lunes, 15 de febrero de 2016

Stones en La Plata: ritmo y sustancia



"Oh oh, oh-oh-oh ohó-ohó oh-oh-oh".
Pueblo argentino.

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-¿Por qué te dicen Traiko?
-En realidad no me dicen Traiko, me llamo Traiko...

Así se presenta Traiko Milenko, cantante de Meta Guacha, en el fantástico programa de Canal Encuentro Cumbia de la Buena. El programa conducido por Cristian Jure muestra las historias de los grupos y solistas más representativos de la cumbia argentina, con entrevistas a los protagonistas, backstage en estudios y giras y extractos de los shows. En la emisión dedicada a su grupo, Milenko cuenta que es chileno y cayó con su familia -de ascendencia yugoslava- en la Argentina cuando Salvador Allende cayó allá. El tipo se confiesa fanático de Silvio Rodríguez, su principal influencia aunque no tenga "nada que ver" con la cumbia villera, o eso que ellos denominan como cumbia chapa y prefieren ligar más a lo "testimonial". El tema símbolo de Meta Guacha es "Alma blanca", una de las tantas desestigmatizaciones dirigidas desde el centro del género al corazón del vigilante medio argentino.

Enganché el programa el viernes a la 1 de la mañana, la noche previa a ver por segunda vez a nuestros ancianos más adorados, los que no se jubilan nunca: The Rolling Stones.



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Llegar a La Plata nunca fue tan sencillo: había micros dispuestos en exclusiva para todo aquel que fuera al Estadio Único, con la idea de no alterar al común de la gente que viajaba a la ciudad. Así también se apresuraba el tramo entre el centro y la ciudad de las diagonales para los stonianos, sin paradas intermedias. Todo era tan ideal que el bondi de la empresa Plaza hasta estaba decorado con el logo de la banda. Todo era tan ideal que... el chofer se perdió y pasó de largo unos cuantos kilómetros, tantos como para que no hubiera bajada en la autopista por media hora o más, huyendo de la ciudad de pinchas y triperos casi sin querer.

Por suerte salimos temprano.

Tan temprano como para apreciar con los ojos y los dientes el callejón gourmet que se emplazó en la Calle 32 para las delicias de cualquier carnívoro bebedor. Los platenses aprovecharon la situación con buena onda, cortesía y precios que, sin ser un regalo, serían menos prohibitivos que puertas adentro. A las cinco y pico de la tarde casi no había cola para ingresar al lujoso estadio, y las plazas de la 32 dispersaban a la gente, que todavía disfrutaba de la previa. Entramos a esa hora, y al rato seguimos devorando. La entrada fue con La Beriso y Ciro con sus Persas.

Tanto se dijo de los de Avellaneda que al final su performance no me pareció tan mala. Al menos sonaron fuerte -una máxima del rock: al menos soná fuerte- e invitaron a Juanse y Quintiero a tocar el "Rock del gato", que inyectó de ánimo a la patria stone. De golpe, la gente paró la oreja y los cuerpos, cantó y bailó. Que La Beriso no representa ninguna novedad bajo el sol del rock argentino está claro, tanto como que hace poquísimo llenaron el mismo estadio por sí solos. Desde esa lógica se comprende la convocatoria; y quejarse por los grupos soporte es como putear porque la Reserva de tu equipo juega mal y pierde.

Andrés Ciro Martínez la tuvo más fácil: quedó claro que la multitud conocía todas sus canciones, que fueron cantadas una tras otra, en especial las de Los Piojos. Y aunque el sonido durante su set fue deficiente, se las arregló para mover a la gente hit tras hit, en especial con "Tan solo" y "El farolito", mechada con "La rubia tarada" de Sumo. Durante su show, hubo otro en el campo: el del Pollo, el Richards de Moreno, que la jaggereó tal como hiciera en la puerta del hotel donde se alojaba Keith. Además de regalarle entradas, los Stones deberían haberlo subido al escenario.

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Pero el plato principal eran ellos. De antemano, el pensamiento era "ahora sí, esta será la última vez que los veamos". Luego del show, podemos reciclar la máxima beatle: mañana nunca se sabe. Los había visto en 2006 y creo que ahora... ¡están mejor! Aquella también se pensaba como la última cena, más allá de la mentira del final de Jagger (todavía recordamos aquel "nos vemos el año que viene", viejo mentiroso).



Va más allá del estado físico. Es evidente la plenitud de Mick, en una forma superior al 90 por ciento de los asistentes a los shows: corre la pasarela una y otra vez cual Usain Bolt. Es un atleta y el mejor showman que hemos visto. Ronnie Wood también parece un pendejo, aunque no desande el escenario como el cantante. Richards lleva los años como un viejo al que le chupa todo un huevo, y se ríe todo el tiempo. Así, se va a morir después que todos nosotros. Charlie Watts... los Kinks cantaban "wish I could be like David Watts", ¡yo quiero ser como Charlie! Setenta y cuatro años, 2 horas y monedas tocando la batería, cero gotas de sudor, los golpes más fuertes en la última canción. Y risas y sonrisas, un milagro para su cara de mármol. Se le escaparon los dientes cuando la ovación popular, durante la presentación de los músicos, pero también en varias canciones (tal vez contagiado por los coros de la gente).

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Volvamos a Traiko. En una parte del programa, el cantante cuenta que un colaborador de Meta Guacha, más viejo que ellos, les aconsejó llevar ese nombre. Cuando le preguntaron el porqué, el sabio explicó la analogía: "Se le da guacha al caballo para que vaya para adelante". Cerraba por todos lados. Acto seguido, el conductor de Cumbia de la Buena, Cristian Jure, pregunta cuál es el secreto de su estilo. Responden Traiko y un miembro no identificado del grupo:

-Lo nuestro es el sabor.
-La cumbia villera te tiene que hacer cabecear.
-La base que es... (Ambos mueven la cabeza cual cigüeñas). Es así.
-¿Cuál es el secreto?
-Y... es tirado para atrás, tiene que ser borracha la jugada (risas).
-Bien aguantada.
-Claaa (Imita el ritmo del güiro).

Cómo no relacionarlo con los Rolling Stones. Los reyes del arrastre y la jugada aguantada. Aquello que trae sus desperfectos técnicos y la crítica de los detractores. El alma negra de estos blanquitos londinenses. Al que no le gusta, se lo pierde: pasan los años y la música que hacen no envejece, es tan rudimentaria como vital. Atraviesa toda moda pasatista porque no contiene elementos de época que con el tiempo pasan a ser anacronismos. "Jumpin' Jack Flash" es una canción de ayer y de mañana aunque cuente 48 años. En esa tracción quedada, en las guitarras transversales e intermitentes y en la pronunciación pornográfica de Sir Mick sigue estando todo.

Ah: no cambian los temas de su tonalidad original, y aunque parezca una boludez, se agradece.

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La atención es digna de un show de música pop de magnitudes. Los pasos de comedia están estudiados a la perfección, y hay saludos y menciones para el Papa Francisco ("que nos mira desde México -sí, claro-, ¡saludos Pancho!"), el gran Charly García, la linda Violetta, Jorge Luis Borges (Mick es ávido lector, aunque la anécdota que cuenta María Kodama sea chamuyo) y el calentador de escenarios Ciro. Los chistes son celebrados, aunque la gente agita más que nada en el comienzo y el final del show. O envejecimos, o el precio de las entradas hace una selección de público cool que prefiere filmar con el celular antes que apelar al sudor del pogo. Nunca estuvimos tan tranquilos en un campo de juego.

El candor y el agradecimiento para con el público (volvieron a agitarnos como los más fieles y gritones, sólo para que lo hagamos un poco más) también se da en escena. La backing band, con algunos históricos de las giras como Chuck Leavell, el corista Bernard Fowler y el bajista Darryl Jones, tiene sus momentos de protagonismo y gloria. Jagger invita a Fowler a un duelo de nevers en "Beast of burden", grata sorpresa de la lista; convida el centro de la escena a Jones durante la extensa versión de "Miss you"; pero la que se roba todo es Sasha Allen, la nueva corista, que pela un vozarrón demencial durante "Gimme shelter", aún más atronadora y escalofriante que la grabación original. Mick la llevó al frente para que la ovacionen.

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"Gimme shelter", "Midnight rambler", "You can't always get what you want", "You got the silver" -favorita personal- en la rasposa voz de Keith Richards. Ningún show puede ser malo con casi medio Let it bleed adentro.

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¿"Midnight rambler"? Luego de tal demostración, todos les entregábamos a cualquiera de los cuatro.

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Y a propósito de "Gimme shelter" y "You can't always get what you want": de una siempre se dijo y de la otra no. Pero en esas dos canciones, los Stones marcaron el fin de los '60. Además de la amenaza inminente de la primera, el sueño acabado está en la resignación esperanzada de la segunda: algo conseguimos; algo perdimos en el camino. En la canción hay un tal Mister Jimmy al que el narrador ve desmejorado. En una parte, Jagger canta que le cantó el tema -¡canción sobre canción!- a Jimmy, y éste le contestó con una palabra. Nunca terminaba de entenderse si la palabra era bed o dead. Sí que cualquiera de las dos era complicada para el tal Jimmy, que para mí siempre fue Jimi. Hendrix. El sábado, en el hermoso repaso del final, con coro y corno francés incluidos, se escuchó claro: la palabra era muerte, nomás. Hendrix murió meses después, en el '70. Ni hace falta recordarlo.

Dos canciones inmortales de la cintura para arriba. No es sólo rock and roll.



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"Hicimos otra gira tumultuosa con los Winos y fuimos a Argentina, donde nos recibieron en medio de un pandemónium de los que no se veían desde principios de los sesenta. Los Stones nunca habían estado en el país, así que nos metimos de cabeza en una especie de beatlemanía a lo grande que parecía haber estado hibernando todos esos años, esperando a que llegáramos. El primer concierto lo dimos en un estadio ante cuarenta mil personas, y el ruido, la energía, fueron increíbles. Convencí a los Stones de que sin duda allí teníamos mercado, un montón de gente a la que le gustaba nuestra música de verdad. Me llevé a Bert [su esnifado padre] a Buenos Aires, a un hotel fantástico, uno de mis favoritos en todo el mundo, el Mansión, donde nos alojamos en una suite estupenda con varias habitaciones de proporciones perfectas. Bert se despertaba muerto de risa todas las mañanas al son de 'olé, olé, olé, Richards, Richards'. Era la primera vez en su vida que oía su apellido coreado con tambores para anunciar el desayunar. Me dijo: 'Pensaba que me lo cantaban a mí'".
(Keith Richards en su imperdible autobiografía, Vida).

En este país, las ovaciones más grandes se las llevaron Juan Perón y Keith Richards. A comparación de otros, tanto no nos equivocamos.

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La parafernalia superó con amplitud a la de 2006 -en especial por las fantásticas pantallas ultramegaarchihachedé- pero el show fueron los momentos puros de rock and roll: la armónica de Mick en "Out of control" -una rareza que funcionó-, la tremenda versión de "Sympathy for the devil" con quiet-loud-quiet incluido, "Honky tonk women" -hasta con la pifiada inicial de Wood- e increíblemente, principio y final a cargo de "Start me up" y "Satisfaction" (a esto agréguenle todo lo de arriba, OK). Cuando uno creía que ya eran moldes vaciados de contenido, ahí están esos dos riffs escuchados hasta el hartazgo, generando una revoluta en 50 mil tipos que son felices durante 15 minutos de la más maravillosa música. El rebencazo funciona y el caballo arranca. El momento es el momento y no se repite, aún cuando creyeras que escuchar las tres notas que Richards soñó iba a ser una cuatro por cuatro de protocolo. Termina siendo una polaroid que ningún celular puede tomar: la multitud inabarcable, la marcha incesante, el coro que parece ser eterno y durará más que la propia ejecución de la banda. El público es el que sigue tocando.

Y la canción es la misma pero suena igual de bien 50 años después. Quizá, en el fondo sea por eso: nunca es exactamente la misma.

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Cumbia de la Buena termina con Traiko cantando "El necio", una de las páginas más hermosas de Silvio Rodríguez. La frase clave hacia el final del estribillo dice "Yo me muero como viví". Aplica perfecto para estos Stones rebosantes de vida -que quede claro: gente que se ríe sin parar como ellos no debería morirse pronto, aunque una foto con Mauricio Macri pueda acelerar las cosas-, estirando hasta el final la cuerda del rock and roll. Podrían morir arriba de un escenario, con la sonrisa imborrable, corriendo, fumando, cantando. Preparando el latigazo. Meta guacha.


[Fotos extraídas de La Nación, por Soledad Aznarez y Santiago Filipuzzi]


video

lunes, 1 de febrero de 2016

Yo vengo a ofrecer mi corazón



Qué sujeto amable Ricardo Iorio. Al menos para los que estamos del lado del amor, no nos queda otra que quererlo, inclusive cuando más de una vez hace méritos para que suceda todo lo contrario. En estos últimos años su figura creció en popularidad de forma exponencial: la massmedia hizo de él (con el propio hombre de negro como cómplice) un personaje caricaturesco, hilarante, capaz de decir las mayores barbaridades que la teleaudiencia podría escuchar en el prime time. No hubieran podido hacerlo si Iorio no estuviera hecho de todo eso, tampoco. Las apariciones televisivas del cantor en las ya antológicas entrevistas con Beto Casella lo muestran como un tipo desaforado pero sincero, al borde. Aquel que admite que le gustaría que le limen el buje con una poronga violeta así, aboga por la gratuidad del yogur (“si es tan bueno, regálenlo”), llora las muertes de Michael Jackson y Ricardo Fort y propone como fórmula presidencial a la dupla Adolfo Rodríguez Saá-Nito Artaza. Dentro de ese combo confuso, que Iorio ya venía mostrando al mundillo rockero desde hace treinta años -en sus letras y en sus declaraciones, otras tantas tan antológicas, polémicas y bizarras como las que tuvo con Casella-, también hay algunos rastros de coherencia, una línea que el ex V8 y Hermética incluso acentuó en sus últimos años de payaso mediático y cantor oxidado.

Claro: porque Iorio, además de opinar sobre la actualidad de la farándula, contar sus secretos más íntimos, reconocer su admiración por José Luis Chilavert y aseverar que la policía existe por Los Wachiturros, es músico. Y de eso, en la tele, casi no (se) habla.

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Antes de ungirse como estrella de la pantalla, y hace ya dieciocho años, Ricardo Horacio Iorio decidió su primera jugada por fuera de Almafuerte, cuando en 1997 fue coautor de Peso argento en una sorpresiva y fructífera dupla con el cadillac Flavio Ciancirulo. De allí hasta hoy, volvió a embarcarse otras tres veces por esas márgenes. La que nos compete es la novedad de Atesorando en los cielos, el primer disco de rock de Iorio sin Claudio Marciello como coequiper en dos décadas.

Pareciera que el tipo la emprende por las suyas cuando quiere versionar. Tanto Ayer deseo, hoy realidad como Tangos y milongas son discos de repertorio ajeno, de selección: uno reformula al rock argentino de la primera década con éxito dispar pero también con un corazón enorme y una ingenuidad que hasta entonces nunca habíamos escuchado de su boca; el otro lo encuentra en su salsa, con los (¿últimos?) guitarristas de su ídolo Edmundo Rivero, acariciando el costado áspero del tango a voz y viola.

Por eso, quizá resulte extraña la decisión de publicar como álbum solista este Atesorando..., que mezcla versiones propias y ajenas con nuevas composiciones. De los tres discos, es el más cercano a la firma Almafuerte, incluso aunque Ayer deseo... haya sido grabado por todo el grupo y aquí participen otros actores. La primera actriz es Carina Alfie, la guitarrista que toma el lugar de Marciello a puro firulete. El disco inicia con una canción dedicada a ella, para que confirmemos que Iorio está en un momento de sensibilidad a flor de piel. Lo primero que se escucha es una cita a “La guitarrera de San Nicolás”, valsecito añejo también ofrendado a una dama que pulsa las cuerdas como nadie. Iorio hace de su “Guitarrera” una metacanción que invoca a aquel tango, explica el convite e invita a escuchar a los suburbios del Conurbano (“Guitarrera, hágala sonar/ y quien no le preste la oreja/ en su vacío tiemble”).



De aquí en más se sucederá un recorrido algo obstaculizado por la abundancia de versiones. Resulta paradójico, pero lo menos interesante del disco está en los momentos más pesados. Iorio sale bien parado cuando se juega por la melodía y ahí están las mejores reposiciones: en “Preguntando lo que todos saben” -su reescritura de “Wondering what everyone knows” de Budgie- parece suelto, muy por encima de esa adaptación rústica e invertida de la letra (de alguna manera tiene que entrar: “La oscuridad podés atravesar/ y tu mano llegue a mí otra vez”). Pues bien, van dos canciones y puede decirse que son dos de amor, ¿cierto?

Cuando irrumpe “Robó un auto” de Hermética uno se pregunta para qué. Recién después de muchas escuchas y lecturas puede llegar a arriesgarse un para esto: no es sólo cuestión de revisar el pasado, sino de rememorar su propia historia, la del tipo que huye quemado de la ciudad y cumple su sueño de niño. ¿Será el amor, otra vez? De las vueltas a su ayer, ésta es la única explicable. Porque hay versiones de “Otro día para ser” -también de Hermética y recortada sólo a la parte vocal de Iorio, mejor interpretada que la original- y de “Ideando la fuga” de V8; ambas son más bien innecesarias (en especial la segunda, con la voz de Alberto Zamarbide, que hace trizas el registro vocal del resto del disco).

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Es amor, no lo sé. Hace ocho, diez, doce, quince años, quién sabe, Iorio visitaba los estudios de la FM Rock and Pop, más precisamente a Juan Di Natale en su programa Day Tripper, y casi de la nada le espetaba la melodía de “It must have been love” de Roxette en una traducción tan improvisada como estupenda. Que él cantara una melodía del grupo sueco era casi como que Pappo hoy reviviera, pidiera disculpas a Ezequiel Deró y subiera a tocar con el DJ. En aquel momento los niveles de viralización eran otros, pero la versión de Iorio tuvo una repercusión subterránea más que interesante. Ya entonces, admitía sin culpa que admiraba a quienes le cantaban al amor (la lista incluye a Eros Ramazotti, Roberto Carlos, Queen, The Beatles y Sergio Denis).

Lo que no imaginábamos era lo que al fin sucede en el track 4 del Disco con la tapa más horrenda de la historia -seguimos hablando de Atesorando en los cielos, no de Del entorno- y es su versión grabada de un tema de los suecos. Ayer deseo, hoy realidad: bien parece que el hombre quiere sacarse las ganas de todo y, en tren de confesiones, nada parece importarle demasiado del qué dirán, lo cual está muy, muy bien. “Quiero ser como usted” es el nuevo nombre para “I don’t want to get hurt” y acá la traducción ya es un chamuyo total, una letra nueva que bate el récord Guinness del uso de la palabra “usted” en una canción.

Lo que importa es el abrazo. El de Iorio al pop, ese que venía amagando hace rato y concreta aquí, (en una versión) tan libre como Nino Bravo. ¿Se animarán las multitudes que lo siguen a cantar junto a su caudillo “Quiero ser como usted, igual que usted/ Ni mejor ni peor, igualito que usted/ Necesito cruzar su mar/ nadando hacia donde usted está”? Es una lástima que este disco no se vaya a tocar nunca en vivo porque querríamos ver ese momento.



Algo queda claro: Iorio será un duro pero también es un noble, por corazón, no por clase. Su rigidez, vaya paradoja, cada vez está más lejos del metal y más cerca de la leña que chispea y se convierte en brasas y calor. Así como Ozzy Osbourne mostró -de manera bochornosa, abriendo al mundo televisivo las puertas de su casa- que de pesado no tenía tanto, nuestro prohombre honra al ídolo pero sale de a poco del closet de la rudeza. Por eso, uno de los grandes momentos al pedo del disco es la versión de “You won’t change me”, de Black Sabbath. No te me hagas el duro, Ricardo, que algo ha cambiado.

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Queda en evidencia: lo que más importa en los discos de Iorio es lo mismo que prevalece en los discos de folk: la voz y la guitarra. Lo que se dice y lo que se ruge. Bien podría ser lo que se ruge y lo que se ruge, aunque el andar vocal de Iorio lo tiene cada vez más como un hablador rasposo. Antes que el buje, bien podrían limarle la garganta… pero sin esas impurezas en su voz perdería la gracia. Será mejor así, como cuando Carina Alfie descolla en “The Krochik” y Ricardo larga el hilo como puede en, quizá, el más alto momento entre las novedades del álbum, otra vez una canción que se pliega sobre sí misma. El estribillo es conmovedor: “Si nobleza obliga, allá voy/ guardar no me hace feliz/ sí buscar luminosos versos/ que llenen de amor esta canción/ que desde Floresta trajo a mí/ un león de los desiertos… para vos”. Perdone lector por repetir tanto como el “usted” de Iorio en su visión de Roxette, pero el amor a este hombre se le cae de los bolsillos. ¿Quién hubiera dicho que Iorio buscaba “luminosos versos que llenen de amor una canción”? ¿Éste es el mismo tipo de V8? Parece que se saca el lastre de encima y él mismo dice que guardar no le va, en la que es su reformulación del “lo que está y no se usa nos fulminará” (nota al pie: el “león de los desiertos, de Floresta” es el mismísimo Krochik del título, Miguel, músico en los primeros setentas, hoy capo del Estudio Panda, sito en dicho barrio porteño; Krochik es coautor del tema).

“Justo que te vas” y “De mi rumbear al Sur” confirman que el Richard pega más y mejor con las novedades que mediante refritos. “No me digas nada/ la vida es corta/ cuando ser feliz/ es lo que importa”, sigue el tipo en su cumbre de afecto, pop y calidez para todos y todas. La primera es una despedida conmovedora, no sabemos para quién y no es cuestión de suponer, tampoco; la segunda contiene la quintaesencia ioreana, ya más cerca de Larralde que de Ozzy. Otra canción amiguera, de vino y Jesús, de rutas, para un catálogo que cuenta decenas de odas a los compañeros y al asfalto, en un ámbito cuasi-folk(lórico) que dio los temas más destacados en los últimos álbumes de Almafuerte… ¡y en los primeros también! El “soy un solo” es cantado por Iorio casi al nivel de su parla jocosa con Casella o Yayo, y certifica el tono agridulce de la canción, amable pero melancólica.

El final es instrumental como acostumbra. Da ganas de escuchar al cantor entonando el estribillo de “Uno”. Pero el “si yo tuviera el corazón, el corazón que di” llega silbado por la guitarra de Alfie porque no necesita ser cantado: Iorio ya nos había ofrecido su corazón mucho antes de que llegue este tangazo.

[Publicado en ArteZeta el 23 de octubre de 2015]