sábado, 25 de junio de 2016

Para ir: se presenta "Esto es una escena"


Hoy, en la Despensa de libros de Vacío Editorial, se presenta un proyecto ambicioso y fantástico: Esto es una escena, el libro en que Juan Manuel Pairone reunió a dicecinueve escritores cordobeses para que escribieran sobre dicecinueve álbumes editados entre 2012 y 2014 en dicha provincia. El subtítulo es tan sugerente como necesario: Discos cordobeses emergentes y diferentes formas de escribir sobre música. El propio Juan Manuel, como varios de los participantes, está en ambos lados del mostrador: es periodista, ha gestionado la movida desde un sello discográfico -Ringo Discos- y fue el bajista de Un día perfecto para el pez banana hasta hace poco tiempo.

Tendré el gusto de participar en la presentación junto a Ricardo Cabral, aliado cordobés residente en Buenos Aires (por supuesto, también participa del libro). Esto es una escena evidencia que no todo sucede en la Capital Federal, y que ciudades y provincias como Mendoza, Córdoba, Rosario y La Plata son puntos clave para comprender el rock argentino de estos días. Quizá porque esto es una escena de escenas.

Por si les da curiosidad, este es el listado de discos desmenuzados al detalle en el libro:
 
La religión de los árboles, Benigno Lunar. Por Pablo Natale
Elitismo para todos, Tomates Asesinos. Por Soledad Toledo
Hijo de la Tormenta, Hijo de la TormentaPor Francisco Flores Zega
Barbuda, Francisca y Los ExploradoresPor Javier Mattio
Cassettera, De la RiveraPor Lucas Asmar Moreno
Amor continental, TochPor Facundo Miño
El Playa, Los FrenéticosPor Agustina Checa
Ese lugar imaginario, HipnóticaPor Juan Manuel Pairone
Armónicus Daltónicus, Anticasper. Por Santiago Gonzalez Cragnolino
Adhesivo de contacto espacial, Fonez. Por Leandro Naranjo
Viaje a un Minúsculo Planeta, Viaje a un Minúsculo Planeta. Por Ricardo Cabral
Actriz, Apolo Beat. Por Juliana Rodríguez Salvador
Luy, Lautremont. Por Calamar Xig
Cintia Scotch ep, Cintia Scotch. Por Emilia Pioletti
Los Cocaleros, Los Cocaleros. Por Gonzalo Puig
Rayos Láser, Rayos Láser. Por Jorge Charras
suba, un día perfecto para el pez banana. Por Alejandro Cozza
Un vaso de agua, Candelaria Zamar. Por José Heinz
Fuga y fábula, Bosques de Groenlandia. Por Rocío Paulizzi

Y por supuesto, si quieren saber más y llevarse un ejemplar, hoy a las 19 horas los esperamos en Santa Fe 2729, local 13 (la bella Galería Patio del Liceo). Además de lo que supongo una rica charla con Pai y Ricardo, habrá música y de la buena (es sorpresa, pero qué ganas de decirlo...).

jueves, 2 de junio de 2016

00-16

Hoy cumple cincuenta años el simple que para muchos especialistas es la punta del lanza del rock argentino: Rebelde / No finjas más, de Los Beatniks. Aquel con la frase desafiante y diferente, sí:

Soy libre y quieren hacerme esclavo de una tradición.

Ante el aniversario se nos ocurrió una pregunta. Tiene que ver con algo que estamos proyectando en La música es del aire, claro, y poco que ver -o no tan poco- con el medio siglo de este simple iniciático.

Y la pregunta es: ¿qué artistas del rock argentino de 2000 hasta hoy les parecen claves para comprender esta era? En lo posible, que hayan surgido en esos años o hecho sus trabajos más importantes entre 2000 y el presente. Piensen en individuos más que en bandas, de ser posible (pueden no ser músicos).

El que se anime a jugar puede dejarnos un comentario o escribirnos a lamusicaesdelaire@gmail.com con su parecer. Ahí, si se portan bien y les interesa, podremos contarles un poco más.

lunes, 16 de mayo de 2016

Una chica llamada Theresa Stern


Hay nombres que para el mundo son desconocidos pero para una pequeña porción de gente resultan salvadores. Richard Meyers y Tom Miller deben entrar en esa categoría de tipos al rescate de semejantes. Uno nacido en Kentucky, el otro en New Jersey, se conocieron en la Sanford School de Delaware hacia 1966, durante el único año en que Meyers asistió a esa escuela. Su buena química los llevó a ratearse y hacer dedo hasta llegar a Alabama, donde tras semanas de fuga llevaron a cabo su primera obra conjunta: incendiar un campo. Cayeron presos bajo la carátula de “incendio y vandalismo”. ¿Las excusas? Tom dijo que lo hicieron para no tomar frío, Richard que quería ver cómo ardía en llamas. La policía los devolvió a sus familias, es decir, cada uno a su estado de origen.

Al tiempo volverían a hacer de las suyas y a la larga llegarían a la misma ciudad, New York. Meyers ni terminó la secundaria: se mudó  allí para comenzar su carrera de poeta. Fue entonces cuando conoció al también poeta David Giannini, con quien empezó a publicar revistas y libros. En 1971, Richard creó su propia editorial, Dot Books; ese mismo año, junto a su reencontrado amigo de la secundaria, publicó un libro de poesía bajo el seudónimo de Theresa Stern. La poeta apócrifa puso la cara en la portada de Wanna go out?, tal el nombre de la obra: un rostro de aspecto extraño, borroneado, andrógino, anguloso y sombrío. Theresa surgió de la conjunción de fotos de los dos autores disfrazados de mujer, superpuestos y desenfocados.

Al año siguiente, M&M irrumpieron en la música y formaron The Neon Boys junto al baterista Billy Ficca. Miller tocaba la guitarra, Meyers el bajo, y ambos cantaban y componían el repertorio en partes iguales. La formación fue el precedente de lo que a partir de 1974 -ya con el guitarrista Richard Lloyd- se llamó Television. La primera reseña periodística del grupo la firmó una tal Patti Smith, que al poco tiempo sería amiga inseparable y otra de las animadoras de una escena musical incipiente, esa que tuvo su punto de partida cuando Television, en 1974, inauguró un tugurio que devendría célebre: el CBGB. Ellos mismos ayudaron a construir el escenario.

Pero hacía rato que Meyers y Miller habían cambiado sus apellidos. Ya eran Richard Hell (según él mismo, el apellido describía su condición) y Tom Verlaine (en homenaje al poeta simbolista Paul).

***

El romance entre ambos acabó en el ’75: Hell dejó Television porque Verlaine había tomado el control y privilegiaba sus canciones por sobre las del amigo. Sólo aceptaba tocar una pieza ajena: “Blank generation”. En medio de un demo producido por Brian Eno, Hell dijo chau. Jerry Nolan y Johnny Thunders aprovecharon la movida y lo convocaron -tras renunciar a New York Dolls- para formar The Heartbreakers, otro bastión del movedizo punk neoyorkino, en su vertiente más glam y bardera. El amor también duró poco, quizá como en aquella vieja canción de Richard donde viene de a chorros. Fueron ocho meses. Mientras tanto, Television siguió su camino con un bajista que, según el propio Verlaine, se adecuaba más a la idea del grupo. Dijo Tom: “nuestro bajista, ante la popularidad que teníamos y sus ganas de ser famoso, decidió abandonarnos, lo que me pareció estupendo, pues pudimos reemplazarlo con un músico afín a lo que deseaba hacer: Fred Smith. Eso nos pulió”. Versiones cruzadas.

¿Cómo siguió Meyers? Con Richard Hell and the Voidoids. Cabeza de ratón. Bautizó al grupo con su nombre y el de su primer libro.

1977 sería el año para estas dos leyendas errantes. Con Marquee moon y Blank generation, Verlaine y Hell se alzaron a sí mismos hacia la cumbre del punk de ambos lados del Atlántico: pocos álbumes son, al día de hoy, tan influyentes como aquellos dos y tan díscolos para con la etiqueta. Trascienden el género. Ambos son los primeros registros de sus vidas y, desde las tapas, revelan una frescura que todavía hiela la sangre. Miren si no a los cuatro Television retratados por Robert Mapplethorpe, sobrehumanos, casi aliens, pétreos y bellos. Hell, a pesar de haber conformado un grupo notable -con dos guitarristas que delinean todo, Ivan Julian y Robert Quine, y el registro de Marc Bell, mejor conocido como Marky Ramone, en batería- sale solito en la portada. Hay dos carátulas: la original, con Meyers mostrando su pecho al aire. En él lleva escrita una frase incompleta: “You make me ___”. La toma dos lo tiene a RH con su camisa a lunares toda rota, gafas oscuras y labios que parecen pintados. Su imagen fue, dicen que dicen, inspiradora para la iconografía que luego fabricó Malcolm McLaren con los Sex Pistols. A Hell le salió naturalmente.

***

Marquee moon y Blank generation son discos complementarios. Si se abona a la teoría de Verlaine, lo de Television es más preciso, poético y apabullante; lo de los Voidoids es más sucio, urgente y nervioso, aunque cuenten un par de valses preciosos. Los cantantes lo hacen bastante parecido -Tom más ajado y menos gritón que Richard; ambos conforman una trinidad vocal que bien puede cerrar su amiga Smith-; las duplas de guitarras se sacan chispas y llevan más allá las canciones. Hay baladas notables y letras desafiantes: se cae en los brazos de la Venus de Milo; se pertenece a una generación vacía, pero vacía porque en el lugar vacante va otro ___ para completar a gusto, como el de la tapa. Por todo esto, podrían ser dos discos de una misma banda que atraviesa su etapa del germen al orden, del lo-fi al sonido más pulido (exagerando un poco, porque ni unos son tan prolijos ni otros tan desquiciados). Hasta podría ser el mejor disco doble de la historia del rock. Algo así como el Álbum Blanco de los Beatles sin “Ob-La-Di Ob-La-Da” y ese par de temas de relleno, espantosos.

Estas obras marcan un comienzo y un final. Pienso en algunos artistas malditos del rock argentino de la primera época. Aquellos que no pudieron, no quisieron o no supieron salir del laberinto que les tendió su propia genialidad juvenil. Javier Martínez atrapado en el mito del debut de Manal, quizá el mejor disco de todo el rock de acá. Puede que a Hell y Verlaine les pase lo mismo. O simplemente, que el mundo no quiere saber más de ellos que eso.

Léase: cuando Television hizo una audición en los estudios de Atlantic Records -el sello de Ahmet Ertegun-, Richard Lloyd escuchó de pasada una charla entre el Jefe y el productor Jerry Wexler. Ertegun le decía a Wexler que no podía fichar a esa banda en Atlantic porque esa no era “música del Planeta Tierra”. Para ellos fue todo un cumplido, aunque el disco finalmente salió por intermedio de Elektra. El crítico John Piccarella fue igual de terminante respecto de Blank generation. En las liner notes de la reedición en CD, asegura que “no es sólo la música de otros tiempos, sino el sonido y el lenguaje de otro mundo”. Piccarella debe haberlo escrito sin saber lo dicho por Ertegun: no es otra coincidencia, es una realidad.


Y es difícil rehuir de esas sentencias. Por eso cuando se habla de ellos siempre se vuelve ahí, aunque hicieron más, mucho más. Anoten: Hell sacó otro álbum con los Voidoids; un disco solista en 1984; otro ya en los ’90 con Dim Stars (grupo que formó con sus discípulos Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth). Actuó en varias películas bajo presupuesto -Smithereens, Geek Maggot Bingo, What About Me?, etcétera-; se casó con Patty Smith, la cantante de Scandal (no Patti). Pero básicamente se dedicó a escribir y publicó más de quince libros entre poesía, novelas, ensayos, dibujos y su autobiografía. Dejó la música porque odiaba salir de gira y pasarse “los días en la carretera”.

Verlaine fue más constante con el rock and roll, aunque tampoco se puede decir que haya sido un workaholic. Publicó dos discos más con Television, igual de reos y preciosos (Adventure, de 1978, Television, de 1992). Tiene diez álbumes solistas pero desde 2006 no hay material nuevo con su firma (aquella vez había sido un doblete, Songs and other things y Around). Entre sus fans están David Bowie, que versionó su canción “Kingdom come” en Scary monsters, y Jeff Tweedy de Wilco. En Argentina también hay hinchada: Richard Coleman nombró a Fricción así por “Friction”, el guitarrazo heroico de Marquee moon. Figuras tan disímiles como Skay Beilinson y Charly García los han citado como referencias. Charly hizo, en su reaparición postpalito, una versión de “Venus” que pueden pasar por alto sin temor de perderse nada (igual te queremos, García).

“Me inventaron una imagen de músico de culto o algo así con la que no estoy de acuerdo. Soy nada más que un laburante, ¿se entiende?”, dijo Tom Verlaine en una entrevista reciente. Quizá su mito y el de Richard Hell sea tan borroso e impreciso como la foto de aquella mujer que llegó después del fuego.

Pero algún día el mundo hará justicia esa chica llamada Theresa Stern.


[Escrito para el fanzine Rimbombante #4. Se lee entero acá.]

miércoles, 20 de abril de 2016

¿Cuánto tiempo más llevará?



El sábado al mediodía asomó entre las espantosas noticias que el mundo nos ofrece a diario, una de esas dolorosas de verdad. Primero Mailén, luego Rocío -dos chicas vinculadas directamente al underground porteño; una organiza fechas, la otra es música-, declararon mediante sendos videos haber sido violadas por José Miguel del Pópolo, mejor conocido como Migue de La Ola que Quería Ser Chau y Los Migues. Nadie que vea los videos puede permanecer indemne o inmutable ante ese dolor, ese gesto y, claro, lo que se narra.

El testimonio de Mailén incluye la denuncia policial efectuada en la comisaría 29 porteña, horas después del hecho. Ambos videos son un acto de valentía y coraje poco comunes. ¿Por qué poco comunes? No porque las mujeres elijan no denunciar por gusto, sino porque el terror que deja en sus mentes y en sus cuerpos una situación de este calibre es paralizante. El miedo no se va y para colmo, muchas veces el acoso continúa, e inclusive la acusación se invierte: la víctima pasa a ser victimaria. Esa es la sociedad en que vivimos, en la que nos criamos: pura mierda machista, donde la mujer vale lo que un pañal descartable, se usa y se tira. Se la menosprecia, se la trauma y se la culpa.

Pero en este caso hay un antes y un después. La valentía de Mailén -no hay sinónimos y repetiré cuantas veces sea necesario esa palabra, valentía- y su pronta reacción en un momento tan traumático como el que vivió es clave: hizo efectiva la denuncia (N° 36990) el mismo día de sucedido el hecho, cuando pudo escapar de la casa de Del Pópolo. Es difícil no aterrarse ante el testimonio de Giuliana Bonello, compañera de banda de Miguel y una de las personas a las que acudió Mailén: ante el llamado de su amiga, le consultó a su compañero lo sucedido y Del Pópolo enumeró "garchamos, 'jugamos a la violencia', se asustó". Tras semejante respuesta, la decisión no podía ser otra que acompañar a la amiga y dejar el grupo, como también hizo Fradi Dos Campos, el bajista. Jugamos a la violencia. Hay juegos que no son de dos y jamás se consensúan.

(Da pavor ver el arte de los discos y los afiches de La Ola tras lo acontecido, repugnante. Los que miraron para un costado, por amiguismo, tendrán que bancarse la mancha de ser cómplices).



Rocío se animó a confesar su relación tortuosa con Miguel luego de lo que narró Mailén. No voy a enumerar todo lo que cuenta, véanlo: hay que tener voluntad para dudar de estas dos personas. Increíblemente, hay imbéciles que lo hicieron (fue una gran decepción leer la estupidez que dijo Walas de Massacre, alguien que históricamente se pronunció como matriarcal y feminista; lo que no deja de confirmarnos lo metido que tenemos el machismo, hasta el inconsciente. Al menos pidió disculpas pronto, aunque sabe a poco).

El caso, además de dividir aguas en la escena, en la que no somos tantos y nos conocemos bastante -y sí, hay gente que cree que Migue cometió un simple "error"-, retrotrajo declaraciones de Ciro Pertusi y denuncias varias en las redes sociales para con la figura de Cristian Aldana. El primero salió a defenderse con las mismas armas que esgrimió en una nota que publicara en enero de 1998 la revista Inrockuptibles, y afirmó que "si hay consentimiento" no tiene problemas en mantener relaciones con una menor de edad (dejá, Ciro, no te defiendas más...). Lo de Aldana es aún más complicado: se apilaron testimonios de chicas que, tras ver lo vivido por Mailén y Rocío afirman haber sido abusadas por el líder de El Otro Yo cuando eran menores de edad. Cabe recordar que Cristian, además, es el presidente de la Unión de Músicos Independientes (UMI) y fue uno de los músicos que más trabajó en la creación del INAMU en los últimos años.

El Otro Yo escribió un comunicado repudiando "el mal trato que recibieron Mailen y Rocio, y todas las personas que han sido víctima de situaciones de abuso, violencia, maltrato y todo lo que tenga que ver con hacer sufrir a alguien". A su vez, el grupo fue acusado de borrar los comentarios que la gente escribía en las redes contra la figura de Cristian. Ante la lluvia de acusaciones, contestaron:

"Que facil es ensuciar y difamar mediante las redes sociales. Insultar, lastimar, sin importar el efecto que causen en una familia por ejemplo. Solo hacer daño. No voy a contestar los mensajes llenos de odio y por sobretodo sin sustento fáctico/y/o jurídico que estoy leyendo. Luz y paz ! Cuiden sus palabras amigos. Un abrazo!".

La respuesta también sabe a poco ante todo lo que se dice. Alguien que ocupa un cargo tan representativo como la presidencia de una entidad que nuclea a músicos independientes de todo el país, debería emitir un comunicado más contundente y menos contradictorio. Lo cierto es que dos bandas que estaban girando junto a EOY, Los Rusos Hijos de Puta y Tobogán Andaluz, se bajaron de los shows por venir hasta que no se aclare la situación. (Actualización: hoy también se bajó Viva Elástico).

Así las cosas, hay gente que toma esta situación como una caza de brujas hacia los músicos. Algo es evidente: estas cosas no pueden ni se deben dejar pasar. Si las redes sociales sirven como arma para que se destape la olla, bienvenido... aunque con eso no alcance: es necesaria la misma valentía que tuvieron Mailén y Rocío para que la denuncia pública pase a ser una denuncia registrada en la justicia. Y que luego sea eso, justicia.

Nuestro abrazo para Mailén y Rocío. Gracias, tenemos mucho que aprender de ustedes. Ojalá que ese coraje que tuvieron contagie a otras chicas que todavía cargan con la culpa por un crimen que no cometieron.

Y para todas las mujeres que aún teman o duden: no están solas.

jueves, 31 de marzo de 2016

Crisologo y los Cuerdos: para que sepas la forma de tu alma


"¿Cómo celebrar los nueve años de La música es del aire?", se preguntó el numeroso staff del blog. Y llegó a una conclusión: la mejor manera es publicando una charla con Manuel Bence Pieres. Bien podría ser otro músico, sí, pero no cualquier otro. Él representa en esta ocasión a los muchos talentos que nos contactaron y, gracias a sus hermosas canciones, seguimos y recomendamos luego. Allá por 2012, Manuel escribió a este sitio y nos dejó el link que redirigía a Melodías para dar, EP debut de Crisologo y los Cuerdos. La banda fue tomando forma con los años y a fines de 2015 publicó su primer álbum, reseñado entre nuestros favoritos del año pasado: Parado en el umbral.

El mano a mano con Manuel sucedió en el verano, pero la entrevista se publica en bendita sincronía con la presentación porteña del disco (desde las 21.30, junto a Siesta y Lucila Pivetta, en el Club Cultural Matienzo. Están todos avisados e invitados).

Por supuesto, el dueño de los flashes en nuestro diálogo fue Parado en el umbral, pero recorrimos un poco la historia de Crisologo desde aquel inicio en forma de EP hasta hoy. El trabajo minucioso en la composición, lo que se aprende trabajando junto a otros artistas -anoten: Marcos Fernández Moujan, Daniel Schnock, Francisco Milne, Manza Esain-, las formaciones mutantes... Mejor que lo cuente Manuel:

DE CRISOLOGO A LOS CUERDOS

Pasado un buen tiempo desde que empezaron, ¿se puede decir que ahora son una banda estable? Al principio parecía más un proyecto solista con nombre de grupo.
Yo empecé solo, pero sí, ahora ya hay una banda estable. La banda fue cambiando y ahora somos un trío, con Mariano Bruno en bajo y mi hermano Rodrigo en batería. La idea a partir de ahora no es cambiar tanto de formación, aunque siempre termino incorporando gente (risas). El principio fue con el EP Melodías para dar, que me mandé a grabarlo solo, sin banda. Antes de eso tocaba en un grupo más power, Pandora, con el que grabé dos discos. Después de grabar con ellos me copé con la producción y el trabajo en estudio, entonces ya empecé desde ahí a componer temas más melódicos, que no entraban en la banda porque era un trío con otras tendencias desde la instrumentación.

¿Y cuando grabaste el EP ya tenías decidido el rumbo de la banda?
No, no tanto, en el EP de hecho hay temas que son más folk y alguno que es más pop eléctrico. Parado en el umbral no me parece tan pop. Me refiero a que si bien tiene una cosa de canción, no es hitero ni tan directo.

Al principio se llamaba Crisologo solo, sin los Cuerdos.
Claro, pero casi enseguida, cuando empezamos a tocar en vivo ya le puse los Cuerdos. No le podía cambiar el nombre a la tapa del EP, así que quedó así. Como las primeras presentaciones fueron muy acústicas, salió de agregarle lo de los Cuerdos: yo tocaba el piano y la guitarra y la formación se completaba con un violinista y un cellista. Estaba la noción de que fuera algo grupal, más allá de que yo sea el compositor; el otro te aporta su toque, además. Ahora todo es mucho más democrático que en ese momento, quizás, porque con esa formación yo me encargaba de escribir casi todos los arreglos del violín y del cello, salvo algún tema que diera más para la improvisación. Pero después se fueron sumando más músicos: otro guitarrista, Mariano Cantarini, que tocó durante un año en la banda y ahora se suma para la presentación del disco; y un baterista de jazz. Y así llegamos a la grabación de Parado...

Con una formación bastante extraña.
Claro, llegamos sin bajista, pero como el batero era de jazz cumplía una función más percusiva. No hacía el típico beat, digamos, incluso a veces tocaba con escobillas... era raro, sí. Pasó que cuando llegamos a la grabación del disco, el baterista me dijo que se iba de viaje. Se ofreció a grabar igual, pero entre que estaba a full con el viaje y que se iba en septiembre y empezábamos a grabar en agosto -de 2014-, surgió que grabe Marcos [Fernández Moujan] de Pels, que justo me lo crucé mucho por esos días. De hecho, nosotros hicimos un par de fechas con su banda Dosmil Osos, donde canta y toca la guitarra. Y me gusta mucho su forma de tocar, desde los primeros discos de La Perla Irregular. Me parece que sus aportes son muy originales, poco ortodoxos.

Entonces salió la oferta para Marcos.
Sí, y en un principio la idea era que grabe en un par de temas, como invitado, y que el resto lo grabe el otro baterista. Yo sabía que la onda que iban a tener las canciones en el disco iba a ser otra, un formato más de rock, aunque fuera un rock melódico. Entonces, entre lo del viaje y que Marcos ya había aceptado tocar en algunos temas, le ofrecí que tocara en todos. Hicimos cinco ensayos, fue todo bastante libre, yo sólo le daba las ideas de producción, la onda que quería darle a cada canción. Creo que a él, igual, lo favorecía el estilo del grupo, hay algo familiar o un sonido con el que se identifica. Y me encantó que grabe porque si bien era un sesionista, en teoría, no grabó como sesionista: se puso los temas al hombro, se puso la camiseta. Aparte buscó mucho el sonido, la afinación del plato... Él y Panchi, Francisco Milne. Yo me encargué más de lo musical, del sonido se ocupó mucho Panchi, el ingeniero y dueño de los Estudios NN. Lo mismo con la mezcla, que la dejé en manos de Manza [Esain], yo le daba orientaciones más generales.

Elegiste buenos jugadores...
La verdad que laburé con gente muy grosa, ellos vienen laburando hace mucho, y bien. Y es gracioso porque mi hermano, al poco tiempo de que Marcos grabara las baterías del disco, se puso a estudiar con él. Rodrigo tocaba la batería desde antes pero se prendió a estudiar ahí. Y después de eso fue que le dije "che, tenés que tocar en el grupo". Igual él hace la suya, es un poco más rockero que yo. Hay arreglos que se respetan pero después puede hacer lo que quiera. Creo que en el disco se nota ese espíritu, no es que decimos "toco beat", o "toco folk", o "toco música psicodélica". Se abarcan varios géneros por más que haya una línea y sea un disco homogéneo.



EL UMBRAL DE LA COMPOSICIÓN

Hay un tema clave que es el instrumental, "Parado en el umbral". ¿Cómo fue la composición?
Por suerte tenía la práctica del EP. Con mi profesor de piano había visto arreglos de cello y violín, en su momento, y después arreglos para cuarteto de cuerdas. En el EP escribí los arreglos y era la primera vez que tocaba con esos instrumentos, trombón y trompeta, por ejemplo. Entonces era llegar al estudio y no saber qué iba a pasar, darme cuenta en el momento si todo sonaba o no sonaba. Por supuesto que eran arreglos más simples porque eran pocos instrumentos, pero me sirvió. El trabajo con la formación de cello y violín también sirvió, porque me daba cuenta cuándo funcionaba un arreglo y si no, los iba reescribiendo. Ahí sí se dio algo de prueba y error.

Pero en comparación era algo más chico.
Sí, a lo de "Parado en el umbral" sí. El tema lo tenía compuesto hace bastante, muchos de los temas del disco los hice mientras grababa Melodías para dar y ya los veníamos tocando en vivo. Hubo mil versiones de "Parado en el umbral": la hicimos con guitarra, cello y violín, después la empezamos a hacer con piano, en un show se sumó un saxofonista... Y es el único tema que se regrabó.

¿Por qué?
Porque habíamos grabado baterías, que ahora no tiene, y lllegué a grabarle el piano, el bajo y la guitarra eléctrica. La idea era que tuviera una guitarra eléctrica haciendo el obstinato del tema, pero no me gustó nada cómo sonaba y quise hacer algo completamente diferente. Como venía fascinado con Pet sounds de los Beach Boys -y me gusta mucho el instrumental "Let's go away for awhile"- quise hacer algo más orquestal. Aparte, el tema está en un lugar parecido en el disco, creo que es último del lado A, o por ahí [es el anteúltimo]. "Parado en el umbral" cumple la misma función.

Está justo en el medio.
En el umbral, sí... (Risas). Al principio quería hacerlo con dos flautas, cuarteto de cuerdas, un saxo improvisando. Pero me senté a hacer el arreglo de cuerdas y bueno, tampoco es que yo tengo estudios académicos. No estudié tanto, aprendí en la práctica. Entonces convoqué a Daniel Schnock, que lo conocía porque produjo a Los Calzones de la Abuela, amigas mías, y sabía de su capacidad. Además es vecino mío, vive al lado...

¿Literalmente al lado?
En el edificio de al lado, antes vivía en el mismo edificio pero se mudó. Encima también había laburado en los Estudios NN. Y nos juntamos, le conté lo que quería hacer, le mostré el tema de Brian Wilson, aunque también estaba fascinado con un disco que tengo en vinilo de Duke Ellington, con algunas cosas de Gershwin... Y bueno, le di ese arreglo que tenía, la idea principal del cuarteto, y le indiqué más o menos los instrumentos que quería que estuvieran.

¿Respetó la cantidad, sacó o agregó?
¡Terminó poniendo más de lo que le pedí! Yo le había dicho dos clarinetes -eso se cumplió-, el cuarteto de cuerdas, el glockenspiel, el piano, y la idea era meter un saxo alto, un saxo tenor, un saxo barítono, trompeta y flauta. Al final no hay trompeta ni flauta, pero lo que hizo él fue poner dos de cada saxo, que sumado a los dos clarinetes queda una textura armónica fuerte... Porque hacen arreglos de contrapunto, no es que tocan lo mismo, no hacen colchón. Lo que más me sorprendió es la parte del medio, donde yo me imaginaba el clímax: ahí Daniel metió más lo suyo. Quedó buenísimo y cambió bastante, la melodía principal y algunas cosas son parecidas a la idea original; pero el medio, el final y algunas otras partecitas fueron obra de él.

¿Cambian mucho las cosas a partir de lo que te dice alguien desde afuera del grupo?
Sí, claro. Panchi me ayudó mucho, es un capo y es un enfermo del estudio. Labura los siete días de la semana, ¡es un filántropo musical! Y en su estudio grabó un montón de grupos, y muchas cosas que salen de ahí están buenísimas. Además, como es guitarrista, me dio una mano a la hora de buscar los sonidos de las guitarras (si bien no es un disco muy guitarrero). Y Manza... él mezcla como un productor. Charlando, le pregunté cómo se tomaba la mezcla, y me dijo que a diferencia de otra gente que quizá mezcla desde lo técnico, él va a la música también. Primero escuchaba una o dos veces cada canción, sin tocar nada, muy atento. Yo le contaba qué quería, le describía la canción, y recién ahí empezaba. La mezcla que hace, entonces, es como una producción del tema. Por ejemplo, "Desde allá" termina con una coda de piano que no me había gustado como quedaba, no sabía si meterle más cosas para llenar. Y él se encargó de que eso cierre, le puso una reverb rarísima, y terminó quedando espectacular.

¿Sentís que le pagaste la mitad, que le debés el trabajo de producción? (Risas).
Puede ser, sí... (Más risas). Todos los que participaron del disco sin ser miembros del grupo hicieron aportes buenísimos. Al principio me preguntabas si el grupo es banda o solista, y creo que en el fondo uno se enriquece con toda la gente que lo rodea.


*Crisologo y los Cuerdos se presenta junto a Siesta en el Club Cultural Matienzo (Pringles 1249, CABA). Artista invitada: Lucila Pivetta. Entrada: $80.

(Desde Facebook anuncian: Como cada fecha buscamos que tenga algo especial, mañana además de tocar todo el disco nuevo, presentamos algunos inéditos ¡y sumamos algunos integrantes para que se suene todo!
Manuel Bence Pieres: teclados, guitarra y voz
Rodrigo Bence Pieres: batería
Sebastian Lerena: violín eléctrico
Mariano Cantarini: guitarra eléctrica
Alfonso Ollúa: bajo
Anita Garcia Q: coros
Gala Palacios: coros)

miércoles, 30 de marzo de 2016

Nueve

Hay dos opciones para hacer un blog durante 9 años (bueno, sí, seguro hay más): estar loco o tener ganas de pensar. Elijan su significado favorito para el gesto del nueve de la foto y quizá se explique este aniversario de La Música es del Aire.

Fuera de chiste, esto sigue porque la música siempre está ahí, nunca se acaba. Ella nos lleva a continuar.

En horas les convidaremos con lo de siempre: más palabras, más canciones. Por lo pronto, tenemos para publicar dos hermosas entrevistas que hicimos en el verano, una con Manuel Bence Pieres de Crisologo y Los Cuerdos y otra con Tingo, Nacho y Panchi de Pels.

Gracias por leer, gracias por escuchar.

jueves, 10 de marzo de 2016

Pez, sagrado tesoro

*Advertencia al lector: este texto repite el concepto rock nacional en reiteradas oportunidades.

Facebook está lleno de páginas, amigos, desconocidos, solicitudes y desde hace unos días, iconos para describir tu sentimiento más exacto hacia el mundo. Entre tanto bombardeo hay uno improcedente, no tan lógico y detectable como los otros: el de los llamados "Grupos". Pueden agregarte a un grupo sin que te enteres y de golpe lloverán notificaciones de esos congresos de idiotas donde se comparten fotos graciosas, se debaten pavadas sobre los partidos de Racing o se descifran (mal) los acordes imposibles de Spinetta.

Pero hay un grupo al que, no sé por qué, de vez en cuando entro. Se llama Pez Apesta y en él, fanáticos desquiciados del otra vez cuarteto comparten sentimientos y postales sobre la banda de Ariel Minimal, Franco Salvador y Fósforo García (más quien se sume a esa columna vertebral, hoy el gran Juan Ravioli, jugador de toda la cancha). Desde ahí avisaron hace un par de semanas que Pez estaba en la Rock and Pop y, entre los comentarios, uno citaba a Minimal: "el disco nuevo ya está en internet si se lo busca". Así era, nomás: el grupo dijo que subiría la novedad el viernes 26 de febrero y en su sitio, pero el día anterior, Jetong.xyz albergaba el supuesto enlace a la felicidad. Un par de clics y allí el acceso a Rock Nacional. Lo encontré antes de que lo pusieran en Pez Apesta.

(Párrafo aparte: se armó un debate picante al respecto, entre allegados al grupo y el público impaciente que no supo esperar unas horas la versión más fiel del álbum; al otro día se bajó el disco en mejor calidad desde el link oficial).

El título debe asustar a unos cuantos fans radicales (duplico) que ven en la apuesta cancionera de Sanzo y los suyos una amenaza al progresivismo que Pez tan bien exhibió aquí y allá en veintipico de años de álbumes notables. ¿Rock nacional? Cancioncitas, bah. Si es rock nacional no va a ser tan distorsionado, supongo que se piensa. La oreja nos dirige hacía una tímbrica, un volumen, una vaga idea de canción que se nos hace propia y que trascendió décadas, desde fines de los 60 hasta hoy. Es una marca, no los culpo. Recuerdo a mi amigo el Mono señalando una canción del disco By the way -"On Mercury"- y diciéndome "¡suena a rock nacional!". Sin ser un erudito, algo de razón tenía.

Los links son instantáneos si buscamos primos dentro de la vasta discografía de PezRock Nacional es altamente emparentable a Hoy o aquel sol detrás de otro sol: contemplación ("Lo nuevo" es casi para meditar), canciones brillantes y limpias, santanismos (la plegaria de "Más música", que ya habían adelantado y venían tocando, una delicia), pulsos cercanos al candombe y más percusión que nunca (algo parecido a la clave 3:2 en "Cuidate, Monito"). Cuando un grupo tiene tantos discos, lo primero que se hace es buscar los parecidos y los diferentes, ¿cierto?

Hay más voces cantantes, también, como en la preciosa coda de "Disparado". Ravioli se hace notar con sus teclas y su garganta, en aportes esporádicos y distintivos dentro de un grupo poco acostumbrado a los coros.

Pero volvamos al concepto. Rock Nacional no es un disco sino un lugar de refugio. Desde su portada -recuerda la de Instituciones de Sui Generis, aunque es todavía más apocalíptica- y su enunciado se autodelata. Nos mete de cabeza en la historia del rock argentino: un intento de salvataje del estado de ánimo ante la evidencia de lo que presagia el canto. ¿Qué se presagia? Tiempos difíciles. ¿Cuándo? Hoy, mañana. ¿Por qué? Lo que estaba no está más (estúpida y sensual pérdida). ¿Alguna vez el rock nacional dejó de ser ese ente salvador? Quizá un rato durante el kirchnerismo.

Desde sus orígenes, o con la dictadura atroz que vino luego, o en los 90 de Menem, incluso en el destapado retorno a la democracia, el rock vernáculo siempre estuvo atento al gesto político. Llámese Charly García o Los Violadores, Fito Paez o La Renga, ya fuera rozando las boletas o metiendo la cuchara hasta el fondo. Indudablemente, para el rock local este no es un ítem que se pueda pasar por alto, aunque todavía queden gansos que desde su rol de artistas no quieran, porque no deben, descender a la arena política.

Y si la política hiende, de la euforia a la poca memoria hay un solo paso, todo pasa rápido y concluye al fin, ahí está (el) Rock Nacional. Setentista desde la evocación hasta el sonido, de ese rock nacional es este RN. Pero también de los otros: es evidente el parecido -agárrense, talibanes- entre el pasaje de cierre de "Tan deprisa ya" y la introducción de "Loco un poco" de Turf, por caso. Leído en la red de redes: Minimal dijo que esa canción le sonaba a Man Ray.

En el fondo, y aunque siga fuera de la etiqueta, posiblemente porque para ello hay que contar con una mayor legitimación popular, como Las Pastillas del Abuelo o No Te Va Gustar -¡uruguayos que suenan en la Mega!-, Pez siempre usó con orgullo esta remera: más allá de las citas a Miguel Mateos o a la revista Pelo, esa presencia está en su música. Pez no es rock nacional desde Rock Nacional, mucho menos por apropiarse de una frase del exlider de Zas. Es lo que es por derecho propio, por historia, por hermandad sonora.

***

¿Más música? Vaya si es necesaria, mucha, otra vez compañía ante la desesperación y la soledad (¿qué se puede hacer salvo escuchar Rock Nacional?). Canciones tan llanas como "Cerezas" o la mencionada "Tan deprisa ya" son eso, algo así como mensajes humanistas bajados por la antena del imparable cantor quemero. En la vida Pez llegó a estos niveles de desnudez, por lo que habrá varios horrorizados que miren con mejores ojos al Minimal místico y guerrero que vocifera en "De la vieja escuela del amor".

El cierre del disco es una canción noble y breve, "Calabacita", que venía sonando en los shows. La festejada aquí es nada menos que Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de la Nación. Difícil encontrar tanto afecto, explícito, desde el rock y para un político. Se canta:

Me dicen que te vas, no lo puedo creer
Postales de lo que vendrá y el miedo a no poder
Seguir acá sin vos, saber que los otros ni dan
Todo lo que pasó no desaparecerá, ya lo vas a ver

Me dicen que te vas, no lo quiero creer 
Y no soy el único que espera que vuelvas por acá

En el video que la banda subió a YouTube, sobre el final se proyecta una Cristina radiante, triunfal, saludando a la multitud. Se entendía sin la foto, pero este pez por la boca no pensaba morir; Pablo Dacal diría que es superficial porque "no esconde nada" (la postal de lo que vendrá está en la tapa).

De Pez al pueblo, en la cara.
Al fan: No tengas miedo/ sólo es lo nuevo.
Al novel:  Te doy la bienvenida.

Si entienden los dos, vamos a volver.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Navë Hogar y el cuarto elemento


En algún punto del cosmos, debe ser injusto que “Levantando lunas llenas” dure apenas dos minutos. Sin embargo, en esos ciento veintinueve segundos (para ser exactos) sucede bastante, y para qué durar sólo por durar si es mejor quemarse que desvanecerse. En esa canción y sus pocos versos está el ADN de todo Melodía sin descanso: letras breves, energía arrasadora y amigable (“positiva” suena medio hippie, pero...), y el aire necesario para escuchar lo que se canta:

“Mientras los chicos golpean sus cabezas/ levantando lunas llenas”.

Hay frases que son musicales, poéticas; rockeras, de remera, aunque no sean poesía. Esa es una. Así como los sonidos procesados del comienzo en “Volvemos a intentarlo”, la frase llama, es un disparador. Se siente pero es difícil de asir.

Porque ¿cómo hacer para golpearse la cabeza y levantar no una, sino varias lunas (y llenas) a la vez? ¿Las cabezas sostienen el intento y por eso chocan entre sí? Preguntas estúpidas al margen, el objetivo está logrado: lo dicho suena y resuena, genera misterio (ayuda que la letra sea breve y se retroalimente de la misma música, en ese sube y baja de arpegios y distorsión). En el fondo, que se entienda es lo de menos.

***

Ahí está el comienzo, lógico en un grupo que se llama Navë Hogar: el refugio está en el movimiento y la velocidad, y que sea fugaz no implica que no abrigue. Ahora que a la Nave se sumó un cuarto elemento, parece que trajo consigo un componente clave: más oxígeno.

Pero el viaje sigue y, con ese aire tan necesario -chequeen “Te olvidaste” o “Vuelven”-, la fugacidad gana en consistencia, lo efímero se construye desde otro espesor, que ofrece pausa al escape. Porque es cierto que todo continúa sucediendo rápido, sin tregua. Pero el boxeador debe darse tiempo para respirar y sacar el golpe noqueador:

Le pongo el pecho cuando veo que todo va para atrás 
mis sueños corren detrás.

Otra vez, pocas palabras y grabado instantáneo. Y una nota de guitarra que se va destruyendo sobre sí, como si surcara ese desafío de ponerle el pecho a lo que venga (y llegara, con lo justo). Quizá por eso sólo le queden silbidos victoriosos a la “Melodía sin descanso”, que emerge tras la atroz reverberación como, paradójicamente... un respiro. Salvador.

Como los pibes que sostienen las lunas llenas. (¿Será eso? A quién le importa, supongamos que sí). Porque sin ellos, no existe quien pueda yacer frente al mar como en “Ahora”. Ni ellos, ni el aroma, ni la calma.

lunes, 15 de febrero de 2016

Stones en La Plata: ritmo y sustancia



"Oh oh, oh-oh-oh ohó-ohó oh-oh-oh".
Pueblo argentino.

***

-¿Por qué te dicen Traiko?
-En realidad no me dicen Traiko, me llamo Traiko...

Así se presenta Traiko Milenko, cantante de Meta Guacha, en el fantástico programa de Canal Encuentro Cumbia de la Buena. El programa conducido por Cristian Jure muestra las historias de los grupos y solistas más representativos de la cumbia argentina, con entrevistas a los protagonistas, backstage en estudios y giras y extractos de los shows. En la emisión dedicada a su grupo, Milenko cuenta que es chileno y cayó con su familia -de ascendencia yugoslava- en la Argentina cuando Salvador Allende cayó allá. El tipo se confiesa fanático de Silvio Rodríguez, su principal influencia aunque no tenga "nada que ver" con la cumbia villera, o eso que ellos denominan como cumbia chapa y prefieren ligar más a lo "testimonial". El tema símbolo de Meta Guacha es "Alma blanca", una de las tantas desestigmatizaciones dirigidas desde el centro del género al corazón del vigilante medio argentino.

Enganché el programa el viernes a la 1 de la mañana, la noche previa a ver por segunda vez a nuestros ancianos más adorados, los que no se jubilan nunca: The Rolling Stones.



***

Llegar a La Plata nunca fue tan sencillo: había micros dispuestos en exclusiva para todo aquel que fuera al Estadio Único, con la idea de no alterar al común de la gente que viajaba a la ciudad. Así también se apresuraba el tramo entre el centro y la ciudad de las diagonales para los stonianos, sin paradas intermedias. Todo era tan ideal que el bondi de la empresa Plaza hasta estaba decorado con el logo de la banda. Todo era tan ideal que... el chofer se perdió y pasó de largo unos cuantos kilómetros, tantos como para que no hubiera bajada en la autopista por media hora o más, huyendo de la ciudad de pinchas y triperos casi sin querer.

Por suerte salimos temprano.

Tan temprano como para apreciar con los ojos y los dientes el callejón gourmet que se emplazó en la Calle 32 para las delicias de cualquier carnívoro bebedor. Los platenses aprovecharon la situación con buena onda, cortesía y precios que, sin ser un regalo, serían menos prohibitivos que puertas adentro. A las cinco y pico de la tarde casi no había cola para ingresar al lujoso estadio, y las plazas de la 32 dispersaban a la gente, que todavía disfrutaba de la previa. Entramos a esa hora, y al rato seguimos devorando. La entrada fue con La Beriso y Ciro con sus Persas.

Tanto se dijo de los de Avellaneda que al final su performance no me pareció tan mala. Al menos sonaron fuerte -una máxima del rock: al menos soná fuerte- e invitaron a Juanse y Quintiero a tocar el "Rock del gato", que inyectó de ánimo a la patria stone. De golpe, la gente paró la oreja y los cuerpos, cantó y bailó. Que La Beriso no representa ninguna novedad bajo el sol del rock argentino está claro, tanto como que hace poquísimo llenaron el mismo estadio por sí solos. Desde esa lógica se comprende la convocatoria; y quejarse por los grupos soporte es como putear porque la Reserva de tu equipo juega mal y pierde.

Andrés Ciro Martínez la tuvo más fácil: quedó claro que la multitud conocía todas sus canciones, que fueron cantadas una tras otra, en especial las de Los Piojos. Y aunque el sonido durante su set fue deficiente, se las arregló para mover a la gente hit tras hit, en especial con "Tan solo" y "El farolito", mechada con "La rubia tarada" de Sumo. Durante su show, hubo otro en el campo: el del Pollo, el Richards de Moreno, que la jaggereó tal como hiciera en la puerta del hotel donde se alojaba Keith. Además de regalarle entradas, los Stones deberían haberlo subido al escenario.

***

Pero el plato principal eran ellos. De antemano, el pensamiento era "ahora sí, esta será la última vez que los veamos". Luego del show, podemos reciclar la máxima beatle: mañana nunca se sabe. Los había visto en 2006 y creo que ahora... ¡están mejor! Aquella también se pensaba como la última cena, más allá de la mentira del final de Jagger (todavía recordamos aquel "nos vemos el año que viene", viejo mentiroso).



Va más allá del estado físico. Es evidente la plenitud de Mick, en una forma superior al 90 por ciento de los asistentes a los shows: corre la pasarela una y otra vez cual Usain Bolt. Es un atleta y el mejor showman que hemos visto. Ronnie Wood también parece un pendejo, aunque no desande el escenario como el cantante. Richards lleva los años como un viejo al que le chupa todo un huevo, y se ríe todo el tiempo. Así, se va a morir después que todos nosotros. Charlie Watts... los Kinks cantaban "wish I could be like David Watts", ¡yo quiero ser como Charlie! Setenta y cuatro años, 2 horas y monedas tocando la batería, cero gotas de sudor, los golpes más fuertes en la última canción. Y risas y sonrisas, un milagro para su cara de mármol. Se le escaparon los dientes cuando la ovación popular, durante la presentación de los músicos, pero también en varias canciones (tal vez contagiado por los coros de la gente).

***

Volvamos a Traiko. En una parte del programa, el cantante cuenta que un colaborador de Meta Guacha, más viejo que ellos, les aconsejó llevar ese nombre. Cuando le preguntaron el porqué, el sabio explicó la analogía: "Se le da guacha al caballo para que vaya para adelante". Cerraba por todos lados. Acto seguido, el conductor de Cumbia de la Buena, Cristian Jure, pregunta cuál es el secreto de su estilo. Responden Traiko y un miembro no identificado del grupo:

-Lo nuestro es el sabor.
-La cumbia villera te tiene que hacer cabecear.
-La base que es... (Ambos mueven la cabeza cual cigüeñas). Es así.
-¿Cuál es el secreto?
-Y... es tirado para atrás, tiene que ser borracha la jugada (risas).
-Bien aguantada.
-Claaa (Imita el ritmo del güiro).

Cómo no relacionarlo con los Rolling Stones. Los reyes del arrastre y la jugada aguantada. Aquello que trae sus desperfectos técnicos y la crítica de los detractores. El alma negra de estos blanquitos londinenses. Al que no le gusta, se lo pierde: pasan los años y la música que hacen no envejece, es tan rudimentaria como vital. Atraviesa toda moda pasatista porque no contiene elementos de época que con el tiempo pasan a ser anacronismos. "Jumpin' Jack Flash" es una canción de ayer y de mañana aunque cuente 48 años. En esa tracción quedada, en las guitarras transversales e intermitentes y en la pronunciación pornográfica de Sir Mick sigue estando todo.

Ah: no cambian los temas de su tonalidad original, y aunque parezca una boludez, se agradece.

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La atención es digna de un show de música pop de magnitudes. Los pasos de comedia están estudiados a la perfección, y hay saludos y menciones para el Papa Francisco ("que nos mira desde México -sí, claro-, ¡saludos Pancho!"), el gran Charly García, la linda Violetta, Jorge Luis Borges (Mick es ávido lector, aunque la anécdota que cuenta María Kodama sea chamuyo) y el calentador de escenarios Ciro. Los chistes son celebrados, aunque la gente agita más que nada en el comienzo y el final del show. O envejecimos, o el precio de las entradas hace una selección de público cool que prefiere filmar con el celular antes que apelar al sudor del pogo. Nunca estuvimos tan tranquilos en un campo de juego.

El candor y el agradecimiento para con el público (volvieron a agitarnos como los más fieles y gritones, sólo para que lo hagamos un poco más) también se da en escena. La backing band, con algunos históricos de las giras como Chuck Leavell, el corista Bernard Fowler y el bajista Darryl Jones, tiene sus momentos de protagonismo y gloria. Jagger invita a Fowler a un duelo de nevers en "Beast of burden", grata sorpresa de la lista; convida el centro de la escena a Jones durante la extensa versión de "Miss you"; pero la que se roba todo es Sasha Allen, la nueva corista, que pela un vozarrón demencial durante "Gimme shelter", aún más atronadora y escalofriante que la grabación original. Mick la llevó al frente para que la ovacionen.

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"Gimme shelter", "Midnight rambler", "You can't always get what you want", "You got the silver" -favorita personal- en la rasposa voz de Keith Richards. Ningún show puede ser malo con casi medio Let it bleed adentro.

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¿"Midnight rambler"? Luego de tal demostración, todos les entregábamos a cualquiera de los cuatro.

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Y a propósito de "Gimme shelter" y "You can't always get what you want": de una siempre se dijo y de la otra no. Pero en esas dos canciones, los Stones marcaron el fin de los '60. Además de la amenaza inminente de la primera, el sueño acabado está en la resignación esperanzada de la segunda: algo conseguimos; algo perdimos en el camino. En la canción hay un tal Mister Jimmy al que el narrador ve desmejorado. En una parte, Jagger canta que le cantó el tema -¡canción sobre canción!- a Jimmy, y éste le contestó con una palabra. Nunca terminaba de entenderse si la palabra era bed o dead. Sí que cualquiera de las dos era complicada para el tal Jimmy, que para mí siempre fue Jimi. Hendrix. El sábado, en el hermoso repaso del final, con coro y corno francés incluidos, se escuchó claro: la palabra era muerte, nomás. Hendrix murió meses después, en el '70. Ni hace falta recordarlo.

Dos canciones inmortales de la cintura para arriba. No es sólo rock and roll.



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"Hicimos otra gira tumultuosa con los Winos y fuimos a Argentina, donde nos recibieron en medio de un pandemónium de los que no se veían desde principios de los sesenta. Los Stones nunca habían estado en el país, así que nos metimos de cabeza en una especie de beatlemanía a lo grande que parecía haber estado hibernando todos esos años, esperando a que llegáramos. El primer concierto lo dimos en un estadio ante cuarenta mil personas, y el ruido, la energía, fueron increíbles. Convencí a los Stones de que sin duda allí teníamos mercado, un montón de gente a la que le gustaba nuestra música de verdad. Me llevé a Bert [su esnifado padre] a Buenos Aires, a un hotel fantástico, uno de mis favoritos en todo el mundo, el Mansión, donde nos alojamos en una suite estupenda con varias habitaciones de proporciones perfectas. Bert se despertaba muerto de risa todas las mañanas al son de 'olé, olé, olé, Richards, Richards'. Era la primera vez en su vida que oía su apellido coreado con tambores para anunciar el desayunar. Me dijo: 'Pensaba que me lo cantaban a mí'".
(Keith Richards en su imperdible autobiografía, Vida).

En este país, las ovaciones más grandes se las llevaron Juan Perón y Keith Richards. A comparación de otros, tanto no nos equivocamos.

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La parafernalia superó con amplitud a la de 2006 -en especial por las fantásticas pantallas ultramegaarchihachedé- pero el show fueron los momentos puros de rock and roll: la armónica de Mick en "Out of control" -una rareza que funcionó-, la tremenda versión de "Sympathy for the devil" con quiet-loud-quiet incluido, "Honky tonk women" -hasta con la pifiada inicial de Wood- e increíblemente, principio y final a cargo de "Start me up" y "Satisfaction" (a esto agréguenle todo lo de arriba, OK). Cuando uno creía que ya eran moldes vaciados de contenido, ahí están esos dos riffs escuchados hasta el hartazgo, generando una revoluta en 50 mil tipos que son felices durante 15 minutos de la más maravillosa música. El rebencazo funciona y el caballo arranca. El momento es el momento y no se repite, aún cuando creyeras que escuchar las tres notas que Richards soñó iba a ser una cuatro por cuatro de protocolo. Termina siendo una polaroid que ningún celular puede tomar: la multitud inabarcable, la marcha incesante, el coro que parece ser eterno y durará más que la propia ejecución de la banda. El público es el que sigue tocando.

Y la canción es la misma pero suena igual de bien 50 años después. Quizá, en el fondo sea por eso: nunca es exactamente la misma.

***

Cumbia de la Buena termina con Traiko cantando "El necio", una de las páginas más hermosas de Silvio Rodríguez. La frase clave hacia el final del estribillo dice "Yo me muero como viví". Aplica perfecto para estos Stones rebosantes de vida -que quede claro: gente que se ríe sin parar como ellos no debería morirse pronto, aunque una foto con Mauricio Macri pueda acelerar las cosas-, estirando hasta el final la cuerda del rock and roll. Podrían morir arriba de un escenario, con la sonrisa imborrable, corriendo, fumando, cantando. Preparando el latigazo. Meta guacha.


[Fotos extraídas de La Nación, por Soledad Aznarez y Santiago Filipuzzi]


video

lunes, 1 de febrero de 2016

Yo vengo a ofrecer mi corazón



Qué sujeto amable Ricardo Iorio. Al menos para los que estamos del lado del amor, no nos queda otra que quererlo, inclusive cuando más de una vez hace méritos para que suceda todo lo contrario. En estos últimos años su figura creció en popularidad de forma exponencial: la massmedia hizo de él (con el propio hombre de negro como cómplice) un personaje caricaturesco, hilarante, capaz de decir las mayores barbaridades que la teleaudiencia podría escuchar en el prime time. No hubieran podido hacerlo si Iorio no estuviera hecho de todo eso, tampoco. Las apariciones televisivas del cantor en las ya antológicas entrevistas con Beto Casella lo muestran como un tipo desaforado pero sincero, al borde. Aquel que admite que le gustaría que le limen el buje con una poronga violeta así, aboga por la gratuidad del yogur (“si es tan bueno, regálenlo”), llora las muertes de Michael Jackson y Ricardo Fort y propone como fórmula presidencial a la dupla Adolfo Rodríguez Saá-Nito Artaza. Dentro de ese combo confuso, que Iorio ya venía mostrando al mundillo rockero desde hace treinta años -en sus letras y en sus declaraciones, otras tantas tan antológicas, polémicas y bizarras como las que tuvo con Casella-, también hay algunos rastros de coherencia, una línea que el ex V8 y Hermética incluso acentuó en sus últimos años de payaso mediático y cantor oxidado.

Claro: porque Iorio, además de opinar sobre la actualidad de la farándula, contar sus secretos más íntimos, reconocer su admiración por José Luis Chilavert y aseverar que la policía existe por Los Wachiturros, es músico. Y de eso, en la tele, casi no (se) habla.

 ***

Antes de ungirse como estrella de la pantalla, y hace ya dieciocho años, Ricardo Horacio Iorio decidió su primera jugada por fuera de Almafuerte, cuando en 1997 fue coautor de Peso argento en una sorpresiva y fructífera dupla con el cadillac Flavio Ciancirulo. De allí hasta hoy, volvió a embarcarse otras tres veces por esas márgenes. La que nos compete es la novedad de Atesorando en los cielos, el primer disco de rock de Iorio sin Claudio Marciello como coequiper en dos décadas.

Pareciera que el tipo la emprende por las suyas cuando quiere versionar. Tanto Ayer deseo, hoy realidad como Tangos y milongas son discos de repertorio ajeno, de selección: uno reformula al rock argentino de la primera década con éxito dispar pero también con un corazón enorme y una ingenuidad que hasta entonces nunca habíamos escuchado de su boca; el otro lo encuentra en su salsa, con los (¿últimos?) guitarristas de su ídolo Edmundo Rivero, acariciando el costado áspero del tango a voz y viola.

Por eso, quizá resulte extraña la decisión de publicar como álbum solista este Atesorando..., que mezcla versiones propias y ajenas con nuevas composiciones. De los tres discos, es el más cercano a la firma Almafuerte, incluso aunque Ayer deseo... haya sido grabado por todo el grupo y aquí participen otros actores. La primera actriz es Carina Alfie, la guitarrista que toma el lugar de Marciello a puro firulete. El disco inicia con una canción dedicada a ella, para que confirmemos que Iorio está en un momento de sensibilidad a flor de piel. Lo primero que se escucha es una cita a “La guitarrera de San Nicolás”, valsecito añejo también ofrendado a una dama que pulsa las cuerdas como nadie. Iorio hace de su “Guitarrera” una metacanción que invoca a aquel tango, explica el convite e invita a escuchar a los suburbios del Conurbano (“Guitarrera, hágala sonar/ y quien no le preste la oreja/ en su vacío tiemble”).



De aquí en más se sucederá un recorrido algo obstaculizado por la abundancia de versiones. Resulta paradójico, pero lo menos interesante del disco está en los momentos más pesados. Iorio sale bien parado cuando se juega por la melodía y ahí están las mejores reposiciones: en “Preguntando lo que todos saben” -su reescritura de “Wondering what everyone knows” de Budgie- parece suelto, muy por encima de esa adaptación rústica e invertida de la letra (de alguna manera tiene que entrar: “La oscuridad podés atravesar/ y tu mano llegue a mí otra vez”). Pues bien, van dos canciones y puede decirse que son dos de amor, ¿cierto?

Cuando irrumpe “Robó un auto” de Hermética uno se pregunta para qué. Recién después de muchas escuchas y lecturas puede llegar a arriesgarse un para esto: no es sólo cuestión de revisar el pasado, sino de rememorar su propia historia, la del tipo que huye quemado de la ciudad y cumple su sueño de niño. ¿Será el amor, otra vez? De las vueltas a su ayer, ésta es la única explicable. Porque hay versiones de “Otro día para ser” -también de Hermética y recortada sólo a la parte vocal de Iorio, mejor interpretada que la original- y de “Ideando la fuga” de V8; ambas son más bien innecesarias (en especial la segunda, con la voz de Alberto Zamarbide, que hace trizas el registro vocal del resto del disco).

 ***

Es amor, no lo sé. Hace ocho, diez, doce, quince años, quién sabe, Iorio visitaba los estudios de la FM Rock and Pop, más precisamente a Juan Di Natale en su programa Day Tripper, y casi de la nada le espetaba la melodía de “It must have been love” de Roxette en una traducción tan improvisada como estupenda. Que él cantara una melodía del grupo sueco era casi como que Pappo hoy reviviera, pidiera disculpas a Ezequiel Deró y subiera a tocar con el DJ. En aquel momento los niveles de viralización eran otros, pero la versión de Iorio tuvo una repercusión subterránea más que interesante. Ya entonces, admitía sin culpa que admiraba a quienes le cantaban al amor (la lista incluye a Eros Ramazotti, Roberto Carlos, Queen, The Beatles y Sergio Denis).

Lo que no imaginábamos era lo que al fin sucede en el track 4 del Disco con la tapa más horrenda de la historia -seguimos hablando de Atesorando en los cielos, no de Del entorno- y es su versión grabada de un tema de los suecos. Ayer deseo, hoy realidad: bien parece que el hombre quiere sacarse las ganas de todo y, en tren de confesiones, nada parece importarle demasiado del qué dirán, lo cual está muy, muy bien. “Quiero ser como usted” es el nuevo nombre para “I don’t want to get hurt” y acá la traducción ya es un chamuyo total, una letra nueva que bate el récord Guinness del uso de la palabra “usted” en una canción.

Lo que importa es el abrazo. El de Iorio al pop, ese que venía amagando hace rato y concreta aquí, (en una versión) tan libre como Nino Bravo. ¿Se animarán las multitudes que lo siguen a cantar junto a su caudillo “Quiero ser como usted, igual que usted/ Ni mejor ni peor, igualito que usted/ Necesito cruzar su mar/ nadando hacia donde usted está”? Es una lástima que este disco no se vaya a tocar nunca en vivo porque querríamos ver ese momento.



Algo queda claro: Iorio será un duro pero también es un noble, por corazón, no por clase. Su rigidez, vaya paradoja, cada vez está más lejos del metal y más cerca de la leña que chispea y se convierte en brasas y calor. Así como Ozzy Osbourne mostró -de manera bochornosa, abriendo al mundo televisivo las puertas de su casa- que de pesado no tenía tanto, nuestro prohombre honra al ídolo pero sale de a poco del closet de la rudeza. Por eso, uno de los grandes momentos al pedo del disco es la versión de “You won’t change me”, de Black Sabbath. No te me hagas el duro, Ricardo, que algo ha cambiado.

 ***

Queda en evidencia: lo que más importa en los discos de Iorio es lo mismo que prevalece en los discos de folk: la voz y la guitarra. Lo que se dice y lo que se ruge. Bien podría ser lo que se ruge y lo que se ruge, aunque el andar vocal de Iorio lo tiene cada vez más como un hablador rasposo. Antes que el buje, bien podrían limarle la garganta… pero sin esas impurezas en su voz perdería la gracia. Será mejor así, como cuando Carina Alfie descolla en “The Krochik” y Ricardo larga el hilo como puede en, quizá, el más alto momento entre las novedades del álbum, otra vez una canción que se pliega sobre sí misma. El estribillo es conmovedor: “Si nobleza obliga, allá voy/ guardar no me hace feliz/ sí buscar luminosos versos/ que llenen de amor esta canción/ que desde Floresta trajo a mí/ un león de los desiertos… para vos”. Perdone lector por repetir tanto como el “usted” de Iorio en su visión de Roxette, pero el amor a este hombre se le cae de los bolsillos. ¿Quién hubiera dicho que Iorio buscaba “luminosos versos que llenen de amor una canción”? ¿Éste es el mismo tipo de V8? Parece que se saca el lastre de encima y él mismo dice que guardar no le va, en la que es su reformulación del “lo que está y no se usa nos fulminará” (nota al pie: el “león de los desiertos, de Floresta” es el mismísimo Krochik del título, Miguel, músico en los primeros setentas, hoy capo del Estudio Panda, sito en dicho barrio porteño; Krochik es coautor del tema).

“Justo que te vas” y “De mi rumbear al Sur” confirman que el Richard pega más y mejor con las novedades que mediante refritos. “No me digas nada/ la vida es corta/ cuando ser feliz/ es lo que importa”, sigue el tipo en su cumbre de afecto, pop y calidez para todos y todas. La primera es una despedida conmovedora, no sabemos para quién y no es cuestión de suponer, tampoco; la segunda contiene la quintaesencia ioreana, ya más cerca de Larralde que de Ozzy. Otra canción amiguera, de vino y Jesús, de rutas, para un catálogo que cuenta decenas de odas a los compañeros y al asfalto, en un ámbito cuasi-folk(lórico) que dio los temas más destacados en los últimos álbumes de Almafuerte… ¡y en los primeros también! El “soy un solo” es cantado por Iorio casi al nivel de su parla jocosa con Casella o Yayo, y certifica el tono agridulce de la canción, amable pero melancólica.

El final es instrumental como acostumbra. Da ganas de escuchar al cantor entonando el estribillo de “Uno”. Pero el “si yo tuviera el corazón, el corazón que di” llega silbado por la guitarra de Alfie porque no necesita ser cantado: Iorio ya nos había ofrecido su corazón mucho antes de que llegue este tangazo.

[Publicado en ArteZeta el 23 de octubre de 2015]