martes, 21 de abril de 2015
Palo Pandolfo: Místico tiene que ser un hombre de acción
Seguimos tildando los objetivos en la lista de deseos de La música es del aire. Este era uno de los grandes anhelos: tener un buen rato, mano a mano, al maestro Palo Pandolfo. Todo empezó en febrero, cuando junto a Oscar Cuervo, Maxi Diomedi y Martín Farina entrevistamos a Palo en el marco de Antojo (programa veraniego de La Tribu que pueden escuchar acá). Poco después de esa charla furiosa, en la que Palo con una sola pregunta disparó para todos lados, quedó concretada la propuesta para el músico argentino que mejor comprende mística y política.
Entonces, pasó algo similar a lo sucedido en la radio: visité a Palo en su casa de Ituzaingó y, con una sola pregunta-disparador, el hombre volvió a demostrarme que es un charlador tremendo. Intenté no repetir los temas que se habían tocado aquella vez (o al menos, que no repitiera conceptos) y Pandolfo me lo hizo fácil: casi sin querer armó un recorrido histórico por toda su carrera, desde Don Cornelio hasta hoy.
Luego de su tremendo show del viernes pasado en Niceto y antes de su presentación este sábado 25 en Rosario, va la primera parte de esta enorme y extensa charla. En qué cambiaron su música y su vida desde que se mudó a la zona oeste del Conurbano; sus trabajos en otros rubros; por qué se separó Don Cornelio; la fiesta menemista y los amigos freaks; su reescucha de Espiritango, Maderita y más. Con que lo disfruten la mitad que nosotros nos alcanza. Y esto es sólo el comienzo:
ESTARÉ A DONDE SALGA EL SOL
Quiero arrancar con una pregunta geopolítica, si se puede exagerar. Geopolítica de acá, de este lugar, el Oeste. ¿Cómo y por qué llegaste? ¿Y en qué creés que afectó a tu música?
He hablado bastante de esto y no quiero repetirme. Pero bueno, voy a repetirme un poco porque las causas que tengo en la cabeza son más o menos las mismas: en el '94 me fui de Capital, todavía era la primera presidencia de Menem, un momento de bastante jolgorio en la Capital Federal. Yo recuerdo bien los shows de Los Visitantes en la primera época: el objetivo era llegar a las 7 de la mañana a un kiosco para comprar Chandon, porque salía 7 pesos el Chandon helado. Y lo tomabas en la calle, del pico, a las 8 de la mañana.
El show duraba hasta el otro día.
Los shows empezaban tarde y era bien decadente la cosa; toda esa época, si se quiere. A todos nos gusta un poco la decadencia, como hablábamos hace un rato [en el desayuno]: Messi versus Maradona, el Maradona dionisíaco, orgiástico, que a todos nos seduce. El principio del placer: la música se aplica al principio del placer. Hacés música para eso, luego querés emocionar y vivir pero hay una cuestión de sentirse bien y sentir ese éxtasis musical. Yo la pasaba bien en ese momento.
Hasta el ’92 -que fue el año en que salió el primer disco de Los Visitantes- hacía otros laburos, pero cuando me contrataron de Trípoli pedí licencia en la empresa que laburaba. No recuerdo si esto ya lo conté.
En las notas que leí contabas algo pero no en profundidad. Sí decías que habías dejado la música por un tiempo.
No, no dejé la música, lo que dejé fue “el negocio del rock”. Dije esas palabras: “el negocio del rock no es para mí”. Ya en el ’89 había empezado a laburar de otras cosas y, ojo, antes también había laburado. Apenas terminé la secundaria empecé a laburar -¡ibas con el diario a buscar laburo!- y conseguí laburo en una encuestadora de ILVEM, para vender cursos. Salía a encuestar gente pero en realidad era una falsa encuesta (risas). Era una engañapichanga, para que al que caía en esa “encuesta” después le enviaran un vendedor que le hacía la cabeza para venderle el curso. Una pesadilla, laburé un año ahí.
En el ’86 estaba trabajando con un amigo que fabricaba consolas, potencias y equipos de audio. Soldando circuitos y qué sé yo. Y en el ’87, cuando la compañía nos pide un contrato para Don Cornelio [se refiere a Berlin Discos, el subsello de EMI que los fichó] dije “voy a grabar un disco, ya está, no laburo más”. Tenía 22 años. Pero no se ganaba guita con Don Cornelio. Yo vivía con mis viejos y cuando fui a SADAIC la primera vez, cobré plata que para mí era una fortuna. Por ahí eran cuatro mil pesos de hoy pero para mí era una fortuna total.
No tenías que mantener nada ni a nadie.
Nada, entonces para mí era “uhhhh” (hace un grito fiestero) y estaba como loco. En el ’89 me independizo, alquilo una casa, cerca del final de Don Cornelio. El último año de la banda decido irme de mi casa, tenía 24 y a fin de año cumplía los 25, ahí alquilé en Alberdi y Olivera, cerca del Parque Avellaneda. Tenía un entrepiso, entonces hicimos ahí lo que fue la sala de ensayo de Los Visitantes: Don Cornelio se disuelve en enero del ’90, de común acuerdo entre todos los miembros de la banda. Dijimos “ya está, esto se terminó” y nunca entendimos bien por qué. Aunque hay causas, boludas y circunstanciales (risas).
¿Cuáles fueron esas causas?
Yo quería tocar a fin de año en Babilonia para empezar el primero de enero del ’90 tocando a las 4 de la mañana, esas cosas orgiásticas que te decía: dados vuelta, que tocábamos como el orto (risas). Y una parte de la banda no quería, quería estar en paz, festejar Año Nuevo con su familia... No tenía ganas de estar saliendo a las 4 de la mañana para tocar con estos dementes. Que en este caso éramos yo y Federico [Ghazarossian] Él estaba en la misma.
¿Sólo ustedes dos querían hacer la fecha?
Sí, ¡por eso hicimos la banda, Los Visitantes! Queríamos seguir con el hedonismo y con la fiesta pero sobre todo con la experimentación, ¿no? Porque éramos bastante oscuritos. Entonces: ya en el ’89 tenía que pagar el alquiler de mi casa y empecé a trabajar con un amigo, Sergio Bondar, que murió en el ’96 de SIDA. Era compañero mío de la secundaria y después hicimos una banda en la que yo tocaba el bajo, Julio Madurga, una banda muy postpunk, bizarra pero genial, paralela a Don Cornelio (y que duró más o menos del ’88 al ’92). Era como una panacea, yo estaba chocho con tocar el bajo y salir del rol de cantante. Sergio era un iluminado, murió de SIDA porque éramos los chicos malos...
Qué increíble suena ahora decir “murió de SIDA”, porque hoy es raro que alguien muera de SIDA y pasaron sólo 20 años.
Fue el momento aquél, donde empezaron Miguel Abuelo, Federico Moura, Freddie Mercury. Y bueno, Sergio Bondar. Él era un poco más joven que nosotros pero estábamos en esa misma historia, aunque digamos que yo siempre fui un poco más reservado que Sergio. Si bien era loco y qué sé yo, no era un extremista de la droga como él. Yo hacía lo que todo el mundo hacía, el tema es que ellos se picaban y yo nunca lo hice. Un ángel me decía “no” y cuando quise hacerlo el propio Sergio me dijo “no, no, hoy no”.
Te protegió.
Sí, me protegió, obviamente. Era mi amigo, mi hermano. Y a lo que iba es que con él empezamos a vender sánguches en esa época. Él había alquilado en Cabildo y Roosevelt y salíamos por ahí: comprábamos los panes, las piezas de fiambre, hacíamos pollo. También tartas de cebolla y queso, ensaladas, bandejitas. ¡Con canasta por Cabildo a vender sánguches! Estuvimos dos años así.
¿Alguien te reconocía? Porque Don Cornelio había logrado su fama.
Siiii (acentúa y se ríe fuerte). Aparte habíamos hecho dos videoclips. Y sobre todo el primer disco, había tenido mucha difusión. Me colocó a mí, hoy, hasta acá. Por ese año ’87 yo estoy haciendo esta nota con vos: me puso en la órbita del rock nacional.
En fin, con Sergio íbamos por Cabildo y en la avenida hay o había miles de disquerías, galerías y negocios de rock. Entonces ahí me reconocían. Un chabón me dijo una vez: “¡pero vos sos Palo!, ¡¿qué hacés acá?!”. “Tengo que pagar el alquiler, laburo de esto” (risas). Era un delirio, imaginate laburar con Sergio que era un freak. Laburábamos el mal, éramos el mal encarnado. Y por supuesto que era todo muy divertido.
Me imagino, trabajar en la calle abre el anecdotario.
Sí, y tuvimos un par de malos momentos. Una vez un puchero se nos puso malo porque no lo pusimos en la heladera y lo vendimos igual; un chabón nos puteó (risas). Cosas de la gastronomía, digamos. Después nos deprimimos un poco, era un momento crítico pasada la hiperinflación, la Argentina estaba muy mal económicamente. Entonces agarré y empecé a buscar otros empleos. Para cuando armamos Los Visitantes, en el ‘90, tenía un trabajo en Essilor, una importadora de lentes, de óptica francesa. Teníamos que grabar el primer disco, pedí licencia y no me la dieron, entonces me fui a grabar el disco... subrepticiamente, digamos. Le pedí a un compañero, “cuidame a la tarde” porque yo era el jefe de expedición. Había entrado como cadete por agencia pero como venía muy laburante y tenía mucha calle, enseguida me hicieron efectivo. El que era jefe de cadetes se fue a hacer pulido de lentes: no quería saber nada con la calle, los motoqueros, los cadetes. Entonces me pusieron a mí en su lugar y ¡todo lo que salía de la empresa a las ópticas pasaba por mis manos! (Risas).
¿Y cómo le fue a la empresa?
Bien, veo que Essilor sigue por ahí. Todo esto porque me echaron (risas), porque abandoné el puesto de trabajo dos semanas a la tarde. Cuando no me dieron ese permiso para grabar Salud universal dije “me voy igual”. Y el francés que era el gerente general se enteró, me llamó y me dijo la frase célebre de mi vida: “Pandolfo: lentes o música” (risas). Entonces yo le dije “bueno, poniéndolo así…”. Me paré, le di la mano y me sentí despedido. Como estaba efectivo y fue antes de la ley de flexibilización laboral, me re indemnizaron. Y con esa plata dije: “¿y ahora qué hago? Tengo un disco, tengo Los Visitantes, vamos a hacer un videoclip. Ya está: tengo que ser la prensa, el manager y las relaciones públicas del grupo”.
¿Y te mandaste con eso?
Y me dediqué a eso, fui el manager de Los Visitantes al principio, hasta que encontramos otro amigo, un loco freak. Me monté como manager, como ahora con La Hermandad. Es algo que siempre hago porque no puedo parar, me gusta laburar y tengo que hacer algo. Además de las canciones hay otras cosas para hacer, hay que moverse y no hay nada mejor que “hágalo usted mismo”. Ojo, igual está bueno tener un ayudante, un socio, un manager, me encanta. Pero tiene que ser alguien del amor, que esté trabajando arte, canciones. Si no siente pasión, amor y vibración por eso, te garca. O sea, no hay términos medios. Tiene que tener amor por la causa y transmitir, cuando sube la banda al escenario tiene que vibrar y estar emocionado como si fuera un músico más. Es uno más, sino no sirve. Por eso yo me fui sacando de encima gente que me estaba cagando, eran tibios o garcas. Uno me garcó en los últimos años. Pobre.
Hasta tenés compasión por él.
Sí porque me da pena, es penoso porque queda mal. Pero pará, voy a volver a cómo llegué acá, estoy haciéndote toda una descripción del momento aquel para poder saltar hasta al Oeste.
Dale, sigamos con el recorrido.
Los Visitantes ensayábamos mucho, tres veces por semana en ese entrepiso de la casa de Alberdi. Y teníamos una vinoteca a dos negocios de la casa, El Solitario: si buscás en el primer disco de Los Visitantes, está en los agradecimientos [la vinoteca aparece mencionada entre Revista Lanzallamas y Pablo Schanton] Cuando le llevamos el disco al Gallego, el dueño, se lo pusimos y vio que estaba ahí... ¡Se emocionó tanto! Y yo también, ahora me pasa lo mismo, me emociono, boludo. El tipo se puso colorado y dijimos “ahhhhh” (pega un grito indescriptible que nos hace carcajear a los dos). Hace mucho que concebí el concepto de que “comercio es amor”. Digo, que se entienda: un buen almacenero de barrio da amor. El comerciante es un chabón que está en relación con el otro, de toma y daca, una relación amorosa. De esa emoción que nos agarró con el dueño de la vinoteca, dijimos “hay que hacer algo, vamos a hacer algo”. ¿Y qué hicimos? Un recital en la calle.
Esto sí lo has contado, es muy gracioso.
Sí, y lo repito porque es muy anecdótico y divertido. Entonces, con una caja de vinos, la policía nos puso un patrullero. Cortamos avenida Alberdi, en esa época la ruta 3. Una avenida doble mano ¡y un viernes a las 8 de la noche, con tránsito pesado! (Risas). Armamos un quilombo infernal. El Club Alvear, un club de Floresta que estaba por ahí, nos dio un escenario. Y los otros comerciantes, que eran todos amigos, pusieron plata para alquilar el sonido. A todos les iba a hacer bien porque la heladería podía vender helados, el almacén iba a vender no sé qué carajo... y Vinoteca El Solitario puso una mesa con una rubia que daba vino espumante para degustar. Gratis. O sea, era un sueño (risas). Era la fiesta menemista en su máximo esplendor, si querés, con perdón de todos nosotros (más risas).
Y se anticiparon a la era de los megafestivales sponsoreados.
No, bueno, tanto no. El primer show que vi en mi vida en el ’79 estaba auspiciado por Chocolates Crico (risas). Siempre hubo sponsors, sino no hubiera existido nada. Woodstock fue algo bastante raro porque fue bastante independiente y sin sponsors.
A nosotros nos sponsoreó toda la cuadra e hicimos el recital, que fue justo enfrente de la puerta de casa. Cuando terminó el show, abrí la puerta y me metí. Pero quedó abierta, era un pasillo largo al fondo y se sucedió como un continuum performativo. Hay un actor del teatro neoyorkino que hace obras con performance: el tipo se lleva el público a su casa y continúa la obra ahí. Performance pura, bien ritualística.
Acá te pasó lo mismo.
Claro, pero esto tenía cola. Con el tiempo, en el ’93, la gente por ahí aparecía a las 3 de la mañana y me tocaba el timbre. Había un continuum de locura y llegaba gente rara. Digamos que empecé a sentir esa densidad. Yo era muy sociable y lo sigo siendo, con mucha calle y mucha noche, estaba en todos lados y no tenía un carajo que hacer. Vendía sánguches en la calle, imaginate. No me importaba nada, la calle es mi ámbito. Y tenía muchos amigos freaks: el Basu, que venía de San Justo, un basurero. Los Visitantes era una banda muy de la impronta popular, teníamos muchos amigos criminales, gente del bajo mundo pero de una nobleza diferente, quizá. Igual, criminales más o menos amables, no asesinos (risas). Bueno, había algunos narcos también (más risas). Toda esa cosa de la noche que era bastante sabrosa. Yo soy de las personas que se sientan en el colectivo en el último asiento y aparece un linyera todo mal, herrumbrado, patético, desagradable...
Y se sienta al lado tuyo.
Y se sienta siempre a mi lado. Y siempre, siempre, entabla conversación. Desde chico me pasó, desde que tengo memoria, ¡tengo un imán para toda esa gente! Y cuando estaba en la calle y era de Don Cornelio y Visitantes, que era como el dios del punk y qué sé yo, tenía todos amigos así. Quería que todos mis amigos fueran así. Y entre toda esa gente estaba Adrián Cayetano Paoletti, los chicos de El Lado Salvaje, Todos Tus Muertos, los artistas del underground. Estábamos todos en esa línea, volcados a la calle.
No eras el único.
No, claro. Pero toda esa densidad empezó a pesarme en un momento. También, vivir sobre una avenida de tránsito pesado a San Justo, era todo como “pshhhh” (hace un ruido metálico, estruendoso). Un ruido infernal, de camiones. Y algo en mí dijo “me tengo que ir”, fue una voz que siempre tengo, yo siempre me digo cosas. Entonces me tomé el tren Sarmiento, bajé en Castelar, pregunté dónde había una inmobiliaria y me dijeron “acá a la vuelta está Corigliano”. Fui, dije “hola, qué tal, quiero alquilar una casa”, me atendió Corigliano, “tengo un chalet, tatatá”, me lo mostró esa misma tarde y le dije “listo, lo alquilo”. ¡Alquilé la primera casa que vi en Castelar! (Risas). A Los Visitantes nos había ido bien en esos años, tocábamos mucho en vivo y ganábamos algo de plata que se repartía en partes iguales. Éramos una banda muy democrática.
Entonces, tu primera parada en el oeste fue Castelar.
Sí, Castelar, eran todas casitas lindas, chalecitos. Contra todo este personaje que te estoy definiendo, un chabón que vendía sánguches en la calle y era amigo de los criminales, de repente alquilé un chalet en Castelar. Esto fue en 1994.
Castelar, además, es una localidad muy tranquila. Aún hoy lo es.
Sí, aparte… cheto, si querés. Bueno, es contradictorio, lo entiendo, pero me parece interesante la contradicción. Aparte mi generación era posthippies, yo empecé con mi primera banda en el ’78, es decir, en la década del ’70. Éramos setentistas, estábamos con el pelo largo y queríamos ser Color Humano. De alguna manera, desde que te ibas a tu primer viaje en carpa, la cosa era “me tengo que ir a vivir a El Bolsón, me tengo que ir a vivir a El Bolsón…”. Y nunca me fui a vivir a El Bolsón pero fui a vivir a Castelar y tenía pasto, planté un ceibo, tenía una huerta, hice tomates. De alguna manera, con un remanente hippie. Y ahora vivo acá, en este parque maravilloso (señala) y planto árboles, soy experto en lo que es plantas, soy un jardinero natural. Antes estuve 15 años en una quinta en Puente Gnecco, en Paso del Rey (Moreno), donde también planté millones de cosas. Siempre está eso y creo que hoy por hoy, haciendo una salvedad histórica en la charla, sigue siendo muy vigente el concepto de lo autosustentable, la vida en la ecología. Se mezcla la izquierda con lo hippie en la ecología social, un concepto moderno de decir “cada familia tiene un fondo, un gallinero, una vaca comunitaria, leche orgánica”. Una revolución ecológica para salir de las formas de producción dominantes. Es un tema vigente todavía.
Y en el medio de tu mudanza estaban por hacer Espiritango.
Claro. Yo me escapé de la ciudad y fue bastante raro, nadie lo entendió de lo que es el mainstream del rock. Y justo en el ’94 yo grabo Espiritango acá, en Del Cielito. Fue rarísimo porque nosotros no elegimos el estudio: Trípoli Discos quiebra -cosas raras- y es absorbida por DBN, que elige que grabemos ahí [en la contratapa del CD se vislumbra el logo de Trípoli tachado, al lado del de DBN]. Entonces me mudo al Oeste y grabo acá el disco, fue extraño. Del Cielito todavía pertenecía a Castelar en esa época, ahora es Ituzaingó. Y Espiritango sale disco del año, nos va bien a nivel opinión pública pero a nivel shows seguíamos más o menos con lo mismo. Muy indie todo, éramos nosotros con nuestro manager los productores en Casa Suiza, el manager era un hermano, un loco. Hicimos el disco en vivo En caliente...
Que es crudísimo.
Tá, pero está bueno, muy ensayado. Ensayamos un mes seguido todos los días y está muy producido porque lo hicimos con Mario Breuer y Pichón Dalpont, todo súper profesional.
Capta un gran momento de la banda.
Boludo, el otro día escuché Espiritango. Alguien lo linkeó en Facebook y por algún motivo no empezaba en el primer tema [“La musa”], empezaba en el tercero [“Patada sucia”]. Me gustó que empiece así. Y de repente escucho y empiezo a sentir una adrenalina, unas palpitaciones… Empecé a sentir unos subidones, o sea, me sube todo como “ay, boludo” (habla excitado, nos reímos). Claro, yo estaba prendido fuego, no es joda. Con los años, había puesto al disco en un lugar blando y nada que ver. Me acuerdo de un par de sensaciones y momentos puntuales que te quedan grabados pero, con el tiempo, me queda un tema u otro. Tiene tantas canciones, es un disco tan diferente y variado, que hay cosas que no me gustan...
Y con el tiempo te queda sólo esa parte que no te gusta, quizá.
Sí, te quedás con eso, lamentablemente puede pasar. Igual no soy muy resentido de mi pasado, al contrario, lo amo. Sobre todo por el ejemplo de Spinetta, que siempre fue tan resentido con su pasado. Yo no quiero ser así, amo todo y me encanta en serio. Y el otro día me encantó Espiritango, me re cabió, mal, ¡me gustó más que nunca, boludo! (grita enfervorizado). Porque yo entraba en un infierno en un abrir y cerrar de ojos. Vocalmente, la voz. Venía como “nananá” (susurra) y de golpe “yeahhh” (grita aún más fuerte que antes). En el ’94 fue que se pegó el tiro Kurt Cobain, ¿no?
Sí, abril del ’94.
Bueno, el otro día pensé y ¡tiene que ver con el grunge! No es que estábamos tan en otra, que éramos relocos.
Hay un par de hardcores, por ejemplo.
Tiene hardcore y rock alternativo, “Mecánica ciudad”. O “Noche oscura” [se refiere a “Villa Domínico”], que es bien grunge, tipo “chanchan-chán” (imita el riff de guitarra). El espíritu que más atraviesa el disco me parece que es el del rock alternativo. Aunque está “El ente”, que me parece un plomo: la canción me encanta, la versión del disco me parece horrible. Hubiera preferido que sea todo hardcore, nos quedaba bien. En “El ente” estoy... “Inocencia encerrada en una espiral ardiente…”. Un boludo (risas). Ahora lo hago bien, ahora canto bien eso porque tengo ductilidad, puedo hacer hardcore o tango. Tengo todo ese hardcore adentro y muchas otras cosas más, en ese momento no tenía tanta cintura. Hice cosas que... Qué buena reflexión, nunca había pensado esto que estoy pensando en voz alta: de alguna manera cagábamos más ancho que el culo. Igual Espiritango salió disco del año, pero no es que la banda estalló, para nada. Estalló artísticamente mi vida y hasta ahora sigo haciendo temas de ese disco, como “Gris atardecer”, que me encanta. Y a La Hermandad le sale mucho mejor que a Los Visitantes, la rompe La Hermandad.
¿Y con “El ente” qué hacés?
“El ente” también lo hago porque me parece una canción que me trascendió a mí mismo, digamos, gracias a que Calamaro la grabó; también la canté con él un día en el Ópera. Y la gente la canta, la canto y todos cantan. Yo me pierdo en ese tipo de cosas, entonces aprovecho y la toco de vez en cuando. Pero es bastante depresiva para mí, un tipo “buscando la verdad que sea rentable”. Es muy crítica, está bien, me parece bien. Me deprime pero igual la hago, me la banco (risas).
Todo eso fue el año en que me mudé y bueno, los cambios empiezan a operar. La pregunta era qué me pasó a mí con esa transformación geográfico-política, y qué le pasó a mi música.
Sí, a vos mismo como tipo, en el fondo. Y hasta como cantante, qué sé yo. Creo que sos uno de los cantantes más singulares de la historia del rock argentino.
Está bien (se ríe). Tengo mucha ductilidad, mucho rango, mucho movimiento. Puedo ir a todos lados.
Movimiento y carne viva, siempre.
Lo he asumido. El vivo mío, nuestro, es un lugar en el que no se sabe qué puede pasar, yo mismo lo siento. No es que sé que el show empieza y termina de tal manera, en algún momento me atraviesa un rayo feroz y me vuelvo loco, me termino tirando en el piso, me pasan cosas. Creo que eso es lo que busco y no es que lo busco conscientemente, lo busco de manera inconsciente. Igual tiene que ver con Pescado Rabioso, con el éxtasis. O con “Twist and shout” y Lennon gritando como una bestia loca, sacada (lo imita): toda esa cosa del grito primal me interesa. Pero bueno, pará: “Estaré”. Eso es lo que me pasa. Compongo “Estaré” en ese paraíso de Castelar, con tomates. Eso es lo que me pasó, “Estaré”, que es como una gran obra de mi vida, con que yo levanto muertos. Si yo tengo que ir a cantar un tema ante 100 mil personas en la Plaza de Mayo con las Abuelas, cantó “Estaré”. Y quedo bárbaro porque es combativo, alegre, dramático, furioso, esperanzador, tiene todo.
Y tiene la naturaleza del lugar.
Sí, es ecosocial, ecosocialista. Y aquello de que el sol entra en una cuna y en la prisión [“como la cálida luz/ que entra en la cuna y en la prisión”]. O sea, el sol les pega a tu hijo y a un preso que quizá es asesino. Estamos todos bajo ese mismo sol, es muy socialista el tema. Y hippie, y hasta punk porque ¿por qué la cuna junto a la prisión? Son imágenes fuertes. “Estaré” me parece un gran tema y es lo que pasó en ese movimiento, empecé a componer desde otro lugar, seguro. Hice “Que se abra Buenos Aires”, ¡que es justamente lo que hice yo! Yo me abrí de Buenos Aires y entonces digo “que se abra” (risas), “que abra bien las piernas”.
Qué tonto, ésa no la había pensado.
Todo esto pasó y es un poco Maderita, ya incluso el nombre... Maderita, viste, “sssss” (imita, creo, el sonido de brasas). Aparte “Que se abra Buenos Aires” habla de todos estos personajes que te decía. “Pelea el pueblo demente”: son todos mis amigos estos, los freaks y qué sé yo; “perdiendo todos los dientes” porque están todos refisurados, ¡se les cae la vida, viste, hechos mierda! (Risas). “Con religiosa anarquía”, hay una observación de todos esos personajes que te contaba al principio de la charla, que con muchos somos amigos aún hoy. Adrián Cayetano Paoletti, por ejemplo, volvió y está a full. Lo invité a leer en la presentación de mi libro de poesía La estrella primera, que fue en la Biblioteca Nacional. Entre otros amigos estaba Adrián leyendo un puto poema, ¡25 años después! Con algunos nos encontramos y todavía no lo podemos creer.
Sobrevivieron varios...
¡Algunos sí, por suerte! (Risas). Todo este proceso que te digo está muy claro con el tiempo y en la distancia, ahora a la perspectiva. Pero en el momento no sabés qué está pasando: vos vas, vas y vas.
*Palo & La Hermandad se presenta este sábado 25 de abril en McNamara (Tucumán 1016, Rosario). Anticipadas en Sarmiento 780. Reservas: 3413-298189.
[Fotos de Palo & La Hermandad, por Fernando Manino Dachdje]
martes, 14 de abril de 2015
Para ir: FestiMike, cómo dar una mano con música
Hace unos días supimos una noticia de esas que de vez en cuando aparecen en las redes sociales: un amigo al que le roban el celular, algún músico que pierde o le roban su instrumento, etc. Esta vez, le tocó a Miguel Barrenechea, amigo de la casa, músico de Placard. En su caso, la cosa fue bastante pesada: ladrones entraron a su casa y se llevaron, literalmente, todo. En ese todo entran sus herramientas de trabajo, es decir instrumentos, pedales, equipos, computadoras. Aquí pueden ver la descripción de lo perdido y ayudar si es que ven algo en el mercado.
Además, se están organizando unos cuantos festivales (en Buenos Aires y en Córdoba) para dar una mano. El próximo jueves 16 será el primero: amigos y conocidos cantautores se unen para ayudarlo a Miguel. La entrada tendrá un valor de $30 base y quien quiera podrá colaborar con algo más, cualquier objeto o instrumento musical, ya sea un cable, afinador, lo que sea para poder ayudarlo a Mike a salir de esta situación tan fea.
La propuesta, además, es más que interesante por los músicos que se presentarán. Ellos son:
Pablo De Caro (Cosmo)
Nicolás Mateo (Inventado Antiguo)
Germán Bertasio (Sherman Cancion)
Nahuel Andres Raña (Nahuer)
BadManu
Santiago Azpiri (Pequeña Orquesta de Trovadores)
Maximiliano Calvo (Intrépidos Navegantes)
Diego Acosta
Augusto Giannoni (Fantasmagoria)
Javi Punga
Maxi Disfrazado tocando temas de Neil Young
Ivo Ferrer (Los Tremendos)
Martín Vecchio
Pola Huarte
Dany Hokama
Martín Nahuel Rabaglia
María Pien
La cita es en Naranja Verde (Av. Santa Fe 1284 timbre izquierdo, Buenos Aires). El que se dé una vuelta, de paso, va a disfrutar de buenas canciones y se va a llevar una sorpresa.
miércoles, 8 de abril de 2015
Música argentina del Siglo XXI: todos los votos
Esto fue una coproducción de La Música es del Aire, Patologías Culturales, Un Largo y La otra para el programa Antojo, que se emitió durante las trasnoches de febrero en FM La Tribu. Dice Oscar Cuervo, responsable de Un Largo y La otra:
"Estamos contentos de haber hecho la tarea, porque creemos que no hay hasta hoy un relevamiento sobre la música argentina del nuevo siglo más completo que éste. Los resultados, en términos de artistas más votados, así como los puntos de vista expresados en los ensayos, son por supuesto discutibles. No podría ser de otro modo. El dispositivo de las encuestas tiene límites epistemológicos muy evidentes. Y una encuesta como ésta habla tanto de la música que se está haciendo en esta parte del mundo como de los supuestos sobre los que se encara la consulta. Quizás la falla más evidente sea que nos propusimos abarcar toda la música argentina sin distinción de géneros, pero el resultado fue acaparado por la música de rock, que es algo así como el mainstream de esta época. Detrás de estos resultados hay, más que nada, muchas discusiones para dar, pero también es una buena oportunidad para descubrir discos, canciones, músicos, estéticas que se nos habían pasado por alto o para medir la distancia que nos separa de los consensos. Incluso, quizás lo más interesante sea cuestionar la idea misma de consenso. Los textos quedan completos en los blogs La Música es del Aire y Un Largo. Y los Bonus ya llegan".
Poco queda por agregar: es evidente que la encuesta no se arroga la "verdad" sobre lo que sucedió en estos años de música argentina, sino que aquí se toma una foto y se da un inevitable recorte relacionado con el perfil de los 301 electores. Nos hubiera gustado que participe aún más gente, aunque la muestra no sea para nada despreciable: el tiempo nos corrió un poco porque Antojo es un programa de verano (dura lo que febrero) y bien sabemos que esa época es de vacaciones y giras. Allí, quizás, perdimos un caudal de votantes que hasta pudo haber inclinado el resultado final hacia otros lares. Con todo, los resultados de una encuesta siempre terminan siendo objeto de discusión (los propios organizadores discutimos los resultados, ¡contrario a lo que muchos lectores nos reclaman, como si hubiéramos digitado todo!). Podrán ver la lista y, como dice Oscar, encontrar músicos y discos que ignoraban por completo. Que sirva de guía, entonces:
[TODOS LOS VOTOS: VER EN GOOGLE DRIVE - DESCARGAR CON MEDIAFIRE]
[ARTISTAS MÁS VOTADOS]
[DISCOS MÁS VOTADOS, PUESTOS #1 A #10]
[DISCOS MÁS VOTADOS, PUESTOS #11 A #17]
[DISCOS MÁS VOTADOS, PUESTOS #18 A #25]
lunes, 30 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #1, Gustavo Cerati
Por Gonzalo Aloras
Músico
GRACIAS PORVENIR
¿Cómo hacer para que un momento del mundo se vuelva duradero y que exista por sí mismo? La escritora Virginia Woolf daba una respuesta: “saturar cada átomo, eliminar todo lo que es escoria, muerte y superficialidad. Todo lo que se adhiere a nuestras percepciones”.
Toda sensación (las obras, las canciones, las películas, nos dan sensaciones) es una pregunta y un devenir. Pero un devenir no necesariamente humano. La música nos trasforma mientras va sonando y cada canción aporta una potencia no humana en el hombre. Como el amor vegetal:
“Sabia savia por mi cuerpo como oro de Acapulco. Estoy preparándome, no sé qué me pasa que ya no puedo volver (al oír... al oír...) Tanto irme por las ramas ahora recorro las heridas. No fue suficiente fe una vez por semana y ya no puedo volver al oír... al oír... Mi voz vegetal. Necesito hoy tener amarrados los pies; en el aire sé que soy nada más que menos de lo que podría ser. Me resisto a empujarte a otro juego de azar en el aire reverbera el ansia de mi voz, mi voz vegetal, vegetal; amor vegetal.”
UNA ESCULTURA VOCAL
Con la voz, Cerati supo construir esculturas musicales. Sus canciones, sus composiciones, adquirieron en las grabaciones una consistencia inusitada gracias a ese trabajo de escultor vocal. No se trata sólo de técnica, se trata de coloración y de singularidad. La cualidad de su voz es la de ser plena, con una clarísima dicción y una extraña compresión natural continua en la dinámica de todas las frases, lo que viene a ser algo así como una escultura en la que el material no flaquea nunca, por su propia naturaleza, dándole así, eterna sensación y fuerza a la imagen esculpida. Es su voz la que atrapa, transporta y convence.
LA VOZ DEL ACTOR
Quizá la clave para entender el estilo Cerati sea apreciar su don actoral: es el acting al decir las letras, lo que da ese tono épico a cada una de sus frases, por plásticas o superficiales que pudieran ser. Ahí reside, creo yo, su mayor aporte a al pop argentino. ¿El Bowie local? De algún modo, Bowie inventa el acting vocal en el pop mundial, esa impronta que pareciera estar siempre cantándole al calor de las masas.
LA GUITARRA
Como guitarrista fue un músico que hizo valer su gusto por sobre su virtuosismo; no hay escorias, no hay sobras, no hay redundancias. Todo en función rítmica y bajo un vidente concepto de economía musical. No son los solos ni sus fraseos, sino su rítmica, la que produce lo real y su mano derecha la que nos ofrece dar vueltas por el universo. Tanto en el trabajo de composición de guitarras con Soda Stereo para logar un sonido power trío como en la etapa solista, para lograr ambientes y paisajes. Con el uso de efectos, pedales y todas las tecnologías aplicadas a la transmutación del sonido de guitarra eléctrica, interesado sobre todo en la sonoridad de las guitarras como al nivel de la sonoridad de sus textos.
LA MÚSICA
Insisto siempre en la originalidad de sus secuencias armónicas porque encuentro ahí un plano de ideas arriesgadas que jamás decayó. El uso de la armonía en secuencias armónicas, intervalos entre acordes, más que los acordes en sí. No son sus armonías complejas o enriquecidas, sino el devenir, el proceso, el camino, el pasaje de un acorde a otro lo que crea la novedad y la sensación de alegría en cada canción. Mismo criterio y concepto en las composiciones como en los arreglos de guitarra. Un día grabamos en el estudio Ave Sexua un tema para Deborah de Corral. Me tocaba grabar un arreglo de guitarra. Cuando terminé, pedí otro canal para doblarlo (es decir, grabar dos veces el mismo arreglo para superponerlos) un poco por gusto y otro por costumbre. Gustavo me dijo que no, que no hacía falta, que la superposición es en muchos casos sinónimo de redundancia y por consecuencia pérdida de claridad y eficacia.
LAS LETRAS
Cerati creó su estilo lírico en una suerte de serialización y distribución de aforismos, al modo nietzscheano. Curiosamente se confesaba casi imposibilitado para la labor de escribir las letras de sus canciones. Cuando había terminado de grabar las bases de Fuerza Natural me compartió la sensación o el temor de que al ponerle letras a ese disco decayese en gran parte la gracia de su paisajismo, de su viaje esencial. Sin embargo, gracias a estas imposibilidades y a un propio método basado en la creación de aforismos (o frases, ideas, imágenes) distribuidos a lo largo de letras livianas logró darle vuelo al resto de los versos como si estos encontrasen su apoyo de sentido y su justificación en esas breves sentencias afirmativas. Sumado esto al sonido escultural de su voz y al acting épico de su interpretación.
Hagamos una lectura de la obra lírica de Cerati desde esta perspectiva de esa suerte de aforismos dichos en tono épico con una voz profunda y clara, el método de consistencia y composición. A través de ellos también podemos apreciar distintamente la ética filosófica inmanente a sus expresiones, afirmaciones e ideas. Hay un vitalismo que sobrevuela su modalidad trágica y mágica. Para aquellos que quieran y puedan hacerlo, también es recomendable analizar la relación de estos fraseos con sus respectivos movimientos armónicos.
La verdad que más engaña saber
("Engaña" – Cerati – Bocanada, 1999)
¿Qué otra cosa es un árbol, más que libertad?
("Raíz" – Cerati – Bocanada, 1999)
Y cuento verdades como mentiras, la culpa es de nadie, sólo mía
("Verbo carne" – Cerati – Bocanada, 1999)
Mereces lo que sueñas
("Beautiful" – Cerati – Bocanada, 1999)
Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer
("Puente" – Cerati – Bocanada, 1999)
Fluir sin un fin más que
("Río Babel" – Cerati – Bocanada, 1999)
Si el lenguaje es otra piel, toquémonos más con mensajes de deseo
("Otra piel" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Suspiraban lo mismo los dos y hoy son parte de una lluvia, lejos
("Adiós" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Vamos despacio para encontrarnos, el tiempo es arena en mis manos
("Lago en el cielo" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Qué otra cosa puedo hacer, si no olvido moriré
("Crimen" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
No te confundas, no sirve el rencor. Son espasmos después del adiós
("Adiós" – Gustavo y Benito Cerati – Ahí vamos – 2006)
Chica con ojos de ayer, sé que vibras también.
La extraña sensación de no pertenecer a este mundo
("Medium" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Cuando lo crea oportuno, abrir…
abrir un hueco en el futuro, fundir…
fundir mi sueño con el tuyo, por fin…
y que por fin seamos uno entre mil
("Uno entre mil" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Recordarte es un hermoso lugar
("Otra piel" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Separarse de la especie por algo superior
No es soberbia, es amor
("Adiós" – Gustavo y Benito Cerati – Ahí vamos, 2006)
El arte de vivir por encima del abismo
("Medium" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Todo acaba bloqueado entre tanta histeria
("La excepción" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
Sé por tus marcas cuánto has amado, más de lo que prometiste
("Lago en el cielo" – Cerati – Ahí vamos, 2006)
He encerrado el cielo para ti, ya no tengo tierra para mí
("Avenida Alcorta" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Con mi salvaje corazón; los vicios no son del cuerpo
("Pulsar" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
No dejaré que seas fría; yo podría calentarte para abandonarme y renacer
("Amor amarillo" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Creo en el amor porque nunca estoy satisfecho
("Pulsar" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Ella es mi espejo y refleja lo que soy
("Lisa" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Explosiones en tus ojos, agujeros en la tierra y un verde profundo en el mar
("Amor amarillo" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Es que la vida es gas
("Pulsar" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
De una vida a otra vida
("Te llevo para que me lleves" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Es extraña esta ciudad o yo estoy fuera de escala
("Paseando por Roma" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Debe ser el hábito de esperar que algo quiebre el unísono
("Ángel eléctrico" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Un nuevo acorde te hace mirarme a los ojos
("Ángel eléctrico" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez
("¿Por qué no puedo ser del Jet-Set?" – Soda Stereo – Soda Stereo, 1984)
Tengo mal de alturas y aquí vuelan pájaros de oro
("Pasos" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Es el efecto doppler cuando te alejas de mí
("Efecto doppler" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
En esta hiperhistoria todos quieren un flash y pocos algo para ver
("Ojo de la tormenta" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Cuando está oscuro todo empieza a verse más claro en mi constelación.
("Crema de estrellas" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995)
Aún tengo al sol para besar tu sombra
("Ángel eléctrico" – Soda Stereo – Sueño Stereo, 1995 )
El sol no tiene oídos pero su lengua me atrapó
("Tracción a sangre" – Cerati – Fuerza Natural, 2009)
Te llevaré hasta el extremo
("Juego de seducción" – Soda Stereo – Nada personal, 1985)
Me sirve cualquier pretexto, cualquier excusa, cualquier error. Todo conspira a mi favor
("Magia" – Cerati – Fuerza Natural, 2009)
Dios es bipolar
("Fuerza Natural" – Cerati – Fuerza Natural, 2009)
Cambiará, como el mar, lo que siento. Es algo natural
("Fuerza Natural" – Cerati – Fuerza Natural, 2009)
Tener la cura para todo mal que no merezcas
("Sulky" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
Mutación del porvenir es la eternidad
("Cosas imposibles" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
No me hablen de esperanzas vagas, persigo realidad
("Cosas imposibles" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
Duele de placer tu cicatriz en mí
("Tu cicatriz en mí" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
Todo lo profundo ama el disfraz
("Camuflaje" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
Voy a hacer que mis cenizas vuelvan al papel
("Cosas imposibles" – Cerati – Siempre es hoy, 2002)
Las decisiones siempre llegan tarde, las piezas que quedan jamás encajan
("Colores santos" – Cerati y Melero – Colores santos, 1992)
Precisamente todo esta pasando aquí y ahora
("Aquí y ahora" – Cerati – Bocanada, 1999)
Vuelta por el universo
("Vuelta por el universo" – Cerati y Melero – Colores santos, 1992)
¿Quién sabrá el valor de tus deseos? Quién sabrá
("En remolinos" – Soda Stereo – Dynamo, 1992)
Sólo meterme en tu ritual y descifrar tu enigma
("El rito" – Soda Stereo – Signos, 1986)
Tráeme la noche. No puedo estar despierto más sin verla
("Tráeme la noche" – Cerati y Andy Summers – Outlandos D'Americas..., 1998)
La luz no deja de pulsar
("Pulsar" – Cerati – Amor amarillo, 1993)
Meses navegando, tierra a la vista: todo volverá a ser como fue
("Hombre al agua" – Soda Stereo – Canción animal, 1990)
No me sigas, no sé a dónde voy
("Claroscuro" – Soda Stereo – Dynamo, 1992)
Al menos sé que huyo porque amo
("Prófugos" – Soda Stereo – Signos, 1986)
Una eternidad esperé este instante
("Entre caníbales" – Soda Stereo – Canción animal, 1990)
Cuerpos de luz corriendo en pleno cielo. Cristales de amor amarillo
("Amor amarillo" – Cerati –Amor amarillo, 1993)
Bailando hasta cambiar la piel
("Afrodisíacos" – Soda Stereo – Soda Stereo, 1984)
Florecer mirándote a los ojos: perfección
("En remolinos" – Soda Stereo – Dynamo, 1992)
Por descuido, fui víctima de todo alguna vez
("Corazón delator" – Soda Stereo – Doble vida, 1988)
Y sin embargo... ¡Lates!
("Final caja negra" – Soda Stereo – Signos, 1986)
Yo siempre amé tu locura
("Tu locura" – Cerati – Canciones elegidas 93 94, 2004)
Sigue el curso de agua que nos lleve donde nunca fuimos
("Aquí y ahora" – Cerati – Bocanada, 1999)
La tarde está cayendo en tus ojos
("En camino" – Soda Stereo – Signos, 1986)
No hay nada mejor que casa
("Té para tres" – Soda Stereo – Canción animal, 1990)
Yo no puedo ser libre sin vos
("Danza rota" – Soda Stereo – Nada personal, 1985)
En definitiva, más allá de este análisis del estilo y el método Cerati, su música es un todo indivisible que ha colmado de gracia las almas de muchos jóvenes latinoamericanos, dándonos espacios y tiempos para volar, para reinventar nuestra realidad cotidiana y para querer esta vida tal cual es, con total alegría.
Gracias porvenir.
viernes, 27 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #2, Luis Alberto Spinetta
Por Santiago Segura
La escena es graciosa al imaginarla: un adolescente de esta era pone Silver sorgo, llega a "Tonta luz" y cree que el tema salta, que está mal rippeado el disco a mp3. Mejor: que hay un error en la carga del tema en Deezer o Spotify (o, peor, que es un problema del full album en YouTube). Lo que no sabrá esa persona es que "Tonta luz" es así. La canción (¿vale decirle canción a ese collage sonoro tan clasicista como vecino de lo concreto/contemporáneo?) está rayada por decisión de su autor. Entre los cortes aparecen palabras sueltas, algunas que no se escuchan con nitidez y otras mucho más claras: "déja vù", ¿"nubes"? ¿"tu luz"? El proceso pareciera llevar la lírica a la acción:
Espera un instante fugaz
en el que dejarse ir
en la tonta luz que querrás entreabrir
y así el vacío mirar
y el bardo final
de este mundo que aniquila el amor
por dentro, todo es un túnel hacia ti,
y para qué proseguir
si tú te esconderás
y de mí huirás
en un súbito adiós
como un ángel,
sin dolor alguno, ¡ah!
Podría escribir este texto sólo con “Tonta luz”. El tema (mejor digámosle así) apenas si llega a los dos minutos, pero ya desde el título nos deja conclusiones. Spinetta empieza el nuevo siglo contradiciendo toda su obra porque… ¡¿Desde cuándo la luz es “tonta”?! Uno de los tipos que más nos habló del sol, ahora dice que la luz no va; al rato dirá (en... "Esta es la sombra") que sólo espera "ser la nube que propicie tu lluvia". Algo está por pasar. O algo pasó.
Eso que pasó viene de 1999, se llama Los ojos y es el disco en verdad iniciador del período '00 de Spinetta, porque a veces los números engañan. El principio del último Spinetta, quizá el más discutido por crítica y público (aunque, a juzgar por los números de esta encuesta, hay 300 músicos y periodistas que siguen venerando al Flaco). Una no tan vieja entrevista de Roberto Pettinato a Juanse en la revista La Mano, abril de 2005, contenía este diálogo:
—¿Estás de acuerdo que ya nadie escucha los discos de Spinetta de los últimos tres años, pero igual nos encanta que los siga haciendo?
—Sí, estoy de acuerdo.
La operación es simple: al menos con Spinetta vivo, sus discos de 2000 no eran demasiado escuchados. Y la sentencia no proviene de la charla entre Pettinato y Gutiérrez, sino del propio Flaco, que se lo dijo con humor a su hija Catarina en una entrevista para el canal CN23: "[Un mañana] es un disco lindo, la gente cuando lo escucha huye despavorida. (...) El más influyente es la Mona Jiménez, para mí. Lo pienso en serio, musicalmente hablando, su ritmo y su contagio pachanguero, eso, finalmente ha alimentado a mucho del rock. La parte fiesta del fútbol, no la parte asesina. (...) Quienes no somos muy pachangueros tenemos que sabernos ubicar y saber que no podemos ser tan punto de referencia, por más que todos los músicos admiren tu trabajo. Estamos en un momento muy Clubdelclanero, de escuchada fácil".
Volvemos a "Tonta luz". Decía Spinetta de ella, y Silver sorgo: "Es un rapto de desesperación. La escribí en el secuencer de mi Trinity, basándome en una forma andante, cambiando los acordes y jugando sobre la misma estructura rítmica. (...) Al terminar la canción, al cantarla y aceptar su deliberada monstruosidad, se me ocurrió agregarle un fragmento grabado durante la realización de Los ojos por otro gran técnico y amigo: Ramtés González, quien es el único técnico egipcio que trabaja en nuestro medio. Dicho fragmento es el producto de una feliz casualidad. Por curiosidad, al apretar yo un comando de la computadora, todo un pedazo de la canción empezó a sonar entrecortando simétricamente pequeños segmentos que se rebobinaban pero al derecho, hasta el comienzo del tema. Esta canción es de Los ojos, pero no quiero decir su título. De todos modos, alguien con oído fino e imaginación podría saber de qué se trata. La combinación de esta cola de cometa lingüístico con la letra de "Tonta luz", me hace feliz. Con eso resumo todo. (...) El nombre Silver sorgo tiene un sentido, o, bueno, en realidad, podría tenerlo. Es la emisión fallida de otra nueva divisa, ahora que se viene el euro. Esta nueva moneda es el silver sorgo. La Argentina es un gran productor de sorgo, entre otras cosas. Y silver, que significa plata. Sí, ya sé, el río. El río de guita que se va... El silver sorgo es una moneda irrealizable".
Vale recordar que Silver sorgo, el disco, salió en 2001. A veces los ojos del artista ven un rato antes el río que se va y el que se viene.
Spinetta suele ser tildado de aburrido, de reiterativo, de difícil. Spinetta 00 produndiza esa brecha para con el oyente huidizo a ciertas complejidades armónicas, ese macromundo que excede todo género, estalla en los oídos y lleva tiempo de asimilación. Sus temas próximos a lo que se concibe como rock ("Yo miro tu amor", "Agua de la miseria") eran celebrados en los shows como una excepción dentro de lo que imperaba, así como pasaba con las gemas de antaño. Pero bien: ¿cuánto hay de cierto en que el Spinetta de los últimos años practicó una quietud sonora cercana al estancamiento? ¿No hubo nada nuevo, siquiera rasgos novedosos, en su música? ¿Todo lo que hizo entre el díptico Los ojos-Silver sorgo y Un mañana es igual? La respuesta es no y con un poco de atención, se nota. Hubo un movimiento sutil que, es inevitable, tiene sus vaivenes con el pasado.
Ese movimiento es el que arrima a Spinetta a las aguas de la música negra (algo que se ha señalado bastante poco). ¿Un músico tan blanco en su sonido? Sí. A su manera, desde "No me alcanza", "Adentro tuyo", "Canción de noche", "No quiere decir" -y hay más, mucho más-, Spinetta roza el funk y el soul, como si hubiera (a)probado los discos que escuchaban sus hijos en los '90. O los que hacía el propio Dante con Illya Kuryaki and the Valderramas. "Me atrae el soul porque hay mucha musicalidad en las canciones y se encierran como misterios que son dignos de prestarles atención. (...) Esa mirada hacia el funk, la música de Stevie Wonder y de tantos otros genios me permite expandir el límite creativo un poco más arriba". El Flaco llegó al nivel de invitar a Dante y Valentino, con su grupo Geo Ramma, para reversionar en clave rap-metal un clásico de Almendra ("Ana no duerme", en el soterrado Obras en vivo). Y arremetió nada menos que con Necesito un amor de Manal, en la cumbre de Las Bandas Eternas. Las apuestas le salieron bien aunque los escépticos miren de reojo. El límite se expandió, se abrió un poco más.
Para los árboles es el disco donde esa búsqueda llega a su punto cúlmine, el más distinto o distintitvo del período. Spinetta se rodea de músicos ideales para lograr ese groove: Javier Malosetti; la corista Grace Cosceri, además coach vocal del Flaco (¿y la primera mujer en ser miembro estable de un grupo de L.A.S.?). También colabora un productor/técnico ducho en la materia, Rafa Arcaute, que se encarga de algunas teclas. La suma de los ingredientes hace de "Néctar" y "Vidamí" dos momentos embriagadores, mucho más livianos que otros Spinettas. Las programaciones ayudan: nunca habíamos escuchado al autor tan cercano a un pulso electrónico, aunque en Silver sorgo algo se insinuara. "Yo era sólo gelatina/ sin un esqueleto,/ sin organización alguna...", dice la letra de "Néctar": alguien olvidó darle play y replay al Spinetta bailable; y juro que lo escuché y leí elogiar a Beyoncé. Pueden horrorizarse... O bailar con él.
Pan es, a la larga, el disco más cálido de estos últimos años. El del sonido más orgánico y de banda. El de las canciones más hermosamente simples, como "Sinfín", "La flor de Santo Tomé" y "No habrá un destino incierto". "Dale luz al instante" y su "Estoy entusiasmado con tu corazón/ todos los días así, toda mi vida/ estoy iluminado con tu sencillez". El enamoramiento parece pegar y Spinetta suena más casero que nunca, relajado y con una banda que hace brillar su voz infinita y clara (sale Malosetti y entra Nerina Nicotra, otra dama; Sergio Verdinelli se hace cargo de los parches. El toque negro merodea a varias canciones, pero esta vez todo es más a flor de piel). "Bolsodios" se erige como una de las grandes canciones de todo el repertorio spinetteano.
¿Alguien dijo Repertorio? Allá viene Un mañana, el jukebox para fanáticos de todos los tiempos: "Tu vuelo al fin", para los setentistas más pesados (en todo sentido); "Hiedra al sol" y su link instantáneo a Kamikaze en otra obra cumbre, sonido a madera incluido; "Mi elemento" y la canción redonda que no aparecía desde "Seguir viviendo sin tu amor"; "Hombre de luz", "Vacío sideral" y el velo de los últimos ochentas; la estructura modular de "Canción de amor para Olga" y el instrumental "Un mañana" para reubicar en una zona de privilegio a Jade. Es el disco de los hipervínculos, como si el tipo -otra vez- hubiera sabido más que nosotros. El postre vendría al año siguiente con la sorpresa (y el show) más grande de toda su carrera.
"Spinetta y Las Bandas Eternas" nos dejó boquiabiertos desde su propuesta, con El Flaco junto a todos sus grupos legendarios haciendo un recorrido sin reniegos por toda su obra, de punta a punta. La concreción fue aún más fulminante: cinco horas y media de la música que a muchos les (nos) cambió la vida. Una reunión con amigos -sus grupos, sus discípulos, sus contemporáneos-, un acto de resistencia, un desafío a la memoria y el cuerpo porque, quién iba a resistir cuando el arte atacara... Algunos se fueron, cansados, antes de que el concierto llegue a su fin; hoy se lamentan. Los que nos quedamos no podemos explicarlo. Están (casi todos) los temas para escuchar, los videos para ver y los libros para contemplar las fotos de todos los músicos presentes. Pero los momentos son irrepetibles.
La luz, que había vuelto hace rato, fue del mañana al pasado. Hubo reconciliación. Cuando todo volvía a sus carriles habituales (para nosotros, los espectadores: esperar con atención un nuevo disco de Spinetta, ir a verlo y que arme shows con listas de temas completamente insólitas, etcétera) llegó un período de incertidumbre, sin novedades y en silencio. Y la noticia canalla, filtrada, y lo que se sabe.
La tonta luz.
Al final, qué luz de mierda.
[Foto por Sebastián Arpesella]
jueves, 26 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #3, Babasonicos
Por José Miccio
Crítico de música y cine, docente
El siglo XXI no comienza para Babasonicos con Jessico sino con Groncho y Vedette, dos discos de su paradiscografia editados en 2000. Groncho es el compañero subterráneo de Miami. Vedette, el de Babasonica. No les falta mérito ni interés histórico. Incluso llama la atención que algunas de sus canciones no hayan encontrado la manera de salir de su zona de culto. “La hierba crece” y “Dopamina”, por ejemplo. O “Promotora”, cuyo antimenemismo explícito bien podría haber vuelto a Babasónicos una banda más simpática para quienes reniegan de sus mascaradas y no se conforman con “El shopping” y la tapa de Miami. Pero ni el calendario ni la virtud ni la mala conciencia pueden contra el disco que puso a Babasonicos en boca de todos y terminó por modificar de una vez y para siempre su carrera (hace quince años habrían abjurado de la palabra; ahora no se animarían a rechazarla sin pudor). Fondo amarillo, cactus brillante, curvas como culo o montañas, nombre de tipo que pone al femenino como género modelo, “El loco”, “Los calientes”, “Deléctrico”, “Rubí”. Mejor aceptarlo: hay que empezar por Jessico.
Una y otra cosa están obviamente vinculadas, pero el acontecimiento Jessico tiene menos que ver con el éxito comercial que con la música, que a partir de entonces se hará menos mutante (o más reiterativa, si se quiere). Comparar Pasto-Trance Zomba-Dopádromo-Babasonica-Miami con Infame-Anoche-Mucho-A propósito-Romantisísmico es pasar del salto al desarrollo, del cambio a la consolidación. (Hasta podría decirse: de la apuesta al cálculo, pero sería necesario suspender el descrédito moral de la palabra para considerar el problema estéticamente). Jessico está justo en el medio. Por un lado, participa todavía del feliz impulso metamórfico al que Babasonicos se entregaba en los 90 (lo que no impide que “Yoli” tenga detrás a “¡Viva Satana!”, y que “La fox” y “Tóxica” lancen sus adjetivos igual que “Charada” y “Sharon Tate”). Por otro, funciona como modelo para buena parte de lo que vendrá. Las letras anti-identitarias que cantaba Dárgelos tenían en los primeros discos reafirmaciones musicales permanentes. A partir de Jessico quedarán huérfanas y se harán más enfáticas y sentenciosas, porque en adelante Babasonicos preferirá sacarle lustre o ventaja a un modo de grabar y componer indudablemente propio y fatalmente previsible. En los 90 Babasonicos jugaba a sumar capítulos a una novela imposible. El siglo XXI es la historia de su estilo.
Es fácil encontrar en Jessico canciones de referencia. “Deléctrico” impulsa la composición de temas para la pista de baile (“Y qué”, “Suturno”, “Microdancing”: todos escandalosamente inferiores a su modelo). “Soy rock” y “Atomicum”, la de unos cuantos rockitos inexplicables (“Sin mi diablo”, “Once”, “Ciegos por el diezmo”, “Luces” “Estoy rabioso”, “El baile de Odín”). Un track bailable, uno o dos rockeros: después de Jessico casi todos los discos de Babasónicos acatan esta ley. Se trata de un sistema de remakes encubiertas o autocovers parciales que le da a cada álbum un aire de familia y dos o tres canciones olvidables. En A propósito, y como si se hubieran aburrido un poco, enrarecieron los modelos sin por ello abandonarlos. “Fiesta popular” es un rockito humilde pero renovado. Más interesante, “Muñeco de Haití” empieza en la pista y se dispersa luego, como si el espíritu de Dopádromo hubiera despertado para ajusticiar el bombo y una letra demasiado obvia, ya sin el encanto del “vibren-bailen” de Trance Zomba.
También “Rubí” funda su propia serie, mucho más atractiva y elástica. Babasonicos no había hecho hasta entonces nada parecido, y nunca había sonado tan cerca de Virus. “Rubí” es su propia “¿Qué hago en Manila?”. “Capricho” (de Anoche) sale de acá. Lo mismo “Estertor”, “Mareo” y “La puntita”, todas de Infame. Puro kitsch para apretar. Y es que también las fuentes de dudoso prestigio por las que Babasonicos tuvo siempre debilidad cambian a partir de Jessico. Sandro, el bolero y la canción romántica toman el lugar de Russ Meyer, el western spaghetti y el cine de terror barato. Por eso Infame -tan “Rubí” dependiente- es al siglo XXI lo que Babasonica a los años 90: un disco conceptual. Si en un caso se trataba de pasar todo por el filtro del satanismo clase B, en el otro el juego consistía en llevar las cosas al límite de lo aceptable en términos de gusto. Los géneros e intérpretes de mala reputación aparecen en Babasonicos lo suficientemente respetados como para que lo que hacen no suene a parodia o mera burla, y lo suficientemente intervenidos como para desestimar la mímesis. Cursilería y distinción: dandismo trash.
(Nota veloz. En este modo de relacionarse con la cultura de masas, y en otras operaciones similares - convertir a la nena en putita y al pibe en pendejo, por ejemplo- se apoyan quienes acusan a Babasonicos de no ser más que una banda de hábiles cancheritos. El juego romántico que comienza en “Rubí” parece posmo, parece cínico, parece fácil. Plástico, bobo, conchetón, altivo. Pero si Babasonicos fuera sólo eso que sus detractores dicen no sería Babasonicos sino Banda de Turistas).
Y finalmente está la canción babasonica. La tarea de siglo, el corazón mismo del estilo. Jessico la anuncia, Infame la pone a prueba, Anoche le da forma definitiva, Mucho, A propósito y Romantisísmico la practican con una seguridad y un profesionalismo que no siempre carecen de brillo. He aquí unos cuantos títulos: “Curtís”, “Putita”, “Carismático”, “Yegua”, “El colmo”, “Muñeco”, “Yo anuncio”, “Pijamas”, “Escamas”, “Cómo eran las cosas”, “Las demás”, “En privado”, “El pupilo”. Son canciones compuestas casi siempre en tiempo medio, superproducidas, llenas de guitarras que no vocean su elegancia. Dárgelos combina en las letras formas coloquiales y frases que chico le dice a chica con manierismos tan hermosos como “La piel, los labios donde roza la bambula/ serán mi prado, mi vergel” o “Por mi cama pasa un río/ y en el río un rebaño abreva al sol/ y un pastor inmóvil sentado a mis pies/ me canta”. No todas estas canciones son buenas, pero algunas son brillantes. “Pijamas”, por ejemplo. O “El colmo”, una reflexión sobre el arte popular totalmente anticínica. Incluso hay otras -“Tormento”, “Humo”- que siguen el modelo y lo sacuden, sólo para demostrar su firmeza e imbatibilidad.
Perece un triunfo incontestable. Un modo de componer singular que se vuelve clásico. Como pasó con la canción calamaresca y con la canción serraniana. Pero de un tiempo a esta parte algo funciona mal en este sistema infalible. Es como si en determinado momento Babasonicos hubiera decidido que grabar discos era lo mismo que fundar un museo de su talento. Es lindo recorrer sus salas: siempre hay alguna pieza nueva que justifica la visita. Pero no deja de ser triste darse cuenta que si la canción que nos atrae está expuesta ahí es porque no respira con el brío suficiente como para salirse del cristal que la protege. Mejor aceptarlo: todo lo que empezó con Jessico terminó de moverse en Anoche. Lo que vino después es estilo, en el sentido menos interesante de la palabra. O sea, la identidad contra la que Babasonicos sigue cantando.
[Foto por Andrés D'Elía]
miércoles, 25 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #4, El Mató a un Policía Motorizado
Por Facundo Lozano
CANCIONES PARA EL FIN DEL MUNDO
Hace unas semanas fue el Festipulenta en el Club Cultural Matienzo. Ese día tocaron Francisco Bochatón, 107 Faunos, Adrián Paoletti y más. Cuando estaba todo terminado y yo, paradito en la puerta, esperaba que se desagotara el lugar para poder salir de manera pacífica y sin chocar mi inmensidad con todo lo que me rodea, mi mente empezó a cantar "Chica rutera". Obviamente a mi mente la siguió mi garganta y empecé a cantar. De todas maneras, lo que pasó después es lo que me hizo reescribir casi toda esta nota porque al segundo descubrí que desde adentro de Matienzo estaban poniendo esa canción a un volumen realmente escaso. Yo -al menos no conscientemente- no sabía que eso sucedía, no había escuchado que salía sonido desde adentro de la sala ya vacía. O sea, mi corazon, mi mente, mis receptores, mi sentimiento funcionó sin que me diera cuenta de manera pulsional y placentera ante un estimulo que claramente no podía evitar.
La cuestión es que mi relación con El Mató a un Policía Motorizado es de corazón: está mucho menos relacionada con mi mente, con mi capacidad de reflexión, que casi ninguna otra cosa de las que viví en estos últimos 10 años. Supongo que por esta razón, porque lo que me pasa con El Mató es inexplicable, por eso, y lo voy a repetir de manera redundante, por eso, por esa situación, es que jamás me costó tanto escribir sobre algo. Si algo te interpela, si algo te identifica, si una música o cualquier cosa te apasiona, te hace gritar, te pone contento, te mantiene pendiente, te hace repensar, discutir, pelearte y volver a enamorarte de eso mismo con lo que te habías peleado, si todo eso pasa es amor. Y cómo lo explicás si no sos Zygmunt Bauman. Soy periodista, ni psicólogo, menos sociólogo, también soy rapero y hasta en eso me influyó la figura de Santiago Barrionuevo (cantante, bajista, compositor y frontman de El Mató).
Creo que podría decir, como con poca gente de la música. que Santiago es mi amigo o al menos yo lo considero un amigo y quizás eso haga pensar al lector que mi vinculo impide que pueda hablar con una distancia, sin embargo, para mí la amistad no es esa simbiosis acrítica, perfecta e inmutable que muchos viven, imaginan o idealizan. Para mí la amistad (tema clave en el espíritu de El Mató) tiene una complejidad más grande y profunda. Hay idas, venidas, períodos de enamoramiento, de crisis; y si de verdad querés y apreciás lo que hace la persona que considerás tu amigo, en general, le decís lo que pensas de su vida y obra, te guste o no te guste. Con amor, claro, pero lo decís.
Las imágenes que me vienen a la mente para intentar describir al grupo, a su corazón, su ternura, su forma de relacionarse con quienes tenían la gentileza de escuchar atentamente lo que hacían cuando ellos recién empezaban, son miles: recuerdo a Santiago y Pantro Puto entrando al estudio de Radio de la Ciudad para disponerse a que los entreviste en la primera temporada de Alta Fidelidad, mi programa de radio, que también este año cumple 10 años. Lo recuerdo porque le pedí a Santiago especialmente que trajera una guitarra para tocar algunos temas en versión acústica, lo recuerdo porque me dijo que no le gustaba hacer eso, que lo intimidaba, que no lo hacía públicamente; lo recuerdo porque así y todo accedió y porque fue de las primeras veces que hizo esa maravilla de mostrar su material desprovisto del ruido y hoy eso se convirtió en un proyecto hermoso, paralelo, y que se retroalimenta con El Mató. Recuerdo el año en que jugamos con Santi, con el Chango, a ver quién se dejaba puestas las bermudas durante más tiempo en el año. Incluso en días con mucho frío. Me vienen las charlas con Alejandro Almada (el manager) sobre política, sobre peronismo, sobre el under, sobre la historia de nuestro rock, me viene la cantidad de veces que se copó en dejarme pasar a verlos y me llevó a saludar los chicos al backstage. Me acuerdo de una fecha que organicé en Plasma en donde tocaron Javi Punga y Santi y que fue alucinante. Las veces que se vino de La Plata sólo para hacer una nota conmigo y con Lucas Garófalo en Alta Fidelidad.
No olvidaré jamás su cara de respeto y atención, seria igual, cuando luego de escuchar La dinastía Scorpio le comenté que no creía que les sentara bien ese sonido pulido que habían conseguido a fuerza de toques y grabaciones en estudios profesionales. No lo voy a olvidar porque era tan reciente todo que se lo comenté de una manera un tanto vehemente, para ser cariñoso con mi carácter de mierda, y él, lejos de enojarse, de irse, de "hacerse la estrella" o de pegar una ñapi tripera en la boca, me escuchó con atención, me rebatió cada uno de mis argumentos y siguió conmigo toda esa noche charlando y compartiendo buenos momentos. Aclaro, sus argumentos terminaron convenciéndome. Tengo un vago hilo de memoria que así y todo no borra de mi disco cómo el Chango daba vueltas para que le prestaran un bajo para poder tocar hasta que se compró uno.
Escuché muchas ideas de defensores y detractores de los chicos que con una guitarra comunista festejaron la navidad de reserva, ganaron un millón de euros en juegos de Play y pelotas de fútbol, le enseñaron a los hombres "machos" lo que son las mujeres bellas y fuertes, las chicas de oro, los que te ayudaron a revivir de ese día de los muertos, los que te ofrecieron ser parte de una dinastía no sectaria y tierna, y no sé qué pienso de ellas. Que son una banda kirchnerista; que Santiago es evangelista; que promueven la proliferación de pibes y pibas que creen que pidiéndoles un poco de plata a su padre va a estar todo más o menos bien; que son una banda novedosa, que va a llenar estadios; que es la nueva futbolización del rock; que nivelan para abajo; que son una banda que se repite a sí misma, que se copia. Sinceramente, creo que todas esas lecturas se quedan un poco cortas y tampoco creo que yo pueda ayudar a develar (no es desvelar) el misterio de por qué las canciones de Santiago marcaron estos diez años y marcarán la música argentina de aquí en adelante, cómo es que su revolución de los gordos sexys y románticos coincidió con la de Seth Rogen y ahora muchas chicas nos miran creyendo que podemos darles amor y entenderlas.
Lo que sí se es que El Mató a un Policía Motorizado no es una banda que con sus canciones quiera cambiar el mundo, es una banda que con sus canciones quiere mejorar y ayudar a que la pasemos mejor en el fin del mundo. "Imagino y pienso seguido cómo se cruzan las diferentes profecías sobre el fin del mundo. Por un lado, el fin del petróleo; por otro, el fin de agua, el cambio climático. También están las profecías mayas y una baja del magnetismo de la tierra. La gente se vuelve loca, dementes peleando por nada verdaderamente importante. Entonces ahí, los que estén en armonía con el universo y entiendan la verdad, evolucionarán hacia una nueva era de luz. Supongo que habrá grupos, profetas, peleas, locura y mucha violencia romántica. Va a ser divertido", eso me dijo Santiago Barrionuevo en 2009, su visión fatalista y romántica cuando The Walking Dead recién empezaba. El Mató, un poco, esos protagonistas de una peli de George Romero que se sabe se van a salvar y yo, por lo menos yo, un zombie enamorado, un poco más inteligente y con corazón enamorado de su cerebro. Me siento parte de la comunión de las pandillas y de la de las parrillas también.
Y vos, te pueden gustar o no, pero su importancia en esta década, quizás, sea un tanto indiscutible.
lunes, 23 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #5, Andrés Calamaro
Editor de los blogs Taller La Otra, Un largo y Uno cada día, conductor de La otra.-radio, docente.
A esta altura de la soirée creo que no hace falta presentar a Andrés Calamaro, estrella multitarget, artista transversal como no hay otro, lo supe desde la última navidad que pasé con mi tía Eva y ella me dijo: “qué lindas canciones que hace Andrés”. Ella nunca me habló así de Charly ni de Fito ni de Cerati, menos que menos de Spinetta. Así que ahí comprendí que Calamaro lo había logrado: instalarse en el corazón popular, tan difícil de alcanzar. Desde la otra punta de la legitimidad, y en la misma década, el Indio Solari versiona “El salmón” y comparte el escenario con Andrés, algo que sabemos que el Indio no hace desde aquel Excursionistas.
AC ya entró en el canon. Habiendo hecho constar su versatilidad transgenérica, vamos a eximirnos de repetir las razones obvias. No vamos a descubrir a Calamaro. Trataremos de enfocar algunos pocos puntos que lo ubican como artista destacado del siglo XXI.
Si el citado siglo empieza en el 2000 (cosa que es materia de controversias, pero no nos conviene revisar eso justo ahora, que estamos terminando de publicar los resultados de nuestra mega-encuesta y los apuntes con los que nuestros amigos contribuyeron a analizar a los artistas más votados), entonces hay que admitir que justo ese año Calamaro arrojó la última bomba atómica del rock argentino, estoy hablando de El salmón, obviamente. Las circunstancias autobiográficas de su producción también estás sobre-escritas. Pero creo que vale la pena todavía pensar en qué momento de la historia del rock argentino aparece, cómo establece su contemporaneidad, cómo señala a sus precursores y determina su posteridad.
Hay una tensión de Calamaro con su propia obra a la que El salmón llega a ajustar cuentas. Él fue alguna vez el pendejo que opacó el brillo escénico de Miguel Abuelo en la primavera alfonsinista, con sus hits ligeros y pegadizos, algo que se reprocharía a sí mismo. Porque el alfonsinismo terminó como todos ya saben y casi al mismo tiempo, o un poco antes, Miguel se murió. El ambiente festivo de esa década corta resultó tener demasiada muerte olvidada sólo por un momento. Charly escribe ya en el año 88 (pero la grabará en el 98) “Todo el mundo quiere olvidar”. Lo reprimido vuelve: si hay una ley de la historia, una sola, es ésta. Por ende, en el 89 presenta sus credenciales el Calamaro disidente, el otro, su lado noir, el Calamaro blue. Su carta de presentación es Nadie sale vivo de aquí.
Es menester señalar que hay al menos dos Calamaros, como había dos (o tres) Romeos, los Bang Bang de la canción de aquel disco del 89:
Él nació pegado a su hermano siamés
y una tercera cabeza que había sumaban tres
y juntos fueron estrellas de rock
pero la tercera cabeza no tenía relación
con los dos hermanos, Barry y Tom
y había que torcerse para no tocarse.
Dos Romeos son dos Romeos pegados
y alguna que otra Julieta hay
dos Romeos, dos romeos eran más
que cualquier Romeo individual.
De pronto, el chico de los hits vuelve algo sombrío y logra una inquietante metáfora para hablar de lo que la sociedad quería esquivar: “había que torcerse para no tocarse”. Ahí escala del talento al genio.
De todos modos, el tránsito posterior de Calamaro parece alejarlo de esa zona delicada: se va a España y con el rock insolente y expansivo de Los Rodríguez hace prevalecer su lado hitero, mucho más eficaz ahora puesto que su universo (su mercado) se ha expandido a toda el habla hispana. Eso parece no tener techo. Cuando la juvenilia madrileña de Los Rodríguez haya completado su ciclo (con algunos muertos a cuestas también), vendrá el AOR-de-un-single-tras-otro, Alta suciedad. Una gema elegante, producida por Joe Blaney, bien Los Angeles, con sonido internacional, balance perfecto, sesionistas soñados y cierta turra frialdad a través de la cual Andrés anunciará su disidencia de modo civilizado, de modo que todos quieran comprársela. Pero late ahí una sorda rabia que tanta brillantez aligera.
Hay luego un pequeño gesto: un año después de Alta suciedad AC edita un disco que a veces ni siquiera figura en su discografía oficial: Las otras caras de Alta suciedad, versiones no tan pulcras de algunos de los grandes hits, más un gusto por hurgar y apropiarse de un repertorio popular que va desde Gardel hasta Moris, pasando por boleros, rumbas y rancheras (gusto que expandirá en el paso siguiente). Hay ahí una desprolijidad tímida que va a explotar en el doble Honestidad brutal. A esa altura, el Bang Bang disidente toma el comando. Hace demasiadas (37) canciones, se pone oscuro un poco demasiado, se avinagra y se aspereza. Desde el título mismo, este disco extraordinario es ya un gran gesto pendenciero. ¿Contra quién? Contra la Compañía, contra el mercado, contra el público que lo venera por esas canciones redondas e irresistibles, contra el público que lo desprecia por esas canciones redondas e irresistibles.
Contra sí mismo.
El talento instantáneo y el dinero rápido lo han ido amargando por dentro. Mientras tanto, a ambos lados del Atlántico, un mundo vil corea sus estribillos.
Si todo hubiera quedado ahí, un historiador del rock en español diría: ese fue su disco descarnado. Su gesto honesto. Pero resulta que al poeta disidente no le parece suficiente (este pequeño ensayo adopta cierto gusto por la rima fácil, contagiado de ya saben quién).Y entonces se arma la podrida: La Podrida del Rock and Roll, podría llamarse, evocando a aquella Pesada de Billy Bond que tuvo una misión crucial en la primera mitad de los 70. El salmón es una revuelta y una vuelta de La Pesada del Rock and Roll, donde en lugar de tocar Billy, Spinetta, Pappo, Charly, Lebón, Gabis, Medina, Martínez, Pajarito Zaguri y Jorge Pinchevsky tocan Calamaro, Calamaro, Calamaro, Calamaro, Fogliatta y Pappo. Todos secundando a los diversos solistas que son: Calamaro, Calamaro, etc.
El salmón es un vómito del siglo XXI incubado en la fiesta demasiado larga de la década infame del siglo anterior. Hay por ahí algunos potenciales hits desperdigados que en otro contexto más amigable habrían sido recibidos con pitos y matracas (“Revolución turra”, “All you need is pop”, “Valentina”, “Tuyo siempre”, Gaviotas”, todos inoculados por una alta toxicidad que los bizarrea demasiado para las buenas maneras del pop); y una relectura sórdida de un repertorio entre popular y plebeyo, con deslumbrantes apropiaciones de “Así”, “Alfonsina y el mar”, “Libros sapienciales”, “El día que me quieras”.
Pero ese disco quíntuple con silueta de pescado alargado es una película de horror, el corazón de las tinieblas, una resaca muy insistente, un plano secuencia interminable de la era del pesar. La rabia que lo anima no le permite buscar matices para airear el ambiente. Calamaro nos incita a encerrarnos en su habitación oscura. Su facilidad para la melodía entradora es poco a poco dejada de lado y a medida que nos internamos en su melancolía terminal, este depresivo famoso amenaza con no soltarnos nunca más. ¿103 canciones? ¿307? ¿mil y una?
En este disco inmenso (literalmente) Calamaro logra un par de cosas: uno, convertirse en un labrador de la palabra, esto es: en un poeta. Vayan y oigan, las 103 letras se sostienen sobre sus propias patas, sin trucos pop. Dos: El salmón es el último gran relato producido por el rock argentino. Relato social escrito en primera persona, con una proximidad a menudo incómoda, como alguien que te habla demasiado cerca y te hace sentir su mal aliento. Pero no se trata de un ego-trip.
Hace poco un amigo volvió arrepentido a su casa,
Y ya por acá ni pasa, ni el teléfono atiende.
¿Serán las indicaciones del psiquiatra?:
"Seguí con el Ribo, pero ni te juntes con el músico furtivo"
No lo culpo, a mí me pasó algo muy parecido.
Y me desintoxiqué, engordé,
Y desayunaba al mediodía cinco minutos de felicidad.
La verdad, que a veces mataría por otros cinco minutos más.
¿Y que más? El resto de la vida
¿La vida? ¿Cuál vida?
La mía te asustaría.
A mí que la vida me gusta también me asusta.
La verdad que tengo momentos de debilidad.
Y quiero ir al cine, ir a cenar al lado de una pareja de amigos,
Hablar de Jarmusch y Abel Ferrara,
Y ninguna mañana rara,
Y ninguna mañana rara.
Miro a los otros que son como yo... mala vida.
Si no se suicidaron ya, fue por cobardía.
Cómo quisiera ser tan diferente
¿Qué habré recibido a cambio de ser un solitario del carajo?
¿Un buen trabajo? ¿Facilidad musical? ¿Violencia intelectual?
Fama, respeto... no está mal.
Pero la herida es mortal.
No estoy solo, de verdad,
Me acompaña mi propia soledad.
De verdad, me acompaña mi propia soledad.
¿Nadie sabe lo que pasa con la gente diferente?
El bohemio se pudrió mucho antes del milenio.
¿Y el reo? Queda feo
En un mundo grasa ¿qué pasa con los vagabundos y los borrachines y los soñadores?
Yo te digo qué pasa: se quedan sin casa
y la vida moderna los arrasa,
Les pasa por arriba y se los morfa, se los come
O los encierra bajo dieta de Cindor y cocaína
O les lame el orto, esperando que terminen arrastrándo-se.
No lo sé.
A mí me parece claro como el agua podrida.
C'est la vida...
(“Mi funeral 11”, que parece que forma parte de una serie de varios “Mi funeral” que quedaron en alguna caja).
Antes de terminar, quisiera agregar que esta obra tremenda se inscribe en una tradición: la de “De nada sirve”, “Porque hoy nací” e “Informe de un día” (“Esta reflexión sólo me sirve para tomarme un café,/ y el amanecer que ahora me espera/ es garantía de mi fe”). El salmón no ocurre en Los Angeles ni en Madrid: es porteño hasta la médula. Y molestamente extemporáneo. Nadie por entonces batía la justa. Lo importante es olvidar, decía Dargelos. Parecería que después el rock argentino perdió esa potencia narrativa. Ya gobernaba la Alianza, no lo olviden. Las grandes narraciones en las que toda una comunidad puede reconocerse estaban a punto de irse de los recitales.
El resto es historia conocida.
viernes, 20 de marzo de 2015
Música argentina del Siglo XXI. Artistas más votados: #6, Pez
Por José Miccio
Crítico de cine y música, docente
El rock argentino del siglo XXI se llama Pez. Trece discos en quince años. De Frágilinvencible a El manto eléctrico. Y un montón de canciones para guardar en el cajón que más importa: el de las cosas que nos sacuden el alma y nos ayudan a entender o dejar de entender por fin lo que nos pasa.
El universo de Pez tiene una extraordinaria densidad rockera. Salvo el reviente (desterrado ya en su primer disco) no hay relato del rock que no tenga su lugar. La independencia económica y artística, la habitación adolescente, la huida de casa, la inquietud existencial, la fortaleza anímica, la contracultura, la ecología, la tecnofobia, el existencialismo, el romanticismo lumpen, la ciudad que ahoga y fascina, la mística oriental, la nena. Todo tiene en Pez un eco, una tradición. En “La gota” está “Canción para mi muerte”. En “Maldición”, “Dale gracias”. En “Y las antenas comunican la paranoia como hormigas”, “Contra todos los males de este mundo”. En el librito del doble en vivo - “2 CDS, 29 canciones, ningún hit”- Minimal dice que “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar” es Pez jugando a Crazy Horse, y que “Sus alas no vuelan, ya no pueden volar” es Pez jugando a Floyd. En “Cassette” la adolescencia está contenida en los Crass y en TSOL. En “Los lados B” la infancia está en la palabra Kiss. Y así con todo o casi todo. Porque no hay en Pez sino folklore, en el sentido -“raíz ancha”- que le da a la palabra “Por siempre”, la maravillosa canción que abre su disco de 2004 (Folklore, justamente).
Pero -evitemos confusiones- la discografía de Pez está muy lejos de ser un mero catálogo o un refrito de lugares comunes destinados a la identificación simple. El rock no es para Pez (sólo) repertorio, teatro e institución: es un código de límites indetectables para la educación estética y sentimental de los espíritus inquietos. En otras palabras: una música para las almas sensibles. Es obvio, pero recordarlo no está mal: la importancia de los discos no se mide en unidades contables. Se necesitan medidas de intensidad. Todos lo sabemos: hay discos-experiencia. Misiles que te meten en la pieza, que te llevan al garaje, que te sacan de casa para siempre. Pez habla de esto a cada rato, pero nunca con tanta claridad como en el díptico “Roma”-“Refugio”, de El porvenir. En “Roma” la canción verdadera no es la que pauta la radio (el lenguaje es anacrónico) sino la que estalla en la pieza. En “Refugio” el alma sensible realiza dos movimientos. Primero se encierra en su habitación para escuchar música e imaginar mundos imposibles (gran detalle de la letra: es en un momento instrumental que eso sucede, no cuando la canción dice sino cuando deja de decir). Después abandona el hogar donde gritan Tomás y Raquel (otro gran detalle, esta vez cotidiano, como el “Verónica ríe” de Cantilo en “El bolsón de los cerros”), listo para formar una banda de rock. Tal vez una como Pez, que trata temas complicados.
Alguien sufre, se ata a eso que lo lastima, canta la angustia impiadosamente, se da ánimo. El existencialismo rocker de Minimal viene de lejos. Es feroz y luminoso, porque el rock lo quiere así. Sucede desde siempre: los discos más oscuros (con las excepciones del caso) no nos ponen frente a nuestros propios tormentos sin ofrecernos a la vez un escudo insuperable con el que enfrentarlos. Andá (vení) que vas a volver, nos dicen. El riesgo es la sensibilidad, no la vida. Este drama es permanente en Pez, y adopta cientos de formas. El título más categórico al respecto es Frágilinvencible. En el conceptual y apocalíptico Volviendo a las cavernas la humanidad se inmola en el vino envenenado que toma con tanto gusto pero el mundo aparece otra vez en plenitud para la familia que en el sobre interno mira desde la cueva, lista para empezar otra vez. Si de imágenes se trata, hay una especialmente atractiva. El dibujo de tapa de Folklore (obra de Alejandro Leonelli) se llama “Lo que crece y se mueve progresivamente es derretido por el caos que baja y se abre camino sin armonía”. Pues bien, a esta amenaza Pez no deja de oponerle un movimiento de sentido contrario, cuyo dibujo podría llamarse: “Lo que baja y se abre camino sin armonía es detenido por lo que crece y se mueve progresivamente (o mejor a los saltos)”.
Toda la discografía de Pez es un escenario para el enfrentamiento de estas fuerzas. En “Todo lo que ya fue” gana lo que baja, en “Phamton Power” gana lo que crece. Pero el reparto no es parejo (y no hay empates, por supuesto, aunque sí fotos de la lucha indecisa, como “Rey, verdugo y esclavo”). Esto es rock, y en el rock triunfa lo que va para adelante, incluso (sobre todo) cuando las imágenes más poderosas no resultan las de la salvación sino las de aquello que nos acosa y lastima. A los rockeros les gusta Burroughs, pero al rock le gustan los clásicos, el romanticismo y los cuentos de hadas. El patito feo con una guitarra puede ser Pete Townshend. El adolescente sensible pasa de maricón a jinete en la tormenta. Es bien sabido: hace falta un príncipe que termine con el villano, pero sin villano no hay interés, ni drama verdadero, ni catarsis. Pez hace canciones como conjuros y exorcismos: hay que traer al demonio para espantarlo.
La mejor reflexión de Pez sobre esta disputa entre lo que oprime y el espíritu que da pelea es “Maldición”. La canción (segunda de Folklore) presenta la angustia con una pregunta-ruego (“¿Cuándo va a parar?”), recorre sus manifestaciones en frases límpidas, de dominio público (la falta de respuestas, la almohada que te abraza, las piernas flojas, la fórmula de rendición “todo es una mierda”) y finalmente hace entrar en escena a su antagonista (la resistencia anímica, el príncipe), luminoso y herido: “Pero un guerrero siempre avanza/ y en la punta de su lanza/ brilla el sol mientras no deja de pensar en:/ ¿cuándo va a parar?”. Es el optimismo del desesperado, incluido en una estructura circular que lo condena (que lo invita) a luchar sin vencer. Sísifo en versión Camus: hay que imaginar al guerrero feliz. “Saber que perdimos nos hace ganar”, canta Minimal en “20 días sin dormir”. Y en “Bettie al desierto”: “Ahora que ya es tarde/ Bettie vuelve a empezar”. En la tapa de El porvenir hay un viejo. Título para estas aventuras del alma rocker: “Haciendo real el sueño imposible”.
Hay otros pares en Pez, además del que forman lo que te detiene y lo que te empuja a continuar. Por ejemplo, persistencia y fluidez (un valor absoluto, asociado siempre a la calma y al mar). O este otro, afín pero no equivalente: identidad y devenir. Algunas canciones hablan de ser uno mismo, otras de perder la conciencia (nunca por medio de drogas), emanciparse de la física, fundirse con la naturaleza. De un lado: esto soy, esto hago, esto sé. Del otro: muto, me abrevio, me vuelvo inconsistente. En otras palabras: hay en Pez voluntad y mística. Autoafirmación y arrebato. Dos de sus covers: “I’m Not Down” de los Clash y “Parvas” de Almendra.
Todo esto sucede fundamentalmente en el lenguaje. Pero en una canción el lenguaje no depende de sí mismo. Minimal no escribe poemas (igual que Spinetta, igual que Solari). Un equívoco literaturista impide pensar en “Que me pisen” a la hora de identificar grandes letras de rock en castellano. O en “Juana de Arco”, esa maravilla de los Ratones Paranoicos. Pero lo cierto es que hay más arte en el “La-la-lala-la” de Juanse que en las profundidades a las que aspiran unos cuantos. No se trata -más vale- de que las letras no importen: se trata de que su poder depende casi todo de la música que lo hace posible. Una canción de rock dice antes que nada: Yo no digo, yo sueno. Y luego sí, una vez atrapados por el sonido, las palabras pueden resultarnos poéticas, volverse consigna o tatuaje, llegar a nosotros con una plenitud que parece provenir solo de ellas. Es inútil desestimar su energía. Copiamos pedazos (de letras) de canciones en la carpeta del colegio, en la agenda, en las remeras, en la pared, en el placar, en los libros, en las tarjetas que acompañan los regalos de amor. Pero es la música que subyace al recuerdo de la letra lo que determina su fuerza emocional. ¡¿Escuchaste lo que dice?! viene después de ¡Escuchá eso! En Pez abundan las frases de fácil transcripción. Y momentos asombrosos como la oración con frase adjunta con la que empieza “Por siempre” (“Se van -el tiempo apremia y tienen que partir- las almas”). Como las canciones están a la altura de lo que pretenden no hay riesgo de fatuidad. Pero a veces algo se pierde en estos éxitos: esas iluminaciones de la palabra que no existen más que en el sonido, que no envían señales cuando leemos las letras en el sobre del CD o en la página del grupo, y cuya maravilla no se puede comunicar sino poniendo play y diciendo: ¡ahí! En el sauna eléctrico de Pez, por ejemplo, “Árbol, dame asilo” es un momento más bello y más poderoso que declaraciones que parecen funcionar por fuera de la música como “Sin justicia no hay luz/ sin furia, libertad”, por recordar dos canciones del maravilloso El sol detrás del sol (“Desde el viento…” y “Tristezas del sur”).
Difícilmente alguien copie en su carpeta ese instante de gloria, cuya emoción inmensa se sostiene toda en el sonido. Pero es lógico: nadie nunca prefirió llevar encima “Luna loba dedo cal” en lugar de “Mañana es mejor”. Lo que importa es otra cosa: el hecho de que lo que nos hace anotar las palabras no está todo en las palabras sino en eso que no podemos anotar (la música tiene una escritura, por supuesto, pero el tema es otro). En el caso de Pez, que cambia y cambia, que se hace folk en Hoy, que se hace hard en Volviendo a las cavernas, que se hace progresivo en Folklore, que se hace punk en Pez, que se hace folk, hard, progresivo y punk en cualquier momento, incluso en una misma canción, en el caso de Pez, decía, lo que importa antes que nada es la brillante combinación de (presuntos) opuestos que conforma su sonido y el talento compositivo y vocal de Minimal. La voz decide buena parte de la fortuna de una canción: es el espacio en el que la letra y el sonido se vinculan y discuten. Se trata de un arte difícil, imposible de evaluar en términos de afinación. (Palo canta mejor que Aznar. Aznar es incapaz de pifiar una nota). La voz delicada de Minimal le hace bien a sus letras tremendas. O mejor dicho: hace a sus letras tremendas. Es como si Baglietto fuera punk y escribiera en plan Rimbaud.
Se puede decir: Pez toca sinfónico con fiereza punk y punk (en su fenomenal disco homónimo de 2010, por ejemplo) con profundidad sinfónica. Y también: si no fuera una banda genial sería una banda horrible. No una bandita más. No una de esas que: Sí, está bien, tienen lindas cosas. De ese límite delicado que separa a veces lo excepcional de lo insufrible (de ese riesgo mayúsculo) deriva buena parte de su excelencia. Las canciones más inflamadas de Minimal son la prueba mayor. No hay nada más conmovedor que el aliento épico de “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”, “Espíritu inquieto” y “Al espacio”, tres canciones de pura intensidad. Si fracasaran, serían ridículas. Triunfantes, detienen el tiempo, como Neil Young en “Caballo loco”, el homenaje de Pez al líder de Crazy Horse. Himnos místicos y existenciales, van bien adentro. No al inconsciente: al corazón. Uno los canta como poseído, con los ojos y los puños cerrados, doblándose, haciendo muecas. El que mira de afuera al que se sacude así no ve más que payasadas. Desde adentro se siente como un arrebato, como si la canción te transportara y te dejara otra vez quieto, el mismo y otro, perdido y encontrado.
Señalé tres canciones memorables. Pero hay muchas más. “Y las hormigas…”, “Cassette”, “Los orfebres”, “Y cuando ya no quede ni un hombre en este lugar”, “¡Vamos!, “El viaje”, “Después de todo somos eso que ya no se puede ver”, “Faltan miles de años más”, “Sol, un fantasma en la ciudad”, la brillantísima “El manto eléctrico”. Debería añadir: sin olvidar las mencionadas previamente (“Maldición”, “Por siempre”). Y también: etcétera. Qué alegría. Pez tiene un montón de canciones que merecen un lugar en Escuchá esto si querés saber lo que me pasa y en Pfff, qué viaje, los dos clubes más selectos del rock. No hay en Argentina muchas bandas que se puedan jactar de semejante logro.
[Foto de Pez por Victoria Schwindt]
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