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lunes, 16 de mayo de 2016

Una chica llamada Theresa Stern


Hay nombres que para el mundo son desconocidos pero para una pequeña porción de gente resultan salvadores. Richard Meyers y Tom Miller deben entrar en esa categoría de tipos al rescate de semejantes. Uno nacido en Kentucky, el otro en New Jersey, se conocieron en la Sanford School de Delaware hacia 1966, durante el único año en que Meyers asistió a esa escuela. Su buena química los llevó a ratearse y hacer dedo hasta llegar a Alabama, donde tras semanas de fuga llevaron a cabo su primera obra conjunta: incendiar un campo. Cayeron presos bajo la carátula de “incendio y vandalismo”. ¿Las excusas? Tom dijo que lo hicieron para no tomar frío, Richard que quería ver cómo ardía en llamas. La policía los devolvió a sus familias, es decir, cada uno a su estado de origen.

Al tiempo volverían a hacer de las suyas y a la larga llegarían a la misma ciudad, New York. Meyers ni terminó la secundaria: se mudó  allí para comenzar su carrera de poeta. Fue entonces cuando conoció al también poeta David Giannini, con quien empezó a publicar revistas y libros. En 1971, Richard creó su propia editorial, Dot Books; ese mismo año, junto a su reencontrado amigo de la secundaria, publicó un libro de poesía bajo el seudónimo de Theresa Stern. La poeta apócrifa puso la cara en la portada de Wanna go out?, tal el nombre de la obra: un rostro de aspecto extraño, borroneado, andrógino, anguloso y sombrío. Theresa surgió de la conjunción de fotos de los dos autores disfrazados de mujer, superpuestos y desenfocados.

Al año siguiente, M&M irrumpieron en la música y formaron The Neon Boys junto al baterista Billy Ficca. Miller tocaba la guitarra, Meyers el bajo, y ambos cantaban y componían el repertorio en partes iguales. La formación fue el precedente de lo que a partir de 1974 -ya con el guitarrista Richard Lloyd- se llamó Television. La primera reseña periodística del grupo la firmó una tal Patti Smith, que al poco tiempo sería amiga inseparable y otra de las animadoras de una escena musical incipiente, esa que tuvo su punto de partida cuando Television, en 1974, inauguró un tugurio que devendría célebre: el CBGB. Ellos mismos ayudaron a construir el escenario.

Pero hacía rato que Meyers y Miller habían cambiado sus apellidos. Ya eran Richard Hell (según él mismo, el apellido describía su condición) y Tom Verlaine (en homenaje al poeta simbolista Paul).

***

El romance entre ambos acabó en el ’75: Hell dejó Television porque Verlaine había tomado el control y privilegiaba sus canciones por sobre las del amigo. Sólo aceptaba tocar una pieza ajena: “Blank generation”. En medio de un demo producido por Brian Eno, Hell dijo chau. Jerry Nolan y Johnny Thunders aprovecharon la movida y lo convocaron -tras renunciar a New York Dolls- para formar The Heartbreakers, otro bastión del movedizo punk neoyorkino, en su vertiente más glam y bardera. El amor también duró poco, quizá como en aquella vieja canción de Richard donde viene de a chorros. Fueron ocho meses. Mientras tanto, Television siguió su camino con un bajista que, según el propio Verlaine, se adecuaba más a la idea del grupo. Dijo Tom: “nuestro bajista, ante la popularidad que teníamos y sus ganas de ser famoso, decidió abandonarnos, lo que me pareció estupendo, pues pudimos reemplazarlo con un músico afín a lo que deseaba hacer: Fred Smith. Eso nos pulió”. Versiones cruzadas.

¿Cómo siguió Meyers? Con Richard Hell and the Voidoids. Cabeza de ratón. Bautizó al grupo con su nombre y el de su primer libro.

1977 sería el año para estas dos leyendas errantes. Con Marquee moon y Blank generation, Verlaine y Hell se alzaron a sí mismos hacia la cumbre del punk de ambos lados del Atlántico: pocos álbumes son, al día de hoy, tan influyentes como aquellos dos y tan díscolos para con la etiqueta. Trascienden el género. Ambos son los primeros registros de sus vidas y, desde las tapas, revelan una frescura que todavía hiela la sangre. Miren si no a los cuatro Television retratados por Robert Mapplethorpe, sobrehumanos, casi aliens, pétreos y bellos. Hell, a pesar de haber conformado un grupo notable -con dos guitarristas que delinean todo, Ivan Julian y Robert Quine, y el registro de Marc Bell, mejor conocido como Marky Ramone, en batería- sale solito en la portada. Hay dos carátulas: la original, con Meyers mostrando su pecho al aire. En él lleva escrita una frase incompleta: “You make me ___”. La toma dos lo tiene a RH con su camisa a lunares toda rota, gafas oscuras y labios que parecen pintados. Su imagen fue, dicen que dicen, inspiradora para la iconografía que luego fabricó Malcolm McLaren con los Sex Pistols. A Hell le salió naturalmente.

***

Marquee moon y Blank generation son discos complementarios. Si se abona a la teoría de Verlaine, lo de Television es más preciso, poético y apabullante; lo de los Voidoids es más sucio, urgente y nervioso, aunque cuenten un par de valses preciosos. Los cantantes lo hacen bastante parecido -Tom más ajado y menos gritón que Richard; ambos conforman una trinidad vocal que bien puede cerrar su amiga Smith-; las duplas de guitarras se sacan chispas y llevan más allá las canciones. Hay baladas notables y letras desafiantes: se cae en los brazos de la Venus de Milo; se pertenece a una generación vacía, pero vacía porque en el lugar vacante va otro ___ para completar a gusto, como el de la tapa. Por todo esto, podrían ser dos discos de una misma banda que atraviesa su etapa del germen al orden, del lo-fi al sonido más pulido (exagerando un poco, porque ni unos son tan prolijos ni otros tan desquiciados). Hasta podría ser el mejor disco doble de la historia del rock. Algo así como el Álbum Blanco de los Beatles sin “Ob-La-Di Ob-La-Da” y ese par de temas de relleno, espantosos.

Estas obras marcan un comienzo y un final. Pienso en algunos artistas malditos del rock argentino de la primera época. Aquellos que no pudieron, no quisieron o no supieron salir del laberinto que les tendió su propia genialidad juvenil. Javier Martínez atrapado en el mito del debut de Manal, quizá el mejor disco de todo el rock de acá. Puede que a Hell y Verlaine les pase lo mismo. O simplemente, que el mundo no quiere saber más de ellos que eso.

Léase: cuando Television hizo una audición en los estudios de Atlantic Records -el sello de Ahmet Ertegun-, Richard Lloyd escuchó de pasada una charla entre el Jefe y el productor Jerry Wexler. Ertegun le decía a Wexler que no podía fichar a esa banda en Atlantic porque esa no era “música del Planeta Tierra”. Para ellos fue todo un cumplido, aunque el disco finalmente salió por intermedio de Elektra. El crítico John Piccarella fue igual de terminante respecto de Blank generation. En las liner notes de la reedición en CD, asegura que “no es sólo la música de otros tiempos, sino el sonido y el lenguaje de otro mundo”. Piccarella debe haberlo escrito sin saber lo dicho por Ertegun: no es otra coincidencia, es una realidad.


Y es difícil rehuir de esas sentencias. Por eso cuando se habla de ellos siempre se vuelve ahí, aunque hicieron más, mucho más. Anoten: Hell sacó otro álbum con los Voidoids; un disco solista en 1984; otro ya en los ’90 con Dim Stars (grupo que formó con sus discípulos Thurston Moore y Steve Shelley de Sonic Youth). Actuó en varias películas bajo presupuesto -Smithereens, Geek Maggot Bingo, What About Me?, etcétera-; se casó con Patty Smith, la cantante de Scandal (no Patti). Pero básicamente se dedicó a escribir y publicó más de quince libros entre poesía, novelas, ensayos, dibujos y su autobiografía. Dejó la música porque odiaba salir de gira y pasarse “los días en la carretera”.

Verlaine fue más constante con el rock and roll, aunque tampoco se puede decir que haya sido un workaholic. Publicó dos discos más con Television, igual de reos y preciosos (Adventure, de 1978, Television, de 1992). Tiene diez álbumes solistas pero desde 2006 no hay material nuevo con su firma (aquella vez había sido un doblete, Songs and other things y Around). Entre sus fans están David Bowie, que versionó su canción “Kingdom come” en Scary monsters, y Jeff Tweedy de Wilco. En Argentina también hay hinchada: Richard Coleman nombró a Fricción así por “Friction”, el guitarrazo heroico de Marquee moon. Figuras tan disímiles como Skay Beilinson y Charly García los han citado como referencias. Charly hizo, en su reaparición postpalito, una versión de “Venus” que pueden pasar por alto sin temor de perderse nada (igual te queremos, García).

“Me inventaron una imagen de músico de culto o algo así con la que no estoy de acuerdo. Soy nada más que un laburante, ¿se entiende?”, dijo Tom Verlaine en una entrevista reciente. Quizá su mito y el de Richard Hell sea tan borroso e impreciso como la foto de aquella mujer que llegó después del fuego.

Pero algún día el mundo hará justicia con esa chica llamada Theresa Stern.


[Escrito para el fanzine Rimbombante #4. Se lee entero acá.]

martes, 22 de julio de 2014

La remera de los marcianos


Tengo muchas remeras rockeras con las que me encariñé. Muchas que uso hace años, y otras que tuve y fui desechando (por ser de grupos que ahora no me gustan, más que nada: todas me quedarían si las tuviera, a lo sumo un poco más chicas, como para usar de entrecasa).

Si tengo que elegir una y sólo una me quedo con la que tiene la foto de portada de Marquee moon, de Television. Además de ser uno de mis discos favoritos -sino el más-, esa imagen tomada por Robert Mapplethorpe siempre me pareció hipnótica: no son cuatro seres humanos que hacen rock, sino que parecen extraterrestres congelados en un instante de máxima concentración. De Tom Verlaine siempre lo pensé -por su voz, por su manera de tocar la guitarra y por sus letras- pero los demás podrían haber sido tipos comunes si no fuera por esa foto. Para la remera que mandé hacer -es difícil conseguir remeras de Television, no son ni los Ramones ni los Stones- invertí los colores de la tapa: la remera blanca, las letras negras y la foto en el medio.

Elijo esta prenda porque ese disco de TV es un clásico algo oculto y todo aquel que lo conoce me lo hace saber cuando llevo la camiseta puesta: me pasó después de tocar en un bar, que el tipo de la barra agitara su puño desde lejos, mirándome, en señal de aprobación. Creí que le había gustado la música… pero cuando me acerqué descubrí que su alegría era por esa foto. Me contó que tenía el disco en vinilo y CD, y que también era uno de sus favoritos. Otro saludo de este tipo sucedió en un show de… ¡Onda Vaga! (probablemente el último show en el que imaginaría encontrar no un fan, siquiera un conocedor de la obra de Verlaine y Cía.). El flaco en cuestión fue casi tan entusiasta como el de la barra del bar y equiparó a Marquee moon con el debut de Velvet Underground, la vaca sagrada del rock alternativo.

Después hubo otros tantos saludos, cerveza ofrecida en cantidades en un show de los New York Dolls, cortesía de tres pibes emocionados que me daban toda la birra que tenían al grito de “¡Aguante Verláin!”, y pulgares para arriba por la calle (contados, no llegan a los dedos de las manos, ojo). Pero lo más gracioso sucedió cuando entrevisté a Walas para La música es del aire. Debo confesarlo: llevé la remera sabiendo que era probable que me dijera algo al respecto. En realidad, deseaba que lo hiciera. La nota se hizo en la previa de un show de Massacre en San Miguel, adentro de la camioneta de la banda, totalmente a oscuras. No bien me vio, Walas miró la remera y lanzó una de esos preguntas entre bizarras y lúcidas que suele tirar en los shows: “Ese disco… ¿es genial o es una mierda?”. Sonreí por dentro, había funcionado. Por supuesto, Walas me contó que tenía el disco, que le gustaba pero a la vez le parecía negativo que no tuviera hits comparado con otros álbumes de grupos de la época (creo que mencionó a Blondie y Ramones entre ellos; lo “negativo” lo interpreté así yo, creo).  Nuestros primeros minutos de charla a oscuras fueron sobre Marquee moon, y al final del debate me preguntó “¿pero a vos te gusta el disco?” y, claro, le respondí que era mi disco favorito.

En fin. A veces las remeras pueden funcionar como un código que entienden pocos, y en este caso esa foto genial estampada en una remera blanca me trajo varias anécdotas graciosas. Creo que se merecía ser ella la destacada y, aunque menos, la sigo usando de vez en cuando. Una cerveza no se le niega a nadie…

[Publicado en Arte Zeta el 4 de abril de este año, invitado a la sección Remeras rockeras.]

martes, 30 de abril de 2013

Television, Johnston y el nudo


La semana pasada tuve la suerte de presenciar dos shows magníficos en la ciudad de Buenos Aires. A uno lo esperé con ansias desde su anuncio, el otro me cayó del cielo días antes de suceder. Television, el martes 23 en el Teatro Vorterix (El Teatro de Colegiales, bah) y Daniel Johnston, el miércoles 24 en Niceto Club.
Vamos por partes, entonces:

La llegada de Television al país comenzó a ser un rumor fuerte este verano, justo el día de mi cumpleaños; a los días se confirmó. Era, teniendo en cuenta que Marquee moon es mi disco favorito, uno de los grupos extranjeros que más ansiaba ver. Más si sabemos que en la actualidad, el cuarteto neoyorkino es un grupo inestable, que se presenta en vivo cuando le place a Tom Verlaine. Por las entrevistas que dieron sus miembros antes de girar por Latinoamérica, concluimos en que, por ejemplo, su nuevo disco no sale porque Verlaine no quiere: dicen que faltan sólo las voces de Tom para que la grabación llegue a su fin.

Entonces, la expectativa era mucha y TV, un grupo amado por la crítica y sus colegas de aquí, allá y todas partes, colmó El Teatro de periodistas y músicos (hasta el maestro Diego Capusotto fue a verlos). Esa expectativa por verlos se conjugaba con la incógnita de saber cómo estaban, tantos años después y con guitarrista (no tan) nuevo, el bonaerense por adopción Jimmy Rip, en lugar del histórico Richard Lloyd.

Cuando dejaron de sonar unas campanas dignas de AC/DC y apareció Television, ellos mismos se encargaron de alimentar la incógnita con una entrada instrumental algo endeble, vaga, que luego derivó en Prove it, la primera bomba de la noche. La gente chamuyaba el estribillo y la guitarra de Verlaine ya mostraba que iba a ser la gran protagonista del show. Le pegaron al tema de Marquee moon la inquietante 1880 or so y la soberbia y dramática The fire, de sus otros dos discos (el homónimo de 1992 y Adventure de 1978). Notamos con alivio que Rip, además de respetar bastante los arreglos originales de las canciones, la tenía clara a la hora de jugar con la gente y alternarse con Verlaine: ambas interpretaciones fueron magníficas, la primera comenzó lánguida y fue in crescendo; la segunda muy emotiva y estridente, con duelos de guitarras que levantaron al público.

Llegarían otras gemas de los ’70, ninguna de su disco insignia de 1977: primero sonó Glory, también de Adventure, y luego Little Johnny Jewel, simple de 1975 que fue incluido en 2003 como bonus de la edición CD de Marquee moon. La segunda pieza les salió mejor, quizá por ese condimento enigmático que tiene, que juega a favor de la misteriosa y ajada voz de Verlaine.
Verlaine: apenas si decía “thanks” entre tema y tema. Es el mismo señor de siempre, algo más calvo, igualmente parco y huidizo, uno de los cráneos más extraños del rock and roll de aquella época. Y de hoy también.

Los TV eran algo así como los beatniks del punk rock y al verlos en vivo uno comprueba lo lejos que estaban de la escena punk más pura, en realidad. Lo suyo fue más que nada una coincidencia geográfica y temporal con gente que luego seguiría caminos más llanos, uniformes (aunque en la movida de New York había variedad, hay que decirlo). En ese rato de show, se notó que lo de Television era otra cosa, algo que en realidad sabemos desde siempre. Su sonido romántico y reo –la voz de Verlaine–; puntos de contacto con el blues en cuanto a atmósfera, y con el jazz en cuanto a improvisación; la frialdad de una música cruel; algunos guitarrazos; mucha densidad; longitud; expansión: eso es Television.


Una parte del público prefirió dedicarse a la charla en vez de escuchar lo que vino después: varios temas nuevos, de aquel disco que no sabemos si sacarán algún día. Choppy chunga fue el menos interesante y ni el agite de Jimmy Rip para que lo cantemos alcanzó (¡en realidad no te entendimos el coro, Jimmy querido!), pero luego se despacharon con la monocorde y climática Persia, más de diez minutos con rasgos de Within you, without you y ribetes árabes; y The drag, otro tema muy climático. Casi mantras rockeros en los que mostraron la influencia pocas veces mencionada de Lou Reed en su música.

Cuando tocaron Venus volvieron a levantar al público, que tarareó y gritó no bien comenzada la melodía de la introducción. El bajista Fred Smith –sobrio laburo de la dupla que conforma junto a Billy Ficca– se reía, contento de escuchar la réplica de un público que, al finalizar la canción, ovacionó sostenidamente a la banda como si hubiera escuchado Like a rolling stone por primera vez. ¡Aguanten los Redondos! se escuchó desde atrás, para graficar el momento épico con un toque de humor, justo cuando estaba arribando el nudo a la garganta...
Empezaba a faltar menos para el final.

Después de la caricia, salieron con otro tema nuevo, larguísimo y denso –según FM, se llama The sea– para luego dar el golpe final: el tercer y último tema de Marquee moon fue nada menos que la gema que da título al disco. Como en Venus, apenas comenzaron a sonar las guitarras, la gente aulló. Fue una tremenda y extendida versión, con Verlaine mágico en la viola y el público cantando la parte de guitarra que oficia de estribillo, además del solo ascendente del final: un coro afinadísimo a la par de la gran guitarra de Tom. Parecía que el tema no terminaba nunca, porque amagaban y seguían. Todos mirando a Verlaine, por supuesto.

Se fueron y volvieron para el bis inesperado: un cover de Count Five –Psychotic reaction– que la gente recibió con euforia a pesar de esperar, supongo, otra de Marquee moon. Luego del bis, saludaron con la alegría que les sale mostrar (en especial el marciano Verlaine, cuyo único gesto de alegría durante el show fue un gracioso paso de mimo a lo John Lennon en el Rock and roll circus) y Billy Ficca emitió palabras que no se llegaron a entender.

La leyenda está bien conservada y nos dejaron a todos con ganas de más temas, aplaudiendo hasta media hora después de finalizado el show en busca de un retorno que nunca sucedió (volvieron las campanas del comienzo para cerrar todo). Igual, quedamos contentos y nos sacamos la espina de ver a semejante banda brindando un gran recital, en el que se dieron el lujo de mostrar mucho de lo nuevo, confirmar que las guitarras en el rock and roll las pone Television, y el corazón oscuro lo entrega ese señor alto, frío, distante y misterioso llamado Tom Verlaine. Nadie más.


Y si lo de Television resultaba una incógnita que por suerte se despejó con creces, el show de Daniel Johnston era directamente la entrada a un laberinto: el del propio Daniel, del que no sabíamos si podríamos salir. O si él podría salir.
Mi novia me regaló la entrada y, para qué mentir, fui como un espectador que desconocía cabalmente la obra de Johnston: días antes del show me puse a escuchar algunas cosas como para reconocer durante el recital. Sí conocía de su historia, aquella de dibujos infantiles, problemas psiquiátricos, remeras de Kurt Cobain, casetes grabados entre la euforia y la nada e influencia alternativa.

Digámoslo: la expectativa era también el temor por el bochorno, días después del triste espectáculo de Chuck Berry en el Luna Park. La posibilidad de que sucediera algo que coartara la normalidad del recital estaba latente.

Amenizaron la espera en Niceto Club los músicos argentinos que, en una acertadísima decisión, fueron luego la backing band de Johnston. Las canciones folk y aboleradas de Shaman Herrera y Maxi Prietto fueron una buena entrada antes del plato principal. Luego de su aplaudido show y de un rato de espera con música programada por el DJ Nekro, se abrió el telón y allí estaba la banda, en la antesala acústica y ahora de rock. Bien de rock. De repente entró Johnston por detrás y la gente, lógicamente, lo ovacionó.
Comenzaba la incógnita.

Johnston estaba rodeado por atriles con las letras de los temas y una caja con botellitas de agua y Coca-Cola que consumió casi sin parar a lo largo del show. Agarró el micrófono enfocadísimo en lo suyo; las manos le temblaban y casi no sacaba sus ojos de esas hojas salvadoras. Por momentos se adelantaba en las estrofas, pero el grupo local lo seguía bien y sonaba aún mejor: el día anterior –hubo dos fechas de Johnston en Buenos Aires– el comienzo había sido con Daniel solo con su guitarra, errático e inseguro. El cambio de la segunda fecha lo encontró mejor parado, cantando varios hits de su repertorio. El careta que escribe (?), contento porque identificaba las canciones y, por ahora, la cosa venía bastante bien: Casper the friendly ghost, Speeding motorcycle, y un Johnston que conmovía en su entrega.
Estático, concentrado, ese tipo de cincuenta y pico de años estaba dando todo lo que tenía.

Cuando se acababan los temas que entraban en las dos páginas visibles por Johnston, (un tipo que luego supimos era) su hermano se acercaba a pasar a la siguiente página de las letras. Esa necesidad del otro, esa fragilidad, no hacían más que agrandar mi admiración reciente por su figura. El pibe que hizo la crónica para Rolling Stone prefirió hablar de obesidad y lástima: un tipo que lleva su enfermedad sacando todo para afuera, entregándose, de mínima merece el aplauso. Y así siguió Daniel, dándose por entero, vociferando Love not dead, rompiéndola en la ovacionada Funeral home. Antes de tocarla pidió, suelto al fin, que levantemos la mano aquellos del público que creyéramos que íbamos a morir. Ante la unanimidad, tiró un “Yo también lo creo, ¡y no puedo esperar!”.

Los músicos de la banda (Tulio Simeoni de La Patrulla Espacial, en batería; Tomas Vilche, también de La Patrulla, en bajo; Pipe Quintans de Go-Neko!, en teclados; Eduardo Morote de Sr. Tomate, en mandolina; El Toro Salvaje en coros y sonajas; Federico Terranova de Fútbol, en violín; y los mencionados Maxi Prietto y Shaman Herrera, a cargo de las guitarras) estaban aún más contentos que el público y arengaban a la gente para que cante el “Olé olé olé olé, Daniel, Daniel”, al que el protagonista respondía con un nervioso “alright!”.


Y lo dejaron solito, nomás. La banda se fue y quedó Daniel mano a mano con el piano para el momento más íntimo de la noche, que llegó con Love enchanted: con sus habituales pifias y desafinadas –parte de su estilo y su encanto, en vivo y en los discos– se mandó con una versión conmovedora del tema incluido en Fear yourself.
Luego Daniel se fue, pero avisó que volvía con la banda y lo hizo con Walking the cow. Don’t let the sun go down on your grievances fue otro momento caliente del show, con Johnston a viva voz. El apoyo del público a lo largo del show fue total y pareció sentarle muy bien al estadounidense.

A esta altura, sabíamos que quedaba poco: arremetieron con la declaración de Johnston acerca de su salvación, Rock 'n roll / EGA, en una potentísima versión con un cantor acelerado, compenetrado más que nunca en ese cuasi hardcore en el que agradece la aparición de los Beatles para salvar su vida. Pero el broche de oro lo darían las últimas dos canciones, el nudo de su vida atormentada, mil por ciento arte, tristeza, amor y redención: Life in vain y True love will find you in the end cerraron el show apenas pasada una hora.

Para el primer tema, apareció sobre el escenario un bastidor inmaculado, y tras él subió Liniers para dibujar a Johnston mientras éste cantaba esa desoladora canción en la que se pregunta “¿dónde estoy yendo?” a cada rato. La versión fue fantástica y creo que a todos nos dejó quebrados: funcionó como un símbolo de la vida de Daniel, de su lucha constante, de sus incapacidades y su amor a flor de piel por lo que hace, lo que lo salva, lo que lo lleva por el mundo, desnudo, mostrándose tal cual es ante todos. Probablemente, Life in vain sea uno de los momentos más emocionantes que vayamos a ver sobre un escenario, este año y los próximos. Siempre.

En la previa del show, Nekro había puesto una canción del álbum conjunto de Okkervil River y otro héroe atormentado del rock, Roky Erickson. Cuando Johnston se fue del escenario –quería seguir tocando pero ya no quedaban temas del que fue el show más extenso de su gira: tuvimos mucha suerte– recordé esa canción del comienzo, pero lo que se me vino a la mente disparado fue el título de aquel disco en colaboración: El amor verdadero aleja todo mal.
Y así es, Daniel. Al final, ese amor te va a encontrar.


[Fotos de Television por Victoria Schwindt.
Fotos de Daniel Johnston por Madi Elorza.]

viernes, 30 de marzo de 2007

Para empezar: Television – Marquee Moon


Es difícil explicar con palabras un disco cuando es tan bueno como éste.
Por empezar, vale aclarar el año de su edición: 1977, en pleno auge punk. Television la venía remando de antes, tocando en el mítico CBGB para una multitud que oscilaba entre 15 y 23 personas, entre ellas unos pibes que se hacían llamar Ramones -todo esto, según datos oficiales de Hilly Cristal (?)- muchas veces acompañados, o acompañando, a la Sra. Patti Smith.

La cuestión es que, después de editar algún que otro simple, consiguieron compañía para grabar su primer disco. Y se les ocurrió empezar su carrera discográfica con esta obra maestra. Son ocho canciones, una bomba detrás de otra. Uno espera alguno de los clásicos temas de relleno, pero termina rindiéndose ante la certeza de que el disco es perfecto, o al menos está cerca de eso. Si no, los invito a escuchar esa frenética pieza llamada Friction, o aquella otra, desoladora, Torn curtain, aunque lo mejor sería que no se pierdan ninguna. Todas las canciones llevan una belleza que quien sepa escuchar bien va a encontrar. Seguramente, cualquiera que pare la oreja en el arremolinado tema que da título al disco, o en Guiding light, por seguir citando algunos títulos, va a entender de qué estoy hablando.

Y si alguien que lee esto es músico, además, va a notar la calidad de estos cuatro monstruos. Tom Verlaine y Richard Lloyd son un dúo guitarrístico inigualable, impresionante. Además, Verlaine se encarga de darle la carga de dramatismo necesario a cada canción con esa voz marciana que le tocó tener. La base de la banda -el batero Billy Ficca y el bajista Fred Smith- tampoco se queda atrás, ambos significan un aporte fundamental en el sonido del grupo.
En fin, cuatro genios mostrando el camino hacia el rock alternativo universal (porque de otra forma no puede definirse la música que hacen, si bien pertenecen a la escena punk. Pero por sonido, ahí no encajan).

Para cerrar la historia de la banda, vale contar que Television editó otro disco, quizá no tan bueno como éste -Adventure, en 1978, un gran disco, de todas maneras- y que luego se separaron. Pero, al ver que había muchas bandas choreándoles a dos manos, en 1992 decidieron volver y editaron un extraño álbum, originalmente titulado Television. De vez en cuando, en la actualidad, se juntan a tocar, haciendo la gran Riff, muchas veces como soporte de su amiga y contemporánea Patti Smith.

Con ustedes, Television, la banda que escucharon mucho los Strokes y Franz Ferdinand de niños.

PD: Ah, de yapa, para arrancar bien con el blog, esta versión del álbum trae cinco bonus tracks, entre ellos Little Johnny Jewel, canción editada en formato de simple en 1975; y un tema instrumental (Untitled instrumental) antes inédito. Ni hace falta aclarar que el disco no está editado en el país, ¿no?