia del disco, puede acercarse al Quetzal, allí abonar e ingresar en el listado de discos con dueño. El 8 de agosto se retira pero si alguno no pudo ir, lo que sea, yo se lo guardo, soy de palabra. Los shows son independientes a esta movida.
Por otro lado estoy pensando en hacer un show para los 100 alentadores que tengan el disco, será al volver de Japan, pero dependerá de la convocatoria de preventa. Yo seguiré tocando siempre y haciendo canciones y discos pero mucho mucho más contenta si me acompañan en esto.
Vivo en el mundo donde todos estamos siempre apurados y donde todo es a un clic de distancia pero antes de bancarizarlo todo ¿intentamos en persona? ¿suena muy hippie?

***

7 cartas invisibles se llama el disco que grabé sola con la eléctrica y con un público muy especial y espacial. Se registró completo y pronto estará subido en la web. Haré la preventa del disco el día 18 de julio en El Quetzal y se podrá retirar en cualquier show de los próximos 20 años. Para quienes no puedan acercarse el 18 y quieran el disco me escriben o se acercan a algún show, puedo habilitar una cuenta pero no es lo que más quisiera. El motor de la preventa es poder fabricarlo lindo lindo y que haya un pedacito de cada uno de los que apoyaron esta movida en el disco.
Un fuerte abrazo y ¡que sigan llegando cartas!

***

Todo esto que leen aquí arriba lo cuenta Florencia Ruiz desde su página de Facebook. Como cada uno de sus movimientos, lo observamos y reaccionamos. Esperamos ese disco, por supuesto lo compraremos: hay pocos músicos en este país con el rigor musical de Ruiz, con tanta conciencia y tanto amor por lo que se hace. Que canten y toquen así, que escriban y compongan como ella lo hace, con esos resultados, ¿no? Discos imprescindibles como Mayor y Luz de la noche, gemas que no cualquiera.

Este sábado 18 de julio a las 21:30 será su única fecha de banda en 2015, y además la oportunidad para asegurarse 7 cartas invisibles, canciones a voz y viola, algo en lo que suele salir bien parada al momento del vivo. "¡Preventa del disco en solitario y repertorio de banda totalmente nuevo! Antes de Japan y con la emoción a flor de piel... siempre invitados todos a compartir".

No digan que no les avisamos.


[Fotos de Federico Caruso]

viernes, 3 de julio de 2015

Mostruo!: “En este disco ya somos nosotros y nos hacemos cargo”













Se acabó. O al menos esta vez, no iba. El monstruito verde que engalanaba todas las portadas de los discos de Mostruo! desapareció de la primera plana en Profunda desorganización, el cuarto larga duración de los platenses. Ese detalle es consecuente con el rumbo que tomó la música del cuarteto en el álbum publicado a fines de 2014, una de las producciones más sólidas del año pasado y sin lugar a dudas su mejor registro a la fecha.

Lucas Finocchi nos recibe en un recreo de su trabajo en FM BitBox y la charla, en una tarde (todavía) calurosa, recorre algo del pasado pero mucho más del presente y de lo que vendrá. Profunda desorganización trae novedades más allá de las canciones: es el debut de Gabriel Ricci en el bajo, en lugar de Federico Mutinelli. Además, es el primer disco en que el grupo trabaja bajo las órdenes de un productor, Alfredo Calvelo. De allí a las ganas de profesionalizar su andar parece haber un solo paso. El mismo -o un poco más corto- que aquel que aleja a La Plata de Capital Federal, esa ciudad tan enorme e inabarcable, todavía una incógnita para Mostruo! ¿Más? La búsqueda estética de la banda, la composición grupal, las dificultades para decir que no a tantas propuestas amables… El trabajo de cuatro tipos (Finocchi, Ricci, Kubilai Medina y Luciano Mutinelli) que no viven de esto, pero sí para esto: tener una banda que sacuda escenarios a base de canciones bellas y fuertes. Lo logran pero aún quieren más, porque saben que el monstruo es grande y por eso ya no entra en la tapa.

Lo primero que sorprende del disco es que no esté el monstruo característico. ¿Cuál es la explicación para el cambio?
Nunca hacemos las cosas demasiado conscientemente, no hubo una charla filosófica ni nada por el estilo. Sí nos pareció bien a todos, de entrada, que esta vez no estuviera el monstruo en la tapa. Después, analizándolo con el disco hecho -y comparándolo con los otros-, me parece que el monstruo en algún punto era un alter-ego nuestro, una especie de personaje que ya no está. En este disco ya somos nosotros y nos hacemos cargo, no necesitamos esa figura.

Sin embargo, la tapa tampoco es una foto de ustedes.
No, porque tampoco creemos que seamos lindos… (Risas). Ningún disco de Mostruo!, salvo uno, tiene fotos nuestras en el librito. Para mí es mucho mejor que el disco sea una obra de arte, aunque una muy buena foto también pueda serlo. Pero el dibujo es el concepto que más nos gusta. Y nosotros no somos de lookearnos ni nada de eso. Nos han dicho “no toquen vestidos igual que como trabajan” y la verdad que no nos sale, no le ponemos mucho a la imagen nuestra como personas, entonces tampoco tiene sentido hacerlo para el disco. De hecho, nos re cuesta hacer fotos…

¿Lo sienten como una deuda o sale así y está bien?
Yo no, nunca entendí la música desde ese lugar, aunque entienda que la cultura rock tiene mucho de eso. Pero nuestra forma de vincularnos con el rock es más desde la música, desde la canción. Hay quien lo hace así -Neil Young, por ejemplo, aunque hay montones- y también está Bowie, que tiene talento para hacer las dos cosas. Creo que nosotros no y tampoco hay una búsqueda nuestra en ese sentido: yo no tengo nada que decir con mi imagen, no es algo que maneje ni un lenguaje que entienda. Por eso buscamos que el que lo hace sí tenga algo que decir y sepa cómo: las fotos que nos sacan Vicky Schwindt, Fernando Massobrio y Manuel Cascallar están buenísimas porque ellos son buenos fotógrafos y saben lo que hacen. Lo mismo con cada tapa que hace el Chulo, Juan Soto, sabemos que él va a hacer una buena ilustración. Aprovechamos a los amigos talentosos para manejar esa parte. Tampoco lo pensamos tanto, se va dando: volviendo al caso de la tapa, hubo un acuerdo con el tema del monstruo para avisarle al Chulo que no lo hiciera. Hizo un par de pruebas y terminamos con las medusas.

¿Por qué fueron las medusas?
A él le vinieron las medusas y nos gustaron. Tuvo esa visión, medio de [Hayao] Miyazaki, por ese lado más japonés. Y nos gustó porque tenía que ver con la cosa enmarañada y enroscada que tiene el disco. En algún punto este es un disco súper introspectivo, muy de la neura. Entonces, esa imagen de un animal que no se entiende bien qué es o cómo es quedaba bien. Además, la medusa también brilla en la oscuridad y las de la tapa tienen algo así como una luz que no entendés bien de dónde sale. Todo cerraba, más como un acercamiento poético, porque no tiene una explicación muy lógica.

Sí parece que el disco tuviera cierto hilo narrativo. ¿Eso se fue dando…?
(Interrumpe) ¿En el sentido de “principio a fin” decís?

Sí, en cuanto al orden de las canciones y lo que cuentan, que parece una historia. No sé si son todas canciones de la misma época o no.
El orden lo pensamos bastante. Hay algunas canciones -“Profunda desorganización” y “Vas a llorar”- que son más viejas y fueron las que terminaron estructurando el disco. Después hay otros temas como “El costado tierno” o “Resiliencia”, más nuevos. Los del Kubo, “La soledad” y “Perdí”, también son de otra época, los tiene hace un montón. Digo “los del Kubo” aunque los temas son de todos, se terminan cerrando y nos los quedamos los cuatro. Y no, el disco no está pensado como una continuidad aunque, al estar compuesto desde lo que nos pasa en cierto lapso de tiempo... Bueno: en esa época nos pasaba esto.

Las letras parecen hablar de una ruptura y la reconstrucción a partir de eso, un divorcio o lo que sea. 
Hubo algún divorcio pero me parece que son etapas de la vida también, dejar atrás cierto romanticismo. Hubo un cambio de formación en la banda, que desde que nació hasta que se fue Muti fue una, y ahora es otra. Éste es el primer disco con Gabo y sí, es un quiebre porque la banda es otra. Nosotros funcionamos como grupo y cambiar un integrante era un riesgo porque no sabés cómo puede salir. Y terminó saliendo bien pero hubo un duelo que hacer respecto de lo anterior, que se hizo y un poco está en el disco. Porque en una banda uno pone mucho del deseo y de lo lúdico. Cuando a eso hay que sostenerlo y aparecen los roces, empezás a tener otro vínculo: ése es un duelo también, más allá del cambio de integrante. El de decir: “bueno, esto también es un laburo”, que si bien tiene que ver con algo que te gusta es un compromiso grande y exige mucho. Entonces tenés que redefinir qué querés vos de esto y dónde te parás, porque no podés seguir actuando como si tuvieras veinte años y tampoco podés estar quejándote todo el tiempo.














Mantenerse en el tiempo es lo más difícil.
Sí, porque la condición de independiente uno la elige y la acepta, o no. Pero es lo que hay, entonces tampoco podés andar llorando. Sí hay que asumir que cuesta, uno labura de otras cosas y a veces la banda te demanda un montón.

Es un trabajo más, con la pequeña diferencia de que no da plata…
Exacto. Entonces, cuando además de no darte ganancias deja de darte satisfacción, ya empezás a cuestionarte algunas cosas. Por eso hubo una especie de reconversión, de redefinir un montón de aspectos.

¿Pensaron no seguir, o tampoco fue para tanto?
No, ni llegamos a pensarlo porque además nunca paramos de tocar. Lo fuimos haciendo mientras el Muti se estaba yendo, porque tampoco se fue mal. Por ahora no estuvo ni cerca esa conversación.

¿Y en qué creen que cambió más la banda a partir del ingreso de Gabriel?
Hay como un intento de profesionalización o de perfeccionamiento del sonido, de la producción. Algo que ya venía desde Perfecto, el disco anterior, y que ahora se profundizó un poco más. También tiene que ver con que hacemos esto porque nos gusta, entonces queremos hacerlo bien, ya no nos da lo mismo cualquier cosa. Vino por ese lado: estamos tratando de sonar mejor, de arreglar más los temas. Y el disco en ese sentido funcionó porque fue una apuesta a eso y salió bien, creo.

Y fue la primera vez que delegaron todo a un productor, Alfredo Calvelo.
Fue la primera vez que entregamos completamente el mando de algunas cosas, no de la composición pero sí de los arreglos y de la producción. Ahí hubo un aprendizaje, también.

¿Y hubo mucha lucha con Alfredo? Porque los arreglos son detalles compositivos. ¿O le decían que sí a todas sus propuestas?
Sí, algo de eso hubo, obviamente, porque tampoco era una cuestión dictatorial. Tuvimos algunos momentos tensos (risas) pero también está bueno porque en algún punto esa situación te obliga a defender una posición y a poder argumentar, entonces el resultado termina siendo mejor de lo que era. Desde mi experiencia personal me costó soltar, y aprender a soltar también te permite crecer, en todo sentido (en la música también). Entonces Profunda desorganización sirvió para eso, y el resultado a mí por lo menos me tiene conforme.

¿Lo volvés a escuchar después de un tiempo y decís “tenía razón Alfredo”?
Sí, en algunas cosas pienso que sí y en otras no tanto, pero eso pasa siempre porque ahí ya entra el gusto. Lo que sí creo es que él llevó al disco a un lugar, conceptualmente, que lo empiezo a entender más con el paso del tiempo, porque por ahí uno está muy metido dentro de una canción o de un arreglo y hasta que podés tomar distancia te cuesta. Un disco tan laburado en el estudio, además, después no es fácil de tocar. Hay temas con tres o cuatro guitarras y tenés que elegir, pero con los meses de ir tocándolo se va armando el vivo y en algún punto te olvidás cómo está en el disco y queda esa versión para tocar.

Igual el vivo siempre es distinto, hay cosas que en vivo ganan potencia.
Sí, nosotros en vivo somos de conectar mucho. Nunca vamos a pecar de pechofríos pero sí a veces de pasarnos de rosca. Ese es el riesgo, ensayamos para lograr un equilibrio aunque apostemos a prendernos fuego tocando porque si no es así, no pasa nada.

¿La profesionalización que buscan contrasta con los lugares que hay disponibles para tocar? 
El año pasado tocamos cerca de 40 veces, o sea, dos o tres veces por mes, a veces cuatro. Y como venimos de tres años de tocar mucho, ahora queremos parar un poco… Pero los próximos meses tenemos un montón fechas, siempre nos pasa lo mismo (risas). Queremos cuidarnos un poco también.

¿Cuidarse de qué?
Cuidarse del cansancio. Porque organizar todo es un quilombo. Queremos producir mejores eventos, porque si te salen fechas de tocar, tocar y tocar, te vas olvidando de que está bueno tener una puesta. Es un intento, al menos, porque tampoco sabemos hacerlo (risas), aunque vamos mejorando algunas cosas con los años; pero tampoco somos productores. Con el tiempo hay que aprender a decir que no a algunas cosas, pero es difícil porque a la vez las propuestas te dan ganas. Si fuera por mí, preferiría tocar mucho y que la música fuera mi único trabajo. Bah, no sé si preferiría eso (risas) pero si tocar mucho implicara también una relación más laboral, supongo que lo podés bancar mejor.

¿Tienen laburos por fuera de la música o trabajan en cosas relacionadas?
No tan relacionadas. Yo estoy acá y en Radio Universidad, pero aunque tenga relación con la música, la radio es otro lenguaje. Después Kubo es diseñador gráfico, Gabo sí tiene más que ver porque es técnico de sonido y Luli trabaja en la Facultad de Veterinaria, nada que ver. Hay una fantasía con la música, supongo que se puede vivir de ella pero tenés que tomar otro tipo de decisiones, o estudiar más o dar clases. Acá vivir de la música no es una realidad... Es una inversión que hacen las propias bandas con los años. Después de tocar 15 o 20 años, llegás a cierto movimiento.

Bueno, ustedes en La Plata mueven una cantidad de gente considerable. Está bien, tocan hace diez años…
Son diez años de tocar, no es fruto de la casualidad. A la gente le tiene que gustar también, obvio. Y el boca en boca termina siendo casi siempre lo único que funciona, alguien que le diga a otro “che, vamos a ver a esta banda que está buena”. En La Plata hay varias radios que nos pasan, hay otro circuito, entonces algo se va a generando y somos agradecidos de lo que pasa allá. Es un micromundo, un universo cerrado en sí mismo que te juega a favor pero a la vez es difícil salir de ahí, te acostumbrás. Si tenés una banda y querés tocar, La Plata es un buen lugar. Tanto que en este tiempo hubo algunos chabones que se fueron a vivir a La Plata ¡para armar su banda allá! Y yo les digo “¡boludo, te vas a cagar de hambre!” (Risas). El objetivo no es estudiar en La Plata sino ir a armar una banda, lo cual me pareció rarísimo (más risas). Después las canciones tienen que estar, qué sé yo…

¿Y en Capital, les cuesta romper esa barrera todavía?
No sé cómo funciona acá, no lo entiendo. En algunos lugares la pasamos muy bien y después por ahí no pasa nada. Después de Cromañón hubo algo que cambió y que todavía sigue roto: nosotros arrancamos justo en 2004, hubo algo a partir ahí que cambió en Buenos Aires. Y también me parece que hay una generación de gente que no va a recitales de bandas chicas.

¿Decís que la gente escucha a las bandas pero no las va a ver?
Sí. Yo con mi sueldo no puedo venir a ver a una banda en Buenos Aires, es muy caro, en La Plata la entrada sale un cuarto de lo que sale acá. Además, al no haber canales de difusión, la gente escucha las radios que le llegan. Y en las grandes radios no te pasan a ciertas bandas; en La Plata sí, hay dos o tres radios que están buscando cuál es la banda nueva. Antes aparecía una banda y era un evento, salían Los Piojos o Viejas Locas y los medios vendían la novedad. Ahora por ahí hay una banda que está buenísima -El Mató, ponele- y sabés que cuando suena es porque hay un operador que lo deja. Todo pasa más por internet y cada banda se tiene que hacer su propia difusión y su propio público. En una ciudad tan grande hay que aprender a manejarse con eso, es muy difícil encararlo porque no sabés adónde tener que ir y adónde no. Capaz que alguno la tiene más clara pero nosotros estamos averiguándolo.

Ustedes firman todos los temas en grupo, alguna vez dijiste no estar de acuerdo con los derechos de autor. ¿Por qué decidieron que los temas sean siempre de todos? 
Esa fue una decisión que tomamos en el primer disco y la sostenemos. Tiene que ver con una creencia de que el laburo es colectivo. O sea, yo compongo un montón de canciones, Kubo también, y se podría plantear “éstas son mías, éstas son de Kubo y éstas son de todos” porque están esas tres variables. Pero la verdad, a la hora del concepto del derecho, uno firma -porque no es que firmás para decir “la hice yo”- por el deseo ulterior de cobrar, eventualmente, algo. Y si bien cuando compongo una canción hay un momento en el que trabajo un poco más que el resto, después todo el laburo es parejo en general. Cuando deje de ser parejo vemos, pero el concepto es que todos ensayamos, todos aportamos cosas a la canción y entonces termina siendo algo de los cuatro. Lo que pasa es que culturalmente tiene más valor la letra, pero es igual de importante la línea de bajo.

¿Y cada uno compone su parte?
Sí, claro, después podemos opinar o sugerir, pero ahí cada uno está componiendo. Para el derecho de autor, para SADAIC, el importante es el que escribe la letra y por eso se lleva la mayor cantidad de la guita.

Otra cosa que te leí decir es que cuando estás mal componés una canción y cuando estás bien hacés un asado...
(Interrumpe) ¡Y lo sostengo! (Risas). El arte es para sublimar, y la sublimación es lo que nos evita ser psicópatas y salir a matar gente por ahí. Entonces es una manera de transformar la realidad. Si estoy angustiado, tengo opciones: o me pongo a morfar, o me duermo una siesta, o hago un tema. Cuando hago un tema o escribo algo, por lo general después me siento mejor. El vínculo que tengo con hacer canciones tiene que ver con eso: no las hago para conquistar el mundo (risas), las hago cuando me siento mal y para sentirme mejor. Y por lo general son medio bajón porque salen desde ese lugar de angustia. He tratado de componer desde otros lugares y…

¿No te sale?
¡No me gusta lo que sale! (Risas). Es un poco eso: cuando estoy bien me da más ganas de joder que de escribir una canción. Esas otras canciones las tiene que hacer Jorge Serrano de Los Auténticos Decadentes, aunque en algún punto también sean medio neuróticas las canciones de él. Pero ahí no me hallo; quizás algunos temas sean más arriba pero mi vínculo con la composición es otro. Ojo, tampoco trabajé nunca de compositor, no sé cómo sería si en vez de trabajar en la radio trabajara todos los días haciendo canciones.

¿Lo harías?
¡Si me pagan, sí! Una vez compuse para Valeria La Ferrara, alias Valeiro Gorgori, una chica de La Plata que me gusta mucho cómo canta. ¡Pero es una desorganizada y nunca grabó el disco! También hice temas con amigos, ahí sí sale una cosa más lúdica porque si es para otro estoy más relajado, más tranquilo.

Para cerrar, ¿cómo va a ser la fecha del sábado?
El show es parte del ciclo De la Radio al Escenario que organiza Eduardo Fabregat a partir de su programa Rebeldes, soñadores y fugitivos. Va a ser la primera fecha del ciclo y lo inauguramos dos bandas de La Plata, así que estamos contentos: tocamos nosotros y Sr. Tomate. Después, vamos a tocar el 11 de abril en La Plata, con Güacho;  el 17 en Benito Juárez; de ahí vamos para Necochea el 18, nos llevan los chicos la Agrupación IndieGesta. Y volvemos a La Plata para el cumpleaños de Radio Universidad: va a haber un festival, se presentarán algunos libros y demás. Lo que te decía: queremos parar un poco pero todo lo que nos ofrecen está bueno… ¡Y terminamos diciendo que sí! (Risas finales).


[Publicado en ArteZeta el 26 de marzo de 2015. Fotos de Victoria Schwindt]

viernes, 12 de junio de 2015

Dom La Nena: soy de cualquier lugar






















"Cuanto más viajo, menos sé". ¿Era Harrison el que dijo la frase? Bueno, no importa, lo importante es la frase y no el autor; en este caso y siempre. Pero viene bien si hablamos de Dom La Nena, seudónimo de Dominique Pinto, música de origen brasileño que anduvo de aquí para allá toda su vida, repartida entre viajes y estadías en su país natal, Francia y Argentina, principalmente.

No haré un racconto de su travesía por este mundo (para eso hay unas cuantas entrevistas dando vueltas, mucho más interesantes que una enumeración aquí) pero algo es innegable: la música de Dom refleja su condición de dama errante e inquieta. Como asevera aquel clásico de Los Gatos, es de cualquier lugar y va a cualquier lugar. Su disco Ela (2013) es un primer paso encantador: atraviesa universos dignos de una artista de mundo (poco tiene que ver esto con el pop marketinero global, ojo) que chupa influencias de aquí y allá, y a la vez es tan transparente que cautiva a los segundos de darle play (sospecho que no fui el único que compró al instante).

¿Qué hay en Ela? ¿Qué hay en Soyo, su disco-continuación publicado hace meses? Una cantante suave e hipnótica, una trama que la envuelve sin tapar ese susurro que horada de a poco, con sus respiraciones y su pronunciación delicada. "O vento" es un ejemplo letal de esa amalgama: cuerdas-tornado interviniendo precisas, exactas, descriptivas. Porque si se escucha con atención, el sonido puede describir más que las palabras, mucho más. "El silencio" es otra muestra de un rotundo triunfo tímbrico: los instrumentos no se meten porque sí, porque queden lindos. Esa comunión resulta clave para estas canciones construidas desde la pequeñez y la ¿melancolía?

***

Charly inmortalizó para siempre aquello de que "la alegría no es solo brasilera". OK, pero la melancolía tampoco lleva la etiqueta made in Argentina. Es notorio en ambos discos de Dom (y en el caramelo editado entre ambos, el EP Golondrina) ese tono casi de despedida en versión Indio Solari: dolor dulce. Como si el desarraigo, en el caso de Dominique una elección que reafirma a cada paso y cada melodía (entonces... ¿es desarraigo?) se impregnara en la canción, convirtiéndola en el soundtrack ideal para cualquier película de viajes, abrazos de bienvenida, partidas a un nuevo destino, arribos, salidas, nuevos amigos y así, en un continuum que para La Nena ya cuenta 25 años.

Ni siquiera es necesario comprender lo que dice para tener esa sensación (Pinto canta en portugués, español y francés). Hasta en los temas con huella más brasuca ella imprime un misticismo entre amable y tímido; que no es lo mismo que ingenuo. Aunque el desparpajo de ser una niña se le note ("Sambinha", "La nena soy yo").

Ahí se entrevé lo de artista de mundo: a la manera de Daniel Melingo, pongámosle, que puede ser tanguero reo, hi-fi, cosmopolita y parisino, Dom abre su álbum de viaje y en una página está la samba, en la otra la chanson, etcétera. Todo con aires de y no en el compartimento esperando quien busque con seguridad algo predeterminado o estático. A contramano del borramiento de matices regionales que la industria musical imprime a sus grandes actos, Dominique bebe de aquí y allá, siendo ella misma quien dibuja y desdibuja sus referencias para que salga lo que sale: cuando empezó a componer, lo ha dicho, no esperaba que le salieran estas canciones. Porque ni siquiera esperaba que le salieran canciones.

Hay quienes aseguran que esta es la era del mestizaje, y puede que tengan razón. Pero para eso es menester ir y volver e ir. Ella, además de hacerlo bien lo hace a conciencia (canta, despreocupada, "no tengo casa"). Desea parecerse a las golondrinas y allá va: dando vueltas al mundo y buscándose. Ojalá que no se encuentre nunca, así está bien.


[DOM LA NENA presenta SOYO hoy viernes 12 de junio a las 21 horas en SANTOS4040 (Santos Dumont 4040, Capital Federal). Entradas en Alternativa Teatral.
El sábado 13 hará lo propio en Ciudad Vieja (17 y 71, La Plata). Las entradas anticipadas se consiguen en La Disquería (54 casi esquina 8). 
En tanto, el domingo 14, a las 19 horas, Dom cierra su gira argentina nada menos que en el Centro Cultural Kirchner (Sarmiento 151, Capital Federal) y con entrada gratuita (se retira 2 horas antes del concierto)]

miércoles, 3 de junio de 2015

Florencia Ruiz: “La música debe nutrirse de una vida luminosa”


Celebrar quince años de discos, canciones y amigos no es cosa de todos los días. Florencia Ruiz lleva ese tiempo grabando discos y compartiendo melodías con sus compañeros de andanzas, de la vida, de la música. Con ellos y, principalmente, con ella, su gran compañera, podremos encontrarnos mañana 25 de octubre en el Centro Cultural Caras y Caretas (Sarmiento 2037, Capital). La celebración se titula así, “Quince años de música”, y los amigos (anoten que son varios: Mono Fontana, Ariel Minimal, Andrés Beeuwsaert, Alejandro Franov, Julián Gándara, Elizabeth Ridolfi, Flopa Lestani, Rosario Bléfari, Jerónimo Izarrualde, Juan Fracchi, Agustín Balbo, Marcelo Lupis, Ignacio Margiotta y Eduardo González Ahumada) irán marchando para acompañar una velada que suponemos extensa y emotiva.

La reciente salida de MA, el disco pensado para editarse en Japón como retrospectiva de su carrera; la última gira por el país oriental, que incluyó la experiencia de llevar a Julián, su hijo de dos años; la música como construcción y en el curso de la vida cotidiana; lo que se verá en el show de mañana… De todo eso hablamos con Florencia, natural, sincera, profunda, misteriosa. Como su música.

¿Cómo es armar un show repasando todo lo hecho en tantos años?
Un show así implica muchos costados a los cuales nunca miré, es nuevo para mí. Por ejemplo, necesitás un asistente, es importante porque son muchos músicos y la idea es que el show vaya. Hay distintos sets, la idea es intercalar y no permitirte caer en un pantano, y eso implica que esté todo ordenado. Para mí el show es indivisible a contar una historia: todos los que van a venir aparecen en ella. Es lindo que vengan a compartir, es algo de la amistad que me resulta muy sanador. Entonces el show tiene que tener eso de poner primera y darle... Se va a grabar, para tenerlo.

¿Con planes de edición?
Por ahora, para tenerlo. Sacamos un disco en vivo en Japón, eso ya está. Yo quería que fuera en vivo de verdad, sin retocar, entonces les dije “bueno, si quieren sacarlo es así, déjenlo así”. Si en la foto estamos despeinados, estamos despeinados (risas).

Además, la formación que armaste para la gira era distinta a la que tenés acá.
Nada que ver. Para mí es otra música, la canción es la misma pero la música es otra. En ese sentido es interesante; además tener un disco editado en Tokio tiene su valor.

No deja de ser una rareza, aunque para vos tocar en Japón ya sea casi una costumbre. De hecho, MA lo armaste para los japoneses ¿cierto?
Sí, el disco en realidad lo hice para los japoneses pero después surgió que saliera acá también, fue iniciativa de [Carlos] Villavicencio y yo dije “bueno, dale, vamos a hacerlo”. Resultó una buena decisión. Creo que está bueno arrancar por ahí, viste cuando decís “quisiera empezar a escuchar a Fulanito, ¿cómo hago?”. Son siete discos ya… Puede que escuches Luz de la noche, el último, pensando que quizá se acerca más a lo que hago en la actualidad. Pero escuchar todo el otro costado también está bueno. En MA cada canción representa un año, entonces escribí algo sobre ese año, sobre esa canción o sobre la grabación; y por qué elegí cada canción. Igual en el show no vamos a tocar el disco entero, elegimos otras canciones y tengo una banda que se adapta a lo que está grabado.

¿Cambiaron los miembros de la banda o son los mismos que te venían acompañando?
Está Jerónimo Izarrualde en batería, que fue quien grabó en Luz de la noche; y trajo a su compañero guitarrista, Agustín Balbo (tocan en la Orquesta Los Amigos del Chango). Después siguen Juan Fracchi en bajo y contrabajo y Eduardo González Ahumada en teclados. Y todos los invitados. Vienen Andrés Beeuwsaert, con quien haremos los temas de piano; Alejandro Franov, con quien haremos los temas más volados y climáticos... Y bueno, con el Mono Fontana y sus músicas del más allá (risas), haré un set. También viene un compañero de años, Julián Gándara, un cellista que hace mucho toca con Charly García; con él compartimos toda una época de limbo, de Mayor a Luz de la noche. Hay algunas canciones que tienen coros, que son de Rosario [Bléfari] y Flopa; viene [Marcelo] Lupis, claro… Él vino a Japón pero ahora se dio que al elegir el repertorio necesitaba un guitarrista, entonces había que encontrar otro sonido. Y Agustín es bastante más chico pero tenemos muchas cosas en común (siempre había tocado con Nacho [Margiotta], que va a estar también). Y bueno, Julián [Semprini] -el baterista- no podía venir porque tenía otro show, así que convoqué a Jerónimo y él trajo a Agustín: estoy muy contenta con la banda, empieza el ensayo y se me dibuja una sonrisa. Esta vez quiero sacar los arreglos tal como están en las grabaciones.

Todo un trabajo…
Se trabaja mucho desde la construcción porque lo más difícil es construir, siempre. Una casa te la tiro abajo en dos horas, pero hacerla lleva dos años. Lo que decía de los pianos: yo quería tener un momento con piano porque siempre suelo encontrar en ese dúo de piano y voz un algo, un clima. Y el Mono no es eso, tampoco lo es Ale y tampoco era Edu. Y sí es Beeuwsaert. Y lo lindo es que ellos están recontentos de que haya cuatro pianistas.

Entienden que es una necesidad. Porque cualquiera de los cuatro, desde lo técnico, podría tocar lo que se va a tocar. Pero cada uno tiene su estilo.
Claro, técnicamente cualquiera lo podría hacer. Ahí está el asunto: a veces uno tiene algo para dar y otra cosa no le sale. Tiene que estar la persona justa, eso es la música: la diversidad. Que todos tenemos un lugar pero donde está nuestro lugar. El conflicto es cuando queremos abarcarlos todos. Necesito que haya una camaradería y una predisposición afectiva muy fuerte con la música. Quise que esté Julián para hacer honor a la historia nuestra y a su vez porque sé que con él suena tu canción y sabés que al tipo le encanta y está ahí. Cuando querés hacer sonar una música se necesita todo un laburo y una interacción. Creo en eso.

Y en tu música se nota que no se puede tocar cualquier cosa, hay aire…
Creo que recién ahora, después de quince años, entendí un poco cómo es armar un grupo. En mi caso no quiero que se generen conflictos, y ése es un defecto muy grande porque capaz termino diciendo “bueno, dejalo que haga el solo” y en el tema equis no había un solo. Estuve revisando mis discos y casi no hay solos. En Luz... dejé para el final las guitarras, quería que toque Ariel [Minimal] entonces le dije “dejame que armemos todo el disco y después vos hacés lo tuyo, que es solear y dejar tu huella donde la canción lo reclame”. Tocó en tres canciones y su aporte es tremendo. Ahora, si quiero tocar esas canciones necesito que haya un guitarrista: Agustín empieza a hacer el solo de “El futuro, flor” y yo tengo ganas de llorar porque es tremendo verlo ahí, “wahhhhh” (imita un sonido de guitarra eléctrica).

¡Llorar para bien, aclaremos! (Risas).
Para bien, de emoción por lo que suena eso, que no es lo mismo que un solo de cualquier otro instrumento. Ese tema es pesado y tiene que ver con una resignación: “qué vas a hacer, así va a ser el futuro, sabelo”. Estaba muy bajoneada, me fui a laburar y me puse el guardapolvo, cosa que nunca en mi vida hacía... “Yo no puedo ver tanta soledad/ tanta indiferencia” ¿entendés? Me dije que si yo no podía hacer algo grande por el futuro iba a empezar por lo micro, aportando mi granito de arena.






















¿Creés que ese pensamiento se traslada a tu música?
Mirá, espero que sí, de corazón. Armando MA escuché entero Correr, que es mi disco más personal porque lo hice en casa, con mis tiempos y muchos invitados. Y me dije “fa, qué bueno que está entrar en esos mundos”. Viendo los invitados, noté que todos siguen siendo amigos. Y lo llamé a Migue [Mr. Miguelius] y le dije “che, quiero que vengas a tocar”. Y me dijo “no, no quiero ir a tocar ¡quiero ir a escuchar!”. Me emocionó esa situación de estar, de compartir, de aportar como sea. Eso es lo que considero valioso, y creo que algo de eso puede quedar. Por eso me cuesta cambiar de banda; pero tengo que pensar en la música, en el fondo es lo más sagrado. Yo quiero estar en la música. Quizá me trastornó un poco la experiencia japonesa, de tantos días y tanto laburo.

¿Esta última fue la gira más larga que hiciste allá?
Sí, cincuenta días, un solo día libre. ¡Y el niño! (Risas). Pero se portó muy bien, la verdad que la-rom-pió. Tuvo un par de escenas al final de la gira: se ponía la mochila y me decía “bueno, mamá, ¿cómo puedo hacer para ir a mi jardín?” (Risas). Y yo le decía “no, hijo, hoy no va a poder ser, hay que esperar”. “¡¿Pero cuándo?! ¡Me tomo el avión!” (Más risas). Así que el próximo año iremos menos días. Ya armaron la gira, viste cómo son ellos...

¿Y cómo llevás eso de saber que todos los años girás por Japón?
Eso me gusta, porque ahora ya sé que el año que viene ese mes no estoy. El tiempo pasa muy rápido, entonces te vas organizando. Este año toqué veintidós veces allá, más otras tres o cuatro veces para prensa y cosas así. Y después, las clases que tuve que dar... Acá no lo hago ni en cinco años (risas).

¿Cómo funcionaba lo de las clases?
Daba clases en jardines de infantes, con Tomohiro [Yahiro, el músico japonés que integra Dos Orientales junto a Hugo Fattoruso] de traductor y con la música de idioma universal: nenes chiquitos con la cabeza así, abierta. Me venía bien porque lo llevaba a Julián a las escuelas… Para los nenes él era un E.T.

¿La reacción de él cuál era? 
Tomohiro me acompañó a parir, entonces para él es natural, todo el tiempo vienen amigos japoneses acá y él está acostumbrado. Su primera gracia fue hacer “cara de chino” (risas). Tendría seis meses, le preguntamos “¿cómo tiene la cara Tomohiro?” y cerró los ojos (más risas). Después no la hizo más, porque no es que lo hacía como burla, Julián ya tiene naturalizado el hecho de las razas. Aparte te morís de la risa porque le preguntás “¿y esto quién te lo dio?” y te contesta “unos amigos míos japoneses” (risas).
Lo de las escuelas estuvo bueno, fuimos a una escuela rara: estaba llena de piletas, fuentones, bañaderas, unas pelopincho. Y los pibes se sacaban la ropa, se metían. ¡Ellos mismos se secaban y se cambiaban al salir! Nenes de tres años, ponele. Me daba un poco de miedo y él estaba agarrado de las piernas al principio, pero lo mandé a jugar.

Más allá de tu miedo, tenías que sacarle esa inseguridad a él.
Claro. Son escuelas libres que quieren criar a sus hijos de otra manera, eso lo banco. Aparte, después no lo vi más: ya estaba en una salita con una nena que tenía una caja llena de alimentos de plástico y Julián le decía “ahora pasame la lechuga”. ¡Y la nenita se la pasaba! (Risas). No sé cómo hacían para comunicarse.

Increíble. Sabés que vas a seguir yendo, y que vas a ir con él por mucho tiempo.
Espero que sí y espero cada vez ir mejor de lo que fui. Primero, íntimamente: con mayor poder de decisión y con ganas de estar más en contacto con un plan copado japonés. Por eso quería ir a dar clases en un jardín, ver cómo era, que Julián fuera y absorbiera un poco de esa situación. Sobre todo porque las escuelas a las que fuimos eran budistas y él va al Mariano Boedo.
Pensándolo, creo que ahí es donde pisé muchas veces el palito: yo necesito que la música sea algo para compartir y a veces la música no es algo para compartir. Ahí está el verdadero secreto.

¿Y qué es la música, una necesidad personal?
La música es una necesidad; pero te lo digo desde el punto de vista de la dedicación. A partir de todo este racconto de cosas sí te digo que en todos estos años en los cuales me decidí a hacer música y a grabar no tuve nunca el tiempo necesario para mi música, para mi obra. Porque hice muchas cosas, les dediqué mi tiempo a otras actividades que me resultan muy importantes. Y creo que algo de eso hay que aprender: yo fui madre y me dediqué a mi hijo porque el tiempo pasa  rápido. Bebé va a ser sólo una vez y pasear por la plaza, cantarle una canción y jugar con él… Es ahora.

Igualmente todo eso va a repercutir, va a estar en tu música.
Sí, aunque hay cosas que no puedo ni quiero hacer porque prefiero estar en casa jugando. Formar una familia es una decisión, y tenés que tener la heladera llena, la torta, la ropa ordenada, la casa bien… Ahí está el asunto: cómo uno quiere vivir. Si salgo a la calle y una vecina me pide que la ayude con algo no le voy a decir “señora, lo lamento, se me ocurrió una idea y tengo que ir a grabar” (risas). No: la voy a ayudar. Yo quiero vivir para mi música pero siento que la música debe nutrirse de una vida copada, luminosa a todo nivel. De hecho (mira el reloj)… vamos a buscar a Julián, sino van a decir “la madre rockera que no viene a buscar a su hijo” (risas finales).


[Publicado en indieHearts el 24 de octubre de 2014. Fotos de Victoria Schwindt]

lunes, 1 de junio de 2015

Maxi Prietto: “La música es para adentro”

-Che, que papi está hablando boludeces…

Maxi Prietto le habla a Esmeralda, su beba de cinco meses que llora de a ratos exigiendo presencia paterna. La trae desde la pieza al comedor y, tras el alimento salvador, Esmeralda vuelve a su cuna (bueno, la lleva el padre) y se duerme. Maxi le mintió: la charla en su casa de Villa Crespo transcurre de tema en tema y, sin querer queriendo, vamos del flamante proyecto Prietto a sus inicios en la música (en verdad, Prietto es su proyecto solista y lo más añejo de su carrera, esta vez reformulado a banda). De boludeces, nada.

La vida musical de Maxi abarca a Norberto el Ruso Verea, su ídolo radial; a Mónica Melo, una profesora del secundario que lo marcó para siempre; a Oscar Alemán y el folclore argentino, descubiertos tarde pero seguro. Y a sus propias criaturas: los discos caseros e iniciáticos, su metejón con el bolero, sus trabajos en el cine. Por supuesto, en el recorrido también aparece Prietto Viaja al Cosmos con Mariano y Los Espíritus, los grupos con que Prietto, el hombre, se erigió como una de las voces más interesantes, escurridizas y desprejuiciadas del rock argentino de la última década.

La charla empezó por el final o, mejor dicho, por lo que se viene: la inminente presentación de Prietto, el grupo, en la vigesimotercera edición de ese hermoso festejo del rock de abajo, el bienllamado Festipulenta. De ahí, al cosmos:

Vas a estar tocando en el Festipulenta como Prietto, tu banda más reciente. 
¿De qué se trata?
Estamos armando una banda nueva, hacemos algunos covers de boleros y también estamos haciendo un tango, “El día que me quieras” de Gardel; y canciones mías viejas. La formación es Damián Manfredi en contrabajo, Miguel Tennina en teclados con unos efectos medio locos, el Pipe Correa, que es el baterista de Los Espíritus y yo, que toco la guitarra y canto. Estamos muy contentos por cómo está sonando, aunque no sé cómo presentarlo… ya lo van a escuchar (risas).

Para el Festipulenta, la de ustedes va a ser una propuesta muy particular, que alguien pele un bolero ahí no es habitual.
Puede ser. De hecho no estábamos en cartel desde el principio, nos invitaron porque se cayó Fútbol y bueno… es lo que estamos haciendo. Al que va medio manija de rock y descontrol, no sé qué le va a pasar con nuestra música. Me va a tirar con algo (risas).

Esos tiempos se terminaron, me parece. ¿Te pasó alguna vez que te revoleen cosas?
No, que me revoleen algo no. Gritos sí: una vez que tocamos en México con Carla Morrison y Enjambre, dos grupos que allá son muy exitosos, nos engancharon en esa fecha a Prietto Viaja al Cosmos con Mariano. Abrimos y la gente al principio todo bien, pero después se impacientó… ¡Sáquenlos a estos dos! (risas). Además, después escuché los grupos y la música de ellos no tenía nada que ver con la nuestra. Pero bueno, fue una experiencia.

¿Con este proyecto están pensando un disco ya? ¿O la idea por ahora es tocar?
Estamos grabando acá en casa con unos micrófonos que tengo, grabamos un ensayo y algunos temas me gusta cómo suenan. Como Miguel trabaja de sonidista, vamos a juntar los micrófonos de los dos para armar bien todo y grabar acá, en vivo. Siempre está bueno grabarse para escuchar y develar un poco de qué se trata el proyecto, está bueno saber dónde terminan Los Espíritus y dónde empieza esto.

¿Te pasa recién ahí eso de develar de qué se trata, cuando escuchás al grupo en una grabación?
Sí, lo pienso así: es como para un actor cuando se ve filmado, capaz cree que está haciendo algo pero cuando lo ve, ve realmente lo que está dando. Y capaz en este proyecto pensás que no da para hacer algo muy rockero y así te das cuenta que sí tiene lugar eso, o que ya está pasando. Entonces tenés que poner los micrófonos y grabar, y no trabajar más en algunas canciones. Para no pasarte de rosca también, porque a veces, si tardás mucho en grabar algo, queda sobreensayado. Depende del proyecto, pero en este caso tiene que haber un porcentaje grande de frescura, son casi-baladas, canciones en las que tiene mucha presencia la letra y la banda está ahí, acompañando. Es difícil la parte en que es bastante silencioso todo, tiene que estar muy cuidado.

¿Hay una fecha tentativa para el disco, o preferís no arriesgar?
Es que todavía no sabemos bien de qué se trata, no tenemos cerrada una lista de canciones. Con el disco de boleros que saqué [La última noche] quedé disconforme. Lo hice en enero de 2013, estaba en Capital sin nada que hacer, tenía ganas de estar de vacaciones, hacía calor… y para tratar de pasarla bien acá se me ocurrió grabar boleros porque estaba escuchando eso todos los días. Me propuse grabar un tema todos los días y subirlo a internet: escuchaba un par de canciones, sacaba alguna que me gustaba y la grababa. Pero no me lo tomé como si estuviera haciendo un disco, era una especie de juego; algunos me gusta cómo quedaron y otros no tanto. Entonces estaría bueno grabarlos otra vez y con una banda. Lo mismo me pasa con casi todos los discos solistas que hice, salvo en Casa y Casa II que hay una especie de producción; en los demás es todo muy espontáneo. Siempre me gustó eso, pero ahora me gustaría rescatar algunos temas, armarlos con una banda y darles un lugar, un respeto que no les di.

¿No te conforman en cuanto a producción o en cuanto a ejecución?
En cuanto a todo. No es lo mismo tocar una canción por primera vez, grabarla y no volver a tocarla nunca más... Tiene esa frescura de más (risas). En el momento ni pensaba en eso porque era lo que hacía en los ratos libres que no tocaba con Mariano [Castro], eran canciones que no tenían cabida para tocarlas con él. Ahora veremos cuáles quedan de ésas, tampoco creo que agarre muchas. Hay que ver qué es lo que puedo hacer dentro de eso y a partir de ahí, sí, componer más desde esa temática. Por ahora estamos ensayando “Ay, corazón”, “The error blues”, “Días de sol”, pero estoy seguro de que el disco va a salir. Además, no creo que sea un disco que tenga mucho proceso, va a ser grabado en vivo. Suena todo tan medido que no va a estar sobrecargado.

¿Y como cantante, cómo te llevás con eso de que la voz esté tan al frente?
Es parte del sonido. También estamos haciendo la “Tonada del viejo amor” de Eduardo Falú y tiene una letra que está bueno que esté en primer plano. Igual siempre traté de hacer eso, en los discos con Mariano la voz también está muy al frente, de otra manera y con mucho más volumen. Tratamos los dos de que no haya que escuchar muchas veces un tema para entender la letra. De hecho, el volumen de la voz a veces está en niveles exageradísimos en la mezcla. En ese momento nos pareció que era lo que iba, lo correcto. Bah, un gusto nuestro más que lo correcto.

¿Cómo hacés para ir llevando todos tus proyectos?
Con Mariano hace rato que no estamos tocando, el último show que hicimos fue un Zaguán. Y eso es menos tiempo de ensayos, de fechas, de mezcla de discos...

¿Y por qué se dio así, tocar tan poco con Mariano? No es por mala onda entre ustedes, supongo.
No, pasa que él está en otro momento de su vida en el cual no tiene tanto tiempo para esto, yo soy más manija. La idea era tocar de vez en cuando y lo estuvimos haciendo, pero en un momento eso me empezó a aburrir porque yo quería juntarme para hacer canciones nuevas. Y eso llevaba a que tuviéramos que ensayar más, entonces quedó todo ahí y en algún momento se retomará. Ahora estoy con Prietto y con Los Espíritus; más algunos laburos que me salieron, música para películas y cosas así.

¿Tus trabajos son exclusivamente con la música?
En este momento sí. Hace unos años arranqué con cosas así, a partir de La araña vampiro: Gabriel Medina, su director, fue el que nos metió en esto. Quiso que hiciéramos la música con Prietto Viaja al Cosmos con Mariano. Y el año pasado -o el otro, no me acuerdo- hizo una miniserie de trece capítulos. Ahí hice toda la música yo, fue un montón. Le di como 75 tracks, una locura: fue un trabajo muy intenso porque me decía “para esto necesitamos esto, para esto otro, esto; acá todo esquizofrénico, acá una música perturbadora, acá algo romántico”. O había una escena en la que el padre de un personaje estaba escuchando música clásica y me pedía que hiciera algo con un piano. Entonces tuve que hacer un montón de cosas por primera vez, estuvo rebueno. La serie se llama Buenos Aires bajo el cielo de Orión. Todavía no me dijeron por dónde va a salir, va a estar en internet pero saldrá por algún canal de aire.

¿Ahora estás con algo?
Después de eso, Martín Piroyanski me pidió que hiciera un bolero para una película que se llama Abril en Nueva York y compuse la canción en base a lo que él me dijo. Y ahora estoy haciendo la música para una película que es medio para adolescentes, futbolera. Actúa el Ruso Verea.

¿Sos futbolero o nada que ver?
Ahora no, cuando era chico me gustaba, jugaba en Chacarita. Pero en un momento leí una entrevista a [Luis] Islas, el arquero de Independiente (yo era de Independiente) y le preguntaban qué opinaba de Deportivo Español, creo. Y al leerlo me di cuenta de que él no era hincha de Independiente, parecía que era de Deportivo Español. En mi inocencia, creía que los jugadores eran hinchas del cuadro en el que jugaban, entonces cuando me enteré de eso me enojé y dije “se van todos a la mierda los de Independiente, ¡que se vayan a cagar!” (Risas). Al mismo me tiempo me compraron una guitarra y empecé a tocar: chau fútbol. Bastante radical lo mío, podría volver a ver un partido de vez en cuando.

Igual para la película no era necesario que fueras fanático, va por otro lado.
Obvio. Flasheé porque está el Ruso Verea. Cuando empecé a tocar la guitarra tenía 11 años, él estaba en La Heavy Rock and Pop y era mi ídolo. Lo escuchaba todo el tiempo porque siempre conocía grupos nuevos y en esa época no había mucha data de metal, entonces para mí era sagrado: todas las noches (estaba a las 12, creo) cerraba la puerta de mi habitación y los ponía. O escuchaba Hermética, Sepultura, me encantaba eso. La cosa es que venía Sepultura a tocar acá, yo quería ir y mi vieja me dijo que no me iba a llevar: “si conseguís a alguien que te lleve, vas”. Justo vino una amiga de mi hermana a visitarla a casa -mi hermana es cuatro años más grande que yo-, y la piba cayó con el novio, que tenía una remera de Megadeth. Entonces yo le dije “ey, che, ¿cómo va, todo bien? ¿No querés llevarme a ver a Sepultura?” (Risas). Y el chabón me dijo que sí, así que fuimos. Cuando terminó el recital, la banda se fue antes de hacer los bises y yo me fui para el fondo a tomar un poco de aire. Llego al fondo y me dicen “che, ¡¿vos qué haces acá solo?!”. ¡Era el Ruso, mi ídolo! (Risas). “¡Eh, qué hacés Ruso!”, le dije, y el chabón me agarró y me sentó con ellos, estaba con otra gente de la radio o de grupos, no sé. Yo no lo podía creer. Estuve ahí, en las rodillas de este tipo…

¿Viste el resto del show con él?
No, cuando salieron a tocar lo empecé a patear como diciendo “bueno, bueno, arranca el recital”. Y él tiró “claro, cómo va a querer estar acá sentado en las rodillas de un viejo, quiere ir a ver el show. Este pibe va a ser rockero” (risas). Esa historia me quedó grabada y ahora que estoy con la peli, tengo que hacer la música emotiva de unas escenas en las que él está alentando a su equipo, me parece muy raro. Esta película es la ópera prima de Mariano Fernández y Gastón Girod, a ellos les conté la historia pero al Ruso no lo conocí (risas). Por suerte salen algunos trabajos así.

¿Y con Los Espíritus ya tienen material para otro disco, cierto?
Con Los Espíritus estamos a pleno, tenemos muchos temas. Calculo que vamos a grabar en abril, se va corriendo la fecha porque ya teníamos la lista y aparecieron un par de temas nuevos, míos y de Santi [Moraes], que cayó con dos o tres que están buenísimos. Entonces nos dijimos “estos temas tienen que estar sí o sí, ¿para qué vamos a ir a grabar ahora?”. ¡Espero que en algún momento dejemos de hacer canciones! (Risas).

Lo que decías de grabar todo en su momento para que no se terminen sumando cosas. Sino no terminás más, o cambia mucho lo que tenías en un principio.
Había una frase de Tom Waits que decía que las canciones eran “como llevar agua con las manos” al estudio porque si no las grabás rápido, cuando llegás no te queda nada de eso que tenías. Acá se tiene un concepto de las producciones más careta, un concepto del pop y de la música que para mí es aburridísimo, esa cosa de controlar todo: están todos obsesionados con lo profesional, lo que está bien y lo que está mal. Me parece que hay una especie de moral rockera que poco tiene que ver con el rock. Yo me siento mucho más identificado con el punk, aunque me guste hacer muchas baladas: me gusta la balada porque me parece que es algo que me sale naturalmente y no tengo historia con eso. Pero cualquier cosa que hago tiene una especie de raíz punk, aunque sean boleros. Porque la verdad… no tengo ganas de tocar punk (risas).

Es más un concepto que un género en tu caso.
Para mí es una ideología, me quedo con toda la parte de estilo de vida. Empecé a tocar en grupos a los 14 y recién me empezó a interesar lo que hacía a los veintipico, toda la otra etapa para mí era como ir con mis amigos y hacer quilombo. Como algunos se juntan y van a jugar al fútbol, a mí me gustaba ir y hacer canciones con dos o tres acordes (los que sabíamos). Después inicié una búsqueda personal, de hacer canciones que dijeran cosas que yo quería decir y que no siguieran los patrones de los géneros. Porque cada género tiene sus lógicas y sus morales: los heavys no van a hablar de cosas femeninas; los punks no van a decir que de vez en cuando toman Coca-Cola. Cada cual dice su chamuyo, y en realidad somos chabones que viven en una ciudad y hacen cosas bastante básicas y normales.

De hecho, está la anécdota de tu viejo cuando le llevaste tus primeras canciones, de viajes en el tren y demás…
Me dijo que yo era un derrotista (risas). Le dije “qué querés boludo, viajo en tren todos los días a trabajar a Florencio Varela, están todas las ventanas rotas, veo nenitos de cinco años sin ropa”. Para mí era muy chocante todo. De hecho, eso quedó en canciones que nunca se mostraron, un disco que se llama Vía Temperley que ni siquiera está subido a Bandcamp y que en las versiones que yo tengo algunos temas saltan porque se me rompieron los CD, y como había pasado el tiempo no me reconocía ni la voz. Nunca me dieron ganas de regrabarlo. Pero en ese momento yo estaba sorprendido porque pasaba de tocar punk a tocar con un tecladito de juguete -que era lo que había en mi casa- y una guitarra criolla, para no tocar la eléctrica y despertar a alguien a la noche.

¿Te grababas de noche mientras todos dormían?
Sí. Estaba contento porque iba a la escuela nocturna. Fui muy mal estudiante: hice turno mañana, turno tarde y turno noche (risas).

Y no quedaban más, si no hubieras ido al turno siguiente (más risas).
Claro. Entonces a lo último mi viejo me dijo “mirá, loco, tenés que trabajar y no vas a estar estirando esta cuestión de la secundaria”. Hice el último año en la nocturna, trabajando de día: ahí empecé a hacer esas canciones que se pegan más a todo lo que hago solista, lo que está en el Bandcamp. Mi viejo me pagaba 15 pesos por día, en ese momento era un montón porque la Quilmes salía 2 pesos y yo lo único que quería era comprar cerveza (risas). Vivía con mi vieja acá, mi viejo vivía en Berazategui y tenía la distribuidora mayorista en Varela. Les vendíamos a los buscas, a los repartidores, los que vendían en los trenes, los que se ponían un kiosquito… Ahí me empecé a curtir, porque acá era medio nene mimado y allá tenía que plantarme con tipos que no te querían pagar; todos quieren pasarte por encima. Pero aprendí mucho de la vida real.

Fueron dos revelaciones en simultáneo, la de esa vida real y la de las canciones.
Sí, fue así. Nunca quise ir a la secundaria, no me aportaba nada. Lo único bueno que me pasó fue tener a Mónica Melo, una profesora de literatura que nos hacía leer cosas alucinantes. A Charles Bukowski y más: Henry Miller, Raymond Carver, Ítalo Calvino, Antonio Tabucchi. Hacía cosas que estaban fuera de programa. Nos dio un fragmento de un poema de Bukowski pero como yo pegué una onda especial con ella y tenía un interés, me decía “de éste leé esto”, entonces yo iba y compraba los libros que me recomendaba. Me re abrió la cabeza. Y lo otro que pasó fue que ahí conocí a Santi, mi mejor amigo y con el que ahora hicimos Los Espíritus. Esto fue en el secundario de la tarde. Lo mejor fue el turno noche, un nivel de impunidad absoluta: eran todos chorros, barrabravas (risas). Había gente grande, me hice amigas que tenían 50 años, era muy divertido. Me quedaron algunas materias colgadas de ahí, igual nunca necesité el título secundario porque sabía que no quería estudiar ninguna carrera.

Sin embargo estudiaste música, después.
Gracias a mi viejo, estuvo buenísimo porque cuando estudié música me cambió la cabeza. Iba a la Escuela Popular de Música del SADEM. Fui dos años, hasta que una semana me pudrí de todos los profesores, tuve varios desencuentros y me fui. Pero me gustó porque rompió esa fantasía de los géneros, empecé a entender la composición y a darme cuenta de que había canciones de grupos punk y de los Beatles que tenían los mismos acordes, las mismas cadencias; me di cuenta de que en el folclore y en el rock había estructuras que eran las mismas, aunque después haya arreglos o instrumentos que van en uno y no en el otro. También descubrí el tango, el jazz -a Django Reinhardt, a Oscar Alemán-, y todo eso me abrió la cabeza, me abrió una puerta gigante. Y destrozó todos esos mitos con los que justificaba los gustos que tenía, que eran simplemente gustos. En ese momento, capaz leía que Lou Reed y los de la Velvet Underground no sabían nada y decía “entonces yo tampoco tengo que saber nada”.

Además eso es mentira. John Cale, por ejemplo, estudió música y tocó con músicos minimalistas como La Monte Young.
Y además es una estupidez. A los periodistas les gusta escribir ese tipo de cosas, crean realidades a partir de eso… y crean generaciones de forros que no saben tocar una mierda (se va tentando hasta no poder hablar más). ¡Entre los cuales estoy yo! (Carcajadas). Cuando estudié me rompieron un poco ese mito y, más importante que eso, me di cuenta de que no sabía nada de música: no sabía cómo estaban hechas las escalas; no sabía quién era Bach; no sabía que además de las 12 notas que usamos en Occidente podía haber muchísimas notas más, que entre Do y Do sostenido también hay un montón de notas. Cuando empezás a darte cuenta de eso no hay mucha diferencia entre Madonna y Megadeth (risas). Las reglas son las mismas, las podés combinar para el lado que vos quieras pero lo más importante de todo es lo que vos querés decir. Ésa es la gracia: decir lo que vos realmente tengas ganas porque es un sentimiento tuyo que no podés dejar afuera de eso que considerás “tu obra”. Estudié dos años nomás, ojo.

Dos años es un montón, se puede aprender mucho.
Sí, entendí de qué se trataba la cosa. No es lo mismo agarrar la guitarra y sentir que estás perdido adentro del instrumento, que decir “bueno, yo agarro este acorde y a partir de este acorde puedo ir para allá”. No sabía las relaciones, ahora es lo que más me gusta. Cuando me puse a sacar “El día que me quieras” -siempre me gustó- vi la cadencia de acordes y la letra que le pusieron y es una animalada; si escuchás las versiones originales y cómo están grabadas, es tremendo.
Igual hay otro síndrome de los músicos: hace poco vi un video de una cantante, no me acuerdo quién era, que arrancaba con solos de todos los músicos. Solo de violín, después de bandoneón, después de piano y recién ahí cantaba ella. ¿Quién quiere escuchar un solo de todos esos salames porque estudiaron en no sé dónde? ¡Respetá la puta canción! (Risas). En ese sentido sí entiendo eso de decir “no aprendas de más”, aunque no creo que sea gente que aprendió de más: son sesionistas. Hay tipos que, como son buenos lectores de partituras, los llaman sobre la hora. Los contratan y tocan. Me parece que subestiman las obras que están tocando y lo que sale es una poronga total que les da de comer. Todo bien, pero estás tocando una canción que hizo un chabón... En ese sentido prefiero a tres pibes tocando la música más desorganizada y caótica pero que la están pasando bien, que esos súpervirtuosos. Son peores, porque si se supone que sabés tanto y no te preocupa lo que estás haciendo…

Significa que en realidad no sabés nada.
Mientras más sabés, más responsabilidad tenés. Y hay un montón de esos, están siempre en el ámbito del jazz, del tango. Cuando empecé a estudiar me dio curiosidad ese ámbito, pero son lugares donde la cerveza está más cara, donde toda la gente está repaqueta, donde no pasa absolutamente nada. Me siento mucho más identificado en el ambiente del rock, más afín. Aunque ahora eso está cambiando por suerte, hay lugares donde tocan bandas de jazz y no está esa frivolidad. Es que si lo pensás ¡en el jazz son todos una manga de drogadictos, de heroinómanos! ¡Son peores que los rockeros! (Risas). Ves a los músicos serios de jazz y pensás en los que lo inventaron, eran todos negros que se iban de joda y se la pasaban tocando de bar en bar, tenían una vida súper bohemia y nocturna. Por supuesto que estudiaban y se dedicaban a su instrumento, pero por una pasión.

No para demostrar.
Es que la música es para adentro, no es para afuera. Las armas son para afuera, los instrumentos son para uno mismo: lo hacés porque te gusta. Si lo transformás en un trabajo sin agregarle esa parte fundamental… Otra de las cosas que me enseñó Mónica Melo y me quedó grabada desde esa época fue sobre el trabajo: nos mostró una foto de un tipo que había ganado el Premio Pulitzer. La foto era de un nenito que detrás tenía a un animal que parecía que se lo estaba por comer; el pibito ya estaba desnutrido. Nos contó que el tipo ganó el premio y al tiempo se suicidó: se sintió culpable por estar haciendo una carrera con algo así, porque el pibe se murió de verdad y él sintió que debería haberlo ayudado [Nota: la historia es la de Kevin Carter, fotógrafo sudafricano que ganó el Pulitzer en 1994 por su foto La niña y el buitre. Kong Nyong, el nene sudanés que aparece en la foto, murió en 2007. Sin embargo, en aquel entonces muchos medios lo dieron por muerto y criticaron a Carter por no rescatarlo]. A raíz de eso, Mónica nos pregunto qué era para nosotros el trabajo: ¿un trabajo es algo por lo que te pagan; o es algo que vos viniste a hacer a este planeta? Nos hacía esta pregunta porque éramos adolescentes y nadie te hace esas preguntas a esa edad, te subestiman. Ella te preguntaba eso y ya no pensabas “ay, quiero ser cajero”, “quiero ser doctor para ganar un montón de plata” (risas).

En ese entonces ya tocabas.
Sí, ahí ya tenía dieciséis o diecisiete años. Ya sabía lo que quería hacer pero me flasheó que la palabra “trabajo”, siempre relacionada al dinero y a enriquecerse, de pronto fuera algo nutritivo que podía servir también para ayudar a los demás. Que sea tu función, qué es lo que vos podés dar. Más allá de lo que te decía antes -que la música es para uno- también tiene esas consecuencias. Me pasa cuando veo una película y están descuartizando a una persona con una sierra eléctrica durante media hora... ¿Cuál es el propósito de mostrarle eso a este mundo? Ya tiene eso fuera de la pantalla todo el tiempo. Es jodido, hay muchos dilemas dentro del arte, porque tampoco podés estar pensando todo el tiempo en qué cosas no decir para no ofender. Eso ya sería una locura.

Y a la vez está la supervivencia. Vos ahora tenés una hija y de alguna manera sabés que tenés que trabajar para ella... Se sabe de músicos que dan un giro a su carrera porque les empieza a ir bien y pasan de tener cierta búsqueda a quedarse en un lugar seguro.
Eso es un bajón, pero hay cosas en las que vos ponés la firma y cosas en las que no. Nunca les diría a Los Espíritus “che, hagamos esta canción porque me parece que va a pegar” si es un tema que no me gusta. Eso no tiene cabida dentro de la propuesta del grupo. Pero si me pagaran por componerle un hit a otro tipo, para que lo cante él, capaz me resultaría muy gracioso (se ríe). No creo que nadie me pague para que yo haga eso porque las casas las construyo todas torcidas (risas). Pero si me hicieran la propuesta, haría unas letras... Sería un desafío bastante bueno, me gustaría hacer música para cajeras que tuviera alguna especie de contenido. Igual hay bastante de eso y la gente agarra lo que quiere.

En una nota te preguntaron qué talento desearías tener y contestaste “Estaría bueno aprender a cantar algún día”. ¿Por qué? ¿Tiene que ver con encontrar una voz propia o con una cuestión más técnica? Pareciera que ya encontraste tu voz.
Sí, es verdad... Pero yo no me considero un buen cantante ni en pedo, estoy lejos de serlo. Fue un poco en chiste, lo que importa en realidad es poder hacer que esa letra que escribiste, que la forma en la que pronuncies, haga que las palabras suenen. Y eso, cuando escucho las grabaciones de Los Espíritus, de Prietto Viaja al Cosmos con Mariano, creo que está bien hecho. El asunto es que no pego una nota (risas). En las partes en las que hay que hacer ciertos arreglos vocales, te la debo (más risas).

¿Te gustaría mejorar en cuanto a la técnica?
Sí, mínimamente, para no estar tan al límite. Es algo a lo que me cuesta darle importancia, estoy acá en casa tocando la guitarra todo el día, pero sólo canto cuando ensayo y cuando toco. Es muy raro que cante, como viví mucho en departamentos… recién ahora me estoy soltando un poco.

También insistís en no repetirte y tratar de evitar tus propios lugares comunes. ¿Por eso el nuevo proyecto?
Claro, por eso mismo estamos buscando esta formación para después poder decir lo que queramos decir con un sonido en particular. Con Los Espíritus, después de tanto tocar ya tenemos una idea de cuál es el sonido; con este grupo la idea es generar otro clima para desarrollar otro tipo de lírica. Ojo, eso también corre para Los Espíritus: el segundo disco va a ser distinto al primero, van saliendo cosas nuevas y van virando para algún lugar en particular, sólo que podés imaginar por la forma de tocar de cada uno cómo van a darse ciertas cosas, aunque la base de la canción esté yendo para otros lados. Por suerte, somos todos muy abiertos a recibir lo que se trae.


[Publicado en indieHearts el 13 de febrero de 2015]